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La primera vez que los había conocido había sido cuando el gran premio mexicano se llevó a cabo, en ese entonces, el año de debut de Sandra en Red Bull, ella había subido al podio con él y los mexicanos celebraron como si hubiese ganado la carrera.
Podía sentirse ligeramente celoso de esa atención, después de todo su espíritu competitivo seguía ahí, pero ella estaba tan feliz y radiante que fue imposible sentir alguna clase de cosa negativa. Excepto cuando Lewis la abrazó fuertemente por mucho rato, diciéndole un sinfín de cosas que él tuvo curiosidad (y celos) de saber. Sin embargo, después ella fijó toda su atención en él y juntos celebraron con el equipo.
Fue ahí cuando conoció a la familia de la mexicana. Su padre muy orgulloso tomó fotos de ellos sosteniendo la bandera de México y Sandra le había asegurado que su padre la había ampliado y la había mandado a colgar en su casa de Jalisco. No pudieron quedarse mucho en México, pero ella había insistido en que fueran a cenar con su familia y simplemente no pudo negarse, al menos no cuando ella usó la carta de “Entonces invitaré a Hamilton si tú no quieres venir”. Y claramente si alguien iba a ir a cenar con la familia de Sandra, ese sería él.
Esa cena fue entre incómoda y divertida, la familia de Sandra era muy amigable y tal como siempre se lo habían dicho, los mexicanos eran muy cariñosos y le recibieron con mucha familiaridad como si él y Sandra llevaran años de ser compañeros.
Para ser sinceros él se había fijado en ella desde que había entrado a la Fórmula 1, todavía con 18 años y acné en la cara, la fascinación que tuvo por la mexicana al principio pensó que se trataría de un crush pasajero, uno de esos que se dan debido a la emoción de un nuevo lugar, nuevas personas y un nuevo ambiente, sin embargo, conforme pasaron los años, el crush se intensificaba cada vez que la veía en el paddock, en los garajes, en el circuito e incluso en el hotel, cuando solían coincidir.
Casi sin notarlo, terminaba gravitando hacia ella, sus fotos favoritas de esa época habían sido las grupales, donde él había sugerido que Daniel se colocara a lado de Stephanie Ocon y él a lado de Sandra, pensó que Daniel no había notado que su sugerencia tenía un trasfondo distinto, pero después de haber tomado aquellas fotos, Daniel se acercó a él, justo después de que Sandra se había ido y le miró con cara de “ya sé lo que tramas”, pero él se hizo de la vista gorda y simplemente lo ignoró, yéndose con la idea en la mente de buscar pronto esas fotografías que les habían tomado.
Así que sí, Sandra Pérez era su crush más doloroso y peligroso, sobre todo cuando se enteró que ella tenía novio, cuando ella todavía estaba en Racing Point, se enteró que ella tenía un novio que era boxeador, y pensó que aquello sería el final de su crush con ella, pero no fue así, el síndrome se volvió peor, renovándose con esperanza cuando Sandra fue contratada para el segundo asiento de Red Bull. Ya había superado la relación con Hamilton, podía superar la relación con el boxeador Álvarez, aunque grata fue su sorpresa cuando se enteró que ya no eran novios.
—Él la engañó, era obvio, es la clase de tipo que haría eso. —Fue lo que le dijo Daniel. Estaba seguro de que su amigo únicamente le había buscado para contarle eso, ya que había terminado con un “ahora tienes el camino libre, ¿no crees?”
Por lo que todas esas situaciones los habían llevado a eso, a él con la mejor fortuna de todas, pero con una misión que no podía evitar más: conocer a los padres de su novia formalmente.
El clima de Guadalajara era fresco, pero de cualquier forma él estaba sudando, porque estaba nervioso, podía escuchar los tacones de Sandra yendo y viniendo mientras se terminaba de arreglar y él trataba de distraerse en su teléfono, aunque ninguno de sus juegos lograba distraerlo lo suficiente.
