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Odiaba esto como nadie, pero sabía que no había tenido opción, que si no hacía esto su reino habría estado en un gran peligro.
Moonie era una princesa, una muy bondadosa con un corazón tan puro como el oro. El reino Moonlight, su hogar y responsabilidad, es como el paraíso perfecto donde los necesitados (desprotegidos, viajeros, los que han sufrido cualquier tipo de dolor) venían a sanar, a refugiarse, a buscar paz y comfort. Algunos se quedan un tiempo y cuando sanan se van, pero los que se quedan lo hacen para ayudar a todos los demás.
Como la gobernante del reino, Moonie se encargaba de dar comfort a todo aquel que lo necesite. Cada noche, salía a hacer patrullajes nocturnos y buscaba a todos los que estuviesen sufriendo, para así escucharlos y cantarles una dulce melodía que tranquilizaba sus almas. Era lo que más disfrutaba de ser la princesa: que ella misma se aseguraba de que todo aquel que pisase su reino saliera con una paz interior que les hiciera olvidar, incluso si era solo un momento, todos sus problemas.
Su reinado trajo dicha y prosperidad, y todos los súbditos de Moonie la adoraban... pero esa paz que construyó no duró para siempre.
Una gigantesca nave, que más bien parecía un trozo de volcán arrancado del mismo y flotando en el cielo, se acercó un día a una velocidad peligrosa. La misma parecía tener un rostro al frente, y Moonie lo reconoció: Bowser, el rey de los koopas, una peligrosa tortuga con fuerza que escupe fuego y que ha estado buscando algo poderoso alrededor del mundo.
Moonie no sabía, y en el fondo no le importaba, lo que Bowser quisiera, pero si alguien tan peligroso como él había llegado, ella tenía que hacerle frente... Y lo hizo, aunque no del modo que algunos esperarían de un monarca. La princesa de pelo castaño, ojos y vestido morados esperó paciente en el balcón de su castillo a que aquel monstruo llegase, y cuando lo hizo, Bowser se presentó con una tropa de koopas que rodearon a Moonie, al igual que con su mano derecha, un koopa con anteojos y toga azul llamado Kamek.
Bowser exigió a Moonie que se apartara, que nada se iba a interponer entre él y la ubicación de la superestrella, que él sabía que estaba allí, en algún lugar de su reino, y si tenía que quemar el castillo para encontrarlo, lo haría. Moonie, sin embargo, no cedió. Se sentía intimidada, sí, pero no le iba a dar a este sujeto lo que quería. Bowser, aunque confundido por su resistencia, también sintió una pizca de respeto, admitiendo que ella debía tener agallas para afrontarlo a él aún estando en desventaja. Bowser sigue insistiendo y amenazando, pero Moonie se sigue negando rotundamente en moverse, hasta que finalmente decide que quiere hacer un trato con él, pero solo si eso garantiza que él se irá de su reino.
Confundido, pero intrigado, Bowser decide que aceptará hacer un trato con ella... pero bajo sus condiciones. Por supuesto, este giro de tuerca tomó a Moonie desprevenida, pero no se dejó intimidar ni flaqueó. Decidió aceptar el término de Bowser, por lo que este, con una risa algo burlona, dice que él y sus tropas se irán de su reino, que ni siquiera voltearán a verlo si la búsqueda de la superestrella sigue siendo el mismo fracaso que ha sido hasta ahora. Pero a cambio, ella tiene que irse con él y servirle como una secuaz. Si ella rechaza el trato, ella estará a salvo, pero no podrá decir lo mismo por su reino.
Obviamente, Moonie sintió su presión detenerse por un momento al escuchar lo que Bowser ofrecía. Si aceptaba, perdería su libertad, pero su reino permanecería a salvo de lo que sea que este lunático planeaba hacerle. Si se negaba, sin embargo, sus súbditos lo pagarían caro por tratar de salvarse a sí misma... Eso no lo iba a permitir.
Sin pensarlo, extendió su mano a Bowser, indicando que aceptaba el trato, y aunque sorprendido por esto, Bowser sonrió de todos modos y estrechó con cuidado la mano de la princesa, sellando así un trato que, sin saberlo, cambiaría la vida de ambos para siempre.
Así, Moonie selló su destino, cambiando su libertad por la libertad y seguridad de su reino, convirtiéndose en la secuaz de Bowser.
—Debí suponer que para ese tarado "secuaz" y "sirvienta" son lo mismo... —murmuró a sí misma mientras se dirigía al salón del trono del rey koopa.
Una de las cosas buenas de convertirse en la "secuaz" de Bowser era que tenía una habitación propia que era libre de decorar a su gusto. Otra era que Kamek, a pesar de serle leal a Bowser, trataba a Moonie con respeto, y parecía hablarle con cierta admiración por haberse mantenido firme ante Bowser sin recurrir a la violencia o a las amenazas. Por la forma en que le hablaba, Moonie suponía que Kamek ya tenía experiencia viendo a su rey perdiendo la paciencia ante otras princesas. Meses después descubrió que así era, aunque era solo una princesa, una tal Peach de un reino Champiñón. Jamás había oído hablar de ello, pero supuso que Peach probablemente sabía pelear si era un dolor de cabeza para Bowser.
Y luego se enteraría que el bruto quiere casarse con ella, buscando la Superestrella como un regalo para cortejarla. Menudo patán.
Fuera de eso... bueno, Moonie se sentía más como sirvienta que como una secuaz. Para ella, ser la secuaz significaba que tenía cierto poder y autoridad sobre algunas tropas e incluso SUS propios sirvientes... pero para Bowser, parecía ser que "secuaz" era sinónimo de "hacer tareas básicas en el castillo porque él lo dice".
—Literalmente tiene de mano derecha a un mago —se dijo a sí misma con molestia—. ¿No puede pedirle que lo deshaga él?
Recién había terminado de limpiar un salón entero lleno de armas, supuso que era la de los soldados. ¿Cómo diablos es que no se había cortado con nada? Ni ella lo sabía, pero prefería no pensar en ello. Eso solo la llevaría a enojarse más.
"No puedo culpar a Peach por siempre rechazar a esa tortuga," pensó ella, suspirando pesadamente. "No le deseo esta vida ni a mi peor enemigo."
Finalmente, llegó hasta su destino, el salón de trono de Bowser, donde el propio rey de los koopas le esperaba. El salón era grande, rodeado de lava, con varias plataformas rocosas que flotaban en el aire, formando una escalera. Y al final de todo, un enorme trono de piedra, donde Bowser estaba sentado, apoyando un brazo sobre su asiento y su mejilla contra su puño, mientras que mantenía los ojos cerrados, al menos hasta que sintió la presencia de Moonie.
Los primeros días en los que Moonie venía a presentarse ante él para acatar sus órdenes, la tortuga le sonreía de forma burlona a Moonie, como si encontrase divertida su dedicación por proteger su reino. Sin embargo, esa sonrisa se fue borrando con el pasar del tiempo, y ahora, tras 6 meses de tenerla bajo su mando, Bowser solo puede ver a la princesa con molestia y exasperación.
Su brillante plan, si se le puede llamar así, consistía en darle tareas pesada a Moonie pensando que no sería capaz de hacerlas, o que se cansaría de realizarlas tras un mes o dos de tener que soportar las exigencias del rey y le daría la maldita ubicación de la Superestrella de una vez. Sin embargo, Moonie tenía una voluntad de hierro, no por nada lleva aquí 6 meses, y ahora Bowser se da cuenta de que las tornas han girado en su contra. Conseguir esa estrella iba a ser mucho más difícil de lo que él tenía previsto.
—Llegas tarde —dijo Bowser, aunque en el fondo sabía que Moonie probablemente lo hacía a propósito—. Debiste llegar hace 10 minutos.
—Correr con tacones es sentencia de muerte —replicó Moonie, sin tratar de ocultar su propia molestia—. Y aunque pudiese, no habría llegado rápido de todos modos. No soy un Yoshi.
—Ahórrate las excusas, niña —dijo Bowser con molestia, humo saliendo de sus fosas nasales. Moonie no se inmutó, sin embargo—. Si ta terminaste con el salón de armas, ve a la cocina y prepárame un té. Mi garganta está ardiendo, y no es por las llamas.
Moonie rodó los ojos. Por supuesto que Bowser le hizo venir hasta aquí solo para eso. Era una especie de cruel afición suya: él la llamaba para pedirle algo que simplemente podría pasarle como un mensaje de su parte a Kamek, pero en su lugar, la llamaba hasta aquí para luego hacerle recorrer la fortaleza entera de nuevo. En el fondo, ella sabe que lo hace a propósito, por eso decide no darle la satisfacción de ver que logró lo que quería.
Sin embargo, ya estaba llegando a su límite, y no sabía cuánto más podría aguantar.
—Dijste que sería tu asistente, no tu sirvienta —replicó ella, frunciendo el ceño. Esta vez, fue el turno de Bowser de rodar los ojos.
—Mi castillo, mis órdenes —dijo el koopa, tratando de mantener la compostura—. No quisiste darme la información que tenías, ahora te jodes.
—¿Me estás castigando?
—Como tú lo veas.
—Claro, que triste tener que causar dolor a otros para olvidar el tuyo —Moonie escupió con rabia y desprecio por igual.
Bowser sintió su pecho arder con rabia, por lo que apretó los descansa brazos de su trono, sus garras rechinando contra el mismo, mientras trataba de no perder el control.
—Mejor ve por esa taza de té —dijo a la princesa, sus ojos rojos enfocándose en ella con furia y su tono demostrando autoridad.
Sin embargo, a este punto Bowser ya debería saber que su autoridad no parece significar nada para Moonie.
—Si tanto la quiere, prepárela usted mismo —replicó ella, mostrando la misma calma que siempre ha mostrado ante él.
El salón del trono quedó en silencio. La tensión en el aire era casi palpable, y Moonie lo sintió tan intensamente que por un momento pensó que Bowser lanzaría un rugido y mandaría todo al diablo. Pero, curiosamente, el rey de los koopas se quedó callado. Solo la miraba, con sus ojos de fuego fijándose en ella, evaluándola, intentando descifrar en qué momento esta frágil, testaruda princesa se había atrevido a desafiarlo tan directamente.
—¿Acaso olvidaste con quién estás hablando? —dijo Bowser, su voz profunda resonando como un trueno. Su tono era gélido, una advertencia en sí misma. Aún así, Moonie no desvió la mirada; ya había llegado demasiado lejos como para retroceder ahora.
