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Pain in White

Summary:

Amor es la montaña rusa que subimos sin darnos cuenta y de la que nadie nos advierte. Llega sin avisar, incontrolable, y a veces duele más de lo que podríamos imaginar. Nos perdemos en sentimientos que rara vez tenemos el valor de confesar, atrapados entre el deseo y el miedo. Pero, ¿por qué huir? ¿Podríamos atrevernos a sentir?

Notes:

Acerca del inicio, es una réplica del comienzo de La Casa de Cartón del poeta Martín Adán; posiblemente he estado estudiando sobre ello.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Ya principiado el invierno en Japón, lelo y frágil, una joven permanencia contemplando, desde hace tiempo, la inmensidad de su vasto amor por las estrellas, la menta, las pintorescas pero ruidosas calles familiares y la música que siempre llevaba. En especial, recordaba su primer amor, tan lírico, tan torpemente elegante, tan puro y bello que, con tan solo mirarlo, su corazón se cristalizaba mientras derramaba lo que llamaría aflicción.

Desde ese primer encuentro, sin necesidad de palabras, entendieron que la distancia no sería fácil de afrontar. Día a día la cercanía crecía; y, en silencio, su corazón ya sabía que los sentimientos florecerían. Tan solo bastó una melodía para que resonara en ella. Sin embargo, en este inmenso mundo, los deseos del alma no siempre encuentran su rumbo. Han pasado ya tres años desde que una chispa iluminó su vida y, aun así, no se atreve a declararle lo que siente. Temor es lo que la detiene; miedo a un rechazo y a todo lo siniestro que pueda acompañar a un alma solitaria si decide confesar.

A pesar de las señales, se niega a aceptar incluso la posibilidad con la chica de piel aterciopelada. Son conflictos internos que nunca tendrán salida; eso lo sabe y lo detesta, detesta su propia complejidad, anhela la facilidad y detesta que nunca podrá experimentar lo que la hace suspirar. No aquí, no con la chica de piel aterciopelada. Se detesta.

Adora tanto estar en sus brazos, sentir sus dedos entrelazados. Se detiene al ver esa mirada y se rinde ante cada risa, cada sonrisa, cada peca, el par de cejas, cada fina hebra de cabello. Sueña tanto con besar esos labios, y el deseo la rota; llora delante de ella. El dolor se desborda y, al final, sus labios se tocan, pero se culpa, se culpa de haber manchado lo que más amaba.
Ve el desconcierto en esos ojos marrones, tan abiertos, tan heridos, y no soporta verse en ellos. Con el dulce sabor entre sus labios, huye, dejando todo atrás, rota por haber amado tanto, demasiado, y llorando por haber destruido lo único que no deseaba perder.

Corre, y comienza el blanco; tropieza y ve el barranco; sufre, y se va amontonando. Decide volver a casa mientras la fría nieve cae pesadamente sobre sus hombros. El teléfono suena; cada tono es un recuerdo, pero no contesta, no sabe qué hacer. Se encuentra en su perdición, habiendo cometido un gran error, un pecado que nunca podrá borrar. La agonía se vuelve insoportable, y en su mente solo hay vacío, un vacío que arde en su garganta, que duele en cada susurro del nombre que no deja de pronunciar. Sus ojos están enrojecidos, agotados de llorar, y en su pecho no queda esperanza ni fuerza. Es débil, frágil, rota. Y en ese abismo de desesperación, con la mano temblorosa, toma el metal, lo duda, cae de rodillas y vuelve a gritar. Lo agarra de nuevo, llora, lo posiciona y se rinde al dolor. Cuando el metal atraviesa su piel, un dolor agudo y despiadado recorre su cuerpo, como un fuego que le quema desde dentro. Tiembla, su respiración se vuelve irregular mientras sus manos tratan de sostenerlo, pero el dolor es implacable, profundo, y la hace encogerse sobre sí misma. Sus ojos se llenan de lágrimas que caen pesadas y, aunque su visión se nubla, observa cómo el blanco de sus prendas se tiñe; le recuerda a las hojas que cayeron el otoño pasado, al color de algo hermoso que ya no volverá. Con sus últimas fuerzas, temblorosa y débil, toma el teléfono y, apenas respirando, graba entre sollozos:

—Perdón, Kohane.

La nieve sigue cayendo, cubriéndolo todo en un silencio eterno, sin que nadie escuche su último lamento.

Notes:

Nunca imaginé que llegaría a publicar esto. Debo admitir que, aunque no es la primera vez que escribo algo de este tipo, mi autoexigencia suele detenerme. Son ideas vagas que cruzan por mi mente en las madrugadas. Tal vez publicarlo sea una buena o mala idea, pero lo veo como la excusa perfecta para expresar una situación a través de personajes imperfectos. Tómalo como quieras: como un trabajo tonto o como algo profundamente personal. Gracias.