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Si llegabas a la parte más alejada de Isla Quesadilla, donde la arena y las rocas colisionaban con el mar, podías encontrar a un hombre ahí, con un sombrero morado que le hacía parecer un mago y una caña de pescar con un anzuelo plateado. Te ignoraba, continuando con su pesca, y no se detenía hasta que la puesta del sol le hacía imposible ver lo que estaba frente suyo.
Era conocido como el sabio del mar, pues cuentan por las calles que solía ser un pirata, el más grande y temido conocido por estos mares. Traía riquezas y enfrentó todo tipo de monstruos, mas ahora todo eso desapareció y solo lo vemos una vez cada cierto tiempo vendiendo los pescados que atrapó y consiguiendo el dinero necesario para desaparecer otro mes y dedicarse a su soledad.
Siempre me había parecido misterioso, y quería saber más de él pues, gracias a aquellas leyendas, mi sueño de volverme un pirata y traer fortunas a mi familia era lo que más quería.
Y fue así como, persiguiendo una gaviota, lo conocí. El animal había robado una perla que encontré, y la perseguí pues era valiosa y podía darme un ingreso extra. No conté con resbalar y caer en una roca, lastimándome la rodilla. El sabio estaba cerca y, a diferencia de otras tardes donde parecía que yo no existía cuando me cruzaba por su lado, fue incapaz de ignorarme y se acercó. Llevaba consigo un balde repleto de peces, y sus ojos morados no reflejaban brillo algo, más bien, lucían cansados.
— ¿No te han dicho tus padres que debes tener cuidado al correr? — me dijo, sintiéndome culpable de haber arruinado su paz.
— Si siguiera lo que me dicen, no habría logrado que el sabio del mar me hablara. — respondí, divertido, pero él no hizo mueca alguna — Huh… podría necesitar un poco de ayuda.
Él soltó un quejido y pensé por un instante que me abandonaría ahí, sin embargo, me ayudó a pararme y mencionó que su cabaña no estaba tan lejos. Que me curaría la herida y nos despediríamos.
Que su nombre era Vegetta, y que no necesitaba que alguien viniese a interrumpir su calma.
Su casa era acogedora, disonante a la fría personalidad que me había recibido en la playa. Limpió mi herida y me puso una curita en silencio, con leves suspiros mientras iba de aquí para allá, ante mi mirada curiosa al notar cómo estaba también preparando algo de té.
No fui capaz de evitar notar algunas fotos. Él estaba ahí, sonriendo y con un brillo en sus morados ojos del que nunca había sido testigo. No estaba solo; aparte de los peces, una segunda figura, más pequeña, rodeaba su pierna y sonreía con genuina felicidad.
— En el pueblo dicen que fuiste un pirata. — dije, aun sin saber sobre aquella otra persona en la foto — Debió ser genial.
— En el pueblo dicen muchas cosas. — respondió, casi tirándome la taza con té en ella — Termina tu té y vete, eh…
— Roier. — aclaré — ¡Yo quiero ser un pirata también! Quiero tener fortunas, quiero ayudar a mi familia, navegar por los mares, ¡vivir!
Quizá me excedí mucho con mi entusiasmo. Vegetta me miró con una ceja alzada, no creyendo la confianza con la que me dirigía a él, supongo. Dio un sorbo a su vaso y se sentó, con su filada mirada en mí, poniéndome nervioso.
— ¿De qué sirve la riqueza si no tienes con quien compartirla? — miró las fotos con pesar, tomando una donde aquella niña aparecía — ¿De qué sirve si a quien juraste proteger ya no se encuentra aquí?
— Lo lamento tan…
— Ya no importa. — abrió la puerta de su cabaña — Leo ya no está y mi voluntad tampoco, no tengo razones para volver al mar.
No dijo nada más luego de ello, y no tuve otra opción que irme con más preguntas que respuestas.
