Actions

Work Header

Un día de estos

Summary:

A veces hay tanto amor enmascarado en el dolor...
Y qué difícil es lograr ponerle palabras, pero cuánta magia se desprende del instante en el que sucede.
Tal vez, sólo tal vez, si Marta y Fina logran escucharse, puedan rescatar de las cenizas lo que tanto les costó construir juntas.

Notes:

Estoy de vuelta!
Empecé a escribir esto el fin de semana pasado, pero la pila de tareas pendientes que todavía tengo encima no me dejó terminarlo a tiempo, y el achuchón de Isidro me ha obligado a cambiar un poco el enfoque. Aún así, quería terminarlo, porque creo que he conseguido llegar a un punto muy especial. Hablemos de cómo, tal vez, Marta y Fina puedan conseguir entenderse y reconciliarse, encontrarle el punto nuevo al amor, por encima de lo que pueda pasar en el almacén. Y así, además, hacemos un poco más amena la espera hasta mañana.
La historia tiene banda sonora, como de costumbre. Escuchadla, que merece la pena!
Y contadme después qué os parece, que eso siempre es la mejor parte de escribir.
Nos leemos pronto!

 

DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen. Son todos obra y milagro de los guionistas de la serie. Yo sólo los tomo para pasarlos por mi imaginación y darles una pequeña vuelta.

Work Text:

BANDA SONORA: Un día de estos - Marwan y Andrés Suárez


 

Un día de estos tendré que abrazarte más fuerte,

no vaya a ser que te me vueles igual que la pena en un bar.

Se ahogaba. Era lo único en lo que podía pensar. Su cerebro no estaba enviando las señales correctas a sus pulmones y el oxígeno no pasaba a su sangre. Su cuerpo había decidido dejar de funcionar como debía, y se ahogaba. Iba a morirse de un momento a otro, sin nada ni nadie que pudiese remediarlo, porque su organismo había tomado la decisión unilateral de, simple y llanamente, colapsar. Y se caería desplomada inminentemente, ante la impasibilidad de quienes merodeaban a su alrededor sin ser conocedores de su desgracia. “Triste hasta para morir”, le repetía una y otra vez su cabeza.

Pero el golpe de gracia no terminaba de llegar para culminar el fatal desenlace, y puede que ya llevara cerca de una hora esperando lo inevitable, apoyada contra la pared de la entrada de la Fábrica, algo apartada para escapar de miradas indiscretas, mientras se convencía una y otra vez de que no, que de esto ya no iba a poder recuperarse. Ahora que había alcanzado la gloria y el reconocimiento en la empresa, salvando in extremis una campaña que parecía abocada al fracaso. Aunque a nadie le había importado, porque claro, todos tenían mejores cosas en las que pensar, y para variar, ella había sido el último mono en enterarse. Y era plenamente consciente de que ni siquiera se había enterado de la mitad de la verdad, lo había visto en las caras de toda su familia. El maldito clan, la compañía de teatro interpretando a la perfección el guión. Sentía tanta rabia y tanto odio que por momentos creía que no sería la falta de aire lo que segaría su vida, sino ese furor ciego y desesperado que le nacía de las entrañas, revolviéndose por dar un puñetazo en la mesa y escapar de una maldita vez de la red de mentiras que su padre había ido tejiendo tan finamente a su alrededor para salvaguardar el buen nombre de la familia, creando una maraña de la que era imposible salir.

A pesar de ello, cuando Marta había sido capaz de ser momentáneamente consciente de la magnitud de las circunstancias que estaban arrasando a su familia, e incluso a su propio matrimonio, había tenido el suficiente tino para largarse de allí y acudir a refugiarse al único lugar en el que deseaba estar, sintiendo que su corazón dejaría de latir de un momento a otro. Pero no lo hacía, y en esa tesitura se encontraba Marta de la Reina, enfundada en su perfecto traje rojo, impoluta como siempre, intentando convencerse de que iba a seguir viviendo. Aunque en este preciso instante no tuviera muy claro cómo, sí sabía perfectamente lo que necesitaba. Y por eso ella, tan correcta y precavida siempre, no había tenido una idea mejor que caminar hasta la Fábrica en tacones y dedicarse a deambular por sus alrededores como si no tuviera a dónde ir, como si de un paseo tonto se tratase y no de una cuestión de vida o muerte, cuando la realidad era que eso era lo único que visualizaba en su cabeza, por encima de toda angustia y desesperación. Porque por mucho que quisiera engañarse a sí misma vagando tontamente de un lado a otro, sólo había un lugar que ella deseaba desesperadamente. Sólo un sitio en el que ansiaba estar, en el que refugiarse, en el que poder olvidarse de toda la locura que la estaba devorando. Un lugar absolutamente prohibido para ella, pero al que anhelaba llegar con todo su ser. Incluso a sabiendas de que no sería bienvenida. No había salido de su casa para rondar por la colonia por casualidad, aunque jamás se lo reconocería a nadie. Lo había hecho pensando en la única mirada que podía hacerle creer que todo estaría bien, aunque hiciera días que en esos ojos sólo brillaba el rencor cuando se encontraban con los suyos. Una mirada que ahora estaba colmada del dolor más profundo, el del duelo anticipado, y que ella se moría por vaciar para poder llenar de amor. No debía, sabe Dios que ella era plenamente consciente de que era un error estrepitoso, sobre todo después de su último encuentro en el almacén, pero lo necesitaba de la misma forma que un drogadicto necesita su dosis. Tal vez fuera algo así. Estaba tan enganchada al castillo protector que Fina Valero levantaba a su alrededor en cuanto estaba cerca, que cuando todo lo demás se hundía, en lo único que ella podía pensar era en sentirse a salvo junto a ella. Aún sabiendo que no era más que un espejismo. Merecía la pena correr el riesgo si con ello lograba unos segundos en los que sus papilas olfativas pudieran captar su olor lo suficiente como para convencerla de que seguía respirando, que no iba a morirse, por grande que fuera el desastre. Y así, tal vez, podría convencerla de una vez por todas de que ella también estaba ahí, incondicionalmente, deseando encontrar la forma de salvarla de la amargura, de recordarle que nunca, jamás, estaría sola.

