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Language:
Español
Series:
Part 2 of quédate
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Published:
2024-08-10
Words:
5,313
Chapters:
1/1
Comments:
10
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123
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1
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1,138

tan lejos, tan cerca

Summary:

– Es pronto para eso, pero… creo que podría llegar a estarlo.

O

Donde Álvaro es expulsado de Operación Triunfo y cien clips y dos conversaciones le hacen ver que, tal vez, nada es producto de su imaginación.

Notes:

¡Sorpresa!

Para celebrar el lanzamiento de Lejos me propusieron unirme a una dinámica para escribir escenas inéditas de aus y fics ¡y aquí estoy!

Disfrutad de la que, ya sí que sí, es la despedida definitiva de Quédate.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:


 

– Nunca pensé que diría esto… pero echo de menos las clases de fitness.

 

Ni de coña, amor.

 

– A veces también las de yoga, pero sobre todo las de fitness.

 

Escucha una risa al otro lado de la línea y el crujido de un somier que indica que su amiga ha elegido ese preciso instante para levantarse de la cama. Oye otro crujido, esta vez de un cajón, y pronto un pitido que conoce perfectamente traspasa la línea de teléfono hasta llegar a sus oídos.

 

– Claro, y yo las de urban.

 

– Hmmm. ¿Estás haciendo café?

 

– ¿Echas de menos sudar como un pollo a las ocho de la mañana?

 

– No, a ver – ríe con suavidad, pasando una mano por los rizos que caen por su frente para despejar la cara. Cierra los ojos, masajea con suavidad la zona de las cejas y ríe un poco más alto cuando oye a su amiga quejarse al otro lado de la línea –, echo de menos el ambiente.

 

– ¿El ambiente a gente que necesita una ducha?

 

– El estar todos juntos, los juegos de grupo… Ya sabes, esas cosas.

 

– Ya, los juegos… Claro. Joder, lo que tiene que hacer una para tomarse un café…

 

– Me había acostumbrado ya a aquella rutina, ¿sabes? Y perderla de repente…

 

– Tío, ni un maldito café. 

 

– Hasta las clases de inglés, illa, y eso que me cagaba con los debates.

 

– Que sólo quiero que se me quite la torrija que tengo.

 

Más ruidos de cajones abriéndose y cerrándose, un golpe en alguna parte del cuerpo que arranca un quejido de la garganta de su amiga. 

 

Me cago en la madre que parió a las cápsulas estas, ¿tú las entiendes?

 

– Has probado a, no sé, ¿leerte las instrucciones?

 

– ¿De las cápsulas? Soy tonta, pero no tanto.

 

– De la cafetera, imbécil.

 

Se hace el silencio unos segundos y repentinamente una risa profunda corta el aire. Sonríe al oírla, como siempre, porque sus carcajadas son contagiosas y algo en cada conversación que mantiene con ella le hace ver todo desde una perspectiva más positiva.

 

– Serás cabrón, Álvaro.

 

– Un placer, Salma.

 

Y es un placer, realmente, porque desde su inesperada expulsión Álvaro ha encontrado en Salma ese apoyo que dentro de la academia conseguía a diario en Bea: lo bueno, lo malo, las reflexiones, las risas, el Álvaro, ¿de verdad crees que eso es buena idea? , los eso no depende de ti y si te martirizas por eso no vas a conseguir nada. Un buen trabajo, un estoy orgullosa de ti tras otro.

 

– Oye… - dice de repente Salma tras un rato de silencio en el que parece que ha conseguido preparar el tan ansiado café. Álvaro emite un pequeño ‘hmm’ mientras debate consigo mismo si levantarse o no, si puede permitirse remolonear otra media hora el primer día que no tiene ninguna entrevista programada y procrastinar tanto como le apetece y, cree, merece –, ¿puedo preguntarte una cosa?

 

– Dispara.

 

– ¿Has estado viendo el directo?

 

– Algo, poco la verdad – responde Álvaro, mirando el techo de la habitación de hotel que va a ser su hogar al menos unos días más. Impoluta, blanquísima, totalmente impersonal y nada que se asemeje a un hogar –. Llevo dos días fuera y hasta ahora no he parado diez minutos, aunque había pensado ver un ratillo hoy.

 

– Voy a… No, mejor no.

