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Después de la guerra y todo lo que pasó con el chupacabras le alegraba ver a su hermano, Nando.
Había crecido bastante y aunque no lo admitiría, estaba bastante orgulloso de el al ver que se había convertido en alguien fuerte y bondadoso.
Fue tan extraño volverlo a ver y que él estuviera usando ese uniforme que tenían puesto todos los españoles, los mismos que le querían arrebatar la vida.
Su hermano era diferente, obviamente. Nando siempre fue alguien bueno, en el fondo de su corazón. A pesar de los chistes y las burlas su hermano no le deseaba el mal a él, siempre lo quiso y lo querrá y él lo sabe muy bien.
De camino a Puebla ambos iban callados disfrutando el silencio cómodo de hermanos.
Ninguno miraba al otro pero era obvio que ambos tenían algo en mente.
Con una sonrisa en labios Leo alzó la mirada y volteó a verlo.
"¿Sabes?, te extrañé." Empezó, haciendo que Nando volteara a verlo.
"Todo este tiempo fue divertido estar afuera y ver lugares pero siempre los tuve en mente, pensando que pronto volvería a verlos a ambos y todo volvería a la normalidad."
Nando se quedó callado pero pronto empezó a reírse.
"Ay, Chisguete, te volviste cursi, Que cosas dices."
Leo empezó a reírse también y le dió un ligero codazo mientras seguían caminando.
"De acuerdo, de acuerdo, yo también te extrañé, Leo." Admitió y continúo, poniendo una mano en su hombro.
"Sinceramente pensé que tardarías una semana pero cuando no regresaste por casi un dos y medio me preocupé. Después me reclutaron para todo esto entonces no seguí el paso de los días pero los extrañaba tanto a ambos. No puedo esperar a ver a la abuela, ¿Crees que estará contenta? O tal vez nos va a gritar y después abrazarnos y decirnos que no volvamos a hacer eso."
"Probablemente la segunda." Respondió Leo y siguieron con su camino.
Al pasar un rato llegaron a un pueblito con algunas casas y un centro pequeño, buscaron cada casa hasta encontrar una que les dió asilo por la noche.
"Muchas gracias por todo." Habló Leo mientras entraban a la casa. No era muy grande, era mediana y bastante linda y acogedora.
"No hay de que, siempre estoy para ayudar y se pueden quedar los días que quieran." Habló la mujer con una sonrisa. Tenía una voz agradable y se veía de unos 37 años.
"¿No quieren algo de cenar?" Preguntó la mujer mientras cerraba la puerta de la casa.
"No hace falta," respondió Leo pero fue interrumpido por un golpe en la espalda de Nando.
"¿No hace falta?, no hemos comido nada en 2 días y probablemente tú en más tiempo." Nando volteó a ver a la mujer. "Si no le molesta, ¿Nos podría dar algo?, nos conformamos con lo que sea."
"Claro que no hay molestia, ¿les gustarían unas enfrijoladas?"
Nando asintió y la mujer se metió a su cocina.
"No tengo hambre Nando." Dijo Leo apartándose de Nando.
"Pero yo si," Nando lo alcanzó y ambos se acercaron a la cocina para esperar a la mujer. "Y además estoy seguro que solo no pides comida por pena o algo así."
Entraron a la cocina y la mujer les indicó donde sentarse cuando entró un pequeño niño de unos 8-9 años.
"¡Mamá!, ¡Mamá!" El niño entró a la cocina y al ver a ambos chicos ahí se quedó callado.
"¿Qué pasó cariño?" Preguntó la mujer mientras el niño se acercaba a ella.
El niño le hizo señas para que se acercara a escucharlo al oído y la mujer se agachó y acercó su oído al niño, el niño susurró algo y entonces la mujer se rió un poco y volvió a levantarse.
"Sebastián, ellos son Fernando y Leonardo, están de camino a su casa y buscaban un refugio. Leo, Nando, este es mi hijo Sebastián." La mujer los presentó y ambos chicos saludaron al pequeño.
"Yo te reconozco de algún lado." Habló el niño mirando a Leo.
"¿A mí?" Leo se sorprendió puesto a que nunca había pasado por el pueblo en sus aventuras.
"San Juan, ¿Verdad? He escuchado las historias, ¿Es verdad todo lo que dicen?, ¿Usted derrotó a los espíritus de Xochimilco y Puebla?" El niño habló emocionado.
"Sí pero, ¿Cómo sabes eso?" Cuestionó Leo sorprendido.
