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Language:
Español
Stats:
Published:
2024-08-15
Words:
1,346
Chapters:
1/1
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5
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1
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49

Hueso duro de roer

Summary:

Guy Montag se pregunta si algún día se reencontrará con Faber.

Work Text:

Luego de que Guy, Granger y los demás hombres salieran en dirección a la ciudad, las esperanzas eran efervescentes, cambiantes y volubles al igual que sus destinos. La pesadumbre de Montag por Millie, Clarisse y Faber seguían ahí, incluso después de días y días de caminatas.

«No debo preocuparme por Faber —pensaba Montag cada día—. Pues, dudo que no haya acatado nuestro plan y lo más probable es que se encuentre en dirección a la ciudad igual que nosotros.»

Sin embargo, Granger y los demás intelectuales parecían tener mayores expectativas que Montag, pues él, en ocasiones, solía dudar de la persistencia de dicha ciudad.

Era un hecho el que la guerra hubiese estallado y, al no tener comunicaciones algunas —la televisión portátil que llevaban consigo dejó de emitir señales, probablemente debido a las emisiones nucleares de las bombas lanzadas—, era imposible determinar cuáles ciudades existían aún y cuáles no.

Todo sumado al evidente problema del gobierno. Si, al encontrar autoridades, los mismos reconocieran que eran lectores, tal vez les hubiesen intentado escarmentar por sus anteriores acciones ilegales, mas, al no estar llevando libros (o no físicamente) entonces supusieron que no habría de qué preocuparse.

Además: Guy Montag estaba ya muerto para las autoridades.

Sin ninguna otra opción que tomar, siguieron el camino del arroyo de cristalinas aguas, que se movían en dirección a un sueño, a una esperanza, a una fantasía.

Guy por momentos se decepcionó de haber bebido el brebaje que Granger le ofreció ya que, después de todo, aquel Sabueso Mecánico al que tanto odió había sido destruido. Montag se regocijó con ese pensamiento los días que restaron de la caminata.

Sin embargo, la felicidad no era lo único que acudía al alma de Montag, pues la culpa por haber asesinado a Beatty seguía pesándole la consciencia como una roca de doscientas toneladas.

«¡Él deseó morir! —pensaba Montag—. ¡Él no hizo nada para defenderse! ¡Por si fuera poco, de un modo o de otro él habría de morir, ya sea por el fuego o por la explosión!»

Pero ni sus pensamientos eran capaces de convencerle a sí mismo.

No se sintió capaz de hablar de lo ocurrido con Granger o con alguno de los demás con quienes apenas comenzaba a convivir verdaderamente. Agradecía a Dios el haber ganado sus confianzas de forma tan repentina, y la confesión de un crimen de tal magnitud podría haber resultado en una expulsión del grupo.

Eso era lo que Montag menos deseaba, así que no hizo más que callar cuando pensó que debía.

Inclusive, Montag dudaba por instantes de la existencia de aquel método creado por Simmons para recordar todo lo que se haya leído, así esté borroso en la memoria. Sí, él recordaba los libros, él sabía que sí; mas los pensamientos de su anterior vida y de su vida futura le atosigaban la mente, como si fuesen golpes contra su cerebro y machetazos contra su cráneo.

Quizás el único consuelo que llevaba Montag consigo a todas partes eran los ropajes de Faber, que aún traía puesto, además de la ya vacía botella de whisky.

Extrañaba tener su voz atenta, tenerlo escuchándolo en su oído. Incluso extrañaba el que Faber lo llamase tonto o idiota.

Quería volver a ser Montag más Faber. Sobre todo, Montag quería volver a ser fuego más agua.

—¿En qué tanto piensa, Montag? —preguntó Granger una noche, en la que, durante el día entero, Guy no había proferido palabra alguna.

—No es nada... —respondió Montag—. Es solo que... Tengo un amigo, Faber; él fue quien me dijo que viniese con ustedes.

—Oh... Lamento su perdida —lamentó de antemano.

—¿Qué? Oh, no. Él no ha muerto; o, al menos, no creo que lo haya hecho. —Montag miró a Granger, parpadeó, pues por accidente sus ojos se posaron en una fogata que estaba entre ambos—. Se supone que nos encontraremos en la ciudad. Él debe de estar esperando, al final del río.

—Vaya, esa es una buena noticia. ¿Él tiene algún libro?

—Por supuesto, ¡muchos! Pero dudo que Simmons...

