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Otro Lugar

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Las luces estaban apagadas, pero las cortinas no habían sido cerradas, lo que permitía que un caleidoscopio de colores bañara el rostro de Alastor. Parecía haberse sentado en el sofá horas atrás, con la mano sosteniendo su mentón y su tobillo perfectamente equilibrado sobre la rodilla de la pierna opuesta. Esperando, tal vez. O simplemente sumergido en sus propios pensamientos.

Lo que sorprendió a Vox no fue ver a su rival ahí, sino que Alastor se encontrase profundamente dormido.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

A pesar de las circunstancias que los rodeaban y las décadas dedicadas a esa danza destructiva e íntima, que no podía ser clasificada como amor pero tampoco como un simple odio, la relación entre Alastor y Vox parecía centrarse en desequilibrarse mutuamente. Lógicamente, para lograr eso, era necesario conocerse íntimamente, lo que al final del día revelaba aspectos y facetas personales que solo el otro conocía y que venía como algo normal con el territorio y el tipo de vidas que ellos habían escogido. Después de todo, no había acto más vulnerable que encontrarse entre las fauces del Demonio de la Radio, por lo que, en comparación, ¿qué importaba si Alastor conocía algunos de sus placeres culpables? Era algo inevitable. Insignificante, en realidad. Vox conocía bien la sensación del cuello de Alastor debajo de su bota, al igual que el suave pelaje de sus orejas entre sus dedos. Todo era parte de su dinámica. No parecía existir una realidad donde una cosa no viniera con la otra.

Por lo tanto, no podía evitar considerar a Alastor como su eterno rival. Era imposible hacerlo cuando parecía ser uno de los idiomas con los que mejor se comunicaban, en especial en circunstancias donde el sonido o las imágenes no podían transmitir el nivel de intensidad que unas cuantas calles destruidas y cuerpos profanados sí lograban transmitir.

Ellos eran dos caras de la misma moneda. El Demonio de la Radio y el Demonio de la Televisión. Dos frecuencias que se entrelazaban y colisionaban constantemente. Había ventajas en todo eso, como la casi imposibilidad de ocultarse el uno del otro. La frecuencia de Alastor nunca parecía dejarlo solo, casi era el latir de la ciudad y el constante recordatorio de que un monstruo lo acechaba, siempre consciente de sus acciones y ubicación. Sus frecuencias estaban lejos de ser algo como un vínculo telepático ni tampoco hacían la función de un mapa exacto de las emociones del otro. Pero había algo casi inevitable en poder percibir algo tan íntimo como la esencia del Demonio de la Radio, su frecuencia misma, entrelazada en lo más profundo de la suya y latiendo al ritmo del jazz dixieland, tan característico de Nueva Orleans y tan diferente al ritmo de Chicago que Vox solía escuchar en vida. Esa música era la esencia misma de su viejo rival.

Así que cuando ese ritmo cambió, él supo que algo estaba ocurriendo con Alastor. No era en vano que Vox sentía una devoción destructiva, que otros podrían clasificar de forma menos poética y más obsesiva, hacia el Demonio de la Radio. El pequeño cambio fue notorio, más lúgubre y lleno de emociones destrozadoras que Alastor parecía no ser consciente de que estaba compartiendo con él. Solo habían pasado unos días, suficiente tiempo para saber que no era algo momentáneo pero tampoco motivo de emergencia. Pero aun así, la paciencia nunca había sido una de sus virtudes, y Vox no estaría donde estaba si simplemente esperara a que las cosas siguieran su curso.

Así que primero visitó el hotel, con la excusa de ser puramente impertinente y egoísta al ver a Alastor sin anunciarse. Pero supuestamente todo estaba en orden. El Demonio de la Radio lo miró como siempre, con fastidio asesino y una sonrisa venenosa, mientras la princesa Charlie lo invitaba a unirse a ellos, como si fuera normal tener a dos rivales en su hotel, compartiendo las finanzas de su pequeño proyecto y escuchándolos a ambos con interés para aprender de la experiencia de dos Overlords.

