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ArgChi Week 2024

Summary:

One-shots inspirados en las prompts del año 2024 para la ArgChi Week.

Chapter 1: Día 1: Celos / posesividad: Consumición

Chapter Text

A veces pienso en todo aquello que no te digo, que me guardo para mí mismo porque está mal decirlo, porque expresarlo es inmoral, no es correcto. Vos viste que pensarlo no es lo mismo que tener la intención de hacerlo. Suena pretencioso citar a grandes eminencias, pero yo creo que a vos te gusta un poco que yo sea pretencioso y a mi me gusta un poco eso de justificarme, así que igual parafraseo a Kant cuando digo que según su ética deontológica, las acciones deben ser juzgadas por su conformidad con el deber y la ley moral, más que por las intenciones detrás de ellas. Mis acciones son limpias, hablan por mí, por lo que hago, por lo que quiero, por lo que me apasiona. Yo soy mis acciones.

Por otro lado, también paso a citar a Freud, con lo que vos sabés que a mi me gusta leerlo. Entre sus escritos, él postula que los pensamientos y deseos inconscientes no necesariamente se traducen en acciones conscientes, por eso habla de cómo lidiar con los pensamientos y deseos reprimidos, y podés tomar esto como una larga introducción de mi manera de lidiar con mis pensamientos menos honrados y mis deseos más reprimidos.

Y declaro, así por escrito porque no estaría bien gritarlo desde el balcón hacia la ciudad (aunque lo haría, creo que los dos sabemos que lo haría sin problema), que odio detesto desprecio me muero perezco enfermo agobio grito lloro y sufro cada vez que los ojos ajenos te miran, cada vez que otra persona pasa un tiempo considerable (y mínimo) con vos, incluyendo la gente con la que trabajás, los que te cruzás en el ascensor (¡qué íntimo!) o la persona que se sienta al lado tuyo en el transporte. Es insoportable.

Haría una lista de todos aquellos con los que te cruzás, inclusive los que tienen una probabilidad espacial de inmiscuir sus caminos con el tuyo, y con tu cucharita preferida que usás para el té, les sacaría los ojos. Simple, limpio, hasta si me lo pidieras, indoloro.

Pienso inmediatamente en tirarlos, en ponerlos a todos en una bolsa que acomodaría alineada con la rueda delantera del auto para hacerlos el puré de papas definitivo. O más poético, tirarlos en la misma bolsa al mar como una disculpa para que puedan ver algo menos hermoso que a vos; el océano, los peces, los tiburones, las medusas. O sería menos compasivo, podría enterrarlos en el patio de la casa para que sólo vean la negrura de la tierra; sin bolsa, para que también sientan la constante tierra sin poder quitarla de su visión.

También pienso en guardarlos en un cajón, en un baúl, en frasquitos. Clasificarlos por color. ¿Regalártelos? En formol. Pero no me gustaría que los tengas. Mis ojos son los únicos que deben ser tuyos, a la vez que son los únicos que deberían verte.

Lo mismo haría con sus lenguas y sus dedos. No deberían tocarte, nunca sin querer y mucho menos a propósito. No me gustaría que nadie te endulce los oídos como lo hago yo, que nadie te mienta, que nadie te engañe, que nadie te prometa, que nadie te encandile, que nadie te quiera con palabras, sino con una tristeza de jamás poseerte. Sí, que te quieran a la distancia, con desazón, con una envidia insana hacia mí, con resignación, con un dolor que jamás podrá sanar (porque de eso se trata amarte, un dolor que jamás sanará). Deben quererte como se quiere a Dios, sin los sentidos, sólo con la fe.

Por supuesto, es mucho más fácil reservarte del mundo que mantener al mundo a raya. Entonces me gustaría, en esta enrevesada y disparatada fantasía, pedirte que me acompañaras por las buenas. A una casa en las montañas, donde sólo seríamos vos y yo. Ya sé que no aceptarías y lo entiendo, tenés tu vida. Y por las buenas con vos nunca son las cosas, porque aunque lo niegues, vos sos como yo; preferimos el drama, el acting , la performance . Las complicaciones porque sí. ¡Qué lindo complicarse, Manuel, qué bella es la vida cuando se sufre en su justa medida!

Pero vos me hacés sufrir demás, y he aquí el quid de la cuestión. Vos no vendrías voluntariamente, y yo lo sé. Lo que no sé es si me negarías para que te fuerce o de verdad tu rutina te parece así de importante. No me molestaría, ¿Sabés? Te pasaría a buscar un día al trabajo. Iríamos a tomar, borracho te llevo a cualquier parte, pero cambio de idea en seguida porque de sólo pensar en ir a un bar con otra gente, que te vean en camisa, con la corbata desatada, con el pantalón formal, con esa mirada de cansancio pero de relajo, de que por fin ya no hay responsabilidades, de que por fin estás conmigo, de que por fin nos reunimos como debe ser, como dictamina el destino y los designios y la mar en coche. No, no te expondría así.

Te emborracharía en tu casa o te contaría una mentira piadosa como si fuera un cuento. Y ahí te llevaría a nuestra casita, nuestra cabaña, nuestro futuro hogar del que no vas a salir más.