La mamá interrumpió la escena y puso dos platos de enfrijoladas enfrente de los chicos. "Se ha hablado mucho de tí, somos un pueblo cercano a Xochimilco y después de que venciste a Yoltzi y salvaste a todos los niños se empezó a correr el rumor." Habló la mamá.
Leo sonrió y su hermano nuevamente le dió un ligero codazo y susurró:
"¡Ay!, hermano, eres toda una celebridad por acá."
"Muchas gracias por la comida." Cambió de tema Leo y él y su hermano procedieron a comer.
Sebastián se sentó al lado de Leo y empezó a hablar de algunas historias de terror que conocía hasta que su madre le ordenó subir a dormir.
"Pero quiero seguir hablando, tengo muchas más historias que contar." Rogó Sebastián pero su madre seguía firme.
"Esas historias solo te darán pesadillas hijito, mejor duerme de una vez, en la mañana te levantas temprano y seguirás hablando con Leo, ¿Verdad?"
La mujer señaló con su cara si podría mentir solo por esa vez.
"¡Claro que sí! Y yo también te puedo contar unas historias, pero por ahora escucha a tu mamá." Alentó la orden de la madre y Sebastián obedeció y subió a su habitación.
"Muchas gracias, Leo." Agradeció la madre mientras agarraba los platos de los dos jóvenes.
"¿No quiere que los lavemos nosotros, señora?" Preguntó Nando mientras se levantaba de la mesa.
"No sé preocupen por eso, suban al segundo cuarto a la izquierda, ese es el de invitados." Respondió la mujer y ambos muchachos agradecieron y siguieron la indicación.
Al llegar a la habitación ambos se sentaron en la única cama que había y Nando empezó a hablar.
"Entonces, todos te conocen por aquí."
Dijo mientras se quitaba una de sus botas.
"Algo así, creo." Contestó Leo mientras se quitaba su chaleco.
"¿Quien es Yoltzi?, ¿La llorona?"
"La misma. Era espeluznante, creo que se comió mi alma o algo así y casi moría."
"Casi mueres en todas tus aventuras. Justo en la que acabamos de tener te apuntaron unas 3 veces con un arma y te caiste hacía tu muerte casi 2 veces más."
Contestó Nando.
"La llorona fue.. diferente," comenzó Leo. "A pesar de que fue horrible que me persiguiera y me dolió demasiado cuando me tiró a muchos metros de altura hacia un pozo, todo lo hizo por sus hijos, porque el amor de una madre no tiene límites... Ese día volví a ver a mamá."
Nando se quedó callado y volteó a verlo. Leo tenía una expresión triste, casi nostálgica mientras buscaba en uno de los bolsillos de su chaleco algo.
El dije con la foto de su madre.
"¿La volviste a ver?" Preguntó Nando incrédulo.
Leo solo asintió y empezó a arremangar una de sus mangas para mostrar algo, una cicatriz en su brazo derecho.
"Esta es la marca de la llorona, y a pesar de que me dolió, siempre me recuerda a nuestra mamá, ese día yo la pude ver, tocarla, abrazarla y escuchar su risa una última vez."
Nando acercó su mano a la cicatriz y se dió cuenta de que su hermanito ya no era un niño chiquito, era un jóven atrapado en un mundo de adultos y espectros.
"¿Estás llorando, Nando?" Preguntó Leo sorprendido.
"No puedo creer que todo eso haya pasado en tan poco tiempo." Su hermanito, su hermano menor había pasado por tantas cosas en tan poco tiempo. "Y no estuve ahí para protegerte."
Leo lo abrazó y calló sus sollozos.
"Nada es tu culpa Nando. Estoy bien, estoy aquí." Contestó con una voz calmada y consoladora. Justo como su madre.
"Eres igualita a ella." Abrazó con más fuerza a Leo.
"Gracias, Nando." Leo finalmente dejó correr una última lágrima por su mejilla y terminó el abrazo para poder dejar el dije en una mesita de al lado.
"¿Sabes?, a pesar de que la abuela decía que me parecía a papá tu siempre fuiste el más valiente." Habló mientras se quitaba los zapatos. "Y ahora que creciste, lo poco que recuerdo de el me recuerda mucho a tí." Nando lo miró y se quedaron callados, los dos con sonrisas en su rostro. "Buenas noches, Nando." Con eso Leo apagó el único farol que iluminaba la habitación y se acercó a la cama.
Ambos se acostaron esperando un buen día por la mañana.
Al día siguiente Nando despertó con el sonido de la puerta abriéndose. La mujer se asomaba.
