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Language:
Español
Series:
Part 1 of Ad æternum
Stats:
Published:
2024-09-09
Words:
3,333
Chapters:
1/1
Comments:
2
Kudos:
22
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1
Hits:
238

Sui Géneris

Summary:

Dipper reconocía lo que sentía por Pacifica y sabía que era correspondido. No necesitaban de confesiones melosas para confirmarlo; podía ver en sus ojos la profundidad del afecto que se profesaban mutuamente.

Era mucho más apasionado que una simple amistad y más puro que el amor carnal. Era perfecto, especial y único.

El tío Stan le había dicho una vez que nunca hiciera una apuesta a menos que estuviese dispuesto a perder, pero Dipper no iba a apostar ahora sabiendo que existía el riesgo de perder a Pacifica.

No quería perderla.

No podría vivir sin ella.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

— No te tengo miedo —susurró Dipper.

En cualquier otra ocasión, con cualquier otra persona, con cualquier otra criatura , aquello hubiera sonado como una provocación, un desafío abierto para demostrarle que no se sentía intimidado. Ahora, sin embargo, sus palabras sonaban como una promesa.

Y era un consuelo.

Pacifica sacudió la cabeza en un movimiento salvaje que despeinó aún más su desprolija cabellera. Su mechones rubios lucían opacos y grasosos y si eso no fuese indicio suficiente de que llevaba días sin bañarse y sin dormir, la suciedad de su pijama y sus ojeras pronunciadas eran la confirmación que necesitaba.

Ésa era una visión inconcebible, incluso más extraña que cualquier rareza sobrenatural que había encontrado en Gravity Falls a lo largo de los años. Dipper estaba acostumbrado a la imagen de una Pacifica inmaculada, que rayaba casi en la perfección, incluso cuando su uniforme estaba cubierto de manchas y terminaba su turno agotada ella lograba mantener un aura impoluta, como si fuese inmune a los estragos de la cotidianidad.

La chica que estaba parada frente a él, desgastada, hambrienta y pálida, era la sombra de Pacifica Northwest. 

Dipper supuso que eso te sucedía cuando te conviertes en un vampiro y te niegas a beber sangre humana. 

Era la primera vez que Mabel y él volvían al pueblo desde el fiasco de los diarios, la revelación de los gemelos Stan y un triángulo multidimensional amenazando con destruir su universo, así que ambos estaban emocionados por reencontrarse con caras familiares después de cinco largos años. 

Gravity Falls seguía siendo un hervidero de lo inusual, por supuesto, pero ninguno se sentía particularmente aprensivo ante la perspectiva de lidiar con nuevas amenazas. Quizás fue la complacencia por sentirse como en casa o la arrogancia de haber superado cualquier problema en el pasado lo que les hizo bajar la guardia. Sea como fuese, pagaron el precio. Pacifica lo hizo. 

(Contrario a lo uno podría imaginar, Dipper no apreciaba la ironía.)

Un segundo estaban acampando en medio del bosque, disfrutando de malvaviscos asados y malas historias de terror y al siguiente un vampiro se cernía sobre ellos. Mabel contuvo un chillido de excitación ante la posibilidad de cumplir el sueño de toda su vida cuando la criatura demostró que era cualquier cosa menos la representación de sus historias adolescentes. 

Sus ojos rojos destacaban en la oscuridad con un brillo enloquecido y su apariencia descuidada, cubierta de lo que parecía follaje, lodo y sangre seca, lo presentaron como una criatura que no razonaba y se movía por un instinto fundamental. 

Antes de que cualquiera pudiese mover un músculo, el vampiro se lanzó hacia Pacifica y la mordió, desgarrando su cuello.

Fue una pesadilla. 

Mabel y Dipper no dudaron. Se abalanzaron contra la bestia con todas sus fuerzas, quitándosela de encima a Pacifica mientras que sus tíos se alzaban en armas. La amenaza de Bill Cipher había desaparecido para siempre, pero no podías eliminar décadas de hipervigilancia y adiestramiento, mucho menos cuando tus aventuras por el mundo suponían encuentros con más criaturas peligrosas, así que Stan y Ford siempre estaban preparados.

Un disparo en la cabeza y otro en el corazón fueron suficientes para derribar al monstruo, bañándolos de un líquido rojo y espeso en el proceso.

En retrospectiva, fue una decisión imprudente, pero también fue lo único que impidió la muerte de Pacifica. Si la sangre de la criatura no hubiese entrado en contacto con sus heridas, no se hubiera convertido en un vampiro.

