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A pesar de la pequeña interrupción anterior, el festival continuó con normalidad. Los cascabeles, los tambores, los cánticos que entonaban aquellas voces guturales terminaron por arrullarlo una vez pudo tranquilizarse, e incluso los suaves pasos del ser que lo llevaba en brazos ayudaban un poco a que se quedara dormido. Soltó el residuo de un sollozo y acomodó mejor su cabeza en el hombro del contrario. Y esperó. Esperó a que el sueño terminara por sumergirlo en la inconsciencia. Esperó que al despertar estuviera sobre su futón, en su hogar, y pudiera contarle a sus padres que había tenido el sueño más feo de su corta vida.
— Pueril.
La voz chillona y gangosa de una entidad aterró a Kyojuro. Sin poder evitarlo, giró su rostro para observar un ser de pliegues carnosos pero figura amorfa a pesar de tener cuatro extremidades, y una cabeza que apenas podía mantener levantada. Se arrastró con dificultad hacia donde estaban y con un brazo tembloroso lo señaló acusadoramente con uno de sus flacuchos dedos. Sus pequeños ojos negros se afilaron y su pico torcido volvió a llamarlo por esa palabra que no entendía, pero que era la única con la que se dirigían a él desde que cayó en aquel festival monstruoso.
Con rapidez el pequeño rubio fue cubierto con una terna de colas, impidiendo que el yōkai del suelo pudiera verlo. Sintiéndose seguro, y con su curiosidad íntegra, levantó el rostro para ver el del kitsune, o lo que alcanzaba a ver, pues la máscara de cerámica blanca que descansaba sobre sus ojos, y que estaba decorada con tres líneas curvas de color azul marino sobre cada ojo, impedía que pudiera ver las expresiones de su cara. Apenas y pudo notar una sonrisa torcida, burlona, cuando su atención bajó al suelo hasta ese patético ser que reptaba hacia ellos.
— Te pediré por favor que regreses a tu lugar. No querrás verme enojado, o que Muzan-sama se enoje porque arruinaste su procesión.
El ser soltó un chillido tan agudo que lastimó los oídos de Kyojuro, obligándolo a que utilizara sus manos para cubrirlos. Un fuerte gruñido resonó en el pecho del kitsune, llamando la atención del menor y haciendo que su mirada regresara al rostro del contrario. Esta vez tenía una expresión más feroz, con todos los dientes al descubierto y un notorio ceño fruncido, pero cuando regresó su atención a él, todo el salvajismo quedó olvidado. Mirando fijamente ese rostro, el menor no pudo evitar pensar que era bonito; la piel tan blanca como la porcelana de su máscara, el cabello color rosa como el pelo de sus nueve colas, esos ojos que brillaban dorados en la oscuridad de la máscara…
— ¿Estás bien?
Kyojuro aún no había dejado caer sus manos, pero pudo entender la pregunta sin problemas. Asintió con la cabeza, aún admirando el rostro de la criatura, y el gesto le pareció tan lindo al kitsune que no pudo evitar reír y sonrojarse un poco. Era un gesto tan humano que el rubio no pudo evitar sentirse más cómodo en sus brazos, y estar resguardado por sus colas lo mantenía lejos de la abominable procesión que sucedía del otro lado, además de mantenerlo calientito. Era como ser resguardado por una manta de algodón.
— …
— ¿Eh?
El kitsune retiró con delicadeza una de sus manos, alejándola de sus oídos.
— Recuérdame cómo llegaste aquí.
El menor lo pensó. Él recordaba estar durmiendo en el futón de su casa cuando escuchó los cascabeles, los tambores, y los cánticos. Al vivir en un templo creyó que se trataba de un festival de verano más, así que con curiosidad decidió seguir el sonido… pero jamás esperó encontrarse con el Hyakki Yagyō. Pensándolo mejor tenía sentido, era la temporada de Obon también. Cuando le contó todo esto al kitsune pudo ver más ternura en su rostro. No lo incomodó al principio, pero cuando el yōkai giró su cabeza y soltó una pequeña risa se sintió un poco ofendido.
— ¿Me salvaste para reírte? — reclamó con el pecho y los cachetes hinchados de indignación.
