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Draco arrastró su maleta consigo unos pasos más, mientras volvía la vista al reloj que colgaba de su muñeca. Llevaba diez minutos esperando.
Solo diez minutos y nuevamente estaba impaciente.
Todo había empezado con los pequeños escalofríos. Los que recorrían su cuerpo desde que dejó el departamento, además de aquel extraño malestar que provocaba que su cabeza pulsara de manera insoportable. En ese momento, la sensación era tan sofocante que lo hacía repiquetear el pie contra el suelo cada cinco segundos, como si inconscientemente creyera que eso haría que el tiempo avanzara más rápido.
Quería atribuirlo a lo importante que era cerrar el acuerdo con los inversionistas. No existía otro motivo que pudiese considerar razonable. Aquel trato le aseguraría no más noches desvelándose por al menos un par de semanas, lo cual era reconfortante. El resto podía dejárselo a Blaise.
Los últimos años desde que iniciaron su pequeño negocio había sido de ese modo. Pansy conseguía a los clientes, él diseñaba el proyecto y hacía la propuesta formal. Si era bien recibida, Blaise se encargaba de realizar el contrato, asistir a las juntas, supervisar y negociar los honorarios. Era un buen sistema porque era eficiente; cada uno hacía su parte y al final del mes los números hablaban por sí solos.
Su amigo era el que estaba a cargo, y Draco no tenía ningún inconveniente al respecto. No le interesaba la parte administrativa, ya había tenido bastante estando al mando de todas las serpientes de su casa y actuar toda su vida como el perfecto heredero de una gran familia como la Malfoy. No, se sentía cómodo con su actual trabajo y quería permanecer así.
Al principio les había costado, pero cuando consiguieron una pequeña locación en un centro concurrido fue perfecto para poner un par de oficinas. Draco estaba allí la mayor parte del tiempo; la otra parte se la pasaba en viajes cortos alrededor de Inglaterra que mantenían su trabajo a un nivel casi local que no requería que tuviera que movilizarse demasiado. Así que, cuando Pansy le dijo sobre aquella oportunidad, se sorprendió.
Nunca creyó que su micro empresa podría llegar a expandirse a ese punto. Todo se debía a su último cliente —hombre de bienes raíces en Londres— quien resultó tener un par de contactos en una organización americana reconocida. Por ello, esa vez viajaría más lejos de lo que acostumbraba, mucho más lejos, al menos en lo que respectaba a motivos laborales.
Si, por supuesto que era razón suficiente para todo aquello. Eran simples nervios por tener que convencer a directivos de una institución con mayor prestigio en invertir en la propuesta de una empresa de solo tres personas.
No debía darle más vueltas al asunto.
Quedaban dos personas delante suyo en la fila y eso lo aliviada e inquietaba al mismo tiempo. Entre ellos, un joven —deducía que era uno o dos años mayor que él— le guiñó el ojo en un intento de coqueteo patético y nada sutil, mientras mostraba una sonrisa que la verdad también podía asemejarse a una mueca. Draco lo ignoró desviando la mirada para que captara la indirecta.
En serio, ¿no era el aeropuerto el lugar menos apropiado para ligar con alguien cuando estaban a nada de abordar un avión? Además, si bien el tipo gozaba de un atractivo que podía considerar aceptable, no estaba interesado en algo de una noche o cualquier tipo de relación.
Claro que había tenido sus momentos. Sin embargo, generalmente eso ocurría luego de haber firmado el cierre de un trato importante y se dignaba a salir a algún pub nocturno. Podía permitirse el lujo de tener encuentros fugaces con extraños durante sus cortos viajes, pero nunca lo hacía dos veces con la misma persona. Prefería evitarse el apego emocional y el posible drama por tener un amante recurrente. Dado que en raras ocasiones pisaba el suelo de su propio apartamento para pasar una tranquila tarde y, en palabras de su querida amiga, era "un amargado adicto al trabajo" no era un buen prospecto de pareja para nadie. Y eso lo había llevado a no buscar nada serio en seis años.
Draco reaccionó al oír los gritos de la mujer que estaba en la ventanilla. Parecía reclamar algo respecto a un problema con su vuelo, lo que no podía importarle menos, salvo saber que esperaría unos minutos más mientras la señorita de la aerolínea trataba de lidiar con ella. Para ese entonces, el chico ya había vuelto la vista al frente, claramente con el interés perdido, y Draco agradeció que no fuera de esos tipos insistentes con los que se había tenido que topar en más de una ocasión.
Cuando nuevamente la voz chillona de la mujer resonó en sus oídos exigiendo ver al encargado, suspiró hastiado.
No creyó que llegaría a ansiar con tantas fuerzas un traslador.
