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Después de haberse mantenido despierto hasta tarde en la noche, trabajando, completando papeleo, dedicando tiempo a su hija mayor, asistiéndola con su hotel, rechazando reuniones con los pecados, discutiendo con el cielo y, principalmente, apoyando a su esposo en todo lo que necesitara durante el día, quedó exhausto. No era una sorpresa que su día terminara de esa manera, ya que Lucifer estaba presente para Alastor incluso en las mínimas cosas y, si no podía estar, le dejaba uno o dos clones a su disposición, lo cual también era raro porque prefería posponer sus deberes para cuidar de su familia que quedarse encerrado a una oficina aburrida sabiendo que el padre de sus hijos estaba haciendo todo el trabajo.
Por esas razones y más, no pudo evitar caer rendido en la cama, cerrar los ojos, exhalar un profundo suspiro y quedarse dormido en minutos mientras oía a su esposo emitir suaves ronquidos, igual de agotado.
Alastor tampoco se quedaba atrás, estar al pendiente de su nueva familia era mucho más complicado de lo que esperó, no porque hubiera infravalorado la labor de un padre, sino porque creyó que contaría con habilidades de sobra gracias al recuerdo de su madre y los consejos de Rosie, pero ninguna palabra de aliento ni memoria fueron suficiente para prepararlo para lo que realmente significo cuidar de una criatura. Y si bien un bebé recién nacido ocupaba su mayor tiempo durmiendo, eso no quitaba que necesitaba vigilancia y cuidados específicos; darle de comer, vestirle, mantenerle abrigado, cambiarle el pañal, cuidar que nadie ni nada le despierte ni lo lastime aun si es por accidente, sobre todo si se trataba de alguien tan territorial como el demonio de la Radio.
Y todo eso era peor si tenía presente que debía duplicar las tareas, porque el hecho de que su esposo sea un gemelo y los ciervos suelan tener dos crías por embarazo... Desencadenó en lo que se negó a creer por nueve meses aun cuando las pruebas estaban puestas sobre la mesa, pero que no pudo evitar aceptar cuando estuvo frente a sus ojos.
Dos hermanas, dos princesas, dos cervatillos.
Gemelas.
...
Las sábanas ya estaban frías, pues habían perdido la calidez en las horas que no estuvieron presentes en su propia habitación para cumplir sus papeles como padres responsables, o al menos el intento, y hacerse cargo de sus hijas.
Aunque todo el personal del hotel contribuía al cuidado de las princesas, al final eran sus padres quienes realmente debían atenderlas. No se sentían cómodos delegando demasiada responsabilidad, incluso si era con las mejores intenciones. Además, Alastor mostraba una posesividad silenciosa; no permitía que nadie más las sostuviera por mucho tiempo, ni que alguien distinto a él o su pareja las alimentara, a menos que fuera una circunstancia excepcional, y solo Charlie y Vaggie podían hacerlas dormir, esta última únicamente porque parecía agradarles a las niñas.
Para Lucifer era un poco triste tener que rechazar la asistencia que se le ofrecía semanalmente, pero respetaba el deseo de su esposo, aun si luego terminaba liquidado.
Los momentos en los que podía recostarse para descansar junto a su ciervo eran, con diferencia, los mejores, especialmente cuando toda su familia se encontraba en la habitación en completo silencio. Él y Alastor en su cama matrimonial y sus pequeñas princesas en la cuna, durmiendo tranquilamente, ignorando a todo el infierno.
Pero esa tranquilidad nunca duraba mucho.
Las gemelas se despertaron llorando cerca de las cuatro de la mañana, lo que inicialmente los asustó y los hizo saltar de la cama, mostrando sus formas bestiales y preparados para aniquilar al primer intruso que divisaran, para luego oír el estruendoso y conocido ruido y suspirar con irritación al darse cuenta de la situación que una vez más se repetía.