 

Se asomó discretamente al pasillo, parapetada tras la puerta, temblando de nervios sólo de pensar en ser descubierta. Apenas había gente por las habitaciones, porque no se oía ni un ruido. Un sábado por la tarde lo común era que los trabajadores salieran a disfrutar, y eso era una ventaja para ella. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era una locura completamente fuera de lugar, pero si era sincera consigo misma, no podía evitarlo, porque era superior a sus fuerzas. Trató de armarse de valor y, tras inspirar profundamente, se lanzó directa hacia su puerta justo en el preciso momento en el que esta se abría desde dentro. Tuvo el tiempo justo para recular de vuelta a su cuestionable escondite antes de que quien salía la viera. Por suerte sólo era Claudia, tremendamente ofuscada y muy concentrada en llenar de reproches a quien se quedaba dentro. El portazo antes de su último “¡pues tú sabrás lo que haces!” retumbó en el silencio. Sus pasos se encaminaron con rapidez en su dirección, y supo inmediatamente que, o disimulaba, o la iba a cazar sin una excusa preparada. Se limpió el sudor de las manos en la falda y salió a su encuentro con fingida despreocupación.

–¡Doña Marta! –exclamó la joven sorprendida, nada más verla aparecer–. ¿Qué hace usted aquí? ¿Necesita algo?

Doña Marta carraspeó y forzó una sonrisa que no le salió demasiado bien.

–Hola, Claudia –los nervios apenas dejaron que su voz se escuchara–. No, no, no te preocupes. Es que estaba por la Fábrica y se me ocurrió pasar a saludaros –se justificó con rapidez–. Yo… Quería daros las gracias por todo lo que me habéis ayudado en estos días, sin vosotras nada habría sido posible–. Claudia le sonrió con calidez, agachando levemente la cabeza–. Y, bueno, quería saber también si está todo bien.

–Ay, Doña Marta, muchas gracias. De verdad que faltaría más, sólo hacemos nuestro trabajo, y es un placer poder colaborar en que las cosas salgan bien –aseguró, algo ruborizada–. Todo está… pues como se puede, qué le voy a contar a usted que no sepa ya –desvió ligeramente la mirada hacia la puerta de la habitación que acababa de cerrar, gesto que no pasó desapercibido para su jefa.

–Es Fina, ¿no? –inquirió la rubia, conociendo de antemano la respuesta.

–Es muy cabezota, Doña Marta –reconoció–. Yo sé que esto es mu’ difícil pa’ ella, pero se empeña en tragárselo todo y no se da cuenta de que estamos aquí pa’ que se apoye en nosotras.

–Ya –no pudo evitar morderse el labio con la punzada que le atravesó el corazón al escucharla–. ¿Íbais a salir?

–Bueno, Carmen y Tasio nos habían invitado a cenar a su casa, pa’ pasar un rato juntos y que pudiese despejarse un poco, pero se ha empeñao’ en que ella no se mueve de aquí.

–Supongo que es normal, es una situación muy difícil de gestionar –deslizó con pesar–. Y no querrá alejarse, por lo que pueda pasar.

–Estar fuera un par de horas sólo le va a hacer bien, pero, ¡ea! No puede una luchar con la pared to’ el tiempo –rebatió Claudia, sin esconder su frustración.

–Voy a pasar a saludarla, ¿te parece buena idea? –sugirió Marta, como si necesitase el permiso de su empleada para llevar a cabo lo que ya tenía decidido de antemano.

–Sí, claro que sí –la joven pareció recuperar el optimismo al instante–. A usted Fina siempre la ha tenido muy en cuenta, a lo mejor consigue que se aleje un rato de esa bola que tiene en la cabeza.

–Bueno, no prometo nada –atajó ella, ladeando la cabeza con media sonrisa triste en el rostro, conocedora de que hacía ya un tiempo que su presencia no era bien recibida en la vida de la mujer que aguardaba al otro lado de la puerta.

–Por intentarlo no perdemos ná’, Doña Marta –insistió la otra–. Y yo me voy a ir ya, que no llego al autobús.

–Claro, claro –la mujer se apartó para cederle el paso hacia la salida–. Gracias, Claudia –justo cuando iba a alejarse, Marta tiró de su brazo–. Oye, Claudia, ¿tú estás bien? –ella agitó la cabeza, confundida–. Hace días que te noto algo distraída y cansada, y aunque no te he dicho nada, también me preocupo por ti.

Claudia bajó la mirada al suelo automáticamente, sintiéndose expuesta y pillada por completo, incapaz de elaborar una respuesta adecuada.

–Sí, sí, Doña Marta –titubeó antes de alzar la barbilla levemente–. Yo… Estoy bien, por mí no se tiene que apurar –su jefa la tomó del brazo en un intento vano por transmitirle la confianza que necesitaba, poniéndola aún más nerviosa–. Pero mire, mejor lo hablamos en otro momento más oportuno, ¿sí?

Marta accedió con un gesto de su cabeza, confirmando su sospecha de que algo gordo le estaba pasando a esa pobre chica, y anotándose mentalmente que no podía dejarlo pasar aunque fuera a hacerlo ahora, porque lo que se traía entre manos no le permitía concentrarse en ningún frente más. Claudia tartamudeó un “hasta luego” que ella apenas escuchó y se escabulló escaleras abajo, dejándola sola en el pasillo.

Ella suspiró, sacudió las nubes negras que la cubrían por todas partes, y trató de focalizarse en lo que estaba a punto de llegar. Cinco pasos adelante y sus nudillos golpeando la puerta de entrada al único lugar en el mundo en el que le apetecía estar.

 

Un día de estos tendremos que vernos a oscuras,

la piel no conoce otra forma para ir resolviendo las dudas.

–Claudia, que ya te he dicho que no pienso moverme de aquí. Por favor, lárgate ya y déjame en paz –la queja abandonó sus labios sin siquiera girarse hacia la puerta, que se había abierto antes de recibir el permiso pertinente.

–¿Puedo pasar? –la voz que le respondió la dejó sin aliento, y le costó reaccionar para volverse a mirar a su dueña.