"¡Lo lamento tanto!" Se disculpó de inmediato. "Solo venía a revisar como estaban. ¿Durmió bien?" Preguntó la madre de familia.
"Si, de maravilla. Y por favor no me hable de usted, solo tengo 17 años." Dijo mientras se sentaba y acariciaba su nuca como gesto de vergüenza.
"Tan joven y en el ejército. Debió de haber sido difícil." Contestó la mujer. "Bueno, será bueno que me vaya, en cuanto puedas despertar a tu hermano hazlo, voy a preparar unos huevitos bien sabrosos con pan para ambos." Con eso la madre salió de la habitación y dejó a Nando solo con sus pensamientos.
¿Solo?
"Tiene razón, eras demasiado joven, ¿Cuando te reclutaron?, ¿A los 16?"
Habló Leo debajo de sabanas.
"¿Estabas despierto?" Habló Nando.
Leo solo salió debajo de las cobijas y sabanas a sentarse y asentir con la cabeza. "Flojo, hubieras dicho algo."
"Apenas me estaba levantando, estaba muy atontado." Confesó Leo levantándose y recogiendo su chaleco.
"Además tu ya lo tenías bajo control, ¿No, hermano mayor?" Con eso Leo volteo la cara a verlo solo para ser recibido con un ceño fruncido.
"No te enojes, mejor vamos a bajar, tengo hambre."
"¿Ahora sí tienes hambre? Si no fuera porque anoche no comiste mucho no te dejaría comer."
"Hasta crees que me podrías dar órdenes." Río Leo.
Nando bufó y se puso sus botas mientras que Leo recogía su dije y se dirigía a la puerta.
"No te tardes." Con eso abrió la puerta y se fué.
Nando bajó al poco tiempo y ambos se encontraron con Sebastián.
"¡Leo!, ¡Leo!" Gritó el niño.
"Buenos días Sebastián." Saludó Leo mientras el niño se acercaba a él.
"¿Dormiste bien pequeñín?"
"¡Sí!, ¿Ahora me vas a contar historias?, ¿Ya tienes tiempo?" Preguntó insistiendo Sebastián.
"Amor, deja a Leo desayunar, no tiene nada en el estómago." Habló la mamá desde la cocina.
"No sé preocupe señora, puedo hablar un rato, no tengo mucha hambre." Contestó Leo con una sonrisa.
"¿No que no? Dijiste que tenías, ándale, el pequeño te puede esperar, ¿Verdad? Ya es todo un niño grande." Habló Nando a lo que Sebastián se puso erguido, sacó el pecho y asintió.
"Viste, es un niño grande justo como tú Chisguete." Señaló Nando.
"No me digas así aquí." Murmuró Leo.
"¿Que-? ¿Qué dijiste Chisguete?" Se burló Nando.
"¡Qué no me digas así!" Le dió un golpe en la cabeza.
"¿Terminaron?, ya está la comida." Habló la mujer.
"Ah, si, perdón." Ambos bajaron por completo las escaleras y se dirigieron a la cocina.
"Después de todo lo que ha hecho por nosotros no le hemos preguntado su nombre." Habló Leonardo.
"Me llamo Marcela." Contestó la mujer mientras llevaba unos vasos con agua.
"Marcela Rodríguez."
"¿Así se apellida su esposo?" Preguntó Nando.
"Así es, Pablo Rodríguez."
La madre se sentó en la mesa con los chicos.
"¿Y dónde está su esposo?" Está vez preguntó Leo.
Marcela suspiró y recargó su codo en la mesa. "Lo amo demasiado pero su trabajo toma todo su tiempo, pasa tan poco tiempo en casa que ni siquiera su propio hijo recuerda como se ve."
Nando y Leo se miraron y se quedaron callados.
"Ah, jaja, lo lamento, tal vez fui muy sincera, no quise bajarles el ánimo." Habló la mujer.
"No.. no es eso." Dijo Nando. "Es solo que nos recordó a nuestro padre." Marcela los miró y asintió con una sonrisa.
"Ambos son muy jóvenes, ¿No? Anoche no les quise preguntar porque se veían cansados pero, ¿Que hacen viajando solos?"
"Es una historia muy larga y me temo que no se si tendremos tiempo de contarla." Admitió Leo avergonzado.
"¡Por favor Leo!, tu puedes ir a hablar con el niño y yo puedo hablar con Marcela." Nando colocó un brazo alrededor de los hombros de Leo.