Ya no era extraño; en más, Alastor consideraba que era una tontería por parte de ellos mismos creer que podrían dormir más de tres horas sin que las niñas enloquecieran y les exigieran abandonar la única paz que tenían actualmente, dicho esto, claro, sin verdadero resentimiento. Pues si bien oír el llanto de dos bebés en mitad de la madrugada era sumamente frustrante y le hacía gruñir como un animal molesto, jamás le negaría nada a sus mocosas, ellas dependían completamente de ajenos, no podía culparlas por ser dos esponjas de tiempo y atención.
Luego de varias semanas se habían acostumbrado a las quejas, a los llantos, a los gemidos, por lo que necesitaron solo tres segundos para comprender qué era lo que sucedía esta vez.
Una tenía hambre, la otra necesitaba un cambio.
Era curiosa la forma en que se sincronizaban para despertar al mismo tiempo, aunque por distintas razones, parecían programadas para que, si una pedía algo, la otra también lo hiciera, pero algo contrario, complicando aún más la tarea del rey y su consorte. Raramente ocurría que una de ellas se moviera en su cuna y empezara a llorar mientras su hermana seguía durmiendo. Cuando esto sucedía, lo agradecían enormemente. Del mismo modo, cuando despertaban juntas y pedían lo mismo, era como si pidieran un deseo, ya que no era habitual. Esto había ocurrido solo dos veces en los cuatro meses desde el nacimiento de las niñas.
Lucifer tuvo que hacerse cargo del cambio de su segunda hija, mientras que Alastor tuvo que alimentar a la primera. Cada uno, por su cuenta, sostuvo a su gemela y la llevo consigo sin dirigirse palabra, compartiendo la misma mentalidad de concluir rápido (en lo que cabía) para volver a dormir por las probables dos horas más hasta que el día comenzara por completo.
Odiando el frío que azotaba la habitación que compartía con su esposo, el demonio desabotono su camisa mientras cargaba a su cría con su brazo restante. La brisa helada lo golpeó, le causó un escalofrío que le hizo soltar un estornudo fino que nadie oyó, pues el llanto incesante opacaba todo sonido en la habitación. Sus orejas se inclinaron con irritación, dolían, pero eso no le impidió acercarla a uno de sus pechos y guiarla para que encontrara su pezón, suspirando con alivio cuando se calló para empezar a chupar.
Se recostó contra el respaldo mientras observaba, con parpadeos cansados, el cómo su hija se aferraba a su pecho mientras las pequeñas gotas de leche ocasionales se escapaban de sus labios, las cuales limpiaba con sus garras en ligeras caricias, asegurándose de no dañar la linda piel canela que heredaron de él.
Si bien en un principio la idea de amamantar no uno, si no dos bebés, no fue del todo su agrado, con el tiempo se había acostumbrado no sólo a la extraña sensación, sino también a lo que realmente significaba alimentarla a sus hijas de esa manera. Nadie más podía hacerlo, nadie más que él podía cuidarlas de esa forma y atenderlas como él lo hacía, era especial, constituía una parte esencial en la vida y crecimiento de ambas, por más que se sintiera algo cohibido y fuera cansado, en cierta medida se sentía orgulloso y satisfecho con la tarea. Lo hacía sentir cercano a ellas, claro, ignorando el hecho de que fue quien cargo con las dos durante nueve meses y quien tuvo que sufrir la horripilante experiencia de darlas a luz.
Aunque, si pudiera cambiar algo en ese momento, sólo una sola...
Sería que no tirara tanto de su pelaje cada vez que tenía oportunidad. A pesar de ser una bebé tenía un agarre exageradamente fuerte que hacía casi imposible que lo soltara, maldecía a Lucifer por eso completamente. Tomaba mechones que luego tiraba como si Alastor no estuviera apretando los labios, clavando sus propios colmillos en su piel mientras se guardaba las ganas de soltar groserías frente a su propia hija y tirarla por el aire.
Se repetía constantemente que debía de contar con la misma paciencia que seguramente su madre tuvo con él en su momento, pero era difícil.
Por otro lado, el ángel bostezó mientras terminaba de abotonar el enterito de patitos, aquel que él mismo le diseñó para su hija. La basura fue desaparecida luego de un chasquido rápido. Sonrió satisfecho cuando la imagen de la bebé completamente limpia y calmada llegó a sus ojos, ojitos grandes y curiosos lo observaban, chupando una de sus propias manitos como si fuera la paleta más deliciosa del infierno.
