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EN OTOÑO LAS MARIPOSAS NO VUELAN

Summary:

En la Mansión de la Mariposa hay flores y hay insectos; hay girasoles y hay glicinias; en esta mansión vive una cazadora con alas y veneno pero cuando hay visita, un muchacho con el corazón ardiendo lo consume todo. ¡Cuidado! Otoño es propicio para los incendios y para que las mariposas pérdidas no encuentren el camino a casa.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

La primavera había terminado, los cerezos habían desfilado desde su copa al suelo para después terminar en el río y debajo de las sandalias, batidas en una pulpa transparente con un amargo aroma a tierra y savia; la melancolía del rosado ya pálido hicieron al observador sentir cómo su corazón se achicaba pero las lágrimas jamás salían, conteniendo la tristeza en su apacible rostro.

Deseaba que ojalá la primavera fuera para siempre.

Los caminos pintados de un suave rosa por los enormes cerezos, los brillantes colores de las camelias y los cosmos que compiten con el rojo de su cabello. Los olores de las flores del ciruelo y de las violetas que conmueven los más hermosos recuerdos de su infancia al modo proustiano mientras los grandes árboles lo cubren del sol con su refrescante sombra, de camino a su misión, a su muerte.

El Miedo era un concepto tan cercano, tan familiar como la forma de la flor del cerezo que guardaba en sus memorias pues estas flores se atoraban con frecuencia en su melena al caminar siempre debajo de estos delicados árboles. La muerte le era tan normal como el ver cómo los últimos osozakuras caían a sus pies con un precipitado y valiente final.

Ya en el suelo, Kyojuro evitaba pisarlos pero a veces era imposible no pisar las hermosas flores que evocaban en él el dulce aroma de su difunda madre.

Ya sólo quedaban las últimas flores de una primavera tardía. Las moras, las azaleas, las flores de durazno, las rosas amarillas y las glicinias. Glicinias trepadoras que se aferraban con entereza a los juncos secos y los templos.

Ojalá su camino para dejar su hogar nunca acabará, como un horizonte. Podía escuchar llorar a su hermano menor por el desprecio de su padre borracho. Senjuro era el único que lo esperaba en casa pues su padre aunque no fuera un mal hombre, el alcohol lo embrutece y lo convierte en alguien más. Alguien que no podía obligarse a odiar o repudiar. Era su padre, su mentor, su predecesor en el manto de la Llama.

Kyojuro, aunque no podía odiarlo, sentía una enorme tristeza de tan sólo recordar aquellos días en los que su padre lo tomaba de las manos para así tomar correctamente la katana de bambú mientras su madre, cargando a su pequeño hermano, le veía con tanto orgullo. . . Su madre veía en él una fuerza que ni él podía ver en sí mismo.

Eso no lo desalentó, su madre no hablaba de sólo fuerza o talento. Volvió su mirada hacia la finca de su familia, los caminos ya estaban trazados. Aun cuando regresara ya fuera otoño, su hermano le recibiría con una sonrisa y su padre, fuerte como un toro, seguiría ahí para poder saludarle. Su misión era más importante que sus aflicciones personales y su poético deseo de que las flores de cerezos vivieran al menos más de dos semanas.

El camino al demonio era fácil con el cuervo que le guía desde los aires y Rengoku no vacilaba al llamado del deber. Así que no esperó ni un segundo más de llegar a las garras del malvado demonio que parloteó de más y para bien o para mal Kyojuro, como tenía una discapacidad una auditiva, su oído izquierdo oía sólo el 40% mientras que el derecho podía captar un Alrededor del 80%, escuchó sólo la mitad de la diatriba antes de decapitarlo con un portentoso equilibrio de la katana. No quería perder la oportunidad de que el demonio fuera a huir. No hay nada de qué discutir con un demonio. Un final rápido era lo único que podía ofrecer como única respuesta a una miserable existencia de una criatura así.

Aún no tenía el manto de Pilar de la Llama, su uniforme era como el de todos, su cabello amarrado en una coleta de caballo. Su katana era negra y su respiración agitada. Le faltaba mucho para poder siquiera ser cómo su padre.

Envainó la espada y miró cómo el cielo aún nocturno escondía el verdadero festín de los demonios que habían puesto de carnada al demonio hablador. Demasiado tarde para desenvainar, se arrojó a la derecha, dando marometas en el suelo y con la rodilla en el suelo y la otra como gato encaramado, desenvainó y con la misma vaina repelió un ataque que vino de la izquierda aún cuando la espada ondeaba en el aire en un gran círculo de llamas hasta cortar la cabeza del demonio y Rengoku giraba todo su torso para completar el ataque que repelió al demonio que vino de frente.

Rengoku era un completo inútil en las posturas de defensa de la Respiración de la Llama. Apenas y podía aplicar lo que todo novato debía saber. No era elegante y feroz como lo era el actual pilar, su padre. Por eso, Rengoku usaba todo lo que estaba a su alcance para protegerse del ataque y buscaba de forma apresurada cómo contraatacar.

Rodó en el suelo y antes de incorporarse, otro demonio blandió una muy brillante naginata contra el suelo de madera.

La pequeña aldea que iba a ser asediada ya estaba abandonada, los primeros cazadores de demonios habían logrado con éxito la evacuación y el escenario de su pelea era una pequeña choza de alguna familia con niñas.

Rengoku se movió hacia la cocina aun pecho contra el suelo, chocando con las muñecas. Las miró y si no estuviera aferrado a su vaina como katana, hubiera tomado la muñeca de labios rosados para poder entregárselo personalmente a la niña que no pudo llevarla al momento de huir del ataque de estos demonios.

Rengoku respir hondo, estaba muy cabreado.

Su espalda chocó contra la pared, contó a los demonios que vinieron en jauría contra él, pero Rengoku sólo esperó por la naginata llegar primero a su pecho y antes que traspasara su pecho, tomó la hoja con sus dos palmas, soltando su katana y vaina. .

Tiró con fuerza y gritó como un loco sacando toda su fuerza interna, la fuerza que ejercía hacía casi explotar las venas de la sien, sin embargo el propósito era romper la hoja de la naginata.

Los demonios lo miraron horrorizados hasta que Rengoku, haciendo suya lo que quedaba de la naginata, blandió con una fuerza abrumadora contra el primero que tenía enfrente, atravesándolo de la garganta. Los demonios lucharon contra la sorpresa de la abrumadora fuerza del cazador pero fue demasiado tarde pues Rengoku se puso de pie, tomó su katana nichirin y los cuatro demonios que estaban dentro de su rango, se les cortó la cabeza en un golpe.

El quinto de la pandilla apareció después de que las cabezas salieron volando. Rengoku miró por unos instantes por el rabillo del ojo izquierdo aquella muñeca, ¡tenía que volver con su dueña!

Kyojuro plantó el pie izquierdo atrás con fuerza y por delante el derecho, giró la cadera y apostó todo a la fuerza de su ataque que cortaría a la mitad al demonio para después recuperar posición e ir tras la cabeza del torso cercenado.

Blandió hacia su pecho, como si estuviera golpeando una pelota con un palo de madera. Alcanzó al demonio que por muy dura que fuera su piel, Kyojuro logró cortarlo a la mitad. Se apresuró hacia el torso del demonio y sin esperar a que se regenere, cortó en un instante el cuello.

Sin embargo, antes de cantar victoria, Rengoku sintió cómo la otra mitad del cuerpo del demonio seguía de pie y de una patada lo mandó contra la pared. Exclamó de dolor y escupió sangre. Las cuatro cabezas que había cortado se habían adherido al cuerpo cortado.

Cayó al suelo, aturdido por el golpe, miró a la horrenda criatura que se acercó a él riendo al unísono. La intención era obvia, lo iban a aplastar y patear hasta la muerte.

Cuando llegaron a él, pudieron por fin conectar un segundo golpe y aunque este era menos doloroso que el primero, Rengoku pensó en que si no hacía nada los aldeanos desplazados o los cazadores se acercarían a la zona y serían brutalmente asesinados por esta pandilla de sanguijuelas. .

Sus manos nunca soltaron la katana y esto fue notado por los tres demonios que empezaron a pisotear sus manos para que la soltara pero rengoku se aferró a ésta con tanta fuerza que el dolor se convirtió en una ira que lo poseyó. Sus costillas rotas y el tobillo roto no impidieron en realizar su último movimiento que fue abalanzarse contra ellos para así derribar al monolito de tres cabezas al suelo con él encima.