—No lo he olvidado, Bowser. Tampoco he olvidado por qué estoy aquí —respondió ella, y acto seguido, se dio la vuelta para cumplir con la tarea. Cualquier cosa con tal de no tener que escuchar o ver más a ese idiota.
Bowser no dijo nada para tratar de detenerla, solo la observó marcharse, aunque una diminuta sonrisa se dibujó en sus labios. Ni siquiera sabía si estaba cerca o lejos de conseguir hacer que Moonie hablara, que le diera la ubicación de la Superestrella, pero una cosa sí que sabía: esta princesa lo ponía a prueba de una manera que nadie más lo hacía, y eso... le gustaba.
Por su parte, una vez dejó el salón del trono, Moonie solo pudo tomar aire y preguntarse cuánto más tendría que aguantar servir a ese infeliz sin explorar.
Los meses pasaron, y poco a poco, las cosas comenzaron a cambiar para ambos.
Si bien Moonie seguía cumpliendo con las tareas que Bowser le asignaba, notó como habían veces en que cruzaba caminos con el rey de los koopas, y este siempre parecía querer decir algo, pero se arrepentía al último minuto, y luego, se retiraba sin decir nada. Esto desconcertaba a Moonie, y aunque intentaba ignorarlo con todas sus fuerzas, en el fondo sabía lo que pasaba: Bowser era infeliz, inseguro, no estaba en paz, y eso la perturbaba a ella en varias formas.
Por un lado, tenía la habilidad de sentir cuando otros no estaban tranquilos. Era una especie de sexto sentido suyo, y esa sensación no desaparecía hasta que ella hubiera ayudado a quien sea que lo necesitara. Por el otro, ese sentido estaba activándose con BOWSER, maldita sea. Es cierto que él no la secuestró: ella aceptó servirle con tal de que deje en paz a su reino. ¡Pero es Bowser! ¡¿Por qué debería ella ayudar a alguien que solo busca hacer de su vida un maldito infierno?!
"Porque es tu trabajo, tarada," una voz resonó en su mente, espantándola un poco. ¿Fue esa su consciencia? Esperaba que no.
Aún así, no podía negar que esa voz tenía un poco de razón. Su trabajo era asegurarse de que todos los que necesitaran sentirse mejor, sin excepción, lo hicieran. Además, sabes también que si no ayuda a Bowser, él quizá eventualmente acuda a ella, o tal vez su "sexto sentido" la seguiría molestando hasta que ella no lo soportase más.
Sin embargo, una noche, no tuvo que hacer nada, porque Kamek acudió a su habitación para decirle que Bowser la buscaba, como de costumbre. Dicho eso, que el propio Kamek dijese que Bowser quería verla en privado y en su habitación la desconcertó un poco. Después de estar ya 7 meses a bordo, ¿por qué ahora a Bowser de pronto le apetecía verla en su cuarto? No lo sabía, y una parte de ella no quería, pero de todos modos hizo caso y siguió a Kamek hasta el cuarto de Bowser.
Una vez allí, Bowser le pidió a Moonie acercarse y sentarse a su lado. La princesa seguía dudando de si esto era una buena idea o no, pero obedeció y se sentó al lado de la gigantesca tortuga. Por un rato, ninguno dijo nada, ambos sintiéndose incómodos por estar solos en un sitio tan privado y, por una vez, sin verse a la cara y peleando. Sin embargo, Bowser finalmente habló, y Moonie se sintió impactada y sorprendida por igual cuando el intimidante rey de los koopas de pronto salió de su caparazón—figurativamente—y desahogó su penas con ella. Compartió todo: sus miedos, sus sueños, pero especialmente su enorme frustración al sentirse enamorado de alguien que lo odiaba. Por eso buscaba la Superestrella: no le interesaba su poder, solo quería impresionar a Peach y ganarse su afecto.
Y fue entonces que Moonie pudo ver, por primera vez desde su llegada, al verdadero Bowser. No el que se ocultaba detrás de una fachada de rey duro, sino alguien que solo quería ser... amado, querido por alguien, pero que tenía tantos problemas en tantas áreas que no conocía otra forma que no fuese el poder.
Moonie sintió un peso en su pecho mientras escuchaba a Bowser hablar. Las palabras del rey koopa eran ásperas y retorcidas por años de frustración y soledad, pero había una vulnerabilidad en él que ella jamás habría imaginado. No tenía idea de que alguien como él pudiera sentir tanto dolor, especialmente por algo que la mayoría daba por sentado: la necesidad de ser aceptado, amado, de saber que su presencia significaba algo para alguien más.
Por un instante, Moonie se perdió en sus pensamientos, pensando en su reino, en su hogar, donde cada día trabajaba por el bienestar de sus súbditos y visitantes. En Moonlight, la aceptación y el consuelo eran el aire que respiraban, la esencia de la comunidad que había construido. Todos allí sabían que tenían un lugar seguro, una familia en quien confiar. ¿Cómo podía ella negarle a alguien más, incluso a Bowser, ese mismo derecho, esa misma paz que brindaba a todos?
Desde entonces, desde esa misma noche, ambos comenzaron a sentir cierta cercanía el uno al otro, una que ninguno sabía que necesitaban mutuamente. Durante el día, Bowser seguía siendo el mismo rey que todos los koopas conocían, aunque ahora estaba el hecho de que trataba a Moonie con más respeto, le agradecía por su trabajo, e incluso la recompensaba de vez en cuando. En una ocasión, Bowser le regaló a Moonie un vestido completamente nuevo cuando se dio cuenta que siempre usaba el mismo vestido de siempre, y que a este punto había sufrido ya varios desgarres. Se dio cuenta que eso era su culpa, sin embargo, al recordar que Moonie abordó la nave sin pertenencia alguna porque él no se lo permitió. Algunas noches se golpeaba la cabeza contra el muro por recordar dicha estupidez.
El nuevo vestido de Moonie era morada aún, pero mientras que el anterior era algo simple y sin mucho detalle destacable, el nuevo que su rey le regaló parecía llevar un bordado hecho con nubes de verdad al puro final. También era un vestido sin mangas y con la espalda completamente descubierta, lo cual le daba más flexibilidad y libertad para moverse. El bordado de nubes le pareció un detalle precioso, pero no entendía bien el motivo detrás del mismo... hasta que Bowser le regaló otra cosa, con la excusa de "premiarla" por su trabajo. Este regalo en particular se trataba de una nube, una de esas que había visto a los Lakitus usar para moverse alrededor sin dificultades. Se dio cuenta entonces de que el bordado con nubes era para ayudarle a mantenerse sobre su nuevo regalo, y en aquella ocasión, por primera vez y por impulso, abrazó a Bowser tan fuerte como pudo mientras le agradecía una y otra vez.
Bowser no supo como reaccionar en su momento, y si quería regañarla, ni siquiera tuvo tiempo, porque Moonie ya estaba volando alrededor y gritando como una niña alegre con su nuevo regalo, algo que hizo a Bowser sentir algo cálido en su interior mientras sonreía como un idiota al verla. No podía explicar qué era esa sensación, pero... le gustaba, y mucho.
En las noches, sin embargo Bowser y Moonie dejaban esa fachada de "villano/asistente" para ponerse más personales, con Bowser siempre desahogándose por todo lo que le molestaba. Admitió que le daba miedo quedarse solo, y no en el sentido romántico: solo en general, perdiendo incluso a sus tropas o su confianza. No creía que fuera a pasar, pero temía que un día solo... pasara y ya. También confesó que sus problemas de ira vienen de su crianza. Desde niño era muy berrinchudo, y solo Kamek parecía estar dispuesto a soportarlo. El magikoopa era una especie de padre adoptivo para él, y aún así, desde que tiene memoria, Bowser solo le trata como a otro sirviente, aunque es uno al que le confiaría su vida sin pensarlo. Por último, volvió a confesar una vez más que se sentía frustrado por buscar el amor de Peach, algo que a este punto ya debería aceptar que nunca tendrá, pero no puede.
Con todas esas noches que compartían intimidades e inseguridades, Moonie se dio cuenta de la imagen tan errónea que se había hecho de Bowser meses atrás. Ahora, estando cerca de cumplir su primer año bajo el mando del rey de los koopas, Moonie se dio cuenta de que amaba a Bowser, pero no del modo que un súbdito adora a su rey, no... ella estaba enamorada de él, y eso iba a ser un problema muy grande.
Es cierto, ella ve el lado sensible e inseguro del rey de los koopas, ese que nunca se dignaría a mostrarle a nadie, porque ahora Bowser confía mucho en ella, tanto que a duras penas le da tarea alguna qué hacer ahora, como si de verdad se hubiese ganado ese puesto de asistente, dejando atrás el ser tratada como sirvienta. Sin embargo, había una cosa clara: Bowser ES un villano, y eso ella no lo puede ignorar por muy enamorada que esté. El objetivo del rey de los koopa sigue siendo el de conquistar el mundo, y si tiene que lastimar a otros para conseguirlo, entonces eso es lo que iba a hacer.
Moonie se sentía en conflicto ya, porque aunque había logrado un extraño acuerdo donde ella podía llevarse a personas inocentes a su reino para que salgan ilesos si Bowser hacía algo en algún lugar que podía afectar a inocentes, dado a que su reino estaba fuera de los planes de conquista de Bowser, ella sigue sintiéndose atraída hacia el rey de los koopas. Por Dios, si hasta ha soñado despierta con él en más de una ocasión. Pero he allí el persistente detalle de que Bowser es un villano.
Moonie se sentía atrapada en una tormenta de emociones. Por un lado, sus sentimientos por Bowser solo parecían crecer. No podía evitar recordar su rostro cuando le regaló el vestido y la nube; cómo sonreía de una manera que nunca antes había visto. Ese Bowser, vulnerable y honesto, era alguien por quien podía sentir una profunda conexión. Pero por el otro, había un lado oscuro que no podía ignorar, un lado que amenazaba con destruir todo lo que ella misma había jurado proteger.
Desde esa noche en su cuarto, el vínculo entre ellos había cambiado de maneras sutiles y, a veces, ni siquiera tan sutiles. Bowser ya no era solo el rey de los koopas, ni ella era simplemente su sirvienta; ahora eran cómplices en algo mucho más complejo. Aunque él seguía siendo terco, arrogante y temible ante sus tropas, cuando estaban a solas, todo se desvanecía. Sin embargo, Moonie sabía que no podía vivir en esa burbuja de ilusiones para siempre.