Lucifer tomó a su princesita en brazos, la acostó allí y comenzó a mecerse para que volviera a dormir. Estaba seguro de que si solo la devolvía a su cuna comenzaría a llorar de nuevo al sentirse sola o aburrida, por lo que se ahorraría el mal momento. Con ligereza y lentitud, su cuerpo se movía de un lado a otro mientras forzaba a sus propios ojos a mantenerse abiertos, soltando pequeños sonidos de sorpresa cuando se daba cuenta de que cabeceaba. Sin dudas resultaba laborioso el mantenerse en forma cuando no dormía bien hace meses, de hecho, había olvidado la última vez que descanso una noche completa, estaba seguro de que su esposo también, y tener a su pequeña hija cerrando los párpados mientras él mismo funcionaba como silla mecedora, pues, no lo facilitaba.
No podía esperar a que pasara esta etapa de la infancia y pasar a la siguiente. Con Charlie no había sido así...
— Lucifer.
— ¿Mm?
— Tengo frío.
Tardó unos segundos en procesar las palabras, víctima del sueño. Hasta que abrió por completo los ojos, asintiendo con la cabeza. — Ah, sí.
Sólo se necesitó de un chasquido para que el ambiente cambiara, el frío abrumador desapareció y en su lugar una calidez hogareña llenó la habitación, la temperatura subió y con ello Alastor pudo suspirar.
— Gracias.
— Ni lo menciones, amor...
Alastor no quiso pedírselo en un principio porque creyó que aguantaría hasta que las gemelas volvieran a la cuna, que las sábanas estarían esperando por él para envolverlo y todo ocurriría rápido, pero ya no aguantaba un segundo más y se preocupó de que las mantas de la cuna no fueran suficientes para mantener al par de mocosas abrigadas.
En fin.
Cuando sintió el alivio en su pecho bajó la mirada, efectivamente, Alice ya estaba descansando luego de haberse llenado, aun con el pezón en la boca, pero lo más importante era que ya había soltado su pelaje y su pequeña mano sólo descansaba sobre él. No perdió tiempo y se sentó en el borde de la cama, acomodó a la pequeña en su hombro y comenzó a palmear con suavidad e insistencia su espalda, esperando pacientemente a que ocurra la magia mientras miraba en silencio la pared, reconsiderando todas las decisiones que tomó en la vida para poder llegar a ese momento de exasperante sueño mientras tenía un pezón babeado.
Qué pensaría su madre de él en ese momento.
— Lucifer.
— ¡¿Mm?! — El rey alzó su cabeza con un susto, despertando de repente y mirando hacia todos lados, hasta que dio con su esposo sentado en la cama, dándole la espalda. Frunció el ceño con confusión mientras limpiaba su propia baba derramada hasta su mentón, cuidando de no dejar caer a su princesa. — ¿Q-Qué sucede?
— Margot ya está dormida.
Al oír eso, dirigió sus ojos a quien dormía en su pecho, soltando respiración rítmicas, silenciosas y serenas, lista para volver a su cuna.
Oh.
Alastor ni siquiera necesito verla, sabía perfectamente que su esposo y su segunda hija tenían la misma resistencia al sueño. No era la primera vez que se dormían a la vez.
Lucifer no era tan despistado, no de la manera en cómo el demonio siempre se burlaba, exagerándolo para oírlo gruñir; sin embargo, también era cierto que en varias ocasiones era él quien tenía que velar por, no sólo sus hijas, sino también su marido. No, tampoco decía que le hacía el trabajo el doble de agotador, al contrario, tener un compañero tan servicial y empático como su ángel era una gran suerte que agradecía siempre aún si no era en voz alta; pero lo más probable es que si no le hubiera puesto la suficiente atención el rey, este se habría quedado dormido parado con una bebé en brazos, roncando en mitad de la habitación.
Como sea, ya se había casado, no había vuelta atrás.