Sus dedos rotos habían quedado prendasdos a la empuñadura, la elevó al aire y la blandió como una hoz que corta las malas hierbas del césped. Subió y bajó hasta mancharse de sangre todo el rostro. Cuando terminó su brutal carnicería, cayó al suelo nuevamente y rodó unos pasteles a la cocina.

Miró hacia la muñeca, ojalá pudiera tomarla pero no podía pues sus manos que estaban tan hinchadas no podía soltar la katana, además de que iba a ensuciar de sangre a la muñequita. Se conformó con verla ahí tendida, seguramente pasaba mucho frío ahí en el suelo.

Su cuervo ya había volado hacia el cuartel para pedir ayuda médica y sonriendo complacido para sí mismo. Hoy había una linda luna llena y la aldea ya se encuentra segura. Podrían regresar las niñas de esta casa a seguir jugando y la adrenalina bajó tanto que cobró factura en el dolor generalizado de su cuerpo y la vista se nublaba hasta cerrar los ojos sin siquiera ser consciente de ello.

Cuando recobró la conciencia, lo primero que Rengoku notó fue un dulce aroma de la glicina, del albaricoque y la penicilina. Abró los ojos un tanto escandalizado y vio a dos hermosas doncellas viéndolo fijamente.

—¡Despertó! —anunció emocionada la Pilar de las Flores, Kanae. Líder de la finca que usa como centro médico de los cazadores de Demonios en donde Kyojuro terminó después de su pelea.

Rengoku la miró a ella y su hermana menor que lo miró igual de curiosa. Kyojuro sonrojó al momento y agachó la cabeza.

—¡Pilar de las Flores, Srta. Kochou y su adorable hermana menor! ¡Gracias por cuidar de mi y por tomarse las molestias de curar las heridas de este inútil cazador!

—Eh, ¿adorable hermana menor? —cuestionó la menor de las Kochou un tanto juguetona pero con un deje de molestia que fue percibido por el rubio que volvió agachar su cabeza, apenado.

—Jajaja, tienes mucha energía después de enfrentarte a cinco demonios tú solo —respondió Kanae, tomándolo del hombro para así acomodar su vendaje. —Fuiste muy temerario, pudiste haber perdido la vida, joven Rengoku.

—¡Oh, así es, ese es mi apellido! —el audido miró con sorpresa a Pilar de las Flores.

—Eres el vivo reflejo del Pilar de la Llama, el señor Shinjuro —comentó Kanae aún acomodando las vendas.

—E igual de poderoso, eh —comentó Shinobu con una ligera sonrisa para después irse por la puerta, desapareciendo de la vista de Kyojuro que no pudo responderle que era totalmente lo contrario.

—Perdónala, está un poco celosa que un Kanoe como tú tiene mejores récords que ella y por eso no considera que venir de una familia de Pilares de la Llama seguro también es pesado. Mucha presión, ¿no es así?

—¡Jajaja! —rió estruendosamente — ¡como debe ser, srta. ¡Pilar! No venimos a jugar. Su hermana menor sabe que necesita más fuerza para lograr sus objetivos que están alineados con la corporación, ¡ser fuerte no es tan importante como lo es ser eficiente!

—Pero ¿qué estás diciendo, joven Rengoku? Claro que se necesita fuerza, ¿seguro que no tienes alguna lesión en la cabeza? —dijo Shinobu al entrar a la habitación nuevamente con una bandeja de comida en las manos.

—¡Sí, golpeé mi cabeza contra la pared en mi último encuentro! —respondió el rubio.

—Muy bien, hermana —se dirigió a Kanae—, déjame a mí vendar esa cabeza y ponerlo a dormir por unos días.

—Pero querida hermanita, si le vendas la cabeza no podrá comer —comentó Kanae señalando la comida que tenía Shinobu en las manos.

La pequeña hermana miró la comida y su sonrisa desapareció. —Es cierto, los enfermos y heridos deben comer, ¡así que toma! —le entregó la bandeja con la comida a Kanae—, dale de comer al Kanoe que tiene las manos rotas.

Kanae rió por lo bajo y se dispuso a darle de comer al cazador que le brillaron los ojos cuando probó el primer bocado y gritó con la boca llena una estruendosa exclamación de lo rico que estaba. —¡Sabroso!

Kanae rió alegre de tener a un paciente tan alegre que disfrutaba de la comida que Shinobu hacía con ayuda de Aoi.

Rengoku comió de la mano de Kanae por cuatro bocados más hasta que unos Kakushi ingresaron a la habitación, cargando de los hombros al Pilar del Viento, Sanemi Shinasugawa quien estaba en un estado deplorable pero al ver a Kanae dar de comer a un simple Kanae lo hizo soltarse de la ayuda de los Kakushi para gritar en medio de un ataque de celos pero cuando Kanae miró a Sanemi herido, ésta se incorporó y fue hacia él para reprenderlo por sus heridas. Claro que dejó la bandeja de alimentos en el regazo de Rengoku que al momento de no sentir la hostilidad del Pilar del Viento, miró sus enyesadas manos y miró su comida. Shinobu quiso decir algo pero Rengoku fue más rápido en apresurar su boca contra la comida. No se necesitan brazos para comer.

Shinobu no pudo evitar soltar una pequeña sonrisa. Este chico Rengoku era igual al Pilar de la Llama pero completamente otra persona. Muy diferente. Tal vez era lo mismo que pasaba con su hermana y ella, eran completamente similares y al vez tan diferentes ante ojos muy perspicaces.

Lo miró comer con entusiasmo, olvidándose del recato y manchándose las mejillas con el arroz que ella misma había preparado. La menor de las Kochou resopló un tanto rendida a la breve rencilla con el Kanoe y se sentó en la silla en la que estaba su hermana, tomó un pañuelo y con su ligera voz, le pidió que se detuviera para que ella pudiera limpiarle.

Kyojuro se detuvo y la miró tanto con la boca y los ojos muy abiertos, desconcertado. Tragó la comida y se acercó su rostro hacia la mano de la Tsuchinoe que limpió con delicadeza.

Se miraron por unos segundos y sintieron una familiaridad tan extraña que ambos sonrieron.

—Sin embargo, joven Rengoku, me temo que usted tendrá que ingeniárselas cuando tenga que hacer sus necesidades.

Rengo volvió a mirar sus manos vendadas, pensó por tres segundos.

—Entonces, ¿ustedes no ayuda a los pacientes a ir al baño? —cuestionó en voz alta, interrumpiendo también el nuevo trabajo de Kanae que obligaba a Sanemi a sentarse en el camastro. El Pilar del Viento gritó fúrico, amenazando que le iba a matar por impertinente.

Shinobu, bueno, se levantó y caminó afuera, sin dudas este cazador lo iba a ver con frecuencia en su finca y era mejor alejarse para evitar perder los estribos.

Después de una semana en la Mansión de la Mariposa, Rengoku pudo erguirse de pie y poder caminar y admirar el bello complejo que como indicaba su nombre: Estaba a rebosar de bellas flores con cientos de mariposas volar por doquiera. Los andadores estaban adornados con las glicinas de la tardía primavera, el aroma de los ciruelos casi hacían rugir sus tripas de hambre y en el último de los patios traseros, se sentó cerca del estanque para sacar de su cinto una libreta maltrecha y vieja para así disponerse a leer mientras las flores se mecían en por el fresco viento.

Leyó solo dos líneas y volvió su mirada a las flores, los cerezos ya estaban totalmente desnudos de la aura rosada, las hojas se abrían paso en un verde tan intenso que puede oler el camino del bosque que queda hacia el oeste, hacia donde estaba su hogar. Miró un poco más abajo y ahí estaba la hermana pequeña del Pilar de las Flores, tomando muestra de unas plantas mientras anotaba algo en su libreta. Ensimismada en sus investigaciones.

Se le veía muy concentrada tanto que esa amable sonrisa que siempre Lucía por los pasillos de los pacientes no parecía ser de ella. Era esa mirada fija que pensaba en mil cosas para acabar con sus enemigos. Shinobu no parecía ser alguien que jugara en lo absoluto. Era una mirada de determinación y esa mirada le pareció más acorde e incluso bonita en la señorita Shinobu que al sentirse observaba volvió la mirada hacia él.

