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De sacrificios y estrellas

Summary:

Mu se pierde en el enorme océano Pacífico y en su intento por volver a casa, un horrible acontecimiento lo impulsa a sacrificar su vida para salvar a otra criatura.
Este fic participa en el evento Mermay2024 de la página "Es de fanfics"

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Mu jamás esperó que las cosas se complicaran tan pronto, si tan solo no se hubiera salido de la ruta de investigación, en estos momentos estaría de vuelta en su hogar. Shion de seguro estaría furioso, había intercedido por él para poder incluirlo en esta expedición. Solo él sabía lo mucho que le emocionaba estar investigando otros sitios, minerales, corales exóticos y alguna basura humana que captara su curiosidad, por lo que después de muchos ruegos, Shion le había dicho que podría hablar con el rey.

Y lo hizo. Y salió en su primera expedición. ¿Y qué pasó? Se perdió el primer día.

Había perdido el sentido del tiempo cuando empezó a observar manchas en algunos sectores de las aguas, unas manchas que no había visto jamás. Estaba tomando un par de muestras en unos frascos para analizarlas después con más calma, en la comodidad de su estudio. Para ese entonces, él ya se había alejado del grupo cuando fue atraído por una fuerte corriente. Cuando estuvo libre de la corriente se encontró en un lugar completamente distinto, a miles de millas lejos. Sin embargo, por lo que podía ver, aún seguía dentro del océano pacífico, eso significaba que solo debía encontrar la forma de orientarse para volver a casa.

Buscó entre su bolso que tenía cruzado en el pecho, una reliquia humana que había encontrado hace algunos años y que era perfecta para este tipo de situaciones. Sus frascos estaban intactos, las pequeñas y afiladas cuchillas seguían ahí y uno que otro coral adornaba la bolsa, entre otras cosas más. La luz que venía de la superficie empezaba a disminuir, muy pronto todo quedaría en tinieblas, así que tendría que buscar un refugio pronto si no quería ser devorado por algún animal. Se dedicó a inspeccionar cada una de las grandes rocas que se veían por algunos sectores. Las fosas submarinas eran una pésima idea, demasiados depredadores. Después de unas horas de búsqueda encontró una especie de cueva y se metió ahí adentro. Debió pertenecer a alguna especie grande, pues había vestigios de nidos. Sin embargo, también parecía que no era habitada desde hacía mucho tiempo.

Quitó algunos que otros animales y cadáveres que había con un gesto de asco, pero si quería vivir ahí, tenía que primero ponerse a salvo. La luz del sol ya se había desvanecido y su cuerpo empezó poco a poco a emitir pequeños brillos titilantes, debía darse prisa, si un depredador lo encontraba, sería un tritón muerto. Se llevó varias piedras grandes y comenzó a tapar por dentro, dejando pequeños espacios para que se filtrara el agua. Cuando terminó, se quitó su bolso y se tiró en la parte lisa que supuso era el nido y se acurrucó abrasándose a sí mismo. Shion en estos momentos debía estar muy preocupado, nunca había dejado que saliera tanto tiempo lejos de casa.

Al día siguiente, Mu despertó vivo, aliviado por su primer día a salvo, empezó a quitar una a una las piedras que había colocado la noche anterior. Sacó su cabeza con su cabello lila flotando lentamente entre las aguas, todo parecía estar en absoluta calma, sacó de su cola una escama y la atoró con la superficie rugosa de la cueva, por si se le hacía tarde y necesitaba encontrar su nuevo refugio. Tomó sus cosas y empezó a inspeccionar el lugar, llegando hasta lo más alto. Lo que pensó que era una pequeña roca, resultó ser más alto de lo que pensaba. Hasta que finalmente llegó arriba y se encontró con un extenso y colorido arrecife de coral. Decir que estaba asombrado por la belleza del lugar, era decir poco, estaba fascinado y encantado con la cantidad de especies que vivían ahí, tan distintas a las que había donde él venía, que también eran bellas, pero poco llegaba la luz del sol, en cambio, aquí estaba cerca de la superficie y los colores se mostraban aún más vivos. Tomó un poco de cada cosa que encontró, probó las algas de diferentes colores, cada una más deliciosas que las otras, los pequeños peces de colores se les acercaban y se les enredaban en el cabello. Mu imaginó que no era normal para ellos ver a un pez de esa forma y de ese tamaño.

