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Testimonio

Summary:

Kyle Broflovski relata su versión de la historia en la guerra y de cómo conoció al oficial nazi Eric T. Cartman.

Notes:

Para este día estuve algo indecisa. No supe si poner algo de ciencia ficción, documental o de súper héroes. Con esta última opción iba a sacar una historia bien fumada (?), de explicar por qué vemos la vida de Cartman y Kyle desde distintos puntos de vista y épocas y años, etc. Y así también justificar el título y la sinopsis de la Kymanweek.

Pero, admito que la idea de plasmar un documental me llamaba mucho más la atención, mas no sabía cómo. Incluso iba a dejar este día en blanco al no decidirme.

Sin embargo, no fue hasta que, en estos días, estuve leyendo un libro, llamado: Voces de Chernóbil; de la autora Svetlana Alexiévich, que me animé a plasmar algo así. El formato de escritura lo saqué igual a su libro, que en su mayoría son testimonios y monólogos, por lo que quise replicar algo así en este mini fic.

También me inspiré en una novela gráfica llamada: Maus, del autor Art Spiegelman. De él saqué algunos lugares y acontecimientos para no plasmar todo de forma desinformada, en especial lo que nos cuenta Kyle.

De todos modos, es un fic y tampoco crean mucho en él. Es mejor investigar por su cuenta y enterarse de cómo es que en verdad sucedieron los hechos. Yo solo quise plasmar una ficción con respecto a este tema y experimentar con la narración. Que, por cierto, se intercala entre el testimonio de Cartman y Kyle, para que después no se confundan xd.

Sin más qué decir. Los dejo.

Work Text:

Hablan: Ex-oficial del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), Eric T. Exiliado en E. U. A.

Y sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, Kyle. Viviendo actualmente en Hungría junto a su hermano y sus sobrinos.

Ninguno quiso dar sus apellidos.

—¿Para qué hablar de la guerra? ¿Que no se ha hablado suficiente de ella? Rememorar y rememorar… ¿De qué sirve ahora?

[Mira a la cámara, enojado. La entrevistadora vuelve a explicar el propósito de la conversación].

[Queda pensativo. Suspira].

—No podría decir que fuera un gran hombre [refiriéndose a él] . Solo hice lo que tenía que hacer; era un trabajo más por cumplir. ¡Para eso entré! Obtener las medallas, el reconocimiento y el dinero… El sagrado dinero que en ese entonces escaseaba por montones. Sin embargo, la vida da muchas vueltas y me di cuenta de tantas cosas. No me arrepiento de haber actuado como actué. Ni tampoco de haber hecho lo necesario para sobrevivir.

“¿Por qué lo hice? Bueno, esa historia es demasiado larga y no habría quizá un final. De todos modos, si quiero partir de algo, será de él. Ya que fue el primero en acercarse y llenar de impacto mi vida…

—Le pedí que se llevara a mi hermano. Tenía 10 años y yo 20. Mis padres no llegaron siquiera a pisar el campo de exterminio en Auschwitz. Murieron junto con mi primo y mi tía Schwartz en la frontera hacia Hungría. La vía de escape no fue del todo segura como les dijeron y los traicionaron. [Calla] . Probablemente los bajaron del tren y les dispararon, como a todos los que conocí y escuché que sufrieron el mismo destino cuando iban hacia el otro lado.

“Mi hermano y yo no tuvimos la fortuna de morir ese día… Sí, creo que la muerte habría sido lo mejor que nos hubiera pasado. Todo porque mi instinto me dijo que debíamos esperar, solo esperar y no dejar que nos atraparan en el gueto donde estábamos escondidos.

“Construimos un piso falso en el sótano de esa casa, entre otros tres hombres con sus familias, que de igual manera se encontraban ahí, excavamos ese agujero. Había rumores de que pronto nos llevarían a los campos y, en los guetos, no había alguna clase de escapatoria. Por todos lados pululaban los oficiales alemanes, los soldados. Si te observaban andando fuera después del toque de queda, no salías vivo. Fui separado de mis padres porque fueron enviados a otro gueto cercano a un par de kilómetros. Esa fue la última vez que los vi.