Todo habría sido normal si no fuera porque fue la misma princesa quien se ofreció a escoltarlo fuera del hotel cuando se marchara, y lo retuvo unos valiosos segundos para mirarlo con desesperación, deseando decir miles de cosas pero solo atreviéndose a pedir una.

No lo dejes solo. No ahora.

Y aunque su solicitud fue críptica en el motivo, fue un resultado mejor que cuando por la mañana del día siguiente, aprovechando la caminata matutina de Alastor, Vox intentó sacarle información a Husk, quien actuó como una tumba.

Ni siquiera las tentaciones líquidas u ofertas de esas cosas que Vox sabía que el felino disfrutaba debido a su historial de internet lograron hacer que hablara. La lealtad era ridícula considerando lo complicado que era la dinámica entre Husk y su Overlord. Lo más cercano a una respuesta fue la falta de ella.

Solo dale unos días.

Cuatro palabras. Eso fue todo lo que Husk le dio, indicándole que era algo que solía ocurrir con Alastor y que eventualmente desaparecería. Pero no era lo que él quería oír ni el tipo de solución que Vox prefería. Él era un demonio de acción, su imperio estaba basado en creaciones, en reinvenciones y giros inesperados. La base de su poder se debía a que él no esperaba unos días.

Además, Vox había notado la sonrisa forzada y el cansancio en los ojos de Alastor, como si se estuviera sosteniendo puramente por voluntad propia y nada más.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron, Vox pudo sentir la presencia de Alastor en su departamento. Su frecuencia seguía siendo lenta, como el ritmo de un viejo metrónomo. No era extraño que Alastor estuviera ahí, o simplemente apareciera, pero después de todos esos comportamientos peculiares, no esperaba encontrarlo en ese lugar. Vox apoyó su mano en el sensor de la puerta y esta se abrió silenciosamente. Sin embargo, mientras las luces se encendían automáticamente a su paso, se sorprendió al no encontrar a Vark corriendo hacia él o esperándolo al otro lado de la puerta.

Una punzada de preocupación se alzó en su mente, pero rápidamente la sofocó pensando que su mascota debía estar con Alastor, ya que por alguna razón Vark encontraba la parcial indiferencia del Demonio de la Radio como una de las mejores compañías. Incluso por encima de Vox, quien sería capaz de descender el Cielo por su devorador de demonios.

Supuso que un buen día y si él estaba de humor podría hacer lo mismo por Alastor.

Vox colgó su chaqueta en la entrada y desató su corbatín, abriendo tres botones de su camisa como parte de su ritual al llegar a su hogar. A continuación, se quitó los botines y los dejó a un lado, reemplazándolos por cómodas pantuflas en forma de tiburón. Luego se dirigió hacia la sala, conteniendo el deseo de llamar a alguno de los dos ocupantes en su departamento por temor a provocar una mala reacción en Alastor. Especialmente cuando estaba allí voluntariamente.

Las luces estaban apagadas, pero las cortinas no habían sido cerradas, lo que permitía que un caleidoscopio de colores bañara el rostro de Alastor. Parecía haberse sentado en el sofá horas atrás, con la mano sosteniendo su mentón y su tobillo perfectamente equilibrado sobre la rodilla de la pierna opuesta. Esperando, tal vez. O simplemente sumergido en sus propios pensamientos.

Lo que le sorprendió es que Alastor estuviese profundamente dormido en su departamento.

Sí, Vox había presenciado los prolongados letargos que duraban días, cuando Alastor buscaba recuperar energía, pero el simple acto de dormir era algo que nunca había visto a Alastor hacer. Era otra de las cosas que los separaba, como si no fueran de la misma especie, y a veces hacía sentir a Vox que su tiempo juntos tenía un límite en lugar de ser complementarios. Vox se regía por el día, los negocios, las reuniones que comenzaban en el desayuno y los contratos que se cerraban en cenas. Pero Alastor rondaba las noches, prefería las caminatas en la oscuridad y acompañar a sus oyentes noctámbulos durante horas en largos discursos que podían extenderse hasta el amanecer. Luego daría otro paseo por la ciudad, como si fuera suya, para luego desaparecer de la vista de todos.