Estaba tan concentrado mirando y tomando todo lo que veía interesante que no se dio cuenta de que el tiempo había pasado, no fue hasta que algo flotó sobre él que se percató. A muchas millas arriba, una gran mancha flotaba, la sombra de esa máquina hizo que los peces se escondieran de inmediato. Mu, al ver la sombra que había entorpecido la búsqueda de un material que no había visto nunca y que había terminado perdiendo entre la arena, miró hacia arriba con disgusto, pero su rostro pasó rápidamente del enojo al terror en cosa de segundos. Eran humanos. Historias aterradoras se contaban en las profundidades, los monstruos más crueles que habían existido, aquellos que habían dominado el fuego, cazadores desalmados, viles y malvados, incluso un delfín o una orca serían más agradables que los humanos.

Empezó a nadar despacio, siguiendo la sombra del barco para que no lo vieran, y se escondió detrás de una gran roca, mirando cómo la base del barco avanzaba lentamente. Cuando pensó que estaba fuera de peligro, fue que un sonido estridente se escuchó por todo el lugar, junto con una onda que remeció las aguas y los animales se alejaron de ahí despavoridos, dejando a un Mu abstraído viendo todo lo que pasaba solo a unas millas sobre su cabeza. Arriba, donde se encontraba el barco, venían unos sonidos amortiguados, caían lanzas y hombres cercenados desde la cubierta que perdían velocidad, cayendo poco a poco hasta el suelo más cercano, los que pronto serían comida para otros animales.

Sin embargo, cuando estaba a punto de irse, algo llamó su atención. Una criatura caía desde arriba con la silueta de un hombre, pero fijándose bien, debajo de su cintura no había un par de piernas, sino una cola. La criatura parecía estar atrapada en una especie de jaula que estaba a su vez amarrada al barco con una soga, ya que poco más abajo se quedaron colgando, con la criatura intentando escapar, sin éxito. Mu, pensando que podría tratarse de uno de sus compañeros, salió en su ayuda nadando a todo lo que podía, acercándose a la criatura, un hombre de cabello azul medio que había desistido en salir antes de que él llegara, posiblemente inconsciente. Lo miró fijo, jamás lo había visto en ninguno de los templos que conocía. Intentó jalarlo de un brazo, pero la criatura despertó para golpearlo rápidamente con el antebrazo. El ardor en el pecho fue inmediato, miró hacia el lugar donde provenía el dolor y una línea rojiza decoraba entre su pecho, afortunadamente había sido solo rasguño.

—¡Tranquilo!, ¡quiero ayudarte! —dijo intentando no hacer movimientos tan bruscos. Pero los ojos de la criatura no eran nada amables, podría decirse que ni siquiera estaba dentro de sí; esclerótica rojiza y ojos verdes intensos, con la pupila completamente dilatada. Estaba perdido en uno de sus instintos más primarios.

La jaula empezó a subir y con un quejido el sujeto intentó zafarse, fue entonces que Mu notó la lanza que traía incrustada cerca del pecho, que se metía entre las celdas cuadriculadas, atorándolo, por eso le era imposible escapar, pensó Mu. Se veía cansado y a punto de colapsar. Mu miró hacia arriba, más allá de la capa superficial del mar, podía distinguir la silueta de un par de humanos que hacían todos los esfuerzos por subirlo. Sin pensarlo, Mu sacó un cuchillo de su bolso y empezó a cortar la soga que mantenía agarrada la jaula al barco tan rápido como podía. Era cosa de segundos; si no se apresuraba, tanto él como el sujeto extraño estarían en problemas.