Me lo encontré una semana después en el mercado, donde vendía los últimos peces que capturó al mejor postor. Me notó, ignorando mi mirada, pero no pudo hacer más que suspirar pesadamente cuando me acerqué a su lado y le ofrecí un billete por uno de los pescados.
— Esos son bien escurridizos. — dije, mientras él recibía el dinero y me daba la cantidad adecuada en una bolsa — Parece no gustarles ningún cebo que les lanzo.
— Es porque el adecuado no lo encontrarás aquí. — responde — Debes viajar una cierta cantidad y esperar unos días para que esté a su gusto.
— ¿Podrías enseñarme? — pregunté, y este me miró con desgano — ¿Cómo sabes cuál es su cebo? ¿Alguna de tus aventuras en altamar fue la causa?
— Si te cuento, ¿te irías?
— No, pero podría hacerte compañía y ayudarte a vender.
No pareció convencido, sin embargo, se hizo a un lado y me ofreció un asiento en su improvisado puesto.
Los días siguieron avanzando, cada tarde me reunía con él a pescar y Vegetta me contaba alguna historia que recordaba. Estas hipnotizaban, no logrando más que me convenciera de que mi destino era el mar, y dispuesto a demostrarle que podía ser igual o incluso mejor que él. El sabio del mar solo asentía cansado cada vez que le expresaba mis ganas de ser mayor y poder navegar, desordenando mi cabello y diciendo que simplemente regrese a casa a salvo.
Una tarde, ya cerca al anochecer, llegué a nuestro lugar de siempre y no lo encontré. Busqué en los alrededores, preocupado de que le haya pasado algo y no fue hasta cierto tiempo después que entré a una cueva cerca a esa zona y lo vi.
Más bien, los vi.
Vegetta estaba agachado, frente a un pequeño lago formado dentro de la cueva, con entrada al océano. El tenía la vista hipnotizada hacia ese ser que se encontraba frente suyo. Lo observé, maravillado y aterrado a lo que mis ojos veían; un ser divino, que parecía ser cubierto de oro, estaba con el rostro casi cerca al del sabio, aunque este tenía una mirada desafiante. Sus ojos parecían brillar en un verde que no podía descifrar, y su cola, del mismo color, relucía entre verde y rojo, un rojo que pintaba la laguna conforme pasaban los segundos.
— ¡Veget…! — quise gritar, pero me contuve cuando noté más de cerca a mi mentor.
Sus ojos brillaban como solía serlo en las fotos.
Mi voz fue suficiente para que la criatura me observara y se escondiera debajo del agua. Me acerqué al ex pirata, y este se paró mientras me miraba, nuevamente con la mirada opaca.
— Está herido. — susurra, y noto un leve sonrojo en sus mejillas — Ve a la cabaña y busca medicinas. Yo me quedaré a calmarlo.
— ¿Acaso es un…?
— Sí. — no me deja terminar — Prioricemos su recuperación.
— ¿Está bien dejarte solo con… eso? Oí que pueden hipnotizarte y mat…
— No hay problema, muchacho. — su voz sonaba apurada — No te preocupes por el viejo Vegetta, puedo lidiar con un tritón.
— ¿Tú llamándote viejo? Eso es nuevo.
— ¡Que te apures, tontoier!
— ¡Voy, voy!
No podía asegurar que Vegetta no estuviese ya bajo el hechizo de ese ser mitológico, de hecho, ni siquiera era capaz de asimilar que los tritones existieran, pero decidí hacerle caso, pues su voz era desesperada, angustiada, queriendo salvar a aquel ser que ahora me veía a mí hasta que salí de la cueva.
Cuando regresé, las medicinas cayeron de mis manos al ver la escena ante mis ojos. El tritón estaba fuera del agua, encima de Vegetta, intentando atacarlo y hambriento. El ex pirata no hacía nada para apartarlo de él, pero evitaba que el ser lo atacase agarrando ambas manos.
— Quiero ayudarte. — le decía, mientras yo me acercaba a ellos — Prometo no lastimarte.
