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Summary:

Su relación podía estar manchada, pero también tenía múltiples matices de hermosos colores.

Notes:

Hola :)

Este trabajo es una compilación de one-shots conectados para el reto FLUFFTOBER 2024 de la página de Facebook "Es de Fanfics". Vi el reto en facebook e inmediatamente se me ocurrió una historia bonita con estos dos que no dejan mi cabeza desde que salió la serie, así que acá estamos, ya tengo todo planeado, veremos si al final termina como se veía en mi mente :') de atemano, muchas gracias a quienes leen <3

Chapter 1: Día 1: Primer Día de Novios

Chapter Text

Adán despertó con la ruidosa melodía dispareja del barrio donde estaba viviendo, las aves mañaneras, que en este caso fueron gritos y disparos en el departamento de abajo, lo sacaron del sueño más plácido que había tenido en décadas. Se talló el rostro con la diestra al tiempo que soltaba un gruñido bajo, poco tardó en darse cuenta que está sudando, y el pensamiento de tener mucho calor nubló su cerebro, en efecto a ello, desenredó sus piernas de lo que sea que estaba abrazando e intentó patear las mantas a un costado; es entonces que un lacerante dolor le dió desde la parte baja de su espalda hasta la cintura, sacándole un quejido. Fue en ese momento cuando decidió, con pesar, abrir los ojos, despidiéndose mentalmente de prolongar su sueño por ese día.

Cuando su mirada finalmente enfocó algo se quedó congelado, pues ahí, al otro lado del sofá-cama, estaba el mismísimo rey del infierno, desnudo, al igual que él, con los ojos abiertos cuan ciervo a los faros de un coche y brillando en un profundo rubor dorado que le cubría toda la cara. Los recuerdos golpearon a Adán con la fuerza de un huracán, la pelea, la confesión irritada de Lucifer, los besos duros, el sexo enojado, las lágrimas y, al final, una pregunta vergonzosa a la que Adán había respondido con más entusiasmo del que hubiese querido en primer lugar.

Ambos permanecieron en silencio por un largo momento, evitando mirarse directamente; los ojos dorados de Adán se mantuvieron fijos sobre una mancha de moho en la pared del fondo, admirándola como si esta fuese lo más interesante del universo.

Entonces, tal como se esperaba, fue Lucifer quien rompió la tensión, hablando mientras intentaba ponerse correctamente los pantalones.

— E-ey Adán, ¿tienes hambre? Podría hacer un pedido a domicilio, Charlie dice que por la zona hay una pastelería excelente que vende panqueques con miel de whiskey y… creo que- que podría gustarte— terminó diciendo en voz baja, inseguro con el ambiente pesado en la habitación.

Adán soltó el aire de sus pulmones en un suspiro silencioso, asintió con un sonido de garganta, quedándose tan quieto como pudo hasta que Lucifer se dirigió a las escaleras para incendios, saliendo por el balcón teléfono en mano. Estando solo, se apresuró a tomar una camiseta y unas bermudas, buscó consuelo en la sensación de sentirse físicamente cubierto, porque sus emociones estaban a flor de piel y eso era algo que desde siempre había odiado.

Volvió a tomar asiento sobre el delgado colchón, haciéndose un ovillo con las manos cubriéndose la cabeza, sintiendo que esta le iba a explotar en cualquier momento. Respiró entrecortado, viendo sus interacciones con el rey del infierno paseando por su mente una y otra vez, como un carrusel maldito, poniéndolo aún más nervioso de lo que ya estaba.