 

– ¿El qué, Salma?

 

– Es que…

 

– ¿Salma?

 

– Álvaro, no respondas si no quieres pero…

 

– Tía–

 

– Tú…

 

– Estás rarísima, ¿qué pasa?

 

– ¿Tú qué rollo te traes con Pablo?

 

Todo en Álvaro se congela en el tiempo.

 

Calor. Frío. El cuerpo tenso. La mano pausada en su propia frente. Oye su respiración cortarse repentinamente. Le suben los latidos por la garganta, uno tras otro en una carrera a máxima velocidad hasta llegar a emitir un suspiro ahogado por sus labios.

 

no puede ser.

 

cómo lo sabe.

 

Salma guarda silencio absoluto, no presiona de ningún modo y Álvaro lo agradece enormemente. Sabe que la falta de respuesta es una confirmación de mil cosas, pero no se atreve a hablar. 

 

– No respondas, no hace falta – 

 

– No, a ver, es que–

 

– Álvaro, amor, no tienes que explicarme nada – dice Salma con dulzura, y el tono le recuerda tanto a todas esas veces que Bea le consolaba por las noches en la estrecha litera que en ocasiones compartían cuando Álvaro sentía que el mundo era un lugar cruel y doloroso y tan sólo ese cariño desmedido le hacía sentir mejor.

 

– Es que… joder.

 

– Voy a mandarte algo, por eso preguntaba.

 

– ¿El qué?

 

– Es Pablo.

 

– ¿Pablo?

 

– Ajá. Un rato del directo de anoche. No te diré nada, sólo… que deberías verlo.

 

– ¿De qué es?

 

– Álvaro… tú míralo. Creo que te va a ayudar a… entender cosas.

 

Tras una corta respuesta afirmativa, Salma se despide y cuelga, y deja a Álvaro con el móvil junto a la oreja y una mueca de confusión tatuada en la cara.

 

qué.

 

Con una mano temblorosa y otra apretando la tela de la colcha en un agarre mortal, Álvaro entra en la aplicación de mensajería y ve el nombre de Salma en el primer puesto, un número dos indicando lo que ha recibido.

 

No sabe qué esperar cuando abre el chat con su amiga y encuentra un link a un tweet acompañado de un tienes que verlo hasta el final, pero definitivamente no todo un hilo de clips de Pablo en la academia cantando canciones tristes y moviéndose como alma en pena por los pasillos. Álvaro alza una ceja sorprendida, confusión evidente tanto en el interior como en su expresión, y envía un único mensaje de salma, ¿qué es esto? cuando llega al cuarto clip y ve a Pablo entonar una de sus canciones favoritas de Finneas con aire derrotado y dejando caer los dedos sobre el piano con una furia y una rabia que jamás había visto.

 

Hay dos tazas de café sobre la tapa del piano, ambas a medio terminar, y Álvaro se pregunta con quién estaría Pablo charlando mientras tomaban café hasta que recuerda que él era el único del grupo que no lo bebía y que esas tazas abandonadas deben ser el testigo que indica que esa sala del piano acoge ocasionalmente a otras personas cuando Pablo no la inunda con su presencia, sus canciones y su voz.

 

Pablo jamás bebía café, pero raras eran las noches que no aparecía en la terraza con una taza a rebosar del café hecho exactamente como le gustaba a Álvaro, con tanto azúcar que se ve en la base y cómo leches no te sienta mal esta bomba, alvi para acompañar. Álvaro siempre rodaba los ojos antes de reír, tomando la taza de entre sus manos y dejando que el calor del café y de los dedos de Pablo rozando los suyos le hiciesen más llevaderas las frías noches de invierno.

 

Álvaro nunca fue capaz de decirle que aún le faltaba otra cucharadita de azúcar y otro chorreón de leche. La sonrisa brillante de Pablo, los ojos entrecerrados concentrados en su cara mientras bebía y el roce de las manos con su espalda eliminaban cualquier rastro de cordura. 

 

Soportaría mil cafés amargos por seguir viendo la expresión de felicidad de Pablo al hacer algo por él.

 

Aún así, Álvaro no entiende nada.