Rengoku saludó alegre pero ella no devolvió el saludo. Lo miró como un bicho raro, de esos que a Shinobu le gustaría estudiar.

—¡No se preocupe por mí, Srta. Kochou! ¡Solo observa!

— ¿Y no puede observar hacia otro lado, joven Rengoku?

—¿No debería ver hacia su lado?

Shinobu casi rompe su bolígrafo, hablarle a él era empezar una larga charla que obviamente ella no quería continuar así que mejor caminó hacia el rubio cara de búho para pedirle que vaya a recostarse pero antes de que ella pudiera abrir la boca, notó el libro del Kanoe y curiosa, se sentó a su lado.

Shinobu extendiendo la mano, —¿te importa? —pidió viendo al cuaderno que Rengoku intentaba leer.

—¡Adelante! —respondió entusiasmado, esa libreta tenía varios conocimientos acerca de las respiraciones y el origen de ellas, un libro que le ayudó bastante a comprender los orígenes de la respiración de la Llama. Shinobu tomó el libro y ojeó el título, las hojas y aunque estaban en un japonés muy antiguo entendió la importancia de éste.

—¿De dónde sacaste este libro?

—Es de la colección de mi familia. Estás invitada a visitar la finca, puede que encuentres algún tema de interés, srta. Kochou.

—Claro, vienes de una familia de pilares. Seguro tus recursos son inacabables, asegurando tu ascensión a pilar.

—Lo dices como si fuera algo malo, jajaja.

—No, no todos estamos aquí porque es tradición familiar.

Rengoku la miró a los ojos purpurinas y pudo notar en ellos su propia mirada. Sin embargo, no titubeó en decir lo siguiente:

—Sé que tus padres murieron por culpa de un demonio y que tu vocación como la de tu hermana es acabar con la existencia de ellos para así evitar más sufrimientos como el suyo. Admiro su determinación pero me disgusta que tome un papel de víctima. Usted ha decidido dedicar su vida a acabarlos, usted disfruta matarlos. Su venganza es su realización personal.

—Eres gracioso, Kanoe. Hablas como si lo supieras todo.

—Claro que no lo sé todo. Acepto que mi vida ha sido buena y deseo eso para los que no pueden coger una katana y blandirla contra los demonios. Usted, a pesar de ser tan pequeña, es más fuerte que el resto. A su manera se sobrepone a sus desventajas y salva de las heridas a inútiles como yo que sólo saben ondear una katana.

—Es la segunda vez que se llama a usted mismo "inútil", ¿por qué? —cuestionó, intrigada pero a la vez maliciosa para poder hundir el dedo en la herida del kanoe que esta vez, bajó un poco la mirada al reconocer aquella palabra.

—Lo hago inconscientemente, es una palabra que mi padre suele decir con frecuencia.

—La relación con tu padre, el señor Shinjuro, ¿es buena?

—Lo volverá a ser cuando deje el alcohol.

—Ya veo, con razón ya no se le ve patrullar en su sección.

—¡Me disculpo en nombre de mi padre! —se arrodilló al suelo, con la frente casi a los pies de Shinobu qué se reculó hacia atrás —¡Él aún no puede procesar la pérdida de mi querida madre!

—Levántate, no es a mi quien debes ofrecer estas disculpas.

—¡Claro que sí! Ustedes trabajan incansablemente todos los días para ver por nuestra salud mientras que mi padre desperdicia su tiempo emborrachándose. No cuida su cuerpo y ya no está en forma por decisión propia. Hago lo posible para que él deje de beber.

—Y exactamente, ¿qué haces para que el Pilar de la Llama deje de emborracharse? —escupió un tanto molesta y miró con frialdad como el siempre apacible rostro del rubio se convertía en uno del que ella podía reconocer en sí misma. Frustración, decepción.

Shinobu sintió la culpa de su lengua puntiaguda y miró hacia el estanque, arrepentida tal vez de querer molestar a un tonto como él y lo dejó en silencio.

Rengoku por primera vez desde su encuentro no volvió a abrir la boca y eso, más allá de satisfacerla, ella sintió remordimiento. Este joven Rengoku no era como Giyuu que evitaba a todo costo relacionarse con los demás y resultaba divertido molestarlo pero la vivaracha sonrisa y seguridad de Kyojuro era mucho más apropiada en él que en el sombrio Pilar del Agua.

Volvió a verlo para estudiar su reacción y pudo notar como él iba a sonreír pero no pudo cuando las palabras, siempre sinceras que salían de su corazón, pronunció: —Volverme alguien admirable ante sus ojos…

Shinobu pensó en sí misma, competir con hombres y mujeres como él era imposible pero de alguna manera compararse con los demás resultaba fácil y doloroso, aunque su intención nunca fue ser la mejor, el ímpetu de querer mejorar y ser reconocido es algo que espadachines como ellos no podían dejar atrás: Su orgullo.

—Ser como mi padre, es imposible y, al igual que tú, reconoce mis límites pero eso no nos detiene y no debería hacerlo.

—Eres muy optimista, creo que me agradas un poquito.

—¡Usted también, señorita Kochou! Esa mirada seria cuando escribe en sus notas me parece muy bonita.

—¿Qué?, ¿pero qué estás diciendo? —la pelinegra lo miró un tanto perpleja y Rengoku, nuevamente, habló sin siquiera pensarlo y abruptamente poniéndose de pie, caminó hacia el pasillo con unas estruendosas carcajadas. Dejando a la pelinegra con el cuaderno viejo del kanoe que olvidó ampliamente la existencia de éste.

Sin embargo la realidad es que Rengoku se retiró con el rostro totalmente ruborizado de la vergüenza. Seguramente mencionar algo así a una colega era poco atinado y profesional por mucho que dijera la verdad.

Por otro lado, Shinobu sólo tomó el cuaderno y le miró irse a donde el resto de los cazadores iban a recuperar sus heridas. Ella deseaba que ojalá esas sinceras palabras le provocaran alguna calidez en su pecho pero solo no podía creerlo.

Todo el mundo le recordaba lo bonita que era, que si conseguía un buen marido tendría una vida de ensueño, lejos de los demonios, lejos de la corporación y el sangriento destino que la mayoría encontraba en estas filas. De ser necesario… su camino.

Guardó el cuaderno en su haori blanco y continuó con su investigación.

Cuatro días después, Rengoku tomó sus cosas y caminó hacia su nueva misión. No se despidió de nadie más que de las trillizas que le entregaron el cuaderno que dejó en las manos de la menor Kochou hace días. Agradeció con una exuberante reverencia de más de 90°, giró los tobillos y partió sin decir más.

Al retomar el camino a su nueva misión, apreció desde lo lejos cómo las puntas de los árboles se iban tiñendo de verde. La primavera había pasado ante él como un simple parpadeo.

Quién diría que el mismo escenario era apreciado simultáneamente por la más joven las Kochou quien miraba tras la ventana del piso más alto de la mansión, observando no sólo las verdosas hojas de los abedules sino también las rojizas puntas del cabello del joven Rengoku que se meneaban rítmicamente por su velocidad andar.

La pelinegra deseó no verlo por aquí pues después de todo como buena practicante de la medicina, deseaba ver a todos los cazadores regresar airosos de sus misiones. Sin un rasguño qué curar o muerte qué llorar.

Otro parpadeo y Rengoku ya estaba en casa, con su hermano durmiendo en su regazo y leyendo un libro más de la familia. Comenzaba a hacer frío y con sus fuertes brazos cargó a su pequeño Senjuro y lo llevó a su habitación. Le cubrio con la colcha ya en el futón. Acarició la mejilla izquierda deseándole los mejores sueños.

Salió de la habitación y buscó a su padre que yacía en el suelo de lo borracho que estaba. Kyojuro se precipitó a ayudar a su padre para ponerlo de costado, colocó una almohada en la espalda para que no se volviera boca arriba y evitar que con su propio vómito muriera ahogado.

Ido, el pilar de la casa Rengoku, dormía musitando impropios para sus colegas cazadores muertos. Maldiciendo aún en la muerte la incapacidad de aquellos que ni siquiera pudieron cuidar sus propias vidas.

Kyojuro se quedó sentado de rodillas en el suelo, en silencio. Escuchando los inadecuados de un triste borracho. Kyojuro quería contarle a su padre sus aventuras, sus éxitos en misión, lo feliz que estaba por volverlos a ver, sin mencionar lo mucho que los extrañaba.