Cuando logró romper la soga, tomó de un extremo la jaula y salió nadando rápidamente, metiéndose entre las fosas que había en la profundidad. Sabía que los humanos no podían ver en la oscuridad, debía aprovechar esa ventaja, así estarían a salvo. Buscó la cueva donde había pasado la noche, su vista se paseó rápidamente entre un montón de rocas una y otra vez, hasta que distinguió un pequeño brillo a su derecha. La escama que había atorado brillaba en tonos tornasol apenas en un pequeño punto de luz, nadó hasta allá, jalando desde la cuerda la jaula que traía al tipo inconsciente. Afortunadamente la entrada era lo suficientemente grande para que ambos pasaran. Dejó la jaula apoyada en una superficie estable y la miró con detenimiento, viendo la mejor forma para sacarle la lanza que tenía incrustada cerca del hombro.

Cortó como pudo una buena parte de la lanza, logrando así sacar a la criatura con cuidado de no lastimarlo más de lo debido. Estaba temblando, tenía miedo. ¿Y si despertaba y lo atacaba como hace algunos momentos? Sacudió su cabeza, eliminando esos malos pensamientos. Terminó por acostarlo para poder trabajar mejor, se dio algo de valor, tomó la lanza del extremo que había cortado hace poco y jaló de él con todas sus fuerzas. El cuerpo de aquel sujeto se estremeció, soltando un quejido de dolor al sentir el tirón, el sonido de su voz tan desesperada le provocó un escalofrío que le recorrió toda la columna. Inspiró y jaló con fuerza una vez más, sintiendo cómo la lanza se le desprendía del cuerpo poco a poco, mientras los quejidos y gritos seguían saliendo de su boca. Un último tirón y salió por completo chocando su espalda contra la pared de piedra detrás de él. Se sobó adolorido, el impacto había sido suficiente para dejarle pequeños rasguños en la espalda. Preocupado más por el que descansaba herido que por él mismo, se acercó tirando la lanza por ahí, perdiéndose entre unas piedras. Se había desmayado nuevamente. Presionó con su mano la zona donde había quedado la herida abierta, mientras la sangre roja se mezclaba poco a poco con el agua, inundándole los sentidos con ese olor.

La herida era profunda, y la sangre se esparcía entre sus dedos rápidamente. La piel de su boca empezaba a perder el color rojizo, volviéndose poco a poco a tener tonos azules. Si no hacía algo, pronto moriría. Así que sin otra alternativa se sentó detrás de él, tomando con dificultad el cuerpo por detrás, metiendo ambos brazos por debajo de sus axilas hasta recostar la espalda sobre su pecho, dejando que apoye la cabeza en su hombro. Sin esperar demasiado, se cortó la muñeca con el cuchillo que tenía cerca, empezando a salir la sangre roja flotando en el agua. Acercó primero su muñeca a la nariz, para luego frotar la herida sobre la boca.

Funcionaba, podía ver como sus cejas parecían moverse al captar el olor de su sangre, pero estaba tan inconsciente que no podía beberla correctamente. Los movimientos de sus labios eran lentos y poco coordinados, perdiéndose mucha de su sangre en el agua, por lo que tuvo que ayudarlo un poco. Tomó la quijada entre los dedos de su otra mano, mientras mantenía la cabeza azulada en su hombro para que no se deslizara, y apretó con dos dedos sus mejillas, abriendo los labios para poner la herida de su muñeca en la boca, ayudándole a que entrara lo más que podía de su sangre. Al ver que se escapaba parte del flujo rojo por las comisuras de la boca, le cerró los labios tirando de su barbilla hacia atrás, obligándolo a beber. Repitiendo así el proceso un par de veces más.

Si seguía por mucho tiempo, él mismo quedaría débil.

Apretó con fuerza la herida de su muñeca, brillando la zona hasta que estuvo completamente cerrada. Su gente tenía la habilidad para curar las heridas, esa era una de las razones por las que estaban tan ocultos de los demás. Constantemente eran cazados, incluso por otras criaturas marinas, sus escamas eran valiosas, incluso llegaban a compararse con los diamantes. Ser comidos significaba tener salud, fuerza y longevidad. Mu recostó a la criatura y de su bolso sacó un par de cosas. Una especie de aguja, parecido más a un anzuelo e hilo, y comenzó a coser la herida del hombro que permanecía abierta, pero qué producto a su sangre ya había dejado de sangrar. Eso evitaría que cualquier animal se sienta atraído y quiera empezar a comer de ahí.