 

Desde, tal vez, la tercera vez que atravesaron la línea del más que amigos, tenía claro que Pablo sentía algo por él, pero que no se acercaba ni de lejos a todo lo que sentía Álvaro cuando Pablo estaba cerca. El crush de los castings no hizo más que crecer exponencialmente a lo largo de la estancia en la academia hasta alcanzar unas cotas de sentimiento que Álvaro jamás había soñado vivir. Verle por los pasillos, sentarse juntos en clase, los mil abrazos mañaneros, desayunar codo con codo. Los juegos, las bromas, el lenguaje interno, los guiños que sólo ellos dos entendían en su pequeña burbuja compartida. 

 

Pero ahora, y según las redes sociales y los ojos del propio Álvaro, Pablo parece estar viviendo un duelo que se asemeja a la viudedad. Y Álvaro no quiere hacerse ilusiones, no quiere pensar que todo cuanto canta Pablo está dirigido exclusivamente a sus oídos, ¿pero qué puede hacer cuando ve un clip en el que Pablo llega tarde a la terraza cuando Álvaro volvió a la academia y cantó there is no amount of love I can do for you? ¿Cómo debe reaccionar a las mil señales que le indican que Pablo está loco por él?

 

Álvaro suspira con pesadez, cierra los ojos y lleva una mano a su frente, bajando hasta apretar el puente de la nariz y fruncir el ceño con rabia.

 

– Joder, Pablo… ¿por qué me haces esto?

 


 

Eres joven, disfruta le dicen día tras día. 

 

Álvaro sabe que es joven, que no tiene ataduras de ningún tipo y puede permitirse dejarse llevar. Lleva diez días fuera, tiene la bandeja de entrada de todas sus redes sociales a rebosar de mensajes proponiendo planes y diversiones de todo tipo, pero todo en él le dice que espere, que tal vez no debería tirar la toalla. Que por mucho que sea confuso, que reciba señales un tanto contradictorias, en un futuro se alegrará de haber esperado un poco más.

 

otros diez días de nada.

 

Todo lo que piensa es una mera suposición basada en los momentos que ha visto del directo en los últimos días, pero lo que siente es tan real y tiene unas raíces tan hondas en su interior que no puede deshacerse de todo ello por más que lo intente.

 

Cualquier canción romántica que escucha, cualquier acorde alegre que producen sus manos sobre un teclado, todas las cosas del día a día le llevan a Pablo.

 

Ve a Pablo en sus desayunos en solitario en buffets de hoteles, en las prendas de ropa más estrambóticas que se ha cruzado en los eventos a los que ha asistido, en el maquillaje de otros asistentes. Pablo está presente en las canciones, en las puestas de sol, en los amaneceres y en las mil notas y borradores que Álvaro guarda en su móvil. Ha llorado por no comprender cómo se sentía, ha sido el único en reír con sus bromas, se ha emocionado con cada una de sus actuaciones y ha pensado más de una vez en cómo sería convertir lo que tenían, todo, en algo real.

 

Sabe que no será fácil, que todo es cuestión de trabajo y tiempo. 

 

Tengo miedo pero la vida es muy larga y hay tiempo para aprender a enamorarse, había dicho Pablo en la primera gala en la que Álvaro no estaba presente, mientras jugaba a entrelazar y descruzar los dedos y confesaba en vivo y en directo que estaba más que listo para abrir su corazón y enamorarse del todo y sin barreras.

 

Álvaro le miraba con una ceja alzada a través de la pantalla, sintiendo cómo todo en su interior le decía es por ti. es por ti. quiere enamorarse de ti. lo dice para ti. eres tú.

 

Y tras los clips, los vídeos, el directo, las ojeras de Pablo y las canciones al piano, Álvaro cree que lanzarse y tirarse a la piscina con él puede ser la decisión más acertada de su vida. Porque Álvaro le ve con su mejor amiga, y ve que sonríe tan abiertamente como en los castings, como tras el pase directo en la gala 0, como en el primer abrazo que se dieron en la academia cuando llegó. Sonríe como en las noches que compartieron al piano de madrugada una vez pasó su nominación y se buscaban para pasar tanto tiempo juntos como fuese posible. Sonríe como tras el primer beso, tras el segundo, como la noche en la terraza que Álvaro quiso hacerle ver que quería pasar cada instante del programa con él. 