—Ya estoy lista. —La voz de su novia le hizo levantar la cabeza de inmediato. —¿Cómo me veo? —Ella dio una pequeña vuelta y sonrió algo avergonzada.
—Hermosa. —Se levantó y tomó su mano. Se daba cuenta de lo afortunado que era de vivir esos momentos, aunque estuviera nervioso, de ir a hablar formalmente con los padres de ella, valía la pena.
Sandra envolvió sus brazos alrededor del cuello de Max, con tacones lograba igualar su estatura un poco más y alcanzar a darle un beso sin dificultad.
—Vámonos, leoncito. —Él le dio un abrazo cariñoso y un beso en la mejilla antes de soltarla para tomar sus cosas y partir rumbo a casa de sus suegros quienes los estaban esperando para tener una cena. A palabras de ella era una cena familiar normal, nada espectacular, solo era para convivir como solían hacerlo.
La cosa era, que realmente las cenas que habían tenido habían sido ocasionales y solo con los padres de ella, a veces solo con su papá, Xavi y Jo e incluso en una ocasión con Paola, nunca habían tenido una cena así, en la casa de la familia Pérez Mendoza, era la primera vez que él tomaba sus vacaciones del parón de verano en México, después de haber hablado con su otra familia, la profesional, para comunicarles que harían oficial su relación al público. Es por eso que estaban ahí, porque antes de hacer su relación pública, tenían que hacerla oficial con la bendición de quienes importaban realmente: su familia.
Su madre y su hermana habían sido las primeras en enterarse, también su padre quien había sido el único en desacuerdo con la relación y aunque lo quisiera y fuera parte importante de su vida, le hizo ver que cualquier cosa que él decidiera con respecto a sus relaciones personales y amorosas, era únicamente su decisión. Además, Sandra se le había plantado a su padre de frente, sin temerle, con toda la fiereza que caracterizaba a las mujeres latinas y le había dicho una o dos verdades.
Así que ahora, los únicos que faltaban era la familia de Sandra. Sus padres, sus hermanos, cuñada, cuñado y sobrinos. Así que era una cena en grande para él, pero a palabras de su novia, era una cena pequeña.
Condujeron hasta allá y al llegar sus nervios aumentaron, pero su novia sostenía su mano con firmeza y confianza, lo que le aliviaba un poco. Ella estaba radiante y eso también le motivaba. Pese a las veces que la había visto llorar, con un corazón roto por el idiota del boxeador, al que golpearía si no temiera por su vida y el otro no fuera un… ya sabes, campeón de box; aun así, ella había abierto su corazón nuevamente, y le había dado una oportunidad a él, una oportunidad que no iba a soltar para nada.
Por esa razón estaban ahí, para hacer eso de la forma correcta y demostrar que él estaba a la altura. Sandra le había asegurado que su familia lo esperaba con muchos ánimos, así que no debía de estar nervioso, de cualquier forma, ya le conocían y él a ellos, así que debía ser una cena tranquila.
—¡Por fin llegan, cabrones! —Toño se quejó cuando los vio entrar, claramente esperándolos desde una hora concreta.
—Perdón, perdón. Ya estamos aquí. —Se disculpó ella y comenzó a saludar a todos. Max fue educado y amable y saludó a todos, Toño le dio un apretón de manos y Paola le dio un beso en la mejilla al igual que Marilú, la mamá de Sandra con quien tuvo que agacharse lo suficiente para regresarle permitirle el gesto y el señor Toño le dio un abrazo y de paso un apretón cariñoso. Todos ellos eran muy amables y le trataban con una familiaridad que le sorprendía y le abrumaba un poco, tal como siempre le habían dicho de los mexicanos que eran personas que no tenían mucho sentido del espacio personal y te recibían de forma cálida y amistosa, pero tal vez es que ahora lo contaban dentro de la familia, no sabía.
