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Idiotas, todos idiotas. Ignorantes. Obtusos. Ciegos. Inútiles. Falsos. Corruptos.
¿Derrotarlo a Él? ¿Al Avatar Ascendido de Dios? ¡¿A Él?! Que había creado todo cuanto veían, oían y tocaban. A Él, Lasca del Infinito, quien había concedido con grandiosa generosidad —casi un milenio antes— una infinitésima parte de su poder a los antepasados de la gente que quería traicionarlo.
No acostumbraba a intervenir en los asuntos de las Grandes Casas, ellos mismos mantenían la balanza de poderes con sus confabulaciones, asesinatos y traiciones; el Equilibrio se encargaba del resto. Pero aquella noche habían llegado demasiado lejos y se había visto obligado a intervenir. Obligado a salir de su palacio y ser testigo de la decadencia que acompañaba el poder no merecido.
Se arrancó un gemelo del cuello de la casaca, no tenía paciencia para desabrocharlo. La tela oscura le apresaba la garganta y comprimía su pecho, privándole de aire. Contuvo el impulso de usar sus mentes de oro para sanar la asfixia que experimentaba; era consciente que estaba en su cabeza y solo serviría para gastar los atributos que celosamente había almacenado.
Hacía tiempo que conocía el pacto de las cuatro Grandes Casas y se había dedicado a observar a los bastardos por cuyas venas circulaba sangre skaa. El resultado era satisfactorio, lo suficiente para pasar por alto aquella afrenta: las Grandes Casas tenían herederos y eso se traducía en estabilidad para su imperio. Comprendía que eran necesarios algunos sacrificios por el bien de Scadrial.
Consideraba el planeta como un mecanismo perfecto cuya única pega eran sus habitantes: estúpidos que creían que enfrentándose a Él conseguirían una mejor vida, cuando lo único que obtendrían sería…
¿Mecanismo perfecto? No me hagas reír.
Ruina.
Despojado de su casaca se había derrumbado en una butaca de su cámara y se frotaba las sienes. No podía pensar con claridad esa noche. No después de haber estado tan cerca de su Investidura.
Te has dejado a dos bastardas vivas.
No podía ejecutarlas también, habían caído tantos miembros de las Grandes Casas que hasta dos infelices descendientes de skaa eran necesarias para mantener el statu quo. Dejó de buscar una justificación para sus actos, no le debía explicaciones a nadie.
Observó sus manos manchadas de sangre y cerró los ojos, tratando de olvidar el chillido de terror de la heredera Hasting cuando había presenciado la brutal muerte de su amiga: el cráneo aplastado bajo las manos de su emperador; sangre y sesos tiñendo de rojo las paredes y los vestidos de las invitadas.
Te sobrepasaste un poco, ¿no crees? Una reacción desproporcionada.
Había sido más que desproporcionada. Una respuesta visceral de la bestia que dedicaba cada segundo de su existencia a controlar.
Puedo oler tu miedo, Rashek.
El olor a vísceras le revolvió el estómago. Necesitaba frotar cada centímetro de su cuerpo hasta despellejarse para arrancar la putrefacción que se había filtrado hasta los huesos. Esa sangre que manchaba sus manos estaba corrupta, impregnada de su esencia. Le quemaba como hierro al rojo vivo, marcándole y haciéndole de su propiedad, cuando sabía que era al revés, que Él tenía el control.
Él era Dios.
¿Dios? ¿Te crees Dios? No eres más que un lobo famélico usando sus últimas fuerzas para arrancarle las entrañas a las ovejas de un desdichado pastor.
Tenía que quitárselo de la cabeza, contrarrestar su influencia, mantenerse fuerte.
Ya has visto lo que hacen durante las fiestas, confabulan en tu contra conspirando para derrocarte. ¡Qué fácil fue manipular a esa pobre desgraciada de Venture! Esta vez has podido pararlo, pero… ¿qué tan lejos llegaré a la próxima? Bajarás la guardia y estaré esperando para degollarte a dentelladas.
Se arrancó la camisa y los pantalones y se metió en el baño para limpiar y purificar su cuerpo. El agua resbalaba por su pecho arrastrando sangre, mugre y pecados. Ocupó su mente con mantras terrisanos que habría olvidado siglos atrás de no ser por sus mentecobres.
Tendrás valor de recordar con añoranza Terris tras masacrar y esclavizar a tus iguales.
El agua y vestirse ropas limpias acallaron en parte los pensamientos que se acumulaban en su cabeza. Necesitaba demostrar su autoridad. Primero, a sus vasallos. Después…
Eres mío, Rashek.
Por un momento le pareció que la fuente del sonido era su propio cuarto. Imaginaciones suyas. Aquella ponzoñosa criatura seguía en el Pozo, controlada. Y Él estaba fuera, reinando sobre un planeta entero. Emperador del Imperio Final.