 

Por primera vez en semanas, Álvaro le ve sonreír como lo hacía siempre, abriendo puertas y derribando los muros que le ahogaban y asfixiaban.

 

No le importa esperar porque sabe que merecerá la pena. 

 

Porque Pablo merece la pena.

 


 

– Ay, mi amor, qué ganas tenía de verte – dice Bea con entusiasmo, estrechándolo entre sus brazos por nonagésima vez en lo que va de noche y una vez están en la habitación del hotel que han decidido compartir hasta la mañana.

 

– Cómo te he echado de menos, me estaba volviendo loco.

 

Álvaro la abraza con más fuerza, la cabeza de su amiga descansando sobre su pecho justo donde el corazón late con calma por encontrarse al fin en un lugar seguro y que le aporta paz.

 

– Cuéntame, ¿cómo ha sido la vida aquí fuera? ¿Algo nuevo? ¿Has… conocido a alguien?

 

La sonrisa de Bea es pícara, algo juguetona, pero hay una cierta curiosidad escondida tras sus ojos. Álvaro ríe y niega con la cabeza, y decide que tal vez, ha llegado el momento de salir de dudas.

 

de perdidos al río.

 

– ¿Álvaro?

 

– Beus, quiero preguntarte una cosa.

 

– Dime, amor.

 

– Prométeme que no vas a gritar.

 

– Por qu–

 

– Que no vas a ponerte a correr por la habitación.

 

– Qué pas–

 

– Y sobre todo, que vas a ser sincera.

 

– Pero qu–

 

– Promételo, Bea.

 

Bea alza una ceja, asiente y acerca la mano hacia la suya con el meñique extendido para unirlo al de Álvaro y dar un tirón. Unen las yemas de los pulgares, se estrechan la mano y dan una, dos leves sacudidas que recuerdan a los saludos de los niños pequeños en pueblos de verano.

 

Álvaro se siente como uno de esos niños pequeños, repleto de emociones pero incapaz de discernir la mitad de ellas.

 

Sólo distingue perfectamente el miedo.

 

– Tú crees… A ver cómo lo digo…

 

– ¿Hmm?

 

– Crees… ¿Crees que Pablo siente algo por mí?

 

Álvaro pregunta con rapidez, las palabras atropelladas entre sí, y concluye que su amiga no le ha oído cuando ve una ceja alzada y los labios torcidos en un gesto de confusión.

 

– …¿qué?

 

– O sea, que si piensas qu–

 

– No, no, si te he escuchado – responde Bea, y cambia la expresión por una de pura curiosidad –, ¿me estás diciendo que te gusta Pablo?

 

– No, te he preguntado si crees que él siente algo por mí.

 

– Porque… te gusta. ¿No es evidente?

 

– Pero si eso ya lo sabías, te lo dije allí.

 

– Sí, amor, pero cuando me soltaste que te gustaba Pau- Pablo pensaba que tenías como un flechazo de dos días con él, ¡no que te gustaba de verdad!

 

– Joder, Bea, si te pedí ayuda para averigüarlo…

 

– ¡Pero no sabía que era en serio! Como os habíais liado un par de veces…

 

– Claro que era en serio, si me gusta desde los cast– 

 

Álvaro cierra la boca tan repentinamente y con tanta fuerza que oye sus dientes chocar y emitir un sonido casi doloroso. Bea abre los ojos hasta que sus cejas casi se funden con la línea de nacimiento del pelo, y se lanza sobre su cuerpo para sujetarle y aprisionarle contra el colchón.

 

– ¡¿Cómo que los castings?!

 

– Es un deci–

 

– ¡Y una mierda un decir!

 

– Que sí, Be–

 

– ¡¿Pero tengo cara de tonta?! 

 

– Bea déjame explic–

 

– ¡Tienes mucho que explicar! ¡Mucho! 

 

– Eso intent-

 

– ¡Sobre todo desde cuándo te gusta!

 

Álvaro suspira con fuerza y cierra los ojos, presionando la cabeza contra la almohada e intentando que la cama le trague y le libre del sufrimiento y el escrutinio al que le somete su amiga. No funciona, porque Bea libera sus brazos pero le da toquecitos con las palmas de las manos en las mejillas hasta que Álvaro abre los ojos y se encuentra la sonrisa comprensiva de Bea en primer plano, y aún con la situación, las bromas y la forma en que va a abrirse inevitablemente, se siente seguro.