La imagen frente a él parecía irreal. Las luces neón de la ciudad creaban un halo frío y distante alrededor del Demonio de la Radio. Su chaqueta, corbatín y guantes no estaban con él, descansaban probablemente en su habitación, dispersos como si Alastor viviera allí y esperara que Vox les encontrase un lugar entre sus cajones. O tal vez el otro Overlord estaba marcando su territorio.

Y allí estaba Vark, su gran tiburón terrestre, ocupando la mayor parte del sofá, recostado plácidamente con la cabeza en el regazo de Alastor. No, Vox se sorprendió y tuvo que bajar el volumen de su voz hasta silenciarla para no despertar a ninguno de los dos. Vark sostenía el muslo del Demonio de la Radio entre sus fauces, sin hacerle daño, aunque seguramente su saliva estaba por todas partes y tal vez sus dientes habían rasgado la tela del pantalón, pero era una mordida suave como la que le daba a sus juguetes favoritos, sin intención de destruirlos. Y Alastor tenía la mano apoyada en la cabeza de Vark, plácidamente acariciando el espacio sobre la frente del tiburón.

No había sonrisas mientras el Demonio de la Radio dormía, solo se veía su perfil agotado y su boca parcialmente oculta tras la palma de su mano.

Vox sacó lentamente su celular y abrió la cámara, enfocando a los dos durmientes en el centro. Sonrió complacido al lograr el ángulo perfecto y tomó la foto.

Una sombra se abalanzó sobre él, haciéndolo tropezar con sus propios pies y obligándolo a dejar caer su celular al suelo. Vox gritó y maldijo, pero su voz no salió, mientras la sombra de Alastor sonreía aterradoramente frente a él, moviendo su dedo índice de un lado a otro en un silencioso regaño. Vox activó su voz y frunció el ceño cuando miró hacia el sofá y se encontró con la mirada iluminada de Alastor, fijamente clavada en él, acompañada de la perpetua sonrisa en su rostro.

—No creí que tuviera que reprenderte como si fueras un niño que no conoce lo más básico de la decencia. —Alastor habló con claridad y transparencia, su voz de locutor resonando con un poco de retardo en la antigua radio de la sala.

—Estamos en el Infierno, ese concepto no forma parte del vocabulario de esta ciudad. —Vox respondió cruzándose de brazos y levantando las cejas— ¿Planeas regañarme siempre que me veas? Voy a creer que te gusta hacerlo.

—Es una posibilidad. —Alastor respondió despreocupadamente mientras acariciaba el costado de la mandíbula de Vark, incitándolo a abrir la boca para liberar su pierna. Como Vox había predicho, había una mancha de babas ahí y pequeños agujeros por los dientes de Vark—. Al parecer, los miembros de este hogar encuentran formas de ensuciar mi ropa con sus fluidos.

—Eso sonó tan sucio. —Él sonrió de lado, acortando la distancia entre ambos—. Si quieres puedes quitarte el pantalón y lo lavo por ti, viejo. En unos minutos estará limpio y a cambio puedes dejarme ver la adorable cola de ciervo que sé que ocultas.

En lugar de una amenaza o un comentario ácido y peligroso como era la costumbre, Alastor desapareció, dejando que Vark ocupara todo el espacio del sofá, y este apareció en la cocina. Vox se sintió perdido cuando no obtuvo ninguna reacción por parte de Alastor. Ni siquiera una mirada de desprecio.

—Veamos qué hay aquí... —El Demonio de la Radio comenzó a abrir cada cajón y puerta que encontraba, tarareando ligeramente con su voz, como lo hacía cuando recomendaba un nuevo restaurante o descubría un producto que le gustaba y quería compartirlo con sus radioyentes—. Especias, tantas especias ¡Ja! Muchas de ellas ni siquiera están abiertas... ¿Qué es esto? Diría que este azafrán ha estado aquí desde los años ochenta... Latas, latas y más conservas, podríamos construir un hombre de hojalata con todo esto. ¿Pero qué tenemos aquí? ¡Productos frescos! —Alastor celebró al mirar el refrigerador, y una ola de aplausos hizo eco desde la radio—. Y no solo una cebolla o un huevo. No, sino suficiente para hacer una comida decente ¡Felicidades mi tecnológico anfitrión! También tienes leche... Y no está vencida.

