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Characters:
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Language:
Español
Series:
Part 1 of Médico y paciente
Stats:
Published:
2024-09-23
Words:
2,796
Chapters:
1/1
Comments:
12
Kudos:
25
Bookmarks:
3
Hits:
650

Dudas

Summary:

Después de su última cirugía, Patricia está convencida de que nunca volverá a gustarle a nadie. Néstor, sin embargo, tiene una opinión diferente.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Habían pasado solo dos días desde la gota fría. Dos días desde la operación que, más tarde, Néstor le contó, se había complicado mucho más de lo que esperaban. Y es que el hecho de haberse enterado de que ese hombre había tenido su corazón en sus manos, de la manera más literal posible, le había removido todo, y no de la forma en que a ella le hubiera gustado.

Patricia nunca había sido una mujer que visitara al médico más veces de las necesarias. Sus chequeos anuales y alguna que otra gripe habían sido las únicas razones que la llevaban a los hospitales. Y jamás a los públicos, aunque eso ahora le importara cada vez menos.

Sin embargo, desde aquel accidente, gracias al que había descubierto que tenía un cáncer esparciéndose por todo su cuerpo y que, en consecuencia, había resultado en las dos cirugías que había tenido, su vida había dado un giro enorme. 

Y eso teniendo en cuenta que era la presidenta de toda una comunidad. 

Miró la hora en su móvil y supo que dentro de unos minutos vendrían a revisar sus incisiones y a cambiarle las vendas. Entonces, queriendo adelantarse, se levantó con cuidado de la cama y caminó hasta el baño. Todas las pastillas que llevaba días tomando la tenían totalmente anestesiada, y le seguía sorprendiendo que su cuerpo hubiera sido abierto en varios lugares y, sin embargo, ella sentía poco y nada de dolor. 

Nunca le había estado tan agradecida a las drogas. 

Mirándose en el reflejo del espejo de ese pequeño baño de hospital, Patricia se sacó el jersey rosa y lo dejó caer al suelo para, después, abrir con lentitud la horrible bata de la tela más molesta que había usado jamás. Apenas despertó de la operación, lo primero que le había preguntado a Néstor era qué había debajo de esas vendas. Y no fue hasta ese preciso momento que se estaba atreviendo a ver, por cuenta propia, las marcas que habían quedado en su cuerpo después de aquella segunda intervención. Entonces, con una última inhalación profunda, terminó de abrir la bata de par en par. 

Soltó todo el aire de golpe al ver la imagen que el espejo le devolvía. 

Además de los catéteres justo debajo de su clavícula derecha y en su mano, en la parte derecha de su abdomen había una gasa que sabía que cubría la cicatriz mediante la cual habían entrado y detenido el sangrado en su hígado. Su mano derecha rozó el material blanco mientras sus ojos subían a través del reflejo. Lo que cuarenta y ocho horas atrás había estado cubierto por una venda que le daba varias vueltas al torso era, ahora, una gasa ancha y larga en el medio de su esternón. 

Sin embargo, la cicatriz que más llamaba su atención era la única que ya no estaba cubierta. La línea larga y roja que se extendía por donde una vez había estado su pecho izquierdo le hacía sentir que la habían mutilado. Cuando estaba vestida, le era más fácil olvidarse de lo que ahora le faltaba; había preferido siempre los sujetadores simples, y de repente los que tenían relleno eran lo único que le permitía sentir cierta normalidad cuando se ponía ropa. Pero cada vez que se veía desnuda, esa cicatriz le recordaba la batalla que estaba peleando y en lo que se había convertido su vida en estos últimos meses. 

La Patricia que le devolvía el espejo no era la misma que, en su juventud, no había tenido problema en acercarse a cualquier hombre que le interesara, en coquetear con ellos y llevarlos a su casa sin ninguna duda. Tampoco era la misma que unos años atrás había ganado las elecciones para convertirse en la persona más importante de toda la Comunidad de Valencia. No, la mujer que veía en el reflejo era una que no podía reconocer y, mucho menos, encajar en la vida que había llevado hasta ese momento. 