Hacía más de un año Adán había llegado al infierno con su ejército de exterminadoras para finalmente deshacerse de la estúpida princesita arcoíris, todo fue según lo planeado durante los primeros diez minutos, era acertado afirmar que, de Lucifer no haber intervenido, él habría completado su tarea con el éxito esperado por el cielo, sin embargo, el rey del infierno apareció y el resultado fue que Lucifer le rompiera la cara en una paliza televisada que fue legendaria (porque nadie nunca lo había derrotado así ), luego la diminuta demonio espeluznante de un solo ojo lo apuñaló múltiples veces por la espalda, haciéndolo creer que todo había terminado. Se creyó muerto, no mentía, podría jurarlo ante Dios si era necesario, pero despertó malherido en una cómoda cama king size, dentro de la habitación más grande que había visto jamás, con todo decorado de forma elegante, su sorpresa llegó a su punto álgido al notar al maldito Lucifer Morningstar, ojeroso y mal arreglado, dormitando en una silla a un costado.

Fue entonces que “retomó” su extraña relación con el diablo. Si bien, al principio de la historia, allá en el Edén, ambos habían… intentado algo , la realidad era que, fuera de ello, siempre se habían llevado mal y, en su defensa, Adán pasó al menos seis mil años sin verle la cara, odiándolo desde la lejanía por recuerdos ya demasiado borrosos y la estúpida decisión que le hizo tomar a Eva que lo alejó de ver a sus hijos. Lo detestaba, a él y a la maldita perra de Lilith, lo cual hizo aún más sorprendente lo que ocurrió después. 

Tras semanas de refugiarse en una habitación del solitario castillo Morningstar Lucifer le había ofrecido una especie de trato, Adán había sido dado por muerto tras el exterminio fallido, por ello el cielo no le estaba buscando, no tenía ningún lugar en dónde quedarse y el infierno era un sitio crudo para los recién llegados, hizo énfasis en que sería especialmente duro para él tomando en cuenta que había matado a muchos pecadores, su cabeza probablemente tendría un precio, y si bien era fuerte, no haría mucho contra la mitad de infierno encima suyo, así que el mismísimo diablo se haría cargo de él; al principio, el primer hombre hizo un desastre al intentar comunicarse con Sera, no aceptó nada de Morningstar hasta después de lograr comunicarse con Lute, ella le había dado los detalles: estaba en estatus de fallecido y como no había ascendido al cielo de vuelta todos creían que se había convertido en un pecador, así que sí, lo habían abandonado abajo. Le tomó algo de tiempo, unas cuantas semanas completamente ebrio para asimilarlo todo, pero finalmente lo hizo, fue a la habitación de Lucifer en mitad de la noche, le dijo que aceptaba cualquier cosa que tuviera e inmediatamente sellaron su acuerdo con un apretón de manos.

Cuando el hombre le dijo que pidiera lo que quisiera Adán exigió protección y algo para pasar desapercibido , porque durante ese tiempo había salido del castillo unas cuantas veces y la situación afuera definitivamente le dejó nuevos traumas, arraigando, a su vez, aquel pensamiento sobre eliminar a los pecadores. 

No, no pensaba lidiar con ellos completamente a su suerte. 

Así pues se le fue entregado un Cristal de Asmodeo unos días después, gema con la cual podría tomar la forma de un súcubo, ocultando su verdadera identidad de ángel. Así pues, su vida se resumió en tocar junto a otros demonios en bares de dudosa reputación para ganar dinero, porque ni loco tomaba todo lo que Lucifer le estaba dando, hasta conseguir un departamento en un sitio abandonado por toda bondad pero que, debido a eso, era muy barato. Y era suyo .

¿Qué le pidió Lucifer a cambio? Sumisión y obediencia, el tipo parecía disfrutar verlo de rodillas por horas sobre una de sus costosas alfombras, cabizbajo, sin hacer o decir nada, Adán lo toleró porque… bueno, un trato era un trato, Lucifer lo cuidaría de otros demonios, mantendría su ubicación bien guardada y, ocasionalmente, le daría dinero. Era un ganar-ganar, e incluso, hablando de quién sale más beneficiado, por supuesto que ese sería Adán, no le costaba limpiar jarrones caros, sacudir cortinas o arrodillarse al lado de la chimenea mientras Lucifer leía si eso significaba estar a salvo.

