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Summary:

Pablo no cree tener derecho a llorar ni por la nominación, ni por haberse salvado, ni por Álvaro.

Al fin y al cabo, no son nada.

Nunca han sido nada.

Notes:

Hola de nuevo a todes.

First things first: este fic es ultra delulu. No era la intención cuando empecé a escribirlo (aquellos días de Pablo cantando champagne problems mil veces en directo) pero es lo que ha pasado porque menuda última semana de ot y primera semana de post ot nos ha dado nuestro Paulito (álvaro mayo... casar. Di que sí, muy bien Pablo). Pues eso, que esto es muy delulu y Pablo está hasta las trancas. Poco más que decir.

En los comentarios de mi otro fic dije que posiblemente escribiría más pero no especifiqué que el principio era lacrimógeno a más no poder así que lo siento, pero si no es imposible encauzar los capítulos como quiero que vayan.

Un besito y no me odiéis, que prometo que la cosa mejora muy muy pronto (en el tercero, de hecho).

PD: Álvaro, Pablo, os quiero mucho pero os quiero más aún si cerráis esto. Un besito enorme mis niños.

PD2: he sucumbido a la tentación de relacionarme con gente y me acabo de crear una cuenta para chillar cuando pase algo así que find me on twitter soy @bibibibicycle como aquí

Chapter 1: i was never ready so i watch you go

Chapter Text


 

Pablo, con el convencimiento de que se va en la gala 9 y sin nada que perder, se rebela durante toda la semana contra el programa intentando así allanar el camino a Álvaro para que todos le elijan de cara a la final, se tiñe de blanco y decide llevar al máximo su propuesta artística cambiando la base de la canción y montando su escenografía más personal, así que el mundo se le viene encima cuando absolutamente todo sale del revés, pronuncian su nombre y el expulsado es Álvaro.

Expulsan a Álvaro, que lleva desde que subieron al escenario sujetando su mano con los dedos entrelazados con fuerza, acariciándole y meciendo sus manos al compás de la sintonía del programa casi como si estuviesen esperando en una cola en un parque de atracciones en vez de en un plató de televisión, y que al saber que se va lo primero que hace es girarse hacia Pablo y felicitarle con su sonrisa más deslumbrante, para acto seguido tirar de su cintura y abrazarle con tanta ternura, con tantas ganas, que Pablo quiere llorar.

Mejor dicho, Pablo se quiere morir.

Sin ser capaz de procesar lo que está pasando abraza a Álvaro con toda la fuerza que tiene, le estrecha contra su cuerpo y hunde la nariz en su cuello porque a pesar de los potingues del maquillaje y el vestuario casi plastificado, Álvaro sigue oliendo a él, a refugio y hogar, y necesita tatuar ese olor en su alma antes de que se vaya. Álvaro, que vive por el contacto físico y las muestras de afecto, aprieta más y más la espalda de Pablo, palmas extendidas y recorriendo toda la zona, abrazándole con tanto cariño que cualquiera en el plató puede ver lo mucho que se quieren, y Pablo quiere llorar. Cierra los ojos con fuerza, obliga a las lágrimas a esconderse y no salir y amolda sus manos a la espalda y el cuello de Álvaro, e intenta memorizar cada una de las curvas de su cuerpo, tan pegado al suyo que le siente desde la frente a las puntas de los pies, mientras se balancean suavemente en un intento por prolongar el contacto y restarle la solemnidad que sienten por dentro.

El público grita y corea sus nombres, los focos emiten una luz tan intensa que distingue los destellos aun con los párpados cerrados, y hay vítores y aplausos que generan un ruido casi ensordecedor, pero Pablo no oye nada y sólo siente algo romperse progresivamente, casi como en caída libre, y no tiene que pararse a pensar y darle vueltas para saber que es su corazón. Tiene un zumbido instalado en los oídos y un nudo asfixiante en la garganta que no hace más que aumentar cuando Álvaro le aprieta por última vez, deposita un beso discreto allá donde se unen hombro y cuello, y se separa con lentitud.

