Actions

Work Header

there'll be a riot (cause i know you)

Summary:

Hakuryuu espera mucho del partido contra el Earth Eleven y Yukimura se escaquea a su habitación porque ya es una costumbre.

( hakuyuki week, day 1: confession )

Notes:

hola holita!!!!

os doy la bienvenida al primer día de la hakuyuki week 2024 con este one shot de los nenes

se lo dedico a maría, por haber organizado esta semana tan linda. me he divertido mucho y espero que el año que viene haya otra ;)

además de estos escritos, estaré subiendo dibujos de la hakuyuki week en mi twitter @izibis

disfrutadlo mucho y nos vemos mañana!!!!

con cariño,
ann <3

Work Text:

Hakuryuu estaba acostumbrado a trabajar solo.

Desde pequeño, los adultos en su vida le habían inculcado ese tipo de ideas. Tenía que ser el mejor, tenía que superar al resto; si no, fracasaría patéticamente. Por ello, se había forzado siempre a entrenar solo. Él solo quería ser el mejor de todos, no podía ser tan difícil.

Sin embargo, esa era la mentalidad que tenía en el Sector Quinto y que, a esas alturas, había quedado prácticamente obsoleta, mas no del todo. Había pasado demasiado tiempo desde que el Raimon había derrotado al Equipo Zero, e incluso aquellos rivales que tanto despreciaba en aquel entonces se habían convertido en sus amigos y le habían ayudado a desarrollar más su potencial.

Después de tantas aventuras y de quedar como uno de los once mejores de la historia, jamás se imaginó el chasco al que se enfrentaría en la selección del mundial. Estaba totalmente convencido de que él sería uno de los delanteros estrella del equipo y tenía muchas personas en su mente que podían acompañarle en ese nuevo camino, como su amigo Tsurugi Kyousuke, aquel alegre capitán del Instituto Universal, Amemiya Taiyou, o inclusive el ex-Imperial y capitán del Cala Pirata, Namikawa Rensuke.

A pesar de todas sus grandes ilusiones, las cuales a su parecer eran bastante probables, la realidad fue distinta. Los nombres que sonaban no eran conocidos, o al menos no en el mundo del fútbol. El único que le sonaba, aparte de aquel trío tan característico del Raimon, era el nombre de Sakura Nozaki, una reconocida gimnasta juvenil a nivel nacional.

No pudo ocultar el enfado que sentía ante la situación. Nunca había sido un chico que disimulara sus emociones, pero en ese momento sentía que explotaba y que todo a su alrededor se desmoronaba con él. Toda su vida había entrenado para ser el mejor y ahora le habían dicho a la cara que, simplemente, no lo era.

El partido contra la Royal Academy fue un fracaso. Algunos de los jugadores seleccionados excedían en ciertas áreas, pero simplemente no en el fútbol. Al único al que le veía algo de potencial era al portero, aunque se comportó como un completo idiota al tratar el balón de fútbol como una pelota de baloncesto. Hakuryuu estaba apunto de echar fuego por la boca, tal vez haciendo así honor a su nombre.

Por ello, cuando el entrenador Fudou le pidió su ayuda para el Resistencia Japón, no tardó ni un segundo en aceptar efusivamente. Por fin podría tomar aquello que le pertenecía, incluso si necesitaba volver a demostrar su fuerza y fortaleza una vez más y el camino era un poco más largo.

 

Los entrenamientos del Resistencia Japón eran muy duros, por decirlo de una manera suave. El entrenador Fudou era muy exigente con sus peticiones. Sin embargo, había un conocimiento general entre todos los muchachos de los motivos detrás de su insistencia en llevarles casi al límite. El ex-jugador del antiguo Inazuma Japón confiaba en ellos y en sus habilidades y todos sabían que tenían que ganar a sus rivales.

A pesar de todos los planes que había realizado Hakuryuu en su cabeza en cuanto aceptó unirse al equipo, había algunas cosas que se salían de la norma que él mismo había impuesto. Primero, el compañerismo era palpable entre todos e incluso si ninguno se esperaba hacer nuevas amistades ahí, simplemente sucedió.

No era raro ver a Kurosaki hablar animadamente con Kishibe sobre temas triviales como las plantas o el color que tenían las asignaturas —no se ponían de acuerdo sobre si las matemáticas eran azules o rojas—. También tanto él como Minamisawa habían escuchado a Namikawa parlotear sobre por qué los tiburones eran mejor que los delfines y, cuando no se metía en temas marinos, aseguraba que los tres tenían que ser los mejores delanteros de todo Japón —en eso sí que estaban de acuerdo—.