No te confundas, crees que soy tu prisionero, pero eres tú quien no tiene libertad.
Había sonado tan cerca de su oído que se volvió para asegurarse que estaba solo.
¿Acaso te sientes libre?
En el momento que había aceptado unirse a la expedición de Alendi el Conquistador había perdido el libre albedrío. Lo había hecho por su tío, a quien había prometido que haría todo lo que estuviera en su mano para que la comitiva no llegara nunca a su destino. Que no liberarían la presencia oscura que amenazaba el mundo. Y había cumplido su promesa. La sangre del supuesto Héroe de las Eras manchaba sus manos y se trataba de una mancha que jamás podría lavarse. La primera víctima de multitudes.
Puedo liberarte, Rashek. ¿Quién va a compartir tus tribulaciones mejor que yo? Llevo siglos a tu lado, acompañándote en cada difícil decisión que te has visto forzado a tomar para asegurar la supervivencia de este planeta que lleva desde el principio de su creación condenado.
Nadie podría comprender jamás el peso que cargaba sobre sus hombros.
Yo no soy el juez, Rashek, solo el verdugo que cumple sentencia.
Una pequeña presión en su hombro —como una mano invisible— hizo que le recorriera un escalofrío por toda la espalda. No se trataba de la peligrosa influencia que había intentado convencerle de traicionar sus propios principios, era el contacto amable de alguien con quien podría compartir su dolor. Él no había pedido aquella responsabilidad, no ambicionaba el poder, no le interesaba el trono, los títulos, las coronas.
¿Por qué debía sufrir para proteger a aquellas desagradecidas criaturas? ¿Qué había ganado tras siglos de continuo sacrificio? ¿Cuánto tiempo más debía mantener la farsa? Odiado por sus súbditos, temido por sus seguidores, ateo de la religión que le rendía pleitesía.
¿Acaso era libre?
Su mente jugueteó con la idea de dejarse convencer por aquellos argumentos. La presión en el hombro se intensificó y le recorrió la espalda y el pecho. Por un momento sintió el abrazo vacío de la tentación.
Solo puedes confiar en mí. Lo sabes.
Su voz en el oído, como un amante, sus labios tan cerca de su rostro que pudo notar cómo depositaba un beso ardiente en su mejilla.
Aquel contacto fue como echar sal a una herida supurante. La sensación le arrancó del trance con tanta brusquedad que, por un instante, olvidó que se encontraba en la seguridad de su habitación, lejos del Pozo y la sombra oscura que lo ocupaba.
Pero estaba a salvo.
Él no era como el infeliz de Alendi, cuyo cadáver convertido en polvo ya habría desaparecido de la cima de la montaña. No era como los nobles que se creían intocables en sus torres de piedra cuando solo era necesaria una palabra para derrumbarles, despojados de título y bienes.
Él no se postraría ante un dios traicionado. Él era el auténtico Héroe de las Eras: venciendo incontables batallas, sobreviviendo a asesinatos, unificando el planeta entero bajo su mando, trayendo la paz…
Sonrió cuando no escuchó ninguna voz cuestionando sus pensamientos, había ganado otro asalto contra Ruina. Jamás quebrantaría su voluntad de acero. Solo las mentes débiles caerían ante tan patética entidad —antaño poderosa— que languidecía en los sótanos de su palacio.
Sentirse superior a cualquier criatura sobre Scadrial no hizo que olvidara los sucesos ocurridos durante la noche en la Casa Venture. Le habían demostrado que no era suficiente con el miedo y la dependencia económica, necesitaba ojos y oídos en cada fiesta. La presencia de un único Obligador como representante del imperio durante esos eventos había dejado de ser suficiente.
Les forzaría a revelar cada acuerdo al Ministerio de Acero. A partir de esa misma noche ningún contrato verbal o promesa sería oficial sin un Obligador presente. Si la nobleza tuviese un mínimo de sentido común, mantendrían su palabra sin involucrar lazos legales para excluir al Ministerio de Acero de sus asuntos, pero jamás confiarían lo suficiente los unos en los otros como para ello.
Tras los sucesos de la noche las Grandes Casas no pensarían en golpes de estado durante muchos años. Muchos bastardos habían dejado de ser un problema y los que quedaban podrían convertirse en títeres adecuados para vigilar a la nobleza.
Sabía que los kandras díscolos serían castigados con dureza por la Primera Generación. Su contrato era inviolable.
El saltamundos no le preocupaba, su poder como despertador era despreciable comparado con la fuerza de La Lasca del Infinito. No volvería a pisar su planeta.
Todas las posibles amenazas que había detectado no eran más que insignificantes bichos que no merecían ni un instante de atención. Y como bichos habían sido aplastados, dando ejemplo a los que quedaban vivos para que no coquetearan con fuerzas que no sabían manejar.
El mundo estaba en su puño, seguía teniendo el control.
Él era Dios.