"Nando, nos tenemos que ir, ¿Qué pasa si algo le pasó a la abuela? No la he visto en años." Insistió Leo.
"Exactamente Chisguete. Te fuiste mucho tiempo, un día más no te hará mal, ¿No?" Habló en un tono más serio Nando.
"Yo no planeé irme por tanto tiempo, las cosas ocurrieron así. Me necesitaban en otras partes." Contestó Leo. "¿Y tú? Tal vez debiste haber peleado más por quedarte en casa, ¿No crees?"
"¡Tú no sabes lo qué pasó!"
"¡Pues tú tampoco!"
Ambos muchachos se quedaron en silencio y Marcela decidió romperlo.
"Sebastián está en la primera puerta del segundo piso." Dijo incómoda.
Leo asintió y dió su mejor sonrisa del momento.
"Muchas gracias." Con eso se levantó de la mesa y subió.
Nando se ofreció a ayudarle con los platos mientras la mujer recogía la cocina.
"¿Así pelean siempre?" Cuestionó la mujer mirando fijamente un sartén.
"Hace mucho no lo hacíamos." Respondió Nando mientras terminaba de lavar un plato y agarraba un tenedor.
La mujer suspiró y soltó el sartén, se acercó a Nando y colocó una mano sobre su hombro, Nando dejó lo que estaba haciendo de inmediato y volteó a verla. Tenía ambas manos juntas enfrente de ella y miraba al suelo, después llenó sus ojos de determinación y subió la mirada.
"No soy madre de ninguno de los dos. Pero me encantaría ayudarlos como una, y, a pesar de que son prácticamente unos desconocidos me gustaría apoyarlos con lo que necesiten y pienso que lo primero que necesitas es una charla." Dijo con una voz calmada y consoladora. La misma voz con la que Leo le habló la noche pasada. Eso fue suficiente para romper a Nando y empezó a hablar.
"¡Es que!-" comenzó pero no encontró palabras. Se detuvo y continúo. "Cuando el solo tenía casi 11 años partió de casa en busca de la Llorona. El afirmaba poder ver al padre de la iglesia que falleció la misma noche que descubrió su poder, el mismo padre lo mandó a una misión a Xochimilco para derrotar a un ser que aterrorizaba a un pueblo entero. Le rogué que no me dejara solo pero solo me dijo 'volveré pronto, Nando. Cuida a la abuela por mí.' y con eso comenzó su viaje. En verdad confíe en que el volvería pronto pero no lo hizo. Pasaron los meses y la abuela y yo ya no teníamos idea de cuando volvería o si lo haría. Ella rezaba todos los días con la esperanza de volver a verlo otra vez. Y yo me quedé a cargo de la panadería con Dionisia. Todo siguió normal hasta que llegaron los españoles y empezaron a reclutar a niños y jóvenes. Nos tomaron a todos y mi abuela y yo luchamos por quedarnos juntos pero amenazaron con hacernos daño e incluso quitar el negocio y por el miedo a perder todo lo que a mi abuelita le costó años y esfuerzo de su vida acepté y me llevaron con ellos. Me iban a meter a combatir pero no pasé todas las pruebas y al no ser español me dieron otro puesto más bajo. No que me queje, preferiría mil veces ese puesto que ir a la guerra a combatir a mi gente." Nando pausó y Marcela aprovechó para preguntar:
"¿Y por qué no pasaste las pruebas?, ¿Cómo eran?"
"Eran demasiado difíciles, muy físicas. Y además dolorosas, todavía tengo marcas que me dejaron algunas de esas cosas. Eran a veces otros soldados atacando, o pruebas de fuerza como escalar pero la peor era la última, la que no pasé. Matar a un Mexicano."
Marcela se quedó helada.
"Obviamente no lo quería hacer, quería salir corriendo de ahí pero el general agarró con tanta fuerza mi brazo que no me podía mover. Me negué lo más que pude pero no me permitieron moverme hasta que me rendí. El general estaba tan molesto que me pateó y me dejó en el piso. El señor me miraba con ojos suplicantes mientras que el monstruo con ojos llenos de odio. Después ví a mi hermano siendo llevado preso con un grupo de hombres mucho más grandes que él y supe que era mi momento de escapar. Así fué como llegamos aquí."
Marcela lo miró y en un segundo lo abrazó.
"Pasaron muchas cosas, ¿Eh?"
Preguntó Marcela.