Hubo algunas introducciones con los miembros de la familia que no conocía, pero todo fue muy casual, se sentaron a la mesa y la charla iba de un lado al otro, aquella mesa era un bullicio de sonrisas, preguntas y comentarios, trataban de mantenerlo en inglés para incluir a Max y él apreciaba que lo hiciera porque bien pudieron haberlo dejado excluido de las conversaciones al hablar en español, pero no, se tomaban muy en serio integrarlo.
—¿Y entonces? Ya van a decirnos lo obvio, ¿o todavía no? —Toño dijo muy sonriente, porque él había sido el primero en molestar a su hermana con que Max siempre la veía como si quisiera bajarle la luna, pero ella lo negaba rotundamente, alegando que no eran más que compañeros de equipo.
—Ya vas a empezar. —Sandra rodó los ojos.
—Ay, Sandi, no manches¸ ya dinos, no por nada quisiste que se hiciera esta cena. —Paola la hostigó y ella miró a Max que apenas le sonrió un poco, podía notar que se estaba poniendo nervioso pese a haberse relajado durante la cena.
—Bueno, ya dejen en paz a su hermana y a Max. —Marilú intervino, pero esta vez, el patriarca de la familia habló también.
—Yo solo quiero saber cuántas vacas nos vas a ofrecer, Max. —El nombrado levantó la mirada y realmente confundido miró a Sandra quien comenzó a reír.
—¿Vacas?
—Sí, cuántas vacas, gallinas y cerdos vas a darnos, por la mano de mi hija. —Agregó el señor, muy divertido por la clara confusión que presentaba Max.
—No entiendo, perdón…
—Aquí si quieres que te den permiso de andar con Sandra tienes que mostrar tu dote. —Paola explicó, siguiéndole el juego a su padre.
—Pao… ya. —Sandra intentó pararlos, porque Max se lo iba a creer.
—Bueno yo. No sabía que…
—Bien, si no traes vacas para ofrecer, entonces tienes que decirnos con qué vas a mantener a mi hija. ¿A qué te vas a dedicar y cuánto ganas? —Sandra se golpeó la frente y siguió riéndose a expensas de la vergüenza de Max y de lo ridículo de la situación.
—¡Ni siquiera sabemos tu nombre completo, Max! Ni dónde vives. —Toño acusó.
—Ya, paren, no sean groseros. —Sandra aun sonreía y sostuvo la mano de Max, pero este estaba entre confundido, nervioso y a su vez parecía comenzar a comprender lo que sucedía.
—Señor Antonio yo… —Aclaró su garganta y muy valientemente se enfrentó a la familia de la mexicana. —Yo quiero salir con su hija, formalmente. Soy de nacionalidad holandesa y mi segundo nombre es Emilian, su hija me dice así cuando está enojada conmigo y mi dote son tres campeonatos de Fórmula 1, con lo que pienso mantener a su hija ya que soy muy exitoso en lo que hago.
La mesa entera comenzó a reír y aunque Max estuviera sonrojado hasta las orejas, sabía que no se reían a sus expensas, sobre todo cuando el padre de Sandra se levantó y los abrazó a ambos, como si hubiesen estado esperando ese momento, como si estuvieran diciendo que se iban a casar, cosa que no aún no era así, pero se relajó cuando todos parecieron disfrutar de su sentido del humor.
La cosa era que nunca había tenido una clase de interacción con una familia así, una familia amorosa que lo recibiera de esa manera y lo integraran en abrazos y cariños y risas. Lo hacían parte de las bromas y comprendían su sentido del humor aun cuando muchos pudieran catalogarlo de raro. Lo aceptaban y lo habían perdonado por sus errores y, sobre todo, le permitían ser parte de esa familia al celebrar su relación con Sandra.
La mexicana le miró con una sonrisa enternecedora, sus pecas adornando su bonita expresión y esos ojos cafés con ese toque de verde que el juraba que podía ver y se dio cuenta que ahí es donde tenía que estar, que las almas gemelas a veces se encontraban y en raras ocasiones, como estas, podían quedarse juntas.