–¿Qué haces aquí? –inquirió al encontrarse con la figura de su jefa cerrando la puerta tras de sí y situándose a una distancia prudencial de su cama.

–Claudia acaba de decirme que teníais planes pero que tú has decidido quedarte aquí –explicó con una falsa calma a la que Fina supo anticiparse. Estaba temblando de nervios–. Yo en realidad venía a buscarte a ti.

–No tengo ánimo para salir y quiero ir dentro de un rato a pasar la noche con mi padre –mencionarlo y relacionar su situación con la presencia de Marta allí hizo saltar todas sus alarmas–. ¿Ha pasado algo? –exclamó, incorporándose como un resorte y sintiendo que el corazón se le salía por la boca.

–No, no, tranquila. Está todo bien –Marta negó enfáticamente con la cabeza y trató de relajarla con un gesto de su mano. Ambas se contemplaron en silencio con toda la intensidad del mundo concentrada en el puente entre sus ojos, una sentada sobre la cama, la otra dejándose caer sobre el borde de la mesa. Con tanto por decir, y sin embargo, las dos elegían callar. Marta se frotó la frente al sentir que estaba a punto de llorar, y consiguió escapar de la realidad paralela en la que Fina la atrapaba al mirarla–. ¿Podemos hablar un momento? –susurró con un nudo en la garganta.

–Eh… –Fina se puso rígida automáticamente, sintiendo la bola de nervios crecer en su estómago–. Sí, sí, claro –concedió, colocándose la falda–. Tú dirás.

–¿Te puedes relajar un poco? –Marta chasqueó la lengua, molesta por la actitud beligerante de su acompañante, a pesar de que sabía que se lo tenía bien merecido–. No he venido a pelear contigo.

La súplica casi inaudible logró su objetivo, aplacando el espíritu de combate de Fina, al menos momentáneamente. La joven observó con atención los gestos de Marta. Miraba hacia la ventana, tratando de mantener su respiración bajo control, y jugueteaba con las perlas de su cuello con los dedos de su mano derecha. La conocía lo suficiente como para saber que en su interior se libraba un terrible debate entre lo que debía y lo que quería hacer. Estaba hecha un flan. En el fondo, y sin que sirviera de precedente, Fina agradecía que hubiese sido lo suficientemente débil como para acudir hasta su puerta, porque se moría de ganas de verla, y porque en medio de todo lo horrible que le estaba tocando vivir –y aunque ella fuese la responsable directa de muchas de las puñaladas que habían herido su corazón–, era la única persona en el mundo que podía hacerle sentir mejor. Por mucho que le fastidiase que así fuera. Marta de la Reina era su peor verdugo, y también su camino a la salvación. Achinó los ojos y suspiró sonoramente para captar de nuevo su atención. 

–Perdona, estoy un poco tensa por todo –concedió por fin, segura de que aún así estaban muy lejos de la paz–. Te escucho.

Marta se giró hacia ella y la observó largamente. Contuvo como pudo el impulso desesperado que la instaba a acercarse a ella y se mordió el labio inferior. Por mucho que tratase de contenerlo, sabía perfectamente que la ternura que sentía hacia Fina se escapaba de sus ojos.

–Quería saber cómo estás. Estoy muy preocupada por ti –una chispa de rabia se encendió en la mirada de su empleada en cuanto oyó sus palabras, y supo que no sería una conversación sencilla, sin importar lo mal que estuvieran, porque primero habría que batallar una guerra.

–Pues cómo voy a estar, Marta, cómo voy a estar –respondió entre dientes–. Pero vaya, que no tienes que preocuparte, que esto es lo que me toca ahora. Otra maravilla más que me llevo de regalo –cruzó los brazos sobre su pecho y la miró desafiante. Una nueva ráfaga de chispas se desató entre sus miradas.

–Es muy injusto que te toque vivir todo esto, Fina –se lamentó Marta con pesar. Eres muy joven.

–Dime algo que no sepa –no estaba dispuesta a dejar que su debilidad volviera a escapársele, y se mantuvo rígida para evitar la grieta–. La vida viene como viene, y a mí me han venido todas cruzadas.

Marta hizo un amago de incorporarse hacia ella, pero se resistió al advertir que no estaba dispuesta a dejar que se acercara. Era imposible si no lograba atravesar su coraza, y estaba claro que no se lo iba a poner fácil. Por suerte, en su cabeza aún quedaban demasiadas cosas que le encantaría decirle y con las que llenar el asfixiante silencio que se instalaba rápidamente entre ellas en cuanto una de las dos no pronunciaba alguna palabra.

–También quería pedirte perdón.

Eso sí que no se lo esperaba, y no pudo reprimir el vuelco en su corazón traducido en un pequeño bote de su cuerpo sobre el colchón que no pasó desapercibido para Marta. Aún así, eligió el ataque como defensa.

–¿Por qué de todo? –inquirió, elevando el tono de su voz.

–Fina,...

No lo aguantó más, había sobrepasado su límite de contención. Estar tan cerca y a la vez tan lejos, mantener esa distancia matadora de la que tanto habían hablado en los últimos días, la angustiaba hasta el punto de no dejarla pensar con claridad. Así que Marta se levantó de la mesa, y aunque dudó un par de segundos, se dejó caer a su lado sobre la cama. Fina se apartó lo que pudo, por supuesto, pero no rechazó la cercanía, por mucho que tratase de reflejar lo contrario en sus palabras.

–Dime, Marta: ¿por qué? –insistió sin mirarla, con la vista fija en algún punto de la pared frente a ella, notando cómo los nervios se apoderaban de su cuerpo a medida que sus papilas olfativas se emborrachaban del olor de su jefa.

–Sé que esto llega después de unos días muy duros, y me consta que yo he tenido mucha responsabilidad en ello –reconoció la rubia en un lento y agónico susurro, mientras alargaba la mano para acariciar su brazo–. La presión por sacar la campaña adelante ha podido conmigo y tienes razón en que quizás no te he tratado como te merecías. No es nada personal, Fina –recalcó justo en el instante en el que ella sacudió su hombro para liberarse de su caricia–. Ha sido todo muy agobiante, y yo no he sabido hacerlo mejor.