"Creo que sí." Dijo entre pequeñas risas. "Es solo que.. Leo no lo entiende, vive en su propia burbuja de amigos imaginarios que nadie entiende y en la que solo importa el. ¿P or qué no lo intenta? Solo quiero un solo intento, que en verdad demuestre que por una vez me quiere hacer caso." Confesó Nando.
En ese momento se escuchó el ruido de una puerta y unas voces.
"¡Que divertida historia Sebas!, ¿Cuando dices que pasó?"
Sonó la voz de Leo.
"Hace unos meses, iba con mi papá en el bosque en su único día libre."
Contestó entusiasmado, el niño.
"Bueno ahora sí me lo permites me tengo que ir, nuestra familia nos espera a mí y a Nando en Puebla." Se empezaron a escuchar pisadas.
"Bueno, pero si me vas a recordar, ¿Verdad?"
"Pero claro que si, ¿Quién podría olvidar a un niño tan valiente como tú?"
En cuanto bajaron Nando se levantó de la mesa y comenzó a sacar unas monedas para darle como agradecimiento a la señora cuando ella lo detuvo.
"Déjame hablar con él."
Susurró.
Nando asintió y sonrió, luego se le ocurrió una idea.
"¡Ey!, Sebas, ¿Te gusta el bosque?" Preguntó Nando.
Al niño de manera inmediata se le iluminaron los ojos.
"¡Sí!"
"¿Te gustaría ir conmigo a buscar unas hojas especiales? Son ma-gi-ca-a-as." Canto la última parte con su tono normal de coqueto.
"¿Qué haces Nando?" Susurró Leo.
"¿Y Leo va a venir?"
Preguntó Sebastián.
"No cariño, Leo y yo tenemos que hablar de algo." Respondió Marcela.
Leo la miró con confusión pero de igual manera le siguió el juego.
"Si Sebas, pero cuando vuelvas me muestras lo que encontraron." Sonrió y miró a su hermano. "Cuídalo Nando."
"¡A la orden, capitán!" Gritó y ambos se fueron de la casa.
"Leo." Habló Marcela.
"¿Me quería hablar?" Preguntó confundido, tomando asiento al lado de ella en la mesa.
"Sí. Mira, tu hermano y yo hablamos un poco y después de su pelea siento que lo que más necesitan es alguien con quién hablar. Entonces, ¿Te gustaría hablar conmigo?" Preguntó Marcela.
Al ver que el pequeño se le quedaba viendo dió su mejor sonrisa alentadora y continúo: "Si no quieres lo comprendo, bueno, nos conocimos hace tan solo un día. Pero créeme que no les quiero hacer daño a los dos, solo los quiero apoyar, y, como madre, siento la necesidad de hacerlo, de ayudarlos." Terminó y Leo aunque estaba indeciso decidió hablar con ella.
"Solo, no le diga esto a mi hermano." Marcela asintió, y Leo dió un largo suspiro y empezó a hablar. "Desde pequeños el me molestaba mucho, yo era muy asustadizo y el se aprovechaba de eso y me ponía apodos. Claro que solo éramos niños y ninguno pensaba en lo que hacía pero dolía escuchar palabras a veces tan crueles de mi hermano.
Después de derrotar a un espectro de Puebla descubrí un don especial que me permitía ver vivos y muertos. A la hora de derrotar al espectro perdí a un padre de la iglesia con el que pasaba de vez en cuando el día y lo empecé a ver y el me informó de lo que pasó en Xochimilco. Después de derrotar a la llorona, el padre nuevamente me encargó algo, ir a Guanajuato. Eso ya me iba a tomar tiempo pero pensé que de igual manera iba a poder llegar a tiempo a casa. Pero me tomó más tiempo de lo esperado y además pasaron cosas terribles en las minas de Guanajuato. Un hombre que quería revivir a su esposa me necesitaba para algo y casi morí ahí. Gracias a Dios mi alma regresó a mi cuerpo o algo por lo parecido y no volví a ver al hombre otra vez. Y muchas otras cosas que me llevaron a tardarme mucho más. Después solo quería regresar a Puebla, ya había pasado mucho tiempo y tanto tiempo viajando solo con fantasmas me estaba empezando a afectar entonces encontré a un grupo de hombres que iban de camino a un lado, todos parecían bastante cansados al igual que yo. Les pedí ayuda y que me dejarán quedarme una noche con ellos en su carretilla. Yo creo que al ver a un niño solo a altas horas de la noche decidieron dejarlo venir. Cuando desperté me cuestionaron pero me dejaron quedarme y después de un rato avisaron que había un chequeo más adelante hecho por españoles. Un hombre no podía ser visto por ellos entonces lo ayudaron a escapar mientras nos hacían la inspección a los demás. A la hora del chequeo me pidieron que les ayudara con una mentira porque no los iban a dejar pasar entonces acepté pero cuando estaban a punto de dejarnos pasar un español vio al hombre al que ayudaron y nos descubrieron, los hombres se pusieron en posición de pelea pero un español me tomó y me apuntó con su arma entonces tuvieron que bajar las suyas, el español siguió sin bajar su arma y la preparó para disparar. Si no fuera por otro que le había ordenado dejarme me habría disparado.
