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14 de marzo, Madrid.
— Vamos cariño, no me sueltes la mano que te pierdes.
La pequeña niña apretó con fuerza la mano del mayor, con miedo a perderse por aquellos grises y desconocidos pasillos. A su alrededor, resonaban los pasos de otras personas que, como ellos, caminaban apresuradas, sin detenerse a mirar el entorno. Pudo fijarse en cómo algunas personas llevaban grandes cantidades de ropa y productos de maquillaje que reconocía haber visto en casa, pero que desconocía qué eran por su corta edad.
— Papi andas muy rápido, me canso — habló esta vez ella, mientras sus pequeños pies trataban de seguir el ritmo apresurado de su padre.
El de rizos frenó su paso un instante, arrodillándose frente a su hija.
— Lo siento, cielo, es que tenemos que llegar rápido. Prometo que después te lo recompenso, ¿vale?
— ¿Puedo comer helado?
El sevillano soltó una pequeña risa, viendo como la cara de niña se iluminaba al hacer la pregunta.
— Claro, mi amor y de los sabores que quieras — le respondió con una sonrisa, acariciando el cabello oscuro y rizado de la niña.
La pequeña sonrió satisfecha, y volvió a sujetar la mano de su padre con fuerza mientras él se ponía de pie. Así volvieron a caminar, esta vez un poco más despacio. A medida que avanzaban, los pasillos parecían interminables. Las paredes grises, sin ventanas, y los negros suelos hacían eco de sus pasos y de los murmullos de las personas que pasaban a su alrededor. De vez en cuando, el padre miraba nervioso hacia los extremos del pasillo, como si estuviera buscando algo, o a alguien.
— ¿Cuánto falta, papi? — preguntó la niña con una pizca de impaciencia.
Y justo en ese instante, frenaron justo delante de una puerta. La pequeña alzó la vista y pudo observar un cartel blanco con letras negras que reconocía, pues se las había enseñado su profesora en el colegio, pero al no saber leer bien no podía entenderlas. El padre respiró hondo y soltó la mano de su hija por un momento para tocar suavemente la puerta, mientras la pequeña lo observaba con curiosidad.
— ¿Papi?
— Es aquí cariño, ya hemos llegado. — contestó, girándose para alzar a su pequeña en brazos.
Ambos esperaron durante segundos que parecieron eternos, hasta que la puerta se abrió de golpe, dejando ver a una cabellera pelirroja.
— ¡Tita Rus!
El grito de la niña resonó por todos lados, haciendo sonreír a su padre y a la chica. Extendió sus brazos aferrándose al cuello de su tía. Álvaro observaba la escena con una tierna sonrisa leve.
— ¡Pero qué grande estás, Ángeles! — exclamó la tía mientras la balanceaba ligeramente de un lado a otro.
La risa de la niña hizo sonreír aún más a los mayores, que la miraban con ternura.
— Pablo está ahí dentro, le están maquillando justo ahora. Llegáis a tiempo.
El mayor suspiró aliviado, pues pensaba que no llegaría a tiempo para desearle suerte en el escenario a su marido. Sonrió de nuevo hacia su hija, sintiéndose mal por haber hecho correr tanto a su pequeña, pero ya le pediría disculpas ( y le compraría ese helado) más tarde, pues el cómo se iluminó la cara de la pequeña al escuchar aquel nombre salir de la boca de su tía le dejó embelesado.
— ¿Papá está aquí? — preguntó sonriendo aún más — ¡Papi quiero verle! ¡Por fa!
— Claro cariño, para eso hemos venido.
Álvaro miró a su hija con ternura, sabiendo lo mucho que admiraba a su esposo. Ver la emoción en sus ojos, ese brillo inconfundible que la hacía saltar de felicidad, le llenaba el corazón de una paz inexplicable.
— Vamos a buscar a papá — le dijo el rizado a la niña, acariciando suavemente el cabello de la pequeña.
— ¡Sí! — exclamó esta mientras se bajaba de los brazos de su tía.
