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Cuando se acercaba una guerra, debería ser simple escoger un bando para los seres malditos como él. Seguir a la sombra proveniente del norte era lo lógico. Con ellos, no sería juzgado por el simple hecho de existir, sino por su valor en el campo.
En un pasado lejano, Shuichi Iguchi había sido un joven pragmático y aislado, con un alto sentido de la justicia que fue robada a los marginados. Pertenecía al grupo de personas que no se enceguecen por la magia y sus posibilidades, de aquellos capaces de ver la desigualdad de poder que esta generaba.
En ese mundo lleno de portadores mágicos, desde hechiceras y jinetes de dragones, hasta vampiros y cambia formas, pasando por un sin fin de artefactos que otorgaban poder a la realeza de turno, también existían los marginados sin habilidades especiales. Shuichi había sido un hombre común, admirando al único caza recompensas respetable del continente. Stain, el cobrador de deudas, era un espadachín sin igual que hacía pagar a los poderosos corrompidos.
El día que Shuichi vio que lo atrapaban los hombres del Rey Todoroki e intentó ayudarlo, terminó siendo maldecido por un hechicero de la corte.
Lo transformaron en un hombre bestia. Teniendo cabeza y piel de lagarto pero el resto de fisionomía humanoide, creyó que el detalle más cruel fue que su mente estaba intacta. Enloquecer habría sido más simple. Perderse en el salvajismo y arremeter como un animal le habría asegurado, por lo menos, una muerte rápida para caer en el olvido.
Vivir maldito era todo un desafío.
Vivir maldito con el mundo en aras de una guerra, se volvió tedioso. Antes, intentó forjar un camino como caza recompensas, similar al de Stain, pero ahora, debía escoger otro camino.
Se acomodó la capucha sobre la cabeza y salió de la taberna donde hizo una breve parada. Había estado viajando, cazando algunas personas sin escrúpulos para comprar provisiones, cuando escuchó sobre una fuente natural que revelaba el pasado real de una persona.
Muchos en el continente ocultaban su verdadera identidad y por consiguiente, sus pasados nebulosos. Shuichi también lo hacía, llamándose a sí mismo Spinner para el resto de la gente. Pero no sería su propio pasado el que ansiaba ver, no, era el de otro viajero con quien se cruzó una vez.
Había sido un hombre joven, de talle esbelto, con cabello azul grisáceo y ojos rojos como la sangre. Le dijo, formando palabras con labios agrietados, que sus habilidades serían útiles si lo seguía para unirse a las fuerzas del norte. Se acercaba una fuerza destructora de cambio, le había advertido, que acabaría con lo que Spinner luchaba día a día por erradicar. Y tal vez, algo podría renacer de las cenizas para quienes lo acompañasen en la cruzada.
—¿Ves estás manos malditas, Spinner? Con ellas voy a deshacerme de lo que odias.
Una declaración hecha impasiblemente, en medio de una posada abarrotada de clientes agotados y borrachos. Luego, antes de despedirse, Shigaraki le dejó una mano disecada como recuerdo y una última afirmación críptica, despertando aún más su interés.
—Sabrás cómo usar esto si llegas a la aldea más próxima hacia el noreste.
Y eso había sido todo.
Spinner caminaba con los nervios a flor de piel para alcanzar la fuente.
Para revelar el pasado de una persona, solo necesitaban arrojar una de sus pertenencias adentro. Él quería, o mejor dicho, necesitaba conocer la verdad detrás de una convicción tan devastadora como la de Shigaraki: un hombre extraño y solitario —aparte de un Hombre Sombra que lo seguía—, que había visto potencial en Spinner para formar parte de algo significativo, de algo enorme.
Fue más fácil de lo esperado encontrar la fuente. La cueva emitía una energía similar a la del hechicero que lo maldijo, así que, ignorando el escalofrío que bajó por su columna en advertencia, ingresó en la caverna siguiendo el rastro y alcanzó el borde de la fuente tras un par de metros.
Afirmó la antorcha que portaba contra un saliente de roca y sacó la mano disecada de su bolsa de viaje. Se arrodilló con cuidado en la orilla y, con un mínimo atisbo de duda, arrojó el objeto a las aguas tranquilas.
Lo que vio le dejó un mal sabor de boca, muy similar al que sentía cuando los señores feudales hacían de las suyas con los niños del pueblo.
Tanto rencor, tanto deseo de compensación por la desidia, le subió amargo por la garganta y despertó su ira justiciera como nada antes.
La vida de Shigaraki había sido dura, injusta, bajo el yugo de un señor padre violento, de cadenas formadas de secretos y una caída provocada por la desesperación de alguien más: un agente oculto. Había obtenido un atisbo de libertad por la misma magia oscura que destruyó su vida, pero era una magia inesperada al fin y al cabo, salvaje, que con los años había hecho suya para hacer pagar al mundo que lo creó y lo rechazó por ser lo que era.
Shuichi —Spinner—, podía entender esas ansias de retribución y justicia vengativa.
Tal vez, si lo acompañaba en su cometido, podría ver un paisaje nuevo, libre de lo que les ha hecho tanto daño, ausente de aquello que en el futuro no podría ser mejor.
