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Venerable of my memories

Summary:

Yin Hanjiang anhela la presencia de quien le prohibió morir; anhela hundirse en la muerte para ir con su venerable; anhela sentir su mano esa noche.

Se suponía que la pareja de la madre debía estar a un lado, transmitiendo energía espiritual y protegiendo a su cónyuge en su momento más vulnerable.

Yin Hanjiang no tenía eso, ni lo tendría.

Work Text:

El frío entra por la madera derruida y azota los tablones sueltos del templo en ruinas. Los escalones crujientes dan lugar a una sala, donde se erigía una estatua imponente, pero ya corroída por el tiempo.

Enfrente del altar, Yin Hanjiang no se mueve, aun cuando una brisa helada roza su rostro. Incluso a merced de la tormenta que agitaba las paredes, sostiene tranquilamente entre sus dedos la túnica de su venerable, sin dejar de admirar los dorados bordados que se cruzan en la tela negruzca. Acurrucado frente a la estatua, se cubre con una manta raída.

Todavía a los pies del hombre que ama, él contempla sus memorias borrosas después del infierno de sangre, donde perdió parte de su alma; su estrella predestinada.

Hace tres meses, había llegado al templo olvidado en busca de comodidad y tranquilidad de aquella efímera presencia que habitaba sus memorias. Sin embargo, después de unas horas, no se levantó de su posición, sino que siguió admirando el rostro de piedra, perdiendo la noción del tiempo.

Una de las mujeres del pueblo notó su presencia al día siguiente, cuando llegó a encender una varita de incienso. Sin querer, Yin Hanjiang interpretó el papel de un omega afligido y embarazado, quien había sido expulsado de la casa después del fallecimiento de su marido. Una historia que causó compasión en los aldeanos, lo suficiente para que se le haya ofrecido un trabajo y la señora Cheng le diera una habitación vacía en su casa.

(Y, sin saberlo, también influyó su apariencia demacrada, temblorosa, que encarnaba la tragedia de alguna mística leyenda).

En el tercer día en el pequeño pueblo, el médico residente le había advertido que quedaban cinco meses para su parto de alto riesgo. Él dijo que, si bien podía realizar algunas actividades, se le prohibía hacer fuerza. Además, debía comer regularmente y realizar pequeños estiramientos, pero en el último mes, en caso de que su situación no mejore, debía estar en reposo absoluto.

Entonces empezó su pequeña rutina. Durante las mañanas, tejía ropa con la señora Li. En las tardes, ayudaba a la señora Cheng en la casa. Al anochecer, iba al templo de su venerable para quemar incienso, anhelando oír su voz una vez más. Finalmente, ya en la noche, dormía rodeado de su túnica robusta.

Aun así, con dos meses por delante, Yin Hanjiang había llegado al templo una vez más, sin esperar que allí, un dolor sordo subiera por su espalda, impidiéndole caminar más allá de unos pocos pasos. Antes de ser consciente de lo que iba a suceder, una inusual tormenta cayó y ocultó su paradero. Acompaña estaba por rayos deslumbrantes, semejantes al juicio de los cielos ante el nacimiento de un niño que debería estar muerto.

Las manos pálidas de Yin Hanjiang se arraigan en la madera espigada, mientras un dolor abrasador sube de su pelvis al resto de su cuerpo. Sin poder salir del templo e incluso con dolor abrumador, todavía se sentía consolado por las presencias ficticias, sólo existentes en su mente.

Cada uno de los Venerables que lo rodeaban susurran con tristeza, alegría y sorpresa. Todos se acercan a él, moviendo sus manos expectantes. En meses anteriores, solo esas voces irreales lo inundaron de falsas preocupaciones, susurros frenéticos, lamentos desolados.

Aún así, con un suspiro acomodó sus túnicas oscuras, toscas y ásperas que rasgaban su quisquillosa piel.

Yin Hanjiang ya se había resignado a que la soledad sería su compañía desde que descubrió su condición; no, desde antes, cuando Wenren È cayó.

Esperando que las contracciones alcanzarán su pico e, inevitablemente, lo atrajeran hacia el dulce agarre de la muerte, Yin Hanjiang recuerda cómo se despertó por el latido de algo sumamente pequeño en medio de una pradera desolada, justo después de su sueño profundo de tres meses. Parecía la melodía inquieta que surgía de su propia alma cada vez que su mirada se posaba en el hombre que nació bajo la estrella Polis. Aquel día fue uno de muchos en los que tocó su abdomen, donde se escondía su vientre.

Y con la mirada perdida, los labios secos y el dantian sin energía espiritual, Yin Hanjiang se dió cuenta que ya era tarde para esta criatura.

El uso excesivo del tambor, su alma desgastada y el profundo luto que lo mantuvo en inedia durante semanas seguramente repercutirá en la salud del niño, ya sea como deficiencia a la hora de cultivar, cuerpo débil o la muerte en su nacimiento; de todas maneras, Yin Hanjiang ya lo había condenado.

Además, la situación de Wenren È como demonio de sangre ya puso una diana en él desde el principio; aún más cuando en el infierno el anciano de la secta de Baili Qingmiao lo había mirado con sorpresa. Y al momento en que Wenren È se fué, el decrépito anciano tomó su arma y estaba dispuesto a matarlo, sino fuera porque el tambor divino, también habría salido gravemente herido.