Segundo, no se esperó para nada la verdadera personalidad del entrenador Fudou. Lo que en el campo era un hombre frío y calculador, cuando acababan los entrenamientos se convertía en alguien amable y comprensivo que se preocupaba enorme y genuinamente por sus pupilos.

Hakuryuu lo había notado en la forma en la que se le acercaba no solo a él, sino al resto. A pesar de que se preocupara por todos, podía permitirse tener pensamientos un poco egoístas y ver que el entrenador Fudou tenía un pequeño punto débil con él. Al fin y al cabo, ya se habían conocido antes en la Isla Santuario y el adulto sabía un poco de su pasado. ¿Tal vez sería pena? ¿O mejor admiración al ver cuánto había avanzado desde entonces?

A pesar de que las dudas le carcomían por dentro, hubo otro evento inesperado que impulsó su confianza y le motivó a seguir adelante; propuesto por sus compañeros de equipo y aceptado por su entrenador, fue nombrado al poco de empezar a entrenar el capitán del Resistencia Japón. Este rol no era nada nuevo, pues ya había tenido experiencia con el Luz Eterna y el Equipo Zero. Aun así, algo en su corazón se derritió al ver que aquellos chicos a los que apenas conocía podían ver su capacidad de liderazgo, la cual había sido desarrollada tras muchos años de esfuerzo.

Después de todas esas pequeñas y agradables sorpresas, Hakuryuu ya podía esperarse de todo, ¿verdad? A pesar de estar cien por ciento convencido de que ya nada le podía sorprender, se encontró a sí mismo añorando la atención de uno de sus compañeros de equipo y no cualquier tipo, claro que no.

Era… vergonzoso, cuanto menos. A aquel muchacho albino simplemente no se le daban bien los sentimientos. Además, ¿por qué justo en ese momento tan crucial en el que lo más importante debería ser concentrarse en su próximo enfrentamiento contra el Inazuma Japón?

Pero no pudo evitarlo. Yukimura Hyouga era cuanto menos atractivo. Aparte de ser objetivamente precioso, con un cabello oscuro demasiado suave y unos ojos azules que hacían quedar al horizonte en el mar como algo más del montón debido a su belleza, su personalidad le había llamado la atención a Hakuryuu desde la primera vez que se vieron.

Al principio, Yukimura era tímido y se le veía perdido. Parecía un cachorro recién adoptado que miraba con curiosidad hasta el más ínfimo detalle de las instalaciones. Además, en un principio él ya tenía un amigo, o por lo menos un compañero conocido; Makari, uno de los defensas del equipo y que también pertenecía al Instituto Alpino.

A pesar de todas esas pegas, Hakuryuu se le pudo acercar y, cuanto menos se lo esperaban, ya eran casi mejores amigos. Incluso si había un año de diferencia entre ellos, tenían más cosas en común de las que se esperaban. Tal vez era el amor que tenían por la naturaleza, con Yukimura sabiéndolo todo sobre los hábitats nevados —siendo su animal favorito el leopardo de las nieves, el cual también formaba parte de su supertécnica estrella— y su menor hablando sobre aves tropicales y los distintos tipos de plantas y flores —aunque para Yukimura, la flor más bonita no eran los lirios blancos sino Hakuryuu sonriéndole de oreja a oreja, enseñando sin miedo sus afilados colmillos—.

También les gustaba hablar de sus respectivas culturas. A pesar de tener sangre japonesa, tenían familia islandesa y china, respectivamente. Por ello, no podían faltar conversaciones sobre sus costumbres o el folklore de sus países. Ambos eran unos niños curiosos con ganas de aprender y que tenían una pequeña fijación con el otro, por lo que se podían tirar horas compartiendo pequeños momentos que no pasaban desapercibidos por sus compañeros.

 

—Capitán, necesito realizarle una pregunta.

Hakuryuu levantó la vista del libro que estaba leyendo para mirar a Kurosaki. Aquel elegante centrocampista, capitán del Monte Olimpo, siempre hablaba con cierto respeto a pesar de haber entrado en confianza con sus compañeros. Esto descolocaba al capitán por ser uno de los menores del equipo, pero se había acostumbrado ya e incluso le había pillado el puntillo a esa formalidad extraña que a ratos aparecía —puesto que no siempre hablaba así, solo cuando estaba tranquilo—.