Pablo siente un pánico repentino porque Álvaro se está alejando, y él no ha sido capaz de decirle nada. Han pasado dos meses y medio juntos en la academia, dos meses completos siendo amigos y casi ese mismo tiempo desde que Pablo empezó a sentir mariposas y retortijones en el estómago cada vez que Álvaro estaba cerca, y ahora se van a separar y entiende, con la fuerza y el dolor de una lanza atravesando el centro de su pecho, que ha desaprovechado todo ese tiempo, que confió tanto en llegar juntos a la final que no hizo nada en caso de que no fuese así, y ni en su última semana juntos se ha atrevido a dar el paso. 

Y ahora, lo va a perder. 

Las manos de Álvaro agarran su cintura y Pablo mueve las suyas hasta sujetarle la cara, y Álvaro está tan guapo, tiene una sonrisa tan bonita, resplandece tantísimo, que se reafirma no sin cierto miedo en que quiere verle todos los días de su vida. Y no sólo porque sea atractivo y el corazón de Pablo dé saltos y volteretas cada vez que cruzan miradas o se rozan, sino porque Álvaro tiene una luz propia tan intensa, tiene tan clara su esencia y su forma de ser que Pablo siente que podría estar siempre junto a él y jamás existiría un momento incómodo. 

Pablo, que sólo quiere coexistir cuando hay cariño, que basa el amor en la convivencia, entendió con cierto pánico y en apenas unos días lo que siente, y comprendió con rapidez que quiere desayunar, poner lavadoras y ver películas con Álvaro todos los días, tal y como llevan haciendo dos meses en la academia pero ya fuera del concurso y sin cámaras, compañeros ni premios millonarios de por medio, y sin tener que buscar una razón para abrazarle por las esquinas cuando así lo siente. Y eso, cuando ya no haya excusas para estar juntos por contrato, le aterroriza, porque implica abrirse y exponer todos y cada uno de los sentimientos hacia Álvaro, que no son pocos. Que son, de hecho, tantos que le desbordan. Que la devoción que siente por Álvaro dejó de ser mero compañerismo semanas atrás y dio paso a una debilidad tan absoluta en todo cuanto se refiere a él que podría pedirle un pedazo de la luna y Pablo buscaría la forma de llevársela entera para que eligiese su sección preferida, cruzaría océanos a nado para llegar hasta él y daría todo cuanto tiene por hacerle feliz durante una fracción de segundo. Pero Álvaro no es codicioso, y se conformaría con una estrella de cartulina roja para decorar el árbol en navidad o un avión de papel que revelase un hola alvarito al desplegarlo o con ir a nadar a alguna playa donde les abrazaran el sol, el calor y el acento andaluz. O, si Pablo lo piensa bien, con una tarde en el cine que desembocase en una noche tranquila en un mirador, simplemente compartiendo espacio y silencio como planearon en aquella clase de interpretación que tuvieron en conjunto, y esa simpleza y ese amor por el detalle son los aspectos que más llenan el corazón de Pablo y que sabe que más va a echar de menos.

Álvaro aún le sujeta por la cintura, donde aprieta juguetonamente un par de veces como siempre que quiere empezar un ataque de cosquillas, y es un gesto tan suyo y tan íntimo en una situación tan pública, y las ganas de besarle son tan intensas, tan irrefrenables (no puedo hacerlo. no. es tarde. no sería justo hacerlo aquí en público), que tiene que obligarse a mantener la distancia y limitarse a mirar a Álvaro con una sonrisa que grita lo siento y con la vista enfocada únicamente en él (me muero de ganas), pero de repente los ojos de Álvaro brillan con una cierta emoción (por qué me miras así, me lo estás poniendo muy difícil) y de nuevo, por nonagésima vez, Pablo huye de sus sentimientos y se gira al público para animarles a corear su nombre. 

Le lanza mil besos con las dos manos, y Álvaro sonríe ampliamente, sus ojos casi desaparecen, y resplandece como una estrella en medio del escenario.

Es la persona que más brilla de la edición, del programa y de todas cuantas han pisado el plató.

Pablo quiere verle todos los días de su vida.

