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John Watson conocía a Sherlock Holmes casi como ninguna otra persona, y al mismo tiempo sentía que no sabía mucho del hombre con el que vivía desde hace dos años. Ignoraba de su curioso interés por las abejas hasta recién cuatro meses atrás, después de una larga charla en la que Sherlock dio a conocer un poco de su saber acerca ellas, y John aportó con algunos "oh", "no sabía" y "wow". Todo porque a Watson se le ocurrió la maravillosa idea mencionar un dato curioso sobre las abejas que había leído en una revista, y que por cierto recordó mal. Además de eso, ¿sabía cuál era el color favorito de Sherlock? No. ¿O si tenía un sabor de helado preferido? Tampoco. Ahora que lo pensaba, ni siquiera sabía cuándo era su cumpleaños.
Sherlock Holmes era esa máquina fría para resolver crímenes a ojos de muchos, ignorando al hombre de carne y hueso. John se creyó esa idea durante mucho tiempo, y parecía que Sherlock no podía concebir que él mismo era un humano después de todo. Pero algo de él tenía que serlo.
Era una tarde bastante tranquila cuando se presentó un joven de unos veintidós años y aspecto amable, pero expresión preocupada, a Baker Street. Sherlock había tenido una semana especialmente aburrida por lo que cualquier caso, por más sencillo que fuese, era bienvenido. Una vez que el joven Hosmer Angel se presentó y tomó asiento, Sherlock escuchó atento su relato de principio a fin.
—He oído de usted, señor Holmes, y esperaba que pudiera ayudarme con una cuestión que ha inquietado mucho. Durante unos meses, más o menos un año y medio, estuve hablando con una chica que conocí en un foro de misterios de internet; su nombre era Mary Sutherland. Nos enviamos mensajes casi a diario, compartíamos fotos de lo que hacíamos, e incluso hicimos unas cuantas videollamadas por Skype. Era maravillosa. Creí que teníamos algo especial, y parecía que ella también pensaba lo mismo, pero cada que le proponía conocernos en persona daba alguna excusa; no lo ví raro en ese momento, eran excusas muy creíbles y no la quería forzar a nada.
»El lunes fue su cumpleaños. Quise darle un regalo sorpresa así que le pedí su dirección para mandarlo, al principio no quiso pero terminó por aceptar. Sé que lo siguiente que hice no estuvo bien, pero en verdad quería conocerla y no creí que causaría algún problema. Le mandé el regalo el viernes y el lunes por la tarde decidí hacer también una visita sorpresa a su casa. Cuando llegué me abrió quien yo supuse era el señor Sutherland, el padre de Mary.
»—Buenas tardes, ¿se encuentra Mary? —pregunté.
»El hombre tenía un semblante serio e intimidante que concordaba con las pocas descripciones que Mary me había dado. Sin embargo; su rostro se volvió en un gesto de confusión cuando mencioné el nombre de su supuesta hija.
»—Aquí ni vive ninguna Mary, se debe haber equivocado de dirección.
»—Qué raro, estoy seguro de tener la dirección correcta. ¿Sabe si por aquí vive Mary Sutherland?
» El señor se vió más confundido y en ese instante se asomó su esposa.
»—No existe ninguna Mary en esta familia, cariño —dijo la mujer en un tono más tranquilo que el de su marido—. Sólo somos mi esposo, nuestro hijo James y yo. Alguien te debe de haber mentido.
»Me despedí y regresé a mi casa un poco mareado por lo que había descubierto. El día de ayer le mandé un mensaje a Mary, preguntándole qué estaba pasando, pero no me ha respondido. Ni siquiera se ha conectado por ningún lado desde el lunes por la mañana. Señor Holmes, ¿cómo pudo desaparecer Mary? ¿O por qué me mentiría en primera lugar? ¿O siquiera existió?
Sherlock meditó unos momentos antes de hablar.
—¿Tenía otros amigos? —preguntó.
—Uhm, sí, sí. Era muy activa en el foro por lo que conocía a varios de ahí. Fuera de eso, me dijo que no tenía muchos amigos en persona, sólo dos: Heather y Alice.
—¿Hay fotos donde Mary esté con ellas?
—Sólo una en la que está con Alice en su habitación, me la mandó hace dos meses.
Hosmer sacó su celular y enseñó la foto. Era una selfie un poco borrosa de dos chicas de la misma edad, una rubia y la otra castaña.
—¿Quién es Mary? —preguntó Sherlock.
—La rubia.
—¿Tienes más fotos de ella?
El joven mostró otras cinco fotos de la misma chica antes de que Sherlock lo detuviera.
—Dice que solían hablar por llamada, ¿cuándo?
—Los sábados por la noche, y unas cuantas veces algún viernes más temprano.
—Excelente. ¿Puede escribir la dirección que Mary le dio en este papel? Gracias. Creo tener una idea de qué está pasando, pero primero debo de hacer unas cosas. Venga mañana a las dos en punto y le tendré una respuesta.
—Era un perfil falso —dijo John una vez que volvieron a estar solos—. Pensé que esos casos no te interesaban.
—Y no lo hacen. Ese no es un perfil falso, estoy un noventa por ciento seguro que Mary Sutherland sí existe. Ahora, si me permites, voy a salir. ¿Puedes comprar la cena?, no sé cuánto tarde.
John pasó el resto de la tarde intentando averiguar qué había observado Sherlock para llegar a la conclusión de que la chica era real, aunque todo fue en vano porque cada solución que se le ocurrió era más estúpida que la anterior. Sherlock llegó a Baker Street más tarde de lo que John imaginó, y no hablaron hasta la mañana del siguiente día.
—¿Qué hay del caso? —preguntó John durante el almuerzo.
—Lo resolví ayer. Bueno, más o menos.
