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Language:
Español
Series:
Part 2 of Médico y paciente
Stats:
Published:
2024-10-01
Words:
3,489
Chapters:
1/1
Comments:
6
Kudos:
21
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3
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453

Confesiones

Summary:

Patricia nunca llega a la cita médica con Néstor. Él se preocupa en exceso.

Notes:

Si los diálogos son dignos de españoles es gracias a Patricia que se ocupa de que no tengan que leer un argentino/español cringoso.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Néstor miró la hora en su móvil: 16:07. No le preocupaba; eran solo siete minutos de retraso. Desde que todo aquello había comenzado, Patricia había llegado al menos quince minutos antes a cada cita médica, ya fuera para controles o para sesiones de quimioterapia. Por eso, cuando se trataba de ella, esos siete minutos sí que le parecían extraños.

Pero aun así, no le preocupaba.

16:08.

Decidió aprovechar el tiempo mientras la esperaba para ponerse al día con unos formularios pendientes. Ser el médico que atendía a la presidenta de la comunidad le había dado todavía más popularidad que antes, y el número de pacientes que ahora tenía había aumentado lo más que se pudo permitir. 

Sin embargo, se detenía cada tres palabras que leía para mirar la hora de reojo.

16:10.

No quería preocuparse; sabía que, además de ser paciente oncológica, Patricia era la presidenta, y las probabilidades de que se le presentara algún imprevisto eran muy altas. Pero había demostrado que, en ese momento, lo único y más importante en su vida era su salud.

16:13.

De repente, una sensación de vértigo le atravesó el estómago, dándole cuenta de que estaba más nervioso de lo que debía. Sin embargo, no quería imaginar escenarios catastróficos. 

No todavía.

—¿Doctor Moa? —La voz de Biel interrumpió sus pensamientos mientras entraba en la sala de consulta. Néstor levantó la mirada de golpe y se sobresaltó, como si lo hubieran atrapado haciendo algo indebido.

—El señor López está fuera, ¿le hago pasar o…?

—¿Has hablado con Patricia? —Su voz sonó más áspera de lo que había querido, lo que confirmó que, efectivamente, algo en esa situación lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Aunque había hablado con ella esa misma mañana, no veía la necesidad de compartir esa información con su residente. Desde que Patricia recibió el alta tras su segunda cirugía —una de las experiencias más difíciles de su vida, donde tuvo que reanimar su corazón con sus propias manos—, habían intercambiado mensajes todos los días. Desde el habitual «¿cómo te encuentras hoy?» de las mañanas hasta el «me gusta cómo te queda la bata blanca» que había recibido tres noches atrás, esos mensajes le ayudaban a mantener un seguimiento de su paciente. 

O al menos, eso era lo que se decía a sí mismo.

—No —respondió Biel, devolviéndolo al presente—, no me ha escrito tampoco. Puedo llamarla; tal vez esté en camino.

Néstor suspiró, negando con la cabeza mientras volvía a mirar su móvil: 16:18. Sin nuevos mensajes, mucho menos de ella.

—No, no podemos seguir demorando al resto de los pacientes. —La respuesta que quería darle estaba muy lejos de las palabras que se sintió obligado a enunciar, pero era cierto. Patricia no era su única paciente; muchas otras personas lo estaban esperando. —Dile al señor López que pase, por favor.

Intentó concentrarse durante toda la consulta y evitó, con todas sus fuerzas, dejar de imaginar que su móvil se iluminaba con un mensaje de ella. La siguiente paciente era un caso mucho más rápido y ameno, ya que casi se encontraba recuperada, lo que le permitió darle toda su atención durante esos minutos. Sin embargo, cuando entró la siguiente mujer, su corazón dio un vuelco. Era rubia, con el pelo corto, y vestía un traje rojo que resaltaba el color de su piel.

Solo pudo pensar en una persona.

Era la primera vez que se atendía con él, así que no conocía su caso, pero se esforzó por escucharla atentamente mientras leía los análisis que le entregaba. Cuando la voz de aquella mujer se quebró, él le dio un suave apretón de mano, pero, por alguna razón, no logró encontrar las palabras correctas para consolarla, lo que no era habitual en él.

Para nada.

Siempre había sido un médico capaz de poner a sus pacientes en primer lugar, diciendo la palabra adecuada en el momento justo, acompañando con dedicación, día y noche. Esto no era para nada común en él.