Nunca le había agradado la sensación durante el viaje, pero era práctico, y sobretodo, rápido. En esos momentos estaría ya instalado en la habitación del hotel dándole una buena vista de la ciudad, probablemente confirmando la hora de la junta.
Nueva York no se encontraba al otro lado del mundo, pero pasar más de siete horas en un asiento de avión iba a ponerlo de los nervios. Por ese motivo su padre le tenía total aversión a ese tipo de transporte.
Por eso y su obvia aversión a los muggles.
Draco, por su parte, había aprendido a adaptarse a ese estilo de vida. No había resultado sencillo. Desde usar un simple electrodoméstico sin hacer que explote a aprender a combinar atuendos casuales y trajes sin que éstos incluyeran una túnica o algo que delatara su pulcro estilo de familia mágica de los sagrados veintiocho. Debía verse como hombre corriente de negocios y no como si fuese a ver a la reina. Y le era algo difícil no resaltar lo suficiente. Era Draco Malfoy al fin y al cabo. Pero entre muggles era mejor resaltar por su trabajo y reputación que por un status.
A los muggles sólo les importaba el pez gordo que pudiera darles más dinero, ya que eso era lo que les daba clase y talento, y no al revés. Podías ver a cualquier tonto en cuna de oro que no se molestaba en comportarse como un delincuente idiota sin el más mínimo decoro y sin embargo, estaba en los mayores cargos políticos por cargar más billetes. Por lo menos los del ministerio conocían el mínimo de decencia aun cuando sus actos fueran negligentes, pero no podías decir que el mundo mágico tuviera un sistema mediocre, tenía fallos, pero funcionaba. En cambio, no le sorprendería que algún muggle impertinente llevara a una nación a la ruina por no saber el mínimo de leyes. Los jefes supremos del Wizengamot tenían al menos personas de renombre como lo fue Dumbledore, pero no sería sorpresa que un muggle con un cerebro más diminuto que el de Gilderoy Lockhart estuviese impartiendo justicia en algún lado. En un mundo así ni familias como la Weasley serían recordadas.
Muchas veces estuvo perdido en esa parte del mundo que tanto despreció, mas no estaba en posición de quejarse, solo podía seguir adelante.
Había sufrido lo que muchos llamaban tocar fondo de la peor forma que un mago podría. Aun así, había sabido sobreponerse con las habilidades que todo aquel que se consideraba un Malfoy tenía (su fortuna no vino de la nada, después de todo), y él mismo había logrado la mejor inversión que podía hacer, que si bien no era lo que había pensado que sería su vida, le permitía alejarse de su pasado, uno que se había propuesto enterrar al lado de todas sus malas decisiones.
Lamentablemente, ese día se le estaba haciendo especialmente complicado.
Draco sintió la presión de las cadenas sobre sus muñecas y piernas como si quemaran. Luego de que dos aurores se le acercaran, no opuso fuerza o intentó evitarlo, no tenia como. Aun así levantó la mirada por última vez. Era lo que tenía que hacer para conservar el poco honor que le quedaba, hasta que empezó a sentir el sabor del Veritaserum pasar por su garganta.
Había confesado todo: sus errores, inseguridades, sus más profundos miedos y secretos. Habría preferido ahogarse con su saliva para no soltar una palabra más, pero su voz, aunque temerosa, se oía con demasiada claridad, lo que solo incrementaba aquel malestar en su cabeza y el insoportable picor en sus ojos que amenazaban con soltar lágrimas.
—Draco Lucius Malfoy es acusado por la práctica de artes oscuras, ser partícipe de la entrada del bando mortífago en la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería como parte de un complot llevado a cabo para el próximo asesinato de Albus Dumbledore, haber formado parte de las filas de Voldemort y portar la Marca Tenebrosa —dijo alguien que reconoció como Kingsley Shackelbolt —. Los cargos que se le impugnan han llevado a los miembros del Wizengamot a una discusión, luego de la revisión de pruebas y las declaraciones de testigos y el propio acusado, lo que ha resultado en un consenso por votación, y aunque no fue unánime, se ha tomado en cuenta la decisión de la mayoría. Así que, hoy, como el ministro de magia, decreto que la sentencia para Draco Malfoy por sus acciones en contra del bienestar de la población mágica y no mágica es el exilio total de nuestro mundo.
Sin embargo, mientras más pensaba en ello, más eran los recuerdos que abordaban su mente sobre lo que era antes. Recuerdos de su habitación en Wiltshire y no un departamento de segundo piso en alguna calle de Londres muggle, sus padres con él y no una fría sala solitaria recibiéndolo, la sensación de tener su varita.