Por eso tiene que tragar saliva y respirar hondo cuando siente los pedazos de su alma romperse, dispersarse en diversas direcciones intentando perseguir a Álvaro y quedarse con él, retenerle de alguna forma, pero sin llegar a alcanzarle en ningún momento.

Y Pablo, roto y sin nada que perder, después de haber desaprovechado los días y los meses precedentes, toma la decisión más impulsiva desde que empezó el concurso, y para la gala pidiendo unos segundos para hablar. El público le mira expectante, el jurado mantiene sus miradas fijas en él y sus compañeros, algunos llorando y otros aún intentando asimilar que Álvaro ya no va a volver con ellos, fruncen levemente el ceño mirando a Pablo, intentando entender por qué el introvertido y tímido Pablo está actuando así.

- Simplemente quiero recalcar la evolución que ha tenido Álvaro...

El público rompe en aplausos, y el nudo en la garganta de Pablo sube hasta casi asfixiarle, y sigue hablando con la voz rota, temblando, las manos nerviosas jugando con los muchos anillos que lleva puestos. 

- Y que de verdad no me hubiese importado nada irme si se quedaba él.

(de verdad que no me importaría nada irme si tú siguieras aquí. 

créeme por favor. 

escúchame.

no te vayas.

dame otra oportunidad, prometo aprovecharla)

- Y que… Mucha suerte.

Los aplausos aumentan, y Pablo sonríe intentando disimular el dolor. Sabe que se ha expuesto, sabe que las dos frases que ha dicho han sonado más a declaración de amor que a apoyo a un compañero expulsado, pero no se arrepiente de una sola letra. Perdió mil oportunidades en la academia y no llegó a decirle nunca nada de lo que sentía cuando aún podía, así que abrirse y exponerse públicamente, aún de forma velada, le parece lo más honesto y correcto dada la situación.

Sólo espera que Álvaro haya entendido el trasfondo de lo que decía, y que algún día le perdone.

Los diez minutos siguientes pasan como un bucle neblinoso en la mente de Pablo, y entonces llega el momento que tanto temía desde que les nominaron. Se colocan en la pasarela para el típico pasillo de despedida, y Pablo le da el que quizás sea el abrazo más impersonal de todos los que se han dado a lo largo del día y quizás de todo el concurso, en parte porque está obligado a actuar como un mero compañero y también porque le aterroriza abrazar a Álvaro tal y como quiere, con fuerza y durante tanto tiempo que se verían obligados a cerrar el plató y ellos seguirían conectados en medio de la pasarela, así que hace de tripas corazón y se traga todo lo que quiere decir realmente para gritarle que trabaje duro y que tenga mucha suerte fuera. 

Pero Álvaro, avispado e inteligente Álvaro que conoce a Pablo mejor que él mismo, ríe suavemente y musita un vale mi amor, y el mundo de Pablo cae de nuevo en pedazos al entender que ha perdido otra oportunidad más de decirle lo que siente. Así que de nuevo toma su cara en sus manos, dedos extendiéndose a la nuca, y le mira forzando una sonrisa brillante que en su interior sabe a mueca histriónica, pero Álvaro asiente porque le entiende, siempre lo hace, y le aprieta la cintura con suavidad antes de separarse. Pablo ve como Álvaro avanza por la fila de compañeros repartiendo abrazos, y el nudo no para de crecer. Quiere pellizcarse, gritar, llorar, y es sólo un apretón en el hombro por parte de Lucas, que permanece a su lado, lo que le impide entrar en la debacle de autodestrucción que se avecinaba. Y se calma momentáneamente, pero ve cómo Álvaro cada vez está más lejos de ellos, cada vez más cerca de la puerta de salida del plató, y cada vez le está costando más mantenerse en el sitio y no echar a correr.

Por eso cuando Álvaro grita un último ¡¡abrazo!!, Pablo corre a su lado y se une al abrazo grupal, cubriendo su espalda, apoyando la cabeza en su hombro y tratando de transmitirle todo lo que siente (lo siento. gracias. no es justo. ojalá me fuese yo. este sitio no es nada sin ti). Álvaro debe entenderlo, o al menos verlo en su cara al desenredarse del abrazo todos los miembros del grupo, porque justo antes de irse extiende una mano para acariciar a Bea y la otra para agarrar la mano de Pablo, que éste estrecha con fuerza (no te vayas, álvaro. no puedo seguir sin ti), antes de sonreírle con ternura. 