 

– A ver–

 

– Desembucha por esa boquita.

 

– Me lo encontré en los castings cuando aún estábamos en Andalucía, y me pareció mono pero… ya está.

 

– Pero… ¿no os conocisteis en el casting final?

 

– Qué va – suspira Álvaro, casi agotado.

 

Recuerda al Pablo de los castings, seguro de sí mismo y tan alegre que las salas se iluminaban cuando entraba en ellas. Calmado, pero lleno de vida. Una risa que resonaba en cualquier espacio, la sonrisa perpetua en su expresión. La tendencia a arrugar la nariz cuando algo le parecía bonito, las líneas junto a los ojos otorgándole un aspecto mil veces más tierno que de costumbre.

 

Pablo apareciendo en los castings con las propuestas musicales más locas, con los conjuntos de ropa más extraños que había. La gorra verde que le hacía parecer un personaje de videojuego, una camisa abierta sobre una camiseta con un estampado horripilante que bien podría permitir confundirle con un extranjero en pleno verano en alguna playa calurosa del sur. Una barba diminuta, el pelo rapado, aspecto general de persona segura de sí misma y con un aire intimidatorio, que desaparecía en el instante preciso que sonreía y hablaba con la voz más grave y el tono más dulce que Álvaro jamás había escuchado en alguien.

 

El último día antes de comenzar el programa, Álvaro gritando ¡un urbano! ¡un urbano! cuando Pablo entró en la sala y cómo obtuvo como respuesta una sonrisa que iluminó la estancia y el primero de los abrazos de infinitos balanceos que compartirían posteriormente en el concurso.

 

– Al principio me parecía algo… ¿extraño? O diferente, no sé, pero hablamos cinco minutos por primera vez y ya sólo podía pensar en él.

 

– Álvaro…

 

– Y… de ochocientas personas yo sólo quería que superaramos todas las rondas juntos. 

 

– ¿Tan pronto?

 

– Tía – Álvaro suspira, cansado y sintiéndose como un niño en pleno examen –, no sé. Es que era tan… tan él. Que había chavales monos en los castings, pero o eran muy simples o forzaban mucho o me tiraban a saco…

 

– ¿Y Paul no?

 

– Qué va – dice Álvaro sacudiendo la cabeza –. Él era siempre muy… él. Hablaba conmigo igual que con todo el mundo.

 

– ¿Igual?

 

– Igual.

 

– ¿Y eso te gustaba?

 

– ¿Que no fingiese? Pues claro.

 

– Me refiero… que no te tratase diferente.

 

– Tampoco me conocía tanto por aquel entonces – responde Álvaro alzando levemente los hombros –, yo quería acercarme pero me daba miedo asustarle así que esperé.

 

– ¿A que él fuese a ti?

 

– Sí, y medio lo hizo en la academia, empezó a venir más conmigo y era todo tan diferente que–

 

– ¿Por eso te pillaste? ¿Porque era… él ?

 

– Entre otras cosas.

 

– Como por ejemplo…

 

– No sé, Bea, son… un millón de cosas.

 

Álvaro suspira con una cierta frustración. Pasa la mano con descuido por la cabeza hasta deshacer los rizos y darse un tirón accidental que arranca un quejido del fondo de su garganta. qué difícil, porque exponer lo que siente y lleva sintiendo tantos meses por primera vez en voz alta empieza a ser complicado de digerir.

 

– No me puedes soltar esta bomba y ahora no contar nada – ríe Bea, acariciando su brazo y mostrándole la sonrisa más tierna de la noche. Álvaro sabe que está intentando tranquilizarle, hacerle hablar, y está funcionando.

 

– Es… joder.

 

– No hay prisa, amor.

 

Las caricias en el antebrazo continúan, la mirada de Bea sigue siendo un cúmulo de paz en el que Álvaro encuentra el sosiego que necesita.

 

– Era tan él, todo el tiempo. Y le daba igual lo que opinase la gente de él, pero a la vez tenía a todos en cuenta para no molestar e intentar formar parte del grupo, ¿sabes?

 

– Hmm. ¿Como cuando nos dijo que se sentía solo estando todos juntos?

 

– Ajá. Ese día… Bueno, esa noche estuvimos hablando en el piano un ratito y… entendí muchas cosas.