Lo contempló minuciosamente, claramente era una especie distinta a la de él. Tenía unas pequeñas aletas en puntas a ambos lados de la cara que eran tapadas por su largo cabello de color azul índigo, el contorno de su mandíbula era anguloso, la nariz recta, labios grandes, el cuello firme y a sus costados tres aberturas que se abrían y cerraban lento, muy lento. Su pecho, firme y duro, trabajado, bien podría ser un guardián o algún soldado. Tenía el torso lleno de cicatrices antiguas, las que no se borrarían con su sangre. En las caderas tenía entrecruzados varios cinturones que podrían ser los restos de algún tipo de armadura. La cola era azul, tan distinto al color de su piel, que iba degradándose desde la cintura hasta las caderas para terminar en un color tan parecido a las profundidades del mar; rugosas al tacto y la punta, una aleta caudal en forma de medialuna vertical a su cuerpo. Y en cada antebrazo tenía una aleta curva y filuda, la misma que había utilizado para atacarle en algún momento.

Era una especie de la familia de los tiburones, había escuchado de ellos, pero nunca había visto uno en su vida. Sabía que Shion era amigo de uno de la especie tigre, pero nunca ha ido a los templos, porque sus cuerpos no están hechos para aguantar tanta presión. Mu, muy pronto, notó algo extraño, una mancha roja que provenía de su pecho, la cual iba deshaciéndose paulatinamente. Se revisó si tenía alguna herida, pero no había nada, entonces comprendió que la sangre no venía de él sino de quien dormía a su lado. Lo giró con esfuerzo y vio un muñón de lo que antes debió haber sido su aleta dorsal, que al igual que la otra herida, ya no sangraba, pero estaba abierta. Lo puso de lado para asegurarse cocerla también, pensando en lo mucho que debió dolerle esa herida y que seguramente había sido culpa de los humanos que lo tenían en aquel barco.

Se estremeció con solo pensar en las torturas que debió sufrir.

Cuando terminó, lo acomodó mejor para que no apoyara la herida de su espalda en el suelo rugoso. Mientras él salía por algo para que comiera, apenas despertara, no sin dejar la cueva tapada para que ningún animal se acercara. Regresó con algunas algas, un par de cangrejos e incluso peces dentro de su bolso, pero el sujeto seguía durmiendo. Se acercó para mirar sus heridas, perdiéndose finalmente en las facciones de su cara que ya estaba recuperando el color. Mu lo contempló detenidamente, tenía un semblante sereno, pero que parecía tener dolor. Miró cada una de sus cicatrices viejas, pensando en la cantidad de peleas que había tenido que soportar. Era una criatura intimidantemente hermosa, incluso cuando dormía.

La noche caía nuevamente y Mu volvió a tapar la cueva, su paciente todavía seguía dormido. Tocó su piel por enésima vez ese día, cálida, muy cálida. Se acomodó cerca de él, acurrucándose a sí mismo para descansar. El barco de los humanos no había dejado de merodear por esos lados, seguro buscando a la criatura que había escapado de sus trampas. Su piel empezó a emitir ese brillo titilante una vez más, proyectando pequeñas luces en las paredes y así poco a poco se fue quedando profundamente dormido, viendo como aquel perfil perfecto que se mostraba frente a él, se desvanecía lentamente.

oOo

Abrió lentamente los ojos, adolorido como nunca había estado, se movió solo un poco y un dolor tan intenso en el hombro y en la espalda hizo que volviera a su posición original. Miró los alrededores, moviendo su cabeza hasta que pudo enfocar unas pequeñas fuentes de luz en un extremo de lo que parecía ser una cueva. Aparentemente, estaba solo; malditos humanos, lo habían capturado una vez más, y se habían encargado de dejarlo encerrado ahí. De pronto sintió una pequeña cosquilla en su vientre, llevó su mirada hacia abajo y vio un par de peces comiéndose lo que sea que había sobre su piel. Con un rápido movimiento de sus manos, tomó a ambos peces y los comió con desesperación.

