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Español
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Published:
2024-07-30
Updated:
2025-09-07
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6/?
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La novia de Salcedo

Summary:

Lo había logrado, Salcedo ahora tenía novia.

¿Pero por qué se sentía tan mal? ¿Qué era lo que había logrado?

¿Por qué la sonrisa amable y los ojos cálidos de Pabón lo hacía sentir tan miserable?

Chapter 1: La singularidad

Chapter Text

La novia de Salcedo 

 

Capítulo 1: Una singularidad 

 

El silencioso compás de la respiración de la compañera a su lado le creaba una extraña sensación en su pecho. Podía considerarse un éxito, una sentimiento de completitud porque hoy Martín Sacedo se había vuelto un hombre, un macho de verdad. Por primera vez tuvo sexo con una mujer (que no fuera pago), con su novia. 

 

La singularidad del cabello crespo de Sofía, lo hacía sentir ternura. Eran unos crespos juguetones que envolvían todo el rostro y que a primera vista ocultaban todos los rasgos que la mujer pudiera tener. 

 

Entre los suspiros y los suaves movimientos del pecho de su acompañante, una incipiente inquietud se activaba en su mente. Los labios delgados de su novia se habían posado en su entrepierna hacía tan solo unos pocos instantes. El movimiento bamboleante de la cabeza, los ojos penetrantes estáticos en los suyos mientras el acto impedía tener la mirada fija, todo el estrambótico sentir en su orgullo, fue un golpe a un recuerdo muscular, táctil y difuso. 

 

Porque desgraciadamente podía comparar, porque unos labios carnosos, una sonrisa amable, unos ojos brillantes y explosivos que se dejaban entrever entre los cabellos lisos y que sus dedos arremolinaron por el extremo sentir, ya habían pasado por su vida. Con todo el terror que enfrentó esa sensación de vulnerabilidad y que fuera la vergüenza lo que lo llevara a evitar pensar en la remota posbilidad de que él fuera consumido por alguien más. 

 

Y el resultado de ese cuadro comparativo desastroso, llevaba a la acción de hacía unos minutos. Una dama entusiasta, inexperta, tierna y juguetona, que al empeñarse en despertar en él esas emociones complejas, no solo falló estrepitosamente, sino que había que aunarse que había cultivado en él un ego que podría decirse era hasta dañino. 

 

Colocó sus brazos detrás de su cabeza y dejó que sus ojos bailaran en la oscuridad, porque era muy triste que aunque acababa de lograr conquistar un escalón más en su vida como hombre, en realidad en el fondo de su pecho, solo quería que ella se despertara y se fuera. 

 

Ojalá el sueño le hiciera borrar la culpa. 

 

*** 

 

— Buenos días, ¿cómo está hermano? Lo noto decaído. 

 

Arbelaéz se sentó cuidadosamente al lado de Salcedo puesto que no era difícil interpretar su caótico estado de ánimo. Los ojos furiosos que respondieron al llamado se desviaron rápidamente hacia el partido de micro que estaban jugando sus compañeros. Hacía de todo por disimular que no utilizaba esa fachada para poder ver a Pabón jugar con los de quinto. 

 

— Cuál decaído, yo estoy bien. Esas solo son imaginaciones suyas. ¿o qué? ¿Nos vamos a poner aquí de nenitas a hablar de sentimientos como Eva?

 

Arbeláez ya curado en salud sobre la actitud grosera de su amigo no se inmutó. No habló porque sabía que el silencio era siempre el arma contra Salcedo. Si se enfrentaba a la nada, él solía mostrar una extraña explosión de sinceridad. Solo copió su acción de ver el partido de micro. 

 

Salcedo vio el perfil de su amigo, calmado, noble y se sintió extrañamente avergonzado. Tenía ese nudo en el pecho que sentía que tenía que contarle a alguien o iba a explotar. La culpa lo estaba carcomiendo, tanto o más que su violencia interna. 

 

— Tuve sexo este fin de semana con Sofía.

 

Arbeláez no cambió la dirección de su mirada y abogando al sentido de complicidad, solo sonrió y asintió. 

 

— Lo felicito hermano, ya pasó a una nueva base con ella.

— Ese es...—un suspiró interrumpió la frase de Salcedo—. El problema. No fue lo que esperaba.

 

Al terminar la frase y ser conciente que había materializado su incoformismo de todo el fin de semana,  supo que no había vuelta atrás y le dio más ira aún. Se paró y con fuerza cogió su maleta y caminó rápidamente hacia el salón de clases. Arbeláez aún aturdido por la declaración, volteó a mirar a todos lados intentando seguirle la pista a su explosivo amigo.