 

– Cosas como que te estabas pillando o…

 

– No exactamente – niega Álvaro con la cabeza, el movimiento acompañado por un pestañeo más pausado y una inspiración fuerte que llena cada pequeño rincón de sus pulmones –, más bien… de su forma de ser.

 

– ¿Le viste distinto en privado?

 

Es distinto. O sea, es la misma persona pero es mucho más… ¿abierto? ¿entusiasta? No sé, se emociona con muchísima facilidad y es imposible verle y no sonreír, ¿sabes? Porque estáis hablando de una canción y de repente empieza una tesis sobre producción y sonidos, y no entiendes nada pero habla con tanta alegría que te callas y le escuch-

 

– Amor, respira.

 

Bea ríe y sólo entonces Álvaro se da cuenta del ritmo que había alcanzado hablando, de las palabras atropelladas y el sudor en las palmas de sus manos. Nota el color escalar por su cuello y teñir sus mejillas de un tono rojizo, una pequeña sonrisa que inconscientemente se instala en su expresión al recordar una de las muchas noches al piano y cómo Pablo gesticulaba como un actor de teatro explicándole el proceso que siguió para una de sus canciones previas al programa, porque tenía una historia pensada pero no el final y hasta que tuve el instrumental no supe cómo acabarla, ¿sabes? así que iba improvisando hasta que nació la canción que publiqué. Álvaro con la boca abierta no literalmente pero sí en espíritu, impresionado por el talento de Pablo y su incansable esfuerzo y trabajo. 

 

– Es que… dios.

 

– Sí que te gusta…

 

– Ni te imaginas cuánto.

 

– Álvaro… ¿te has enamorado?

 

Quiere gritar, reír, tal vez caminar por el borde de un acantilado para sentir la misma adrenalina que nota recorrer sus venas cada instante que piensa en Pablo, cuando recuerda el poco tiempo que queda para verle y recuperar ese lenguaje propio, las bromas, los roces, los mil abrazos y con suerte todos los besos que le debe.

 

No queda un sólo cachito de Álvaro que no esté completamente enamorado de él.

 

Está seguro de ello.

 

En cambio, responde:

 

– Es pronto para eso, Bea, pero… – sonríe de lado, un brillo feliz en los ojos –, creo que podría llegar a estarlo.

 

Bea grita, incumpliendo la primera de las promesas. 

 

Se levanta para dar vueltas por la habitación mientras repite una y otra vez mis niños mis niños que mi álvaro se está enamorando de paul mis niños qué bonitos son, rompiendo la segunda.

 

Álvaro espera que no olvide la tercera promesa.

 

que seas sincera.

 

Su amiga aún da vueltas por la habitación del hotel, y Álvaro empieza a estar de los nervios porque necesita respuestas a preguntas que aún ni siquiera ha expuesto.

 

– Bea… ¿me prometes decir la verdad?

 

– Claro, amor, ¿qué pasa? – responde ella, parando en seco y mirándole con seriedad, acercándose de nuevo a la cama para sentarse a su lado y volver a tomar su mano con delicadeza.

 

– Sabes si- No, mejor dicho, ¿crees que… Pablo siente algo por mí? Algo parecido a esto.

 

Bea se queda completamente quieta, mira cada milímetro de su cara despacio y abre y cierra la boca en varias ocasiones hasta que al fin se decide a pronunciar más de una palabra.

 

– Creo que… tenéis que hablar.

 

– Joder, Bea, eso no es una respuesta – responde Álvaro con una frustración evidente y que va en aumento.

 

– Amor – susurra Bea mientras toma su mano con delicadeza y acaricia el dorso, una sonrisa paciente en sus labios –, sí lo es, créeme.

 

– Per–

 

– Álvaro, hablad. Escucha a Pablo, su versión, y cuéntale la tuya. Creo que… merecerá la pena.

 

– Pero es qu–

 

– Pero nada – niega Bea firmemente –, Pablo merece tener la oportunidad de explicarte las cosas, y tú mereces oírle.

 

– ¿Lo crees de verdad?

 

– No lo creo, lo sé. Te alegrarás de haberlo hablado con él.

 

– …Eso espero.

 

– Ya verás que sí. Y ahora, a dormir, que mañana madrugamos.