La transformación fue inmediata. El tío Ford ni siquiera había podido marcar el número de emergencias cuando Pacifica se sentó de repente, dando bocanadas de aire como un pez fuera del agua. Todos observaron con similares mezclas de horror y fascinación cómo sus heridas desaparecían en un instante sin dejar una cicatriz, como si nunca hubiesen estado ahí en primer lugar.

No se necesitaba ser un genio para darse cuenta de lo que había sucedido.

Dipper sabía tan bien como tío Ford que el vampirismo no tenía cura, Pacifica se convertiría en cenizas en el momento en el que se expusiera a los rayos del sol y tenía que beber sangre humana para seguir viviendo. No moriría si no lo hacía, pero caería lentamente en la locura y se volvería una bestia sin conciencia motivada únicamente por su naturaleza primitiva, tal y como le sucedió al vampiro que los atacó. 

Lo que ninguno sabía era lo que debían hacer después.

Pacifica les ordenó que no la llevaran de vuelta a la casa de sus padres — aunque Dipper pudo notar la súplica en su voz— , así que todos emprendieron marcha hacia la cabaña para discutir el plan. Ni bien entraron a la casa, Pacifica corrió escaleras arriba y se encerró en el ático, negándose a salir, comer o hablar. 

Mabel tomó como misión personal acampar fuera de la habitación para hacerle compañía, contándole anécdotas como estudiantes de preparatoria en California mientras que tío Stan decidió lidiar con los padres de Pacifica. Dipper no tenía idea de qué fue lo que hizo y honestamente no quería saberlo, pero cuando regresó, anunció triunfal que no los molestarían, al menos durante un tiempo.

Tío Ford y él se trasladaron al sótano y reabrieron el laboratorio decididos a encontrar soluciones. Dipper esperaba que pudiesen producir mágicamente una medicina para revertir los efectos del vampirismo, pero esa era una fantasía y su tío siempre había sido más práctico. Reclutó al viejo McGucket y en conjunto produjeron un paliativo.

Un anillo.

Dipper pensó en un inicio que McGucket había perdido la cabeza de nuevo cuando presentó su idea, pero había un poco de lógica en medio de su locura. Utilizaron el conocimiento sobrenatural de Ford y la inventiva tecnológica de McGucket para producir una artefacto que pudiese desviar los rayos del sol y permitirle a Pacifica recibir un poco de vitamina D sin el temor de que se volviese polvo. Eso resolvía un problema. 

El otro problema era más complicado. 

Se sentaron durante horas debatiendo sobre las alternativas que tenían. Tío Stan sugirió robar un banco de sangre, Mabel planteó la posibilidad de beber sangre de animales, McGucket teorizaba que crear sangre artificial era un plan viable y tío Ford mascullaba entre dientes que debían dejar que se alimentase de sus padres en un acto de justicia poética. 

Dipper rodó el anillo entre sus dedos, una idea formándose en su mente que se contuvo de verbalizar porque intuía que sería recibido con vehementes negativas. Decidió esperar a que todos estuvieran profundamente dormidos para hacer lo único que podía.

Como su habitación estaba ocupada, los mellizos eligieron dormir en el salón —no era muy cómodo, pero los recuerdos de su primer verano en Gravity Falls los arrullaban como una canción de cuna. La nostalgia era un arma poderosa. 

No le resultó difícil escabullirse fuera de su saco de dormir. Mabel tenía el sueño más pesado que una piedra y podía escuchar a tío Stan roncar desde su habitación al otro lado del pasillo. Tío Ford prefirió descansar en el sótano, aunque era un secreto a voces que descansar sería lo último que haría. Con cuidado, Dipper subió las escaleras hasta el ático y una vez que estuvo frente a la puerta, inhaló profundamente y la abrió.

Por supuesto que tenían una llave extra y Dipper sabía que sería inútil razonar con Pacifica para que lo dejase entrar; Mabel lo había intentado sin éxito alguno durante días. La única razón por la que no habían entrado antes había sido para respetar su privacidad y darle un poco de espacio, al fin y al cabo tenía muchas cosas que asimilar, mucho en qué pensar.

Pero Dipper ya no podía seguir esperando. Se les acababa el tiempo y ahora solo tenían una opción.

Cerró la puerta con cuidado tras de sí y buscó a Pacifica entre las sombras. La encontró acurrucada en el suelo, con las piernas dobladas y la espalda pegada al borde de la cama, envuelta en un manto de miseria y desolación.  