Pablo le lanza todos los besos que desearía haberle dado pero no hizo por miedo (lo siento. no sabes cuánto me arrepiento), le mira con todo el amor que le tiene y siente que no ha llegado a expresar (gracias por todo. no sería quien soy en esta academia sin ti. siento haberte condenado así. no merecías la nominación. no te vayas, no puedo estar sin ti. no quiero estar sin ti), y entonces Álvaro suelta su mano (por favor no te vayas) y con él se marchan todo el calor y el ánimo de la casa, de la academia, y del corazón de Pablo.

(te echaré de menos)

Apenas se han sentado en el sofá nominan a Pablo de nuevo, esta vez por unanimidad, y en otras circunstancias se sentiría triste y abatido pero absolutamente toda su pena, su saber estar y su entereza se han ido con Álvaro, persiguiendo su figura por los pasillos que le llevarán fuera de la academia y del futuro cercano de Pablo, así que simplemente asiente con desgana y vuelve a sentarse, y le aterroriza pensar que todo le da igual, que las muestras de apoyo y las quejas del público casi no le hacen efecto, que la expulsión de un compañero en un programa de televisión le hace replantearse todo lo que siempre ha querido hacer, todo lo que siempre ha querido ser

Que estaría dispuesto a renunciar al sueño de toda su vida si con ello Álvaro no se iba. Que estaba tan dispuesto a renunciar que lo dijo en plena gala, para que todo el mundo fuese testigo.

Pero Álvaro no era (no es, joder, que le han expulsado pero le voy a ver pronto), un simple compañero. Apoyo, pilar, la persona que le integró en el grupo, quien le tendió una mano cuando se hundía y le acompañó mañanas, tardes y noches en las que nada tenía sentido, con quien reía y se emocionaba, y el primero en acudir en las madrugadas complicadas en las que la vida pesaba demasiado como para afrontarla en solitario. Pablo, que no se sentía parte del grupo y que así lo hizo saber apenas dos semanas después de empezar el programa, encontró en Álvaro un compañero, un amigo y un confidente, y la única persona que en ningún momento le juzgó ni tuvo mala opinión sobre él. Álvaro fue desgranando pacientemente los aspectos de la personalidad de Pablo, de su actitud, hasta que encontró a un chaval inseguro y asustado bajo mil capas de desbordante talento y un humor peculiar y que únicamente necesitaba un empujón para salir del cascarón frente a los demás, y a base de compartir clases, elegirlo en las actividades de pareja y animarle en silencio cuando estaba cohibido, llevó a Pablo a mostrar su yo más seguro, más abierto y más sociable. Álvaro, sin pretenderlo, ayudó a Pablo a reencontrarse como artista tras semanas duras, nominaciones injustas y brotes de inseguridad y ansiedad.

Y Pablo no sabe si Álvaro realmente se esforzaba por él más que por los demás o si eran acciones que le nacían de dentro sin pensar, pero siempre agradeció las continuas muestras de amor y afecto, las mismas que le inundaron la mente hasta hacerle creer que, tal vez, tenía alguna opción con él. Opciones que, ahora que Álvaro no está, han desaparecido, y que opacan y tapan la nueva nominación y la posibilidad de abandonar el concurso.

Sabe que en unos días ese sentimiento dará paso a una cierta alegría por seguir en la academia cumpliendo su sueño, esta vez de mano de los profesores que bajo la definición de artista le salvan de la nominación y le dan un empujón aún más intenso de cara a la final, pero el olor de Álvaro está impregnado en su mente y en su ropa, los huecos entre sus dedos mantienen el recuerdo de esas manos que ha sujetado tantísimas veces, y hay un cajón lleno de conversaciones sin concluir que ha quedado abandonado dentro de Pablo, que se ve obligado a cerrarlo con llave para que ninguno de esos temas, de esas confesiones de madrugada se escapen.