 

– Sí, mamá – responde Álvaro con retintín, alargando la i y sacando la lengua como un niño pequeño. Bea le da un golpe suave en el brazo y él ríe, el peso sobre sus hombros mucho más ligero y las ganas de ver a Pablo más infinitas que nunca.

 


 

En las tres semanas que lleva fuera de la academia, Álvaro ha visto todo el contenido habido y por haber condensado en sus ratos libres entre podcasts, reuniones y entrevistas. La veda que abrió Salma pronto ahondó en su curiosidad y le hizo echar un vistazo al directo más veces de las que inicialmente había pensado. Algunas clases de fitness, algunas de inglés, un par de urban y sólo una de yoga porque el mero susurro de la voz de la profesora le hacía querer volver a echarse a dormir.

 

En esas tres semanas, Álvaro ha visto momentos que no pensó que llegaría a ver.

 

Supo que en la academia notarían su falta, que le mencionarían un par de veces y echarían de menos sus mil comentarios durante las comidas, pero jamás imaginó el alcance que tendría su ausencia. Que habría tanto silencio, en ocasiones una cierta incomodad, que se cumpliría aquello que Pablo había susurrado en su cuello más de una noche mientras hablaban con calma, tú haces que este sitio sea un hogar, Álvaro, eres la única persona que consigue que nos sintamos cómodos.

 

Álvaro se saltó un par de latidos y al menos diez segundos de respiración al oír a Pablo, y achacó el roce de la nariz de Pablo en su cuello y el beso depositado en su mejilla a un mero reconocimiento de su actitud en la academia.

 

es que más tonto y no nazco.

 

Ni en sus sueños más tiznados de locura habría imaginado que vería a Pablo cantando sus canciones favoritas con lágrimas amenazando con desbordar sus ojos, con la expresión más triste que le ha conocido y un atisbo de dolor cada vez que alguien mencionaba su canción de dúo.

 

Y Álvaro, que sufrió la nominación, que no esperaba la expulsión pero se alegró por Pablo porque merecía seguir demostrando de qué era capaz en el mundo de la música, entiende al fin que el dolor fue el mismo para ambos. Que Pablo ha vivido en las tres últimas semanas lo que Álvaro imaginó que él sentiría si expulsaban a Pablo.

 

Por eso, la última noche, en plena fiesta de despedida y cierre del programa, Álvaro se siente como en una nube. 

 

Pablo cantó dime que sientes lo mismo que yo dime que me quieres dímelo y Álvaro raudo y veloz se presentó apenas unas horas después en la academia para el tan ansiado reencuentro con una camiseta que exponía en una corta frase todo lo que sentía por él. Álvaro le transmitió con cada abrazo que quería tenerle siempre a su lado. Pablo se saltó todas las normas y se expuso a mil broncas para tener dos minutos de privacidad con Álvaro y susurrarle un quédate conmigo y convencerle de darle una oportunidad de explicarle todo, sin saber que Álvaro le habría dicho mil veces con el primer roce de sus manos tras casi un mes sin verse. 

 

Aproximadamente diez minutos después de comenzar la fiesta, Álvaro siente un tirón en el brazo y cuando alza la vista aparece Pablo en su campo visual susurrando un ¿puedes venir conmigo por favor? , al que responde con un asentimiento firme que sirve de detonante a Pablo para entrelazar sus manos y salir a toda prisa de la sala de celebración. Álvaro tiembla como una hoja, como alguien con mucho frío y como un cachorro al mismo tiempo, y el agarre de Pablo es fuerte e inamovible. 

 

Álvaro no sabe con seguridad hacia dónde se dirigen pero tiene un cierto nerviosismo instalado en el centro del pecho.

 

Porque, como en todo lo que tiene que ver con Pablo, Álvaro se deja llevar sin preguntar nada.

 

Los mechones rubios de Pablo brillan con un reflejo azulado por las luces de la sala de fiesta, despeinados después de haberse cambiado de camiseta y haber recibido mil palmadas y caricias de felicitación por su puesto. Hay un mechón apuntando hacia arriba entre la maraña que representa la cabellera de Pablo y Álvaro ríe con una cierta ternura por el aspecto desenfadado que otorga esa pequeña sección de su pelo blanquecino. Pablo se vuelve a mirarle y alza una ceja, y sonríe cuando su mirada se cruza con la de Álvaro para tirar algo más fuerte de su mano y acercarle.