Estaba hambriento, cansado y necesitaba fuerzas para escapar. En poco tiempo sintió un ruido que venía desde la fuente de luz que vio hace un momento, se quedó quieto fingiendo dormir. Esperaría que ese humano se acercara para atacarlo y destrozarlo con sus garras. El movimiento de las rocas siendo arrastradas le hizo poner atención, en muy poco tiempo su claustro parecía tener más luz. Sintió el ruido ligero de un cuerpo moviéndose entre las aguas. Esperó en silencio, escuchó un par de ruidos y algo frío tocarle la mejilla.

Entonces, en un movimiento impulsado por la adrenalina, se fue con todo hasta la persona que lo estaba tocando. Acorralándolo en una de las paredes rugosas de la cueva, amenazándolo con cortarle el cuello con la aleta de su antebrazo, que habría cortado en un segundo, si no fuera por el sonido de una voz que llegaba a sus oídos nítidamente. Un grito para ser más específicos, uno que no pueden hacer los humanos bajo el agua.

—¡Espera! —la voz varonil, pero suave volvió a llegar a él, y contempló mejor a la “persona” que tenía acorralado. El cabello ondeaba entre ambos, una cortina lila, tan larga y sedosa, que iba mostrando lentamente el rostro de una criatura de piel tan blanca, con facciones delicadas y grandes ojos violetas que lo miraban con miedo, una nariz respingada y una boca pequeña. Era un ser hermoso, uno de los que solo se escuchan en los mitos. Fue poco a poco quitando la presión de su antebrazo. Los puntos que adornaban su frente le hicieron confirmar que la criatura que estaba frente a él no era un humano.

—Un muviano. —se dijo más para sí mismo que para el tritón que seguía con la espalda pegada a la piedra a pesar de que él se había retirado.

—Hola, —le dijo en voz baja. Lo vio moverse lento, seguro para evitar que pensara que quería atraparlo— ¿Cómo te sientes? —le escuchó preguntar. Él no le dijo nada, siguió mirando a la criatura que estaba frente a sus ojos, complexión delgada, torso firme, finos músculos, una cola llena de escamas color morado lleno de tonos iridiscentes, que terminaban en un par de aletas bastante presuntuosas. Sus movimientos eran elegantes y suaves, agradables a la vista— ¿Te encuentras bien? —volvió a escuchar.

—¿Dónde estoy? —preguntó en respuesta, el tritón prefirió sentarse en una esquina tranquilo, mientras pensaba en las palabras que le diría.

—En una cueva, —le miró con el ceño fruncido, eso era evidente— no sé exactamente dónde estamos, yo estoy perdido también... Te vi caer del barco de los humanos hace dos días. —continuó. Lo miró con impaciencia, pero que parecía no tener ningún tipo de efecto en él— Logré cortar la soga que te tenía amarrado al barco y te traje aquí, estabas muy malherido. —escuchó. Inmediatamente, recordó la lanza que le habían clavado y miró hacia su hombro rápidamente, sintiendo el dolor punzarle.

Nada, no tenía nada, pero el dolor seguía ahí.

—¿Por qué no está…? —no sabía cómo preguntar para que no sonara impactado, pero el otro entendió lo que quería decir.

—Te curé cuando te traje, —le dijo acercándose lentamente, tan delicado— mi sangre hizo que se cerrara la herida, pero el dolor seguirá a no ser que sane por completo. —fue ahora él quien no pudo aguantar la sorpresa, ¿Ese tritón le había dado de su sangre para salvarle?

—¿Por qué? —preguntó.

—No hay un porqué, solo lo hice. Necesitabas ayuda. —lo escuchó decir, mientras veía que abría una bolsa y dejaba salir otro par de peces que salieron rápidamente, pero que fueron inmediatamente agarrados por él, para comérselos en tres bocados. Mu hizo una mueca de asco.

—No pienses que voy a agradecerte por esto. —le reprochó. Mu miró hacia un lado, suspirando aliviado. Si ya tenía apetito era porque se estaba recuperando bien.

—No hay problema… em... —lo vio dudoso— ¿Cuál es tu nombre? —le oyó preguntar. No iba a decírselo, no tenía por qué hacerlo.

—Saga. —respondió casi por instinto, como si tuviera una especie de hechizo que hizo que hiciera lo que él pedía. Lo vio sonreír, tan seductoramente que pensó que podría quedarse a contemplarlo todo el tiempo.