Unas palmadas más y su hija eructó, soltó un quejido que apuntó a un nuevo llanto. De inmediato, el ex overlord se levantó para empezar a acariciar sus pequeñas y esponjosas orejas, que parecían ser más pelusa que pelo. Eso cambiaría al crecer, fue lo que pensó mientras acariciaba esas extensiones, jugando con las contracciones que provocaban el roce de sus garras. Al igual que él, las orejas y la cola de sus hijas eran áreas muy sensibles que, con el trato adecuado, podía llegar a calmarlas al instante.
Sus hijas eran adorables, suaves y delicadas, unas verdaderas princesas.
Lucifer se acercó a la cuna junto a Alastor, ambos en lados contrarios, se agacharon y dejaron a las gemelas recostadas allí con sumo cuidado, rogándole a Satán que no despertarán de la nada. Las taparon con las mantas de estampado de patitos y el rubio le alcanzó un peluche de Razzle y Dazzle a cada una, a veces necesitaban algo que abrazar para mantenerse calmadas. Él era igual, sólo que en vez de un peluche tenía a un demonio de dos metros.
Quien, por cierto, se veía reluciente. Aún con sus ojeras, sus párpados caídos, la camisa abierta y arrugada, su pelaje hecho un desastre y ni hablar de su cabello, seguía viéndose como el ser más hermoso que alguna vez fue creado. Tan perfecto, el ex overlord que sin dudas le había robado el corazón contaba con una belleza inigualable, una que Lucifer no era capaz de ver en ningún otro pecador, ganador, ángel, demonio. A ojos del rey, se trataba de la criatura con más dones y habilidades, era sincero, firme, protector, dulce y caballeroso, el hombre perfecto.
Ver el anillo de oro en su dedo anular izquierdo siempre la hacía sentir lleno y afortunado.
— Hey, Al.
— ¿Sí, majestad? — Contestó sin quitar la mirada de sus pequeños cervatillos, cruzando sus brazos sobre el barandal.
— Gracias.
— ...
— Gracias por... Por hacerme la persona más feliz de la creación, por haber tomado a Charlie como tuya, por haberte fijado en alguien como yo, por haberme dado a Alice y Margot. — Mientras decía todo eso, su mano derecha bajo hasta la pequeña mano de su segunda hija, pues había comenzado a tirar de su propio cabello y la liberó de sí misma. Con una pequeña sonrisa cariñosa, dejó que ella apretara su dedo y acaricio con su pulgar la suave y delicada piel canela. — Te lo debo todo a ti.
— Creí que haberme agradecido veinte veces cuando las cargaste por primera vez sería suficiente.
— Nunca será suficiente, jamás me cansaré de decirlo y sentirlo porque es la verdad. — Alastor le dio una corta mirada de intriga, preguntándose cuál era la necesidad de sonrojarlo a tan altas horas de la noche. Pero no dijo nada, continuó escuchando con atento, permitiéndose ese momento de intimidad. — "Gracias a ti volvía a vivir... Y no podría elegir a ninguna otra persona como acompañante de vida."
— Discúlpame, querido, ¿Eso ultimo no fueron tus...?
— "Me siento igual de enamorado que la primera vez en que caí en cuenta que tu habías sido quien revivió mi triste corazón, el único que logró enamorarme tan profundamente, por quien velo cada día, por quien me levanto en las mañanas y duermo en las noches, por quien lo daría todo, y no, no creo que eso cambie en mucho, realmente, mucho tiempo. Lo siento, te amo demasiado". — Recostó su rostro en una de sus manos, apoyándose sobre su parte de la cuna hecha con los árboles del pantano. Parpadeó con lentitud. — "Y si pudiera, elegiría encontrarte en todas las vidas que tuviera, sólo para poder volver a sentir lo que es amarte una y otra y otra y otra... Y otra... Vez..."
Alastor suspiró, admirando el cómo su esposo caía rendido de nuevo, siendo incapaz de combatir el cansancio. Aun tan demacrado, tenía los ánimos suficientes para recitar sus votos, recordando cada palabra a la perfección. Lucifer era un torpe y tierno romántico sin remedio, tan distraído como para dormirse sin terminarlos, como para dejarse caer casi por completo en el lugar donde descansaban sus niñas, tan tonto como para no percatarse de que el demonio ya era consciente de sus sentimientos.
