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Después de haber estado atrapados en un auto y no haber podido respirar por unos minutos, de sentir la muerte cerca, cantándoles en el oido, muchas cosas en la vida de Bosco y Pedro Pablo habían cambiado.
Entre todas esas cosas Pedro Pablo no podía conciliar el sueño.
Antes, parecía que entre la escuela nocturna y su ajetreado día en el restaurante, vendiendo tacos en la calle, o pintando lo más que pudiese para agrandar su portafolio de arte, todo eso lo dejaba exhausto y dormir venía tan naturalmente como respirar.
Ahora, después de tantos eventos traumáticos, su cuerpo parecía permanecer en alerta incluso si una parte de él se sentía cansado… Por eso no era raro encontrarlo, ya tarde en la noche, cuando todos los demás dormían, sentado en el sofá o de pie en la cocina.
Toda su vida compartió habitación con su hermano Salomón, estaba acostumbrado a la presencia de otra persona, por lo que comenzar a compartir habitación con Bosco ahora que las cosas se habían puesto tan tensas… no era ningún problema, sabia como moverse y estarse sin molestar a nadie.
Pero Bosco, quién también conocía los rituales de quedarse en vela, de no poder dormir porque sentía como algo lo acechaba entre las sombras, estaba al tanto de como Pedro Pablo no podía dormir. Lo escuchaba levantarse de la cama, caminar por la habitación, a veces escuchaba la puerta abrirse y luego cerrarse, para cuando se decidía a mirar, Pedro Pablo ya no estaba ahí.
Esa noche sucede lo mismo. Bosco escucha como Pedro Pablo da vueltas en su cama y luego de unos momentos, puede escuchar también como se pone de pie, y no camina mucho, tal vez solo lo suficiente para sentarse en el sofá de la habitación.
— ¿Tampoco puedes dormir?—dice mientras se sienta en su cama, prende la lámpara del buró con una mano y con la misma toma sus lentes y se los pone.
Pedro Pablo está sentado en el sofá, viendo hacia los ventanales, que aunque cerrados por la cortinas, parecen abrirse un poco y una línea de luz entra y se abre camino por la habitación. La voz de Bosco no parece sorprenderle, tal vez ya lo esperaba, o quizás no. Bosco no sabía.
— Llevo así toda una semana— su voz sale pero no lo ve. Bosco se inquieta un poco.
— Yo sé.
—Ya se me pasará— dice ahora si mirando a Bosco y hay una media sonrisa formándose.
Pedro Pablo tiene muchas sonrisas para ofrecer, Bosco las ha notado, entre muchas está la sonrisa complaciente, la sonrisa cálida, la sonrisa traviesa. Pero la sonrisa que posa en ese momento, es más bien triste. A Bosco no le gustan las sonrisas tristes de Pedro Pablo.
—¿Quieres que te haga compañía?— pregunta suavemente mientras camina hacia él.
Pedro Pablo se había puesto de pie, tal vez con la idea de retirarse o volver a su cama. Bosco llega a su lado, y ya más cerca puede notar las ojeras pronunciadas bajo los ojos de Pedro Pablo.
Su rostro evidentemente cansado y algo triste. Bosco siente una pesadez en su pecho después de verlo así, tan cansado, tan desgastado. Se imagina que él no se ve diferente, tampoco ha dormido y a pesar de que su familia lo anima, tampoco come muy bien. La comida le sabe toda igual.
En fin, Pedro Pablo no le ha contestado, y si algo ha aprendido Bosco en esos meses de amistad, es el arte de entender sus silencios. Se mueve un poco y rodea con sus brazos ligeramente la cintura de Pedro Pablo, su rostro lo recarga en el hombro, Pedro Pablo no se inmuta.
Muchas cosas han cambiado después de aquel atentado. En esas dos semanas… tras haber experimentado algo cercano a la muerte, tras creer que lo perdían todo, que la muerte les arrebataba todo…, luego de que Bosco haya resucitado a Pedro Pablo poniendo sus labios sobre los de él y lo haya hecho tantas veces que no lo entendió sino hasta que Pedro Pablo volvió en sí tosiendo y girando en el suelo, moribundo y exhausto.
Habían cambiado tantas cosas cuando esa noche, luego de haber sido sermoneados por Esteban, Pedro Pablo, algo desvariado, como si la muerte estuviera aún encima suyo, había tomado a Bosco con ambas manos y le agradeció por haberlo salvado. Luego lo había besado.