—Soy Mu. —respondió él. Un nombre pequeño, fácil de recordar.

—No fueron muy originales. —escupió sarcásticamente, pero en vez de enfadarlo, le hizo reír una vez más.

—No, no lo fueron. —respondió con simpatía. Y es que sí, prácticamente su nombre era por del continente que había desaparecido hace miles de años atrás y en el que ahora viven ocultos en lo más profundo del océano pacífico.

Saga se recostó una vez más, cansado, el dolor de su cuerpo era grande y se había negado rotundamente a seguir bebiendo la sangre de Mu, no quería tener que deberle más de lo que ya le debía.

oOo

Estuvieron varios días ahí en la cueva, Saga había desistido en decirle a Mu que no era necesario que le trajera comida a cada momento, mucho menos revisar sus heridas. Pero debía confesar que la actitud del tritón era contagiosa, no bastó mucho en seguir sus conversaciones o esperar por su regreso cuando salía, incluso había llegado a preocuparle por su seguridad una vez que había tardado más de la cuenta en volver. Ese día Saga le había dicho que iría con él a cazar. Mu aceptó, pues ya no parecía quejarse cuando se movía, pero fue cuando él se dio un impulso para nadar fuera de la cueva donde vieron el problema que había y por el cual Saga había permanecido molesto por el resto del día.

No podía nadar sin inclinarse hacia un lado. Dejó que Mu lo examinara de mala gana y cuando comprendió qué era lo que estaba pasando, le dijo con preocupación:

—Es por tu aleta, —dijo Mu con voz seria. Saga apretó el puño frustrado— Tu aleta dorsal es la que se encarga de tu estabilidad. —dijo desanimado al ver la frustración que traía Saga consigo mismo, volviéndose en un hermetismo que no quiso disuadir.

Mu entendía que para algunas especies no tener una parte de ti significaba ser la presa fácil de cualquier depredador, para Saga significaba mucho más que eso. Su orgullo estaba dañado tanto como su cuerpo y fue entonces que se puso a pensar en alguna forma para ayudarlo. Sabía que su sangre no haría que volviera a crecer una nueva aleta, y que la única forma que conocía para que creciera de manera rápida era dejar que lo comiera, pero debía estar completamente loco para hacerlo.

Fue entonces que Saga insistió todos los días en intentar nadar. Empezaba temprano por la mañana y terminaba tarde por la noche. A Mu le parecía admirable la fuerza de voluntad, a pesar de que se trataba únicamente impulsado por su orgullo herido; aun así, lo consideraba admirable. Esa mañana, mientras veía como Saga intentaba nadar afuera de la cueva, vio los restos de la jaula y otras cosas materiales que había recolectado durante estos días, y una idea se le cruzó por su cabeza para ayudarlo. Juntó los restos de la jaula que había mantenido cautivo a Saga, hierro y madera, y empezó a trabajar juntando un par de piedras filosas para poder romper y pulir cada pieza.

Mientras Saga practicaba, Mu trabajaba en una prótesis para él.

—¡Está listo! —se dijo orgulloso y fue en dirección hacia Saga para mostrarle lo que había hecho.

—¿Qué es eso? —preguntó malhumorado y cansado. Mu sostenía frente a su cara, una especie de triángulo de madera, perfectamente unido por unas algas planas y acero.

—Una aleta nueva. —dijo como si fuera lo más obvio del mundo— Entrégame tus correas. —le ordenó después. Saga se quitó las correas que tenía en sus caderas y se las entregó. Hizo algo extraño con la madera y cuando terminó se acercó hacia él, tanto que podía sentir el olor de su cuerpo.

Demasiado dulce, demasiado tentador.

Las manos de Mu se pasaron alrededor del torso de Saga, yéndose por detrás de la espalda para acomodarle esa aleta. Apegando su mejilla en el pecho, sintiendo como traspasaba la temperatura hacia su piel. Era cálida y agradable, para su piel siempre fría. Saga se quedó en su lugar, dejándose hacer lo que Mu quisiera en ese momento. El roce de sus dedos le provocaba cierto cosquilleo, contuvo como pudo las ganas de cerrar sus brazos alrededor de él, de dejar que su cuerpo le siga haciendo sentir esa sensación agradable, de deslizar su cabello entre sus dedos para confirmar la suavidad que se contempla a simple vista. Las ideas de su cabeza se estaban volviendo complicadas de soportar y fue en ese momento que Mu se separó de él para ajustar lo último sobre su pecho. Las correas ahora estaban cruzadas firmemente en su pecho y afirmaban algo en su espalda.