Su consuelo al inicio era el hecho de que sabía realizar varios conjuros sin ella, pero vivir entre muggles realmente ni le daba la motivación para usarlos salvo cuando estaba cansado. Así que realmente eran contadas las veces que usaba magia. Él, un sangre pura que no usaba magia. Era grande la ironía y por tanto, justo el castigo. O eso era lo que pensaba todo el mundo. Lo que no habian parado de recordarle hasta el día en que tuvo sus maletas listas.
La cantidad de titulares que habían salido tras su sentencia ya ni la recordaba. Todos con la misma foto del día del juicio, con su rostro apagado y sin vida, que denotaba a alguien al borde de la miseria. A un periodista de El Profeta le habian estado pagando bien.
Finalmente llegó su turno. Entre sus cavilaciones, por lo menos sus molestos tics nerviosos habían parado y de alguna manera el dolor de cabeza se había aligerado. Esperaba que tras abordar el vuelo se sintiese mejor.
Dejó la ventanilla con una sensación extraña, que incluso la señorita parecia haberlo notado, por como lo había mirado antes de entregarle sus documentos inmediatamente, tardanddose con él mucho menos de lo que había tomado al resto. En la revisión de su equipaje habia sucedido algo similar, y terminó mucho más rápido de lo que hubiera pensado. Pero nadie le dijo nada o preguntó algo al respecto, por lo que Draco solo se limitó a creer que lo estaba imaginando.
En un abrir y cerrar de ojos ya se encontraba en espera de su vuelo. No habia nadie a su lado y el flujo de personas se veía considerablemente disminuido. Si tenía suerte, el avión no iría lleno en su fila.
El primer llamado se escuchó y se dispuso a levantarse de su asiento.
Hubiera deseado no haber volteado.
—Draco
—¿Solo eso me dirás?
Se acercó por detrás suyo, pudo oír como la entrada de la Sala de Menesteres se cerraba. Una sensación cálida invadió sus labios segundos después.
—¿Eso por qué fue?
—Quería verte
—Se te está haciendo una costumbre.
—¿Te molesta?
Esta vez fue su turno de juntar sus labios.
—No
.
.
—¿Sabes que no será así por siempre, verdad? —preguntó mientras una mano acariciaba las hebras rubias de su cabello. —Cuando el momento llegue, yo...
—Cuando llegue, sé que haremos lo correcto.
—¿Lo correcto?
—Acabar con Voldemort de una vez por todas, solo así por fin todo estará bien. Y tu y yo... —lo interrumpió levantándose y poniendo un dedo en sus labios.
—No quieres terminar esa frase, créeme.
—Tú y yo seremos libres —finalizó con una sonrisa —. ¿Qué pensaste que diría?
—Nada, olvídalo.
.
.
—Hey, ¿no confías en mí?
—Confío en que tienes una percepción muy optimista de lo que esta ocurriendo ahora.
—Bueno, es la única opción para mi, o terminaré muerto.
—Entonces es eso, ¿jugaras al héroe porque es lo mejor para los demás? ¿Que hay de ti mismo?
—No podré estar tranquilo en tanto Voldemort viva.
—Por Merlín, si que somos diferentes —suspiró mientras apoyaba sus brazos en el muro.
—Claro. Yo prefiero la tarta de melaza y tu la de manzana. Yo salir por los terrenos del colegio a plena luz del dia a jugar quidditch y tu quedarte a mirar las estrellas de noche en la torre de astronomía, justo como ahora —señaló a su alrededor —. En un fin de semana yo iría a las Tres Escobas con mis amigos, y tu irías a encerrarte en el salón a preparar pociones.
—¿Qué intentas decir? ¿Qué eres toda luz y alegría y yo una especie de cuervo solitario que solo sale de noche?
—No exactamente. Diría que eres como la noche misma —. Volteó en su dirección y acercó su mano a uno de los mechones platinados que sobresalian de su frente —. La luz de la luna me recuerda a tu cabello, y su reflejo en el lago negro al color de tus ojos.
Draco contuvo la respiración por un momento, en tanto sus miradas no se despegaban la una de la otra.
>>También que últimamente usas mucha ropa oscura. Te estás pareciendo a Snape de hecho, lo cual es algo escalofriante.
Draco le dio un pequeño empujón con el codo, mientras el contrario solo mantenía su sonrisa.
—Muy gracioso ¿Sabes? Tienes razón. Soy la noche porque asesino al día, y dependiendo de tu siguiente palabra no será lo único que muera.
—Bueno ¿sabes lo que dicen de la noche? Que es oscura porque está en luto, en espera a que el día vuelva a aparecer.
—Eso es simplemente estúpido. Te lo acabas de inventar.
—De acuerdo, pero ¿no piensas que lo diferente existe por algo? Hace que todo tenga un equilibrio y se complementan.
.
.
—¿Seguirás arreglando esa cosa?