Cuando llegan a la academia tras una post gala emocionante por el reconocimiento artístico externo pero infernal en lo sentimental e interno, Pablo va en busca de Bea y, sin mediar palabra, la envuelve en sus brazos para transmitirle apoyo con toda la fuerza que puede. Y Bea, que le abraza a menudo pero nunca con demasiada intensidad, le sorprende al estrecharle con cariño mientras llora en su hombro. Pablo acaba de expulsar a su mejor amigo y mayor apoyo, y Bea le abraza de una forma que le hace saber que no le culpa, que echará de menos a Álvaro pero que no es culpa de Pablo sino del programa, y Pablo sólo quiere echarse a llorar en su hombro porque hace dos horas desde la expulsión y hora y media desde que el dolor se asentó en su pecho y es tan intenso que no puede soportarlo más. 

Pablo no cree tener derecho a llorar, ni por la nominación, ni por haberse salvado, ni por Álvaro. Al fin y al cabo, no son nada. Nunca han sido nada. 

Amigos, pero supuestamente no tan cercanos. 

Amigos no tan cercanos, pero pasaban las madrugadas hablando a oscuras en la sala del piano. No tan cercanos, pero nadie conocía sus miedos mejor que Álvaro. Amigos que se abrían con el otro, reían, lloraban y pasaban tanto tiempo juntos que habían creado un lenguaje propio, pero sólo amigos. Sólo amigos, pero podría dibujar cada milímetro de la cara de Álvaro de memoria, exponer ante cientos de personas que Álvaro huele a tierra y a flores con el rocío de las mañanas de primavera, y que tiene las manos siempre frías y el dorso con tacto de pétalos de amapolas, igual que sus mejillas. Sólo amigos, pero conoce los susurros de su voz bien entrada la madrugada y su tono ronco al despertar, y el tono con el que habla cuando están solos y no tiene que fingir ser unas castañuelas. Pablo podría recitar frases enteras imitando la cadencia de la voz de Álvaro, las alteraciones de su acento, porque ha estado siempre tan atento a él que nada pasaba desapercibido.

Pero Pablo no se ve con el derecho a llorar porque todos piensan que no eran tan cercanos, que otros que han llevado su aprecio por Álvaro por bandera tienen más derecho a llorar abiertamente que él, aunque siente que cada minuto que pasa hay un poco menos de luz en su interior, que se va apagando junto con las lámparas de la academia y a medida que se cierra la noche y Álvaro ya no está con ellos, y no va a volver a su cama a contar chistes malos en voz alta ni a la esquina de Pablo a hablar en susurros de la vida y del futuro. No habrá más buenas noches pablito murmurados en su cuello en el último abrazo antes de ir a dormir, ni risas a medianoche aderezadas con un ay nene, cómo eres cuando ninguno puede pegar ojo por la excitación del concurso.

Y Pablo no sabe si va a soportar el tiempo que le queda en la academia sin Álvaro a su lado.

(por qué es tan difícil vivir sin él si ni siquiera nos conocíamos hace seis meses)

 


 

Pablo se levanta de la cama con un martilleante dolor de cabeza después de pasar la noche casi en su totalidad en vela. Con suerte ha dormido dos horas y descansado decentemente media, porque cada vez que se quedaba dormido soñaba con la expulsión y con la cara de Álvaro en la despedida, y la lanza que atravesó su pecho y ahondó en su interior en el último roce de sus manos no ha parado de hundirse más y más a lo largo de la noche hasta hacerle imposible desentenderse del dolor.

Y duele, vaya que si duele.

Se fuerza, sin embargo, a mantenerse de una pieza por el bien de Bea, a quien se cruza nada más salir de la habitación y con quien comparte otro abrazo de esos que no curan el alma pero sí la arropan y la mantienen a flote cuando el hoyo empieza a ser demasiado hondo para sobrevivir sin ayuda. Le pregunta cómo está y Bea, aún sin micro, responde un como la mierda mientras se esfuerza por reír, y Pablo responde un en la mierda también cuando es ella quien lanza la pregunta. Se separan y se sonríen mutuamente, con sonrisas pequeñas pero sinceras, que esconden un estoy aquí para ti, ven si necesitas algo, no dudes en llamarme. Y se dejan ir, y Pablo mira la figura de Bea alejarse hacia el otro extremo del vestuario, y sabe que esa semana se van a mantener a salvo el uno al otro, porque están pasando por lo mismo aunque de formas diferentes.