Porque sentía exactamente lo mismo.
Lucifer, Charlie y ahora sus pequeños cervatillos, le habían dado lo que no sabía había estado buscando por un siglo completo, aquella calidez hogareña, el cariño y cuidado mutuo, la gentileza y el detalle. Un lugar al cual pertenecer, un lugar al cual regresar, un lugar donde su ausencia se notase, un lugar donde toda su felicidad se juntaba para hacerle sonreír con nunca antes había hecho luego de la partida de su madre, aquella sensación que olvidó, aquella que creyó no volvería a sentir jamás.
El cariño de una familia.
...
Alastor quito un par de mechones de la frente de su primera hija, dejando ver su inocente y calmado rostro, parecía un ángel, o bueno, mitad. Era hermosa al igual que su hermana. Ambas portaban cabello castaño oscuro, orejas de ciervo, piel canela y garras rojizas (más pequeñas y nada filosas), lo único que habían obtenido del rey habían sido las marcas de sus mejillas y sus ojos de esclerótica amarilla. Y quizás alguna que otra costumbre o actitud, pero era muy pronto para saberlo.
No, no ocultó el orgullo que todo eso le provocó y no había dudado nada en restregarle ese detalle a la cara de Lucifer, afirmando que finalmente se le daba una recompensa por aguantar nueve meses de puros dolores, fatiga, cambios de humor y antojos repentinos; al final, todo había valido la pena porque se posicionaba como mejor que el rey.
Pero también fue irritante que no se enojara como esperó, sino más bien intentara festejar con él el evidente parecido. Creyó que le daría una mueca mal disimulada, un refunfuño, que aceptara la derrota y admitiera que sus genes no eran tan fuertes, pero no, él y Charlie se abrazaron enternecidos de ver "mini Alastor's".
Ugh, estaba en cama sin poder mover un mísero dedo luego de quién sabe cuántas horas de labor, de gritar y maldecir al diablo de la manera más literal posible mientras sentía el peor dolor que había experimentado en toda su vida y muerte, lo que menos quería era ver dos soles brillantes, sino lágrimas y lamentos, que se retorcieran de rabia y envidia.
Morningstar's, los detestaba.
Y daba igual si ahora también era uno.
Luego de asegurarse que todo estaba bien, Alastor despertó a su esposo con un par de piquetes en su mejilla, lo arrastró con su sombra hasta la cama mientras él esperaba pacientemente y se escondieron entre todas las mantas y sábanas, ahora frías, pero que eventualmente volverían a ser cómodas con sus cuerpos debajo de ellas.
Lucifer no tardó en arrastrarse hasta el más alto y abrazarlo como si se tratara de un koala, enterrando su rostro en su pecho, el cual por cierto seguía al descubierto, pero a Alastor no pudo darle más igual, no tenía ánimos para reclamar. Se limitó a abrazar los hombros de su esposo y cerrar los ojos, oliendo la fragancia de perfume caro que emanaban sus dorados cabellos y dejando que su sonrisa se desvaneciera al igual que su conciencia.
Se sintió en el paraíso.
[. . .]
Lucifer arrugó el ceño, su rostro formó una mueca incomoda hasta abrir sus ojos, parpadeando un par de veces para lograr visualizar algo entre la confusión, apenas recobrando la conciencia que a los segundos comprendió se debía a estar despertando. Sus ojos dieron con su amplia habitación, un par de muebles, la puerta principal y la del baño privado, lejanos y estáticos, y habría considerado silenciosos si no fuera por un sonido en específico que lo despertó del todo.
No fue hasta ese entonces que se percató que estaba abrazando y babeando una almohada, totalmente cubierto con las mantas color vino elegidas por su esposo. Gran parte de la decoración de su palacio había sido alterada por el demonio de la radio, a veces con un anticipado aviso y otros no, afirmando que le dio el toque que toda esa exagerada sofisticación necesitaba, era crítico.
Y hablando de...