—Si me dijeras qué estás buscando, tal vez podría ayudarte. —Vox frunció el ceño, aún podía sentir la frecuencia lenta y diferente proviniendo de Alastor, lo cual no era una buena señal a pesar del recuperado buen humor porque fácilmente podía tratarse de una de sus máscaras— ¿Qué necesitas?

—Vamos a tomar café. —Alastor explicó como si fuera obvio, colocando la leche en la encimera y chasqueando los dedos, haciendo aparecer y levitar una antigua lata de café y otra con una flor morada en el centro— ¿Tu máquina, la que aseguras que es una cafetera, sabe hacer café au lait? Café au lait, no white coffee.

—Sí, mi cafetera de última generación sabe hacer café con leche. —Vox rodeó el mesón que separaba la cocina del resto del área, tomó dos tazas y programó la cafetera para ambos— ¿Cuáles son las porciones?

—Los mismos que usas para el café y la mitad de achicoria. —Alastor movió su mano con exageración, señalando el viejo tarro con la flor violeta en la etiqueta—. Vas a probar el café au lait neorleanés.

Los dedos de Alastor encontraron el mesón, tamborileando el mármol al ritmo que parecía acompañarlo últimamente. Vox por fin pudo identificar qué era tan peculiar en la frecuencia de Alastor. No era jazz, sino blues. El ritmo había cambiado y con él el humor de su rival.

Alastor empujó el tarro con las flores en su dirección, incitándolo a agregarlo en el filtro de la cafetera. La costumbre le decía a Vox que podría ser una trampa y que ese contenedor podía tener cualquier cosa haciéndose pasar por achicoria. Pero la tensión en el Demonio de la Radio era palpable y si necesitaba café para sentirse mejor, lo mínimo que podía hacer era preparárselo. Así que lo hizo.

Ambos guardaron silencio mientras la cafetera hacía su trabajo y eso solo era una señal aún peor. En todas las décadas que llevaba conociendo al Demonio de la Radio, el silencio no era algo dentro de él. Además, el simple hecho de que Alastor confiara en la cafetera y no utilizara algún método antiguo y posiblemente peligroso era perturbante.

—Alastor...

La cafetera anunció que había terminado y cuando Vox buscó al otro Overlord, este había desaparecido y ahora estaba curioseando su alacena, triunfante al sacar un tarro de miel que él francamente no recordaba cuánto tiempo llevaba ahí, pero el frasco de cristal tenía forma de la cabeza de tiburón, así que sabía por qué lo había comprado.

Siguiendo la cadena de sorpresas, Alastor tomó las tazas y sirvió una en la superficie de mármol, haciendo señas a Vox para que tomara asiento ahí, mientras él se apoyaba en el mesón frente a él. Como si fuera la casa de Alastor y él el invitado. Pero hizo caso, ¿qué más debía hacer cuando su rival había dormido en su sofá acariciando a su mascota y ahora le ponía una cucharadita de miel en su café?

La radio se apagó.

—Mi madre prefería tomarlo así. —Alastor se sirvió de la misma forma y una sonrisa genuina se formó en sus labios—. Era de las pocas cosas dulces que la veía tomar.

Vox miró su taza para ocultar su asombro. No era la primera vez que oía hablar de la madre de Alastor, quien mencionaba sus recetas o alguna frase ingeniosa que ella solía darle con bastante casualidad. Lo que lo había tomado por sorpresa fue oír la voz humana de Alastor y su musical acento criollo enredado entre cada palabra sin interferencias. La estática, el eco o el ruido de la vieja radio habían desaparecido.

No podía creer lo hermosa que era la voz de Alastor.

Vox tragó saliva y bebió su café, descubriendo un sabor agridulce perfectamente placentero que le hizo abrir los ojos con genuina sorpresa. El toque amargo debía provenir de ese polvo anaranjado que venía en el tarro con las flores, pero había un dulzor que no era parte de la miel. En conjunto con la leche y el fuerte café, creaba algo increíble que se quedaba en su paladar.