— Vete —le susurró sin moverse. 

Dipper se negó y caminó lentamente hacia ella, siendo consciente del peligro al que se exponía. Pacifica era un vampiro, uno recién convertido que no había bebido ni una gota de sangre en días y debía estar famélica, pero no estaba asustado y no dudó en decírselo.

Pacifica le lanzó una mirada ansiosa cuando estuvo a centímetros de ella y luego observó por encima de su hombro hacia la puerta con una expresión angustiada, como si estuviese esperando que apareciera alguien más.

¿Creía que sus padres finalmente harían acto de presencia y se la llevarían a la fuerza? ¿O, recordando que eran mellizos pegados a la cadera, imaginaba que Mabel lo seguiría y entraría también? ¿Pensaba que tío Ford y Stan aguardaban en la entrada, atentos a cualquier movimiento inusual para intervenir?

¿O acaso sabía, debido a su nueva naturaleza, que estaban solos ellos dos y nadie más aparecería en esa habitación?

Dipper enderezó los hombros y se plantó delante de ella antes de hablar.

— Pacifica, necesitas alimentarte —le dijo en voz baja, pero firme señalando a su cuello.

Todos podían abstraerse en dilemas y supuestos durante horas, elucubrando posibles escenarios a sus propuestas, pero la única certeza era que Pacifica necesitaba sangre humana.

Pacifica había cambiado y rompió las cadenas que la ataban a la corrupción de su familia; seguía siendo orgullosa y dominante, pero se convirtió en una mejor persona. Se convirtió en alguien que él podía considerar su amiga y Dipper siempre había sido un tonto impulsivo y sentimental, mucho más que su hermana, así que no vaciló ni por un segundo cuando una idea se formó en su mente, la única alternativa viable para salvar a Pacifica, al menos por ahora.

No aceptaría un “no” por respuesta.

Ella lo miró, incrédula, y cuando entendió a qué se estaba refiriendo exactamente la mueca de sorpresa se deformó en horror. 

Pacifica se movió con tal rapidez que si Dipper no supiera ya que no era humana, lo habría confirmado en ese momento. Se plantó frente a él, aparentando seguridad mientras negaba con la cabeza.

— Por supuesto que no, estoy bien —respondió con firmeza. 

Se veía segura de sí misma y sus palabras, incluso con el cabello enmarañado y la ropa sucia y manchada de sangre. Esa convicción hubiera sido suficiente para engañar a los demás, pero nunca podría engañarlo a él. Dipper veía más allá de aquella máscara de imperturbabilidad y pudo notar que detrás de sus oscuros ojos azules latía un feroz deseo por su sangre. Era tan evidente como si estuviera escrito con luces de neón.

Dipper sospechaba cuál era el motivo de su oposición vehemente a pesar de que el hambre que seguramente estaba sintiendo era salvaje, agonizante e insoportable. No podía reprochárselo porque lo entendía.

Beber su sangre implicaba aceptar que ya no era una humana, que se había convertido en una de las tantas criaturas que acechaban Gravity Falls, y que perdería una parte de ella, una que nunca podría recuperar, si cedía a ese instinto. 

Dipper lo comprendía, en serio lo hacía, pero no tenían opción; Pacifica corría riesgo de sufrir un trágico final si su hambre no se satisfacía lo más pronto posible. Imaginarla convertida en una bestia sedienta de sangre igual que el vampiro que la atacó era escalofriante.

Sin embargo, Pacifica siempre había sido demasiado obstinada para escuchar a los demás cuando le decían que no podía hacer algo y demasiado orgullosa para admitir que necesitaba ayuda, incluso cuando ella misma lo sabía. Algunas cosas jamás cambiarían. 

Para infortunio suyo, Dipper seguía siendo tan impaciente como cuando tenía 12 años.

— Oh, hazme el favor y no me vengas con esa mierda. Te estás muriendo de sed, lo sé, tú lo sabes, así que no compliques esto —masculló entre dientes, conteniéndose para no gritar y despertar a todo el mundo, exponiendo su plan. Si sus tíos o su hermana los descubrían antes de que Dipper pudiera convencer a Pacifica estaba seguro de que ella jamás lo aceptaría.

Pacifica abrió la boca, pero ni una palabra salió de sus labios. A esa distancia, Dipper pudo observar sus dientes a pesar de la poca iluminación nocturna y notó sus colmillos expuestos, la prueba irrefutable del ansia que la embargaba. Pacifica se dio cuenta de su mirada y se cubrió con la mano, avergonzada. 