Estiró su brazo derecho esperando sentir el delgado y alto cuerpo ajeno para poder arrastrarse hasta él y volver a abrazarlo, enterrar su rostro en su cuello y descansar ahí, pero eso no fue posible. Su mano no alcanzó más que la ausencia, el frio y por consecuencia, la incertidumbre de no sentirlo allí.
Fue en ese momento que le prestó atención a lo que en primer lugar lo había despertado, aquella profunda, atractiva y armoniosa voz natural sin el filtro de estática habitual.
Cada vez que lo oía le enamoraba más, pues era como un canto de sirenas para el corazón del rey, no podía evitar sentirse adormilado, relajado y sobre todo encantado, sonriendo como un bobo que lo único que haces es adorar a su esposo, y era prácticamente cierto... Pero en ese momento esa melodía cargada de gentileza no estaba dirigida a él.
Apoyándose de sus codos, se levantó de la cama lo suficiente para poder ver de dónde provenía la melodía que llegaba a sus oídos como un regalo, fregó uno de sus ojos con una mueca perezosa y luego de unos segundos procesando el trauma de haber despertado, visualizo al causante.
Alastor estaba frente al gran ventanal de la habitación que daba a ciudad pentagrama en la "calma" de la noche, el rojizo cálido entraba gracias a las cortinas abiertas y el vidrio cerrado impedía ingresar cualquier brisa indeseada, terminando por ser únicamente una hermosa y serena vista, un precioso paisaje.
Y no lo decía por su reino.
En los brazos del demonio estaba una de sus hijas, su cabecita apoyada en su hombro izquierdo mientras sostenía su espalda y nuca. La propia espalda del ex overlord estaba ligeramente inclinada hacia atrás para que su cuerpo le fuera cómodo al recostarse, meciendo a la pequeña con movimientos rítmicos. Su sombra, la que lo personificaba y muchas veces demostraba sus verdaderos sentimientos, cargaba de la misma forma a su otra bebé, sonriendo y cerrando los ojos con quietud, algo inusual en la violenta y burlona presencia oscura.
El micrófono del demonio se encontraba apoyado contra la pared más cercana, a un lado de la ventana ampliada donde se veían almohadas y una manta pequeña desordenadas dando a entender que hasta hace poco alguien había ocupado ese lugar, transmitiendo una melodía lenta y vieja, una canción de cuna que podría poner a dormir a cualquiera. Te llevaba con ella, te guiaba a acomodarte y cerrar los ojos, dejándote llevar por tanta amabilidad, cuidado y cariño que transmitían las notas musicales perfectamente diseñadas para lograr que un pequeño niño recobrara el sueño, justamente, lo que Alastor intentaba.
— Mon bébé si joli. — Lucifer se sentó correctamente, observó en silencio como su esposo cantaba en voz baja, cerca de las orejitas de su hija, susurrando palabras para ella y su hermana. Una cómoda calidez se expandió en su pecho. — Papan veille, mon petit...
No podía ver su rostro, ya que estaba de espaldas, pero estaba completamente seguro de que Alastor sonreía en ese momento. No era por el movimiento de su cola de un lado a otro, sino porque ¿quién no se alegraría al recordar la canción de cuna que su madre le cantaba cuando era pequeño, y ahora poder cantársela a sus propias hijas?
Lo que en algún momento de su vida considero como una posibilidad lejana, ahora sucedía.
Su madre era dulce, amorosa, gentil, amable, hermosa, la personificación de la bondad.
Ella acariciaba sus cabellos, rascaba su cabeza como un mimo tranquilizador, cantaba cerca suyo y frotaba sus hombros mientras él intentaba detener sus propias lágrimas. Tímido, se sentía tan avergonzado.
Su ropa manchada de lodo, rota, sucia, hecha un desastre mientras el niño de seis años se sentía culpable, pues su mamá trabajó mucho para comprarle ese conjunto nuevo para él arruinarlo por haber pensado que hacerle frente al monstruo sería buena idea. Sus brazos dolían, sus rodillas ardían, sus mejillas estaban paspadas de tanto llorar, y no podía detenerse por más que intentaba. Aún estaba asustado.