— ¿Por qué creería en dos humanos? — escupió el tritón, ya habiendo notado mi presencia otra vez — Tienen la ventaja aquí y ahora, no pienso bajar la guardia.
— Créeme, por favor. — la fuerza en sus manos se redujo, dejando que la criatura acercara las suyas a su garganta — Ya no opondré fuerzas. Roier tampoco lo hará. Solo déjame ayudarte. Confía en mí.
Estuve preparado para sacar mi cuchillo y lanzarme a salvar a mi mentor, pero el tritón dejó de agarrar a Vegetta y, de un salto, cayó de nuevo al lago. No entendí el por qué, ¿fue convencido por unas simples palabras? Pero se colocó en una esquina lejana de los dos con solo su cabeza visible.
— Vegetta, ¿estás bien? — lo ayudé a pararse pero él se dirigió de frente a las medicinas apenas y recobró la compostura — ¿Qué te pasa?
— Prometí ayudarlo y eso haré. — Usó la caja con la que traje las medicinas y la hizo flotar para que llegara a la criatura — Aplica eso en tu cola por mientras y no la muevas. No podemos ponerte vendas porque se mojarán.
El tritón agarró la caja y examinó el contenido. Yo seguía estupefacto ante la preocupación de Vegetta, quien esperaba una respuesta.
— Gracias. — fue todo lo que recibimos — Pueden llamarme Foolish.
— Vegetta. — se presentó — y este de aquí es Roier, mi aprendiz. — di una reverencia, avergonzado luego al no saber por qué hice eso y ante la primera mención de "aprendiz" — Te traeremos comida al amanecer, no intentes volver al mar con la cola en ese estado.
— No te prometo nada.
— Nos vemos.
Salimos de la cueva y mi respuesta más tranquila fue gritarle a Vegetta qué rayos acababa de pasar. Este me guío hasta su cabaña y me invitó la cena, teniéndome con la miel en los labios.
— Oí su canto y así lo encontré. — respondió — nunca había visto uno, no creí que fueran reales. Su cola estaba peor, quizá escapaba de otros piratas. Hice lo que pude con lo que tenía a mano. Felizmente apareciste a tiempo.
— Vender uno de ellos debe valer una fortuna, ¡nos volveríamos millonarios! — exclamé — ¿Por qué decidiste salvarlo? Estaba vulnerable. — este dio un mordisco a su comida antes de responder.
— Leo siempre estuvo convencida de que las sirenas existían — reveló, con una pequeña sonrisa — le hubiese gustado saber que sus sospechas eran ciertas.
Entendí entonces por qué se empeñó tanto en mantener a la criatura, a Foolish a salvo.
Un recuerdo de su hija.
La sonrisa en él se mantuvo, contándome ahora como una vez Leonarda dibujo varias sirenas detrás de un mapa que Vegetta se demoró años en conseguir. Sonreía cada vez que el nombre de su hija era mencionado por él, y yo estaba seguro de que ella debía estar feliz de que Vegetta volviese a sonreír ante su recuerdo.
Al día siguiente, nuestra rutina de pesca fue cambiada por las visitas a la cueva y cuidar de Foolish. O bueno… más bien convencer a Foolish de que no planeábamos matarlo. Quisiera decir que nos tomó horas y diversas estrategias, pero bastó con prometerle más comida y una que otra joya que Vegetta tenía en su cabaña para que el ser peligroso terminara por volverse amigable y comenzara a hablar de lo genial que sería salir a explorar el mundo humano o matarnos y utilizar nuestras piernas para caminar por el pueblo. Por supuesto que estaba preparado para defenderme en ese instante, pero me sorprendió como Vegetta soltó una carcajada que nos impactó tanto al tritón como a mí.
— Que ser tan peculiar. — dijo, recuperando el aliento — Cuéntame más sobre el mundo al que perteneces, y yo te contaré sobre el nuestro.
— Sigo creyendo que matarlos es una vía más fácil.