¿Cómo podía alguien volver a encontrarla atractiva? Aunque en un tiempo las vendas desaparecieran y las cicatrices debajo de las mismas se convirtieran en finas líneas blancas que casi no se distinguieran del resto de su piel, ¿quién podría pensar que era una mujer sexy si le faltaba un pecho? 

«Bueno, soy de gustos raros». 

La voz de Néstor resonó en su cabeza como si tuviese vida propia y su estómago dio un vuelco muy distinto a los que la quimioterapia solía causarle. Y, sin poder evitarlo, sonrió. 

Desde que lo había conocido, ese hombre no había hecho más que meterse bajo su piel. Cada conversación que habían tenido, cada vez que discutían, cada pequeña confesión que se habían hecho había logrado que algo dentro de ella se removiera. Algo que había creído enterrado hacía mucho tiempo.

Al principio, había pensado que esa sensación que había sentido en la boca del estómago no era más que ira por tener que caer tan bajo como para darle la razón a un médico de la pública. Sin embargo, el paso del tiempo había convertido a ese hombre en alguien esencial para ella; era la persona más importante en todo el proceso horrible que le estaba tocando vivir.

Y tal vez algo más. 

No era casualidad que, cada vez que veía cómo Néstor sonreía al mirarla, su respiración se entrecortara. Tampoco tenía sentido el cosquilleo que sentía en las manos cuando se tocaban con las de él, ni las ganas que había tenido unas noches atrás de escuchar quién era la persona que le había hecho sentir algo después de la muerte de su mujer.

Sonrió para sí misma al recordar lo que le había confesado él cuando había despertado de aquella segunda operación —cuando no la había abandonado en medio del quirófano—, y sus palabras, así como el calor de su aliento contra su cara, se reprodujeron en su mente como si de una película se tratase:

«Te admiro. Eres dura. Y divertida. Y honesta, con tus cosas».

«Puede que terminemos siendo algo más que médico y paciente».

Sin embargo, algo dentro de ella le decía que no tenía sentido, que no había manera de que eso pudiera ser cierto. No había forma de que Néstor tuviera algún interés en ella, mucho menos que la encontrara atractiva. Tal vez se había quedado aferrado a la imagen de la mujer que había sido al principio, a la Patricia fría y decidida que solo se preocupaba por recibir el alta lo más rápido posible para poder volver a sus tareas de presidenta. Pero, ¿esta nueva versión? No podía ser real que alguien pudiera volver a interesarse por ella, que pudiera gustarle a alguien, mucho menos a alguien como él.

Los tres golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos lo suficiente como para que recordara cerrarse la bata.

—¿Se puede?

Sonrió de nuevo para sí misma al reconocer la voz de Néstor.

—En el baño —respondió, sin moverse del lugar.

Escuchó cómo cerraba la puerta de su habitación y después los pasos de él mientras se acercaba.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó una vez que llegó al baño. La miró con cierto desconcierto, sin entender muy bien por qué seguía allí, parada delante del espejo y sin moverse.

Los ojos de ambos se encontraron a través del reflejo y ella sonrió de nuevo al ver el ceño fruncido y algo perdido de él.

—Estaba intentando acostumbrarme a esta nueva imagen mía —dijo, tratando de aliviar el significado que de verdad tenían aquellas palabras y el peso que le estaban suponiendo en su vida.

Se quedaron los dos en silencio, mirándose durante lo que parecieron horas, hasta que Néstor asintió, demostrando que entendía lo que insinuaba. Cruzándose de brazos, se apoyó ligeramente contra el marco de la puerta, sin despegar los ojos de ella.

—La enfermera vendrá en unos minutos para cambiarte las vendas.

Patricia suspiró, cansada. Si tenía que ser sincera, no entendía por qué seguía allí. Lo único que hacían las enfermeras, además de llevarle la comida, era limpiar sus cicatrices para luego volver a cubrirlas.

Una tarea que podía hacer ella misma desde la comodidad de su casa sin ningún problema.

—¿Cuándo voy a poder irme? —preguntó, alzando las cejas—. No soporto más la comida de este lugar.

Quiso sonar firme, ansiosa, pero la manera en la que lo miró no acompañó sus palabras.