–Perfecto, pues ya está. Me ha quedado todo claro –respondió con rapidez, tratando de dar el asunto por zanjado.

–Fina,...

–¿Qué quieres que te diga, Marta? –la explosión de rabia no se hizo de rogar, pero al menos había logrado que se girase en su dirección y la mirase a la cara, aunque fuera para liberar el dolor de la peor forma posible, envuelto en reproches–. Sinceramente, lo que ha pasado los últimos días en la tienda es el menor de mis problemas. Ni siquiera me acordaba. Pero tú necesitabas decirme que es meramente profesional, y yo lo acepto –se apartó de ella todavía más antes de su estocada final, volviendo su rostro de nuevo hacia la pared–. Seamos profesionales: no creo que mi jefa deba estar en mi habitación en este momento, la verdad.

–Fina, por favor –Marta suplicaba desesperada, con las lágrimas inundando sus ojos–. Esta situación es tan difícil para mí como para ti.

–No, eso no es verdad –zanjó–. Para ti nunca parece difícil. Sabes distanciarte y hacer como si no pasara nada con una naturalidad desbordante –susurró ácidamente, consciente de cuánto la estaba rompiendo al afirmar rotundamente algo que le hacía mucho daño.

–¿Eso es lo que crees? –Marta se sintió sobrepasada y se levantó de la cama, incapaz de mantenerse a su lado. Tiró de uno de sus rizos y dejó escapar un leve sollozo.

–Sí. Sí, Marta, sí, eso es lo que creo. Me habría gustado que vinieras a pedirme perdón por otras cosas, pero no por esta estupidez.

Marta de la Reina estaba desbordada. Caminó varios pasos por la habitación sin rumbo ni sentido, sabiéndose observada por quien acababa de herirla premeditadamente, tratando de dejar fuera de sí misma el agravio, porque sabía muy bien que era fruto de otro dolor mucho más profundo del que ella no era responsable. Pero estar allí la convertía en el blanco fácil. Exhaló todo el aire de sus pulmones y se apoyó en la pared que Fina observaba con tanta intensidad, como si de ello dependiera que siguiera en pie, en un intento desesperado por obligarla a encontrarse con su pena.

–¿Y por qué querías que te pidiera perdón exactamente? –preguntó, una vez que fue capaz de controlar sus ganas de llorar.

–Pues no sé, por haberte acostumbrado a ignorarme como si nunca hubiera pasado nada, por ejemplo –Fina se mantuvo enrocada en la beligerancia como escudo, a pesar de todo.

–Eso no es verdad, Fina –trató de razonar.

–O por haberme hecho tanto caso que te has rendido, cuando yo estaba desesperada por ver que seguías luchando por mí.

–¿Qué otra opción tengo?

–¡Pues no lo sé, Marta, no lo sé! ¡No entregarte de buen gusto a los brazos de tu marido con la idea de construir una familia feliz a la primera de cambio, por ejemplo! –le espetó, presa de la furia y de los celos que la consumían desde que se había enterado, de una herida que jamás pensó que iba a sufrir, pero que la había partido en dos. La herida provocada por la aplastante realidad de comprobar que Marta estaba siguiendo adelante con una vida en la que no iba a quedar nunca espacio para ella.

–Eso… –su voz se entrecortó, presa de un dolor indescriptible–. Eso no ha sido así, aunque entiendo que lo veas de esa manera.

Ambas se contemplaron en silencio, haciendo balance de los daños. Sus ojos brillaban por las lágrimas contenidas, encendidos de dolor y rabia, de las ganas de entenderse y no poder hacerlo, del amor que se negaban y que debían sofocar.

–O podías haber venido a pedirme perdón por no haberme besado anoche en el almacén, cuando estaba tan claro que era lo que las dos queríamos –la confesión escapó de entre sus labios en un tono mucho más grave e infinitamente más tranquilo. En su voz ya no había rabia ni reproches, sólo aflicción–. O, bueno, parece que sólo lo quería yo.

–No me parecía justo aprovecharme de la situación, tú estabas muy mal y no era el momento –trató de explicarle, intentando encajar unas palabras que la habían pillado completamente desprevenida.

–¿Aprovecharte de la situación? –Fina dio un puñetazo sobre el colchón y no pudo reprimir el llanto–. ¡Si parecía que no veías el momento de marcharte! ¡Como si estar cerca de mí de repente quemase!

–¡Fina, basta ya! –le gritó desesperada, harta e incapaz de soportar más embestidas–. ¡Claro que quema! ¿Es que no puedes verlo?

–¿Ver qué?

–¡Que me muero por dentro, aunque no lo creas! Y si no te miro, no es porque no quiera hacerlo, y si no estoy más cerca de ti, o si no te beso, es porque si lo hago… –el discurso se quebró en un llanto ahogado, y sus ojos la buscaron entre las lágrimas, mientras se apoyaba en la pared con más fuerza, dudando de si sus piernas serían capaces de seguir sosteniéndola. Se limpió la cara con el dorso de sus manos y carraspeó, recomponiéndose–. Estoy intentando respetar tu decisión. Tú decidiste romper nuestra relación, y yo procuro hacer lo que está en mi mano para ponértelo más fácil, nada más. Y te aseguro que no es el camino sencillo para mí.

–Cualquiera lo diría –murmuró Fina sin demasiada convicción, llorando abiertamente.

–No lo es. No hay nada que yo desee más que estar contigo. Quiero abrazarte, quiero consolarte, demostrarte que estoy aquí y que no estás sola, pero… –los cuatro pasos que las separaban nunca le habían parecido una distancia tan infranqueable, y por mucho que deseaba correr hasta ella, eligió deslizarse pared abajo para quedarse en cuclillas–. Pero no puede ser. Prometí respetarte y es lo que estoy haciendo.

–¡Pues deshago esa promesa! ¡Yo te necesito a ti, Marta! –se revolvió Fina, agachándose también para quedar a su altura, aunque sin reducir el espacio entre ellas–. No puedo pasar por todo esto si no te tengo conmigo.

–Yo… –Marta clavó su mirada en ella, envuelta en la bruma del agua salada que brotaba imparable de sus lagrimales, sin saber qué responder ante una verdad tan desnuda–. No puedo más –reconoció, dejándose caer al suelo.