Cuando la mujer se marchó, Néstor sintió que ya no podía más.

Miró la hora en su móvil y se puso de pie sin pensarlo. 

17:22.

—¿Pasa algo? —preguntó Biel. 

Se había olvidado de que el chico seguía allí. 

—¿Tienes la llave de la casa de Patricia? —preguntó mientras intentaba llamarla. 

Sin respuesta.

Sabía que Patricia le había dado una copia de su llave a Biel para emergencias. Junto a Emilio, eran las únicas personas que la tenían.

—Está en mi taquilla —respondió Biel, observando cada movimiento de Néstor mientras este comenzaba a recoger sus cosas—. ¿Por qué?

—Voy a necesitarla.

Se quitó la bata y la dejó sobre la mesa, buscando la chaqueta que había llevado esa mañana.

—¿Ha pasado algo? —La preocupación en la voz de Biel era evidente y Néstor se reprendió en su interior. No quería asustarlo sin tener certezas, ni necesitaba que alguien más fuera testigo del desastre de médico en el que se convertía cuando de Patricia se trataba. Ya tenía suficiente con saber que Pilar sospechaba de lo que ni siquiera existía entre ellos; no quería que su residente también dudara.

De reojo, vio a Biel levantarse de la silla.

—Voy contigo.

—No —se apresuró a responder. Al ver la expresión de Biel, confundido, suspiró—. Necesito que avises al resto de los pacientes y te hagas cargo de los postoperatorios.

Biel no pareció convencido, pero eso poco le importaba. Tomó su móvil e intentó llamar a Emilio, quien tampoco contestó. Parecía como si todos estuvieran conspirando para poner a prueba su resistencia.

Guardó el teléfono en el bolsillo y caminó hacia Biel, esforzándose por mantener la calma, aunque por dentro deseaba gritar.

—Ve a buscar la llave mientras termino de recoger mis cosas —pidió, intentando que su voz sonara lo más relajada posible y, forzando una confianza que estaba lejos de sentir, agregó—: Te mantendré al tanto, lo prometo.


Intentó disipar el recuerdo de verla inconsciente en el suelo del baño de su casa mientras conducía su moto a toda velocidad. Tampoco pudo evitar pensar en la vez que se había desmayado, cuando aún tenía la cabeza apoyada en su hombro, ni el miedo que lo había invadido en la consulta unas semanas atrás, al notar que estaba algo más delgada y sin fuerzas.

Patricia le había dicho que solo estaba teniendo un mal día, pero él sabía perfectamente lo que sucedía.

Las miles de posibilidades invadían su mente mientras veía, a lo lejos, la casa de Patricia, que se volvía cada vez más grande a medida que se acercaba. Aparcó frente a la entrada y se apresuró a apagar la moto antes de correr hacia la puerta, que tardó unos segundos en abrir, y ni siquiera se preocupó por cerrar.

 —¿Patricia?

Bajó las escaleras de dos en dos mientras analizaba cada rincón de la casa que alcanzaba a ver. Había una taza sobre una de las mesas y un plato en el que aún quedaba un trozo de pollo y algo de ensalada.

—¿¡Patricia!?

Se asomó a la zona de la piscina y luego corrió hasta el baño, e intentó la cocina, donde tampoco tuvo suerte.

—¡PATRICIA!

—¿¡Pero tú eres gilipollas!?

La escuchó antes de poder verla, pero la velocidad con la que su alma regresó a su cuerpo fue inmediata. Se giró rápidamente en la dirección de su voz y soltó el aire que había estado conteniendo hasta ese momento al mirarla.

—Casi me matas del susto. —Su voz sonó más áspera de lo que hubiese querido, pero hacía cinco años que no sentía el terror que acababa de vivir—. ¿Sabes la hora que es? ¿Por qué no has venido a la cita?

El enfado que sentía era hacia sí mismo y lo sabía. Enfado por haberse dejado llevar, por haber abandonado sus responsabilidades en medio del día para cerciorarse de que una de sus tantas pacientes estuviera bien.

Sabía que en eso último estaba la mentira que tanto tiempo llevaba diciéndose.