No dijo nada, se quedó ahí quieto, tragando todo lo que pasaba por su corazón. La tristeza no debía consumirlo pues el fuego de sus convicciones si no se controlaban, lo consumiría en un instante.

Pasaron los días hasta que el cuervo Kasugai volvió a graznar desde el cielo, habían confirmado el avistamiento de un demonio que amenazaba el camino de los humildes comerciantes a la ciudad de Tokio por el oeste. Para llegar a aquella intercesión podría cruzar camino con la finca de las Flores.

Kyojuro pensó en un regalo para las entusiastas cazadoras y en los arremedos de la gran bodega de los Rengoku, encontró textos de medicina china y occidental que podrían ser de gran interés para las hermanas Kochou. Sin embargo, Kyojuro también pensó en llevar algunos dulces.

Se despidió con un largo abrazo al pequeño Senjuro que hizo lo posible para no derramar una sólo lágrima y le pidió dulcemente que regresara con bien. Kyojuro prometió traerle algo de la capital como regalo, acarició su pequeña cabeza y caminó a donde su padre para despedirse propiamente de él.

Tocó la puerta corrediza pero no hubo respuesta.

—¡Padre, le informo que me iré por unos días a una misión! Por favor, ¡cuidese mucho!

Pero, como siempre, no hubo respuesta y un tanto preocupado, Kyojuro pidió perdón y abrió la puerta corrediza para ver a su padre, tendido en el suelo con el manto del Pilar de la Llama como su futón.

—¡¿Eh?! ¿¡Quién te dió la autorización para entrar a mi habitación!? —exclamó iracundo, con una botella de sake en la mano. Apenas eran las 6 de la mañana y ya estaba emborrachándose de nuevo. Kyojuro retrocedió instintivamente cuando su padre le miró con aquellos ojos idos, llenos de odio y asco para con él, su hijo.

—¡He dicho que quien te ha dado el permiso!? —gritó exaltado, intentando ponerse de pie, pisando el haori de la Llama con sus sucios pies. Kyojuro se quedó callado, no sabía cómo reaccionar. Aquel hombre se parecía a su papá pero no ya no lo era. Parecía un demonio cegado por el hambre pero no de la sangre sino del alcohol.

La botella explotó en mil pedazos contra la pared, a unos centímetros de su rostro, tanto que el licor salpicó sus mejillas y lo sacó de sus pensamientos. Si su padre estuviera en forma, le hubiera dado sin margen de error.

Shinjuro bramó con odio, despotricó contra su primogénito y con titubeantes pasos, tomó a Kyojuro de la solapa del uniforme de cazador y en medio de una diatriba sin sentido, golpeó directo a la cara.

Esta no era una pelea contra un demonio, Kyojuro ni siquiera reaccionó y cayó al piso sin protegerse con los brazos. La sangre brotó de su labio roto y el tabique de su nariz fue reacomodado otra vez con otro crudo golpe. No podía pelear de vuelta, no quería lastimar a su padre en un intercambio de golpes. No iba a ser justo, no contra un pobre borracho.

—¡INÚTIL, SIN TALENTO! —gritaba furioso al no tener la respuesta de su hijo —¡¿CÓMO TE ATREVES A IGNORARME?! ¡Responde a tu padre! —lo agarró del cabello y lo arrastró por toda la habitación hasta tirarlo encima del haori de la Llama.

—¡KYOJURO, SI TANTO QUIERES ESTE HAORI, PRIMERO DEBES MATARME O MORIR EN EL INTENTO!

La sangre escurrió desde su nariz hasta el haori blanco ya gatas miró las llamas del diseño. El golpe en su cabeza había reverberado en su oído izquierdo tanto que escuchaba el sonido de mil chicharras dentro. Ni él sabía si realmente quería ser un hashira, sólo quería cumplir una promesa a su siempre firme madre. Proteger al débil aun cuando se sea débil en muchos aspectos, proteger a su padre de esa horrible enfermedad de la desesperanza.

Lo entendía muy bien, la muerte de Ruka no era fácil para Kyojuro y su poco talento con la katana podía tumbarlo pero… pero Kyojuro no era como su padre. No era DÉBIL. No había ni una pizca de duda en él a la adversidad que era mucho más grande que él.

Miró a su padre con una dura mirada. Se sentó en el haori y se inclinó hacia él en una reverencia, su frente chocando contra el suelo.

—¡Perdóneme, padre! No era mi intención interrumpir en su aposento, sólo quería cerciorarme que se encontraba bien.

—¡Emm! Así aprenderás a la próxima, ¡conoce tu lugar, Kyojuro! No eres más que un cervatillo en un bosque lleno de lobos. ¡Ahora, largo!

Kyojuro se puso de pie, caminó pasando por el hombro de su padre y ya en el margen de la puerta, volvió a reverenciar frente a su padre que cerró la puerta en un azotón.

Cuando se irguió, volvió su rostro hacia su hermano que lloraba en la esquina del pasillo, sujetándose del hakama. Le sonó con ternura y fue hacia él. De cuclillas, lo envolvió en un fuerte abrazo.

—Senjuro, cuida de papá —le pidió con una voz inquebrantable—. Te necesito.

—Hermano mayor, yo… —las lágrimas no dejaban de caer, apenas tenía 9 años.

—Él te necesita más de lo que tu crees necesitarme a mí —lo apretó con fuerza, fuerte y sin dejar un espacio para el titubeo de lo necesitado que estaba del abrazo que Senjuro devolvió. Los fuertes tenían derecho a momentos de debilidad.

Los dos hermanos, quienes sólo tenían el uno al otro, estuvieron así por largos minutos hasta que Kyojuro tomó de la mano a Senjuro y le prometió volver.

Tomó su katana, se limpió la sangre con el dorso de la mano y despidió con una enorme sonrisa a Senjuro que lo despedía con la mano hasta el cielo. Caminó pasos seguros hacia su camino, salvar personas de los demonios parecía más fácil que salvar a la gente del corazón titubeante que todos poseemos, los demonios internos. Así que con una exuberante confianza y con Kaname, su cuervo kasugai, en el hombro se dispuso en el camino; comieron nueces que Senjuro le había metido en los bolsillos hasta llegar a la gran entrada de la Mansión de la Mariposa que estaba antes de llegar al puente en donde tenía que eliminar al demonio.

Miró un poco sobre la cerca, buscando por las trillizas o alguna Tsuguko de la Pilar pero al no ver a nadie, optó por dejar los libros en la entrada con una nota amarrada en la cuerda en las que había empaquetado y los depositó en la entrada. .

Una vez con los libros en el sitio, decidió que era un buen momento para seguir adelante pero la voz de la Pilar de las Flores lo detuvo.

—Hijo del Pilar de la Llama, ¿por qué no entras a saludar y deja tu regalo en las manos de mi hermana? —dijo mientras se ponía de cuclillas para ver los apilados libros con genuina curiosidad. Su larga melena negra caída como una cascada sobre los pliegues de hermoso haori de mariposa y cuando elevó sus rosados orbes sobre Kyojuro, éste se sintió por un segundo apenado por presentarse así, el ojo derecho hinchado y el labio roto con una nariz supurante. El cabello jironado y manchas de sangre en los puños de la camisa blanca.

Kanae se puso de pie al instante y lo tomó de los hombros. —¿Te has topado con un demonio en el camino?

Kyojuro negó con la cabeza, la señorita Kanae era muy amable. —¡Me caí! No se preocupe por mí, no me duele.

—¡Tonterías! —lo tomó de la mano y lo metió a la finca sin preguntar.

Al poco tiempo Kyojuro se vio en una sala, le obligaron a ponerse otro uniforme color guinda. Sentado en el tatami, miraba el sol alzarse en el cielo. Tenía que apresurar su camino y llegar antes que la noche. Kanae le había curado ya el labio roto pero el ojo amoratado sin poder bajar la inflamación seguía siendo un problema y la amable Pilar mandó a su personal a conseguir un desinflamatorio.

No obstante la primera en encontrar un desinflamatorio fue la menor de las Kochou que al entrar a la habitación y verlo ahí quieto, incluso desanimado, hicieron a la Tsuchinoe de corazón frío sentir un punzada en el pecho. Después de todo, nadie la tiene fácil en este mundo.