Entraron al camerino junto a Ruslana, que sonrió al ver como la niña corría hacia su padre, quien se encontraba sentado frente al tocador, mirando su teléfono ajeno a todo. Tuka, su maquilladora, se encontraba a su lado observando lo que el chico le mostraba en la pantalla. La misma sonrió y se separó del chico cuando al levantar la vista, observó a la menor corriendo hacia ellos.
— ¡Papá!
El teñido alzó la vista hacia la niña de manera instantánea, mientras una gran sonrisa se instauraba en su cara, dejando el teléfono sobre el tocador y abriendo los brazos justo a tiempo para recibir a su hija, quien se lanzó sobre él con una risa de pura felicidad.
La niña se acurrucó en su regazo mientras él la abrazaba con fuerza. Álvaro se apoyó en el tocador, observando la escena con una sonrisa. Aquellos momentos siempre le derretían el corazón.
— ¡Mi princesa! — dijo Pablo, acariciando la espalda de Ángeles con ternura —. ¿ Me has venido a dar suerte ?
— ¿Suerte?
Álvaro sonrió, dirigiéndose hacia su hija.
— Cariño, hemos venido a desearle suerte a papá para su concierto de hoy.
— ¿Voy a ver un concierto de Papá?
El grito eufórico de la niña hizo reír a todos en aquella habitación.
— Claro que sí, mi amor — respondió Pablo, sonriendo con dulzura —. Hoy es una noche muy especial, y tenerte aquí hace que sea aún mejor.
Ángeles comenzó a saltar de emoción, agitando sus manos en el aire, incapaz de contener su entusiasmo. La energía que emanaba llenaba todo el camerino, haciendo que hasta Tuka, que estaba guardando sus brochas, sonriera ante el entusiasmo contagioso de la pequeña.
— ¿Voy a poder ver todo desde cerquita, papi? — preguntó Ángeles, con ojos brillantes que lograron derretir a Pablo un poquito más.
Álvaro se acercó, acariciando suavemente el cabello de su hija.
— Vas a estar en primera fila, princesa.
Pablo miró a ambos embelesado, pues ambos eran su ancla en aquel mundo lleno de luces, aplausos y expectativas que eran los escenarios. Y, aquel día en su primer Wizink, más que nunca agradecía estar con ellos. Su familia, los amores de su vida.
Álvaro, notando la mirada perdida pero tierna de Pablo, sonrió y le acarició suavemente la mandíbula, trayéndolo de vuelta al presente.
— Oye, deja de pensar tanto — dijo en un tono suave —. Vas a estar increíble, como siempre. Y nos tienes a nosotros justo aquí y allí en primera fila, no lo olvides.
Pablo soltó una pequeña carcajada, sacudiendo la cabeza como si intentara despejar cualquier resquicio de duda. Aquel gesto hizo reír al de rizos. Por otro lado, Ángeles, que había estado jugando con las manos de su padre, levantó la cabeza, curiosa.
— ¿Qué pasa, papi? ¿Estás nervioso?
Álvaro sonrió.
— Un poquito, princesa. Es un concierto muy importante para mí.
— ¿Más importante que los otros? —inquirió Ángeles, mirando a su padre con aquellos preciosos ojitos de cervatillo, que a Paul le recordaban tanto a los de su esposo.
Pablo la miró con ternura. No podía mentirle, pero tampoco quería cargarla con la presión que sentía.
— Todos los conciertos son importantes, cariño. Pero este es especial porque es muy grande y mucha más gente ha venido a verme cantar —dijo, acariciando su pequeña mejilla.
— ¡Pero no tienes que estar nervioso, papi! Eres el mejor cantante del mundo.
Pablo sonrió, sintiendo cómo se le humedecían los ojos, pues amaba esa confianza pura y absoluta que su hija depositaba en él cada día. Le besó la frente con cariño.
— ¿Ya estás listo? —preguntó Álvaro, aunque en el fondo sabía que Pablo lo estaba desde hacía horas. Siempre era muy meticuloso con los preparativos y ensayos, un perfeccionista innato cuando se trataba de sus actuaciones. Un workaholic , como le decía Ruslana.
