Work Text:
Damián Wayne, príncipe del reino de Gotham, permanecía oculto bajo una capa oscura y pesada, su rostro cubierto por una capucha que ocultaba sus emociones.
El viento de la madrugada agitaba el puerto, donde los soldados se preparaban para partir hacia una guerra que se libraba en tierras lejanas. Entre esos soldados estaba Jon Kent, el único que había logrado atravesar el impenetrable muro alrededor del corazón del príncipe
Jon, un soldado valiente y decidido, se preparaba para zarpar junto a su tripulación. Sus ojos se dirigían al horizonte, su mente ocupada por la incertidumbre de la guerra, pero su corazón estaba anclado en otro lugar. Jon sabía que Damián no podría venir a despedirse públicamente; las normas del reino lo prohibían. Nadie debía saber que el príncipe mantenía un amor secreto con un simple soldado.
—Jon...—
Una voz suave lo sacó de sus pensamientos. Jon giró rápidamente, sorprendido al ver una figura encapuchada, escondida en las sombras del muelle. Nadie más se encontraba allí, los demás soldados estaban ocupados con los preparativos. Jon reconoció esa figura al instante.
—Damián...— susurró, acercándose con rapidez.
El príncipe bajó la capucha solo lo suficiente para que Jon pudiera ver sus ojos, llenos de tristeza y amor.
—Sabía que vendrías— dijo Jon, tomando las manos de Damián entre las suyas. El tacto era familiar, cálido, pero también desesperado. Ambos sabían que esta despedida era peligrosa, pero no podían dejar que la distancia entre sus roles reales y las expectativas del reino los separara.
—Debí haber venido antes, pero...— Damián comenzó a hablar, pero Jon lo silenció con una mirada suave.
—No tienes que explicarlo. Lo sé. Pero regresaré. Lo prometo, Damián. Cuando esta guerra termine, vendré por ti, y le diremos al mundo lo que somos. Haré que nuestra historia se conozca, y nada ni nadie podrá separarnos.—
Aquellos ojos azules como el mar miraba con una tristeza en sus ojos intentando encontrar esperanzas en los ojos verdes de su amado mientras con la poca esperanza que le quedaba dijo su última petición que más bien era como un rezo, una suplica
—Te lo prometo, Dami. Cuando vuelva, haremos pública nuestra relación. No habrá más secretos, ni más silencios. Una boda, con todos presentes. Será nuestra historia, nuestra verdad—
—Lo esperaré— respondió Damián, su voz quebrada. —Aquí, en este muelle, como juré que lo haría.—
Jon lo miró por un largo momento, sabiendo que el futuro era incierto, pero también confiando en la promesa que le hacía. Se inclinó, besando los labios de Damián con un amor profundo y eterno, un beso que guardaría en su corazón mientras estuviera lejos.
Los pasos de los soldados comenzaron a resonar en el muelle. El barco estaba listo para partir.
—Es hora,— dijo Jon con pesar, apartándose.
Damián retrocedió lentamente, ocultándose de nuevo bajo su capucha, observando cómo Jon subía al barco con los demás soldados. El viento levantaba las velas y el muelle se alejaba mientras el barco comenzaba su travesía. Damián se quedó inmóvil, observando el barco desaparecer en el horizonte, aferrado a la promesa de que Jon volvería.
--
El viento salado acariciaba el rostro de Damián mientras permanecía inmóvil en el muelle, con la mirada fija en el horizonte. El agua se extendía ante él como un océano de recuerdos. Ese era el mismo lugar donde lo había visto partir, donde Jon se había marchado con la promesa de volver.
Era el mismo muelle, pero ya no era el mismo sin Jon.
—Te lo prometo, Dami. Cuando vuelva, haremos pública nuestra relación. No habrá más secretos, ni más silencios. Una boda, con todos presentes. Será nuestra historia, nuestra verdad—
Esas habían sido las últimas palabras de Jon antes de abordar ese barco hacia su misión en otro lugar lejano, luchando por un futuro mejor, por la paz que tanto ansiaban. Pero Damián, que siempre había sido fuerte, que siempre había enfrentado todo con una resolución implacable, se sentía ahora vacío, anclado a ese muelle con un dolor indescriptible. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses, y Jon no regresaba.
Damián lo esperó, como había jurado hacerlo. Cada tarde, al caer el sol, volvía al muelle, con la esperanza de ver a Jon aparecer en el horizonte, volando hacia él como lo hacía siempre. Pero el horizonte seguía vacío, el viento seguía silbando susurros de soledad, y su corazón seguía desgarrado.
Los ciudadanos de Gotham y Metrópolis empezaron a murmurar sobre el aquel encapuchado
¿Qué hace ahí, en ese muelle, todos los días? preguntaban.
¿Acaso espera algo que nunca va a volver?