Ambos se miraron. Kochou apostó a que él bajaría la cabeza como la otra vez pero Kyojuro escuchó de alegría al verla entrar a la pieza y Shinobu instintivamente sintió unas ganas de pegarle en el ojo derecho, ¿por qué tanto le sonreía? Era evidente que ella le despreciaba como cuando uno se ve en el espejo y no le gusta como se ve.

Venas descubrió en su sentimiento. Se precipitó a su lado y cruzándose de brazos, le miró con desdén.

—¡Por qué no pusiste al menos los brazos!? —Estaba enojada con él, nadie podía ser tan suicida.

—No hizo falta, se cansó en menos de 3 minutos, ¡pero gracias por preocuparte por mí!

—No me preocupa por ti, Rengoku-san, me molesta que mis mejores envueltos los malgaste en peleas familiares y no en cazadores que lo arriesgaron todo por matar a los demonios.

—¡Sus palabras me hieren, señorita Kochou! Pensé que ya éramos amigos.

—¿Amigos? No tengo tiempo para eso —y aun cuando dijo eso, se sentó a su lado para poner en su maltratado ojo derecho el ungüento. Pasando sus pequeños dedos sobre el rostro de Rengoku que miró directamente a los ojos de ella. El espacio personal para él era algo… difícil de mantener. —No me veas así.

—¿Quiere que cerrar los ojos? —cuestionó de buen modo, pelando más los ojos y acercando más el rostro a la cazadora que con la mano libre y bien abierta, lo tomó del pecho y lo empujó.

Demasiado pesado. Shinobu tuvo que usar mucha fuerza para alejarlo, ¿es que este muchacho no conocía el espacio personal?

Shinobu pensó en una fracción de segundo en Giyuu y cómo ella a veces sólo se acercaba a molestarlo aunque con la ligera diferencia en que el rubio lo hacía inconsciente, muy contrario a ella que le parecía divertido cruzar esa barrera de espacio personal para ser un dolor. en el trasero.

Al entender que estaba siendo muy invasivo, Kyojuro se enderezó sobre sus rodillas y cerró los ojos para que la amable cazadora colocara en su ojo izquierdo el ungüento que adormeció gran parte de la cara. Se obligó a decir nada y sólo esperaba como el tacto frío de la mano pálida de ésta rozaba por su nariz hasta su labio roto.

Sus manos eran frías como recordaba el tacto de las manos de su madre contra su rostro unos días antes de fallecer postrada en la cama. Un frío que sentía tan bien en la piel caliente y quemada por el sol como la suya.

Una vez que el contacto acabó, Kyojuro abrió los ojos hacia esa chica cazadora que rehuyó de su mirada para buscar el ungüento que depositó sobre el tatami. Lo tomó con delicadeza, se puso de pie y sin decir nada, salió de la habitación y antes de cruzar el umbral profirió un dulce susurro:

—Joven Rengoku, destruye a esos demonios.

La mala audición de Rengoku sólo lo hicieron escuchar algunas sílabas sin sentido, su lectura de labios seguía siendo ineficiente así que sólo se conformó en saber que de los rosados labios de aquella letal y encantadora cazadora pudo leer su apellido y con una enorme efusividad, se inclinó hacia ella en son de agradecimiento.

Por otro lado, Shinobu caminó airosa por los pasillos de su hogar, sonriendo genuinamente ante el recuerdo de él sonriendo tan diligentemente a su comanda. Le emocionó, de alguna manera, conocer a alguien que no la rechazara por ser tan falsamente adorable. Le gustó el rechazo que recibió de Giyuu pero reconoció que después de la aversión, siente cierto aprecio por el joven que la miraba con admiración.

Dió unos pasos más hasta chocar contra su hermana quien se llevó la mano a los labios y la prejuzgó de manera juguetona.

—Hermanita, ¿por qué estás tan feliz?

—Hermana mayor… —la miró siempre desde abajo, ¿por qué tenía que ser la más bajita?

—El hijo mayor del Pilar de la Llama, es muy inusual pero a la vez lindo ¿no lo crees?

—Lindo? Hermana, tu última pelea te dejó muy agotada, ¿no es así? —repelió con una veloz respuesta—. ¿Le has visto siquiera de cerca?

—Sí, tu sonrisa es linda.

—Bueno, considerando tus gustos… —rodó los ojos la menor, pensando en el Pilar del Viento.

—¡Oye, alto ahí jovencita! Uhm —musitó Kanae, inflando sus mejillas—. Antes que se vaya, ve y agradecele por el regalo que nos dió —recordó la mayor y de las largas mangas del Haori, sacó uno de los libros que había traído el joven Rengoku. Lo mostró enfrente de ella, era un libro de imágenes impresas de insectos con la clasificación taxonómica de los ejemplares.

Shinobu lo tomó y miró sobre la caratula, el libro parecía nuevo. Curiosa y aun con la mirada traviesa de su hermana mayor sobre ella, Shinobu fisgoneó la primera página y en ella, un pie de página. Era su letra, uniforme y redonda, trazos limpios pero muy marcados en la hoja. Decía:

"Los broches de mariposas de los residentes de la Mansión de la Mariposa son muy bonitos y en un viaje con mi adorable hermano encontramos este libro. Pensé en ustedes, pensé en la mariposa que sujeta sus cabellos negros y cuando vi el escorpión pálido, pensé En usted, srta. Kochou.

Los violáceos orbes de Shinobu miraron nuevamente la portada del libro y sintieron cómo su corazón palpitaba emocionado. Su personalidad que buscaba siempre reconocimiento le gustó sin duda que pensarán en ella y verían más allá de que es hermana menor de la Pilar que la protegía siempre con su sombra.

—Será que le gustas? —chilló emocionada la hermana mayor, tomando el libro para leer la nota—. ¡Le fascina! Shinobu, es de buena familia.

Shinobu miró con horror a su hermana, no comprendía porque una muestra de amabilidad podía significar amor, existen tantas emociones allá fuera más allá como el respeto, la admiración, el cariño. Negó con la cabeza, una sonrisa en los labios y rió un poco por debajo y caminó hacia su estudio dejando a su hermana.

Ese idiota Kanoe sólo no tenía filtros en la boca, era amable con todos y hacía amigos en todos lados, nada especial. Sólo era amable con alguien que lo ayudó, era una muestra de agradecimiento.

De hecho, muchos la pretendían. Muchos se enamoraban de ella como la eterna cuidadora y de dócil voz. Nadie la volteaba a mirar más allá de su belleza superficial. Su hermana cada vez en cuando le metía ideas de que dejara la corporación de cazadores y buscara un buen marido.

Shinobu amaba a su hermana pero a veces era demasiado prepotente en decir qué era lo mejor para ella. Ambas decidieron unirse como cazadores, ambas tomaron el mismo camino por las mismas razones: venganza, su salvación.

Vivir en el miedo ya no era una opción para la petite de las Kochou. Los afectos de los hombres no impedirían su camino como cazadora.

En su estudio había millas de insectos, todos sujetos de prueba y estudio para la elaboración de sus venenos. Tenía desde avispones gigantes, arañas de espalda roja hasta escorpiones amarillos y se derrumbó sobre su mesa, entre sus hojas y sus libros.

 

Sin pena ni gloria, el caluroso verano pasó entre experimentos y misiones de poca monta. En una de esas misiones, ya de regreso, Shinobu detuvo su andar, miró a lo lejos las espaldas de las tres tsuguko de su hermana Kanae. Tres lindas muchachas que pasaban de los 160 centímetros, fuertes como robles y con una musculatura que muchos hombres envidiaban.

Todas ellas hermosas a su manera, divinas, casi etéreas con poderosas espadas de casi dos kilogramos de peso, filosas cuanto más.

La mayoría de las mujeres no serían capaces de desenvainar una espada, la mayoría apenas podría sostenerla con sus dos brazos y, para su maldita suerte, Shinobu era una de ellas, de esas chicas que por su primer pensamiento de cualquier macho era físico protegerla. , sacarla de este peligroso camino e impregnarla con hijos.

Sus labios rompieron su falsa sonrisa, sus cejas se crisparon con ira, odio, desprecio, repulsión y aversión a sí misma. Deseaba ser cómo ellas, hermosas como una rosa pero adornadas de espinas para que nadie quisiera arrancarlas del suelo.