Una noche, cuando el día por fin terminó, Moonie ya estaba esperando a Bowser en su habitación. Era costumbre a este punto que ella apareciera sin avisar a nadie, y aunque Bowser en un principio no estaba contento con eso, poco a poco lo dejó pasar, a tal punto que se sorprendería más si entrase a su cuarto y no la viese allí, sentada al borde de su cama como de costumbre.
—¿Otro día difícil? —preguntó ella con una ligera sonrisa al ver al "gran rey de los koopas" acercarse a paso lento como cachorro regañado.
Bowser lanzó un gruñido, pero algo en sus ojos denotaba cansancio y, quizá, un ligero alivio al verla. Era como si, después de todas las responsabilidades y gritos del día, encontrar a Moonie en su cuarto se hubiera convertido en una especie de refugio. Aún con la expresión adusta y los colmillos visibles en su mueca, Bowser se dejó caer pesadamente sobre una silla cercana, evitando la mirada de la princesa.
—¿Difícil? No tienes idea —refunfuñó, cruzando los brazos—. Entre los ineptos de mis tropas y los planes que simplemente no salen como quiero... —se detuvo de golpe y dejó escapar un largo suspiro—. No es que te importe, de todos modos.
Moonie alzó una ceja, sin perder su sonrisa suave.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué crees que me sentaría aquí cada noche, esperando a que regreses, si no me importara? —replicó en tono desafiante, cruzándose de brazos—. Además, si yo fuera tú, comenzaría a plantearme si lo que no está funcionando realmente son tus planes... o algo más.
Bowser la miró, frunciendo el ceño, y por un momento Moonie creyó que estaba a punto de discutirle, de soltar algún comentario hiriente como en los viejos tiempos. Pero en lugar de eso, la sorpresa se reflejó en sus ojos, como si las palabras de Moonie hubieran resonado en él de una manera más profunda de lo que esperaba.
—¿Crees que no lo sé? —admitió finalmente, en un murmullo ronco. Sus enormes manos se cerraron y abrieron varias veces, un gesto que reflejaba la tensión que se acumulaba dentro de él—. Sé que hago cosas que... que no me ganan muchos amigos. Sé que debería... cambiar. Pero, ¿qué más soy yo sino el Rey de los Koopas? Si empiezo a actuar de otro modo, ¿qué pensaría mi ejército? ¿Qué pensaría... ella? —Apenas murmuró esas últimas palabras, y Moonie notó cómo sus hombros se hundían un poco, como si la confesión le hubiera arrebatado una carga que llevaba dentro.
Moonie suspiró, compasiva, y sin pensar demasiado, se levantó y se acercó hasta colocar delicadamente sus manos sobre las ásperas y escamosas del rey koopa. Le miró directamente a los ojos, su expresión llena de una empatía que sorprendió a Bowser.
—Bowser... —comenzó suavemente—, nadie te está pidiendo que dejes de ser quien eres. Y tampoco creo que "ella" te juzgue si decides ser alguien mejor. Lo que necesitas es entender que algunas personas... no lo valen. Quieres a Peach, y si me preguntas, ella es una idiota por no quererte de vuelta. Pero quizás... quizás puedes buscar eso que anhelas en otro lugar. La Superestrella te daría el poder de gobernar el mundo si así lo deseas, sí, ¿pero qué pasa si Peach te rechaza? O lo que es peor, ¿y si se casa con alguien más antes de encontrar la estrella? ¿Crees que quemando a su prometido te la ganarías más fácil?
El comentario de Moonie lo golpeó como un balde de agua fría, y por un momento Bowser la miró incrédulo, como si nunca hubiera considerado esa posibilidad. Estaba tan absorto en la idea de conquistar a Peach a través de la fuerza, de la tenacidad, de su propio y obstinado afecto, que jamás se había planteado lo que ocurriría si, incluso con la Superestrella, ella no cambiaba su opinión sobre él. Era impensable, un pensamiento tan incómodo que el solo imaginarlo lo hizo desviar la mirada con brusquedad.
—¿Que qué pasaría? —masculló, evitando los ojos de Moonie—. Pues… entonces, seguiría adelante, ¿no? No necesito a nadie que no me quiera. Pero... —su voz se apagó un poco—, no es tan simple, ¿sabes? He intentado... cambiar. Por ella. Por años. Pero al final, siempre vuelvo a ser el mismo de siempre. Siempre soy Bowser, el que causa problemas, el que pelea. No sé si puedo ser otra cosa.
Moonie suspiró y le dio un apretón en las manos, mirándolo con una mezcla de compasión y determinación.
—A lo mejor es porque estás tratando de cambiar por la razón equivocada —dijo con suavidad—. Cambiar para que otra persona te acepte es inútil si no encuentras algo dentro de ti mismo que valore ser diferente. Bowser, ¿nunca has pensado que quizá no necesitas a Peach para sentirte completo? Que puedes ser alguien mejor simplemente... porque te lo mereces. Porque tú mismo te has ganado la oportunidad de sentirte querido.
La dureza en el rostro de Bowser se desvaneció un poco, y observó a Moonie atento, esperando a que volviese a hablar. Sin darse cuenta, Moonie se había subido al regazo de Bowser, sus manos ahora acariciando suavemente los brazos del rey koopa, y este no se inmutó ni trató de alejarla, aunque sí sintió su corazón latir a mil por hora. Eso era nuevo...
—¿Sabe, mi señor? —dijo ella por instinto, luego enrojeció levemente y rió nerviosa, aunque Bowser también enrojeció un poco. ¿Por qué cuando ella le llamaba así se sentía tan... bien? Todos sus súbditos lo llamaban así... ¿por qué ella le dio un toque que le hizo sentir... diferente?—. Perdón... Bowser. Hay... una estrella... la cual yo también quiero para mí...
Moonie sentía su corazón ir a mil por hora, y también sintió los brazos de Bowser rodearla con delicadeza, como si ella fuese la última flor de una especie en peligro de extinción que él no quería marchitar por error.
—¿Usted cree que... algún día yo pueda conquistarla? —preguntó ella, sus ojos finalmente encontrándose con los de Bowser.
Por un momento, el gran rey koopa se quedó sin palabras. Aquella pregunta, tan simple y directa, parecía haber roto algo en él, desarmándolo de una manera que ni siquiera las batallas o los fracasos habían logrado. Bowser miró los ojos de Moonie, grandes, llenos de esperanza, y sintió que algo cálido comenzaba a surgir en su pecho, algo que le resultaba extraño y a la vez terriblemente familiar. Era una especie de ternura, de anhelo, y, aunque jamás lo habría admitido, de miedo.
Aún así, Bowser no pudo evitar sonreírle levemente con una especie de dulzura a la princesa en sus manos.
—¿Y quién dice que no se puede conquistar?
Moonie sintió sus mejillas enrojecer al ver la sonrisa inesperadamente tierna de Bowser. Se quedó en silencio por un momento, procesando la calidez que percibía en sus palabras y en la forma en que la miraba. Pronto, su mirada se desvió a sus labios, y no por primera vez, sintió el impulso de solo lanzarse a él, de apretarlo con fuerza y de besarlo, aún si eso marcaba su ejecución o un rechazo de parte de Bowser. Ella solo tenía que inclinarse..
Lo hizo lentamente, y sin saberlo, Bowser también se estaba inclinando hacia ella con la intención de hacer lo mismo que ella pensaba, pero cuando por fin sus labios se iban a encontrar...
—Espera... —dijo Bowser, alejándose de ella, aunque no lo hizo por asco o por miedo, simplemente recordó a quién quería aún—. Perdona, Moonie. Yo... no sé qué me pasó.
Moonie bajó la mirada, sintiendo que una parte de ella se desmoronaba con aquella pausa. Aunque lo entendía, el rechazo le dolía, y sus manos se deslizaron lentamente de los brazos de Bowser, como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiese romper lo poco que había construido en esa noche.
—No... no tienes que disculparte, Bowser —dijo, con una pequeña sonrisa que intentaba ser comprensiva, aunque sus ojos traicionaban un leve destello de tristeza—. Creo... que podemos dejarlo así por hoy. Buenas noches, mi señor.
Tras decir eso, hizo una leve reverencia, luego se dio la vuelta y dejó la habitación, sin darle a Bowser la oportunidad de decir nada.
Mientras caminaba hacia su habitación, abrazándose a sí misma y reteniendo las lágrimas que amenazaban salir, no pudo evitar sentirse como una idiota. ¿En qué estaba pensando cuando se le acercó a Bowser de esa manera? Estuvieron cerca de besarse... ¿Pero qué esperaba ella si lograba hacerlo, de todos modos? El corazón de Bowser sigue latiendo por Peach, no por ella.
La princesa Peach... Cuando Moonie era tratada de sirvienta, sentía compasión por ella. Después de todo, el trato de Bowser era horrible entonces, y ella no le deseaba esto a nadie, pero ahora que se ha hecho cercana a Bowser, que lo ha conocido y se ha enamorado de él, detesta que sea Peach la que tiene el amor de su rey, detesta que Peach no ame a Bowser, y detesta que ahora ella se sienta así de impotente. ¿Por qué la seguía queriendo a ella? ¿Por qué no podía olvidarla? ¿Por qué no solo desaparecía y así Bowser podía seguir con su vida?
Si Moonie tuviera la Superestrella, ella usaría ese poder para acabar con Peach, romperle la cara hasta que quede tan desfigurada que no la reconozca ni su abuela, o directamente la mataría. Sí, la iba a matar, eliminaría a la competencia del camino, y entonces...
Algo hizo clic en ella de pronto, algo macabro y oscuro, algo que iba en contra de todo lo que ella representaba y lo que le enseñaron... algo que le haría ganarse el favor total de Bowser.
Sin perder tiempo, Moonie aceleró el paso hacia su habitación, y una vez allí, tomó su nube, aquella que Bowser le regaló para poder desplazarse más rápido por el castillo. Se subió en ella y recorrió el camino hasta la habitación de Bowser nuevamente, pero esta vez solo se asomó para estar segura de que Bowser ya se había dormido. Lo vio recostado sobre su cama, mirando al techo con angustia, y aunque le habría encantado entrar a escucharle, lo que tenía en mente era más urgente para ella. Así que esperó unos 20 minutos hasta que escuchó ronquidos, por lo que se asomó y vio que Bowser ya estaba dormido como una roca.