 

— ¡Espere!

 

Hizo el intento de seguirle el paso, pero una mano grande y gentil lo tomó por el hombro. 

 

— Arbeláez ¿Qué- pasó?

 

Los ojos color miel de Pabón exaltados en primer medida por el cansancio del juego de micro y por otro lado, porque había notado a sus amigos tiempo atrás, no podía contener su preocupación por la extraña reacción de Salcedo. 

 

— No sé, intenté preguntarle cómo estaba, pero simplemente se paró y se fue furioso.

— Vamos a buscarlo.

 

Pabón arrastró su maleta y caminó con paso apurado en conjunto con su amigo. En ese estrecho camino hasta el salón de clases, solo hubo un pensamiento fugaz y era la mirada que tenía Salcedo hacia él hacía unos momentos. Fingió que no lo había notado, pero lo miraba con mucho odio y estaba asustado.

 

Ellos se supone que ya estaban bien, él había apoyado con calidez su relación con Sofía. No había interferido en ningún momento con nada de su vida, si llegase a haber alguna cosa que hubiese roto su confianza, haría lo que fuera necesario por resarcirlo. 

 

Llegaron sin mucha dilación al salón y vieron que Salcedo estaba bufando viendo a la ventana. Pabón automáticamente sintió mucho miedo de entrar, se quedó paralizado en la puerta solo mirándolo y Arbeláez con un poco más de soltura se sentó en el pupitre del frente. 

 

— Yo sé que no quiere que hablemos, pero hombre, usted sabe que cuenta con nosotros. Mire, Pabón también está aquí para apoyarlo.

Salcedo estrelló su furia contra la figura de aquel hombre alto y el instinto de recordar la comparación de anoche lo hizo sentir más miserable aún. 

 

— Es que yo ya le dije a usted que ahorita no estamos para ponernos como nenitas ¿o quiere que se lo pinte con plastilina para que entienda Arbeláez?

 

Ese rechazo implacable hizo que Arbeláez se rindiera y con un: “está bien, ya nos vamos”, lo dejó solo con su furia. Antes de que desaparecieran por el umbral de la puerta una punzada en el pecho se  imprimió en Pabón cuando por un microsegundo Salcedo lo miró con una abierta expresión de tristeza. 

 

Desgraciadamente Pabón no tenía la confianza para devolverse, pero su instinto le dijo algo con lo que no quería lidiar: “otra vez se siente incómodo conmigo por lo que pasó”. 

 

Cuando dejaron la figura de Salcedo atrás, Pabón sintió que las piernas le temblaban y sus manos se pusieron frías. Por nada del mundo quería volver a pasar por las discusiones de antes, los golpes y las frases llenas de miedo pintadas de odio de Salcedo. Era evidente que ahora iba a ser él el que lo iba a evitar. Se prometía con todo el corazón que nunca sometería al grupo ni a sí mismo a uno dolor así de nuevo. 

 

— Qué raro está Salcedo ¿no?

 

Pabón se quedó callado una vez más como método de protección ante la impertinencia. 

 

— Si desde que estaba con Sofía se veía todo contento ¿Será que se pelearon?

 

Sin otra herramienta más que su cuerpo para responder, solo encogió los hombros y se acomodó las gafas. 

 

— Puede ser yo- yo creo que cuando se sienta listo, puede que nos cuente.

 

Arbeláez compartió el sentimiento y así comenzaba otro día en el José Maria Root. 

 

***

 

Salcedo no quiso pasar el recreo con ellos ese día. Camilo, Eva y Luisa no dudaron en hacer tibios intentos por descifrar qué había pasado con él, pero al mismo tiempo rindiéndose ante la insensatez que representaba el comportamiento del susodicho, dejaron morir los intentos por el camino. 

 

Pabón miraba la escena con una extraña melancolía, repentinamente tampoco quería estar ahí en el grupo. Tomó su buso y se paró del piso del pasillo. 

 

— Voy a ir al-al baño.

 

Todos asintieron y siguieron hablando como si nada. Pabón dejó de reconocer las voces de sus amigos y el ruido de la horda de compañeros reemplazó lo conocido. Cuando llegó al fondo del pasillo para entrar al baño, vio a Salcedo bañándose la cara en el lavamanos y notaba lo estresado que estaba. 