Una de las Tsuguko miró por el hombro y se percató que Shinobu ya no estaba a su lado, se había quedado atrás.

Shinobu recuperó al instante su dulce sonrisa, miró hacia la chica y apresuró su paso hacia ellas que la esperaron con una sincera sonrisa. El aprecio era verdadero ya pesar de que era recíproco, Shinobu sintió el aguijón de la envidia en la punta de su lengua. Ojalá ser como ellas, ojalá ser varón aunque enano, fuerte y brillante.

Muchos pilares fueron reconocidos a pesar de su baja estatura, mucho incluso niños varones que ni golpeaban la adolescencia eran más fuertes que ella.

Miró a sus pies y por error había pisado un diente de león. Los cientos de vilanos volaron, paraguas de pelillos en un vuelo para depositar las semillas en otro sendero pero el tallo y la cabezuela quedaron embarrada bajo su zapato. Así siempre era: Los insectos se posan en las flores, no son las flores.

Sus memorias volaron junto a las paraguas de pelillos y terminaron en la mansión de los Ubuyashiki, cuando el señor Himejima las salvó de un ataque de demonios (aunque no un tiempo para salvar a sus amados padres). Su hermana se había recuperado del shock y se portaba como una mujer de fuerza imparable, se supo anteponer a la devastadora tristeza de ver a sus padres morir ante sus ojos sin poder hacer nada.

Respondía a las preguntas de los cazadores con entereza, tomándola de la mano muy fuertemente porque si la soltaba Shinobu lloraría hasta ser sólo eso: Llanto despedazado, le habían quitado su tranquilidad y los amores de su vida, su madre y padre.

Kanae estaba de pie, con la frente en alto como un pino, parecía incluso que había florecido. La tierra de los cazadores la hicieron, incluso, parecer más hermosa y en cambio Shinobu, todos la miraban con pena y lástima.

Ahí quedó determinado que la más fuerte era Kanae y Shinobu las más débiles.

Amaba a su hermana pero, pero… Ojalá sea como ella.

La pequeña Kochou nego con la cabeza y trató de concentrarse en la plática de las tres tsuguko pero no podía parar de pensar, pensar en que debía controlar este profundo odio que crecía cada día más en su pecho. Odiaba a la mayoría, odiaba sintiéndose de esta manera. Detestaba ser tan contradictoria y sin querer ya había llegado a la finca en donde su hermana cuidaba de los heridos.

Vestía un delantal blanco y su melena negra le cubría las orejas hasta la cadera. Shinobu había leído bastante de medicina occidental y cosas de índole extranjero como la iconoclastia de la religión judeocristiana. La figura de la madre era magnánima, igual de poderosa que la del mesías. La madre del hijo de Dios era la que aplastaba las siete cabezas del demonio.

Su hermana era extremadamente fuerte, talentosa en el bisturí y los fármacos. Todos la admiraban, la respetaban.

Kochou, la de puntas moradas, se miró así misma y corrió a su habitación para rezar, controlar su enojo pensando que no tenía que ser como su hermana para lograr sus metas, no tenía que competir con nadie más que con su inseguridad y que su Odio se redirigiera hacia los únicos que merecían probar el yermo de su fatal venganza.

Laían pagar caro, sufrirían más de lo que ella ha sufrido en sus entrenamientos y en sus experimentos de venenos. Ella misma los probaba: La mordedura de la serpiente era inmune para la serpiente.

Cogió su bata y corrió a su laboratorio, sonriendo al ver a sus pequeñas criaturas, se sintió libre de sonreír como marioneta de teatro y las vio una a una. Pequeñas pero con una picadura bastaba para matar hombres, ella haría sus propios venenos y picaría a los demonios. No tenía que degollar, solo la fuerza suficiente para atravesar la piel, un brinco y un ligero movimiento de pies en puntillas.

Se posará como una mariposa en los demonios, los besaría con su aguijón y se echaría a volar una vez que de ellos extraiga el dulce manjar de la vida en un dolor agónico.

Verlos retorcerse de dolor mientras ella se regocija con dicho espectáculo. Su única alegría después de ver a su hermana degollarlos de un sólo tajo.

Se sentó cerca de su escritorio y sacó el primer libro que sus manos tomaron, lo miró superficialmente y lo arrojó junto con otros libros hasta que tomó el libro que el hijo mayor del Pilar de la Llama le regaló.

Lo había visto otras ocasiones cuando pasaba a saludar a las Tsuguko que lo veían desde la cerca o cuando cargaba en su espalda algún cazador herido para después irse corriendo a terminar la misión. Desde lo lejos él la miraba con esos enormes ojos bicolores, rojo-anaranjados; y Shinobu contenía su ligera risilla, se le veía tan despreocupado que causaba gracia. Tan apasionado por su trabajo que lo iba a llevar a la muerte un día de estos.

Él la saludaba y reía con ella.

¿Qué pensaba él sobre ella?, ¿por qué la miraba sin parpadear y por qué sentía que él se reía con ella y no de ella? Cosa muy contraria a ella, ¿acaso pensaba qué eran amigos?

Lo veía desde lo lejos, corriendo con un ímpetu imparable en sus piernas y antes de desaparecer en el horizonte portando su katana en el cinto, volvía su mirada hacia ella. Kochou sintió que un día jamás lo volvería a ver. Siempre presuroso de irse a morir en misión, siempre en el filo de ser este su último encuentro y eso provocaba en ella un repentino a pesar y se reprendía a sí misma de no saludarle propiamente y verle directo a los ojos.

Los ojos de aquel cazador eran como un halo solar en un melancólico atardecer contrastado con el vacío color púrpura de un firmamento sin estrellas de los ojos de Shinobu. Tocar sus toscas manos que desde que aprendió a caminar carga una espada, su caliente piel abrazada por el sol del duro entrenamiento y su cabello tan excéntrico, tipo americano. La hacían pensar en las novelas que su madre llegaba a leer.

Depositó su atención en el libro, detuvo sus ojos en la nota de pie de página y cómo si fuera la única vez que se permitiría esos pensamientos, pensó en cómo sería una vida si ambos no hubieran nacido con la desdicha de saber lo que eran los. demonios.

Ella hubiera optado por una carrera de la salud o biología en los Estados Unidos, viviendo de vez en cuando cómodamente en la casa de sus padres mientras veía a su hermana ser de las primeras mujeres en graduarse de la universidad de Tokio como doctora.

Tal vez podría buscar un hombre que la adorara como una deidad y formar una familia con dos niños.

Pudo haber sido una vida tan tranquila y llena de amor, ¡pudo haber sido perfecta pero esos malditos! Apretujó con ambas manos las hojas del libro y cuando se percató de ello, soltó la hoja arrugada e intentó alisar con la palma de su mano lo cual no tuvo mucho éxito.

Controlar su ira era mucho más difícil así que respiró profundo, pensar en fantasías no era más que una pérdida de tiempo. Una estupidez.

Las lágrimas cayeron de sus mejillas y se hizo llorar sobre el libro. Ojalá no se sintiera tan miserable de esconder la ira que la carcome de pies a cabeza. Tenía tanto odio albergado en su cuerpo que si algún demonio la comia de un bocado seguramente le caería muy pesado, una tremenda indigestión hasta morir. Algunos insectos soltaban productos químicos tan poderosos que son capaces de llevar a su depredador a la tumba con ellos. Ella era como esos insectos.

Insectos tan insignificantes que darían todo por hacer correr la misma suerte a todo aquel que lo condene. Shinobu admiraba los insectos, las pobres criaturitas no tenían nada de pobrecitas; estaban malditas.

De un golpe, salió corriendo hacia la salida de la finca y se encaminó hacia donde había visto ir a aquel muchacho y preguntarle qué es lo que hubiera hecho si no hubiera nacido en la familia Rengoku. ¿Se habría enamorado de una niña egoísta que sólo piensa en la venganza y que no le dan asco los gusanos?

Sin embargo ya era muy tarde, Kyojuro había desaparecido entre el bosque y Kochou lo despidió con un ligero movimiento de mano aunque ya no estaba. Ojalá verlo pronto y reírse con él acerca de lo que sea, sin embargo él no volvió a aparecer en la finca todo verano. Desapareció y aunque no había noticias de su muerte, Kochou lamentó no verle ahí más, su ausencia era tan notoria incluso para ella que se había acostumbrado a verle andar.

