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En un tiempo inmemorial, cuando el cosmos aún era joven, las estrellas brillaban con la intensidad de un fuego eterno, donde el humano aún andaba en cuatro piernas y donde la existencia de los dioses no era debatida. Jiang Wanyin, el dios de la guerra y la destrucción, y Lan Xichen, el dios de la paz y la creación, dos dioses rivales quienes se mantenían en constante desacuerdo debido a sus múltiples diferencias y con ello sus múltiples batallas durante las cuales los seres humanos miraban hacia el cielo, maravillados y aterrorizados por la fuerza de estas deidades, quienes regían sus destinos.
Jiang Wanyin era un titán de músculos no tan marcados ni definidos, cuya mirada poseía la intensidad de mil tormentas. Su voz retumbaba como trueno, un eco de poder y autoridad. La guerra era su arte, y su deleite, desatar caos en el mundo. Por otro lado, Lan Xichen era la encarnación de la suavidad y la sabiduría. Su sonrisa era un respiro, su piel brillaba con la luz del alba y sus ojos reflejaban el color del sol en un cielo despejado. Él creaba mundos llenos de vida y armonía, donde flora y fauna coexistían en perfecta armonía.
Ambos dioses se encontraban en constante rivalidad. Sus seguidores eran fervientes y, a menudo, sus conflictos se traducían en guerras en la tierra. Sin embargo, en medio de la rivalidad, un misterioso hilo de destino comenzó a tejerse entre ellos. Una noche, durante el Festival de las Estrellas, Wanyin descendió sobre el mundo mortal en busca de recrear el caos. En el mismo instante, Xichen estaba allí, inspirando a la humanidad a crear, confiar y soñar.
Sus miradas se encontraron y, en un instante que parecía congelarse en el tiempo, ambos sintieron un tirón en sus corazones. Era un sentimiento ajeno a la batalla y el dolor; era amor, puro y manifiesto. A pesar de su naturaleza opuesta, ambos seres celestiales comprendieron que había algo más grande que ellos mismos que los alentaba a juntarse.
Al principio ambos dioses lucharon contra esta nueva emoción, cada uno intentando disuadir al otro con palabras cortantes y provocaciones. Sin embargo, con cada encuentro, sus corazones se acercaban más, y la atracción se convirtió en un vínculo indestructible. Luego de muchas disputas, finalmente cedieron a sus sentimientos y, en un acto de rebelión contra sus propios principios y siguiendo sus deseos, decidieron amarse en secreto.
Bajo el manto de las estrellas, se encontraban en los lagos de Lotus Pier o en las aguas frías de un manantial oculto en medio de unas montañas, lugares donde los ecos del silencio guardaban sus secretos. Allí, Xichen susurraba en el oído de su amado palabras llenas de dulzura, y Wanyin, a su vez, acariciaba y llenaba de besos la piel lechosa del contrario. Juntos comenzaron a soñar un futuro que nunca pensaron posible, un futuro donde sus diferencias no se interpusieran más.
El tiempo fluyó y, con él, la promesa de un nuevo ser nació de su amor prohibido. Era la mezcla perfecta de ambos mundos: la fuerza titánica de uno y la gracia y belleza etérea del otro. Decidieron llamarlo Jingyi, un nombre que significaba “Armonía” en las antiguas lenguas de la creación.
Jingyi creció rápido, un niño de extraordinarias habilidades, capaz de hablar con los vientos y correr con la velocidad de la luz. Con el tiempo, la paz que el Lan había sembrado floreció y, sorprendentemente, la guerra que el Jiang había fomentado se disipó en el aire. Ambos dioses, unidos por su amor y su hijo, comenzaron a imaginar un mundo en el que sus poderes se complementaran, donde la creación y la destrucción pudieran coexistir.
Sin embargo, procrear entre enemigos era un acto prohibido, y la ira de los otros dioses pronto se desató sobre ellos.
La noticia de la existencia de Jingyi llegó a oídos de los otros dioses, quienes consideraron la unión de Lan Xichen y Jiang Wanyin como una traición intolerable.
En un consejo divino, se decidieron a destruir al niño y a sus padres, con el fin de lograr acender a otros que pudiesen manipular. Fue así como las sombras se extendieron y las luces brillaron por toda la eternidad. Una feroz guerra se desató entre los dioses, un conflicto que demostró ser más destructivo de lo que nadie hubiera imaginado.