—¿Tan mal es el trato que te estamos dando? —Su pregunta, a modo de broma, le confirmó que, efectivamente, no había logrado parecer tan desesperada por irse a casa como realmente lo estaba, y no pudo evitar preguntarse si, tal vez, una mínima parte suya no prefería quedarse allí, siendo cuidada por él—. Si crees que en la privada harían algo distinto…

—En la privada no estarías tú —dijo, rápida y sin pensar, y sonrió al ver que los ojos de él se agrandaban ligeramente mientras las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba.

Le sorprendía darse cuenta de que no se avergonzaba en lo más mínimo de la confesión que acababa de hacer.

Se quedaron en silencio de nuevo, las sonrisas de ambos para nada tímidas, mientras se medían con la mirada, hasta que Patricia recordó lo que Néstor le había dicho el otro día. 

Quedarse en ese hospital tampoco implicaba que él estuviera con ella.

—¿Has decidido si vas a seguir o no siendo mi médico?

La seriedad que tomó cuenta de su cara logró que la sonrisa de él temblara un poco, pero es que ella no podía imaginarse siendo tratada por otra persona. Y no solo por el hecho de saber que, como ya muchas personas le habían dicho, era el mejor oncólogo de toda España.

Quería que fuera él quien la acompañara en cada minuto. Era tan simple y, a la vez, tan complejo como eso.

—¿Tú quieres que lo siga siendo? —preguntó, devolviéndola al presente a la vez que se incorporaba, despegándose del marco de la puerta, y Patricia pudo ver las mil preguntas que se escondían en sus ojos mientras la miraba.

—Ya te dije que lo que quiero es que me salves la vida. —Sus palabras terminaron en un susurro a la vez que se daba cuenta de lo ciertas que eran.

Él era el único que podía salvarle la vida. Y en más de un sentido, empezaba a sospechar.

Se quedaron en silencio nuevamente y Patricia hubiese dado lo que fuera por saber lo que Néstor estaba pensando en ese momento. Ambos se analizaban con la mirada, y el corazón de ella se saltó una palpitación al ver, a través del reflejo, que él dio un paso en su dirección, entrando al baño.

—Sabes que si soy tu médico —empezó, acercándose todavía más, sin romper el pulso que mantenían sus ojos—, nada puede pasar entre nosotros.

Pudo sentir el calor de su cuerpo a pesar de que todavía había espacio entre ambos, y negó con la cabeza a la vez que una sonrisa divertida asomaba en su rostro:

—¿Y a ti quién te ha dicho que quiero que pase algo entre nosotros?

Néstor soltó una carcajada y Patricia se sintió victoriosa, mientras se dejaba invadir por una sensación que creía olvidada hacía tiempo. Sin embargo, las palabras de él empezaron a tomar fuerza y su sonrisa se borró lentamente mientras sus pensamientos regresaron al mismo lugar al que estaban justo antes de ser interrumpida.

Rompiendo el contacto visual, Patricia desvió su atención a su reflejo y volvió a abrirse la bata que había mantenido cerrada con sus manos hasta ese momento.

—¿Qué ves? —le preguntó en un susurro, intentando eliminar cualquier rastro de vergüenza que pudiera sentir al dejar que la viera así, tan vulnerable. Otra vez—. Porque yo lo que veo es una mujer enferma que no sabe si le quedan tres horas o cuatro años de vida, que lucha todos los días contra el cansancio que le provoca la quimioterapia y que, igual, tarde o temprano acaba como Vin Diesel. Por el pelo, digo. —Patricia sonrió, con tristeza—. Además de este pequeño detalle —agregó, señalando la cicatriz que le atravesaba la mitad del pecho, donde ahora ya no había nada.

Cuando levantó la mirada, descubrió que Néstor la observaba, analizándola con detenimiento, enfocándose primero en su cara y después en el resto de su torso desnudo, terminando nuevamente con sus ojos fijos en los de ella.

—¿Sabes lo que veo yo? —Despacio, vio que él daba un único paso en su dirección, acercándose todavía más, pero manteniendo una distancia que, sin dudas, era profesional. Sin embargo, eso no impidió que Patricia sintiera cómo desaparecía el poco oxígeno que podía quedar en ese baño—. Yo veo una mujer fuerte, luchadora, decidida a dar batalla y que va a vencer este cáncer. Sea como sea.