— Inténtalo. — Vegetta no se dejaría vencer en esa lucha de palabras, parecía gustarle la sonrisa retadora del tritón — Y terminarás como comida o escultura para atraer turistas.
— Provócame. — Foolish movió su cola, aún herida, y las gotas salpicaron nuestros zapatos. — No te tengo miedo.
Había algo en ese desafío, ¿realmente era uno? Que me hizo sentir desplazado de aquella conversación.
Todas las mañanas que siguieron iban de la misma forma. Vegetta visitaba a Foolish en aquella cueva y le traía alimentos e historias que el otro adoraba, y este nos contaba sobre la vida en el mar, sobre criaturas que jamás creímos existían. Vegetta se maravillaba cada vez, con aquellos ojos morados cada vez más luminosos a cuando lo conocí. Compartían experiencias de altamar, y yo aprovechaba para aprender más de aquellos dos seres tan increíbles y tan diferentes a la vez, asombrado con lo que me esperaba el día que tenga mi propia embarcación.
Sin embargo, lo que más me sorprendía era el cambio en Vegetta.
El sabio del mar pasó de ser una persona silenciosa, cascarrabias y solitaria a alguien lleno de vida. Hablaba sobre Leonarda más de lo habitual, contándome todas las veces que la niña hacía travesuras en su barco, como tenía que salvarla del peligro cada vez que iban a una nueva aventura o sus incontables teorías sobre las sirenas, ahora muchas de ellas ciertas. También, me saludaba con una sonrisa cada vez que me veía y hablaba sin parar de lo último que Foolish le había contado hasta que llegábamos con él. Cuando sus ojos notaban al tritón, podía notar como el rostro se le iluminaba, como sus manos se movían inquietas y sus piernas no dudaban ni un segundo en acercarse a él.
Me alegraba verlo tan cambiado, tan lleno de vida pero, al mismo tiempo, me preocupaba, ¿realmente Foolish no lo habrá hechizado ya? Sin embargo, Vegetta aseguraba que no era el caso.
El tritón, por su parte, también había cambiado. Pasó de ser la criatura desconfiada con ganas de matarnos (porque lo intentó unas cuantas veces más) a un ser tranquilo, divertido, aunque en ocasiones odioso, que no dejaba de bromear conmigo pero que siempre parecía feliz con cada muestra de atención que Vegetta le daba. Se negaba a cantar en nuestra presencia, diciendo que era más divertido tenernos sin hechizos, genuinos.
No era bobo, sabía que entre esos dos algo más había nacido, mas mi misma incredulidad me negaba a ver con claridad aquello que estaba frente a mis ojos.
— Ey, pendejo.
— Es Roier. — le corregí al tritón. El sabio del mar se había ido a pescar, dejándonos solos — ¿Qué quieres? ¿Cuándo te irás? Tu cola parece ya recuperada.
— Aún duele cuando la muevo mucho. — escupió, acercándose lentamente hacia la orilla donde me encontraba — ¿Te puedo preguntar algo?
— No seré tu cena.
— ¡Cómo osas pensar que te preguntaría eso por segunda vez! — dijo, ofendido — Es sobre algo más.
— Dilo.
— ¿Qué se dan los humanos para cortejarse?
¿Eh?
— ¿Perdón?
— Que qué le das a un humano cuando lo quieres cortejar. — repitió.
— ¿Para qué quieres saber…? ¡Ay! — me tiró agua al rostro — ¡Ey!
— Para Vegetta. — se sinceró, ordenando su cabello — ¿Qué le puede gustar a Vegetta?
En mi vida hubiese pensado que llegaría el momento donde un tritón malherido me preguntara sobre consejos de amor hacia un humano. Lo miré incrédulo, nada de esto tenía sentido.
— ¿No te bastaría con cantarle para que lo tengas a tus pies, digo, cola? — pregunto, y este rueda los ojos.
— Eso es muy simple y ya se me pasó las ganas de matarlo. — suelta, como si fuera lo más normal de decir — ¿Qué le puedo dar?