 

Un par de personas paran a Pablo, y éste agradece las felicitaciones y responde con abrazos y amplias sonrisas a todo cuanto le dicen, y tan sólo suelta la mano de Álvaro un par de segundos para empujar la doble puerta que cierra la sala de la fiesta, volviendo a tomarla en cuanto la cierra y entrelazando de nuevo los dedos con fuerza. Y Álvaro, que sigue sin saber qué está pasando, se deja llevar por el calor de la mano de Pablo en la suya, por su pulgar dibujando formas en el dorso y el escalofrío que recorre su espalda cuando Pablo aprieta aún más y nota la tensión en la palma, en los dedos, en el brazo cada vez más tirante y-

 

Álvaro va tan en su mundo, tan ensimismado en sus pensamientos que casi tropieza con la espalda de Pablo cuando éste se para en seco, bruscamente y gira sobre sí mismo para quedar frente a frente con Álvaro.

 

qué guapo.

 

qué bien te sienta ese pelo.

 

En un impulso, Álvaro le abraza. Pablo se lo devuelve como si fuese la persona más preciada de su vida.

 

Y durante al menos media hora, hablan sin parar. Pablo le regala el colgante del corazón que pendía de la espalda de su traje y con las manos entrelazadas entre sus cuerpos se abre, destapa cada una de sus emociones y las coloca en una bandeja para que Álvaro pueda acceder a ellas. Álvaro pregunta, a veces presiona un poco, en ciertos momentos agarra la mano de Pablo con más fuerza y más ternura para tranquilizarle y hacerle ver que quiere estar a su lado.

 

Y cobran sentido las canciones. Los acordes que tocaba Pablo. Álvaro descubre que sus ojeras, sus lágrimas, su actitud en las semanas que han estado separados tienen una explicación. Que las composiciones tienen su nombre y apellido, las dedicatorias de las actuaciones son todas para él, que el miedo a enamorarse es real y está presente pero Pablo está dispuesto a arriesgar y probar si tú quieres porque sólo existes tú, álvaro, y contigo lo quiero absolutamente todo.

 

Es recíproco, intenso, emocional y tal vez lo más bonito que ha sentido jamás.

 

Con las manos de Pablo recorriendo sus mejillas, los ojos fijos en su cara mirándole con adoración y una sonrisa que se encuentra con la suya a mitad de camino de los apenas trece centímetros que les separan, una y otra vez durante la noche y hasta el instante previo en el que entran por última vez en la fiesta antes de despedirse como siempre han querido hasta que se reencuentren unas horas después, Álvaro llega a una conclusión clarísima.

 

– Tenías razón, Bea – susurra ya en el hotel, la mano de su amiga tirando de él hacia la habitación para dormir las cuatro horas que les separan de la próxima entrevista.

 

– Como siempre.

 

– Tampoco te vengas tan arriba.

 

Comparten una risa, cómplice y confiada, y Álvaro cierra los ojos con expresión satisfecha cuando al fin se deja caer en la cama tras un día repleto de emociones. El colgante con forma de corazón que le ha regalado Pablo descansa en su bolsillo, el roce del anillo rosa de su última gala aún presente entre sus dedos allí donde los ha entrelazado con los de Pablo. Una mancha oscura al lado de una de sus uñas, parte del eyeliner de Pablo acompañándole toda la noche tras emborronarlo levemente sin querer.

 

– Ha ido bien entonces, ¿no?

 

– Ha sido… perfecto.

 

Bea acaricia su mejilla con dulzura, Álvaro se deja mimar como un niño pequeño por su madre.

 

– Os merecéis ser felices.

 

Álvaro se permite soñar, mirar al futuro y proyectar la imagen de Pablo a su lado. El calor escala por su cuerpo, las mejillas se tintan de rojo de nuevo, las comisuras de sus labios suben sin pretenderlo hasta plasmar una sonrisa amplia y mucho más repleta de felicidad que aquellas que mostraba unas horas antes.

 

– Sí… Creo que vamos a serlo.

 

Ha merecido la pena.

 


 

Notes:

Gracias por acompañarme en este viaje.

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