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Hay gente que detesta las biografías. No lo entiendo muy bien; pienso que una vida se puede novelar casi tanto como una imagen de ella y que en definitiva la ficción es un juego de espejos en donde apenas se practican los complicados pasos de la realidad. No soy un tipo pesimista, esa es prácticamente la única certeza acerca de mí que tengo, lo que, como diría nuestro amigo Hyde, ya es bastante. Uno nunca termina de conocerse a sí mismo, dice Hyde, y aunque seguro sacó esa frase de al menos cinco lugares distintos yo le regalo cierta parte de mi fe. Si hay alguien en el mundo que puede decir eso es él. A lo que me refiero es a que a mí me gustan las biografías, me gustan mucho. Las prefiero antes que a un espejismo absurdo. Y de eso se trata este mensaje. De barcos que perdieron el ancla, de fantasías sobrevolando el día a día y trastocando la legitimidad de las cosas. Seré filosófico: tal vez para lo único que sirva esto sea para confirmar una negación. Y es que a veces las cosas son contradictorias. Uno termina pensando que las ausencias tienen un cuerpo absolutamente presente. Uno termina pensando que es mejor leer novelas, incluso las de fantasmas. Lo real (Hyde, en esto también coincido contigo) muchas veces es insostenible. Pero necesario, ya has visto que es necesario.
No sé si a alguien le interesará que comience hablando de mí. Esa es la única gran diferencia que percibo entre las biografías y la ficción, sermón de la crítica aparte. En las novelas uno rara vez se encuentra ante un narrador honesto, ante una voz que dice "sí, éstas son mis palabras, aquí mismo estoy firmando por ellas". Los cuentos son todos muy inconstantes; los escritores han sido desde siempre unos terribles mentirosos. Quizá por eso no escribo las letras de nuestras canciones. Yo no sé mentir. Yo redacto cartas, compongo canciones. Yo me sirvo únicamente de las metáforas comunes a los usos del lenguaje, a las prácticas sociales; no sé cómo disfrazarme. A mí me interesan muchas cosas pero las que más me atraen son las tangibles. Y no quiero confesar con esto una veta materialista, no estoy haciendo apologías al dinero. Sólo estoy diciendo: a mí denme cosas reales; las ilusiones no se tocan y no todos los artistas tienen hipersensibilidad.
Ahora que lo pienso, cuando uno actúa como biógrafo en cierta manera está ficcionalizando los personajes que entran y salen del propio escenario (esa palabra, escenario, me recuerda mucho a él. Hyde tiene una fascinación un poco tosca por algunos conceptos, por un grupo bien acotado de ideas, que una y otra vez recicla en pos de expresar nuevas observaciones acerca de lo mismo... ¿lo habían notado?). Un novelista ajustaría el reparto a los personajes que son de interés para el lector, y yo - en favor de la poca estima que le queda a las biografías - debería hacer justamente lo contrario. Debería hablarles aquí mismo de mis hermanas menores, de mis amigos de la infancia, de Tamiko, mi primera novia (salimos durante el último año de secundaria y los tres primeros de mis pasos musicales), de mi perro desclasado que vivía en Nagoya con mis padres y yo extrañé cada día de mi vida lejos de casa. Pero no lo haré. En primer lugar, porque no soy un auténtico biógrafo ni escribo para todos ustedes bajo el deseo de todos ustedes. En segunda instancia, porque no pretendo entretenerlos, ni siquiera tengo claro quiénes son ustedes, a cuántos me dirijo, si es que por momentos me dirijo a alguien. De los sucesos fenomenales sólo creo en uno, y es en el exorcismo, por extraño que suene. Uno debe expulsar a los fantasmas, en especial los que no están hechos de sombras. Para algo se te ha dado el habla, decía mi padre, y permítanme romper aquí algunos de los mandatos de las novelas al mencionarlo. Uno debe deshacerse de los demonios, no por miedo a explotar como tan gráficamente se dice, sino - yo creo - por temor a olvidarlos. Quién sabe qué puede hacer el rencor cuando se lo omite.
Se podría decir que lo tenemos todo para ser feliz. Aquí si hay una concepción materialista de la vida; se infiere que aquellos que han tenido éxito (lo que sea que eso sea) tendrán, entre otras cosas, cantidades de dinero, y el dinero mueve todo aquello que la fe no puede siquiera rozar. No obstante, yo adhiero a muchos otros placeres que no dependen del dinero (una puesta de sol, un trabajo bien terminado, una idea prometedora, una sonrisa bella) y, aunque reconozco que el poder adquisitivo puede simular brillantemente varias de estas delicias, la suma de la felicidad es algo que creo tener no por logro sino por mi propia convicción. Es decir, no recuerdo ningún momento en el que exclamase "Ya, hasta aquí, soy feliz, he empezado a ser feliz"; no hubo nada que me transportase directo a ese instante de autocomprensión ni tampoco he aspirado - antes, cuando era ¿infeliz? - a un determinado estado en el cual la felicidad me viniese asegurada. Yo mismo estoy convencido de que soy feliz, de que en el día de hoy la vida no podría ser mejor para alguien como yo (y tal vez para muchos otros seres humanos también). Esto que parece tan elemental no corre para el común del pensamiento. O tal vez sí, (y ese ha sido siempre el problema). Hyde, por ejemplo, no opinaba lo mismo. Él estaba convencido de que el ser humano nunca alcanzaba la felicidad perfecta, "porque la felicidad perfecta sólo se nos da para ser imaginada, porque la felicidad perfecta es esencialmente incompleta", decía, y tras eso retomaba una comparación que yo nunca he entendido mucho, acerca de cómo la capacidad de ser feliz del ser humano se encuentra algo así como anotada en algún sitio perdido y que en esa balanza de ingresos y egresos el equilibrio sólo es posible al confrontar los deseos a los castigos, ideas todas a las que Sakura añadía su inconfundible punto de vista, que como ya deben suponer, con frecuencia coincidía con el de Hyde. O quizás era al revés, pero no lo creo. No estoy insinuando que Sakura fuese voluble, sólo me parece poco probable el que Hyde ciña su pensamiento al de cualquier otra persona (y de ser así, permítanme decirles que esa sería, finalmente, la gran comprobación que todos han estado aguardando). Ignoro si Hyde sigue pensando lo mismo; no me atrevo a preguntárselo. Entre nosotros se forjó una intimidad demasiado constante, siempre exigida, que lejos de clarificarnos el punto de vista opuesto nos ha insinuado una barrera espesa y precaria, que nos distancia como lo haría un páramo infranqueable. Yo no lo entiendo y pese a que verlo la mayor parte de los días de mi vida me ha motivado a creer que alguna vez lo entendería, ahora mismo no tengo el menor deseo de hacerlo. Que me perdonen, pero me he cansado de los jeroglíficos. Más aún, me he hartado de la civilización Egipcia entera y en ocasiones tengo deseos de exterminarla.
Tal vez por eso escribo esta carta. Pienso que me tomará mucho tiempo, porque cuando nos sentimos aptos para una confesión o para una muestra tangible de nuestras reflexiones suponemos que nos llevará una eternidad resumirnos en palabras, y seguro que todo eso es mentira. Somos seres bastante modestos, por mucho que tratemos de enredarnos.