No era solo tozudez y soberbia lo que la frenaba de aceptar su oferta, Dipper entendió. Pacifica estaba aterrada de sucumbir ante una naturaleza desconocida que la despojarían de su autocontrol, del dominio sobre sí misma por el que había luchado contra sus propios padres durante años. Tenía miedo de ceder ante el hambre y drenar hasta la última gota de su sangre, matándolo en el proceso. 

Estaba angustiada, hambrienta, temerosa y asqueada consigo misma, eso era evidente a juzgar por el revoltijo de expresiones que adornaban su rostro. Pacifica retrocedió y se giró en dirección a la puerta, pero Dipper había anticipado sus acciones y la detuvo antes de que se diera vuelta. Agarrándola con fuerza de los hombros, la empujó hacia la pared más cercana y le bloqueó el paso con su propio cuerpo.

Pacifica estaba acorralada.

Era lo suficientemente fuerte como para empujar a Dipper hasta el otro extremo de la habitación y huir antes de que pudiese reaccionar, pero Pacifica jamás lo lastimaría y ambos lo sabían. El motivo detrás era el mismo que había empujado a Dipper a ofrecerse en bandeja de plata, consciente de los riesgos. 

Pacifica era su amiga, pero él no la veía solo como a una amiga. No lo hizo ni siquiera cuando era un niño obsesionado con diarios misteriosos y una leñadora pelirroja. En aquel entonces catalogó sus sentimientos por Wendy como un amor sincero, pero años después reconoció que ese enamoramiento de verano había nacido de vincularla con su anhelo por crecer. Wendy era genial y era todo en lo que Dipper quería convertirse cuando dejase de ser un niño. 

Lo que sentía por Pacifica era distinto.

Resplandecía con intensidad como fuegos artificiales y era impetuoso como sus interacciones; no se mentían ni se contenían, eran brutalmente honestos el uno con el otro y eso era bueno considerando la tendencia de Pacifica a recaer en viejos hábitos y la predilección de Dipper por ser excesivamente analítico con cada aspecto de su vida.

Dipper no tenía que fingir ser alguien que no era ni ocultar sus intereses ni aficiones y Pacifica podía permitirse bajar la guardia, mostrándose vulnerable e insegura sin miedo al rechazo. 

Ese verano compartieron tardes tranquilas en la cafetería del pueblo, bromas juguetonas de camino a la cabaña y largas miradas que decían más de lo que las palabras podrían. Dipper reconocía lo que sentía por Pacifica y sabía que era correspondido. No necesitaban confesiones melosas para confirmarlo;  podía ver en sus ojos la profundidad del afecto que se profesaban mutuamente.

Era mucho más apasionado que una simple amistad y más puro que el amor carnal. Era perfecto, especial y único.

El tío Stan le había dicho una vez que nunca hiciera una apuesta a menos que estuviese dispuesto a perder, pero Dipper no iba a apostar ahora sabiendo que existía el riesgo de perder a Pacifica.

No quería perderla.

No podría vivir sin ella.

Apaciguó la desesperación que vibraba en su interior y le sonrió a Pacifica, esperando que pudiese transmitir en ese simple gesto todo lo que sentía, todo lo que quería. Que entendiese por qué quería hacer esto, que supiese que no le asustaba darle su sangre y que lo haría una y otra vez hasta que ella ya no lo necesitara.

Pacifica lo entendió. Se mordió el labio con fuerza hasta que brotó un hilo de sangre porque prefería hacerse daño que empezar a llorar, si la fina película de agua en sus ojos era una señal de la emoción que la embargaba. Pacifica tragó saliva y sacudió lentamente la cabeza.

— Quizás haya una alternativa —susurró apesadumbrada.

Dipper dejó escapar una suave risa mientras metía la mano en el bolsillo y sacaba un objeto pequeño y brillante. Pacifica abrió los ojos tanto que Dipper pensó por un momento que se le saldrían de las cuencas y contuvo el aliento cuando él tomó su mano y deslizó lentamente el anillo en su dedo medio. 

— Estoy seguro de que es así —respondió en voz baja —. Ya encontramos una forma de que puedas salir durante el día sin que te quemes.

— ¿El anillo? —preguntó ella, atónita, mirando la joya como si fuese la octava maravilla del mundo.

Dipper asintió.

— Sí, el anillo, es genial, ¿verdad? Si pudimos descubrir esto, podremos encontrar una solución al problema de la sangre, pero quizás sea difícil y tome tiempo… No podemos esperar más, Pacifica, esta es nuestra única solución ahora. Hazlo, por favor. 