 

Luchar contra el deseo en plena madrugada

es como esperar que Dios conteste una llamada.

Durante un tiempo indeterminado en la habitación sólo se escucharon dos llantos quedos y rendidos, desacompasados, mientras dos almas magulladas luchaban por recomponerse, desesperadas por encontrarse. Fina fue la que consiguió calmarse primero, y al comprobar que a su jefa no le sucedía lo mismo, se arrastró por el suelo para poder tomar una de sus manos.

–Marta, ¿qué es lo que te pasa? –le preguntó, temerosa–. ¿Por qué lloras? –no obtuvo más que un encogimiento de hombros por respuesta, así que llenó sus pulmones de aire para insistir–. ¡Marta!

–No pienso aburrirte con mis tonterías, bastante tienes ya –Marta volvió a frotarse la cara para recoger sus lágrimas e hizo ademán de levantarse, pero el fuerte tirón que recibió en su mano se lo impidió. La miró sin comprender y volvió a intentar liberarse, sin éxito–. Ha sido un error venir hasta aquí, perdóname.

–No, no ha sido ningún error, Marta, porque yo también necesitaba verte –por primera vez en todo el tiempo que llevaban allí dentro, intuyó un amago de sonrisa en el rostro de la joven, y sintió que su Fina estaba volviendo en sí tras toda esa rabia que había descargado sobre ella–. Y por favor, cuéntame de una vez qué es lo que te está pasando.

–Que toda mi vida se está haciendo pedazos, Fina –susurró con los ojos cerrados–. Ni siquiera yo lo sé muy bien. Pero sí sé que me siento más segura a tu lado. Y no debería, porque tengo que respetarte, pero aquí estoy, molestándote con mis banalidades –ella también le regaló una sonrisa cargada de tristeza, y tras apretar levemente su mano, consiguió soltarse y se incorporó–. Será mejor que me vaya. Perdóname por todo lo que te estoy haciendo sufrir, lo estoy haciendo todo fatal. Tú sabes mejor que nadie lo importante que eres para mí, y por encima de todo, quiero que estés bien.

–No pienso dejar que te vayas así, ¿me oyes? –le espetó mientras se levantaba como un resorte para quedar a su altura y poder agarrarla de los hombros–. ¿Qué pasa, Marta? ¡Dilo de una vez!

–¡No lo sé, Fina! ¡No lo sé! –el llanto volvió a quebrarla, y la pared volvió a convertirse en su refugio. Fina esperó pacientemente junto a ella hasta que fue capaz de volver a articular palabra–. Mi casa es una locura, están pasando demasiadas cosas extrañas…

–¿Lo de Begoña?

–Hay algo raro en la historia, sé que Jesús y Andrés tienen algo que ver, pero a mí nadie me explica nada, y no sé qué pensar –volvió a tirar de sus rizos, tratando de contener los nervios–. Están todos desquiciados. Y yo estoy harta de escuchar mentira tras mentira. Se les cae el castillo, claro. Se nos cae, supongo. Si se rompe la fachada yo caeré con ellos.

–Ay, Marta,... ¿Y Jaime no sabe nada?

–¿Jaime? ¡Jaime! –a Fina no se le escapó la amarga ironía en su voz, y esperó a que le explicara a qué se debía, pero no pudo evitar alejarse un poco, porque el nombre de su marido en sus labios le escocía muchísimo más de lo que nunca reconocería–. Acabo de enterarme de que mi marido está enfermo, Fina. Pero parece que para informarme de eso soy otro cero a la izquierda más.

–¿Qué le pasa? –la revelación la pilló tan por sorpresa que se sentó en la cama para poder procesarlo.

–Nadie me lo cuenta, pero es grave –Marta ahogó un nuevo sollozo entre sus labios–. Se lo he visto en la cara a la Dra. Borrell cuando le ha atendido. Se ha desmayado de repente. Él sabe lo que tiene, pero no me ha contado nada, porque lo único que le importaba era que yo le diera descendencia. Maldito egoísta –deslizó con auténtico odio–. Creo que sospecha de ti.

–¿Qué? –Fina era incapaz de asimilar lo que estaba escuchando, y el miedo la invadió al proyectar las consecuencias que podría tener esa revelación sobre ellas.

–No me importa, ojalá se enterase de que de quien estoy enamorada es de ti, y no de él –afirmó Marta con firmeza, completamente convencida de lo que decía–. He estado pensando que tener un hijo podría salvarme de la vida tan horrible y tan lejos de ti que me ha tocado vivir, y lo que hacía en realidad era intentar construir una familia con alguien que me miente premeditadamente –suspiró con amargura–. Qué ilusa soy.

Fina se detuvo en recorrer visualmente cada detalle de la mujer que tanto amaba, tan hecha polvo, que se esforzaba por recomponerse ante ella, por acallar los gritos doloridos de su corazón, por resistir un poco más a la farsa absurda que tenía que vivir. Sintió mucha lástima por ella, y se maldijo por todo el daño que ella había añadido a su mochila hacía solamente un momento, cargada de veneno y resquemor. Nunca es todo blanco o negro, ni es sólo uno el que sufre. Todo tiene dos mitades, y dos formas de sobrevivir al dolor. Había sido muy injusta con quien sólo se había preocupado de su bienestar, con quien estaba sufriendo tanto como ella por el dolor tan grande que a ella le estaba tocando gestionar por la inminente muerte de su padre.

–Marta, no estás embarazada, ¿verdad? –no pudo evitar preguntarlo, porque necesitaba saberlo desesperadamente para poder recomponer en su cabeza en qué punto real estaban.

–No, Fina, puedes estar tranquila –Marta negó enérgicamente, y ladeó la cabeza mientras dos nuevas lágrimas surcaban sus mejillas–. No he podido acostarme con él desde que tomamos la decisión, si es lo que te preocupa. No puedo soportar estar a solas íntimamente con él. No puedo.

–Yo sí que no lo puedo soportar –reconoció la morena, deshaciéndose por completo de toda coraza y línea defensiva. Ya no tenía sentido–. Cada vez que pienso que él te tiene, que te toca, me quiero morir. Me destroza pensar que tengas una vida con él –murmuró con rabia.