“El hoyo era demasiado diminuto. No hubo tiempo de hacer algo mejor. Recubierto con madera de muebles viejos y mantas raídas. No sé cuánto tiempo estuvimos ahí. Dormimos y vivíamos hacinados, entre el chillido de las ratas y las cucarachas. No nos atrevimos siquiera a hablar por temor a ser descubiertos.

“El día que nos iban a llevar escuchamos disparos, gritos, ruidos de camionetas y gruñidos de perros que iban a nuestra caza… Incluso pasos de soldados alemanes que bajaban al sótano buscando a más de nosotros escondidos. Después de ese caos, hubo silencio. Un terrible silencio que duró demasiado tiempo. Solo escuchaba los latidos de mi inquieto corazón y las respiraciones atribuladas de los demás ahí en ese agujero… El cual ya consideraba nuestra tumba.

¿Se los llevarían a todos? ¿Cómo podríamos estar seguros? ¿Salimos ahora? Siempre pensaba en ello y, la verdad, es que no había garantía de que estuviéramos seguros. Nunca hubo tal cosa para nosotros.

—Participé en los traslados. Sí. Los guetos eran lugares marginados e incipientes para mí, pero en mi otra vida me era divertido verlos… Andando por ahí como muertos en vida. Como roedores, desesperados en encontrar una salida, una salvación, un motivo para seguir viviendo… Siempre me trataban con esa falsa amabilidad, a pesar de que en sus ojos el miedo, la ira y el rencor los delataba. Los pocos que aún tenían algo que dar; relojes, cadenas, joyas… Pedían las cosas más banales para mí. Pan, leche, huevos… Cosas que ellos no podían conseguir sin sacarse un ojo de la cara.

“Creí ser un tipo duro. Los judíos me daban igual. Solo era trabajo. ¿Qué más daba si alguien moría o vivía en esa nueva era que se estaba formando? Cargar con ese fusil, amenazarlos y hacer que acataran las órdenes de los superiores. No estaba en mí… [Queda pensativo. Se levanta a ver por la ventana]

“Comencé con esa madre y su hijo. Ambos estaban en la fila de registro. Donde se decidía si eran aptos o no para trabajar; yo era el encargado de asignarlos al lado “bueno” o “malo” en las filas. Se sabía a voces que era prostituta, trabajaba como costurera según su documentación, pero era demasiado flaca, no serviría para los trabajos pesados, y el niño demasiado pequeño, obviamente, producto de su profesión… No sé por qué. Simplemente lo hice. Los pasé al lado malo y los busqué. Le pedí a uno de mis colegas que los trasladara a un lugar seguro. Lejos de todo y de mi presencia, ya que no aseguraba ser tan bueno con ellos por segunda ocasión.

“Después de ellos fueron otros más y más. No me detuve a hacer la cuenta. Al tener un poco de influencia en el medio, nadie sospechó de mí. Ante los ojos de los que eran mis compañeros, subordinados y mis superiores, era alguien leal al Führer. Una importante pieza dentro de ese engranaje. ¿Quién sospecharía de alguien que era considerado como “ el cazador ”?*. Pero dejé de hacerlo, un tiempo, en cuanto me encargaron ir a Auschwitz.

—Al ir en busca de provisiones nos descubrieron. Uno de los nuestros nos delató. Solo fue un señuelo de los oficiales, según para perdonarle la vida si hacía salir a más personas de sus escondites en los guetos. Aunque, al final, yo mismo cargué su cadáver cuando lo fusilaron en el paredón. En mi interior, al ver su cuerpo mortecino, solo pude pensar en que recibió su merecido… [Detiene la conversación. Se toma el tiempo para tomar aire] .

“Nos apuntaron, entonces, con sus armas. Los niños lloraban, las madres estaban desconsoladas y nosotros no pudimos más que desistir.