Esta era la oportunidad que necesitaba, por lo que no perdió tiempo y salió con su nube por una ventana abierta del castillo. Estaba de camino a su reino, a punto de hacer algo que Bowser no le ordenó, algo que ninguno de sus habitantes iba a aprobar sin importar cuánto se explicase ella, algo que hasta ella misma es consciente de que está mal, ¿pero por Bowser? Arrancaría el corazón de alguien con una lanza si él se lo pidiera. Tal vez se ha vuelto tan loca como él, sino más, después de pasar meses a su lado, pero ya ha llegado a un punto en el que no le importa.
Ella está a punto de buscar eso que Bowser desea, eso que ella sabe que puede ganarse el corazón del rey de los koopas: La ubicación exacta de la Superestrella.
Con un frío viento golpeando su rostro, Moonie apretó los puños y guió su nube a toda velocidad hacia su reino. Su mente bullía de emociones: amor, celos, odio, y un anhelo desesperado de ser la única a quien Bowser mirara de aquella forma en que observaba a Peach. Había pasado demasiado tiempo siendo su confidente, escuchando sus lamentos y viéndolo entregarse a alguien que, para ella, no lo merecía. Peach no entendía el verdadero Bowser, no conocía sus momentos de debilidad, su risa cuando nadie lo veía, o la ternura que mostraba solo en sus momentos de descuido.
"Yo puedo darle lo que él necesita", pensó, sus labios apretándose en una sonrisa decidida mientras aceleraba aún más su nube.
Finalmente, avistó los vitrales de su castillo, y asintiendo para sí misma, se movió sobre su nube, descendiendo lentamente hasta detenerse frente a una ventana que usualmente no era vigilada. No quería llamar la atención de nadie, y menos hacer que Bowser viniera hasta aquí si se enteraba que se había ido. Empujó la ventana con cuidado, y la dejó entre abierta para poder escapar una vez encontrase lo que buscaba.
Con cuidado, Moonie recorrió los pasillos de su castillo hasta llegar a la biblioteca. Abrió la puerta cuidadosamente y entró, luego comenzó a buscar en varios libros y estanterías de leyendas, artefactos y entes poderosos, todo con tal de encontrar lo que buscaba, de darle a Bowser exactamente lo que quería.
Estuvo así alrededor de una hora, ojeando libros y desordenando repisas con algo de desesperación. Estaba comenzando a sentirse impotente, y pensaba que su búsqueda sería en vano... hasta que dio con lo que buscaba, cuando encontró un libro que hablaba sobre leyendas que han existido por milenios. Leyó el libro rápidamente, buscando lo que esperaba encontrar en la S, y entonces lo hizo: la Superestrella, toda su leyenda estaba allí. Y no solo eso, sino que el libro mismo señalaba que "la estrella siempre rota de guardián, pero el más frecuente habita al norte, en la tierra de los pingüinos".
Moonie contuvo el aliento. ¡Era justo lo que necesitaba! La ubicación aproximada de la Superestrella estaba ahí, en sus manos. El guardián más frecuente habitaba al norte, en la tierra de los pingüinos...
Arrancó la página del libro con la información, luego lo cerró y lo devolvió al estante, dejando todo tal y como estaba. No podía permitir que nadie se diera cuenta de que había estado allí, menos aún si se enteraban de que iba a entregarle a Bowser la ubicación de un artefacto tan peligroso.
Sin embargo, eso no podía importarle menos. Por una vez, la seguridad de los demás y las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer no le importaban en lo más mínimo. Era consciente de que esto iba a dañar a muchas personas inocentes, mismas que ella en el pasado ha tratado de proteger y de consolar, pero ahora su mente solo piensa en lo que Bowser va a pensar cuando le entregue esta información.
—Ya lo verá, mi señor —pensó Moonie con una sonrisa un tanto desquiciada—. Le probaré que no necesita a Peach cuando tiene a alguien mejor, alguien que sí lo ama...
La fortaleza de Bowser estaba de fiesta, todo gracias a que Moonie dejó al rey de los koopas más que complacido.
Cuando le entregó a Bowser la ubicación de la Superestrella, él no pudo creer que ella lo hiciera, y no por compromiso, sino porque a ella le plació darle esa información sin más, sin amenazas, sin monologar, solo se la dio porque ella lo quiere... Y eso le pareció lindo, pero también sabía bien que esto era perfecto. Ahora tenía la ubicación exacta de la estrella, por lo que no tardó en poner rumbo al norte, en la tierra de los pingüinos, para obtener su preciado premio.
Tras derretir el castillo de hielo de los pingüinos, destruir algunas torres del lugar con su castillo y llevarse a unos cuantos prisioneros, permitiendo que Moonie salvase a unos cuantos, Bowser ya tenía en su poder la Superestrella. Con ella en sus manos ya, el rey de los koopas no dudó en organizar una enorme fiesta para celebrar que al fin había conseguido ese poderoso ítem tan preciado después de años de búsqueda. Koopas y goombas bailaban, los Shy Guys molestaban a algunos quitándose sus máscaras frente a ellos, un bob-omb explotó y mandó a algunos soldados volando, algunas plantas piraña se alimentaron de algunos koopas, y una especie de banda rock tocaba música sobre un escenario.
La fiesta estaba ocurriendo en el salón del trono de Bowser, quien estaba sentado sobre el mismo con una macabra pero satisfecha sonrisa en su rostro. Sobre él, flotaba la Superestrella, que giraba lentamente en su sitio, demostrando el poder que ahora le pertenecía al rey koopa. Al lado izquierdo del trono se encontraba Kamek, bailando al son de la música, mientras que a la derecha estaba parada Moonie, la cual solo observaba la fiesta con una sonrisa. Le había dado a Bowser lo que él tanto quería, y esperaba que eso fuera suficiente para hacerle olvidarse de Peach y, tal vez, solo tal vez, comenzar a fijarse en ella.
Pronto, Bowser se puso de pie, y el volumen de la música bajó ligeramente para permitir que su voz fuese escuchada, a su vez que un par de reflectores le iluminaban.
—¡Mis tropas! —comenzó con una sonrisa orgullosa, mirando uno a uno los miembros de su ejército—. ¡Koopas! ¡Goombas! ¡Y lo que sean ustedes...!
El par de spinys a los que Bowser se refería, al principio emocionados, se sintieron mal al ver que rey seguía sin saber qué especie eran. Moonie solo sonrió y reprimió una risita, sintiendo empatía por las pobres criaturas que, a decir verdad, ella tampoco estaba segura de cómo se llamaban.
—Después de años buscando la Superestrella, ¡finalmente ya es nuestra! —gritó Bowser con júbilo, ganándose vítores de parte de toda la multitud, luego observó a Moonie y, aunque su mirada se suavizó, su postura y sonrisa se mantuvieron—. Y todo se lo debemos a ella. Sin ti, Moonie tal ves habríamos tardado muchos años más en encontrar la estrella. Así que, por tus esfuerzos, y por ser parte de esta cruzada, gracias. Lo digo en serio.
Moonie sintió su corazón latir más fuerte al escuchar esas palabras. Era la primera vez que Bowser le agradecía de esa forma, y aunque sus palabras no eran lo románticas que ella habría deseado, el simple hecho de que él reconociera su esfuerzo la hacía sentir en las nubes. Con una sonrisa radiante, ella asintió en señal de agradecimiento, intentando disimular el leve rubor que sentía en sus mejillas. Sin embargo, eso rubor solo creció cuando escuchó vítores de la multitud mencionar su nombre, y ella solo se pudo frotar los brazos nerviosa, sin saber bien qué hacer.
Por suerte, Bowser decidió continuar con su discurso antes de que ella fuera un saco de nervios y vergüenza.
—Ahora, ¡soy la tortuga más poderosa del mundo! —rugió el rey de los koopas, ganándose vítores de sus súbditos nuevamente—. ¡Muy pronto llegaremos al Reino Champiñón! —Sus súbditos vitorearon de nuevo—. Y después de años de pelear como enemigos, ¡voy a pedirle a la princesa que sea mi esposa con una boda de cuento de hadas!
Los vítores entonces cesaron, y la música dejó de tocar, dejando el salón del trono en completo silencio. Todos en el público habían quedado impactados con ese anuncio. La gran mayoría confundidos y mirándose entre sí por el deseo tan absurdo de su líder de comprometerse con el enemigo, otros pocos como un koopa que estaba en la esquina estaba suspirando enternecido ante la idea de una ceremonia tan importante y especial como el rito matrimonial.
Pero de todos los presentes, la única destrozada por la noticia era ella, Moonie, la leal asistente del rey koopa, su segunda mano derecha y su mayor confidente después de Kamek.
"¿Una boda...? ¿La princesa Peach...? Pero... No lo entiendo..." pensaba Moonie, su corazón latiendo de forma desenfrenada mientras sentía sus ojos cristalizarse entre más y más dejaba que la idea se asentara en su mente, y no le gustaba. "¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Por qué ella y yo no?"
Todo eso y más era lo que pensaba Moonie en aquel momento. No podía comprenderlo: Ella estuvo para Bowser en sus mejores y peores momentos, fue ella la que se quedaba despierta a altas horas de la noche para darle comfort al gigantesco koopa, fue ella quien al final terminó sacrificando el bienestar de todos los demás reinos al entregar la ubicación de la Superestrella que tanto quería él.
No lo podía entender, ella lo había dado todo. Y aún así... No fue suficiente.
—¿Sí...? —el solitario y dudoso vitoreo de un koopa sacó a Moonie de sus pensamientos, regresándola a la realidad que ahora mismo deseaba evitar.
—¿Quiere casarse... con la princesa? —preguntó otro koopa, mirando a sus compañeros a su alrededor con confusión, la misma que todos los demás presentes compartían.
—¿Qué no lo odia, señor? —preguntó otro koopa al fondo, mientras que Bowser miraba algo incómodo a sus súbditos con los ojos bien abiertos.
Sin embargo, esa última pregunta le hizo suspirar con una expresión aburrida mientras rodaba los ojos.
—Claro que me odia, es obvio... —murmuró Bowser con cierta molestia, antes de repentinamente ponerse... sentimental—. Pero eso me hace amarla mucho más. Su fleco en forma de corazón... Como es que flota en la brisa... Su inamovible tiara...Y cuando le enseñe la estrella... ¡Ojojojo, será mía!
Moonie sentía su corazón desmoronarse con cada palabra que salía de la boca de Bowser. Era casi como si cada una de sus declaraciones sobre Peach fuera una estocada más profunda. ¿Cómo podía él estar tan ciego a lo que ella había hecho, a lo que ella estaba dispuesta a hacer por él?