—Entonces... ¿la chica es real?
—Así es. Espero que pueda venir hoy a la una y media, aunque todavía no he podido hacerle la invitación. ¿Vienes?
Después del almuerzo, ambos se dirigieron a Ashfield Street en taxi. John intentó conseguir información de cómo llevaba el caso, pero Sherlock no dio mucha. Parecía pensativo, algo mantenía su mente lo suficiente distraída para no querer presumir cómo había resuelto este problema, y eso llamó la atención de Watson.
—¿Qué hora es? —preguntó Sherlock una vez que se encontraban en la puerta de una de las casas.
—Err, las doce y veinte.
—Perfecto, no deberían estar sus padres.
Sherlock tocó el timbre y esperaron unos minutos para que abrieran, en ese tiempo se alcanzó a escuchar como si alguien corriera por dentro. Quien les abrió fue un chico de unos veinte años, delgado y bastante nervioso.
—¿James Sutherland? —dijo Sherlock.
—S-sí. Un momento, ¿usted no es el repartidor de ayer?
—Sherlock Holmes, detective privado —Sherlock le dio la mano mientras la expresión del chico se volvió de miedo puro—. Tenga un buen día.
Y con eso se retiraron, dejando a Sutherland en la puerta sin poder decir una palabra más.
—¿Qué fue eso? —preguntó John completamente confundido.
—¿Qué pudiste observar?
—Que lo asustaste.
—¡Oh, vamos John, esfuérzate! No sólo se tardó, estaba nervioso cuando abrió. Asumo que se debía al hecho que, si te fijaste bien, se puso la sudadera y pantalones con prisa, además del rastro de maquillaje que…
—James es Mary Sutherland —interrumpió John ante la revelación y Sherlock sonrió satisfecho—. Aunque no entiendo por qué. Entiendo que debe ser más fácil para un chico gay fingir ser mujer si lo que quiere es hablar con otros hombres, pero debe de haber comunidades gay en internet.
Sherlock miró a John por un rato como si acabara de contar un mal chiste y no volvió a mencionar nada del caso en todo el viaje a Baker Street. Llegaron al departamento a la una y cinco, y a los veinte minutos apareció el chico Sutherland apunto de tener un ataque nervioso.
—¡Por favor no se lo diga, no se lo diga a nadie! —gritó desesperado.
—No lo iba a hacer, sólo quería que viniera rápido —respondió Sherlock Holmes.
Sutherland se dejó caer en el sofá mientras ocultaba su rostro entre sus manos. Tardó unos segundos en recomponerse, en los que Sherlock observó tranquilo desde su lugar de siempre, con las puntas de los dedos juntas.
—Nunca pensé que algo así pasaría —empezó Sutherland—. En verdad me gustaba hablar con Hosmer, pero si supiera la verdad… me odiaría. Dios, pensará que soy un fenómeno. Prefiero mil veces que crea que todo fue un engaño, un perfil falso o algo así, antes de saber cómo soy en realidad. No sé qué más quiere de mí, suponiendo que ya sabe todo.
John estaba apunto de hablar cuando Sherlock se levantó y le entregó una tarjetita con un número y dirección a Sutherland.
—Es una clínica donde realizan terapia de remplazo hormonal, por si le interesa en algún futuro —dijo Sherlock en voz baja, luego continúo con su volumen de voz normal—. Obviamente no la puedo obligar a nada, y tampoco quiero actuar sin que usted sepa. Puede decirle a Hosmer la verdad o dejar que yo resuelva este problema. No voy a decir o hacer algo que no quiera, no se preocupe, pero creo que esto terminaría mejor para todos si habla con él.
—¿Cómo está tan seguro?
—No lo estoy, pero hay cosas que tenemos que afrontar si queremos ser felices. Siempre hay gente que ama a personas como nosotros. Quizás él lo haga. Llegará en más o menos quince minutos si desea esperarlo.
Mary Sutherland asintió y así los tres esperaron en silencio a Hosmer. La conclusión del caso fue, en general, bien. Aunque en un principio Hosmer tardó en entender la situación, su reacción al descubrimiento de que Mary era una mujer trans resultó tranquila. Ambos jóvenes salieron del departamento con una preocupación menos y en buenos términos.
John no comentó nada acerca de la aparente revelación de Sherlock, y así parecía que se iba a quedar todo ese asunto por el momento. Sin embargo, por la noche, cuando John escribía un caso pasado para su blog, Sherlock habló.
—John, uhm, creo que hay algo que debería decirte.
—Está bien, Sherlock. No cambia nada, sigues siendo el mismo Sherlock Holmes. Todo está bien.
Watson sonrió y Holmes lo imitó aliviado.
—En realidad iba a decir cómo resolví el caso.
—Por supuesto que lo ibas a hacer —John rió—. Sólo quiero saber cómo hiciste que Sutherland viniera, apenas intercambiaste unas cuantas palabras con ella en Ashfield Street.
—Cuando le estreche la mano le pasé una nota.
—Claro. ¿Por qué no se me ocurrió? —John hizo una pausa pensando bien lo que quería confesar—. Yo también tengo algo que decir, Sherlock. Cuando Harry le dijo a nuestros padres que era lesbiana pude ver la decepción en sus rostros, no quise que pensaran lo mismo de mí. Lo que quiero decir es novios, novias, están bien. Ambos están bien.
Sherlock tardó en responder, con la mirada pérdida como si estuviera tratando de resolver algo.
—Yo, tú…
—No, no, no. Entiendo, no te interesan estas cosas. Estás casado con tu trabajo, me acuerdo.
—De hecho, lo que iba a preguntar, ¿tienes hambre?
—Hay comida en el refrigerador.
—Me refiero a una cita, John.