Durante los siguientes meses podía asegurar que todo estaba yendo viento en popa, pero era de Adán, el primer hombre, de quien se estaba hablando, para él las cosas nunca se mantenían estables por mucho tiempo. 

Fue una tarde especialmente dura para Adán, Lucifer había llegado de su visita semanal al hotel de su hija con un humor bastante pesado, más tarde se enteró que el motivo fue gracias al ridículo demonio ciervo que se hospedaba con ella, algo dijo o hizo, Lucifer no quiso especificar, que lo hizo enfurecer. Adán estaba en el seco jardín trasero, practicando con su guitarra, habiendo terminado sus tareas para ese día, solo necesitaba que el hombre llegara para constatar que realmente hizo su trabajo y sería libre de irse, o eso pensó, porque apenas lo vió, el primer hombre sintió el aura iracunda cernirse sobre todo alrededor, los cuernos visibles junto al halo de serpiente y la llama en el centro solo confirmaron lo obvio. Lucifer se dedicó, el resto de la tarde, a criticar su limpieza mientras le obligaba a volver a hacerlo todo, el ángel estaba enojado pero no quiso discutir, tenía ensayo con Deuce, Anne y Lidia a las ocho porque iban a presentarse al día siguiente en un festival, no podía simplemente pelearse con el maldito Lucifer solo porque tenía una astilla en el culo que él definitivamente no había puesto ahí. 

Está de sobre decir que no es un hombre paciente.

Veinte minutos, eso fue lo que le tomó a Adán lanzar el trapo al suelo y voltearse para gritarle al otro que relajara las tetas, le gritó por haberle hecho comenzar a limpiar nuevamente, dijo que nunca había tenido ningún problema con su trabajo, alegó el hecho de no haber sido quien le hizo enojar e hizo énfasis en lo injusto que era que Lucifer simplemente decidiera desquitarse con él porque no tenía a nadie más para hacerlo. 

Se quedaron en silencio tras ello, solo escuchándose los jadeos de adrenalina de Adán, quien esperó, con la barbilla en alto, a que el hombre se le fuera encima con un puñetazo.

Bueno… sí, se le fue encima, pero no de la forma en que esperaba.

Lucifer se movió repentinamente, como si lo hubiesen activado con un botón, yendo directo al ángel, Adán se encogió mentalizándose para el golpe, no obstante Morningstar, como poseído, lo tomó del cuello y le plantó el beso más caliente que jamás nadie le había dado.

Y no se detuvieron ahí.

Oh, por todos los cielos, por supuesto que no iban a detenerse ahí.

Después de todo, habían pasado más de diez mil años y estaban hambrientos .

Se mantuvieron en aquella constante durante meses, sexo de odio en cualquier lugar que se les antojara, a veces en su departamento, a veces en los sucios callejones tras los bares donde tocaba, otras cuantas en las abandonadas habitaciones polvosas de la mansión, e incluso, en su momento, el desgraciado los había teletransportado a su área privada en el hotel de su hija y se lo había follado contra la jodida puerta, con todos tomando la cena unos pisos más abajo.

Adán cayó rápidamente, se dejó llevar por la adictiva sensación que le trajo ese tipo de atención, porque llevaba milenios sin tenerla, Lucifer era un hombre inseguro hasta el infierno y eso lo hacía posesivo como ninguno, Adán, tontamente, jugaba con ello en cada ocasión que se le presentaba, porque el sexo después de hacerlo enojar solía ser bastante bueno.

Pero la noche anterior fue diferente.