Su sonrisa nerviosa se había desvanecido, y ahora solo quedaba un rastro de tristeza y amargura. La vibrante energía que había sentido cuando él le agradeció se había convertido en una pesada sensación de vacío. Ella había arriesgado tanto, había traicionado sus propios principios, todo en nombre de un amor que Bowser ni siquiera parecía ver.
Kamek, quien estaba a su lado, le lanzó una mirada de preocupación, como si comprendiera lo que ella sentía, pero no podía decir nada en ese momento. Apretó los puños y decidió que debía mantener la compostura, aunque sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. No podía permitir que todos la vieran en ese estado, y mucho menos Bowser.
—Uy, ¿pero y si dice que no? —un koopa preguntó de pronto, y como premio, Bowser lo incineró, convirtiéndole en un huesitos, el cual se miró a sí mismo confundido, luego vio a un koopa a su lado, el cual solo le miró como si fuese obvio que eso iba a pasar.
—¡Voy a usar el poder de la estrella y destruiré el Reino Champiñón! —declaró Bowser, ganándose nuevamente una ovación de sus tropas, con la música regresando ya—. Estén preparados para la mejor boda de todas. ¡A rockear!
El rugido de la multitud resonaba en el salón del trono mientras Bowser se lanzaba de nuevo en sus fantasías de destrucción y dominio, con la Superestrella brillando sobre él como el símbolo de su victoria. Pero para Moonie, esa luz se sentía como una burla, recordándole que todo su sacrificio no había sido suficiente para ganarse siquiera un espacio en el corazón de Bowser.
Intentando no perder la compostura, Moonie cerró los ojos y trató de ahogar el dolor en el ruido de la fiesta, los vítores y la música estridente. Pero la imagen de Bowser hablando de Peach, de sus gestos, de su maldito "flechazo en forma de corazón", se repetía en su mente una y otra vez, como una melodía rota.
—¿Estás bien, querida? —le susurró Kamek con una voz cargada de preocupación, notando la mirada sombría en sus ojos.
Moonie apenas logró esbozar una sonrisa fingida antes de asentir rápidamente, intentando mostrarse fuerte. No podía derrumbarse ahora, no frente a Kamek, ni frente a nadie. Respiró hondo y murmuró con un intento de valentía:
—Estoy bien... Solo un poco cansada, eso es todo. —Pero incluso ella sabía que esas palabras sonaban huecas.
Kamek no estaba convencido, pero asintió en silencio, como respetando su deseo de ocultar lo que sentía. Tal vez él comprendía mejor de lo que ella pensaba, tal vez incluso sentía lástima por ella; pero Moonie no quería piedad, y mucho menos de Kamek.
La fiesta continuaba, el aire cargado de risa, música y gritos. Los soldados de Bowser se divertían a lo grande, pero para Moonie, cada segundo allí se hacía insoportable. Ver a Bowser reír, observar cómo sus ojos brillaban con la emoción de sus planes de conquista, y escucharle alardear sobre una boda que nunca incluiría a alguien como ella... era un recordatorio doloroso de su realidad.
Finalmente, cuando la música subió de volumen y la atención de Bowser estaba completamente centrada en la celebración, Moonie dio un paso atrás, alejándose lentamente de la escena. Con cada paso sentía cómo su pecho se volvía más pesado, como si estuviera cargando el peso de todas las emociones que había tratado de reprimir.
Sin mirar atrás, salió del salón y se deslizó por los pasillos del castillo hasta una de las terrazas, buscando la soledad y el silencio de la noche. Allí, finalmente permitió que sus emociones tomaran el control. Se apoyó en la barandilla de piedra y dejó que el aire frío le calmara el ardor en los ojos.
—¿De qué sirvió todo esto...? —murmuró para sí misma, con la voz rota y los ojos nublados por lágrimas que finalmente ya no pudo contener.
Moonie levantó la vista hacia el cielo estrellado, buscando algo de consuelo en la inmensidad del universo, pero solo sintió un vacío aún mayor. Había entregado todo, absolutamente todo, por alguien que ni siquiera la miraba, que jamás podría amarla de la forma en que ella soñaba. Y, sin embargo, no se arrepentía del todo. A pesar de todo el dolor, una parte de ella seguía esperanzada, imaginando que algún día él abriría los ojos y la vería realmente.
—Si al menos... si al menos pudiera verme a mí —susurró en voz baja, con una sonrisa amarga y resignada.
Las horas pasaron, y mientras la fiesta en el castillo continuaba, Moonie permaneció en la terraza, perdida en sus pensamientos, luchando por encontrar una razón para seguir adelante.
Con el pasar de los días, las cosas solo se ponían más tensas.
Un extraño hombre de gorra roja y bigote apareció en el Reino Champiñón y se ganó la confianza de Peach para acompañarla a algún lugar. Horas después, un hombre de gorra verde y bigote fue traído desde las Tierras Oscuras por un grupo de Shy Guys, diciendo que él se llama Luigi, y que el hombre que acompaña a Peach es su hermano y se llama Mario, aunque eso último solo lo hizo luego de que Bowser le torturara al tratar de arrancarle el bigote. Moonie supuso que Mario pidió ayuda a la princesa para salvar a su hermano y que por eso estaba con ella, pero a Bowser no le gustaba la idea de que alguien más estuviera amigándose con la que él asegura es su prometida.
Los días pasaron, y el odio que Bowser sentía hacia Mario solo crecía día con día. Por si fuera poco, Moonie a duras penas escuchaba a Bowser ahora, haciendo oídos sordos al hablar de Peach y de la boda, aunque cuando hablaba de lo inseguro que ese tal Mario le hacía sentir no podía hacer oídos sordos. En algunas ocaciones hasta se vistió de Peach para ayudar a Bowser a ensayar lo que le diría a la princesa una vez se encontrase con ella y le ofreciera la Superestrella. Le dolía ver a su señor tan empeñado en conquistar a alguien que no lo quería, ¿pero qué podía hacer ella, realmente? Nada, más que observar adolorida.
Un día, Bowser finalmente consiguió quitarse a Mario de encima y "secuestrar" a Peach—más bien la sobornó a casarse con él amenazando con lastimar a sus súbditos—y ahora, ella se encuentra a bordo de la fortaleza flotante, en una habitación sin ventanas o vía de escapa fácil, y con la única entrada al la misma vigilada por un par de koopas.
Moonie se acercó a dicha habitación, con Kamek estando a su lado, pues tenía la intención de hablar y conocer a Peach, aunque sea solo un poco. Realmente no tenía idea de por qué quería hablar con Peach. Se decía a sí misma que solo quería asegurarse de que Bowser estaba eligiendo bien, pero en realidad solo quería encararla de una vez. Bowser lo estaba dando todo por ella, y aún así, Moonie sabe que ella nunca lo iba a amar... No como ella lo ama de todos modos.
—¿Segura de que quiere hacer esto, princesa? —Kamek le preguntó a Moonie con angustia, sus manos frotando nerviosamente su cetro—. Peach sabe bien cómo persuadir a cualquiera. No por nada al amo le ha costado tanto capturarla.
Moonie respiró hondo, sintiendo un nudo en el estómago. Era cierto, sabía que enfrentarse a Peach en ese momento era, en el mejor de los casos, arriesgado. Peach no era solo la princesa del Reino Champiñón; era también conocida por su astucia y habilidad para ganarse el favor de quienes la rodeaban. Tal vez, Moonie lo hacía más para entender qué veía Bowser en ella, o quizá para desafiar, en silencio, a la persona que sin esfuerzo tenía el amor que ella tanto anhelaba.
—Lo sé, Kamek —respondió con un tono apenas audible, tratando de mostrarse serena—, pero... creo que necesito hacerlo. Al menos para comprender por qué... él está dispuesto a hacer todo esto por ella. —Se mordió el labio, en parte avergonzada de lo que sus palabras revelaban.
Kamek la miró con una mezcla de preocupación y simpatía, como si comprendiera el dolor que ella intentaba ocultar detrás de esa determinación. Suspiró, resignado, y asintió antes de hacer una seña a los koopas para que abrieran la puerta de la habitación. Con un crujido de metal, la puerta se abrió, revelando el interior de la pequeña y opulenta celda donde Peach estaba sentada con aire digno, a pesar de la situación.
Moonie avanzó con paso firme, con Kamek a su lado, quien se mantuvo en la entrada, listo para intervenir si fuera necesario.
La primera impresión de Moonie al por fin ver a la princesa de cerca fue... extraña, a falta de un mejor término. La princesa en cuestión se había quitado una especie de traje de piloto blanco con un pañuelo, franjas, botas y guantes rosas. Ahora, usaba un elegante vestido rosa y guantes blancos largos, un colgante con una gema azul en medio, y una tiara dorada que adornaba su cabeza con joyas azules a los lados y rojas al frente y detrás. Tenía una larga cabellera rubia y un par de pendientes azules decorando sus orejas, y cuando la princesa al fin notó otras presencias y se volteó, Moonie se encontró con un par de orbes azulados y unos labios pintados en labial rojo.
"Mierda," Moonie pensó, sintiéndose de pronto insegura de sí misma. "Ella sí que es bonita..."
Peach la observó con una expresión calmada, sin rastro alguno de miedo o resentimiento, como si estuviera acostumbrada a este tipo de situaciones, aunque sí parecía algo confundida. La serenidad de la princesa solo hizo que Moonie se sintiera aún más pequeña, casi ridícula por sus propios celos. ¿Cómo podía competir con alguien como Peach? Era hermosa, refinada, y poseía una gracia natural que hacía parecer a Moonie torpe y vulgar en comparación.
Moonie tragó saliva y trató de recuperar su compostura. Se había prometido a sí misma que no dejaría que Peach notara sus inseguridades, que enfrentaría a la princesa con dignidad. Después de todo, no había llegado hasta allí para mostrarse débil.
—Así que... tú eres la princesa que Bowser lleva tanto tiempo intentando cortejar —dijo Moonie sin una pizca de alegría en su voz—. Peach, ¿cierto?
Peach solo observó confundida a Moonie, de arriba a abajo, sin saber muy bien qué decir.
—¿Quién eres tú? —preguntó Peach, su tono mostrando un autocontrol envidiable, pero también respeto.
—La princesa Moonie, del Reino Moonlight —respondió ella, su voz ahora más calmada y controlada que cuando entró—. Soy... la segunda persona en la que Bowser confía más que en nadie, justo después de Kamek.