A pesar de las súplicas de Wanyin y Xichen, que intentaron demostrar que su hijo era la clave para la paz, sus rivales estaban decididos a acabar con la existencia del hijo de ambos.
El conflicto estalló, y ambos dioses, desgarrados entre sus responsabilidades y sus deseos, se vieron obligados a elegir. En una batalla épica que estremeció los cimientos del universo, Jiang Wanyin luchaba con la ferocidad de mil tigres, mientras que Lan Xichen derramaba su esencia para sanar las grietas que surgían en el mundo. Jingyi, atrapado en el centro de este torrente, sintió el tirón de sus padres.
En medio de la guerra, Jingyi, que solo había conocido un mundo de amor brindado por sus padres, tomó conciencia por primera vez sobre la desesperada situación de sus progenitores. Las balas de luz y los obuses de sombra no eran más que ecos de la lucha que había devorado su hogar.
En medio del caos, Jingyi, con su corazón puro y su voz limpia, clamó a ambos dioses - !Padres! ¡No peleen! ¡La unión de sus corazones es más poderosa que cualquier guerra! - Pero sus palabras fueron ahogadas por los gritos de la batalla y los gritos de los dioses.
Durante el clímax de la confrontación, un ataque inesperado hizo que Jingyi fuera herido gravemente, sintiendo el débil aliento del niño, Xichen y Wanyin lo buscaron con la mirada desesperada y cuando estuvo a la vista de ambos, los dos dioses corrieron al encuentro de su hijo.
En su lecho de muerte, rodeado por los cálidos y familiares brazos de sus dos progenitores, que lloraban desconsoladamente, el niño sintió una serena paz y con su última aliento, miró a sus padres.
- No lloren por mí, porque siempre seré parte de ustedes - Jingyi levantó suavemente una de sus manos y limpio la traicionera lágrima de los ojos del Jiang- Cuando llegue el momento, encontraré la manera de regresar. Prometo volver y quedarme con ustedes para siempre.
Con el eco de aquella promesa resonando en el aire, los ojos de Jingyi se cerraron, y su cuerpo, iluminado por un hermoso brillo, se desvaneció en polvo estelar. La guerra de los dioses se detuvo por un momento, el tiempo suspendido por la pérdida de un niño que habría unido sus mundos.
La desolación llenó los corazones de Lan Xichen y Jiang Wanyin. La lucha había traído consigo no solo la muerte de su hijo, sino también la destrucción de su relación y la división irreparable entre ambos.
Al pasar los siglos, la historia de amor entre el Lan y el Jiang se convirtió en leyenda y varios milenios más tarde, mientras una batalla era librada, en medio del caos ante ellos apareció Jingyi, aunque distinto, más grande, más fuerte, aunque con el mismo brillo que siempre había tenido y que lo caracterizaba y el cual sus padres aun recordaban.
- Papi, padre - dijo - He viajado por el tiempo y el espacio, he aprendido lo que significa perder y ganar. He visto mundos lejanos y he entendido el equilibrio que ustedes anhelaban.
La felicidad inundó los corazones de Wanyin y Xichen, mientras el trio se fundía en un abrazo que fue esperado y deseado por mucho tiempo.
Juntos, los tres, trabajaron para restaurar el equilibrio en el universo, comenzaron a forjar un nuevo mundo donde sus fuerzas coexistieran, donde la vida y la muerte bailaran en un ciclo eterno. Resurgió el amor entre el Lan y el Jiang e incluso se volvió más fuerte, ya que aprendieron a aceptar la dualidad y a encontrar belleza en sus diferencias.
Con el tiempo, Jingyi fue reconocido no solo como su hijo, sino como el símbolo de una unión que nunca debió ser condenada, recibió el apellido de su padre y cumplió con su promesa, volvió no solo para estar con sus padres, sino para garantizar un futuro donde el amor de estos pudiera prevalecer.
Y así, en el vasto universo, donde antes solo existían las divisiones entre la luz y la sombra, la guerra y la paz... ahora había un renacer de amor, de esperanza y de equilibrio. Los dioses aprendieron que, incluso en los momentos más oscuros, podía surgir la luz. Lan Jingyi, uniendo a sus padres, se convirtió en el dios del equilibrio.