Sé que te resistirías en un principio, que tendría que atarte: me emociona esa parte. Si igual te gusta que te ate, por más que el contexto sea distinto. Te mantendría unos días así, unos largos donde yo me haría cargo de todo. Estarías amarrado a la cama, con tal de que estuvieras cómodo. Te cocinaría las exquisiteces más gourmet del mundo, aprendería a hacer tus comidas favoritas igual que tu mamá, tu abuela, tu tía, tus restorantes favoritos. Te daría de comer en la boca, porque no me voy a arriesgar. Y yo te conozco, te conozco mejor que nadie, sé que te harías el enojado y me seguirías el juego, lucharías para zafarte hasta que no tenga más opción que atarte también de piernas.

Con el tiempo vas a comer. El hambre le gana a cualquier pensamiento cuando sale del estómago hacia todas partes. El hambre es tremendo, no te deja pensar, te hace víctima de una debilidad del cuerpo y de las convicciones más profundas. Una vez que se instala en la cabeza es imposible negar una rica comida, menos si cierro todas las ventanas para que el olorcito casero se quede adentro durante horas. Y te voy a tener paciencia. Te voy a leer novelas enteras antes de irnos a dormir, te lavaría con suma delicadeza, con una esponja y toallitas húmedas, te besaría como siempre lo hice por más que me muerdas. Si igual me gusta que me muerdas, por más que el contexto sea distinto. Y eventualmente, vas a comer. Porque el hambre te ganó o porque mis amenazas de meterte suero, con tal de que tu salud no se vea afectada, surtieron efecto.

Las llaves del auto estarían tan bien escondidas que me gusta pensar en el momento exacto en el que te rendís. En algún punto te das cuenta que escapar es ridículo. La vida conmigo es buena, es tranquila, si bien te estresás un poco al principio con todo este tema del secuestro simulado, al final lo terminás aceptando. Te suelto, vivimos muchos muchos años, muy felices.

Pero te confieso que una parte de mí fantasea que no lo hacés. Que sos tan cabeza dura que jamás te rendís. Y en un intento desesperado por escapar te lesionás de una manera imposible de sanar, por ejemplo un tobillo o un brazo. Tengo que cortarlo, tengo los medios, si igual estamos tan pero tan lejos que no llegaríamos al hospital a tiempo. Tampoco me gustaría llevarte, a que te miren y te toquen otros médicos. No, no, impensable. Tengo que ser yo. Y jamás en mi vida dejaría que una parte tuya se pudriera, entonces vos sabés lo que sigue a continuación: la consumición.

Es tan simbólico como literal. Por más que me gustaría hacerlo a lo animal, a lo bestia, a lo crudo e hincar mis dientes en la carne hasta desgarrarla, saborearla y tragarla, entiendo que eso me traería problemas. Y yo no puedo enfermarme, ¿Quién se haría cargo de vos? Entonces tengo que cocinarte. Sería un poquito egoísta acá, me gustaría comerte todo solito yo, pero creo que si insistieras lo suficiente podría compartirte un pedacito. Sí te dejaría elegir el cómo, la receta, el tipo de cocción. Es lo que corresponde.

Y también cabe la posibilidad de que haya otro final no tan feliz. Que a mi me ocurra algo y también sepa que voy a morir. En ese caso, el acto de consumición se daría al revés. Apuñalaría todas las ruedas del auto antes de ir por las partes que puedo desechar de mí mismo. Las piernas, en diferentes secciones: pie, pantorrilla, muslo. Después la otra. También te dejaría elegir, si quisieras un asado, un salteado con verduritas, unas milanesas, sólo un bife bien cocido y jugoso. Quizás pudiera con un brazo también. ¿Con suficiente anestesia podré quitar lo que no es vital? ¿Un pulmón, un riñón, una porción pequeña de mi corazón? Me gustaría pensar que sí. No podría darte más, pero quedaría mi cadáver fresco a tu plena disposición. 

Y me gustaría verte comerme, al menos con mis últimas fuerzas.

Amaría que me comas entero. Que cuando se acabe la comida, no te quede otra alternativa que consumirme, que tenerme adentro tuyo para siempre. Que sales mi carne con tus lágrimas de dolor, del dolor de perderme. Pero nada se pierde y todo se transforma, los dos lo sabemos, entonces viviría para siempre en vos hasta que tu cuerpo perezca al lado de mis restos en la cabaña.

Son sólo fantasías que pienso de vez en cuando. Te las cuento porque es una manera de quererte, de hacerte llegar todos estos pensamientos lindos con los que me entretengo cuando no estamos juntos, cuando te extraño, que es siempre. Me gustaría que conservaras esta carta con anhelo, como un disparador de tus propios deseos inmorales e inconscientes. Lo comparto con la mínima esperanza de que haya una parte tuya que haya disfrutado de mis anhelos, o al menos, del modo obsesivo en el que te amo.

                                                                                                          Feliz aniversario,

                                                                                                                                                                       te ama con locura,

                                                                                                                                                                                                                Martín.