Nadie sabía la verdad, nadie conocía el amor profundo que Damián y Jon compartían, un amor que había sido su refugio y su mayor fortaleza. Solo ellos dos lo sabían, y era un secreto que Damián estaba dispuesto a llevar consigo hasta el final.
"Volveré, Damián."
"Te estaré esperando, Jon."
Cada día, esas palabras se repetían en su mente, como un eco incesante que lo mantenía firme en su lugar. No importaba cuánto tiempo pasara, Damián nunca perdió la esperanza. Había visto lo mejor de Jon, su fuerza, su valentía, su corazón. Sabía que Jon siempre cumplía sus promesas. Y esa boda... Esa boda sería la culminación de todo lo que habían soñado juntos.
Se quedó sola, sola en el olvido... Sola con su espíritu... Sola en el muelle de San Blas.
La melodía resonaba en sus pensamientos, una canción que alguna vez Jon le había puesto en una de esas tardes tranquilas en la Fortaleza de la Soledad. Habían hablado de cómo, a pesar de todo lo que enfrentaban, siempre se encontrarían el uno al otro, como las olas que vuelven una y otra vez a la orilla. Pero ahora, Damián era la orilla vacía, esperando que Jon volviera a tocar su corazón, a llenar el vacío.
Las noches eran más difíciles. El frío lo rodeaba, pero no era el clima lo que lo atormentaba, sino la soledad. En su cama, solo podía recordar las noches que compartieron juntos, los susurros de amor, las risas que nadie más escuchó. El calor de Jon, su fuerza... y ahora, todo eso parecía tan lejano, como si perteneciera a otro mundo.
"Te amo, Jon."
"Te amo, Damián."
Esas palabras lo sostenían. Esas promesas lo mantenían vivo.
El cielo, en un atardecer púrpura, parecía llorar con él. Y aunque el barco de Jon no había vuelto, Damián siempre lo esperaría. Porque el amor que compartieron no era de este mundo. Era más fuerte que cualquier cosa. Era eterno.
Un día, mientras el sol se ponía una vez más en el horizonte, Damián susurró al viento:
—Estaré hasta que regreses, Jon... aquí estaré. Aquí, en el muelle de San Blas—
--
Pasaron los meses, y Damián regresaba cada tarde al muelle, su figura encapuchada siempre en el mismo lugar, mirando el horizonte, esperando que el barco que se llevó a Jon regresara con él a bordo. La guerra continuaba, y el reino seguía con sus asuntos. Nadie sospechaba la verdad que el príncipe guardaba en su corazón.
Pero una tarde, los mensajeros del reino llegaron al palacio con noticias.
Jon Kent ha caído en batalla.
Las palabras resonaron en los oídos de Damián como un eco lejano, casi irreal. El mundo pareció detenerse. No podía ser. Jon no podía estar muerto. —No— susurró para sí mismo. —No es cierto...—
Los mensajeros confirmaron la noticia. Jon había muerto en la guerra, heroicamente, luchando hasta el final. Pero Damián no podía aceptar esa realidad. Su corazón se negaba a creerlo.
Esa noche, bajo la luna llena, Damián volvió al muelle de San Blas. Se quedó de pie en el mismo lugar donde lo había despedido por última vez, sus manos temblando, su pecho ardiendo con un dolor indescriptible. —Te prometí que te esperaría... y lo haré.—
Pasaron los años, y el muelle de San Blas se convirtió en un testigo silencioso del amor inmortal de Damián Wayne. Los demás siguieron con sus vidas, el mundo continuó girando, las guerras se libraron y se ganaron, pero Damián seguía ahí, fiel a su promesa..
Las olas seguían rompiendo contra la orilla, el viento seguía trayendo consigo susurros del pasado. Y allí, en el muelle de San Blas, Damián, cubierto por su capa, permanecía inmóvil, con la promesa de amor y la esperanza de que, algún día, Jon regresaría a sus brazos.
Se quedó sola, sola en el olvido... Sola con su espíritu... Sola en el muelle de San Blas...
La melodía resonaba en su mente mientras las lágrimas silenciosas corrían por su rostro. El muelle, testigo de su amor, ahora también lo sería de su sufrimiento. Damián no podía dejar ir a Jon, y aunque todos le dijeron que debía seguir adelante, que la guerra había terminado y no debería seguir pensando en aquellas vidas perdidas, pero ninguno sabía de aquel amor por aquel joven soldado en específico
él seguía firme en su lugar, esperando.
Las olas seguían rompiendo contra la orilla, el viento seguía trayendo consigo susurros del pasado. Y allí, en el muelle de San Blas, Damián, cubierto por su capa, permanecía inmóvil, con la promesa de amor y la esperanza de que, algún día, Jon regresaría a sus brazos.
Se quedó sola, sola en el olvido... Sola con su espíritu... Sola en el muelle de San Blas...
---
---
---
Fin