El ángel había tenido un bajón emocional bastante severo, extrañaba las facilidades del cielo, el no tener que esconderse por miedo a ser asesinado, los cielos azules, las noches estrelladas, extrañaba la atención maternal de Sera, el visitar a Eva de vez en cuando, a sus chicas y, especialmente, extrañaba como el infierno pasar tiempo con Lute. Buscando llenar sus vacíos pidió un montón de comida chatarra por delivery, perdió el tiempo viendo telenovelas mientras acariciaba de vez en cuando las cuerdas de su guitarra, tocando acordes al azar; al tener oportunidad arrastró a su mejor perra en una conversación telefónica que duró horas y, cuando Lute tuvo que irse, no le tomó ni diez minutos decidir que se iría al pub más cercano a beber tragos de colores extraños hasta ponerse lo más ebrio posible. Se puso el collar con la piedra, activó su disfraz, agarró las llaves y se marchó sin mirar atrás.

No tiene ni idea de cómo terminó en un club de streptease al otro lado de la ciudad.

Pero las dos demonios tetonas enfundadas en trajes de cuero, quienes le bailaban en la cara, ciertamente lo estaban animando.

O eso hasta que el maldito collar brilló y abrió un portal que se lo tragó y escupió en el callejón a un costado de su departamento.

Las manos de Lucifer lo tomaron por el cuello de su camiseta, el movimiento le arrancó el collar, provocando que volviese a su forma original. Cualquier queja sobre su noche arruinada, o el que sus alas doradas definitivamente llamarían la atención en un mundo mayoritariamente rojizo, murió en su garganta se cruzó con los ojos rojos brillando en enojo, confusión, pero, especialmente, dolor.

El efecto del alcohol que Adán había bebido se esfumó conforme su sangre se enfriaba, él conocía esa mirada, la había visto muchas veces en el espejo cuando Eve recién lo había dejado. Lucifer se veía traicionado. Una risa sin gracia salió del pecho del ángel, el otro le miró desconcertado, como si le hubiesen dado un puñetazo. 

— No te atrevas a verme así, Lucifer, no te atrevas a parecer que te importa algo de esto, estás jugando, hombre, y entiendo que desarrolles algo de apego con tu juguete, pero también tomo mis propias decisiones y no te debo fidelidad solo porque me acuesto contigo— le había dicho, mirándolo con todo el odio que pudo.

No era mucho, en realidad, porque el hombre, en su diminuto tamaño, había llegado tal cual una bola demoledora a destruir buena parte de los escudos de Adán, el ángel se había descubierto a sí mismo pensando mucho en él, comprando cosas que creía podrían llegar a gustarle, esperando con ansias las llamadas o sus visitas nocturnas, inclusive se habían acostumbrado a cenar juntos todas las noches y, en caso de no poder asistir uno u otro, lo compensaban después. Adán sabía que las cosas entre ellos cambiaron su rumbo hacía bastante, pero el enojo que sentía con el hombre por todo lo ocurrido en el pasado aún era palpable, muy difícil de ignorar.

Al escucharlo Lucifer arremetió contra él con fuerza, desplegó sus alas sin soltarlo en ningún momento, un nuevo portal dorado se abrió, iluminando el húmedo callejón solitario, Lucifer sacudió sus alas con fuerza, empujándolos dentro; Adán se tambaleó por la fuerza, le costó un poco acostumbrarse a la oscuridad, sin embargo, tardó poco en percatarse que se encontraban de vuelta en su pequeño departamento. 

Unos labios fríos chocaron contra los suyos, el ángel subió la mirada, correspondiendo torpemente al contacto, lo único iluminando la habitación eran los brillantes ojos rojizos de Lucifer, observándolo fijamente, tan dolidos y enojados como Adán nunca hubiese esperado verlos, o al menos no dirigidos a él. 

Decepción era el nombre que estaba buscando. ¿Decepcionado por qué?

Su línea de pensamientos fue cortada cuando Lucifer lo arrastró aún de las solapas. Entre besos y empujones recorrieron el camino hasta el sofá-cama, como las veces anteriores, el aliento de ambos apestaba a alcohol, como las veces anteriores, y si bien eso siempre les había ayudado a desenvolverse, la realidad era que no estaban ni por asomo ebrios, como las otras malditas veces . Adán se dejó caer sobre el duro colchón plegable que ni siquiera se había molestado en recoger por la mañana, cediendo el control a Lucifer por esta vez, se lo debía, pues la anterior prácticamente lo había usado como quiso y, aunque el demonio era más resistente que él, ciertamente se había quejado por el trato. Al recordarlo, sonrió entre los besos que se daban, deleitándose con las manos de garras filosas que recorrían su torso con un hambre aterradora.