No entendía las intenciones de ese ser, y no quería por nada del mundo que dañase a Vegetta.
— Flores. — aun así, era la primera vez que veía esperanza en sus ojos. No instintos asesinos, no curiosidad, era esperanza de que yo pudiese proveerle con la respuesta que buscaba.
Foolish asintió y volvió a esconderse en el mar, dejándome aún más confuso.
— ¿Todo bien por aquí? — la voz de Vegetta me sacó de mis pensamientos, acercándose para saludarme y buscando a Foolish con la mirada.
— Vegetta, ¡mira! — antes de que yo pudiese decir algo, Foolish tenía consigo un montón de algas en sus manos, que había recogido de lo profundo, lanzándolas directo al ex pirata, quien las atrapó sin entender lo que sucedía — ¿Qué te parecen? ¿Te gustan?
— Eh… ¿Supongo que sí? — quise reír, Vegetta jamás admitiría que se sentía incómodo con la ropa ahora toda mojada — Podría cocinar algo con ellas, déjame pensar.
— ¿Solo eso?
— Sí, ¿qué más?
Mientras el ex pirata se perdía en sus pensamientos, Foolish me lanzó una mirada asesina.
— Eres un mal consejero. — susurró. Yo solo me encogí de hombros, viendo la siguiente escena donde el tritón le decía que debía ponerlas en algún otro lugar en vez de sus estómagos. — Vegetta, ¡serían un bonito decorado en tu hogar! El verde es un color muy hermoso.
— No tan hermoso como tú. — respondió, mirándolo y dedicándole una sonrisa. El tritón escondió su rostro en el agua por la vergüenza y Vegetta se acercó a la orilla — ¿Dije algo…?
Antes de poder hacer otro movimiento resbaló y cayó al lago. Me paré instintivamente, mas mi ayuda no era necesario al notar como Foolish dejó sus nervios de lado y agarró a Vegetta, con los dos ahora abrazados en el centro.
— Aquí también hacen un buen decorado. — dijo el tritón, con las algas esparcidas y flotando alrededor de los dos. — Pero me gustaría más si tuvieras algo de mí que siempre te acompañe.
Vegetta se sonrojó mientras nadaba de vuelta a tierra y yo afirmé, por enésima vez, que de verdad sentía que estorbaba en el mundo que habían creado esos dos.
Los días pasaban tranquilos, la vida era tranquila. Vegetta regresaba más seguido al pueblo para vender y conseguir objetos que le ayudaran a hacer que Foolish conociera más de nuestro mundo. Hizo amigos y la gente lo recibía con cariño. Me enseñaba más sobre su vida como pirata y prometió ayudarme a buscar el mejor barco para cuando sea mi turno e íbamos cada vez que podíamos a la tumba de Leonarda a contarle nuestra vida y esperar que ella sea feliz donde quiera que esté.
Todo estaba bien… hasta que dejó de estarlo.
Los rumores de una sirena en la playa se hacían más fuertes cada vez. Niños que pasaron por ahí y jurarían haber visto la cola esmeralda, mujeres que afirmaban escuchar un cántico hipnótico por las noches, hombres que pedían cualquier información pues se harían una fortuna con un ser como ese. Cuchicheos por allí y por allá, que me preocupaban cada vez más. Estaba seguro de algo y eso era que Foolish debía volver al mar.
Su cola ya estaba más que bien, lo sabía porque lo veía practicar todas las tardes en el lago antes de regresar al océano. Simplemente no se iba por el mero hecho de dejar de ver a Vegetta y, aunque me enfermaba el amor con el que se dirigía a él, no podía negar que le agradecía ser parte del cambio para bien de mi mentor. Aun así, debía irse por su bienestar, y no pensaba obtener un no por respuesta cuando lo viera de nuevo.
Esa noche, corrí hacia la cabaña del sabio y toqué la puerta incontables veces llamando su nombre una y otra vez. Nada. Pensé en dirigirme a la cueva cuando noté al sabio del mar acercarse y verme con preocupación.