 

Estuvo dudando entre darse media vuelta e irse o tratar de ser una compañía pasiva para la ira que gobernaba el baño. Los pies lo arrastraron con sigilo puesto que el miedo era latente, pero al final de todo se trataba de su amigo. 

 

Como si Salcedo hubiera sentido su presencia, se quedó petrificado cuando en la puerta del baño la figura de su tormento se había materializado. Pero en esta ocasión no quería pelear, no tenía fuerzas, no tenía que aparentar con otras personas que estaba bien. 

 

Dio un paso atrás y dejó el espacio para que Pabón pasara. No inició la conversación, pero dejó implícito, o por lo menos según él, que estaba abierto al diálogo. Pabón siguió recto al orinal e hizo sus necesidades en completo silencio, se bañó las manos y en el reflejo del espejo vio la mirada dócil de Salcedo; no había ira, ni tristeza, solo cansancio. Pudo detallar mejor las ojeras, los ojos rojos, los labios morados. 

 

Pabón estiró los labios con toda la intención de descifrar lo que en el silencio se había formado, pero se arrepintió. Él rápidamente entendió que si Salcedo se estaba comportando así era porque había guardado silencio. 

 

Se recostó contra el lavamanos y llevó sus manos mojadas a acomodar su cabello. Cuando alzó la mirada y vio a Salcedo, la expresión de la cara que tenía lo dejó perplejo. Un sonrojo había gobernado su cara mientras su boca temblaba y los ojos que siempre se mostraban fieros esta vez estaban en un arco lleno de angustia y como era costumbre en su comportamiento, salió corriendo. Pabón bajó sus manos a sus piernas y las frotó para secarlas, acomodó sus gafas y prefirió conservar su puesto en el cuarto más impráctico del José María Root. 

 

Dejó a Salcedo huir de lo que sea que él representara en este momento. 

 

Luisa llegó poco tiempo después con curiosidad al baño y al notar a Pabón quieto en el lugar, no le fue difícil asumir que algo había pasado entre los dos. 

 

— Pabón… ¿todo bien con mi hermano? ¿Volvieron a… pelear? Acabo de verlo salir corriendo con la cara roja.

 

El rostro del hombre se transformó en una mueca compasiva. Miró a Luisa y cómo su barriga se acomodaba tan armónicamente en esa jardinera. Como ella parecía ser una versión más armoniosa de lo que su hermano no había logrado llegar a ser. 

 

—  ¿Me veo rara? ¿Tengo algo? ¿Por qué solo me mira y no dice nada Pabón?

—  No, no pasa nada no-no me malinterprete. Es que yo tampoco sé qué le pasa a Salcedo. Yo no he hecho nada no- no hemos hablado desde el viernes y estoy tan-tan confundido como ustedes.

— ¿O sea que solo salió corriendo de aquí sin decir ninguna palabra?

— Sí…

 

Luisa bufó, entró al baño también y se sentó en la cisterna al frente de Pabón. Apoyó sus manos contra sus rodillas, apretó la mandíbula y soltó un fuerte suspiro que llenó todo el baño. 

 

— Pabón yo sé que ustedes ya arreglaron, bueno, ya sabe… el incidente de esa fiesta, pero si quiere que le sea completamente honesta, después de Cartagena, mi hermano ha tenido sus cambios. No puedo decir que sea por ese alivio de poder volver a verlo, pero en el fondo creo que sí.

—  ¿Por qué me dice… eso?

—  Porque quiero que no se sienta culpable si mi hermano tiene estos cambios repentinos de comportamiento. Porque no quiero que piense que él, bueno, tiene algún inconveniente con usted. Es que él nunca aprendió a poner en palabras todas las cosas que siente. Así que no se sienta mal si huye ¿sí?

— Yo lo conozco desde hace mucho… tiempo y entiendo que él se suele abrumar muy fácil con lo que siente. Eso lo entiendo y en esos términos es que hemos… sido amigos. Pero, sí creo que-que le debería dar su espacio. A veces es muy obvio… que se incomoda conmigo.

 

Luisa se paró de la cisterna y caminó con rapidez para ponerse al frente de Pabón. Ella presentía algo que no quería poner en palabras, no podía exponer a su hermano a unas suposiciones tan problemáticas,  pero con la mirada quería transmitir ese mensaje. 

 

— No, Luisa. Por favor, no intentes hacerme-me sentir mejor con eso. Yo a él lo quiero mucho… incluso si él se incomoda conmigo. Vamos a estar bien si nos alejamos... hasta que él se sienta mejor.

 

—  … está bien, tienes razón. Esta vez tratemos de darle su espacio.