“Subimos a esos vagones de tren junto con cientos más de familias; hombres, mujeres, jóvenes… Viajamos a oscuras, ciegos de nuestro fatal destino, uno que ya conocía por los rumores que acechaban desde hace días en nuestras cabezas. Duramos días apretujados, con hambre, frío… Muchos gritaron histéricos ante la desesperación, la claustrofobia de estar entre tantos cuerpos vivos y muertos. En todo ese tiempo, a pesar de que flaquee en seguir viviendo, me encargué de que mi hermano estuviera a salvo, vivo, junto a mí. Era el único ser querido que me quedaba. Creo que fue mi ancla.

—Nunca me encargué personalmente de sacarlos, para eso tenía colegas que me hacían los favores y que, en total acuerdo, decidían arriesgarse. [Muestra fotografías viejas] . Compañeros con los que sabía podía contar… Leopold Stotch, Kenneth McCormick, Stanley Marsh… [Señaló cada uno en la imagen]. Solo por mencionar algunos. Lástima que la mayoría de ellos no vieron el final de la guerra. [Se detiene a ver la fotografía unos minutos]. Si uno caía en la movida, se sacrificaba por los demás y así no ser descubiertos por nuestras tretas…

“¿Yo? Daba los nombres, les facilitaba los medios, conseguía los vehículos, les indicaba el camino libre y mentía por ellos. Con tal de que nadie fuera de este círculo sospechara de algo. Después de todo, estaban a mi cargo. Entre menos fuéramos, menos problemas habría en los traslados, en los escapes. También la frecuencia con la que las organizaba no era tanta, por lo que procuré no liberar tantos… Quizás uno o dos cada mes o incluso más tiempo. Alargando los períodos. Con tal de que no se dieran cuenta de la falta. Que los dieran por muertos, así como yo anotaba en los registros y en las bitácoras.

“¿Él? [Observa la fotografía de la entrevistadora] . Claro, lo recuerdo. Probablemente fue el primero de muchos que más me impactó su actitud, su personalidad. [Queda pensativo. Ríe]. Su coraje, más que nada. Sí le soy sincero, él era un hueso bastante duro de roer y terco en algunos aspectos. A pesar de que me odiaba, al igual que a todos los oficiales y soldados de la Alemania nazi; nunca desconfió de mí, ni de mis métodos… Después de todo, siempre me encargaba de cumplirlas. Yo soy un hombre de palabra.

—Nos bajaron del tren. En medio de los gritos, la confusión, las órdenes explícitas de no cargar con ninguna pertenencia. Ahí era como el corredor de la muerte. Todos miraban con amargura el sitio. Yo simplemente, me aferré a mi hermano.

“Nos hicieron vestir esos raídos y feos uniformes rayados que ni siquiera nos quedaban y rápidamente nos asignaron a las labores pesadas. Más a mí y a Ike que éramos de los más jóvenes y con más fuerza física, según ellos.

“Si le soy sincero, odiaba a cada uno de ellos. Me daba asco verlos. Sus uniformes, escuchar sus voces, ver que se burlaban de nosotros, de nuestro sufrimiento. Tratándonos menos que humanos ni siquiera como animales… Incluso ellos recibían un trato más digno dentro de los campos. No. Si no como lo que éramos y lo que nos consideraba el mundo, como una escoria.

“Nunca bajé la mirada ante ellos, intentaba no dejarme doblegar ante sus insultos y sus azotes.

“Pero le pregunto, ¿qué culpa tenía mi hermano? ¿Mis padres? ¿Yo? ¿Por qué fuimos tratados de ese modo? ¿Qué culpa tenían los millones y millones de nosotros, de ellos, que murieron al final? ¿Qué culpa tenían los que, como yo, aún vivimos recordando esto? El vestigio de lo que alguna vez fuimos en el tiempo. ¿Acaso somos culpables de los pecados de nuestros ancestros? [Pausa. Regula su respiración entrecortada] .