–Pensé que si seguía adelante con mi vida, si me resignaba a la realidad de lo que sí puedo tener por encima de lo que deseo, para ti sería más fácil. Que podría dejarte volar y permitirte ser feliz –le confesó Marta, deshecha y rendida.

–Ya lo sé. Pero no puedo Marta, es que no puedo –Fina se levantó temblando, y se alejó hacia la ventana con los brazos en jarras–. Yo sé que no podíamos seguir con lo nuestro como estábamos, pero no sé cómo dejarte ir. ¿No me has escuchado antes? –insistió–. Yo te necesito a ti, y por mucho que haya intentado engañarme, no puedo dejar de pensar en ti.

–Yo sólo quiero que tú seas feliz, Fina, por encima de todo –Marta le sonrió con dulzura–. Pero siento que lo único que he hecho desde que me he metido en tu vida ha sido hacerte sufrir. Y no te lo mereces. Sólo quiero quitarte todo este dolor, pero no puedo hacerlo.

–Es que yo sólo quiero ser feliz contigo, Marta. Estoy demasiado enamorada de ti, y no puedo pensar en nada más –no tenía muy claro por qué lo estaba haciendo, pero sentía que decir la verdad era el único camino que le quedaba ante ella después de tantos gritos y tantos reproches–. Me da igual todo lo demás, porque yo sigo sintiendo que si tú estás conmigo lo malo es menos malo, y que podré con ello. Pero te necesito conmigo –remarcó, señalándola con el dedo–. A ti, no a todo lo que revolotea a tu alrededor. Tú eres quien puede salvarme. Tú eres quien me hace feliz.

–Fina,...

Marta se sintió desfallecer. Escuchar de los labios de Fina con tanta rotundidad exactamente lo mismo que ella seguía sintiendo era un alivio y una cura inmediata para su maltrecho corazón. La había añorado tanto, se había convencido hasta tal extremo de que esto jamás volvería a suceder, que le costaba asimilar que estuviera pasando. Temblaba de nervios y de euforia, y no sabía muy bien qué hacer, y la desbordaban al mismo tiempo el llanto y la risa, completamente descontrolada. Miró en su dirección y la encontró expectante y suplicante, pero incapaz de dar un paso, y se vio a sí misma exactamente igual. Pero a su cabeza regresó aquella promesa que una vez se hizo de no volver a mentirse a sí misma, y como impulsada por una fuerza desconocida, se volvió ágilmente hacia la puerta. Fina la llamó a su espalda aterrorizada, pero claro, ella pensaba que iba a largarse, y no que iba a cerrar con llave para poder sentirse segura al hacer lo que había decidido hacer.

Al volverse hacia la estancia, Fina ya la había alcanzado, dispuesta a retenerla a cualquier precio, pero la seguridad en sus ojos en las dos décimas de segundo que se encontraron le bastaron para tranquilizarse y convencerse de que no iba a irse. No iba a dejarla sola. Marta suspiró y sin poder contenerse más se lanzó directamente a sus labios. Como si de ellos brotara la única gota de agua existente en un desierto que ella llevaba atravesando demasiados días. Así era como se sentía. Había pasado demasiado tiempo sin experimentar las indescriptibles sensaciones que la cercanía de Fina Valero desencadenaba en ella. Demasiado tiempo sin el sabor de sus labios, sin embriagarse de su olor, sin sentir su aliento en su piel y el calor de sus manos recorriéndola. Demasiados días sin sentirse segura, sin sentirse en casa. Todo era demasiado largo, demasiado eterno, demasiado insulso sin ella. Para Marta de la Reina, la vida sólo tenía sentido si podía seguir refugiándose en los besos que Fina le regalaba.

 

Comprobarás que todas las cosas que no hacemos

después son esas mismas cosas que echarás de menos.

Cuando ambas se quedaron sin aliento tras una tremenda lucha a muerte de sus lenguas por volver a conquistar el territorio perdido, se separaron lo estrictamente necesario para poder respirar, acariciándose la punta de la nariz, y rieron de alivio.

–Quizás no debería haberte besado –susurró Marta sobre sus labios, y arrulló su mejilla como sólo ella hacía, derritiendo a su acompañante.

–No digas tonterías, ¿eh? –la reprendió–. Que por hoy ya hemos tenido suficientes –y se alzó para poder volver a atrapar suavemente su boca–. Dime que no te vas a ir justo en este momento tan inapropiado.

–No, no, claro que no –negó Marta–. Lo que tú quieras.

Fina entrelazó los dedos de su mano con los de ella y tiró de su cuerpo para obligarla a sentarse en la cama. Marta dejó escapar un grito de sorpresa mezclado con una carcajada nerviosa cuando Fina se sentó sobre ella, rodeando su cintura con sus rodillas.

–Pues tampoco dejes de besarme –ronroneó, cubriendo su mandíbula de besos y haciéndola reír al marcar su cuello como su siguiente objetivo–. Me moría de ganas de que lo hicieras.

–Yo también deseaba hacerlo, Fina –respondió como pudo–. Pero…

–Pero ya lo has hecho, y no voy a ser yo quien te lo reproche –afirmó con contundencia, y se alejó lo suficiente para poder mirarla a los ojos y dictar sentencia–. Marta de la Reina, te suplico que me beses o, en su defecto, que permitas que te bese yo, porque es lo único que deseo con todas mis fuerzas.

Marta se inclinó hacia atrás, apoyada sobre sus manos, para poder admirarla en todo su esplendor. Sus ojos estaban encendidos de emoción y deseo, y su sonrisa era incontenible. Había soñado tanto con volver a tenerla entre sus brazos, y estaba tan convencida de que no volvería a repetirse nunca, que le parecía imposible que estuviera ante ella de nuevo. Imponente, y hermosa, y absolutamente entregada. Alzó la barbilla para permitirle el paso, y el ímpetu de Fina hacia sus labios las tumbó sobre la cama. Rieron entre besos cortos y húmedos, y se abrazaron con fuerza.