Kyojuro había llamado la atención de inmediato. Los espectros y entidades buscaron acercarse a él nada más olerlo, repitiendo aquella palabra que no entendía: “Pueril, Pueril, Pueril…”. Claro que empezó a llorar; ver aquellos monstruos acercarse, con sus muchos, pocos, o nada de ojos; con sus figuras esqueléticas o carnosas; con sus pieles viscosas o secas; con su fuerte y dulce olor a podrido… pero entonces apareció ese kitsune. Puso orden con sólo tres palabras, alejó a los yōkai, y lo tomó en brazos para mantenerlo resguardado después de analizarlo en silencio unos segundos. Y él se terminó tranquilizado en su regazo.
— No. Te salvé porque soy el tercero al mando en este festival, si los yōkai perdían la cabeza por tu olor pueril habrían grandes problemas. — contó al tiempo que acercaba su nariz a sus cabellos bicolores. — Además, me gustan los mocosos como tú. Determinados, fuertes, curiosos, muy lejos de ser endebles… tu llama no dejó de brillar aún cuando estabas llorando aterrado. Me pregunto qué clase de hombre serás en el futuro si te dejo vivir.
— ¿Mi llama?
— Sí. Mis ojos pueden ver la voluntad de lucha de los seres que tengo frente a mí. Y la tuya es muy curiosa.
— ¿Curiosa bonita o curiosa fea?
El kitsune inclinó un poco el rostro, como pensando en la respuesta seriamente. El rubio lo miró con atención, nervioso ante la respuesta y escrutinio del pelirrosa. Después de unos segundos tensos, el kitsune sonrió divertido y pellizcó un poco las mejillas del menor.
— Curiosa brillante. Creo que podría decirse que es bonita.
La voz, la amabilidad del kitsune, todo en aquella respuesta le calentó el corazón y lo hizo latir con fuerza. Se sonrojó y una emoción que no supo explicar llenó su ser. Con efusividad tiró rítmicamente del kimono del yōkai para mantener su atención en él.
— ¡Oye, oye! ¿Cómo te llamas? Yo soy Ren…
Pero el kitsune lo interrumpió colocando uno de sus dedos sobre los labios.
— Los nombres tienen poder, ten cuidado a quién le das el tuyo.
— Pero…
— ¡Tercero!
Una nueva voz espectral, nada humana, los interrumpió. El sonido que se acercaba era por demás curioso, parecía el golpeteo rítmico de la cerámica, como si colocaran una taza de té sobre su plato una, y otra, y otra…
— Se ha esparcido el rumor. ¿Es verdad que encontraste a un humano?
— No es de tu incumbencia, quinto. Regresa a tu lugar.
La respuesta vino en forma de un chillido fuerte, grotesco, como un gorgoteo bajo el agua y el aire de una tetera.
— ¡NO SEAS AVENTAJADO! ¡EL HUMANO ES PARA TODOS!
El comentario aterró a Kyojuro, quién se apretujó más contra el cuerpo del kitsune y buscó hacerse tan chiquito que pudiera quedar totalmente oculto tras las colas.
— Me sorprende tu egoísmo y falta de cerebro, quinto. — respondió el pelirrosa con molestia, casi con un gruñido. — ¿Qué diría Muzan-sama de tus comentarios? Sabes que en primer lugar está él, sobre todas las cosas, ¿y tú quieres quedarte con el humano para disfrutarlo en soledad?
— ¡Es lo que tú estás haciendo!
El menor mantuvo la mirada baja, así que pudo ver cómo los dedos de la mano libre del contrario se separaron y contrajeron, sus uñas largas y afiladas parecían estar preparadas para atacar o desgarrar, y el rubio comenzó a sentir el frío del terror. Sin embargo, los ánimos se calmaron con el sonido de unos cascabeles. Eran distintos a los cascabeles de la procesión, pues eran más agudos y de sonido más limpio. Algunos yōkai chillaron asustados, pero el pelirrosa se giró hacia el sonido con valentía.
— ¡Un sacerdote onmyoji!
— ¡¿Qué hace aquí?!
Kyojuro miró con curiosidad al kitsune, pidiendo explicaciones con la mirada, pero el rostro del mayor sólo se mantenía fijo en la persona que tenía delante. Pudo escuchar cómo se acercaba, pues los cascabeles sonaban con cada paso que daba, y eso incentivó más la curiosidad del menor.
— Vengo por el niño. — dijo una voz tranquila, calma, tan baja como un arrullo.
Entonces de inmediato los colas del kitsune dejaron de abrazarlo y pudo ver frente a él a un hombre alto, de rectos cabellos negros y ojos lilas. Su rostro y toda su presencia se notaba amable y su inmaculada vestimenta de sacerdote le daba un aspecto mucho más joven de lo que de verdad sería. Lo observó, le sonrió y le tendió la mano. Kyojuro no supo cómo responder ante el gesto del pelinegro.