“A pesar de que, valga la redundancia, odiaba el odio que ellos nos transmitían, yo igual vivía de él. Respiraba gracias a él, vivía cada día gracias a él; me cuesta un poco admitir también que este me mantenía en pie con tal de ver alguna luz al final del túnel. Quizá una vaga esperanza de seguir vivo hasta el final de la guerra. Corría la voz de que esta se acercaba y era por eso que estaban trasladando a los pocos que quedaban para eliminarnos de una vez y así no tener evidencia alguna de sus crímenes. Cosa que odiaba escuchar, ya que una parte de mi jamás la creyó del todo, no creía que ese infierno acabara pronto.

“Odio decir ahora que perdí la fe, la cual estoy volviendo a recobrar… De a poco. Paso a paso.

“Y este sentimiento lo pregonaba en mi interior cada que uno de ellos nos golpeaba, nos mentía, nos burlaba y nos asesinaba…

“¿Cuándo fue que lo descubrí? Al inicio no era tan perceptible, era igual que los demás. La misma mirada burlona, de superioridad, el mismo y horrible uniforme, los mismos gestos. Un copia y pega. Sin embargo, noté que era distinto conforme más lo observaba y por los rumores que giraban en torno a él.

“Se decían varias cosas de él. Como que no habría que meterse con ese hombre, ya que desaparecía a las personas a las cuales les echaba el ojo. Como si en verdad fuera un ser superior capaz de, con un simple chasquido, desvanecer a quienes consideraba no aptos para la vida… Siempre escuchaba: “el cazador, esto”. “El cazador, lo otro”.

“Otros decían, en cambio, que si ibas y le pedías de rodillas algún favor, el que sea, hasta lograr besarle los zapatos en el proceso. Básicamente te perdonaba la vida y no entrabas en la lista de los próximos a morir en los hornos.

“Nunca les creí. Los atribuía a meros delirios colectivos. Donde, los más desesperados, buscaban una salvación donde no la había. Creía que jamás la encontraríamos si no era solo por nuestros propios medios. Confiar en ellos, era traicionar a los nuestros, figurar al final que todo lo que ocurrió, desde el inicio hasta el final; toda la guerra, los campos y los miles y millones de muertos jamás hubieran ocurrido. Jamás hubiera pasado…

—En las últimas semanas las órdenes de arriba se hicieron más apresuradas, más erráticas. Querían trasladar a cada desertor, judío, político, religioso y opositor del regimen que aún quedara con vida en los demás campos, para exterminarlos de una buena vez en Auschwitz. Debo admitir que sabía muy bien de la situación en el frente y me preocupaba, en cierto modo. Tenía un plan de contingencia para ello, después de todo no estaría aquí. [Ríe] .

“Los Aliados estaban pisándonos los talones y se presumía que estaban cada vez más cerca de terminar la guerra. Aunque dijeran que eran simples rumores, la verdad es que ya todo estaba predicho y nuestro líder y nuestros superiores lo sabían muy bien. Los únicos que no estaban enterados era la población en general y los soldados que, fieles a su vocación, siguieron acatando las órdenes, en medio de la incertidumbre.

“Fue en esos exactos días, en que me pidieron hacer la siguiente lista, en que él apareció.

—Recuerdo ese día con demasiada exactitud que me da escalofríos… Aún puedo percibir el agua fría corriendo a través de mi piel y los estremecimientos que sentí debido a la tormenta y el helado viento. Llovía a cántaros, lo recuerdo perfectamente.

“No tuve alternativa. Comenzaron a rumorear que muy pronto se llevarían a los pocos jóvenes y ancianos que quedaban, entre ellos Ike. A pesar de mi pensamiento de no confiar en ellos… En el fondo sabía que no tendría otra opción. Si quería salvar a Ike, debía hacer todo lo que estaba en mis manos.

“No había garantía de que ese día estuviera patrullando. La lluvia desde hace días era intensa, pero decidí esperarlo durante esa noche. En aquel punto ciego… Escondido en la oscuridad.

