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En los vastos dominios de Avaloria, un reino enraizado en las artes arcanas y envuelto en los velos del misterio, el rey Ardentus III gobernaba con un puño de hierro y una mirada que brillaba con el fuego de la determinación. Avaloria, tierra bendecida por la diosa Zephyra, cuya alada presencia susurraba secretos antiguos en cada brisa, era un lugar donde la magia danzaba con la realidad, entrelazándose en un tejido de lo divino.
No obstante, en una funesta mañana, el reino fue sacudido por la más cruel de las tragedias: el hijo único del rey, esperanza del trono, fue hallado muerto en circunstancias sombrías. Ardentus, abatido por el dolor, cayó en las garras de la locura. En su desesperación, comenzó a oír los supuestos susurros de Zephyra, quien, en su tormento, le reveló que el asesino no era otro que un gitano errante, un adorador de Gaia, la diosa terrenal y traicionera.
Desgarrado por la pérdida y cegado por la furia, el rey envió a su ejército con una orden implacable: exterminar a todos los seguidores de Gaia, aquellos que, a su juicio, mancillaban las tierras sagradas de Avaloria.
—¡Que sean cazados y sus cuerpos entregados al abrazo purificador de las llamas de Zephyra!— bramó el rey con voz que resonaba como un trueno, ante un ejército de guerreros enfundados en brillantes armaduras doradas, quienes, firmes en su lealtad, no conocían el temor.
—¡Así será, majestad!— respondieron al unísono, con la fiereza de aquellos que creen luchar por una causa divina.
Ardentus III, convencido de que su reinado era una manifestación de la voluntad de Zephyra, comandaba un ejército sagrado de fervor inquebrantable. Este ejército, imbuido de una devoción religiosa intensa, tenía como misión erradicar a todas las razas que, según él, habían sido creadas por la diosa Gaia. Con cada victoria en el campo de batalla, su influencia se extendía, y la sombra de su opresión se cernía sobre quienes no se ajustaban a su visión de pureza.
No obstante, en el corazón de esta cruzada despiadada, surgían pequeños focos de resistencia. Valientes voces se levantaban contra la injusticia y la tiranía del rey. Jóvenes guerreros y sabios ancianos, conscientes de la belleza y el equilibrio que Gaia había infundido en todas las formas de vida, se unían en un intento desesperado por proteger a los que estaban en peligro.
Entre los caballeros que marchaban bajo el estandarte del rey, uno destacaba no solo por el brillo carmesí de su armadura, sino por la temible reputación que lo precedía. Corvus, un guerrero de temible renombre, era conocido por su fanatismo inquebrantable en la lucha contra los seguidores de Gaia. Su odio, oscuro y peligroso, había consumido su alma, llevándolo a cometer actos de violencia implacable.
Empapado de una creencia fanática, encontraba una macabra satisfacción en la exterminación de aquellos que adoraban a la diosa que él consideraba falsa. Sus ataques eran despiadados; el destello de su espada caía sin piedad sobre hombres, mujeres y niños, sin importar su inocencia o su conexión con los presuntos pecadores y traidores de la diosa Zephyra.
—Iniciaremos el ataque en estos puntos— señaló Corvus con severidad, indicando un par de localizaciones en un pequeño mapa extendido sobre la mesa. —La aldea de Arroyo Eterno y Rocío Marina son los refugios más notorios de esas criaturas de la falsa diosa, ocultas como ratas en la sombra.—
Los miembros de la reunión observaban con fascinación la manera en que Corvus trazaba sus planes de acción, sin titubear ante la perspectiva del exterminio.
—¿Incluso mujeres y niños?— inquirió uno de los novatos, con una mezcla de duda y temor en la voz.
—Especialmente mujeres y niños— respondió Corvus, su tono firme y desprovisto de compasión. —No podemos permitir que esa plaga continúe reproduciéndose, dejando su huella pecaminosa en las tierras sagradas de la diosa Zephyra.
Con la bendición de la diosa y el respaldo del rey, el inmenso ejército sagrado se puso en marcha hacia las aldeas señaladas.
El rumor de que el rey había ordenado la erradicación de los gitanos y seres no humanos se esparció rápidamente, sembrando el caos en todas las tierras.
En Avaloria, la ciudad principal, el miedo se
apoderó de los corazones; gitanos y no humanos huyeron despavoridos, abandonando sus hogares y pertenencias en su prisa. Los menos afortunados fueron capturados y quemados en las plazas
principales, convertidos en mártires de la brutal cruzada.
El hedor a carne quemada impregnaba la plaza sucia, manchada de vísceras y sangre seca. Mientras tanto, el sacerdote Emeritus IV recitaba plegarias, buscando purificar las almas que, según él, habían caído en el pecado.
En medio de la multitud, una mujer con orejas y cola de conejo, una aberración nacida de Gaia, fue llevada al patíbulo.
—Oh, divina Zephyra, escucha nuestras plegarias. Guíanos con tu sabiduría en
nuestras jornadas, bendice nuestras acciones con tu gracia y luz, y fortalécenos como tus fieles siervos, oh diosa de virtud— rezaba el sacerdote, rociando agua bendita sobre la mujer que estaba a punto de ser sacrificada.
—¡Por favor, deténganse! ¡No he hecho nada malo! ¡Se los ruego! ¡Por Gaia, tengan piedad! - clamaba la mujer, sus gritos llenos de desesperación y terror, pero sus súplicas cayeron en oídos sordos.