A medida que empezaba a calmarse y la adrenalina abandonaba su cuerpo, pudo mirarla con un poco más de atención. Los ojos de Patricia todavía no estaban del todo abiertos; su pelo, siempre peinado, estaba semirecogido y algo deshecho, y podía jurar que había una marca en el lado izquierdo de su cara.

La almohada, supuso. 

—Me he quedado dormida. 

Sintió como si le apretaran el corazón por unos segundos al escuchar su voz ronca y débil al pronunciar esas palabras, y se tomó un momento más para analizarla de arriba abajo, como si pudiera encontrar el origen del problema solo con mirarla.

Lo único que sus ojos retuvieron fue la falta de calzado y la camiseta blanca de algodón que no le cubría ni la mitad de los muslos y que dejaba en evidencia que no llevaba sujetador.

Imaginó que así se vería si algún día se despertaba vistiendo una camiseta de él.  

Los ojos de Patricia, todavía algo perdidos mientras miraba a su alrededor, fueron los que lo devolvieron al presente.

—¿Te encuentras bien?

Dio unos pasos más en su dirección y, sin pensárselo demasiado, extendió su mano derecha hacia la mejilla marcada de ella, queriendo borrar las líneas de la almohada con su pulgar, sabiendo que era físicamente imposible hacerlo.

Pudo jurar que la sintió dejar caer su cabeza en la palma de su mano mientras volvía a mirarlo:

—Es la puta quimio esta, que me deja agotada. 

Se la veía tan cansada que lo único que quiso fue ofrecerle que apoyara su cabeza sobre su hombro, que descansara allí un rato. Tal vez, incluso, se animaría a rodearla con sus brazos, como había querido hacer aquella noche en el hospital, cuando ella le había hablado de la ironía de que un hombre sano como él tuviera tan pocas ganas de vivir. 

Sintió cómo sus ojos lo analizaban mientras seguía perdido en su ensoñación y, cuando devolvió su atención a ella, pudo ver la mirada incrédula y algo divertida con la que lo observaba.

—¿Has venido hasta aquí a los gritos solo porque no llegué a nuestra cita?

La pregunta lo volvió tan consciente de sí mismo que retiró la mano de su mejilla automáticamente. El rostro de Patricia, iluminado, empezaba a dejar atrás los rastros de cansancio para dar lugar a un brillo propio de saberse especial; de confirmar, por el silencio de Néstor, que se había preocupado.

Que le importaba.

—Soy tu médico, Patricia. Conozco los efectos de la quimioterapia y… no sé, la imagen tuya desmayada en el suelo de tu baño hace unos meses no me dejaba tranquilo. —Sabía que estaba hablando de más, pero se había metido en su casa sin permiso y la estaba viendo en un momento vulnerable, así que quiso ser sincero—. Tenía miedo de que te hubiera pasado algo y estuvieras sola.

Pudo ver en sus ojos el impacto de aquellas palabras. La sonrisa de Patricia se hizo evidente en su rostro mientras lo miraba de arriba abajo, dando un paso en su dirección.

—¿Y vas corriendo a la casa de todas tus pacientes cuando faltan a sus citas? —preguntó, repasando cada centímetro de su cara antes de agregar—: Igual es un poco stalker , ¿no crees?

Néstor negó con la cabeza, divertido, sorprendiéndose una vez más con lo ocurrente que podía ser esa mujer. Había algo en ella que lo tenía fascinado: no sabía si era el hecho de que siempre tuviera una respuesta para todo o que, aun después de tanto tiempo, todavía fuera capaz de dejarlo sin palabras.

—Me preocupo por ti —se limitó a decir. Porque era cierto, y ese era el problema.

La vio morderse el labio inferior y quiso saber si se estaba conteniendo tanto como él. Estaba tan cerca que podía sentir cada una de sus exhalaciones rozándole el pecho, y sabía que no había excusa profesional que le alcanzara para justificar el estar en la casa de una paciente mientras ella vestía tan poco.

Y ese pensamiento lo abofeteó con una fuerza que le sacó el aire. 

No estaba siendo profesional. Para nada. Todo su profesionalismo se había disparado por la ventana desde el momento en que dejó que la preocupación por el bienestar de esa mujer fuera más importante que la de cualquier otro de sus pacientes.

O quizás había perdido su profesionalismo cuando se sintió morir en aquella sala de operaciones al escuchar que su corazón empezaba a fallar.