Detuvo el movimiento de su varita y volteó a verlo. Lo miró recostado en el sillón que había aparecido en cuanto entraron.
—Tengo que hacerlo. Es...
—Tu misión, lo sé. Pero no tendría que serlo si me lo dijeras.
—Ya hablamos de esto, ¿o no?
—Quiero entenderte Draco, en verdad quiero, pero...
—Me estás distrayendo, por favor, déjalo.
.
.
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—¿Tú atacaste a Katie?
—Ahora no es momento...
—Draco, respóndeme, ¿fuiste tú?
—No era mi intención —dijo agachando la cabeza e intentando mirar a otro rincón que no fueran los ojos verdes que lo acusaban.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Draco se quedó en silencio.
—Adivino, ¿otra cosa que no puedes decirme?
—Si ya lo sabes, ¿para qué el interrogatorio?
.
.
—Déjame ayudarte. Sé que encontraré la forma de sacarte de ahí. Hoy con Dumbledore...
—No todo se solucionará solo porque Dumbledore te lo diga.
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—Draco, yo no quise...
—Por favor, vete.
—Draco, solo escúchame.
—No, escúchame tú anque sea una vez. Quiero que te vayas.
.
.
En cuanto Snape bajó su varita, el cuerpo de Albus Dumbledore ya había caído. Por impulso intentó acercarse, pero una mano en su hombro lo detuvo. Debia irse.
No pudo seguir al resto de mortifagos por lo aturdido que se encontraba y se quedó al pie de las escaleras mientras buscaba encontrar equilibrio para no desplomarse por lo que había presenciado.
Vio como alguien bajaba a toda prisa solo unos instantes después. Sus miradas se cruzaron, y el terror se apoderó de él.
No tenía que estar ahí.
No tenía que haberlo visto.
—Draco
Inmediatamente después, desvió la mirada.
Draco suponía que había dudado sobre sí era adecuado llamarlo por su nombre. Le habría dicho que le daba igual y que las formalidades resultaban ridículas en ese momento, en especial con la historia que tenían, pero no pudo. Sus palabras se habían atorado en una parte de su garganta, tan profundo que tal vez ni el veritaserum habría sido capaz de sacarle algo esa vez. Solo deseaba desaparecer.
Él
¿Que hacía Potter en el aeropuerto justo esa mañana?
La cazadora de las Arpias de Hollyhead, Ginebra Weasley, regresa a Londres
Ese mini encabezado que juraba no haber leído en la oficina de Pansy llegó a la mente de Draco tan pronto como empezó a razonar y todo pareció conectar de un momento a otro.
¿En verdad había visto aquello en El profeta y no había sabido sumar dos más dos?
Ahora entendía porque se sentía de ese modo. No era una coincidencia que justo ese día su cerebro se pusiera a recordarle cosas del pasado, o que su cuerpo no quisiera hacer más que huir. Era como si todo su subconsciente se hubiese sincronizado para evitar ese momento y se había olvidado de avisarle. Debió hacerle caso a su intuición y no regresar, o haber viajado en la tarde como le había aconsejado Blaise, planes que había cambiado abruptamente sin un motivo en concreto. Era un completo idiota.
Ahora todo se reducía a él, a una mirada que ya no era de sorpresa, pero si de tristeza contenida.
¿Le tenía lástima?
"Aun siendo tan diferentes, cuando el dia y la noche se juntan, crean algo hermoso, ¿no lo crees?"
—Draco, yo...
Finalmente dio unos pasos al frente, mostrándose seguro y sin mirar directamente a la persona que tenía al frente. Solo se detuvo y miró de soslayo a Harry cuando lo tuvo a su costado.
Si aquella coincidencia era la llamada de alguna fuerza extraña no le importaba. Por una vez en esa mañana, iba a hacer algo bien respecto a su malestar.
—Adiós Potter.
Draco se alejó sin decir más, cuando unos segundos después, la voz en ventanilla sonó nuevamente indicando que el vuelo estaba listo para abordar. Él podia con aquello, en unas horas estaría en Nueva York. Había sufrido un traspié en el camino, pero todo estaba bien. Debía estarlo.
Potter no lo detuvo, solo se quedó mirándolo mientras Draco se perdía con el resto de pasajeros.
Las cosas siempre habían resultado así, y al final Draco se dio cuenta de que no se sorprendió de lo que había pasado esa mañana. Potter era una constante en su vida aunque no lo deseara, pero no era más que eso. Aún cuando una parte del corazón de Draco se estrujo mientras miraba desde la ventana como el avión se alejaba del aeropuerto. Lo superaría. Como siempre había hecho.
El vuelo N43 acaba de despegar
Porque aunque el día y la noche se encontraran en el crepúsculo, era cuestión de tiempo para que volvieran a separarse una vez más.