—En tu nombre, oh Zephyra, extendemos nuestras manos para traer consuelo y esperanza a los seres humanos. Que tu influencia celestial nos guíe cada día. Como tus sacerdotes, servimos en armonía— continuó Emeritus IV, imperturbable ante los ruegos de la mujer, hasta que una flecha envuelta en llamas se hundió en la madera seca de la hoguera, iniciando el fuego que consumiría su cuerpo, purificando su alma pecadora.
El fuego crepitaba con una intensidad casi ritual, elevándose hacia el cielo nocturno mientras la multitud observaba en un silencio aterrador.
Los gritos de la mujer habían cesado, pero el eco de su desesperación aún resonaba en los corazones de los presentes, mezclándose con el crepitar de las llamas.
Un denso humo negro ascendía, portando con él el alma de la mártir, o al menos eso es lo que el sacerdote Emeritus IV les hizo creer.
Entre la multitud, un joven gitano escondido bajo una capucha, con lágrimas contenidas en sus ojos oscuros, observaba la escena desde las sombras. Su puño apretado temblaba de rabia, y en su mente, el rostro de la mujer quedaría grabado para siempre, un recordatorio imborrable de la crueldad que había presenciado.
Este acto no sería olvidado, ni por él ni por su pueblo. La semilla de la venganza se había plantado, y su odio crecería, al igual que las llamas que acababan de consumir la vida de una inocente.
Corvus, por su parte, se apartó de la hoguera, su rostro inexpresivo como si lo que acababa de presenciar fuera poco más que un deber cumplido. Sin embargo, un vestigio de duda oscura comenzó a filtrarse en los rincones más recónditos de su alma. ¿Acaso Zephyra realmente deseaba esto? Pero rápidamente, como un hombre que rechaza el veneno que sabe que lo destruirá, desechó esos pensamientos. No había lugar para la duda en el corazón de un guerrero sagrado.
El sacerdote Emeritus IV, todavía ante el altar improvisado, sintió un extraño frío recorrer su espina dorsal. Su fe, que siempre había sido su refugio, se tambaleó momentáneamente. ¿Era realmente esto lo que Zephyra quería? Pero en ese mismo instante, ahogó esa chispa de duda con más oraciones, aferrándose con fuerza a la creencia de que lo que había hecho era justo, divino, necesario.
En la distancia, el viento comenzó a soplar, llevando consigo el humo y las cenizas hacia el horizonte. Quizás Zephyra estaba observando, quizás Gaia también. Lo único cierto era que, desde aquel día, una oscura sombra se asentó sobre Avaloria, una sombra que ni siquiera las llamas purificadoras podían disipar.
[...]
La lluvia caía implacable sobre las relucientes armaduras doradas, pero ni las gotas heladas ni el manto gris del cielo podían lavar la mancha de la sangre que ahora impregnaba la tierra. Era la sangre de aquellos que alguna vez habían convivido en paz con sus verdugos, ahora reducidos a meras presas, cazados como bestias sin alma.
—Que la diosa Zephyra te perdone por tus pecados— murmuró Corvus, con una voz fría y distante, mientras observaba cómo el cuerpo del pequeño niño gitano cesaba de retorcerse bajo el peso de su espada, la hoja ahora teñida de un carmín oscuro, testigo mudo de la vida inocente que había arrancado.
—Señor, una mujer logró escapar, ¿Vamos tras ella?— la voz de uno de sus subordinados rompió el silencio macabro, cargada de una inquietud que contrastaba con la indiferencia que lo rodeaba.
—No— respondió Corvus con desdén, sus ojos vacíos reflejando las sombras que se cernían sobre el pueblo. —No malgasten su energía en una pecadora condenada. Prendan fuego a todo. Que el pueblo y el bosque ardan hasta no quedar rastro de su existencia.— con esa orden, las llamas destructoras comenzaron a devorar lo que alguna vez fue un lugar lleno de vida, convirtiendo cada rincón en un infierno de cenizas y humo.
Las llamas danzaban como demonios en la noche, consumiendo las casas, los cuerpos, y los recuerdos de un pueblo que ya no existiría más que en la memoria de los muertos.
Corvus, vigilando con un ojo impasible que nada escapara a la purificación de las llamas, notó un dibujo abandonado entre los escombros. Era la imagen de un niño, un joven que se había imaginado a sí mismo como un caballero santo, una fantasía infantil ahora reducida a cenizas. Sin un atisbo de compasión, Corvus arrojó el papel a las llamas, observando con frialdad cómo el fuego consumía la última ilusión de inocencia en aquel lugar maldito.
Ese pequeño pueblo vio su fin bajo los cascos de un ejército indomable, montados en corceles que parecían surgidos del mismísimo infierno, blandiendo espadas que se movían con la mortalidad del veneno. Uno de tantos pueblos consagrados a la diosa falsa fue borrado del mapa, su existencia aniquilada con la brutalidad de una tormenta de acero y fuego.
Los veloces caballos cazaban sin piedad a los que intentaban huir, sus pelajes, antaño majestuosos, ahora empapados en sangre seca y cubierta de muerte.
Flechas certeras atravesaban corazones desesperados, lanzas encontraban carne blanda, y espadas decapitaban sin misericordia, dejando tras de sí un rastro de muerte que ni la lluvia podría borrar.