Bebe mi sangre.

Dipper acarició su mejilla, acercándose aún más. Pacifica lo observó en silencio, embelesada por su devoción, su sacrificio y su confianza ciega. Deslizó sus delgados brazos por los anchos hombros de Dipper, pegando su cuerpo contra el suyo. Los pijamas no eran lo suficientemente gruesos para evitar que sintiera el calor de su piel y la suave curvatura de sus pechos.

Durante un breve instante sus labios se rozaron, acariciándose con delicadeza, como el aleteo de una mariposa. El amago de su primer beso abrió una puerta y Pacifica dejó caer sus barreras. Su máscara se desvaneció y Dipper pudo presenciar su desesperación y la magnitud de su sed. Su corazón se detuvo por un segundo cuando unos brillantes ojos carmesí se enfocaron en los suyos. 

La intensidad de su mirada y el escalofrío que recorrió su cuerpo lo hizo preguntarse si estaba asustado, pero reconoció al instante que la reacción de su cuerpo y la repentina presión en sus pantalones no era una respuesta al miedo.

No pudo mantener la línea de sus pensamientos en orden porque los labios de Pacifica se deslizaron por su cuello, deteniéndose en el hueso de su clavícula, mordisqueando suavemente. Sintió primero la humedad de su lengua recorriendo la vulnerable piel de su garganta y luego una punzada lacerante.

Los colmillos penetraron su carne y el olor metálico de la sangre penetró sus sentidos. Dolía, pero Dipper no estaba atemorizado. Confiaba en Pacifica, incluso si ella no confiaba en sí misma.

Dipper la rodeó con los brazos, intentando mostrar su apoyo sin interferir en su labor. A pesar de la incomodidad y una inusual sensación de succión, Dipper podía darse cuenta de que Pacifica estaba intentando controlarse y ser lo más cuidadosa posible mientras bebía su sangre. 

Mañana sería un nuevo día. Tendrían que lidiar con los reproches del tío Ford, los comentarios de mal gusto de tío Stan y las bromas de Mabel —ni siquiera quería pensar en lo que ocurriría una vez que los padres de Pacifica volviesen a entrar en escena—, además de la incertidumbre por lo desconocido que flotaba como un nube negra sobre sus cabezas.

Dipper esperaba que todos pudieran encontrar una solución al problema de la sangre, pero si no lo hacían él estaba dispuesto a seguir dándole la suya. No lo veía como un sacrificio ni una carga, mucho menos cuando era indispensable para ayudar a Pacifica a sortear esta nueva realidad. 

Él la conocía mejor que nadie y sabía que era mucho más fuerte de lo que otras personas creían, así que no dudaba que podría superar esto. El camino sería largo y difícil, pero quería acompañarla hasta el final.

Su vida humana era un suspiro a comparación de la existencia inmortal de Pacifica ahora que era un vampiro y todos los argumentos lógicos que se oponían a que estuviesen juntos no importaban ante un hecho tan simple como cierto: la amaba.

Dipper conoció a Pacifica cuando tenía 12 años y la detestó. Antes de cumplir 13, decidió que no era tan mala.

Dipper se reencontró con Pacifica cuando tenía 17 años y se enamoró. Antes de cumplir 18, decidió que estaría a su lado para siempre.

Notes:

Pero buenO, miren lo que salió ayer después de hincharme a chocolate y con toda la intención de escribir algo, pero no imaginé que ese algo sería mi primer fic de Gravity Falls, jejejeje

Se me ocurrió este concepto hace años (y cuando digo años me refiero a hace más de una década), pero nunca pude encontrar una ship que encajara en este escenario, así que se quedó encajonado hasta ahora. Recién me vi la serie hace nada y estoy ENAMORADÍSIMA de todo y me arrepiento tanto de no haberla visto en su momento porque me perdí de muchísimas cosas, pero estoy trabajando en recuperar el tiempo perdido y también en producir mi propio arte (*ejem*Tumblr *ejem*) y mis propias historias, así que aquí estamos :D

Cuando empecé la serie no esperaba que cayese redondo en el Dipcifica (para mí son canon idc, idc), pero los amo a ambos con la intensidad de mil soles y la dinámica que tienen es de mis favoritas en la ficción y funcionó bastante bien con este concepto. Si me preguntan a mí todo salió genial y el resultado final me encantó.

Espero que también les guste.

Comentarios y kudos y lo que sea se agradecen~

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