—Sí, dime.

—¿Mantiene alguna relación sentimental con nuestro compañero Yukimura?

Vaya, eso sí que era definitivamente una pregunta digna de ser formulada. El capitán no pudo evitar el sonrojo que afloraba en su piel. A pesar de haber pensado en esa posibilidad, había intentado evitarlo. No era fácil para él admitir sus sentimientos y mucho menos hacer algo con las posibles conclusiones a las que podía llegar. Hakuryuu nunca había sido bueno gestionando sus emociones; en el Sector Quinto, si te mostrabas como una persona sensible probablemente serías pisoteado por el resto de tus compañeros o, más bien, rivales. Solo había un par de personas en las que podía haber confiado lo suficiente para abrirse de tal manera, e incluso así se había guardado miles de cosas para no molestar a los demás y no molestarse a sí mismo.

—No… no, Kurosaki. Solo somos amigos.

—¡Ah! Pues vaya sorpresa, capitán. Nos esperábamos una respuesta distinta…

—¿Nos?

El castaño se dio cuenta casi de inmediato de su pequeño desliz. —Ah… Sí, lo siento. Algunos compañeros hemos estado comentándolo, mas no con malas intenciones; simplemente pura curiosidad, puesto que se os ve muy cercanos.

—¿Sí?

—Exacto. Incluso si no estáis saliendo, haríais una buena pareja.

Si es que era posible, Hakuryuu se puso todavía más rojo. ¿Qué insensateces estaba soltando ahora Kurosaki por la boca?, era lo que se preguntaba para ignorar la verdadera cuestión. Era cierto que tanto él como Yukimura no eran personas extremadamente cariñosas, de hecho no lo eran casi, pero debía haber algo que había hecho levantar las sospechas de sus compañeros de equipo; un roce demasiado obvio para ser llamado casualidad, un toque que se había quedado ahí demasiado tiempo o una mirada íntima que compartía un secreto a voces, aparentemente.

 

El gran día estaba a la vuelta de la esquina. El sol estaba ya cayendo, acariciando así al cielo con sus tonalidades anaranjadas y Hakuryuu se encontraba mirándolo por la ventana de su cuarto. Aquel día, el entrenador Fudou había terminado el entrenamiento un poco antes con la tarea de que se diesen un buen baño y descansasen para el partido “amistoso” que tenían con el Earth Eleven. Aún recordaba la conversación que había tenido con su superior justo cuando la mayoría se estaba yendo del campo.

—Hakuryuu. Mañana lo haréis genial.

—Claro que sí, entrenador. Puede confiar en mí.

—Eres un muy buen capitán, demuéstranoslo mañana.

Fue un pequeño intercambio; ninguno de los dos era de muchas palabras, pero aun así se entendían a la perfección. El entrenador Fudou tenía toda la razón del mundo. Debían hacerlo bien, sobre todo él. Sentía el peso de todo el equipo sobre sus hombros, sus expectativas y, sobre todo, los sentimientos compartidos ante su situación.

Unos golpes en la puerta le sacaron de su pequeña ensoñación. Fue a abrir directamente, sabiendo perfectamente quién estaría al otro lado.

—Yukimura.

—Buenas, ¿puedo pasar?

—Sabes que siempre puedes, incluso sin tocar.

Hakuryuu se movió hacia un lado con una sonrisa y cerró la puerta detrás de ambos. El mayor miraba su habitación con curiosidad como si no hubiera estado ahí varias veces. Y es que no podían negar que sus pequeños encuentros vespertinos en los que se quedaban hablando hasta que se volvían encuentros nocturnos no se habían vuelto parte de su rutina. Era curioso, puesto que hace apenas unas semanas no se conocían realmente; de vista, claro que sí, pero jamás habían intercambiado una sola palabra.

—Pero, a ver, ¡tengo que llamar a la puerta! ¿Y si te estás cambiando de ropa? ¿O estás dormido y te molesto?

—No seas bobo. Nos cambiamos todo el rato juntos en los vestuarios y a estas horas no puedo estar dormido.

—Bueno, sí, pero… tú ya me entiendes.

El albino asintió, aunque no muy convencido. La conversación murió en el momento en el que Yukimura se acercó a la ventana. Hakuryuu le siguió y se posicionó a su lado, haciendo que tal vez sus hombros se rozaran a propósito —pero es solo tal vez, siempre puede negarlo—. Ambos contemplaron cómo la noche caía en silencio, simplemente disfrutando de la presencia del otro.