Un día Kanae interrumpió en la habitación de Shinobu:

—Shinobu, hermana, hay una misión para ti en el pueblo que queda al Oeste. Por favor, ve con cuidado y salúdame al señor Rengoku. Tienes que enviar también un mensaje personal a Pilar de la Llama. Su ausencia se ha vuelto más notable en el oeste.

—¿Tengo que ir a la finca de la Llama? ¿Un cuervo kasugai no basta?

—Las cartas no llegan a las manos deseadas, su hijo mayor ha sido quien se ha tomado las molestias de recibir a los cuervos y llevar el mensaje pero el Pilar de la Llama hace omisión al llamado del patrón.

—El hijo mayor, ¿sigue vivo? —cuestionó de manera involuntaria.

—Jajaja, hermana, se te nota feliz —respondió Kanae—. Kyojuro estuvo incapacitado estas semanas debido a que se lastimó en batalla y perdió la audición indefinidamente. No quise atenderse aquí, dijo que así se encargaría de cuidar a su padre. Es un buen hijo, últimamente no podemos decir lo mismo del padre.

—¿Por qué no me lo habías dicho, hermana?

—No preguntaste —y le miró juguetona—. ¡Ah, es cierto! Dale este medicamento de mi parte, que lo tome dos veces al día —indicó dándole un sobre enorme a Shinobu que lo tomó inconscientemente—, y dile que cuando se recupere, venga a visitarnos que las chicas desean verlo pronto. Están loquitas por él.

Así es, las tsuguko de su hermana siempre le hablan con gran entusiasmo cuando lo veían en la finca. A pesar de ser sólo un Kanoe, muchos empezaban a estimarlo.

Shinobu miró a su hermana con recelo, Kanae bien pudo asignar a una de ellas pero, ¿por qué ella? Shinobu pasó sus mechones tras sus orejas, se mordió el labio y tuvo que agachar su cabeza ante la orden de su hermana que claramente tenía otras intenciones con mandarla a la finca del pilar de la Llama.

—Querida hermana, no suelo objetar tus tareas y no lo haré hoy, pero quisiera saber ¿por qué yo debo ser quien lleve el mensaje? —la miró con una dura mirada, sin una sonrisa que ofrece falsamente—. No te estés dando ideas equivocadas.

—Anda, Shinobu-chan, mis intenciones son claras y te quiero a ti en esta misión, te llevas muy bien con el hijo del Pilar de la Llama.

—Que quede claro que lo hago sólo porque tú lo pides, hermana.

—Vamos —la tomó de los hombros, alegre—, dispersa un poco hablando con alguien que no te ignora como lo hace el Pilar del Agua.

—Tomioka-san no es tan ruidoso como el hijo del señor Shinjuro.

—Suegro —soltó de la nada Kanae, esperando divertida la reacción de Shinobu que casi estatalla en rabia lo cual provocó risas en la mayor que dio de vueltas sobre sus talones, feliz de molestar a su hermana menor. Ser un dolor en el trasero era típico de los Kochou.

Kanae era la más feliz en pensar en su hermana menor en un feliz matrimonio con hermosos hijos a los que ella podía llamar sobrinos. No quería verla aquí, encerrada en sus estudios que la hacían desmayar de cansancio.

Pensar en que Shinobu pueda experimentar las primicias de un amor, conocer a un buen muchacho que acelerará su corazón. Kanae tembló de la emoción y pensó en el filósofo pilar del Viento.

Shinobu se levantó fastidiada, tomó el pergamino que arrebató de las manos de su ensoñadora hermana, tomó un abrigo y salió de la habitación, dejando a su hermana que rió al verla ir. Shinobu no entendía cómo su hermana podía pensar en cosas tan ridículas como el romance cuando sus vidas corrían peligro a cada minuto sin embargo no pudo evitar sentir dicha en su corazón cuando la veía feliz.

Aún de día, el cielo aún transicionaba del amanecer para ser completamente azul, el fresco viento que helaba sus mejillas con el rocío que caía de las ramas. Especialmente había buen clima, seguro por la tarde el frío apretaría y apresuró el andar para llegar antes de la hora de la comida.

Tomó alrededor de 5 horas de camino al pueblo de donde vivían todos los ascendientes y descendientes de la respiración de la Llama, una ciudad al oeste de Tokio. Era un pueblo modesto y algo concurrido, con todas las comodidades de una ciudad pequeña. Shinobu no pensó mucho en qué decir o qué hacer: Sólo pediría una audiencia con el pilar, entregaría la carta y sobre la misma carta, escribiría la respuesta del pilar para hacerlo al cuartel con un cuervo. Después de cumplir su misión, se iría aunque tuviera que ir de noche. Estaba más que lista para matar a cualquier demonio que se le cruzara en el camino.

Buscó la residencia y no tuvo que buscar mucho tiempo pues los mismos lugareseños al verla con el uniforme le dieron las indicaciones para que llegara sin perderse. Cuando llegó a la entrada, calculó lo enorme que era la finca, había una enorme explicada abierta para el entrenamiento y una enorme mansión en donde guardaba los pergaminos de la historia de las respiraciones. Al menos el segundo más grande después de la casa Ubuyashiki.

Se encaminó a la entrada y lo primero que vio sus ojos purpurinas fue el cabello rubio-rojizo de un infante que barría solemnemente la entrada.

El niño la miró un tanto preocupado, nervioso pero se inclinó de modo de saludo y Shinobu respondió con otra ligera inclinación. Era el hermano menor de Kyojuro y sintió compasión de éste al momento. Era un niño que lidiaba con el rechazo y alcoholismo de su padre ya la vez, la ausencia de un hermano que libraba una querella desde que había heredado al momento de nacer con el apellido Rengoku.

—Hola, niño. Soy Shinobu Kochou, cazadora de la corporación con un importante mensaje para su señor padre.

—Un gusto, señorita Kochou —volvió a reverenciar, ya nerviosa—. Me temo que, uh, mi padre no puede recibirle en este momento.

—Oh, ¿no puede? —miró al fondo, con una larga sonrisa. El niño de nombre Senjuro miró hacia atrás, sujetando la escoba más nerviosa.

—No, no… no está. —pronunció el niño, cerrando por completo los ojos—. Puede esperarlo si desea pero no creo que sea b-bien recibido por mi padre.

— ¿No estás? Uh, ¿estás seguro, pequeño?

—¡L-lo estoy! —miró a la pelinegra ya con lágrimas en los ojos—, si quiere revisar, adelante. No le estoy mintiendo.

—Está bien, con tu permiso —respondió para seguir de largo y se adentró a la mansión, pasando en veloces pasos toda la explicada.

Estudió el complejo, bastante austero y limpio, nada de excentricidades, nada fuera de lugar. Sólo demasiado silencio.

Sus pasos eran tan ligeros en la madera que caminó extensamente hasta lo que parecía el dormitorio del pilar, abrió las puertas corredizas sin titubeo al ojo de aquel hombre pero no había nadie. Buscó por todos los rincones de las habitaciones principales pero no había rastro del pilar.

Shinobu sintió aversión de sí misma al haber dudado de las palabras del niño que parecía temerle más a su padre que a un demonio. Buscó en la cocina y fue el mismo resultado, ni siquiera el hijo mayor hacía acto de presencia.

Recorrió todos los pasillos hasta llegar al patio trasero donde estaba el único dojo techado de los Rengoku, al pie del bosque. Abró la puerta de papel y se percató de dos cosas: Una, el pilar no estaba ahí y la segunda; Apareció el hijo mayor.

Tirado sobre el suelo de madera mientras veía a la par el ligero menear de las copas de los momijis y los ginkgos del jardín. Boca arriba con un libro en mano, los pliegues del hakama regados sobre sus piernas semidesnudas y el cabello suelto sobre su frente.

Vestía un lindo kimono de color carmesí y su mirada lucía espectacularmente triste. Sus ojos parecían viajar más allá de los árboles y las letras escritas.

Shinobu esperó a que él la notara pero eso no ocurrió incluso cuando ella entró al salón, sus pies ligeros no hacían ningún ruido pero seguro el suave crujir de la vieja madera lo harían consciente de que no se encontraba solo pero no fue así y recordó lo que Kanae le había dicho. Kyojuro había sido herido en batalla y perdió la audición de manera indefinida.