Eso pareció sorprender a Peach un poco, pero se mantuvo serena y tranquila. Observó a Kamek en la puerta de la habitación, y luego regresó su vista a Moonie.
—Estás aquí porque Bowser te obligó, ¿cierto? —preguntó ella, como si intentara empatizar o conectar con Moonie.
—No —respondió la otra princesa bruscamente, antes de respirar hondo y calmarse—. No es así, Peach. Estoy aquí porque quiero, nadie me obligó a unirme a las tropas de Bowser. Yo lo hice por mi cuenta, ¿y sabes qué? No me arrepiento de nada.
Peach parpadeó, sorprendida, pero una pequeña sonrisa asomó en sus labios. A pesar de la frialdad en las palabras de Moonie, podía ver un atisbo de emoción genuina detrás de ellas, una intensidad que solo alguien con un vínculo profundo podía expresar.
—Entonces, supongo que tú y él son... cercanos —dijo Peach, buscando el tono adecuado para la delicada situación.
Moonie la miró con una mezcla de tristeza y desafío, sus ojos oscurecidos por las emociones que tanto tiempo había reprimido.
—Sí, somos cercanos —afirmó con voz tensa—. Pero, al parecer, eso no significa mucho cuando está... —hizo una pausa, su mirada cayendo al suelo por un instante—, cuando está dispuesto a dejar todo de lado por alguien como tú.
Peach frunció el ceño, pero no por enojo, sino por una genuina preocupación. Sabía que los sentimientos podían volverse complejos y dolorosos, sobre todo cuando se trataba de asuntos del corazón. Sin embargo, antes de poder decir nada, Moonie dio un paso hacia adelante, en su dirección, y Peach no cedió. Las princesas se miraron intensamente por un rato, y pronto, Moonie comenzó a caminar alrededor de Peach, con la princesa quedándose en su sitio, arqueando una ceja mientras se preguntaba mentalmente qué estaba haciendo Moonie.
—¿Sabes? Puedo ver perfectamente por qué Bowser tiene su ojo puesto en ti, por qué te ha estado persiguiendo todo este tiempo —dijo la princesa de pelo castaño, mientras trataba de contener toda la rabia que quería expulsar. Pero aún no era el momento—. Tienes el porte de una princesa, buena postura, modales, belleza, y por si todo eso no es suficiente, he escuchado que puedes patearle el trasero a alguien si así lo deseas. Todo el paquete en uno, sin dudas.
Peach se mantuvo quieta, pero un destello de incomodidad cruzó por su rostro. Aunque Moonie intentaba disfrazar sus palabras de elogio, la ironía en su tono era clara.
—No es tan simple como crees, Moonie —respondió Peach finalmente, con voz serena pero firme—. Ser una princesa significa cargar con muchas expectativas, sacrificios, y... a veces, dolor que no todos ven. Pero eso no significa que Bowser deba perseguirme de esta forma.
Moonie se detuvo frente a ella, sus ojos chispeando con una mezcla de celos y frustración.
—¿Dolor? —repitió, incrédula—. ¿Dolor dices? ¿Cómo podrías entender el dolor que yo he sentido viendo cómo Bowser pierde la cabeza por alguien que no lo merece? —Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas, cargadas de una amargura que había intentado reprimir durante tanto tiempo—. ¿Acaso alguna vez has tenido que quedarte en segundo plano? ¿Esperar y esperar, solo para ver cómo él arriesga todo por alguien que ni siquiera lo quiere? En todo caso, deberías sentirte afortunada de que siquiera le importes a Bowser, al punto de querer desposarte.
Peach suspiró profundamente, tratando de mantener la calma ante las palabras de Moonie, que iban aumentando en intensidad con cada segundo. Aunque las acusaciones eran duras, Peach podía ver en ellas algo más profundo: una herida abierta y un amor no correspondido que la desgarraban por dentro.
—Moonie... no niego que él se preocupe por mí —respondió Peach, con voz suave, pero llena de firmeza—. Pero el amor no debería funcionar así. No se trata de ganar o perder, ni de luchar por quien se lleve más atención. Bowser y yo... nunca podremos ser una pareja, porque él no me ama de la manera que debería amarse a alguien.
Moonie frunció el ceño, como si se negara a aceptar esas palabras.
—¿Y cómo puedes estar tan segura? —exigió, acercándose con los puños apretados—. ¿Cómo puedes afirmar eso cuando él estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por ti?
—Porque eso no es amor, Moonie —Peach respondió, su voz quebrándose un poco—. Lo que Bowser siente por mí es obsesión, una necesidad de controlar, de poseer. Si realmente me amara, entendería que yo no siento lo mismo y respetaría mis deseos. Además, si tengo que ser honesta, la idea de casarme con alguien como Bowser... se me revuelve el estómago de solo pensarlo.
Las palabras de Peach cayeron como un balde de agua fría sobre Moonie. El aire pareció hacerse pesado, y por un instante, el silencio que llenó la habitación fue casi palpable. Moonie retrocedió un paso, como si las confesiones de la princesa hubieran dejado una marca visible en su interior.
La rabia que bullía dentro de ella se transformó en algo distinto, una especie de desesperanza que le robó el aire y nubló su mirada. Podía soportar que Peach fuera todo lo que ella no era; podía soportar su gracia, su fuerza, incluso su belleza innegable... pero escuchar esas palabras de repulsión hacia Bowser, hacia alguien que Moonie amaba tanto, era un golpe que no podía asimilar tan fácilmente.
—¿Revuelve... el estómago? —repitió Moonie en un susurro, como si no pudiera comprender del todo lo que acababa de escuchar. Su voz se quebró y, por un instante, pareció más vulnerable que nunca. ¿Cómo podía esta princesa, a la que Bowser había colocado en un pedestal, hablar de él con tanta frialdad?
Peach bajó un poco la mirada, dándose cuenta de que quizá había sido demasiado directa. Sin embargo, se mantuvo firme ante su posición.
—Moonie, nunca podría casarme con un monstruo desalmado cuya prioridad es ser feliz él mismo —dijo ella, frunciendo el ceño—. Bowser ha matado a inocentes, él ha causado destrucción y caos a dónde sea que va, no ha dudado en arriesgar las vidas de mis Toads con tal de conseguir que yo caiga rendida ante él. ¿Y sabes por qué hoy al fin lo consiguió? Porque al fin tenía a alguien que yo misma admiraba, alguien de quien también me enamoré.
Pero antes de que pudiera continuar explicándose, Moonie dio un paso atrás, cubriendo su rostro con una mano temblorosa.
—No entiendes nada... —dijo Moonie, su voz un hilo lleno de emociones encontradas—. No sabes cuánto... cuánto significa para mí. No sabes lo que es amar a alguien que nunca te va a mirar de la forma en que te mira a ti.
—De hecho, sí lo sé —dijo Peach, sorprendiendo ligeramente a Moonie, pero no por lo que dijo, sino por el destello de vulnerabilidad en sus ojos—. Desde hace unos días, super cómo era ver a alguien de una forma que él no te ve. Y luego las tropas de tu tan adorado Bowser lo mataron. Si estoy aquí, Moonie, es porque no tengo ya nada que perder.
Moonie bajó la mano lentamente, su mirada pasando de sorpresa a una mezcla de dolor y desconcierto. No entendía bien de quién hablaba, hasta que recordó bien al único ser que fue capaz de despertar mil y un inseguridades nuevas a Bowser con solo aparecer...
—¿Mario? —dijo Moonie con un tono entrecortado, casi susurrando—. ¿Entonces... es él?
Peach cerró los ojos por un momento, como si así pudiera reprimir su dolor, antes de abrirlos y asentir levemente.
—Sí, Mario —afirmó, y su voz se hizo un susurro mientras recordaba—. Él me enseñó que el amor verdadero no exige, no exige sacrificios absurdos ni provoca miedo. Solo vino a mí porque quería salvar a su hermano, sin pedir reconocimiento o gloria de ningún tipo. Solo quería salvar a alguien que era el mundo para él. Mario... era mi paz en medio de todo esto. Pero Bowser… Bowser nunca lo entenderá.
Moonie permaneció en silencio, una guerra de emociones asolando su rostro. Su amor por Bowser era algo que la definía, que le daba propósito, pero en ese instante también sintió el peso de su propia ceguera. Sabía, en lo profundo, que lo que Bowser sentía por Peach no era amor como el que ella misma sentía, sino un impulso oscuro, una ambición disfrazada de pasión.
Y, a pesar de eso, Moonie aún lo defendía.
—...Bowser es mucho más de lo que tú vez, Peach —dijo ella, su voz firme mientras sus ojos ardían con una especie de fuego que se negaba a apagarse—. No es sólo ese monstruo desalmado que tú ves por fuera, pero nunca te molestarás en conocerlo de verdad. Porque, si somos honestas entre nos, él merece a alguien mucho mejor que tú.
Las palabras de Moonie, crudas y cargadas de resentimiento, cayeron sobre Peach como un golpe silencioso. Sin embargo, la princesa mantuvo su postura, sin dejar que la provocación de Moonie le afectara. Inspiró profundamente, esforzándose por hablar con la misma calma que la había sostenido hasta ahora.
—Tal vez tengas razón, Moonie. Quizás Bowser merezca a alguien que pueda verlo con los ojos que tú lo haces, que acepte su naturaleza y todo lo que implica. Alguien que le devuelva el amor que tú crees que siente —respondió Peach con un tono suave pero determinado—. Pero yo no soy esa persona, y tú tampoco deberías serlo solo porque piensas que nadie más lo hará.
Moonie la miró con una mezcla de incredulidad y desprecio, luego se dio la vuelta y caminó fuera de aquella habitación.
—Kamek, asegúrate de que la princesa se vea presentable para Bowser —dijo ella, sin dignarse a ver a Peach ni la reacción que tuviera—. Nuestro señor solo merece lo mejor en su mejor día.
—Así se hará, princesa Moonie —dijo Kamek con una leve reverencia, luego tronó los dedos a los koopas que vigilaban la entrada para que la cerraran.
Mientras eso ocurría, Moonie finalmente se dignó a mirar a Peach, la cual le observaba con una mezcla de pena y compasión, aunque eso solo hizo que Moonie sintiera odio hacia Peach, mucho más del que ya venía sintiendo hasta ahora.
La boda de Bowser y Peach fue... una experiencia inolvidable, eso es seguro.