Después de su siesta, empezó a oír cómo las sectas justas pusieron una recompensa por su cabeza. En su camino, oía como la voz atronadora de tantos cultivadores se alzaba en medio de los pueblos y ciudades:

—¡Ya sea vivo o muerto, Yin Hanjiang debía ser encontrado!

Entonces, su embarazo no era un secreto bien guardado.

Yin Hanjiang, una vez más respira. Parpadea innumerables veces para alejar la negrura de su vista, mientras sofoca sus gritos en una voluntad tenaz. Las yemas de sus dedos se desgarran con las astillas bruscas y se clavan profundamente en la madera.

El hijo de un cultivador promedio tendría muchas posibilidades de nacer con una raíz excelente y con venas espirituales abundantes, pero los embarazos en cultivadores de alto nivel eran riesgosos, razón por la que era totalmente inaudito que alguien del último nivel de Mahayana quisiera tener un hijo.

A lo largo de la gestación, se agotaba la energía espiritual, necesitando alimentos espirituales o elixires inauditos para compensar la pérdida. Yin Hanjiang no tuvo nada en ningún momento hasta llegar al pueblo fronterizo, donde solo comía lo normal, sabiendo que ni siquiera compensaba la energía espiritual que era absorbida.

Tampoco tenía la suficiente voluntad para buscar algún milagro.

Y, a pesar de saber que había reducido considerablemente su posibilidad de sobrevivir, el que Wenren È se haya ido ya había destrozado su mundo, pero que su venerable sea el otro progenitor fue el golpe de gracia para su situación.

¿Valdría la pena tener al niño cuando estaría solo con Yin Hanjiang, un hombre obsesivo y de mala naturaleza, y no con Wenren È, un hombre compasivo y alegre?

Totalmente no. Lo había decidido en su alma desde el primer momento en que surgió esa pregunta, pero no tomó algún té envenenado ni impidió que toda su energía espiritual fuera a su vientre. Porque, incluso si el niño estuviera contaminado con la naturaleza oscura de Yin Hanjiang, todavía era parte de Wenren È y Yin Hanjiang era egoísta, no podía dejar ir algo que su venerable le ha dado.

Entonces una contracción más fuerte que la anterior llegó y marcó el inicio de la peor noche de Yin Hanjiang.

Dejando la manta en el suelo, baja sus piernas y se envuelve con la túnica negra de su venerable. Utilizando la poca energía que tiene, lo concentra en su vientre y puja.

Yin Hanjiang anhela la presencia de quien le prohibió morir; anhela hundirse en la muerte para ir con su venerable; anhela sentir su mano esa noche.

Se suponía que la pareja de la madre debía estar a un lado, transmitiendo energía espiritual y protegiendo a su cónyuge en su momento más vulnerable.

Yin Hanjiang no tenía eso, ni lo tendría.

Aprieta los dientes y con la siguiente contracción, suelta un grito ahogado. Sus piernas tiemblan fuertemente y su coxis duele de manera infernal. Aunque estuviera en medio de una tormenta, todavía siente como cada músculo hervía debajo de su piel y el dolor punzante lo ataca desde su espalda.

Yin Hanjiang mira al altar, a la estatua de su venerable; el mismo rostro y el aura protectora, dulce. Con su mano izquierda temblorosa se acerca y toca el dobladillo de una túnica rocosa. Contemplando su expresión firme y determinada del general que alguna vez comandó a este pueblo fronterizo, que encantó su joven y miserable corazón, Yin Hanjiang respira una vez más.

Pasan horas en ese limbo; derrama una que otra lágrima, se desmaya y cada vez que su fuerza mermaba, se aferra a su venerable. Hasta que se despinta el negro de los cielos, la tormenta merma en su fuerza y los rayos dejan de caer, dando paso a la violácea tinta.

El amanecer llega, y sonidos leves y angustiosos llenaron el templo en ruinas. Yin Hanjiang se desploma en el altar y siente como su dantian, que antes ya estaba con poca energía, ahora estaba vacío con una o dos gotas que quedaban.

Aun así, Yin Hanjiang mira a lo que sostenía entre sus manos húmedas y temblorosas: demasiado pequeño, demasiado débil, demasiado vulnerable. El rostro diminuto se retorcía en pequeños llantos que apenas se oían. Incluso sin sondear el cuerpo del recién nacido, a simple vista podía decir que su salud no era buena.

Era muy probable que estuviera enfermo de manera crónica a lo largo de toda su vida; una vida desgraciada por culpa de su madre. El propio Yin Hanjiang sabía que era muy probable que su cuerpo nunca se recuperaría de este parto y su energía espiritual se vería afectada indudablemente. Hasta con tal conocimiento, Yin Hanjiang está un poco contento.

Ambos están vivos.

Yin Hanjiang sonríe levemente y se envuelve en la túnica sucia de Wenren È.

En ese instante, la sensación de adormecimiento pasa y deja el dolor agudo. Yin Hanjiang contempla la sangre que todavía cae de entre sus piernas. Mira más allá, a las escaleras y la entrada, dónde gotas de lluvia yacen en el suelo y caen por el tejado. Afuera ya no había una lluvia torrencial, solo un paisaje verdoso.

Si mira bien, puede ver como la blancura cubre las briznas que rodean la silueta familiar de un hombre, quien busca una flor mítica para él, para Yin Hanjiang.

Se siente cansado con las manos entumecidas y su piel pálida, ya fría.

Su hijo llora suavemente, ya casi no se oye.

Yin Hanjiang mira más allá, pensando si su venerable los esperaba del otro lado. Y si tal vez se alegraría de ver un niño en sus brazos.