—No tema, Montag —decidió Granger—. Nuestros métodos son infalibles. No hay manera de que no recuperemos lo que sea que él haya leído; ya haya sido hace treinta años o haya sido hace una semana.

Granger parecía confiado, seguro de sí mismo y de que las cosas saldrían bien, mas había un detalle que Guy no había tomado en cuenta.

—¿Incluso si mi amigo es un hombre mayor?

—¡Mejor incluso! Sé que eres joven, Montag; quizás dudas de su raciocinio o de su memoria. Pero le aseguro que no habrá forma de que se nos escape ni una sola palabra.

Guy escuchó, se recostó con sus brazos por detrás de su cabeza. Sus párpados pesaban y se atrevió a averiguar:

—¿Crees que podamos conseguir tinta y papel para realizar los libros cuando lleguemos?

Pero Granger, y todos los demás, ya se habían quedado dormidos.

Montag no pudo hacer más que imaginar la expresión de Millie al morir. El hecho de que nada ella hubiese creado, que nada de ella él hubiese observado, su obsesión con su «familia» y, resumiendo todo, su ignorancia y su desinterés, le causaba lástima a Montag.

Por un segundo ella estaba viva, y al otro no. Al igual que Clarisse.

«Clarisse...»

«¿Cuántos libros habría tenido ella? ¿Cuántos podríamos haber recuperado de ser que ella estuviese aquí, con nosotros, con las personas como ella, que le correspondían?»

Montag inhaló aire fresco con pesadez y quedó dormido antes de poder seguir reflexionando.

 

 

Siguieron su ruta, deteniéndose cada vez menos. Era imposible ver a algún otro ser humano (o ser vivo) cerca. Los alimentos iban agotándose; sin embargo, ocasionalmente tenían la oportunidad de recolectar unos cuantos a medio camino.

Guy estaba perdiendo las esperanzas.

Para ser honesto, Guy sí creía en los motivos de Granger, Simmons y lo demás, pero dudaba de la utilidad de los mismos. No había pruebas de que siguiese existiendo la humanidad misma (además de ellos), y tampoco de que sus vidas prevalecieran a largo plazo.

A Montag no le quedó de otra que seguir. Y, cuando menos se lo esperaba, su grupo visualizó a otro.

La fatiga que les acompañaba pareció desvanecerse, pues, al notar a otras personas, no evitaron correr hacia ellos.

El resultado fueron ni más ni menos que funcionarios del gobierno. Ellos les informaron que la guerra seguía en pie, varias ciudades (tanto propias como las del enemigo) habían sido atacadas, con pocos o nulos supervivientes. Sin embargo, aquellos que se encontraban a las afueras de las ciudades justo en el momento del impacto tenían probabilidades de haber sobrevivido sin presentar necesariamente efectos secundarios por la radiación.

Aquello fue lo primero que hicieron: asegurarse de que el grupo de Granger no estuviese contaminado. Al dar ello por hecho, los llevaron a una zona para refugiados.

Era increíble que no pidiesen identificaciones.

Después de todo, la guerra, pérdida y fracaso pareció ablandar un pocos sus corazones.

Montag se percató de la presencia de varios colchones bajo una gran edificación. Habían personas de todo tipo en ellos: hombres, mujeres, bebés, niños y unos pocos ancianos. Algunos lloraban por sus familias falsas, otros, por las verdaderas.

Sin poder evitarlo, buscó a Faber con la mirada, sin obtener resultados.

—¿Por qué tan decaído, Montag? —preguntó Simmons—. ¡Encontramos apoyo al fin!

—No es por nada.

Se negaba a seguir hablando de sí mismo. Cuando era bombero lo odiaba, y eso no había cambiado en absoluto.

—¿Montag? —preguntó una voz conocida a sus espaldas.

Guy volteó con prisa, casi hiriéndose a sí mismo al hacerlo. Sus ojos se fijaron en las brillantes orbes grises-azuladas de Faber. Exclamó su nombre con alegría y corrió hacia él para abrazarle; Faber mostró la misma expresión y, acercándose un poco, correspondió con inmensa felicidad.

—¡Lo extrañe tanto! —exclamó Guy—. ¡Pensé que no volvería a verle! —Escondió su rostro entre el cuello y el hombro de Faber, refugiándose, inhalando a fondo el aroma puro que por tanto tiempo le había acompañado, deleitándose inconscientemente al hacerlo.

—Se necesita más que solo eso para hacerme caer, Montag —respondió Faber, sonriendo.