—Ahora, inténtalo otra vez. —Lo hizo y nadó un poco, no era perfecto, pero ya no se iba hacia un costado. Si practicaba, podría perfeccionarlo— ¿Qué tal? —preguntó Mu con confianza, mostrando esa sonrisa hermosa.

—No está mal. —respondió Saga moviendo sus hombros, la sensación de la aleta en su espalda y las correas en su cuerpo le dejaban una sensación incómoda. Al contrario del cuerpo de Mu. Pero al menos podía movilizarse.

—Haría algo mejor si estuviéramos en mi templo y… —dijo, sonriendo, pero esa sonrisa se convirtió en sorpresa cuando lo siente cerca, cuando sus brazos lo envuelven alrededor de su espalda para apretarlo contra su pecho.

No hubo palabras y Mu, impulsado por los latidos de su corazón, fue correspondiendo aquel abrazo que deseaba fuera para siempre.

oOo

El tiempo fue volviéndose caprichoso. Saga había dominado la prótesis que Mu había hecho para él. Estaba bien, y eso solo significaba una cosa, que muy pronto debían separarse. Mu debía volver a su lugar de origen, donde lo estaban esperando. Por eso, una noche antes de partir, Saga le había pedido a Mu que lo acompañara hacia un lugar. Ambos nadaron en compañía del otro en silencio. Mu con la curiosidad latente de saber a dónde iban, pero con la confianza y seguridad de que Saga estaría a su lado.

Pasaron por los hermosos arrecifes hasta que dieron con una pequeña porción de terreno rocoso donde se sostuvieron para sacar su cabeza y mirar más allá de la superficie del mar. Ahí contemplaron las estrellas, tan hermosas y brillantes como las perlas.

—Son hermosas. —dijo Mu al verlas apoyando sus antebrazos sobre una roca, dejando la mitad de su torso afuera. A su lado, Saga hacía lo mismo, contemplando la belleza de un cielo que no pueden ver a no ser que tengas el valor o la estupidez suficiente para salir del mar. Estas eran las cosas que envidiaba de los humanos; tener aquella magnífica e inmensa belleza solo para ellos, le parecía injusto en cierto sentido.

—Lo son. —respondió Saga. Él amaba las estrellas desde que era un crío, cada vez que podía salía a mirar el firmamento, preguntándose si algún momento podría llegar a tocarlas con sus manos— La última vez que las vi fue cuando me capturaron. —dijo con cierto remordimiento, lo habían pillado con la guardia baja. En la mente de Mu se cocía un sinnúmero de porque Saga estaba ahí y todas les decía que había alguien más acompañándolo.

—¿Estabas con tu familia? —pensó con una sonrisa triste. Pensar en que Saga tenga una pareja por ahí le hacía sentir triste, pero pensar que él pudo haber sido capturado con su familia era aún peor, porque eso solo significaría que él fue el único en sobrevivir. Agitó su cabeza, eliminando esas imágenes horrendas que había proyectado su mente.

Saga lo miró con diversión.

—No tengo familia. —respondió. Mu se volvió hacia él y lo miró con las mejillas rojas, al parecer no solo había pensado en esa pregunta, sino también la había hecho en voz alta— Eres la única criatura a la que le he mostrado este lugar. —le respondió Saga. Mu abrió sus grandes ojos violetas brillando con un deje de alegría, tanta que su corazón saltó de emoción y sonrió.

A Saga le pareció la sonrisa más linda que ha visto.