Shinobu quiso retroceder, no sabía por qué motivo había entrado para hacerse notar, era mejor dejar al herido descansar. Ella tenía que cumplir con su misión, no perder el tiempo con él aunque parecía demasiado triste como para no hacer nada.

Se contradijo así misma cuando caminó hacia él, se maldijo internamente por jugar a la cuidadora pero no pudo irse así como así, mínimo quería ver a los ojos y apreciar lo bonito que era ese triste rostro.

Sádica, Kanae le decía que ella era una sádica.

Shinobu no lo entendía, le gustaba ver a los demás perder los estribos por culpa de la ira o los rostros decaídos por la tristeza de un recuerdo, de lo que nunca será. Había melancolía en esos ojos bicolores y quería apreciarlos de cerca.

Shinobu terminó a su lado, mirando hacia abajo y Kyojuro dejó el libro sobre su abdomen, mirándola desde abajo, sorprendida de verla ahí, a su lado.

Ella no se enoja, Kyojuro se enoja para sus adentros. Las visitas de las mariposas aún no habían terminado con este otoño que se aproximaba como el más frío de la década.

Mientras Shinobu se sentaba en el suelo, el contacto visual entre los dos nunca se cortó. Ambos estaban en un trance de reconocimiento, no podían alargar una sonrisa cuando sus dos corazones estaban llenos de todo menos risas.

Era verso en el espejo y, desde lo más profundo del pecho, sentir un poco de compasión y cariño el uno al otro.

Kochou tomó con las dos manos el rostro de Kyojuro e invadió con ligereza su espacio personal como él lo había hecho anteriormente.

—Por favor, recupérate pronto —dijo Shinobu con tierno acento y el dulce aliento de las amapolas llegó hasta la nariz de Kyojuro que posó su mano sobre la pequeña mano de ella quien cuando lo soltó, él nunca lo hizo.

Shinobu se acostó a su lado, sujetos de la mano, mirando al techo.

Se quedaron ahí unos segundos, tendidos en el suelo hasta que Shinobu decidió comenzar a hablar. De la nada parloteó de todo lo que pasaba por su corazón, de los sueños que le fueron arrebatados y cómo aún soñaba con sus padres por las noches. También confesó que estaba frustrada por ser enana, delgada y bonita, que odiaba ver a los demás alzar una espada sin dificultad y que sumado a ello, su tierno rostro no favorecía su afrenta con demonios claramente más perversos.

Kyojuro sólo la miraba en silencio, las palabras de Shinobu eran en su mayoría inteligibles, sólo algunas palabras emitidas por su escueta lectura de labios pudo adivinar algunas sentencias pero no hacía mucho esfuerzo, al final Shinobu hablaba tanto era porque ella sabía que él no podía escucharla y respetar eso. Además se sintió aliviado, no tenía que decir nada elocuente. No debía hacer más que sostener su mano fuertemente y mirar cómo la máscara de la cazadora se resbalaba poco a poco para mostrar ese verdadero rostro de fiereza e ira transformada en disciplina y sí, a Kyojuro le gustó más ese rostro.

Shinobu era admirable y muy orgullosa. Férrea a sus objetivos claros y para nada estúpida; incluso peligroso.

Shinobu continuaba, mencionaba cosas como 'hermana', 'matrimonio' con tanta amargura que no podía evitar dejar escapar una lágrima de vez en cuando. A veces se acercaba a él para hacer énfasis en una cosa relacionada con estudios y hacerle más que dos preguntas que hacía con mucho entusiasmo.

Kyojuro trató de leer sus expresiones y pudo ver que ella esperaba un 'sí' de respuesta pero intuyó que la mejor respuesta era un sincero: No entiendo. Shinobu no se desanimó, estaba en una diatriba entre ella misma con él de mero espectador y cuando ya no pudo más, le hizo otra pregunta:

— ¿Podré cumplir con mi papel como cazadora?

Kyojuro leyó sus labios, entendió la pregunta pero sólo se la quedó mirando desde el suelo, aún acostado y con Kaname ya echado en su regazo. Kyojuro no era mucho de pensar una respuesta, respondía al instante de lo que salía de su corazón pero esta vez, como cuando se habla a uno mismo frente al espejo rebuscó en sus pensamientos algo "inteligente" pero antes de que pudiera articular sus pensamientos por el rabillo del ojo izquierdo vio volar una mariposa.

—¡Una mariposa! —habló con alto volumen, señalando con el dedo a la solitaria mariposa logrando hacer que la pelinegra volviera su atención al jardín para ver a la mariposa de alas azules con dos bandas blancas que aleteaba de flor en flor.

—¡Es raro ver una mariposa en otoño!—siguió Kyojuro—, ¡señorita Kochou, usted es como una mariposa monarca que migra sola a fuera de temporada y por las noches! ¡No se vaya a perder!

-No. Una mariposa sólo puede entender la razón de su propio aleteo. No se puede perder a menos que sea cautivada por las manos de algún hombre —respondió la cazadora de violáceos ojos aunque Rengoku no entendió nada.

Shinobu volvió su mirada hacia él nuevamente, recostada en el suelo con él aún sujetándola de la mano. Pensó que si ella fuera una polilla seguro terminaría atraída hacia las manos de este joven. Su mirada eran dos linternas, su sonrisa tan destellante como los fuegos artificiales y estaba totalmente consciente de que de ser así se hubiera dejado quemar al acercarse demasiado. Para su suerte, Shinobu era una hermosa heliconia y lo que motivaba la fuerza de su aleteo era el dulce néctar de la venganza. No importa si el mismo odio la devoraba de pies a cabeza en un sólo mordisco.

Después de todo, la vida de las mariposas es tan breve como un suspiro... aunque sería agradable aletear por ahí con alguien.

Se recostó más a su lado, cerró los ojos y cayó dormida al instante.

Notes:

Notas:
1. Me encanta Kyojuro, creo que es un personaje muy completo a pesar del poco tiempo en pantalla. Creo que lo interesante es que la autora dejó cosas pequeñas, mostró más de lo que explicó y eso me encanta de un personaje. Hay cosas como la representación de su alma y entorno están ardiendo en llamas. Su voluntad es inclemente, peligrosa tanto para él porque se expone arriesgadamente a la muerte. Hay una pulsión bien cabrona al suicidio/depresión, que se antepone pero no supera.
2. Shinobu me encanta sobre todo porque amo a los personajes que están movidos por la ira/venganza. La justicia parece ser un ajuste de cuentas sangriento y ¡OH! cine puro! Personajes trágicos porque no tienen más que su objetivo en la mira y que no son más que remedos de odio hacia los agresores. No hay paz en ellos, no hay nada. John Wick es un personaje muy centrado pero todos sus adversarios se lo dejaban claro: después de matar no había nada, él solo era eso: ira. Shinonu es casi eso, ella lucha con ser algo más que ira y ahí su frustración. Me maman los personajes trágicos, siempre mueren.
Ambos tienen algo en similar: Frustración, baja autoestima, tendencia al suicidio.
Es curioso, Rengoku parace alguien confiado pero en realidad no le importa morir. No tiene miedo y hace parecer que tiene confianza en sus habilidades pero no es así. Para nada, sólo tiene una convicción que lo motiva a darlo todo sin importar que pierda la vida. Un suicida. Y Shinobu,bueno..., no creo que haga falta explicar hasta donde es capaz de llegar alguien para cumplir su venganza. Como decía Ron Damón: "La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena."
XD en efecto, fue cine. Pero weno, si les gustan los crack ship pues espero haya sido de su agrado y si no son afines a este tipo de ship/fic pues bueno, ni mox.

Sólo serán dos partes. La siguiente la público en un mes, tal vez me anime a un AU de ellos en la Academia. Además, tengo ganas de escribir también un fic de Rengoku x Tanjiro así bien cute, nada de smut, ¡fuera! Tipo long fic pero con Senjuro cuidando en su cajita a su hermano mayor que los mismos demonios lo obligaron a convertirse en demonio con un Tanjiro pilar y Nezuko como cazadora demonio que acompaña a Senjuro. Como la cosa invertida, en twitter alguien lo está haciendo pero con las hermanas Kocho y está hermoso! Algo así quiero escribir pero soy muy procrastinadora, la vida de godín depresiva no ayuda mucho.

Muchas gracias por leer! Estoy abierta a cualquier corrección, un kudo así bien pinches rojo o un llamamiento a la moral! Nos vemos.