— ¡Tercero! — gruñó el ser detrás de él al ver cómo el kitsune se acercaba al humano.
— ¿Quieres enfrentarte tú a él, quinto? — se burló al tiempo que bajaba al menor hasta colocarlo en el suelo.
Kyojuro sintió la curiosidad de voltear, observar al ser que se refería a él con tanta autoridad, pero la mano del kitsune le impidió hacerlo. Cuando se giró a verlo, el pelirrosa negó con la cabeza. Después su atención regresó al sacerdote y su mano extendida. Sólo eran diez pasos a lo mucho, pero no tuvo la fuerza para darlos. Se giró al kitsune una vez más y lo miró con atención. Sus ropas azules y blancas, sus colas de color rosa, esa máscara de cerámica blanca, con líneas azules y detalles de oro…
— ¿Te volveré a ver? — preguntó casi con preocupación.
— ¿Quieres volverme a ver? — preguntó con sorpresa, incluso sus cejas parecieron salir un poco de la máscara. Kyojuro asintió. — No sé. — dijo con sinceridad, pero se agachó hasta su altura y levantó un poco su barbilla con delicadeza. — Pero, si me extrañas, mira la luna. Es la misma para ti y para mí.
Kyojuro la observó; enorme, redonda, tan blanca que la luz que desprendía era azul. Después se giró de nuevo al kitsune y lo abrazó. Tuvo que ser el yōkai el que lo alejara. Cuando iba a reprocharle, el kitsune le colocó su máscara sobre el rostro y él no tuvo más alternativa que sostenerla con ambas manos. Era enorme para su cara y muy pesada para una sola de sus manos, incluso con ambas tuvo problemas. El kitsune le dedicó una última palabra al oído y después sintió otras manos en su espalda. Con el sonido de un cascabel, el frío de la noche regresó a su piel.
— Has sido muy valiente, Kyojuro. Estoy sorprendido. — le dijo el hombre con voz amable.
Kyojuro se quitó la máscara del kitsune y pudo ver qué se encontraba en la calle, en un cruce de caminos. La noche seguía reinando con fuerza en el cielo, pero la luna no permitía que las sombras consumieran sus alrededores. Se giró hacia el hombre y pudo ver que era un conocido de su padre. No recordaba el nombre, pero lo veía con regularidad para mantener seguras las protecciones del templo de sus padres.
— ¿Señor, podré volver a verlo?
— ¿Por qué deseas verlo?
— Porque… — el niño miró la máscara en sus manos. Podía verse reflejado en la cerámica, pero por un momento desconoció su reflejo. — No sé. Él dijo que tenía una llama muy bonita.
El hombre se colocó a su altura y tomó su rostro con ambas manos. Le sonrió amable, comprensivo. Y lo consoló con caricias en sus mejillas cuando sus ojos amenazaron con soltar amargas lágrimas.
— La vida es un completo misterio. Muchas veces se conocen a personas que por más que queramos tenemos que dejar ir… pero sólo el tiempo dirá si sus caminos pueden volverse a encontrar.
— Okay… — respondió bajito.
— Pero él tiene razón. La luna es la misma para ti y para él, y te dió algo tan valioso para un yōkai como lo es parte de su identidad.
El rubio volvió a mirar la máscara y recordó la última palabra del kitsune: “Regresala”. Entonces entendió que era su deber hacerlo. Se la había prestado, como cuando su mamá le hacía su bento con tanto amor y esperaba que regresara para lavarlo. Así él tenía que cuidar la máscara y así poder regresarla. Con una nueva determinación en su vida miró al hombre y exclamó:
— ¡Volveré al Hyakki Yagyō el próximo año!
— Absolutamente no. — lo detuvo de golpe. — Los yōkai no son tan amables con los humanos curiosos.
— Pero él…
— ¿Qué te parece si te enseño a defenderte antes de que cometas una locura?
Pasaron trece años antes de que volviera a escuchar los cascabeles, los tambores, y los cánticos. Pero está vez estaba más seguro de qué hacer. Se vistió primero con sus ropas de sacerdote onmyoji. Se calzó con unas sandalias de bambú, y guardó la máscara que con tanto cariño cuidó hasta esa noche. Después de todo eso, siguió el sonido hasta volver a encontrar la procesión de los cien demonios.
Hasta encontrar otra vez a ese kitsune.
Quizá está vez podría hacer que le dijera su nombre…