— Eres un maldito imbécil, Adán— susurró Lucifer, enterrando su rostro en el cuello del ángel, apretándolo en un fuerte abrazo, el aludido se rió amargamente, colocando una de sus manos en la espalda del otro, sintiendo el peso de una horrible discusión caer.

Y tenía razón.

— ¿Por qué? ¿Por vivir mi puta vida en paz?— inquirió el otro irónicamente, decepcionado porque ya estaba medio duro y por el ambiente alrededor esa noche podría no haber absolutamente nada entre los dos.

— ¡Por irte con cualquiera apenas tienes oportunidad! ¡No te di el cristal Asmodeano para eso!— gritó Morningstar, alzándose un poco pero apretando a Adán contra la cama con más fuerza de la necesaria, haciéndolo sisear. 

— ¡Me estás lastimando, imbécil! ¡Y no sé de qué mierda quieres que haga! ¡¿Quedarme encerrado todo el puto día solo porque sí?! ¡No me hubieras dado nada entonces!— rebatió, forcejeando inútilmente para zafarse, sintiendo que estaba siendo retenido por paredes de concreto.

— ¿No nos acostamos hace dos noches? ¿No es eso suficiente para ti, no soy yo suficiente para ti?— preguntó Lucifer, apretando el agarre en los brazos ajenos, luciendo, repentinamente, demasiado perdido para la seguridad de Adán.

Se estaba asustando. 

— ¡¿Ahora de qué carajo estás hablando?!— gritó exasperado, moviéndose como poseído para poder liberarse.

— ¡Puedo hacerlo mejor, Adán, lo juro! ¿Hay algo que no te esté dando, algo que quieras? ¡Sabes que puedes pedirme cualquier cosa, lo que sea!

Las ácidas palabras preparadas murieron en la garganta del primer hombre cuando escuchó a su acompañante sollozar, alzó la mirada, en shock, topándose con el rostro deshecho de Lucifer, lágrimas corriendo por sus mejillas, un puchero en sus labios, sus grandes ojos rojos cristalizados viéndole suplicantes, como los de un perro maltratado aferrándose a migajas de amor. 

Una punzada le dio en el pecho, no quería verlo así, no le gustaba.

— ¿Qué- qué se supone-...?

— Puedo hacerlo mejor solo… solo déjame demostrártelo— susurró entre lágrimas, tratando de sonreír pero viéndose patético en el intento. El ángel se detuvo, viéndole como si de repente le hubiera salido otra cabeza.

Sí, estaba enojado con el maldito demonio por arrastrarlo en una neblina luminosa desde el club de streaptease en donde estaba hasta el sucio callejón al costado de su apartamento, se molestó más todavía cuando Lucifer le reclamó sobre “usar de mala manera” el cristal de Asmodeo que le había otorgado cuando hicieron el trato, pero no quería pelear con él, no quería verlo llorar, no quería tener esa conversación porque le aterraba cualquier camino al que podría dirigirse.

— Tú eres quien decidió tenerme como su sucio secreto, no esperes fidelidad por estúpidos encuentros casuales— susurró, sonando muchísimo más ofendido de lo que realmente estaba.

Por supuesto, tenía que cagarla más.

Lágrimas nuevas escaparon de los ojos dolidos de Lucifer— ¡No eres mi sucio secreto, jamás me atrevería a verte de esa manera! 

— ¡Siempre lo he sido, desde que estuvimos en el Edén, hasta las reuniones donde engañabas a Lilith conmigo y ahora esto! ¡Podrías dejar de ser un imbécil y al menos te daría puntos por simplemente admitir que solo te gusta cojer conmigo!— le rebatió Adán, no creyéndole ni siquiera un poco.

— ¡No lo hice!— gritó el otro, luciendo desesperado— ¡Me gustas, siempre me has gustado, tú sabes lo que sucedió en el Edén y las razones detrás de nuestra separación! ¡Pero ahora te tengo aquí, conmigo, no eres un sucio secreto ni una segunda opción, estoy contigo porque quiero estarlo, estoy tan jodidamente enamorado que duele, Adán!

Aquellas palabras los hundieron en un silencio profundo, Adán tardó en darse cuenta que Lucifer lo había soltado, el rey del infierno tomó asiento a un lado, llevó sus rodillas al pecho y enterró el rostro en ellas, suspirando entrecortado. El primer hombre se quedó congelado en la misma posición donde había permanecido todo el rato, ambas manos sobre la cabeza, sintiendo de repente que si se movía sería desgarrado desde la raíz.

Era jodidamente incómodo.

Pero, muy en el fondo, la tenue luz que había permanecido encendida desde el Edén titiló esperanzada, enviándole una ola de escalofríos por todo el cuerpo, susurrándole al oído con una dulce voz encantadora que esta era una oportunidad que no podía desperdiciar.

Recordó su relación en el Edén, la forma en la que Lucifer lo trataba, no como un nuevo objeto de estudio sino como a una criatura que procurar, recordó la terca desesperación con la que ambos querían estar juntos pero las cosas simplemente no pudieron ser. 

Comparó a aquel ángel delicado y cariñoso del pasado, quien lo cuidaba de esa única manera que su inocencia le permitía, con el hombre roto y desgastado que tenía al lado, la forma en la que casi no sonreía, el cansancio siendo una parte fundamental de su vida, las disociaciones cada vez más preocupantes… pero, a su vez, esa faceta mentalmente quebrada se interconectaba con otra, esa dueña de una contagiosa risa tonta, la que llegaba con regalos demasiado costosos para gusto de Adán, la que mostraba a un hombre-niño llorón quien se ponía demasiado emocional demasiado pronto, el de los toques suaves y palabras bonitas, aquel que se ponía celoso si Adán hablaba de más con los sirvientes del palacio.

Es lo que siempre has soñado , le dijo su voz interna, alguien que esté siempre ahí, para ti, tan obsesionado contigo que el simple hecho de verte hablar con otra persona le resulta molesto, alguien dispuesto a destruirse aún más para estar a tu lado, porque cree que vales lo suficiente para hacer el sacrificio.

Algo extraño, de consistencia cortante, se hizo cabida en su pecho, llenándolo de ansias y expectación. 

Quería tomar lo que, creía, Lucifer le estaba ofreciendo, necesitaba tomarlo.

— Di algo, por el amor a dios, me estás matando con tanto silencio— exigió Lucifer en voz baja, sin levantar el rostro de sus rodillas; se oía nervioso, pero su voz se manejaba con un profundo deje de resignación, como si estuviera esperando el mayor rechazo de la historia.

Adán se incorporó, al moverse provocó que el ángel caído se acurrucara sobre sí mismo aún más si era posible, lo cual le dio algo de ternura, si era sincero. Se aclaró la garganta, uniendo sus manos en ademán nervioso, sus dedos se enredaban entre sí, jugueteando en un vano intento por tranquilizarse a sí mismo; tenía muchas cosas en mente, algunas deseaban deslizarse de entre sus labios, sin embargo, no tenía ni la menor idea de por dónde empezar, él nunca había sido bueno con esas cosas, siendo honesto, habían pocas cosas en las que Adán podría considerarse bueno, matar era una de ellas, expresar sus emociones no.

— Ey… yo- ah, tú-...— volvió a carraspear, esta vez se llevó ambas manos al rostro, tallando con toda la frustración acumulada en su cuerpo. Esto nunca era sencillo.

Pero él era un hombre, el primer maldito hombre, la primera alma en el cielo, el niño dorado, un humano convertido en ángel por su gracia divina y líder de los exorcistas, así que, como el jodido Adán siempre hacía, eligió tomar al toro por los cuernos.

— Mírame, Lucifer— dijo.

Algo en el rey del infierno se activó con esas palabras, alzó la cabeza, mirando tímidamente a su amante, pues su voz nunca había tomado ese tinte serio, sin emociones.

— Eres jodidamente raro, hombre, que lo sepas— comenzó a decir, Lucifer quiso sentirse ofendido, pero no pudo, porque en los labios ajenos había dibujada una linda sonrisa ladeada—. Primero me prometes las estrellas, me dejas al primer inconveniente, te follas a mi primera esposa y después a la segunda, te olvido por seis mil años hasta que empiezan los exterminios, le eres infiel a tu esposa conmigo durante los últimos quince años y ahora me sales con esta mierda, vete al carajo, imbécil— continuó, pese a sus palabras, su tono era relajado, casi divertido, y aquella sonrisa no había abandonado su rostro. 

Lucifer tartamudeó, ofendido, claro, eso era lo que había pasado, pero no tenía que decirlo de esa manera.

— No, cállate— soltó Adán, levantando una mano para silenciarlo— No te herminado

Morningstar negó con la cabeza, entre ofendido y dolido, sin entender a dónde es que el otro quería llegar— Mira, solo ve al grano, no tienes que sacar todo esto, sé lo que hice y me arrepiento de muchas cosas, solo dime que no y-

— Sí— le interrumpió rápidamente. El sonido del cuello de Lucifer cuando volteó a verle fue vergonzosamente ruidoso, sus grandes rubíes se clavaron, atónitas, sobre los ámbares de Adán.

Lo único que el diablo atinó a soltar fue un patético: — ¿Qué?

Una risita entretenida salió de los labios carnosos del ángel, ese hombre ridículo iba a ser su perdición algún día.

— ¿Me vas a hacer repetirlo? Te estoy diciendo que acepto lo que sea que estés dispuesto a darme, eso es un sí, Lucifer

El aludido, inmediatamente y como si fuese un maldito sapo, le saltó encima, una espeluznante sonrisa maravillada se reflejaba en su rostro, pareciendo incluso que iba a estallar de felicidad.

— No te hice una pregunta Adán— respondió juguetón, pasando una mano por el sedoso cabello del otro.

Las mejillas del primer hombre se cubrieron, lenta pero completamente, de un bonito tono dorado. De repente se estaba arrepintiendo de eso.

— Pues hazla, imbécil— se quejó avergonzado.

Lucifer se rió entre dientes mientras, al tiempo, negaba con la cabeza, demasiado nostálgico para pensar con claridad. Se acurrucó sobre Adán, volviendo a tirarlo sobre el colchón, hacía milenios que no estaba al lado de él de esa manera, tan sueltos, sin asperezas, solo los dos y el amor que se mantuvo congelado, pero vigente, durante los últimos diez mil años. En ese momento ninguno de los dos quería dejarse ir. 

Lo último de la noche que Adán puede recordar son besos desesperados y manos demasiado rápidas, unos cuantos tragos de alcohol y palabras de amor que le hicieron estremecer sobre las sábanas húmedas.

Ahora no tenía idea de cómo actuar a su lado. 

No es que anoche estuviera ebrio, para nada, pero era innegable que lo consumido en los seis bares a los que asistió fungió como un pequeño empujoncito para dejar salir esas emociones que, usualmente, mantenía enterradas bajo capas y capas de sarcasmo, mala actitud y sincero temor; ya no era el joven puro que Lucifer se había topado en el Edén, atrás habían quedado sus cualidades buenas como la curiosidad, el amor, la esperanza y, por sobre todas las cosas, la inocencia, ahora era un hombre amargado, emocionalmente constipado, demasiado roto para funcionar correctamente, con una única amistad porque alejaba a cualquier ser vivo que osara acercarse, solo para no salir lastimado si se permitía siquiera creer aunque fuese un poco.