Pero su mamá lo había alzado en sus brazos cuando apenas lo vio, no lo regaño, no le gritó, no le pegó, ella no hizo nada de esas cosas, no era como el monstruo. Ella le puso curitas en las rodillas, lavó su cabello, cambió sus prendas, beso sus nudillos dañados y su rostro ruborizado y sollozante, le dijo que todo estaría bien y que mejor era dormir luego de cenar un poco de su especialidad, aquella que le enseño a hacer en cuanto Alastor tuvo la edad adecuada para acercarse a la cocina y ayudar a su madre con los que haceres . Porque un caballero siempre asiste a una dama.
Lo sentó en sus piernas, lo abrazó y dejó que su hijo se aferrara a su cuello mientras ella comenzaba a cantar la melodía que le compartía desde el primer momento en que supo que estaba esperando a lo único que le daría luz a su vida. Ella dejaría que ocultara su rostro en su pecho y llorara allí, estaba bien, así sería siempre. Cuando se sintiera incomprendido, solo, inseguro, asustado, siempre tendría un lugar donde esconderse hasta que todo lo malo cesara, su mamá estaría allí cuando se sintiera mejor y le sonreiría mientras limpia sus brillantes lagrimas porque amaba a su hijo como a nada más, como solo una madre ama.
Su dulce caramelo de miel, su niño consentido, su pequeño Alastor.
Llevo una mano a su otra princesa, la que cargaba su sombra y paso con suavizada sus dedos por su cabello, bajando hasta sus mejillas con lentitud, deleitándose con lo tersa que era su piel, con las facciones tan tiernas y con el balbuceo incomprensible que soltó entre sueños, ¿Qué podría estar soñando un ángel tan pequeño e inocente?
— Ne crains rien, sèche tes pleurs, viens sur mon cœur, mon tout petit...
Con fragilidad y adoración en sus ojos, observó como Margot se escondía como un gatito molesto, mientras Alice soltaba un pequeño eructo más, tan bajito y fino.
La sombra le acercó su otra hija y cuidando que nada saliera mal, su amo las sostuvo a las dos, las abrazó y enterró su rostro entre ambas, cerrando sus ojos en total calma, agradeciendo a todos los que le ayudaron a seguir con vida, solo para poder experimentar ese momento.
— Tu auras bien le temps, car certains sont méchants... De connaître les soucis, et les chagrins durant ta vie...
Tarareó suavemente, sumergido en el amor que ahora entendía completamente: la razón por la cual su madre arriesgó tanto por él, la forma en que lo protegió, el motivo por el que nunca le gritó ni le reprochó, sino que simplemente lo miraba y sonreía, lo acariciaba y abrazaba. Ese amor que siempre había agradecido, pero que ahora comprendía en toda su magnitud.
Era tan puro, tan protector, el sentimiento causaba que solo con tener a sus princesas cerca le hiciera el hombre más feliz y afortunado. Su vida era de esas niñas; haría cualquier cosa para mantenerlas seguras, para cuidarlas y recordarles cada día que ya eran hermosas y perfectas por el simple hecho de haber nacido. No podía estar más orgulloso de ellas, incluso si lo único que hacían era despertarlo por las noches. Para Alastor, Alice y Margot ya eran su mundo entero.
— Tu es mon doux trésor, C'est toi seul que j'adore, toi la raison de ma vie, bébé joli, oui mon tout petit...
Lucifer aún en la cama, rodeado de almohadas y sábanas, se quedó allí, mirando en silencio a su esposo y sus hijas, sonriendo con ternura y alegría, feliz.
Era feliz, luego de mucho, mucho tiempo... Se sentía pleno.
"Pero como no soy capaz de conocer el futuro ni mucho menos manejar mi propio destino, colocó este anillo en tu dedo hoy, te juro amor y lealtad eternos, prometo hacerte feliz y cuidarte por el resto de mi inmortal existencia... Porque si esta será mi única vida a tu lado, haré que valga la pena, y te amare con cada suspiro, con cada centímetro de mi cuerpo, con cada pedazo de mi alma... Gracias por elegirme Alastor, gracias por permitirme ser parte de ti."
"...Idiota, me hiciste llorar frente a todos".