—Hasta me asusté al verlo cuando di vuelta por el edificio. Desde hace días que las farolas ahí dejaron de funcionar y patrullamos con simples quinqués. La lluvia del demonio tampoco nos lo facilitaba, siempre portando esos impermeables. Ese día estaba solo, ya que mi compañero se retrasó en el baño o algo así, no lo recuerdo…

“Ya le digo, entonces, que parecía un fantasma. Todo empapado, aguantando el frío al cruzarse de brazos y evitar tiritar. Su cabello estaba mojado, escurriéndose igual que un trapeador en su cabellera pelirroja. Sus labios de igual forma ya estaban morados. Sabe cuánto tiempo estuvo ahí, esperándome, quizá si no hubiera llegado a tiempo habría muerto ahí mismo por hipotermia.

“A pesar del intempestivo clima, en todo momento, no apartó sus ojos verdes, furiosos, suplicantes, de mí. Jamás bajó la mirada. Cosa que me sorprendió. Él era el primero que no se doblegó a mi superioridad como oficial. Un aspecto interesante de su persona a decir verdad. [Queda pensativo unos momentos. Enciende un cigarrillo].

—Necesito que te lleves a mi hermano.

—No sé de qué estás hablando… Deberías irte antes de que te fusile aquí mismo, judío —lo tomó del brazo, pero este se soltó del agarre con brusquedad.

—Me di cuenta que era distinto a los demás soldados, ya que, aunque intentaba replicar su comportamiento… Este se desmoronaba cuando los demás oficiales y soldados no estaban cerca. Como si su rostro burlón se ablandara al estar a solas. Era así con los más chicos, incluso lo noté con Ike. Fue así que se lo pedí, se lo supliqué, si le soy sincero; pero sin que se aprovechara de mi voluntad.

—Fue bastante insistente y terco. Un dolor de cabeza. Me amenazó con delatarme a otro oficial si no le hacía ese favor… En ese momento me dio risa y aún ahora. ¿Qué se creía ese hombre hablándome de ese modo, como si fuéramos iguales? ¿Qué acaso no se daba cuenta de la situación en la que estábamos y su papel? ¿Cómo podría delatarme si los demás odiaban a los judíos tanto como para ni siquiera mirarlos, escucharlos o tocarlos? Tenía enemigos, sí, pero nadie haría caso a un judío de su clase. No me dio lástima ni pena, solo quería volver a mi camastro y dormir. Lo iba a llevar al paredón, solo para darle un susto, y después trasladarlo a rastras a los barracones. Pero su mirada de determinación y su cuerpo raquítico, aferrándose a mí con coraje y odio, suplicando a regañadientes que me llevara a su hermano. Me hizo sentir distinto…

“Ya sabe. A esas alturas, en anteriores ocasiones, los que me pidieron favores se postraron de rodillas. Me dieron joyas u objetos de valor que después vendí o cambié, pero él no tenía eso. No tenía nada. Solo a su hermano.

“Al final accedí. Él dijo que haría ciertos favores, oficios que sabía hacer, para mí y yo con gusto acepté. Solo que le advertí que el escape lo haría bajo mis propios términos y condiciones. Por lo que el traslado y sus “muertes” debían verse reales y auténticas.

—Perdone si no puedo hablarle de esos “favores” a los que estuvo dispuesto a acceder con tal de ver a mi hermano fuera de los hornos. La mayoría que tenía pensado hacer ni los cumplí, solo trabajos y oficios que sabía hacer. Pero él no me dejó hacerlo… [Calla, pensativo, baja la mirada] .

“Lo único que me dijo es que esperara y él se reuniría conmigo dos noches después en ese mismo lugar. Pero las cosas se complicaron un poco, en especial con mi salud.

—Dos días después lo esperé en el lugar para ponerlo al tanto, pero no se presentó. Creí que ya no habría necesidad del escape, pensando que murió; en ese entonces los judíos caían como moscas por cualquier cosa. Aunque al día siguiente me informaron que varios judíos estaban enfermos en las barracas, ya sea de tifus o de fiebres altísimas debido a las lluvias ocurridas en días anteriores; busque su nombre en los registros, pero no aparecía. Es así que me di cuenta de que seguía con vida. No me sorprendió, pero tampoco lo dejé pasar, me molestó un poco ver que todo seguía en pie. Ese judío aún no moría y, pues, debía cumplir mi palabra. De todos modos, no hizo falta ponerlo al tanto del plan… Tuvimos que arreglárnoslas como pudimos.