Saga tomó una de sus manos y ambos regresaron al mar. Él no podía durar mucho tiempo fuera del agua como lo hacía Mu. Era tiempo de volver, y eso significaba que quedaba cada vez menos para separarse. Saga, como último intento de permanecer junto a él, lo acercó a su cuerpo una vez más, acariciando con el dorso de sus dedos el contorno de sus mejillas, subiendo lentamente hasta enredarse en esos cabellos lilas que parecían despedir un brillo propio, dentro de toda esa oscuridad. Deslizó sus dedos con todo el cuidado del mundo para no lastimarlo con sus garras, rozando la suavidad de esa piel blanca, para acercarse lentamente hasta sus labios y besar esa boca pequeña que le gustaba tanto mirar.

Tan suave, tan deliciosa, tan fresca.

Ambos cerraron los ojos, dejándose llevar por el beso que inició con una lentitud tortuosa, pero que rápidamente se transformaron en besos ansiosos y desesperados. Sus cuerpos fueron poco a poco descendiendo hasta toparse con una superficie lisa. La arena por debajo flotaba entre las aguas, entre el movimiento de ambos. Idos y concentrados, sus manos se tocaron en todos los sitios posibles. Saga abrió los ojos al separarse solo para ver la maravillosa vista que lo dejó asombrado. La piel y el cabello de Mu brillaban en pequeños destellos, como si su cuerpo estuviera decorado por miles de estrellas.

Tocó esa piel nacarada maravillado por lo que estaba viendo, mientras que Mu seguía bajo su cuerpo con la respiración agitada, el cabello revuelto entre la arena, con miles de emociones recorriéndole el cuerpo y la mirada que Saga le daba solo acrecentaba esas poderosas sensaciones.

Fue cuestión de tiempo para que Saga se diera cuenta de su entorno, allí todo parecía decorarse con pequeños puntos de luz, aquellos que despedía Mu y que se proyectaban en la arena y en la capa de la superficial del mar, dando la impresión como si estuviera el mismo firmamento en el mar. Volvió su mirada hacia Mu, quien parecía igual de maravillado que él, pero porque contemplaba algo totalmente distinto.

—Es algo que normalmente puedo controlar a voluntad, —dijo en tono bajo, atrayendo a Saga hacia él, sintiéndose incómodo con la distancia— pero ahora no puedo hacerlo y creo que tú tienes algo que ver con esto. —ambos volvieron a besarse con mucha más insistencia, con más pasión y entrega.

Detenerse era imposible. Atraídos por una fuerza desconocida, poco a poco fueron presas de caricias más osadas, de acciones más intensas.

Los gemidos, los besos, las mordidas dieron paso a algo más. Imposible era alejarse, imposible era detenerse.

Cuando la euforia disminuyó y sus cuerpos quedaron sobre el otro recuperando el latido de su corazón, comprendieron que no era tan simple como ellos pensaron. La piel de Mu seguía emitiendo destellos finos que mantenían encantado a Saga, mientras él lamía con cuidado la herida que habían hecho sus dientes en el hombro hasta que esta dejó de sangrar para ser atendida por suaves besos.

—No quiero que te vayas. —le confesó besando ahora su cuello.

—No tenía pensado irme, —le confesó Mu, cerrando los ojos, dejándose besar- no después de esto. –dijo acurrucándose en su pecho, sintiendo la calidez de esa piel que ha dado batallas duras, que ha perdido más de lo que él podrá perder.

La arena bajo sus cuerpos estaba hecha un pequeño hueco donde ambos dormían plácidamente. Mu pensó en su hogar, ellos podían esperar. Por ahora se quedaría aquí, a su lado. Hasta encontrar la forma en que Saga pueda descender sin morir. Mientras tanto permanecerían juntos, disfrutando de la vista, de las estrellas y de ellos mismos.

Notes:

Por fin lo terminé! *se muere sobre el pc*

Este es mi aporte para el mermay2024, quise mezclar varios de los temas, porque no tenía mucho tiempo. Apenas pude subirles a última hora :')
Está extraño, lo sé, pero de todas formas espero que les guste.
Dato curioso que nadie pidió, pero que les daré de todas formas: Sabían ustedes que los tiburones marcan a su pareja cuando se aparean?, pues yo no lo sabía hasta que me puse a investigar sobre ellos para poder hacer el personaje de Saga. Así que pueden imaginarse qué sucedió ahí XD

Eso, gracias por leer, nos estaremos leyendo muy pronto ;D

Saludos :D