Luego de haber preparado todo con una gran velocidad, de haber reunido a invitados y de asegurarse de que Peach tuviera el mejor vestido de todos, Bowser estaba más que listo para casarse con Peach. Para este día, le pidió a Moonie ser su dama de honor, una petición que para Moonie era como si hubiese arrancado su corazón de un golpe, lo hubiese destrozado con su mano, luego lo hubiera aplastado aún más en el suelo, y después lo hubiera puesto en su lugar nuevamente. Moonie, por cortesía, aceptó sin decir nada, pero en realidad no se presentó. Ya era demasiado doloroso tener que aceptar que quién ella amaba quiere casarse con alguien que claramente se sentía repugnada ante su presencia, pero verlo directamente iba a ser insoportable.
Por ende, Moonie no tenía ganas de salir de su habitación. Diría que quiere llorar, pero han pasado varios días ya en los que ha hecho eso a solas, por las noches, contra su almohada. A este punto, si todavía tenía fuerzas para llorar o lágrimas que derramar, era porque el mundo en verdad estaba buscando torturarla.
Moonie se quedó en su habitación, envuelta en una sensación de vacío que no había sentido jamás. Sabía que Bowser estaría esperándola, posiblemente incluso preguntándose dónde estaba. Sin embargo, la idea de verlo junto a Peach, observando cómo él juraba amor eterno a alguien que ni siquiera lo quería, era simplemente demasiado.
Mientras la música de la ceremonia comenzaba a sonar a lo lejos, Moonie se abrazó las rodillas y trató de ignorarlo todo. Pero, inevitablemente, su mente vagó hacia los recuerdos. A pesar de lo mucho que había intentado prepararse, no había logrado apagar ese amor desesperado que sentía por Bowser, esa mezcla dolorosa de admiración y devoción que lo mantenía como el centro de su mundo.
—¿Por qué ella? —se murmuró a sí misma en la penumbra de su habitación, con la voz apenas audible.
De pronto, la música de la ceremonia se detuvo, desconcertando a Moonie, quien se puso en pie y abrió la puerta de su cuarto, como si quisiera estar segura de que iba en serio. Por un rato, solo hubo silencio, hasta que de pronto escuchó sonidos de soldados peleando, armas chocando y... ¿hielo? Sí, eso tenía que ser hielo.
Consideró la posibilidad de quedarse en su habitación e ignorar lo que estaba escuchando, pero la curiosidad terminó ganándola, por lo que con un suspiro resignado, salió de su habitación y recorrió la fortaleza hasta llegar a las puertas que ella sabía que llevarían al lugar donde se estaba oficiando la ceremonia. Tenía algo de miedo de ver aquella imagen que tanto temía una vez abriera la puerta, pero sabía que no podía quedarse con la duda para siempre.
Respiró hondo y empujó las puertas... al instante se arrepintió cuando vio lo que estaba pasando.
Ahí, en las escaleras del altar, yacía el rey de los koopas, congelado en su lugar como una estatua inamovible. Vio que, sobre el altar mismo, Kamek estaba inconsciente, sin su cetro a mano. Esto era algo que solo un potenciador como el de la Flor de Hielo podía causar, y pronto Moonie notó la inmensa batalla que se estaba desatando entre las tropas de Bowser y la única en el lugar que tenía el poder de congelar... Peach.
La prometida de Bowser pudo evitar su casamiento forzado por cuenta propia, y Moonie supuso que el ramo de flores, que estaba tirado a un lado de Kamek, tenía una flor de hielo dentro, ítem que Peach debió haber escondido para usarlo contra Bowser... la sola idea hizo que la sangre de Moonie hirviera con rabia.
Las tropas de Bowser se lanzaron a atacar a Peach desde que ella congeló al rey koopa, dado a que ella ahora representaba una amenaza, pues quien se metía con Bowser, se metía con ellos. Sin embargo, ninguno logró hacerle daño, ni siquiera un rasguño. Moonie fue testigo de como Peach se cargaba las tropas de Bowser como si nada, e incluso vio como Peach constantemente regresaba su atención a un mecanismo que ella había congelado. No entendía qué era eso hasta que vio que algunos de los prisioneros de Bowser estaban suspendidos justo sobre el caldero de lava de la fortaleza, y supuso que al final Bowser siguió con ese absurdo plan de sacrificar a los prisioneros en nombre de Peach.
Sin embargo, todo eso no era importante para ella. Lo único en lo que Moonie mantenía su vista fija era en Peach, en esa maldita que se atrevió a congelar a Bowser, a su Bowser, y eso ella no lo iba a dejar pasar.
Bien es cierto que Moonie no sabe nada sobre pelear o defenderse, pero no le importaba. Cuando se trataba de Bowser, nada más le importaba. Así que, con decisión, la más débil del ejército koopa decidió dejar su escondite detrás de las puertas que abrían el paso al interior del castillo y realizar un último intento. Su experiencia en combate era la misma que Bowser tenía preparando un huevo frito: inexistente, pero eso no la iba a detener.
Había solo un obstáculo entre Bowser y ella: esa maldita princesa que se defendía sin problemas, y ella la iba a eliminar, cueste lo que cueste.
La joven Moon tomó una lanza que había soltado uno de los koopas ya derrotados, y sin pensarlo comenzó a intentar atacar a Peach. Era obvio que jamás la vencería, pero eso no le importó en ese momento. Ella deseaba acabar con ella más que ningún otro seguidor de Bowser.
Intentó darle pelea, esquivando cada bola de hielo que lanzaba Peach. Lo único que quería era darle un solo golpe a la princesa del Reino Champiñón, pues sabía que eso bastaría para que desapareciera su poder, dejándola vulnerable y, tal vez ya así, Moonie podría ensartarla con la lanza y quitarle de su camino para siempre, quedándose a Bowser solo para ella.
—¡¿Por qué insisten tanto?! —exclamó Peach, mientras seguía peleando con la de vestido morado—. ¡Entiendan que yo no voy a casarme con Bowser!
—Descuida, princesa... —jadeó Moonie aún cansada, pero con una mirada llena de rabia y enojo—. ¡Yo misma me encargaré de que eso no suceda!
Peach retrocedió un paso, sorprendida por la ferocidad en la mirada de Moonie. La joven princesa no era rival para ella en combate, y Peach lo sabía; sin embargo, la intensidad en los ojos de Moonie la hizo sentir un escalofrío. No lo entendió al principio, estaba demasiado ocupada esquivando y atacando que no entendió a qué se refería la chica. Pero la realidad era que Moonie no atacaba por órdenes de su líder, sino por las órdenes de su mismo corazón.
—No importa si nuestro ejército te derrota, Bowser igual te obligará a que te cases con él... —siguió jadeando Moonie mientras seguía escapando del ataque de Peach, y pronto, una macabra sonrisa de dibujó en su rostro—. Pero si termino contigo... ¡Ya no podrás casarte con él! ¡¿Maravilloso, no?!
Peach frunció el ceño, perturbada por la determinación casi fanática en las palabras de Moonie. Para ella, era evidente que la joven no luchaba simplemente por lealtad a Bowser, sino que estaba dispuesta a todo por un amor tan ciego que ni siquiera consideraba lo que verdaderamente quería el rey koopa.
Moonie lanzó un nuevo ataque con la lanza, pero sus movimientos eran erráticos y llenos de desesperación. Peach la esquivó con facilidad, pero en el fondo, sentía una mezcla de compasión y frustración. Entendía lo que era amar sin ser correspondida, pero Moonie había llevado ese amor hasta el límite de la obsesión, tal como Bowser.
—¡Ya basta, Moonie! —le gritó Peach, levantando la voz por encima del caos a su alrededor—. ¡Bowser nunca verá lo que haces por él! No importa cuán desesperadamente luches, él nunca te amará como tú lo amas.
Moonie detuvo su embestida, su pecho subiendo y bajando con cada respiración agitada. Las palabras de Peach parecieron atravesarla como una flecha, y por un momento, la expresión de rabia en su rostro se suavizó. Pero la furia regresó rápidamente, avivada por el dolor de saber que la princesa tenía razón.
—¡Tú no sabes nada! —replicó Moonie con una voz rota, aunque intentaba sonar desafiante—. Él no necesita amarme como yo lo amo, ¡solo necesita alguien que esté a su lado, alguien que nunca lo traicionará como tú lo has hecho!
Sin perder tiempo, volvió a levantar la lanza y lanzó un ataque desesperado. Pero Peach, con agilidad y fuerza, la desarmó de un solo movimiento, haciendo que la lanza cayera al suelo y dejándola a Moonie sin defensa. La joven retrocedió tambaleándose, con la mirada perdida y el corazón roto.
—No es traición, Moonie —dijo Peach, sosteniendo el arma con firmeza—. Es solo la verdad. Bowser no entiende el amor, no como tú o como yo. Solo ve lo que quiere poseer, y mientras tú sigas alimentando esa fantasía, seguirás lastimándote a ti misma.
Tras decir eso, Peach congeló a Moonie de brazos, piernas e incluso su boca con los poderes de la flor de hielo, asegurándose así de que ella no se interpondría más y no representaría un problema ya. Moonie intentó luchar contra el hielo que la atrapaba, pero sus fuerzas se desvanecían junto con la última chispa de esperanza en su corazón. Sabía, en el fondo, que Peach tenía razón, pero aceptar esa verdad era algo que la desgarraba.
Las cosas desde allí continuaron su curso: Peach se enfrentaba a más tropas de Bowser y las vencía como si nada. Sin embargo, cometió un error grave, pues usó una lanza cuya punta calentó en lava y luego la lanzó al Rey Bob-Omb, que había sido invitado a la boda y lamentablemente se quedó dormido. Cuando este sintió que lo encendieron para hacerle explotar, se despertó de golpe y trató de apagar la llama, pero lo que Peach comenzó ya estaba hecho, y resignado, aceptó su destino, explotando.
El problema era que, bueno, Peach había congelado a Moonie cerca del Rey Bob-Omb, y cuando este explotó, la mandó a ella a volar, liberándola de sus ataduras de hielo, si, pero también haciéndole chocar de espaldas contra una pared, antes de caer al suelo con un quejido de dolor.
Moonie observaba a su alrededor, siendo testigo de como todo se hacía cada vez más y más oscuro. Estaba cayendo inconsciente, y no le gustaba. Bowser la necesitaba, ella tenía que hacer algo para ayudarle, pero sus fuerzas la estaban traicionando, y por más que quisiera luchar de vuelta, no se sentía con la capacidad.