Incluso pudo haberlo olvidado cuando le confesó detalles personales que ni siquiera sus mejores amigos sabían. 

Y enfrentarse a esa verdad fue lo que hizo que dejara caer su cabeza, rompiendo el contacto visual con ella para mirar al suelo, como si estuviera avergonzado. Porque permitirse sentir lo que estaba sintiendo era peligroso, y considerar la posibilidad de volver a dejarse llevar de esa manera… 

—No sé si voy a poder seguir así, Patricia —murmuró, más para él que para ella, deseando muy dentro suyo que no lo hubiese escuchado, permitiéndole seguir actuando como lo había estado haciendo hasta ese momento.

Pero la tensión en el ambiente fue evidente, y el silencio sepulcral lo obligó a levantar la mirada, encontrando la seriedad en el rostro de Patricia. 

—¿Así cómo?

Pudo ver el miedo de ella en sus ojos, como si supiese lo que iba a decirle y tuviese que aceptarse a sí misma que era lo correcto. Y la entendía, claro. 

Él tampoco quería admitir que estaban cruzando el límite. 

—No sé si puedo seguir fingiendo que eres solo una paciente. —Su mirada fija en la de ella le suplicaba que lo entendiera, que no le hiciera dar tantas explicaciones. En sus más de veinte años de carrera, jamás le había fallado a su propia ética de esta manera, y prefería no tener que ahondar en eso—. Está claro que no eres solo una paciente para mí.

Le ofreció una media sonrisa que no alcanzaba sus ojos, y sentía que su corazón se encogía al ver la decepción en el rostro de ella.

Pero necesitaba que lo entendiera. 

—Esto puede ponernos en peligro —dijo y, frunciendo el ceño al darse cuenta de la realidad de sus palabras y lo que realmente lo asustaba, agregó—: Esto puede ponerte en peligro a ti.

Su voz temblaba ligeramente, revelando la preocupación en su interior.

—Para —pidió ella, negando con la cabeza, su tono firme pero áspero.

—Yo no puedo vivir así, Patricia. —Néstor se pasó una mano por el pelo, claramente agobiado, intentando hacerla entender algo que ni él estaba completamente dispuesto a lograr—. Lo siento mucho.

Los ojos de Patricia se llenaron de tristeza y la vio desviar la mirada hacia el suelo.

—Creo que lo mejor será que empieces a tratarte con otra persona.

Néstor dio un paso atrás, como si quisiera alejarse del dolor de sus palabras, y comenzó a girarse en dirección a la puerta cuando la escuchó:

—Néstor, yo te necesito conmigo. —La voz de ella se entrecortó y, en un susurro, tan bajo que se le hizo casi imperceptible, agregó—: No sé si puedo hacer esto sin ti…

De reojo, la vio caminar hacia él, buscando su mirada, pero él se negaba a encontrarla. 

—Lo que tú necesitas es un médico que pueda mirarte y solo vea a su paciente, y no a un hombre que… —Néstor se detuvo, incapaz de completar la frase, susurrando las últimas palabras con una mezcla de impotencia y frustración.

El silencio se convirtió en protagonista durante algunos segundos, ninguno de los dos atreviéndose a romperlo por miedo a decir alguna palabra equivocada.

—¿Que, qué? 

Pero Patricia demostró ser la más valiente de los dos. A pesar de que cada célula de su cuerpo le reclamara lo contrario, Néstor buscó sus ojos, encontrando una desesperación en la mirada de ella que solo había visto una vez antes: 

Cuando le rogó que le salvara la vida.

Incapaz de responder, Néstor negó con la cabeza, sin poder darle la respuesta que realmente había quedado en el aire. La conversación lo había desgastado tanto física como emocionalmente, y cada segundo que pasaba en presencia de ella le hacía más y más difícil el seguir ocultando todo lo que sentía. 

Se limitó a ofrecerle una media sonrisa mientras su mano subía de nuevo hasta la mejilla de Patricia, acariciándola una última vez a modo de despedida. 

Después de todo, solo había ido hasta allí para cerciorarse de que estuviera bien, y ya había comprobado que así era.

Pero cuando iba a dejar caer su mano, la de ella lo detuvo; el calor de sus dedos alrededor de su pulso lo obligó a contener la respiración.

—Espera.