— Es muy noche. — me dijo — ¿Te siguieron?
— ¿Sabías los rumores?
— Un par, y que pensaban ir hoy a revisar la cueva. — me dejó entrar a la cabaña — Hay que ser cuidadosos cuando nos vayamos hoy. Aún no estoy seguro de a dónde nos dirigiremos, pero cualquier lugar es mejor que aquí.
— Lo sé, deberíamos… ¿vayamos? ¿qué?
Nos callamos cuando escuchamos voces a lo lejos, provenientes de los pueblerinos de los que Vegetta supo irían a investigar hoy. Apagó la luz de la cabaña y me pidió silencio, esperando a que las voces se desvanecieran con el viento.
—Te siguieron hasta aquí. — susurró, y mi cuerpo se heló.
— Mierda, lo siento. — djie, a lo que él negó. — Debemos decirle a Foolish que debe irse ahora o si no…
— Me iré con él.
Creí oír mal. Creía oír mal. Pero Vegetta no corrigió mi pregunta y me miró afligido.
— ¿Qué estás diciendo, Vegetta? — creí que era una broma, pero la seriedad en su cara me demostró lo contrario. — ¿Te has vuelto loco?
— Ya tengo todo listo. — se movió a un lado y noté bolsas con sus cosas. La cabaña también estaba semi-vacía. — Puedes quedarte con este lugar si lo necesitas, ya no hay tiempo. Me aseguraré de que Foolish pueda estar a salvo.
— ¡No estás pensando con claridad!
— Nunca había estado más seguro que ahora.
Esto no tenía sentido. Vegetta agarró sus cosas y estaba dispuesto a salir, mas yo lo evité, sin entender aún por qué había tomado una decisión tan drástica como esa.
— ¡No es verdad! — grité, preocupado de que haya perdido la cabeza — Aquí tienes tu trabajo, tus amigos, tu futuro — digo, agarrándolo de la camisa para que deje de ignorar mi mirada — Entiendo lo preciado que es por los recuerdos de Leo, ¿pero por qué arriesgarías todo por salvarlo?
Tomó mis manos, logrando que pierda fuerzas y lo suelte. Sus ojos tienen una chispa que no había visto más que cuando contaba historias de su vida en altamar, o sobre Leo. Su brillo morado me alegra, pero a la vez me aterra al ser consciente de que, por más que diga algo, su decisión está tomada.
— Por amor. — susurra — Daría mi vida por salvar a aquel que regresó mi felicidad.
Quizá fue ahí cuando lo entendí.
Amor, el amor le había dado un nuevo sentido a la vida de Vegetta, había encontrado a alguien que lo motivó a salir de su hoyo sin fondo y le mostró lo maravilloso de compartir su vida junto a alguien más. Fue el amor lo que le regresó el brillo a sus ojos, y es el amor el que lo conduce a salvar a Foolish, así sea que deba dejar su vida tranquila de lado.
— Encontraremos la forma de salir de esta. Iremos a otra isla, a donde sea, pero no pienso separarme de él.
— ¡Pero…!
— Estaré bien, Roier. — me dice, con una palmada en la espalda que se convierte en un abrazo — Y gracias también por todo el tiempo que pasaste conmigo.
— Yo…
— Eres increíble, muchacho. — siguió — ¿Sabes que, de no ser por ti, no hubiera vuelto a recordar lo feliz que me sentía en el mar?
Siguió con el abrazo y yo no pude evitar soltar una lágrima. Vegetta se iría, mi mentor se iría, y caí en cuenta de lo mucho que lo iba a extrañar.
— Hubieras sido un excelente hermano mayor para Leo. — me susurra, separándonos por fin. — Y serás un gran pirata.
— Prométeme que sabré de ti.
— Cada vez que veas el mar, por supuesto. Siempre estaré ahí.