— Casi — respondió Pablo, dándole un último apretón a Ángeles antes de dejarla deslizarse de su regazo—. Solo falta que Tuka termine su magia en mi cara, voy a llevar una prótesis en la mejilla — dijo, mirando a la maquilladora con una sonrisa divertida.
— Álvaro Mayo salvame de tu esposo, por favor — bromeó mientras se acercaba con las brochas en la mano—. Cada día me pide algo más raro.
El mencionado rió, cargando en brazos a su hija y sentándose en el sofá del camerino con la misma en su regazo.
— Papá va a cantar mi canción favorita, siempre canta Brisa — le dijo con los ojos brillantes —. ¿La tuya también es esa?
— A mí me gustan todas las canciones que canta papá —le respondió con sinceridad—. Pero sí, esa es especial, porque sé que es la que te hace más feliz.
Ángeles asintió, satisfecha con la respuesta, y luego volvió su atención a Pablo, observando mientras Tuka le daba los últimos toques y colocaba aquella prótesis.
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— Que asco papá — exclamó la niña, escondiéndose tras Álvaro, quien rió al ver la expresión de la menor.
Paul acababa de terminar de ser maquillado por la Argentina. En su mejilla, se podía distinguir una prótesis, que hacía ver que de su propia cara salían unos cables en tonos azules y morados.
— Es solo un poco de maquillaje, cariño.
Ángeles, asomándose un poco, aún mantenía el gesto de desagrado en su rostro. Sus pequeños ojos miraban los cables como si fueran criaturas extrañas.
— Pero… ¿por qué tienes eso? —preguntó, frunciendo el ceño.
Álvaro no pudo evitar reírse más fuerte al escuchar la pregunta.
— Papá está haciendo un personaje, cariño.
Pablo se acercó a Ángeles, arrodillándose para estar a su altura.
— Exactamente. Es como cuando tú te disfrazas para Halloween. A veces, los disfraces pueden dar un poco de miedo, pero son solo parte del juego y en mi caso es parte del concierto. Yo ahora mismo soy un robot, mira —dijo, sonriendo de forma exagerada, lo que hizo que Ángeles se riera un poco, aunque aún dudaba en acercarse a él.
— No sé… —dijo la niña, todavía con una pizca de recelo.
Álvaro intervino, tratando de hacer un poco de humor para aliviar la tensión.
— ¿Pero sabes que en realidad esos son cables de carga? Para que el robot que interpreta papá cargue su batería y pueda cantar en el escenario — fue lo que el rizado sugirió, abrazando a Ángeles de lado.
Ella se soltó de su padre, mirando a Pablo con una nueva curiosidad.
— ¿Es verdad? —preguntó, con sus ojos brillando un poquito de más.
Pablo sonrió ampliamente, viendo cómo la imaginación de su hija comenzaba a trabajar. A veces le recordaba tanto a él en ese sentido.
Fue entonces cuando el manager de Paul asomó su cabeza por la puerta, avisando de que ya era hora de que el rizado se dirigiese hacia el escenario. El momento había llegado y Pablo respiró hondo una vez más, mirando por última vez a su pequeña familia.
— Bueno, chicos, es el momento — se puso de pie y le extendió la mano a Álvaro, entrelazando sus dedos brevemente.
Álvaro asintió, sin necesidad de palabras, pues su apoyo estaba en cada gesto, en cada mirada, y Pablo lo sabía. Ángeles, por su parte, tiró de la mano de su padre con entusiasmo, lista para ver a uno de sus dos cantantes favoritos ( pues obviamente Álvaro era el otro ) brillar sobre el escenario.
— ¡Vamos, papi! ¡Quiero verte cantar! —gritó, llena de emoción.
Pablo rió y, dándole un último beso en la mejilla a su hija y un rápido beso en los labios a Álvaro, se dirigió hacia el escenario.
Y fue por primera vez allí, donde al cantar se encendieron los focos y las butacas comenzaron a aplaudir, que pudieron comprobar que las luces no solo iluminaban el espacio, sino también sus corazones.