Patricia notó un cambio en la mirada de Néstor al pronunciar esas palabras, pero no pudo adivinar qué se escondía detrás de ese gesto.

—Creía que el cáncer no se vencía —dijo, sonriéndole nuevamente, intentando llevar la conversación hacia un terreno que borrara la angustia que ahora había en sus ojos—. ¿El doctor sindicalista está empezando a ceder ante mi lenguaje belicista?

La risa de Néstor volvió a aliviarle el cuerpo, que después fue invadido por un cosquilleo que empezó a expandirse desde las puntas de sus dedos cuando la mano de él rozó, se entrelazó, y finalmente se cerró alrededor de la de ella. 

Todas las sensaciones que ese hombre había sabido despertar dentro suyo empezaron a invadirla de golpe, mientras los pensamientos racionales sobre su enfermedad la obligaban a querer entrar en razón y decir cosas de las que, después, probablemente se arrepentiría. 

Pero Patricia sabía que en ese momento solo podía tener una prioridad. 

—Sabes que eres el único en quien confío y que quiero que me saque esto —murmuró, sin estar realmente decidida, aunque convencida de que era la elección correcta—. Eso es todo en lo que puedo pensar ahora.

No tenía dudas de que aquella última mentira debía ser obvia tanto para ella como para él, pero necesitaba que fuera cierto. Aunque le estaba diciendo, en pocas palabras, que lo necesitaba como médico ante todo, la realidad era que, cada día que pasaba con él, la línea entre lo personal y lo profesional se volvía más difusa.

Y ambos lo sabían muy bien.

—Lo sé —respondió él, por lo bajo. Parecía rendido, pero convencido de que tenía razón. 

Sin soltar su mano, Patricia se giró, quedando frente a frente por primera vez desde que Néstor había entrado en su habitación. Echó la cabeza ligeramente hacia atrás para mirarlo a los ojos, respirando el mismo aire, mientras su otra mano se apoyaba suavemente en el pecho de él.

—Igual eres tan bueno como dicen —susurró. De repente, parecía que solo existían ellos dos, y cualquier sonido fuerte podría romper la burbuja en la que estaban—. Y cuando me cures, vemos qué más podemos ser.

La sonrisa que invadió la cara de Néstor fue todo lo que ella buscaba.  

—¿Amigos? —propuso él, alzando las cejas con un tono divertido.

Patricia mordió su labio inferior. Despacio, negó con la cabeza, la lentitud de su gesto dejando claro lo en serio que iba. Pudo notar cómo los ojos de Néstor se desviaban de los suyos hacia su boca, y ella no se reprimió al seguir el mismo camino por su rostro. De repente, se volvió demasiado consciente del calor de su mano envolviendo la de ella y de la firmeza que sentía debajo de los dedos que continuaban apoyados sobre el pecho de él.

Cuando lo vio asentir de reojo, su mirada regresó a la de él, encontrando que sus ojos estaban fijos en los de ella de nuevo. Patricia supo que entre los dos estaba ocurriendo una conversación silenciosa en la que decían mucho más de lo que podrían expresar con palabras, especialmente considerando que acababan de acordar mantener un vínculo estrictamente profesional.

Con un último movimiento de su cabeza, firme, Néstor apretó su mano antes de soltarla. Ella dejó escapar todo el aire que había estado reteniendo hasta ese momento mientras él daba unos pasos hacia la puerta.

De repente, volvió a sentirse vacía.

—Paso más tarde para ver cómo sigues —dijo él con una media sonrisa, girándose para salir del baño. 

Empezaba a arrepentirse de decirle que lo quería solo como su médico. 

Murmuró un «vale» para sí misma que no tenía dudas de que él no había escuchado, y se quedó, durante algunos segundos, mirando a la nada, pensando en si así iban a ser todos sus encuentros a partir de ahora. 

Hasta que se estremeció de repente, esta vez a causa del frío que hacía en la habitación, y al mirar hacia abajo, se dio cuenta de que su bata seguía completamente abierta.

Notes:

Esto es lo mejorcito que se pudo hacer después de casi dos años sin escribir. A ver si recupero la práctica y estos dos pueden darse UN BENDITO BESITO.

Gracias por haber leído hasta acá.

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