Patricia volvió a ubicar la palma de Néstor contra su mejilla, reteniéndola ahí, mientras daba un paso en su dirección, deshaciendo los últimos centímetros de distancia entre sus cuerpos. Con los ojos de ambos negados a romper el contacto, pudo verla a ella cerrar los suyos y la manera en la que suspiró justo antes de ponerse de puntillas le hizo saber exactamente lo que estaba a punto de pasar. 

Y no se resistió. 

Cerró los ojos cuando los labios de ella rozaron los suyos, un contacto tan sutil que su cerebro demoró unas milésimas de segundo en registrarlo. Pero cuando lo hizo, supo que quería más.

La mano que no seguía agarrada por Patricia fue a parar a su nuca, enredándose en las puntas de su pelo, que resultó ser mucho más suave de lo que había imaginado, al mismo tiempo que los dedos de ella se colaron debajo de la chaqueta de Néstor para clavarse en su espalda. Su boca se pegó a la de ella con más decisión, y la sintió soltar el aire por la nariz a la vez que entreabría sus labios ligeramente, movimiento que él reciprocó.

Fue un beso corto, no duró más que un par de segundos, pero fueron suficientes para memorizar la suavidad de su boca y la sensación del pecho de ella contra el suyo. 

Sin abrir los ojos, se separó lo suficiente para dejar caer su frente contra la de ella, sus dos manos acunándole la mandíbula para mantenerla allí. 

—Lo que quería decir era que yo tampoco te veo solo como mi médico. 

Sonrió sin poder evitarlo, disfrutando de tenerla cerca. Las respiraciones de ambos eran el único sonido dentro de aquellas cuatro paredes, y se permitió, por solo unos segundos, alejarse de su rol de médico para poder ser simplemente un hombre que, finalmente, había besado a la mujer que le había hecho volver a sentir.

Sin embargo, las palabras de Patricia resonaron en su cabeza, el ruido de ellas tan alto que opacó todo alrededor. 

—Pero deberías. 

Con pesar, abrió los ojos, separando sus frentes aunque sus manos siguieran acunándole el rostro. Sus miradas volvieron a encontrarse, tan cerca que todavía respiraban el mismo aire, a pesar de que Néstor sintiera que la distancia entre ellos empezaba a crecer poco a poco.

—Y si quieres que lo siga siendo, sabes que esto no puede volver a pasar —murmuró, con pesar. 

Patricia chasqueó la lengua, sus ojos analizándole cada centímetro del rostro, como si quisiera leerlo entre líneas. La última vez que habían hablado tan explícitamente de lo que estaba pasando entre ambos había sido en el hospital, en el baño de la habitación de ella. En esa oportunidad, Patricia había sido la voz de la razón.

Odiaba que esta vez tuviera que ser él.  

—Lo sé. —La mirada de ella se clavó en la suya y Néstor sintió frío de golpe cuando la vio dar un paso hacia atrás, soltándolo a la vez que lo obligaba a soltarla—. Tienes razón, ya lo hemos hablado otras veces y… —Patricia negó con la cabeza, su semblante mucho más serio—. Perdona, no debí…

—Me alegra que lo hayas hecho —se apuró en agregar, para no escuchar cómo se castigaba por haber hecho algo que, en el fondo, ambos llevaban tiempo queriendo—. Me alegra mucho que lo hayas hecho —enfatizó, esa vez un poco más bajo.

Los ojos de Patricia volvieron a iluminarse, y él lo sintió como una victoria. Nunca iba a querer ser la razón por la que ella se sintiera culpable. No si podía evitarlo. Los dos sonrieron, cómplices, como si estuviesen decidiendo que, a pesar de que aquello no podía volver a pasar, sí que había valido la pena dejarse llevar.

—No ha estado mal, ¿no? —preguntó ella, alzando las cejas, como si de repente estuviera orgullosa. 

Néstor rio por la nariz, mirándola de una manera que sabía que le respondía todo lo que no podía decirle con palabras. Y cuando sus ojos se clavaron en los dientes de Patricia jugueteando con su labio inferior, supo que era momento de irse.

Sonriéndole una última vez, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.

Esa vez ella no lo detuvo.

Dedicó todo el viaje de regreso a imaginar qué hubiese pasado si lo hubiese hecho.

Notes:

Si no renuevan esta serie no respondo por mí misma.

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