–No te imaginas cuánto te he echado de menos –musitó Marta junto a su oído, dejando un reguero de saliva por todo su cuello, decidida a perderse en el escote de su blusa–. He sentido que me moría un poco más cada día que he pasado sin ti –añadió, sin dejar de besarla y arrancando una carcajada de entre sus labios.

–Y yo a ti, Marta. Demasiado –aseguró Fina mientras buscaba de nuevo sus labios–. Me consumen las ganas de tenerte, de tocarte, no sé cómo resistirme –mordió con fuerza su labio inferior y tiró de él, disfrutando del gemido que se le escapó a la rubia. Marta volvió a presionar su boca una vez que se vio libre, y la miró con toda la intensidad del mundo escondida en el azul de sus ojos.

–Eres mi vida, Fina. De verdad que no sé cómo vivir sin ti.

–No tienes por qué hacerlo.

Fina le sonrió con ternura, y recorrió con las yemas de los dedos el perfil de su rostro con una suavidad que la hizo estremecer hasta la médula. Marta se revolvió para poder besar su muñeca, y afianzó sus manos en sus caderas, colmándolas de suaves caricias sobre la tela de la falda. Fina redujo aún más el espacio entre sus cuerpos, y deslizó la mano hasta el primer botón de su chaqueta, solicitando con la mirada un permiso que no requería, y que le fue automáticamente concedido. Se entretuvo en cada uno de los botones conocedora de que cada segundo que tardaba estaba alargando la agonía y aumentando la desesperación de un cuerpo que se agitaba más y más conforme el tiempo corría. Tras la chaqueta fue el turno de la camisa, siguiendo exactamente el mismo patrón hasta que una mano firme la detuvo y la obligó a encontrarse con el fuego de su mirada. Marta la besó con ansia, hundiendo sus dedos en su pelo, obligándola a presionarse más y más contra ella a medida que aumentaba la profundidad. Esta vez fue Fina quien jadeó anhelante mientras deslizaba una mano hacia el abdomen de su jefa.

–Hazme el amor, Marta –bisbiseó, absolutamente consumida por las ganas, y liberó por completo las llamas que llevaban tanto tiempo esperando el momento de volver a verlas arder.

 

Quiero follarte lento, mirándote a la cara,

leer tu cuerpo en braille con las luces apagadas.

Sentir de nuevo las manos de quien amas recorriendo cada palmo de tu cuerpo debería ser considerada una experiencia similar a adentrarse en el paraíso. Labios y lenguas cubriendo de saliva cada recoveco, venerando cada rincón, redescubriendo sabores y olores, despertando escalofríos dormidos, recuperando sensaciones ya conocidas pero que creían perdidas para siempre.

La ropa voló por la habitación, sin importarles en absoluto su destino, sintiéndose seguras y protegidas tras una cerradura y una ausencia que prometía ser larga. Tampoco habrían podido preocuparse por ello, porque lo que las consumía por dentro no dejaba espacio más que para pensar en el fervor que sentían por esa piel desnuda y sudorosa que tenían ante sí. Por recordarse cada instante que se adoraban, que se habían añorado hasta casi rozar la locura, que el amor tan desbordante y puro, tan real y delirante que se habían profesado seguía intacto, esperando pacientemente para volver a salir al ruedo.

Nadie más que ellas podría entender nunca el valor que cada suspiro cobraba en los oídos de la otra, lo que implicaba para ellas lograr arrancar cada gemido, sentir cada arañazo descuidado y cada mordisco intencionado. Escuchar insistentemente el susurro de sus nombres, el ascenso paulatino del tono de voz a medida que aumentaba el ritmo, y crecía el deseo, y la desesperación por alcanzar juntas el éxtasis una vez más. Por volver a sentirse exclusivamente suyas, con la certeza de que esto que se provocaban, esto que experimentaban cuando la puerta se cerraba y las dos se quedaban solas, desnudas una frente a la otra, sin caretas ni disfraces, no iban a sentirlo jamás en ninguna otra parte. La seguridad de saber que su amor era único y genuino, y que llevarse al cielo era su mayor anhelo, y que nunca dejarían de ansiar marcarse a fuego en la piel que amarse era el mejor de los delirios, y el más dulce y placentero de los pecados.

 

Tu piel me la regalas,

el alma continúa anestesiada.

Se habían acariciado y besado tanto que la piel podía habérseles gastado. Se apretaban tan intensamente que era difícil distinguir de quién era cada brazo sobre esa minúscula cama. Fina las había cubierto con la sábana para evitar que el sudor las dejase frías. Algo que en realidad era imposible, si tenían en cuenta el fuego que habían desatado. Fina reposaba sobre el pecho de Marta mientras ella la abrazaba con fuerza, como si temiera que se le fuera a evaporar entre las manos. De vez en cuando rozaba su pelo con los labios, embriagándose de ella, asegurándose de que no había olvidado ni una miaja de todo lo que Fina Valero producía en ella. Ella mientras trazaba suaves círculos con la uña sobre su clavícula, sin poder contener la sonrisa, recreándose en cada segundo de pasión desenfrenada.

–No quiero ni pensar en la cara que me va a poner Carmen cuando me vea como Claudia le haya dicho que me ha dejado contigo –susurró tras besar su hombro y alzarse un poco para poder juguetear con sus rizos.

–Uy, no te preocupes–respondió la otra, con sorna–, que a la que va a odiar con todas sus fuerzas es a mí.

–No sé yo, va a estar reñido–replicó, perdiéndose en el infinito azul de sus ojos–. ¿Qué hacemos ahora, Marta?

Ninguna quería hacer esa pregunta, y mucho menos buscarle una respuesta, pero ambas sabían que era el siguiente paso inevitable. Marta chasqueó su lengua y juntó sus frentes.

–Creo que yo tengo que irme.

–Pues yo me quedaría aquí, así, para siempre –aseguró Fina, tratando de retenerla entre sus brazos.

–Y yo contigo –aseguró Marta, rápidamente, pero se incorporó un poco para comenzar a liberarse–. Pero no me parece muy buena idea que Claudia vuelva y se encuentre de bruces con lo que ha pasado aquí.

–¿Y qué ha pasado aquí? Si aquí no ha pasado nada –volver a escuchar en su voz ese tono seductor que la volvía tan loca la hizo estremecerse de arriba a abajo.