Lo demás pasó en un abrir y cerrar de ojos. Salí de la cabaña en dirección a los pueblerinos, haciendo de distracción mientras Vegetta aprovechaba y se escabullía en la cueva. Fue sencillo, soy bueno con las actuaciones después de todo, y logré mandar a los caza-fortunas en dirección opuesta.
Cuando el último de ellos se perdió en la lejanía, corrí a darle el encuentro a Vegetta y Foolish, esperanzado en encontrarlos aún ahí.
Tristemente, no fue así.
Parecía que nadie había vivido en esa cueva con un lago conectado al mar. Todos los momentos compartidos solo permanecían en mi memoria, estrujando una de mis manos ante la idea de que, lo más probable, jamás vuelva a saber de ellos. Bajé mi mirada al suelo, negándome a volver a llorar, y mis ojos se iluminaron al notar una escama verdosa, solitaria, en la orilla. La tomé, sabiendo que Foolish debió dejarla ahí a propósito para mí como una despedida, y la guardé.
Jamás se irían de mis memorias, seguirían existiendo mientras yo esté aquí.
Y quizá, algún día, nuestros caminos se reencontrarán.
Los años siguieron pasando.
Logré conseguir una tripulación y un barco. Nuestra décima salida hacia lo desconocido inició una mañana tranquila, con las gaviotas ahora acompañándome y no siendo yo el que las persiguiera. El aroma salado del mar me daba la bienvenida, no pudiendo evitar estirar ambos brazos, intentado abrazarlo.
Haría orgulloso a Vegetta, y me haría orgulloso a mí.
¿Dónde se encontraría? ¿Foolish y él habrían logrado encontrar un nuevo hogar? Esas preguntas me invadían cada noche, rogando que mis plegarias fueran suficientes para que estén a salvo. Toqué la escama que ahora hacía de collar en mi cuello, suspirando ante la idea de encontrarlos otra vez.
Es entonces cuando lo veo.
Un verde brillante me ciega por unos instantes, chocando con la escama que poseía y logrando que esta de un pequeño brillo antes de apagarse. Lo observo incrédulo, dirigiendo mi vista desesperada a todas las partes del mar. Intentando buscar, con duras penas, a la razón por la que esta parecía viva.
¿Dónde? ¿Dónde…?
— Capitán. — una voz me saca de mis pensamientos. Volteo, mirando a uno de mis compañeros.
— Cellbit. —respondo, recobrando la compostura — ¿Sucedió algo?
— Esto. — extendió su mano y me dio una botella con un papel dentro suyo, donde “Roier” podía ser leído sin mucho problema — llámeme loco, pero le juro que simplemente apareció en la cubierta, quizá el mar lo arrojó.
— Prefiero llamarte gatinho. — el hombre se sonroja, aun sin estar acostumbrado al apodo que le di — Gracias, lo revisaré por si es de utilidad. El mar es muy misterioso, así que no le daría tantas vueltas a cómo llegó a ti.
— Entendido. — respondió — Volveré a mis labores.
— Incluye acompañarme a cenar como una de ellas.
Él no respondió, pero sé que sonreía.
Ya solo, abrí la botella y saqué el papel, curioso pero esperanzado en saber su contenido. La hoja no estaba mojada y la letra se me hacía conocida. Sonreí, entendiendo entonces qué fue lo verdoso que vi hace unos instantes.
Roier,
Sabía que lo lograrías. Ven a verme cuando puedas.
El mar te guiará.
O, sino, Foolish lo hará.
Con cariño,
El sabio del mar.
Apenas y me di cuenta lágrimas caían de mi rostro. Puse la carta en mi pecho, al costado de la escama, y prometí para mis adentros invitarles la mejor cena que podrían probar y decirles sobre todas las aventuras que viví.
El atardecer estaba llegando. Di una última mirada al mar y noté una cola esconderse en el agua. Sonreí, dispuesto a dejarme guiar hasta dar con el paradero de aquella pareja tan peculiar.
Ya no aguantaba las horas para volverlos a ver.