—Recuerdo que Ike me cuidó durante ese tiempo. Preocupado de verme solo en la cama. Salía a los trabajos pesados y después volvía con media ración para mí. Nos la comíamos juntos. La fiebre no se me bajaba y la tos era insoportable, sentía mis pulmones arder en cada respiración.

“Al tercer día de mi enfermedad, fue cuando se presentaron. Un par de soldados que lideraban la comitiva. Uno rubio y un pelinegro, los que más tarde conocí y eran colegas del oficial Eric. Kenneth McCormick y Stanley Marsh.

“Mientras ellos decían en voz alta los nombres de los próximos condenados a muerte, los demás soldados se encargaban de levantar a los enfermos y organizarlos en filas. A punta de fusil y amenazas. Creí que el oficial cumpliría su palabra y no se llevaría a mi hermano, pero fue tamaña mi sorpresa cuando escuchamos su nombre y otro soldado lo sacaba a rastras, entre gritos y llantos. Me aferré a sus manos como pude, pero el agarre fue débil y tarde, el soldado me lo quitó fácilmente.

“No supe de dónde o cómo lo hice, pero fue como si mi cuerpo recobró su fuerza y me levanté. Pelearía lo necesario por él con uñas y dientes. Lo único que me quedaba, el único vestigio de mi familia. Algunos soldados más me detuvieron y nos separaron. En el proceso me golpearon, las culatas de sus armas dolían en mis huesos como mil demonios y sus pisoteos en mi cabeza casi me rompieron la voluntad de luchar, de vivir.

“El tal Marsh se encargó de separarme de ellos y trasladar mi magullado ser a una celda de castigo. Solo miré que Ike era sujetado del hombro por el rubio, fue la última vez que lo vi ahí. Y me quedé encerrado en ese pequeño cubículo sin saber más, sin saber qué pasó o qué más pasaría conmigo. Mi cuerpo tampoco soportó. Me desmayé.

—Fue algo molesto trasladar al pelirrojo a otro escondite. Otro soldado, amigo mío desde la infancia, de nombre Clyde, casi me delataba al ver que lo tenía escondido en un costal de papas en una carretilla. ¡Já! ¿Cómo se atrevía? ¿Con qué cara venía a decirme ese tipo de amenazas? Además yo era su superior. Supongo que quería subir en el escalafón a cualquier costo. Su padre se había enfermado y lo poco que ganaba como soldado, supongo, no le era suficiente. Aunque, reconozco que intentar chantajearme de esa forma era de admirarse… Muchas agallas de su parte. [Ríe].

“No pasó nada con él. Es más, hasta le di la razón. Me burlé, diciéndole que yo mismo me entregaría en cuanto sacara a rastras el cadáver famélico de ese judío y lo enterrara en alguna fosa común. Sin embargo, no hubo ninguna necesidad de ello. Solo tuve que recordarle cómo es que consiguió los medios, el dinero, los pasaportes falsos, para esconder a su madrastra judía en otro país cuando todo comenzó en el 43… Todo gracias a mí. Después de eso él volvió con la cola entre las piernas y jamás me reclamó nada. Su madrastra aún vive y él murió fusilado por los americanos… [Queda pensativo].

“Es así, entonces, que los di por muertos en las listas y Kenneth y Stan se encargaron de su hermano.

—Al principio creí que era un sueño o que en verdad había muerto. Desperté en una cama, la primera que tocaba en meses. Mi cuerpo adolorido no se acostumbraba a la sensación suave de las colchas, de las cobijas… Las sentía algo incómodas. Sentía mis huesos sobresalir y clavarse en mi frágil piel. Todo era acogedor, limpio. La habitación caliente me recordó a mi hogar y a mi familia…

“Creo que estuve ahí el resto de lo que duró la guerra. Recuperando mi peso, solo preocupándome de no engullir la comida, de volver a tomar baños calientes, de vivir como una persona normal. Aunque, en el fondo, ya no lo era. La guerra me marcó. A todos. Tanto a los que participaron como a los que no. Pero yo jamás quise convertirme en Historia. Sé que intentan, (los escritores, los periodistas)… Mantener esto para la posteridad, para que no se repita un acontecimiento como este nunca más, pero- [Suspira] . Es difícil. Difícil volver a rememorar todo a recordar cada detalle de esos largos años. Recordar el dolor, la incertidumbre, el miedo. Recordar a los que ya no están y que pudieron haber estado. [Llora] .