—¿Qué esperas del partido de mañana?

Si bien debería haber sido una pregunta propia de Yukimura, fue el capitán del equipo el que la realizó. Esto sorprendió a ambos, pues se salía un poco de lo establecido inconscientemente entre ambos; normalmente era el mayor el que hacía esas preguntas a Hakuryuu, tal vez buscando el consuelo del capitán de su equipo de alguna manera. En esa ocasión, los roles se habían invertido.

—Eh… Vamos a ganar.

—No lo dudas, ¿no?

—¡Claro que no! —exclamó, mirándole fijamente con aquellos ojos azulados—. Tenemos una buena alineación, hemos entrenado muy duro y, sobre todo, te tenemos a ti de capitán.

Hakuryuu se sonrojó violentamente. Nunca se había tomado bien los cumplidos y mucho menos si venían de Yukimura. Se giró para poder devolverle aquella mirada tan intensa que sentía que le iba a perforar la sien y se deleitó con la vista ante él. Tenía que bajar lo suficiente la cabeza para compensar la diferencia de altura, más o menos media cabeza, pero no era tanto como para que, si se tuviera que tirar toda la eternidad así, se quejara del dolor de cuello.

—¿Te han dicho alguna vez lo bonitas que son tus pecas?

Ahora era el turno del de cabellos oscuros de ponerse rojo como un tomate. Claro que se lo habían dicho, miles de veces. Los comentarios positivos sobre sus pecas venían de todo el mundo: de su madre, de sus compañeros de equipo, incluso de su entrenador, quien ya hasta le llamaba “su hijo”. Sin embargo, escucharlo de la boca de Hakuryuu era algo… distinto. Se sentía bien, mejor de lo que se sentirían miles de cumplidos poéticos de extraños. Ese era el efecto que tenía sobre él, al fin y al cabo.

—Puede ser. ¿Alguna vez te he dicho lo maravilloso que es el hoyuelo que se te forma en tu mejilla derecha cuando sonríes de lado como solo tú sabes?

—Wow, eso es demasiado específico, pero puede ser.

Ahora se encontraban cara a cara, demasiado cerca para que sus pobres corazones pudieran soportarlo. Sin embargo, no se apartaron. En ese momento, Hakuryuu lo entendió. Pudo comprender al final por qué todo el mundo sospechaba de una relación que no existía —pero que, oh, ojalá Dios le escuchase y se formarse pronto—. Todo estaba en los ojos de Yukimura.

No sabía si era la noche que los hacía un poco más azules o simplemente era por la intimidad del momento, pero sentía que podía ahogarse en ellos como si del océano se tratara. Se encontraba agobiado y confundido, ¿qué debía hacer en ese momento? ¿Inhalar, exhalar y confesarse en ese mismo momento? ¿O tal vez saltar por la ventana?

—¿Puedo quedarme a dormir aquí esta noche?

—Claro que sí, no hace falta que preguntes.

No sabían por qué hablaban a base de susurros, pero eso ayudaba a que no se rompiera la atmósfera del momento. Ninguno de los dos se movía, al menos no sin delicadeza. Era como si temieran asustarse el uno al otro y que, al mínimo movimiento brusco, ambos hiyeean como un desertor evitando su deber. En esos momentos, era correcto el baño de la tenue luz nocturna que se colaba por la ventana y las pequeñas sonrisas que se estaban compartiendo.

—¡Venga, Hakuryuu! ¡A cenar!

Esa magia que había entre ambos se destruyó cuando escucharon al entrenador Fudou aporrear la puerta. Él era muy respetuoso y sabían que no iba a entrar, puesto que tenía la manía de no querer pisar las habitaciones de sus pupilos bajo ningún concepto —Hakuryuu había pensado en amenazarle con un arma para que lo hiciera, pero lo descartó inmediatamente—.

—¡Ahora voy, un momento!

Se escucharon pasos y cómo aquel hombre iba avisando al resto de sus compañeros. Ambos adolescentes se miraron, incapaces de ocultar su desilusión. Tal vez los dos esperaban algo más y se estaban esperando mutuamente, pero ninguno se atrevió a hacerlo.

—Venga, Yukimura. Vayamos a cenar.

—Sí, y luego volvemos directamente aquí, ¿no?

Hakuryuu se rio, sintiendo que sus orejas estaban del color de sus ojos. —Claro que sí.

Series this work belongs to: