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Todos los días de nuestra vida

Summary:

Las primeras veces son difíciles de olvidar, aunque no haya dos personas que las recuerden exactamente igual.

Al final, lo que importa es que sucedieron.

Y que nos han traído hasta donde estamos ahora.

o

Remus y Sirius recuerdan su primer beso, pero difieren en algunos detalles.

Notes:

Wolfstar Comfortfest Día 4: First Kiss (Primer Beso) <3

Espero que te guste!!

Work Text:

Las primeras veces siempre son especiales, aunque no siempre por ser perfectas, ni mucho menos. Las primeras veces pueden ser desordenadas y desastrosas, o confusas y ambiguas, también pueden ser divertidas y extravagantes o vivaces y veloces. Sea como fuere, la vida está llena de ellas, y es muy difícil olvidarlas.

Recordar una primera vez no siempre significa revivirla, a veces sólo te queda una sensación, un cosquilleo por el cuerpo, el corazón latiendo a una determinada velocidad, un peso exacto en el estómago, algo que no se puede explicar, ni definir… Hay muchas formas de recordar, y las primeras veces guardan siempre un lugar especial, porque son irremplazables.

Las primeras veces son un efecto domino, en cuanto empiezas a pensar en una de ellas, las otras caen como fichas bien colocadas, sólo hace falta un olor para empezar todo un proceso de nostalgia y añoranza, que a veces nos deja tristes y apagados, pero otras nos dibujan una sonrisa en la cara y nos hace recordar lo lejos que hemos llegado.

Y ahora, viendo por primera, y probablemente única, vez, a su hija dar el sí quiero en el altar, Remus y Sirius no pueden evitar recordar todas sus primeras veces.

El primer te quiero, la primera noche abrazados, el primer apretón de manos que duró más de lo necesario, la primera tarde a solas en su cuarto, el primer abrazo, la primera mirada… Pero sobre todo, el primer beso.

Remus y Sirius se habían besado mucho en esos cuarenta años, y muchos de esos besos estaban grabados a fuego en su memoria, como el beso que se dieron cuando consiguieron adoptar a Eira, la pequeña niña rubia que ahora sonreía vestida de blanco, lleno de lágrimas de alivio y alegría; o el beso que se dieron después de su primera gran pelea, bajo la lluvia y desesperado, con la intensidad que sólo dos chicos de dieciocho años pueden tener; también estaba el beso de la primera vez que se acostaron, y sí, esa noche hubo muchos, pero ninguno tan importante como el último, antes de quedarse dormidos uno en los brazos del otro, con el sol empezando a ponerse, extasiados y felices, aunque años después fuera obvio que no fue el mejor sexo de su vida, se besaron lento y despacio, recreándose en el momento.

Remus recordaba todos los besos que Sirius le había dado en sus cicatrices, quizás no específicamente, pero sí acumulativamente, cada beso nuevo en sus viejas heridas se sumaba en su memoria a los anteriores, creando una especie de libro sagrado.

Sirius recordaba todos los besos que Remus le había dado en la frente, porque sabía que eran los que más le relajaban, los que le hacían sentir a salvo y le daban fuerzas para seguir adelante incluso las noches en las que no podía más.

Los besos habían sido, y eran, una parte muy importante de su historia.

Pero su primer beso… ¡Ay, su primer beso!

Era otoño, hacía viento, y dos chicos de dieciséis años corrían por el pueblo cercano a su internado sin tener ni idea de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Sirius podía contarlo como si hubiese pasado el día anterior.

Esa tarde se habían quedado solos, James estaba con Marlene en la tienda de deportes, Peter y Lily buscando un nuevo tablero de ajedrez, y Mary y Dorcas habían dicho que ellas se quedaban tomando algo en Las Tres Escobas. Mientras, Sirius y Remus decidieron dar una vuelta por el pueblo, hasta que una broma llevó a otra y acabaron persiguiéndose entre las calles, al menos hasta que Sirius escuchó un pequeño gemido de dolor que le hizo parar de golpe y girarse buscando a Remus.

Remus estaba sentado en el suelo, suspirando mientras se frotaba la rodilla, y Sirius se acercó a él mordiéndose el labio mientras pensaba cómo decirle lo que debía decirle. Al final decidió que lo mejor era ser directo.

—Deberías usar el bastón.

Remus levantó la mirada con el ceño fruncido, las manos aún masajeando la dolorida extremidad.

—Ya. —Fue lo único que respondió.

Sirius resopló y fue a sentarse junto a él, sus cuerpos casi pegados, pero hacía ya un tiempo que no eran capaces de estar muy alejados si podían evitarlo.

—Remus… Entiendo que te cueste, pero…

—No, no lo entiendes, Sirius —gruñó, pero Sirius no se sintió ofendido—. No lo entiendes porque tú no tienes cicatrices por toda la cara y la necesidad de usar un bastón con dieciséis años, no puedes entenderlo.

Era hielo fino, Remus podía romperse en cualquier momento, por eso se centraba en mirar al frente, como si se perdiera en sus pensamientos y pudiera alejarse de la realidad, era asolador y Sirius no sabía qué debía hacer en esos momentos, siempre se dejaba guiar por el instinto, así que apoyó lentamente la mano en la espalda de su amigo, frotándola con cuidado.

—Tienes razón, no lo entiendo —asumió—. Lo siento.

Remus asintió y Sirius notó como agachaba más la cabeza y tuvo que apretar los dientes, porque pocas cosas le rompían tanto el corazón como ver a Remus llorar.

—Es una mierda —dijo con la voz cortada—, desde que tengo uso de razón todo el mundo me ha mirado o con curiosidad o con lástima, o incluso con… miedo. ¿Alguna vez alguien va a mirarme de otra forma si encima uso ese estúpido bastón?

Si Sirius se hubiera mordido un poco más fuerte el labio estaba seguro de que habría conseguido hacerse sangre, pero se limitó a respirar hondo y echar toda la rabia que sentía a un lado, Remus no necesitaba que le recordaran lo injusta que había sido la vida con él.

—Moony… Mírame —pidió, poniendo la mano en la barbilla contraria para que girase la cara, pero sin hacer fuerza, dejándole decidir si hacerle caso o no.

Tras un momento de vacilación, Remus accedió y le miró, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas y el labio inferior maltratado por sus dientes, aguantando el llanto.

»—Sé que es difícil, y sé que no lo entiendo, pero te prometo que ya hay gente que te mira de otra forma —dijo Sirius, suplicando porque sus palabras tuvieran el efecto deseado—, todos nosotros, cuando te miramos vemos a un chico listo, que parece más buenecito de lo que realmente es. —A Remus se le escapó una pequeña sonrisa. —Un chico amable, que sí, ha tenido que pasar por cosas horrendas en la vida para ser tan joven, pero eso es sólo una pequeña parte de todo lo que eres, de todo lo que muestras, porque en cuanto hablas… Remus, tú eres magia, eres mucho más que unas cicatrices y un bastón, y cualquier persona que se pare un solo segundo a conocerte se daría cuenta.

Remus le estaba mirando con algo cercano a la devoción, y Sirius notaba su estómago revolverse, pero no era una mala sensación, era algo que no sabía muy bien como llamar. Eran ganas de abrazar a su amigo y no soltarle, de cuidarle para siempre entre sus brazos, de mimarle, de…

—Eres mucho mejor persona de lo que tú mismo crees, Sirius —murmuró Remus—, eres… Sirius…

—Sólo he dicho la verdad, no creo que eso me haga un santo.

Esta vez Remus negó con la cabeza, tan suave que Sirius no lo habría notado si no siguiera teniendo su mano en la barbilla contraria.

—Hazme caso, eres precioso por dentro y por fuera.

Sirius sintió sus mejillas enrojecer, pero no se movió ni un milímetro, no creía haber podido hacerlo si hubiera querido.

—Ey, soy yo el que te está haciendo cumplidos ahora.

—Yo sólo he dicho la verdad —respondió sonriendo e iluminando con ese gesto toda la calle, o al menos eso sentía Sirius.

Sus caras estaban sólo a unos pocos centímetros, por lo que sus respiraciones se entremezclaban, suaves y tranquilas, sin expectativas, se podrían haber quedado ahí parados en esa misma posición toda la vida, perdidos en los ojos del otro.

—Usa el bastón, por favor —insistió Sirius, acariciando la mandíbula de Remus como quien calma a un animal antes de darle su medicina—. No quiero ver cómo te haces daño, no más de lo que ya lo hago. Te prometo que haré todo lo posible porque te sientas mejor llevándolo.

Remus tragó saliva, su nuez subió y bajó con lentitud, mientras tanto llevó una de sus manos a la que Sirius tenía libre y entrelazó sus dedos, ambos estaban temblando con levedad.

—¿Y cómo vas a hacer eso? —preguntó con la combinación justa de esperanza y desolación.

Sirius podría haberle dado su corazón en ese mismo instante, y en cierta medida, lo hizo.

—No lo sé. Haré todo lo que necesites, todo lo que me pidas. Te recordaré todos los días de tu vida lo muchísimo que vales, todo lo que yo sé que hay en ti.

La siguiente vez que Remus habló, su voz era más suave que un susurro, frágil como el cristal, delicada como la seda.

—¿Todos los días de mi vida?

Sirius asintió y se acercó un poco más a la cara de Remus, hasta que sus narices se tocaron en un beso esquimal. Creía estar entendiendo de una vez por todas que era eso que sentía cuando tenía a Remus cerca.

—Si me dejas. —Estaba seguro de que dé no estar tan cerca, Remus no habría oído nada. Sirius cogió aire lentamente e intentó intensificar su mirada —¿Me dejas?

Era inevitable, porque sólo con el movimiento de cabeza que Remus hizo para asentir, sus labios ya se estaban rozando, y después de eso, no había marcha atrás. Sirius cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación, sin saber exactamente qué debía hacer, él sólo había dado un par de besos cortos en su vida, choques de labios en algún juego estúpido o detrás de un árbol justo antes de salir corriendo, pero aquello era completamente distinto.

Los labios de Remus parecían secos, pero eran tiernos y dulces, y se movían con timidez pero sin aparentar ninguna intención de querer separarse, así que Sirius movió un poco la mano que seguía apoyada en la cara de Remus y terminó por abarcar toda su mejilla, haciendo una ligera presión para darle más intención al beso, sólo un poco, para sentirlo más real.

Fueron el par de segundos más largos y más cortos de su vida, las dos cosas a la vez, porque el tiempo parecía haberse parado pero él habría deseado que siguiera así mucho más. Cuando se separaron, tan despacio como se habían juntado, ambos estaban sonrojados, pero sus manos continuaron entrelazadas, y cuando Remus dejó una caricia en su dorso, en ambas caras se dibujaron sonrisas.

Después de eso tardaron aún un tiempo en ponerle nombre a lo que había entre ellos, pero las promesas dichas, y las implícitas, de aquella tarde, siempre permanecieron vigentes.

Aunque, para hacer honor a la verdad, Remus pensaba que Sirius no tenía el recuerdo tan claro como decía.

Remus recordaba haber corrido por Hogsmade, recordaba el dolor en la rodilla y la frustración del bastón, recordaba como Sirius se había sentado a su lado y le había frotado la espalda y cómo en medio del dolor sintió cosquillas en el estómago por ese gesto.

Recordaba cuando Sirius le había dicho, medio tartamudeando, como si no estuviera seguro, que debía usar el bastón.

—Ya lo sé —le había respondido, cansado.

—Sé que es difícil pero…

—No, Sirius, no lo entiendes, déjalo.

Le había hablado enfadado, pero Sirius no se había alejado ni un poco, Remus suponía que era evidente que con quien estaba enfadado era consigo mismo, pero eso no quitaba que tuviese miedo a que en una de esas veces en las que lo veía todo negro, Sirius se cansase de sostenerle.

—Ya sé que no lo entiendo —respondió Sirius—, y lo siento.

Remus no quería llorar, ya lo hacía lo suficiente en su cama por las noches, ya lo había hecho cuando le dijeron que iba a necesitar ayuda para caminar y también cuando sus padres le habían enviado al colegio el bastón que él había “olvidado” en casa. No quería llorar más, no ahí en medio de la calle, pero se sentía tan frustrado que le dolía el pecho y se le cerraba la garganta.

No creía que esa sensación se le fuera a olvidar nunca, porque llevaba con él toda la vida, como le había recordado aquella tarde a Sirius. Estaba en un bucle negativo, recordaba solo poder pensar en el asco que le daba a veces todo.

Y entonces, Sirius le había cogido con suavidad de la barbilla pidiendo que le mirase, cosa a la que Remus jamás habría podido negarse, aunque a veces no supiera muy bien qué hacer cuando tenía sobre él aquellos ojos grises.

—Pero aunque no lo entienda y sepa que es una situación de mierda, sí te puedo decir que no todo el mundo te ve así, Remus. Yo no lo hago —le había dicho, y Remus había sentido la primera lágrima resbalar por su mejilla—, ninguno de nosotros te mira y ve esas cosas, o al menos no por las cicatrices y tampoco por el bastón, te miramos y sentimos curiosidad por cómo es posible que los profesores piensen que eres el más bueno de nosotros cuando es mentira.

Remus había sonreído entre lágrimas, sólo un poco, y Sirius había seguido con su lista de cosas buenas que sus amigos veían en él. Y entonces le había dicho que era magia, Sirius Black le había dicho a él que era magia.

Él no podía pensar otra cosa que no fuera en lo mucho que le quería y en la rabia que le daba que Sirius no entendiese que él sí que era magia, que tenía dentro el alma más bonita que jamás había podido existir.

Y se lo había dicho, le había dicho que era mucho mejor persona de lo que él pensaba.

—Sólo por decirte la verdad no creo que sea mejor que nadie —respondió Sirius.

Él le había repetido que no sólo era precioso por fuera, si no que su interior era igual de bello, y le había hecho sonrojar, sus mejillas se volvieron escarlata y Remus sintió su corazón saltarse un latido por haber sido él el causante de su rubor.

Sirius había intentado desviar su comentario, volver a atraer la atención hacia Remus, pero él había insistido, Sirius tenía que saber al menos un poco de lo mucho que Remus sentía por él.

Y entonces…

—Sé que te cuesta usar el bastón, pero hazlo aunque sea por mí —dijo—, no puedo ver cómo te haces más daño cada día, no quiero que te hagas más daño. Úsalo, yo te prometo que voy a hacer que te sientas cómodo con él, voy a hacer todo lo que pueda.

Remus había sentido el corazón tan lleno y tan caliente que podría haberle explotado allí mismo, pero siempre había tenido en su interior esa vocecita diciéndole que nunca nada en su vida sería tan fácil y bonito.

—¿Cómo vas a poder hacer eso? —preguntó.

Sirius se había encogido de hombros, pero le había mirado con tanta ternura que Remus había sabido en ese mismo instante que jamás iba a poder olvidar aquel momento, porque no recordaba haberse sentido nunca así.

—Pienso recordarte todos los días de tu vida lo mucho que vales, todo lo que yo veo en ti, lo que muchos vemos en ti, pienso hacer todo lo que me pidas y necesites, pienso dejarme la piel intentando que tu vida sea por lo menos un poquito mejor.

Había sonado a promesa, una promesa tan bonita, tan a corazón abierto, que Remus había tenido que creerla, porque lo necesitaba, porque lo anhelaba, porque era su señal para creer que eso que llevaba un tiempo sentía entre ellos era algo real.

—¿Todos los días de mi vida? —preguntó.

Sirius se había acercado más a él, sus caras básicamente pegadas, dándole un beso de esquimal y Remus estaba tan concentrado en él que cree que solamente por eso oyó cómo le preguntaba.

—Si me dejas…

Y entonces Remus no había podido resistirse ni un segundo más, había reunido todo el coraje que tenía y había terminado de inclinarse, juntando sus labios, dándole el beso más decidió que había dado en su vida, incluso estando cargado de timidez.

Sus bocas se habían movido despacio, al compás, sin saber muy bien que hacer pero dejándose llevar por la sensación del momento, y Sirius le acarició la mejilla profundizando el beso y él apretó sus manos entrelazadas. Y de repente había acabado, pero ya nada había vuelto a ser igual, después de ese beso, después de las tímidas sonrisas que se dirigieron al abrir los ojos, aunque al principio no supieran ponerle palabras, sus corazones se habían entrelazado.

A partir de esa tarde, su vida entera había cogido un nuevo rumbo.

—No me besaste tú, nos besamos —le dice Sirius mientras se bebe su tercera o cuarta copa.

—Sí que te besé, fui yo el que se inclinó.

Sirius le da un golpecito en la nariz, haciendo que Remus frunza el ceño de una forma que siempre le hace reír.

—Estábamos pegados, no tenían hacia donde inclinarte.

Antes de que Remus pueda responder, Eira aparece a su lado, enganchando sus brazos con los de sus padres.

—¿Ya estáis otra vez discutiendo como fue vuestro primer beso?

—Tu padre quiere echarse méritos —dice Sirius encogiéndose de hombros pero con una sonrisa de oreja a oreja.

—Tu padre quiere quitarme méritos —responde Remus señalándole con el bastón que sostiene en la mano derecha.

—¿No es más importante recordar el momento en sí que los detalles? —pregunta Eira con fingida desesperación.

—No, los detalles son muy importantes, sobre todo porque fui yo quien-

Eira pone los ojos en blanco y le da un beso en la mejilla a cada uno, alejándose de nuevo y dejándolos con sus batallitas, que siempre acaban en un abrazo y mil besos de por medio. Ella quiere mucho a sus padres, pero tampoco necesita ver en primera fila sus muestras de cariño.

Aún recuerda con claridad la primera vez que los vio besarse, pero no un pico tonto, no, un beso de verdad, de los que ninguna hija quiere presenciar.

Sacude la cabeza y va en busca de su, por fin puede decirlo, marido. Ahora le toca a ella seguir creando primeras veces.

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