(yo te entiendo)

Cuando llega el repaso de gala Pablo se sienta junto a Bea, mano en su rodilla para dar un apretón suave, y Bea le sonríe y asiente, y ven las actuaciones de todos sus compañeros y escuchan comentarios aquí y allá pero sin centrarse demasiado en nada de lo que les dicen. Y entonces dan al play en la actuación de Álvaro, y Pablo aprieta los labios e intenta mantener la expresión más estoica posible manifestando una entereza de la que desde luego carece, porque cada segundo del vídeo hace que la lanza hurgue más en su interior, y mirarle duele, rompe y le hunde en la miseria, pero si aparta la mirada de lo último que le queda de Álvaro en esa academia no se lo perdonará jamás.

(estaba guapísimo. es el chico más talentoso del mundo. qué bien le salió. qué mirada tan bonita. merecía seguir aquí. necesito abrazarle. ojalá hubiésemos llegado juntos a la final)

(vuelve. te echo de menos. por favor)

Así que mira fijamente, y aguanta como puede hasta que el vídeo termina y todos aplauden, y al ver la sonrisa de Álvaro al terminar de cantar siente que va a desmayarse así que se gira hacia Bea y se apoya en su hombro, donde se deja ser vulnerable unos segundos. Nota cómo se le humedecen los ojos y tiene que tragar saliva y respirar hondo, porque no ha llorado en tres meses de concurso y sabe que hacerlo en ese momento sería exponerse de una forma para la que no está preparado, ni en ese momento ni nunca, porque la persona que podría aplacar la sensación y calmarle, hacerle ver que la vida sigue y que el concurso es temporal y los baches pasarán es precisamente la persona a la que está viendo en la pantalla, de quien se despidió hace unas horas y por quien daría todo el oro, la plata y diamantes del universo para volver a ver, abrazar y decir lo siento, mereces sólo lo mejor pero prometo intentarlo. lo intentaré todo para hacerte feliz. no me abandones. por favor.

Entonces, el repaso termina y el concurso vuelve a encauzarse, y Pablo escucha los consejos y directrices de los profesores de cara a la final, pero una parte de su mente empieza a moverse de camino a la sala del piano para desahogarse presionando las teclas y evitar que el dolor en sus entrañas crezca hasta un punto de no retorno. Tan pronto tiene la oportunidad se escapa a la sala y se sienta frente al instrumento, acariciándolo con dulzura y dejando caer los dedos con suavidad en los primeros acordes que le surgen en la mente, pero las manos se le congelan cuando sin quererlo ni intentarlo hace sonar las notas de Amapolas, y la última semana cae sobre sus hombros con toda la fuerza posible.

Y Pablo es algo masoquista, muy sentimental y extremadamente intenso, pero tocar Amapolas sería el equivalente a abrirse en canal y gritar a los cuatro vientos que no puede soportar más el nudo en la garganta, que han pasado doce horas y si Álvaro no vuelve a la academia en las próximas veinticuatro su espíritu va a empezar a vagar por los pasillos cual alma en pena y nada podrá curarle una vez pasado ese punto. Por ello sacude la cabeza levemente y empieza a tocar aquí y allá acordes sueltos, rememora las primeras notas de su single, y saca el cuaderno de sus composiciones para apuntar frases e ideas que puedan resultar útiles más adelante. Y pronto, o tarde ya que ha perdido la noción del tiempo, suena el timbre de la comida y descubre cómo la mente ha desconectado un rato, cómo los pensamientos han dejado de ahogarle mientras se dejaba llevar por la música, y aunque el dolor vuelve como el oleaje en pleno vendaval y tan rápido que tiene que sujetarse al piano, saborea la sensación de paz que le ha permitido no martirizarse por la expulsión durante media hora.

(esto es una mierda sin ti.

vuelve)