Y varios eventos parecidos.
Solo quiero que entienda que no quise tardarme tanto. ¿Soy tan egoísta como el cree?, ¿O solo soy un niño de 13 años asustado?"
Marcela se quedó callada y nuevamente como con Nando, lo abrazó.
"Ninguno de los dos merece lo que les pasó." Marcela nunca se esperó que ambos chicos se la habían pasado tan mal. Y al verlos así solo podía ver a dos niños pequeños peleados. Dos niños que necesitan una figura parental que los una y los haga entender que no pasa nada, que van a estar bien, que los van a proteger.
Leo la abrazó devuelta, con fuerza tratando de evitar las lágrimas. Nunca llegaron las lágrimas, soltó su agarre y dejó caer su cabeza por el hombro de Marcela.
"¿Por qué decidió ayudarnos?" Murmuró Leo lo suficientemente fuerte para que Marcela lo escuchara.
"Ya te lo dije. Mi instinto me lo pide. El instinto nunca se equivoca." Respondió Marcela.
Se quedaron un tiempo así hasta que Leo se apartó.
"En verdad, muchas gracias."
"No hay de que Leo. ¿Se van a quedar otro día más?, me parece que se está haciendo tarde."
Leo miró a la ventana y suspiró. "Creo que sí, nos quedaremos otra noche.. si no le molesta." La miro y Marcela no pudo evitar ver los ojos de su hijo en los de Leo.
"¡Para nada! Se pueden quedar el tiempo que quieran." Respondió Marcela con una sonrisa.
"También tiene razón, se está haciendo tarde y Nando y Sebastián no han llegado. ¿Cree que les haya pasado algo?" Preguntó Leo mirando a la ventana.
"No creo. Sebastián y yo a veces vamos al bosque y es un lugar relativamente seguro." Aseguró la mujer. "Pero si te hace sentir mejor podemos ir a investigar, me encanta la naturaleza."
Leo asintió y sonrió. Con eso ambos salieron de la casa y se dirigieron al bosque.
"¿Estás seguro de que conoces el bosque, Sebas?" Preguntó Nando con un palo de madera en la mano.
"Eh, si, si. Solo que.. nunca había visto está parte del bosque." Murmuró la última parte pero Nando lo escuchó.
"¿¡QUÉ!?"
"¡Es que!, ¡yo solo iba con mi mamá y mi papá!, jamás llegamos tan lejos."
"¿Y por qué no me dijiste nada?"
"Pensé que sería ¿divertido?" Río nerviosamente mientras Nando trataba de adivinar por dónde habían venido.
"Bien, de acuerdo, ya no vamos a avanzar y vamos a regresar todo lo que podamos." Sebastián asintió y ambos tomaron el camino por el que venían.
"Que raro. Nunca vamos tan lejos cuando vamos el y yo. Deberíamos haberlos encontrado ya hace tiempo." Marcela se empezó a preocupar mientras que Leo intentaba no entrar en pánico al pensar en su hermano y un pequeño niño que no llegaba ni a los 10 años.
"Van a estar bien." Afirmó y siguieron su camino.
"¿Por aquí? ¿O tal vez por aquí?" Preguntó para si mismo Nando. "¿No lo recuerdas?"
"No."
Ambos suspiraron y se sentaron cerca de un árbol.
"Hay mucha niebla por ahora. ¿En qué momento llegó?" Preguntó Nando. Sebastián solo sacudió los hombros en signo de 'no tengo idea' "Bueno no importa. Nos vamos a esperar un poco y después seguimos, tal vez para ese entonces la niebla se haya disipado."
"¿Estás seguro?, tal vez se preocupen por nosotros.."
"Tu mamá tal vez si pero ¿Leo?, no."
"¿De qué hablas?"
"Leo solo hablaría sobre que hay cosas peores y que no debería ser tan exagerado." Haciendo ademanes con las manos mientras copiaba a su hermano.
"Eso no es cierto." Soltó Sebastián enojado.