Lo último que Moonie vio fue la inesperada llegada de Mario, que al parecer no estaba muerto, mientras abrazaba a su hermano con amor y con alivio. Luego, vio como Bowser logró escupir fuego que dejó libre su cabeza, tras sentirse irritado de ver a Mario vivo y acercándose a Peach, y luego...
Luego, ella no vio nada.
A Bowser le dolía todo, sin excepción.
No recordaba mucho de lo último que pasó antes de acabar en... donde sea que estuviese, porque no podía ver nada para empezar. Solo recordaba estar furioso con Mario, barriendo el piso de aquella extraña ciudad con el cuerpecito del debilucho. Luego, su hermano lo salvó del fuego que él lanzaba cuando Mario iba hacia la Superestrella, luego Mario y Luigi la tocaron y... usaron su poder en su contra. Recuerda que escupió sus llamas a los hermanos cuando estos saltaron y se dirigieron a él en picada, pero no sirvió de nada, porque saltaron sobre su cabeza y luego... luego no vio nada.
Pronto, sin embargo, sintió sus párpados moverse lentamente, y en su campo de visión entró un techo rojizo que creía reconocer. Sintió como gruñía adolorido mientras despertaba cada vez más, hasta que por fin abrió los ojos por completo, y se encontró a sí mismo mirando al techo de su propia habitación. Estaba en su cama, y podía deducirlo por lo cómoda que era.
Trató de incorporarse, pero todo dolía. Sin embargo, no se dejó vencer por el dolor y se incorporó de todos modos, quedando sentado sobre su cama. Sintió algo alrededor de sus brazos y de su cabeza, encontrando vendas que le cubrían sus zonas que él supuso estaban heridas. Miró alrededor, tratando de entender cómo llegó allí. ¿Lo habrían traído sus tropas? Pero no hay forma de que hubieran conseguido sacarlo de allí tan rápido sin que Peach o alguno de esos asquerosos fontaneros lo impidieran... A no ser que...
—¡¿Bowser?! —una voz llamó de pronto. Convenientemente, la voz era de quien él pensaba que fue la responsable de traerle hasta aquí.
Moonie estaba de pie en la puerta de su habitación, con ojeras bastante visibles bajo sus ojos, su cabello desordenado, su tiara fuera de lugar, y su vestido algo manchado. ¿Acaso ella no ha dormido nada? ¿Y por qué de pronto le preocupa que ella no duerma bien?
Antes de poder decir nada, sin embargo, Bowser se sorprendió al ver lo rápido que Moonie se movió de la puerta a su cama, abrazándole con fuerza mientras lloraba en su pecho. Lo que sea que fuese a decirle, que a este punto ya ni sabe qué era, murió en su garganta en cuanto sintió a la pequeña princesa abrazarle con tanta fuerza. ¿Estaba preocupada por él? Normalmente lo vería como algo estúpido, porque él se cree muy resistente, pero saber que alguien estaba tan preocupado por su bienestar, y ese alguien siendo específicamente ella, le hizo sentir una extraña calidez en su pecho... ¿Era esto el ser amado?
Aunque dudoso, Bowser rodeó un brazo alrededor de Moonie, y de pronto ella le pareció diez veces más frágil de lo que ya es, por lo que se aseguró de no ejercer demasiada presión, como si tuviese miedo de romper una joya valiosa.
Bowser no estaba seguro de qué hacer o decir. Nunca había experimentado algo así; la ternura no era su terreno. Normalmente, él era quien causaba las lágrimas, no quien las calmaba. Observó en silencio cómo Moonie, entre sollozos, levantaba la mirada para encontrarse con sus ojos, en los cuales seguramente había una mezcla de sorpresa, incomodidad, y algo que hasta él no podía definir.
—Te... te preocupaste por mí... —murmuró Bowser, todavía procesando el hecho de que ella había estado allí cuidándolo mientras él yacía inconsciente.
Moonie soltó una risa débil entre lágrimas, sacudiendo la cabeza mientras se limpiaba el rostro con el dorso de la mano. Sus ojos estaban llenos de ternura y algo de reproche.
—¿Cómo no iba a preocuparme? ¡Estabas tan herido! Te lanzaron por los aires y caíste... como si no fueras más que un muñeco. No podía dejarte ahí.
A Bowser le hirvió la sangre un momento al recordar cómo Mario y Luigi lo habían derrotado. Le avergonzaba haber terminado tan maltrecho. Pero antes de que el enojo lo consumiera, sintió la delicada mano de Moonie sobre su brazo, acariciándolo con una suavidad que lo devolvió al presente.
—¿Cuánto llevo... así? —preguntó el koopa, tragándose un gruñido de dolor.
—T-Tres días... —dijo Moonie, reprimiendo un sollozo, sin éxito.
Ver eso hizo que el corazón de Bowser se encogiera por un momento.
—¿Te quedaste aquí todo el tiempo? —preguntó Bowser en un tono más suave de lo que esperaba.
Moonie asintió sin titubear, aunque su cansancio era evidente.
—Claro que sí. No podía dejar que nadie más te cuidara. Menos mal que pude despertar a Kamek para sacarte de allí con su magia antes de que Peach o esos estúpidos plomeros te hicieran algo... Bowser, tuve tanto miedo de perderte... No sé qué habría hecho si tú... s-si hubieras...
Moonie no pudo terminar la frase, ahogada por el llanto. Bowser, quien se había sentido indestructible toda su vida, de repente se encontraba con una sensación desconocida que lo hacía sentirse incómodo y, al mismo tiempo, extrañamente en paz. Nunca nadie se había preocupado tanto por él; sus tropas le eran leales por obligación y respeto, pero Moonie... ella parecía estar allí simplemente porque lo quería.
Sin saber bien cómo responder, Bowser dejó que su garra acariciara suavemente el cabello desordenado de Moonie. Al hacerlo, ella levantó la vista, sus ojos grandes y húmedos reflejando un brillo de alivio al sentir que él seguía allí, que no se iría tan fácilmente.
—Moonie… soy más fuerte de lo que parezco. —intentó decir Bowser, sin sonar del todo convencido de sus propias palabras. Por alguna razón, su fortaleza de siempre se sentía disminuida frente a ella. No porque hubiera perdido poder, sino porque Moonie lograba ver algo más en él que nadie más había intentado ver.
—Lo sé. —susurró ella con una pequeña sonrisa, que brillaba débilmente entre el cansancio y el dolor. —Pero no tienes que ser fuerte todo el tiempo… no conmigo.
La frase lo dejó atónito. ¿Cuántas veces había actuado él como si no necesitara a nadie, como si estuviera dispuesto a enfrentar al mundo solo? Moonie había logrado romper esa fachada en unos pocos días, con una simple honestidad y ternura que él nunca había experimentado. Bowser quiso responder, pero las palabras se le atascaban en la garganta, y se limitó a asentir mientras sus ojos, duros y fieros, se suavizaban un poco.
Tantos años persiguiendo a Peach... y al final siempre tuvo a alguien mejor a su alcance, alguien que lo ama por ser simplemente él.
Moonie, con la cabeza aún apoyada en el pecho de Bowser, pareció calmarse poco a poco. Su respiración se volvía más regular y su agarre, aunque firme, se suavizaba un poco. Bowser, quien nunca había sentido algo tan genuino y cercano, permaneció inmóvil, pero sin retirar la garra que tenía en su cabello. A pesar de su falta de experiencia en estos momentos, algo le decía que esto era exactamente lo que Moonie necesitaba: simplemente su presencia, su calor y su atención.
Cuando Moonie finalmente levantó la mirada de nuevo, sus ojos ya no brillaban con lágrimas, sino con un destello de gratitud y cariño. Por un momento, Bowser se sintió incómodo bajo esa mirada, como si ella pudiera ver más allá de su exterior temible, y eso le resultaba tan incómodo como tranquilizador.
—Gracias por cuidarme, Moonie. —dijo Bowser, en un tono bajo y ronco, apenas reconocible para él mismo. Era una frase que, en boca de cualquiera más, podría haber sonado sencilla, pero para Bowser representaba un reconocimiento que rara vez estaba dispuesto a hacer.
—No tienes que agradecerme —respondió ella, esbozando una sonrisa dulce—. Lo haría mil veces si fuera necesario. Eres importante para mí, Bowser... mucho más de lo que tú crees...
Bowser apartó la mirada, incómodo y confundido. Su vida siempre había sido simple: conquistar, dominar, ser temido. Pero ahora, frente a Moonie, todas esas certezas se tambaleaban. ¿Qué significaba ser importante para alguien, más allá de la lealtad obligada de sus súbditos? ¿Era esa extraña calidez en su pecho una señal de que él también la valoraba?
Sin pensarlo, comenzó a tamborilear suavemente con sus garras en la espalda de Moonie, como si eso fuera a calmar sus pensamientos. Ella cerró los ojos, disfrutando del toque, y dejó escapar un suspiro de alivio. El cuarto se sumió en un silencio cómodo, y Bowser no podía evitar sentirse menos solo, menos… monstruo.
—Nunca imaginé que alguien como tú podría preocuparse por mí. —murmuró Bowser, rompiendo el silencio.
Moonie abrió los ojos, sorprendida. Lo observó con una mezcla de ternura y seriedad.
—Siempre te has visto a ti mismo solo como el rey de los koopas, el villano... pero para mí, eres mucho más que eso. Eres... —Moonie buscó las palabras correctas, eligiéndolas con cuidado— eres alguien que merece ser querido por lo que es, no solo por su fuerza.
Esas palabras hicieron eco en la mente de Bowser. Nadie le había hablado así, nadie se había molestado en mirar más allá de sus colmillos, sus llamas, su ambición por el poder. Por primera vez, se sintió vulnerable, y no era algo que detestara. Por primera vez, sentía que no tenía que demostrar nada.
—Entonces... —dijo Bowser, con una media sonrisa, tratando de reponerse— supongo que tendré que esforzarme por no ser un desastre la próxima vez.
Moonie soltó una risa sincera y, sin pensarlo mucho, se inclinó hacia él, besando sus labios por un fugaz, pero liberador momento, al menos para ella. Fue incluso mejor de lo que esperaba, y ver la reacción tan confundida y avergonzada de Bowser lo hacía incluso mejor. Se sentía... libre al fin ahora que lo había besado, y aunque sabía que Bowser tarde o temprano reaccionaría para bien o para mal, por ahora se dedicaría a disfrutar de su boba reacción.
—Más te vale, rey de los koopas.
FIN