La risa íntima de Alastor atrajo su atención como un hechizo. El rostro del Overlord reflejaba sincero entretenimiento y un toque de nostalgia.

—Imaginé que te gustaría. Para alguien que siempre tiene caramelos en sus bomboneras de cristal, nunca has probado uno. Excepto los agridulces. —Alastor bebió de su taza y asintió, satisfecho con el sabor—. Las mentas no cuentan, estoy seguro de que no son dulces.

Vox cerró la boca, guardando su argumento, y en su lugar volvió a tomar su café.

—Yo prefiero limón en mi café con achicoria. Sin leche. —Alastor continuó—. Pero es una costumbre comer y beber lo que a ellos les habría gustado. —Él levantó su taza, pero no la llevó a los labios, sino que la apuntó hacia la ventana, hacia el mundo exterior como un brindis.

—¿Ellos...?

Alastor encogió los hombros y, en su lugar, chasqueó los dedos. Frente a ellos apareció una cesta con pequeños bocadillos fritos de algo verde en su interior y cubiertos de harina, acompañados de una salsa rojiza con un fuerte olor a ajo y cebolla. Antes de preguntar, Alastor tomó uno de los bocadillos y lo metió en su boca, obligando a Vox a darle acceso. La comida aún estaba caliente. Las puntas de los dedos de Alastor rozaron sus afilados dientes antes de salir de su boca y permitirle masticar.

Eran pepinillos.

El sabor agridulce estaba concentrado, lo que indicaba que probablemente los habían horneado antes de cubrirlos con masa y freírlos.

—¿Estos eran los bocadillos favoritos de tu madre?

—Si ella tenía una noche de cartas con sus amigas, los hacía en abundancia y siempre guardaba un recipiente para mí. —Alastor sostuvo otro bocadillo entre sus dedos, moviéndolo como una ficha—. Incluso cuando era adulto y la visitaba, siempre guardaba un poco para mí. No son mis favoritos, pero me gustaba cómo los preparaba ella.

—Son deliciosos. —Vox sumergió uno en la salsa y disfrutó de la combinación de sabores, donde los fuertes contrastes se equilibraban perfectamente.

—No tan buenos como los que hacía ella. Eso puedo asegurarte.

Un silencio cayó sobre ellos, aunque no era del todo extraño. Había cierta serenidad en el rostro de Alastor mientras bebía su café y observaba principalmente a Vox comer. Sin embargo, era evidente hacia dónde se dirigía todo aquello, y era como caminar por un campo minado. De repente, el silencio parecía ser la zona segura y Vox deseó quedarse allí.

—Habla. —Alastor ordenó, inclinando peligrosamente la cabeza—. Puedo sentir cómo estás dando tumbos de un lado a otro. Nunca te has caracterizado por saber cerrar tu boca dentro de esa caja de colores ¿Por qué dudas ahora? —El otro Overlord enmarcó una ceja—. Así que habla.

No había salvación cuando el Demonio de la Radio demandaba algo.

—¿Tu madre está en el Cielo?

Alastor rio y la radio se encendió, llenando la habitación con su eco. Su voz demoníaca, con su acento trasatlántico y el ruido estático, resurgió, pero esta vez fue una risa trágica y vacía. El Demonio de la Radio dio un paso atrás, arqueando la cabeza hacia atrás y abrazando su vientre, como si fuera la broma más gloriosa de todas.

Pero tan rápido como sucedió, el silencio regresó.

Alastor tomó otro pepinillo frito y lo lanzó a su boca como si nada hubiera pasado. Luego bebió su café, terminándolo de un trago y bajando la taza con más fuerza de la necesaria.

—No y ella tampoco está aquí. Nadie está aquí o allá.

Vox lo miró sin comprender, pero Alastor caminó con paso exagerado alrededor del mesón y se detuvo frente a él. La sonrisa estaba a punto de desvanecerse y sus ojos brillaban peligrosamente. Algo le decía a Vox que podría morir en ese momento, pero en su lugar, él terminó su café y esperó.

Era algo que nunca había disfrutado hacer, pero supo que lo haría sin quejas por esa sonrisa quebradiza y mirada nostálgica.