"¿Hm?, ¿No?, llevo toda mi vida conociendo a Leo San Juan. Se de lo que hablo."
"Entonces conociste al equivocado. El me habló de lo mucho que te quiere. Y de como le hubiera encantado haberte llevado con él." Gritó Sebastián enojado y al darse cuenta que dijo algo que no debía se tapó la boca. "No sé suponía que dijera eso.. era un secreto."
Nando se quedó viendolo y sonrió.
"Está bien. No le diré, no tiene que saber." Le dió unas palmadas al niño en la espalda y Sebastián se acercó más.
"Júralo." Murmuró. "Júralo que no le dirás nada ni cuando no esté." Lo miró directo a los ojos.
"Lo juro pequeñín." Sonrió y luego miró hacia al otro lado. "¡Mira!, la niebla ya casi se fue por completo, hay que seguir." Apuntó con su dedo y ambos se levantaron y siguieron su camino.
"¡Sebastián!, ¡Hijo!, ¡¿Dónde estás?!" Gritó Marcela, desesperada.
"¡Nando!, ¡Fernando responde!"
Está vez el grito vino de Leo.
"¡Ay Dios mío!, ¿Qué pasa si no los encontramos?" Preguntó Marcela desesperada. "¡No puedo perder a mi hijo!, es mi único rayo de sol." Marcela cayó al suelo empezando a sollozar.
"Ey, ey, está bien. Los vamos a encontrar y todo va a estar bien, te lo prometo." Leo se agachó y le dió el abrazo que tanto necesitaba la madre.
"Te prometo que no dejaré que nadie más pierda a su familia. Los encontraremos."
Con eso Leo se levantó y ayudó a Marcela a pararse y ambos siguieron con su camino.
En un punto llegaron a un puente de madera en mal estado y ambos a pesar de que tenían miedo debían de seguir.
De repente llegaron dos figuras corriendo desesperadas.
"¡Leo!"
"¡Mamá!"
Gritaron ambos al mismo tiempo.
"¡Algo no está persiguiendo!"
Habló Nando pero fue interrumpido por Sebastián.
"¡No sabemos que es!"
Nuevamente lo interrumpió Nando.
"¡Es demasiado grande!"
"¡Y feo!"
"¡Con dientes enormes!"
"¡Y un aliento horrible!"
"¡Tenemos que huir de aquí!"
Gritó Leo señalando hacia arriba al ver un árbol gigante con piernas caminando directamente hacía ellos.
Empezaron a correr pero Nando se atoró con una madera rota y casi cae de no ser por Leo que estaba ahí y lo sostuvo. Marcela y Sebastián ya estaban al otro extremo del puente a nada de acabarlo cuando de repente se partió en dos y ambas partes cayeron sosteniéndose solo uno. Nando tenía en una mano la mano de Leo y en otra los sostenía a los dos mientras que Marcela sostenía con una mano la mano de su hijo y con la otra los sostenía a ambos también.
"¡Mamá!, ¡No me sueltes, por favor!"
"¡Nando!"
"Pesas más que antes Chisguete."
Se quejó Nando.
"¡Se un poco más serio, ¿Quieres?"
"¡Agarrate con fuerza, Sebastián!"
Gritó Marcela tratando de subirlo para que pudiera escalar pero en un momento Sebastián se empezó a resbalar.
"¡Sebastián!"
"¡Mamá!"
Sebastián comenzó a caer y Leo solo pensó en una cosa.
Su promesa.
'Te prometo que no dejaré que nadie más pierda a su familia.'
Con eso en mente se balanceó.
"¿Leo?"
Se preparó.
"¡LEO NO LO HAGAS!"
Empezó a soltarse.
"¡NO TE ATREVAS!"
Cayó.
"¡LEO!"
Su único objetivo era atrapar a Sebastián y siendo el más grande y pesado logró acercarse lo suficiente.
"¡Sebastián dame la mano!"
Sebastián le dió la mano y Leo lo jaló hacia el cubriéndolo en un abrazo.
"¡NO!" Gritó con desesperación Nando pero ya era muy tarde.
"Lo lamento tanto Fernando.." Marcela con lágrimas en los ojos encontró la fuerza suficiente para decir eso.
"Pero tenemos que subir, no quiero que te pase nada a tí. Por favor."
Nando comenzó a escalar y cuando llegó al lado opuesto al de Marcela empezó a llorar.
"Quédate ahí Nando, iré por tí, creo que veo otra ruta. No te muevas."
Nando solo se siguió lamentado por no poder haber protegido a su hermano otra vez.