–Ah, ¿no ha pasado nada?

–Pues claro que no, Doña Marta –continuó traviesa–. Mi jefa ha venido a hablar conmigo porque teníamos algunas cosas pendientes, y hemos mantenido una conversación muy fructífera y estrictamente profesional –se justificó mientras besaba su sonrisa–, larga, eso sí, en la que hemos arreglado nuestras diferencias.

–¿Nuestras diferencias? –levantó una ceja, expectante.

–Nuestras diferencias, sí. ¿O me vas a decir que no te sientes mucho menos tensa después de esto? –murmuró, volviendo a besarla.

–No sé si menos tensa es la expresión adecuada, la verdad –confesó en un suspiro, tras devolverle el beso. Fina acarició su mejilla y se rindió, alejándose lo suficiente para dejarle el espacio necesario para que pudiera salir de la cama.

–Anda, vete, que lo último que nos hace falta ahora mismo es otro susto.

Marta la contempló unos segundos, con los ojos brillantes por la mezcla de sentimientos que la desbordaba. Sentía tanto amor, y tanto miedo, y tanta emoción, y tanto vértigo, que le costaba moverse, pero la razón pudo con el corazón y se deshizo de las sábanas tras besar su mano. Sin volverse a mirarla para evitar la tentación, recorrió toda la estancia para recuperar su ropa y comenzó a vestirse con agilidad. Sólo la distrajo un pequeño silbido que escuchó a su espalda cuando se ajustaba la falda, y la sonrisa atrevida que se encontró sobre la cama la dejó fuera de juego.

–¿Qué?

–Nada, estoy disfrutando del espectáculo, una no tiene la oportunidad de ver a Marta disfrazarse de Señora ante sus ojos todos los días, y hay que aprovechar –le respondió como si fuera lo más obvio del mundo, pero sin ninguna intención de esconder el deseo que sentía al contemplarla–. Aunque reconozco que me gusta mucho más el proceso inverso.

–Tú estás muy tonta –replicó, poniéndose la camisa.

–Ya ves, las cosas que me pasan contigo.

Marta negó mientras reía, y terminó de abotonarse la chaqueta con rapidez. Tras hacer un amago de colocarse el pelo, se apoyó sobre la cabecera de la cama para poder mirar a Fina directamente a los ojos. De repente volvió a sentir cómo el nudo de nervios regresaba a su estómago, y se mordió el labio en ese gesto tan suyo que su acompañante supo leer a la perfección, preparándose para evitar lo que fuera a salir de sus labios.

–Escúchame, Fina, yo…

–No lo estropees, por favor –la interrumpió, sellando su boca con la mano–. No quiero que me digas que esto ha sido un error, ni una despedida, o fruto de la lástima por todo lo que me está pasando.

–¡Por supuesto que no ha sido una despedida! ¡Ni lástima! –Marta se indignó y la golpeó con cariño en su hombro desnudo–. ¿Pero cómo puedes pensar eso de mí? ¿Acaso me tomas por una de esas?

–No, claro que no –Fina negó enérgicamente, y tomó su mano para besarla–. Pero no quiero decir ni escuchar nada ahora mismo que me haga volver a sentir el miedo a perderte.

–Tú a mí no me vas a perder nunca, pase lo que pase –Marta se inclinó para rozar sus labios, sellando sus palabras–. Jamás, ¿me oyes?

Fina asintió con los ojos cerrados, y se dejó acariciar por la mano de su jefa, permitiéndose volver a llenarse de su calor, de la sensación de seguridad que emanaba de ella cuando estaba cerca.

–Ya veremos mañana cómo lo arreglamos, Marta. Hoy sólo quiero disfrutar de haberte tenido una vez más –zanjó, y trató de sonreírle con firmeza–. Y vete ya, que yo también tengo que ir para la casa y no creo que sea buena idea que nos vean llegar juntas –la azuzó, haciéndola reír–. Y como tardes dos minutos más, a lo mejor no te dejo salir de aquí nunca.

–Fina,... –Marta estaba a punto de girar la llave que rompería el hechizo, devolviéndolas a la cruda realidad, cuando sintió una necesidad imperiosa de dejar salir lo que barruntaba su cabeza. Se inclinó de nuevo sobre la cama, para poder estar muy cerca de ella–. Sé que no quieres que te prometa algo que no sé si voy a poder cumplir, pero te lo voy a prometer. Necesito hacerlo –aunque intentó interrumpirla, Marta la detuvo con un gesto de su mano–. Sé que no tengo derecho a pedirte nada, pero dame tiempo, Fina, porque te prometo que lo estoy intentando. Todavía no sé cómo, pero no voy a dejar de intentarlo nunca. Y yo te prometo… Te prometo que soy sólo tuya. Eso sí  te lo prometo –la besó de nuevo, lenta y profundamente, buscando asegurarle que no había ni un ápice de duda en sus palabras. Le costó un mundo entero, pero se separó de ella y, ahora sí, giró la llave–. Te quiero.

Fina cerró los ojos, incapaz de verla marchar, paladeando de nuevo su sabor, sintiéndose en la cima de la montaña, pero a punto de deslizarse sin frenos hasta el profundo abismo que la acechaba.

–Yo también te quiero, Marta –susurró justo antes de que la puerta se cerrase, dejándola sola.

Seguramente se verían de nuevo en un par de horas por la casa de la Reina, pero ya no sería lo mismo. El oasis, la calma, la paz, el delirio de amor, acababa de terminar. Lo siguiente sería volver a fingir. Y no tener ni la más remota idea de lo que iba a pasar después. Pero una certeza sí las acompañaba, a una saliendo discretamente de las habitaciones de los empleados, a otra esforzándose por vestirse sin derramar ni una lágrima. Que se querían, por encima de todo y de todos. Y que por difícil que se pusieran las cosas, merecía –y mucho– la pena seguir peleando con uñas y dientes por mantener en su vida lo único que las hacía felices. Ese amor indescriptible que les permitía seguir vivas.

 

Quiero que entiendas esto, si ya no entiendes nada:

“amor” es la palabra que resuelve el crucigrama.