Muchas cosas han cambiado, y aunque no han hablado de qué significa una cosa o la otra, basta con que en ese momento de insomnio, Bosco abrace por detrás a Pedro Pablo y éste solo se quede en silencio, cerrando sus ojos y descansando su cuerpo un poco.
Bosco lo mira de reojo y acerca un poco más su rostro, su nariz roza la mejilla de su amigo.
— Platícame algo.
— umm. A ver. Déjame pensar…
Mientras piensa aprieta más su agarre en la cintura de Pedro Pablo y éste pone sus manos sobre las de Bosco.
— Te sabes la historia del rey Ludwig II?
—Ni idea
—Bueno… fue el rey de Bavaria. Estaba algo loco, era muy excéntrico, tenía su temperamento. Era muy mimado y muy rico.
—Como alguien que conozco…
—Hey!— Bosco le pellizca la mano en protesta. Pero siente más que nada un alivio cubrir su cuerpo cuando escucha la voz y la risa de Pedro Pablo. Ya estaría más tranquilo.
—Bueno, el rey Ludwig era muy caprichoso y se gastaba todo el dinero en opulencias. Mandó construir unos castillos enormes y hermosos.
Pedro Pablo lo escuchaba atentamente, aunque Bosco no le podía ver el rostro del todo, lo suponía. Entre todo alcanzaba a escuchar su respiración y eso lo relajaba de sobremanera.
— El castillo más famoso es el castillo de Neuschwanstein— continua diciéndole al oido. Bosco mentiría si dijese que no había hecho un sobre esfuerzo para pronunciar más que correctamente la palabra, quería lucirse un poco enfrente de Pedro Pablo. Pero ya era tan tarde y ambos estaban tan necesitados de sueño que no importaba mucho.
—Al rey le encantaban las artes, y llegó a obsesionarse con el artista y músico Wagner.
—¿Obsesionarse?— la voz de Pedro Pablo sonaba más somnolienta cada vez. Bosco ya lo imaginaba durmiéndose en sus brazos, tal vez podrían tirarse sobre el sofá y dormir ahí, hechos una maraña de brazos y piernas. De hecho, le empezaba a gustar mucho la idea.
—Algo así, se encaprichó con Wagner y lo consentía. Le daba de todo para que siguiera haciendo música.
—¿Crees que haya construido ese neusch…wans… ese castillo para Wagner?
—No sé, tal vez sí pensó que ahí podrían vivir los dos.
Se quedaron en silencio por unos momentos, tal vez el sueño por fin estaba cayendo sobre sus cuerpos, tal vez lo que necesitaban era estar cerca del otro, de no ignorarse a pesar de saberse en la misma habitación y sufriendo lo mismo, tal vez todo lo que faltaba era tenerse así, en los brazos del otro.
—¿Ya quieres dormir?— la voz de Pedro Pablo era tan suave como siempre. Bosco la encontraba tan reconfortante. En un descuido acerca más su rostro a Pedro Pablo y en lieu de respuesta frota su nariz un poco con la mejilla y luego ya no es su nariz pero son sus labios, apenas acariciándole la piel. Claro puede sentir como Pedro Pablo se estremece. Tal vez no le puede decir con palabras todas las cosas que siente. Que tenerlo ahí, vivo y entre sus brazos es quizás el mayor privilegio para él. Tal vez no tiene todavía el valor para decirle que siente como cada vez que están juntos se le va el aire, que siempre se ha sentido un poco torpe al actuar frente a él.
Quizás basta con dejarle otro beso en la mejilla luego de responderle
—Sí, sí quiero dormi—ry separarse a duras penas del abrazo que tanto había durado.
Eran quizás más de las tres de la mañana. Pero ninguno había regresado a sus camas.
Los dos se recostaron en el sofá, como pudieron, las piernas de Pedro Pablo entrelazadas con las de Bosco, y éste le pasaba un brazo por sobre los hombros y tal vez si se movían mucho en sueños despertarían en el suelo. Pero no importaba mucho, no importaba nada.
Era la primera vez en dos semanas que ambos dormían tranquilamente, sin despertarse a ratos, sin ataques de pánico.
Esa noche, los dos soñaron con un mundo como de hadas, donde caía bella nieve que cubría jardines extensos, donde caminaban sin rumbo al anochecer, a las orillas de un castillo majestuoso y donde Bosco lo miraba a él, a su pintor favorito y le decía
“Construí Neuschwanstein para los dos. Quiero amarte, amarte, amarte”