—No se trata de que mi madre no creyera en un dios cruel que creara un lugar como este. Pero no era su dios. Ella, al igual que muchos otros, seguía creyendo en lo que no nos pudieron quitar. —Alastor sacó su micrófono y lo jugueteó entre sus dedos—. Mi madre me enseñó a rendir homenaje a nuestros antepasados, a recibir sus consejos y a vivir en su compañía. Éramos una comunidad, vivos y muertos, solo que los últimos estaban en el otro lado.

—¿Recibían sus consejos? Espera, estás hablando…  ¿Ustedes podían oírlos? —Vox se atrevió a preguntar, intrigado por la forma en que Alastor explicaba todo como si no fueran metáforas o el tipo de fe que movía a la humanidad— ¿Fantasmas? ¿Hablabas con fantasmas? —casi susurró.

—¿Fantasmas? ¡Ja! ¿Crees que solo los milagros, los ángeles y los demonios son reales? —Alastor soltó una risa—. Te equivocas. Esta religión no es la única creencia real, mi descuidado sintético compañero. Nuestros antepasados estaban ahí, acudían a nosotros y nos acompañaban. Mi madre y yo no éramos los únicos que manteníamos las costumbres, pero debíamos mantenerlas en secreto o podrían encarcelarlos y matarnos. Era algo especial y nuestro, era quienes éramos. Además, morir no era aterrador porque sabíamos qué nos esperaba ¿Por qué temer? Nuestra familia, aquellos que siempre habían estado ahí, eran la prueba de ello. En vida, aun cuando tuve que implementar un estilo más privado y basado en el secretismo para cubrir mis asesinatos, nunca me encontré solo. Viva o muerta, mi madre jamás me permitió descuidar a la comunidad y yo siempre volvía al lugar que inició todo.

Por alguna razón, para Vox la idea sonaba trágica. Siempre había percibido a Alastor como alguien curiosamente solitario, casi como si no fuera una elección suya, sino más bien un castigo impuesto el que existiera un muro entre él y el resto de los pecadores. La forma en que Alastor se acercaba a la gente mientras ellos huían daba la impresión de que en realidad deseaba ser parte de algo, como él mismo había dicho, de una comunidad pero aun en el Infierno, rodeado de monstruos, eso se le negaba. Porque en vida él había sido parte de una, y para Vox era una imagen tan extraña como evocadora el imaginar a Alastor como un niño conviviendo con otras personas que quizás no eran de su familia de sangre, pero a quienes él se refería como tíos, tías y primos. Luego, al crecer e iniciar su carrera, escuchaba anécdotas de la gente que lo vio crecer o Alastor estaba seguro de que parte de sus radioyentes eran personas que lo conocieron desde que era un niño y habían ayudado en su crianza de una u otra forma.

Ahora no tenía nada de eso.

—Pero al parecer, este dios infectó mi mente. Tal vez entre un asesinato y otro, escuchando a mis víctimas suplicar en su nombre, o quizás siempre estuvo ahí, el dios de mi padre, ocupando un espacio en mi mente y expandiéndose como un virus hasta que fue más fuerte que mis propias raíces... —Alastor detuvo su micrófono y lo sostuvo firmemente entre sus dedos—. Cuando morí, no aparecí en ese otro lugar del que siempre hablaban los espíritus. No, aparecí aquí y la conexión desapareció. Total silencio. Ellos se fueron y nunca más pude verlos. Ella debe estar tan decepcionada.

Alastor miró fijamente las tazas y la canasta con los bocadillos que esperaban ser consumidos, luego cerró los ojos y respiró profundamente. Vox siguió su mirada y pudo sentir el ritmo de ese blues que estaba más presente que nunca. Así que permitió que también tomara su frecuencia por completo, escuchando ese himno espiritual y poderoso que imaginó debía ser una de las canciones que solía escuchar la madre de Alastor.

—Hoy se cumple el aniversario de su muerte. —Vox mencionó lo obvio, y fue afortunado que Alastor solo asintiera sin abrir los ojos.