Claro, Lucifer no se encontraba en mejores condiciones, pero Charlotte era, innegablemente, un ancla para el lado bueno del hombre, ella le había devuelto la creatividad de la que tanto dependía, él volvía con una enorme sonrisa tatuada en el rostro cada vez que se veían, la princesa siempre lo empujaba a ser la mejor versión de él mismo, e incluso le devolvía, paulatinamente, un brillo inocente que Adán tenía diez mil años sin ver.

No sabía si él podría ser esa persona para Lucifer, ni siquiera si sería capaz de devolver aunque fuera una ínfima parte del amor que veía en los ojos del otro.

¿Lo alejaría? Con su personalidad de mierda era lo más probable, tal vez Lucifer estaba encaprichado ahora mismo pero lo mandaría al carajo apenas se hartara de su frivolidad, porque, por supuesto, ese era el único camino al que podría dirigirse esta extraña relación que-

— ¿Adán?— preguntó la melodiosa voz de Lucifer, el aludido saltó en su asiento, asustado, Lucifer le veía preocupado, semi agachado y con la cabeza inclinada, pareciendo un cachorro confundido. En sus manos sostenía una orden abierta y preparada de panqueques con frutos rojos y miel que, para ser sincero, olían bastante bien— ¿Estás bien?

No, pero no pensaba contarle sus desvaríos mentales a causa del monte de inseguridades que llevaba toda su vida arrastrando.

— Sí… e-es solo que podría ser resaca, llevaba doce días bebiendo a diario contando ayer— mintió a medias, porque sí, llevaba doce días ahogándose en alcohol cada que se le cruzaba un pensamiento, pero teniendo en cuenta las borracheras astrales que se ponía en los conciertos de la tierra, eso no era nada.

Lucifer pareció meditarlo un momento— Bueno, en ese caso no creo que la miel de whiskey sea la mejor opción— alejó la mano que tenía los panqueques, decidido a cambiar el menú de la mañana. 

Adán, sin embargo, extendió el brazo, arrebatándole el plato— Ni siquiera te atrevas— sentenció, agarrando el tenedor para cortar una porción de comida; tal como esperó, el añadido del whiskey le dio un sabor cuasi celestial al rico pan esponjoso y, como buen comedor emocional, cada bocado fue acallando más y más las crueles voces de su cabeza.

Lucifer soltó una risita al tiempo que se cubría la boca con el dorso de su mano, contento con el resultado, luego tomó su propio plato de la mesita de noche junto a un té boba, tomó asiento al lado de Adán, ofreciéndole la bebida. El ángel se puso el plato sobre el regazo, agarrando luego lo que Lucifer le ofrecía, con un movimiento certero enterró la pajita sobre la tapa, solo para después beberse la mitad de un sorbo largo. Tal vez si estaba un poquito deshidratado.

— Entonces… ¿Ya eres mi novio?— preguntó Morningstar de la nada, usando su tenedor para alejar los arándanos de sus panqueques, tan doméstico como solo él podría ser.

El primer hombre se atragantó levemente con las bolitas de boba, le tomó un momento quitarse la horrible sensación de que sus pulmones ahora conocían el sabor del té. Se llevó una mano al rostro, restregándose los ojos— Ya me estoy arrepintiendo de esto, hombre

— Adáaaaaaan— Lucifer se quejó con un horrible puchero infantil, manteniendo, sin embargo, las piernas cruzadas, los codos sobre ellas y la barbilla recargada en una mano, reluciendo una pose aburrida, contrastando espectacularmente con su expresión suplicante.

El pecho del ángel se apretó con algo cálido que no quería discernir ahora mismo, mientras pensaba que, si se enteraban, los altos mandos del cielo ahora sí lo iban a matar de verdad.