Después de descubrir que su hermano en realidad nunca estuvo molesto con el se sentía tan mal y ver esto se sintió peor.
Todo empezó a ponerse negro y solo pudo escuchar un pequeño sonido.
'¿Nando?, Nando, cariño quédate despierto. ¡Nando! Por favor no me dej-' pero ya no escuchó más.
Leo esperaba el golpe de la caída cuando de repente sintió que algo lo cargaba. No sé atrevía a abrir los ojos.
"O sea, ni un saludo. Neta que mala onda, Leo." Teodora.
"¡Teodora!" Gritó Leo. "¿Puedes llevarnos arriba?"
"¿Llevarnos?, ¿De quién más hablas pa-"
Entonces Leo dejo de hacerse bolita y cargó a Sebastián en brazos.
"¡Ay!, pero que adorable niño. ¿Cómo te llamas?"
"¿Sebastián..?"
Teodora jadeó de asombro. "¿Puedes verme?"
"¿Si?, ¡Whoa!, ¿Estás flotando?"
Gritó asombrado el niño.
"Pero claro, si soy un fantasma, ¿Por qué crees que me sorprendí?"
"Teodora, al caso." Señaló Leo.
"Cierto, cierto, ¡okay!, ash" empezaron a subir con Teodora y Sebastián le iba preguntando cosas.
"¿Y qué comes?"
"Mm, pues, croissants, y cafés, de hecho todavía tengo que gastar mis puntos de volada." Se dió cuenta.
"¿Qué es lo primero que dijiste?, ¿Croasanz?"
"¡QUÉ QUÉ!, O sea, ¿nunca has probado los croissants?"
Sebastián negó con la cabeza.
"¡Uff!, son deliciosos." Teodora luego miró y se dió cuenta de que ya habían llegado. "¡Llegamos!." Luego miró hacia el lado donde estaban Leo y Nando antes. "¡Ah!, ¡Nando!"
Al escuchar el nombre de su hermano Leo volteo y vió a Nando tirado en el piso con Marcela tratando de despertarlo.
"¡Teodora bájame!, por favor. ¡Tengo que ver a mi hermano."
Teodora los bajó a ambos y Marcela gritó de alegría al ver a su hijo, lo abrazó y esté hizo lo mismo al ver a su mamá.
"¡Nando!, ¿Qué tienes?, ¡responde!"
Gritó Leo.
"¿Chisguete?" Leo no pudo contener más las lágrimas y abrazó a su hermano con lágrimas rodando por sus mejillas. "¡Leo!, ¡Estás bien!"
Nando le devolvió el abrazo y se quedaron así un rato hasta que escucharon al monstruo de nuevo.
"Ahora hay que hacernos cargo de eso." Habló Leo. "Y yo se quienes nos pueden ayudar."
Con eso las aventuras de Leo se repitieron pero está vez como el quería, con su hermano cerca y sus amigos, Xochitl, Don Andrés, Alebrije, Evaristo, Finando y Moribunda.
"Muchas gracias por todo Marcela y perdón por la molestia." Agradeció Leo. "Por favor acepte estás moneditas, es lo mínimo que podemos hacer.
"No sé preocupen por eso, guardenlas para su camino a Puebla, Sebas y yo estamos profundamente agradecidos con ustedes también. Que tengan un lindo viaje." Sonrió Marcela.
"¡Adiós Leo!, ¡Adiós Nando!" Se despidió Sebastián. "¡No olvides nuestra promesa Nando!"
"¡No lo haré pequeñín!" Ambos se fueron caminando con una sonrisa en sus rostros.
"¿De qué promesa habla?, ¿Hm?" Preguntó Leo.
"No puedo decirte, es un secreto y soy muy bueno guardando secretos."
"No te creo."
"Tienes razón, me habló de lo que le dijiste sobre mí en su habitación."
"¡NO!"
"¡Ay, Chisguete!, ¿ves que tenía razón?, te hiciste más cursi." Molestó a su hermano.
"Ay ya, cállate."
Con eso está aventura de Leo termina.
Cómo todas.
¿O en verdad termina?
"¡No te puedes ocultar por siempre de mí!, Leo San Juan."
Leo soltó un grito en medio de la noche en la nueva casa en la que les dieron asilo.
"¡Chisguete!, ¿Estás bien?"
Se despertó alarmado Nando.
"Si, si. Solo un mal sueño." Comento Leo. "Vuelve a dormir, perdón." Y con eso ambos se fueron a dormir.