Vox nunca había sido una persona espiritual, pero al parecer había sido lo suficientemente creyente como para terminar allí. Sin embargo, lo que Alastor había descrito sonaba como una mezcla de tradiciones y costumbres, algo íntimo y especial que corría en la sangre y viajaba por la historia, sin confinarse a edificaciones o textos que se hacían llamar sagrados. Él solo podía imaginar el dolor visceral que Alastor había sentido al despertar en el Infierno y percatarse que la conexión con una parte de él había sido amputada para siempre. Seguramente esa había sido la forma en que el Demonio de la Radio había nacido, a partir de un grito desgarrador que todos en el Infierno interpretaron como el anuncio del frenesí. Vox solo podía imaginar si había sido una masacre motivada por el dolor o simplemente caos que había quebrado el alma de Alastor y destruido su espíritu al estar atrapado en el Infierno, completamente solo y lejos de todo lo que le había dado sentido.

—Debes encontrar gracioso que haya venido aquí. —Alastor recuperó su voz habitual, su acento y humanidad completamente enterrados en un lugar distante de los confines de esa prisión, y la radio retomó su eco musical—. Voy a admitir que también me sorprendió el parecer en ese sofá después de prepararlo todo. Supongo que el gigante amable que tienes como compañía ha dejado una marca en mí que ni siquiera yo había notado. —El Demonio de la Radio miró su pantalón, donde un lado estaba arrugado y manchado, y soltó una risa socarrona antes de chasquear los dedos y cambiarse a una prenda nueva—. No celebro que mi ropa sea el precio a pagar pero todo se parece a su dueño ¿no? —Alastor rio de forma vacía—. Así que no culparé a tu mascota por imitar tu falta de buenas costumbres.

Vox vio cómo se giraba y volvía al sofá, donde Vark seguía durmiendo y ahora mordisqueaba uno de los cojines. Alastor acarició el lomo del animal y asintió, pensativo. Por un momento, pareció perderse en sus pensamientos, pero al menos Vox podía sentir su frecuencia más apegada a lo regular, aunque ese blues seguía determinando el ritmo de Alastor.

—¿En qué estabas pensando? —Vox preguntó.

—¿En qué momento? —Alastor alzó las cejas, considerando curiosamente su pregunta.

Aquel día era peculiar. Vox preguntó si el comportamiento de Al en esa noche también era una ofrenda a su madre.

—Después de prepararlo todo. Tu mencionaste que no esperabas aparecer aquí. —Vox encogió los hombros, fingiendo indiferencia ante su creciente interés—. Entonces, ¿en qué estabas pensando?

—Estaba agotado. —No físicamente, eso sería imposible, pero lo más sorprendente era lo que eso implicaba: el Demonio de la Radio también podía estar cansado emocionalmente—. Solo quería descansar.

Y eso hizo que su rival apareciera en su departamento.

—Comienzo a entender por qué Angel y tú tienen mascotas. Tal vez deba conseguir una. Llegan a ser buenas compañías.

Vox se preguntaba si esa era la razón por la cual Alastor se había involucrado con el hotel. Un lugar como ese parecía ser un potencial espacio para crear una comunidad con un objetivo común. La pregunta era si décadas de aislamiento y destrucción, sumado al consumo de sus propios pecados y transgresiones, habían dejado algo de aquel Alastor que alguna vez perteneció a algo.

—Me tienes a mí.

Alastor lo miró sorprendido por un segundo y luego estalló en una risa burlona. Vox no pudo evitar reírse también, acortando la distancia entre ellos y aceptando que eso no había salido de la forma correcta de su boca. Hablar sin pensar, eso no era nuevo en él cuando se trataba de Alastor. Sus garras se cerraron alrededor de la estrecha cintura del Demonio de la Radio, mientras este posó su agarre en su garganta como una amenaza silenciosa. Pero como siempre, Vox se empujó hacia esa mano, permitiéndose ser atrapado voluntariamente.

—Bueno, sin lugar a duda eres igual de ingenuo que tu mascota al acercarte tanto a mí. —Alastor lo miró calculadoramente.

Pero esa amenaza resultaba vacía considerando que había encontrado a Alastor durmiendo y buscando compañía en Vark.

—Lo que quiero decir es que entiendo por qué estás aquí. Después de todo, parece que no puedo evitar que cada camino que tomo termine llevándome de una u otra manera a ti. —Confesó Vox y esbozó una sonrisa de lado—. A veces por mi propia elección, lo admito.

—Parece que estás bajando la guardia. —El Demonio de la Radio apretó más su agarre—. Como si estuvieras esperando algo...

—...cada día pierdo más la razón contigo. Nada más, viejo, no te pongas ansioso. Lo que espero de ti es lo que puedes darme. Hoy estás aquí, mañana puedes intentar matarme y yo creeré que es parte de nuestra danza. —Vox se encogió de hombros—. Pero solo quiero mencionarte que el día de hoy es a honor de tu madre y no creo que eso incluya matar a alguien.

Alastor rio y asintió resignado. La mano lo soltó y cayó sobre su pecho.

—Ella hubiese preferido veneno. —Alastor aceptó y rio con más fuerza ante la mirada que Vox lanzó al mesón—. Para ser un Overlord, puedes ser muy cobarde. Cálmate, no planeo hacerlo.

—Es difícil creerte después de que me diste de comer.

—Un tentador plan que tendré que considerar para el próximo año. Habla terriblemente de ti lo dócil que fuiste mientras te alimentaba.

Vox no creía que Alastor se hubiera dado cuenta de que acababa de insinuar que pasaría el próximo aniversario de la muerte de su madre con él.

—Tal vez la próxima vez aparezca en tu habitación con comida y show… —meditó, como si realmente estuviesen haciendo planes para la próxima vez—, y resulte que el show sea yo sometiéndote a una de mis célebres telenovelas que tanto te niegas a oír.

—Pensé que nuestro viejo trato implicaba que yo fuese el que actuase de forma inesperada y te desquiciara por lo que queda de la eternidad. —Alastor sonrió de lado y observó a su alrededor—. No tienes excusas para invitarte a mis aposentos.

—Alastor…

La risa maliciosa volvió al Demonio de la Radio, ocupando su cuerpo como un traje a la medida e iluminando sus ojos con esa crueldad que tanto adoraba.

—Después de tanto tiempo y sigo encontrando entretenido el cómo mueves tus labios al decir mi nombre.

Él sintió un sonrojo esparcirse sobre su rostro e iluminar el rostro de Alastor.

—Me alegra darte ideas. —Vox respondió con sarcasmo y dio un paso hacia atrás rindiéndose— ¿Qué tal si me dejas escuchar ese blues que tanto le gustaba a ella? —Y de un tirón lo jaló al suelo, a los pies del sofá, apoyando su espalda contra el mueble—. Y me cuentas sobre tu madre ¿Ella también era propensa a ser el centro de atención o eso es un rasgo solo tuyo?

Gratamente la canción comenzó a sonar y Vox se prometió a sí mismo buscar el nombre y autor, ya que en su melancólico ritmo había una fuerza que solo podía honrar a una mujer que había criado a alguien como Alastor y seguramente había sido líder de su comunidad.

Dondequiera que estuviera su espíritu, al otro lado como decía Alastor, seguramente ella podía ver a su hijo. El castigo de Al debía ser solo suyo, desconectado de su origen, de su familia y de su historia pero la condena de un dios seguramente no tenía efecto sobre terrenos que no poseía. Vox se preguntó si Alastor había considerado esa posibilidad, que su madre podía presenciar cómo destruir esa prisión forma de pecados y reyes.

¿Ella estaría orgullosa?

El Demonio de la Radio cerró los ojos y se recostó hacia atrás, apoyando su cabeza contra el costado de Vark en una muestra de confianza inesperada. Vox cerró también los ojos, su hombro rozando con el de su rival, su rodilla chocando contra la de Alastor, y no hizo más que escuchar sobre una vida que no era suya pero sonaba magnífica aun en la adversidad.

Él esperaba que fuera suficiente.

Notes:

Esta fue una pequeña, gran y maravillosa com de mi KF por parte de Rech y ustedes pueden disfrutar este magnífico fanart que acompaña este one-shot.

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