“En todo ese tiempo me ayudó la esposa de Stan, se llamaba Wendy. Una gran mujer. Estricta, directa, dedicada. Fungía como enfermera en un asilo y también ayudaba a los judíos que escapaban y necesitaban ayuda médica.

“El oficial Eric a veces me visitaba, sí… [Calla] . Lo siento, pero no creo poder decir mucho de esas visitas. La mayoría no las recuerdo [baja la mirada. Pensativo], y tampoco eran gran cosa. Solo se aseguraba de que estuviera bien… Que comiera a mis horas y me traía información de Ike, por medio de cartas encriptadas. Kenneth logró trasladarlo a salvo, su familia lo recibió con gusto y lo trataban como uno de los suyos.

“Me alivió tanto saber eso que se lo agradecí y aún se lo agradezco profundamente. Ya lejos de la guerra, ya lejos de todo… Solo quedaba yo.

—Sí, bueno, me gustaba visitarlo personalmente. Saber cómo es que logró estar a salvo tanto tiempo… Ya sabe, mera curiosidad. [Carraspea] . También para traducirle las cartas de Kenny, porque escribíamos en código sobre el estado de su hermano y por dónde es que iba de camino.

“No fue tan difícil encontrar un sitio para él. Yo mismo ofrecí mi casa. Ahí tenía un desván todo desvencijado que jamás usaba y, de todos modos, no poseía ventanas, por lo que, nadie sabía de su existencia. Solo acomodé un colchón usado, un par de viejas mantas de mi abuela y ya.

“La señora Marsh, esposa de Stanley, esa tal Wendy. Iba ciertos días a la semana para ver cómo estaba y tratar sus heridas, su bajo peso y la anemia. Progresaba de a poco, yo diría que demasiado bien. De verdad que era fuerte. Me hizo cambiar mi perspectiva.

“Los vecinos sospechaban, pero les callé la boca al decirles que un resfriado me tenía encamado. Muchos sospecharon de rumores de infidelidad. ¿Yo? ¿Acostándome con la esposa de Stan? ¡Ni soñarlo! Solo me queda reírme de sus conjeturas al recordar aquello.

“Cumplí mi palabra de trasladar a su hermano a salvo, por lo que no fue difícil despedirme e irme, cuando los Aliados arribaron en aquellos lares. Casi al instante tuve que huir y jamás volví.

—El final de la guerra llegó. Wendy subió corriendo a decirme que los americanos estaban ahí y que todos los oficiales nazis y soldados estaban huyendo y escondiéndose.

“En ese momento supe que ya era libre.

“Admito que aún me sentía incrédulo. Sin embargo, salir a la calle y ver las camionetas americanas, con sus banderas, me llenó de paz. Mucha paz. Ya sin el miedo de ser identificado, de ser señalado. Ahora los alemanes eran los que tenían miedo.

“No supe qué pasó con él. Sus colegas me dijeron que huyó, pero nunca supieron su paradero. Es por eso que jamás nos volvimos a comunicar y aún ahora.

“No me malentienda, no quiero volver a hablar con uno de ellos o con él… Por más que nos haya ayudado. Sí, le agradezco la ayuda prestada. Pero, él también fue partícipe. Puede que haya salvado a unos cuantos, pero no justifica lo demás.

“Solo me quedaré con ese recuerdo. De su ayuda. Nada más.

[Se corta la transmisión].

—Muchas gracias por darnos su testimonio, señor Broflovski —dijo la chica, rubia, de cabello rizado y de ojo azul, al sonreír. 

—No hay problema, espero que les haya servido. Igual el testimonio de mi hermano.

El camarógrafo y ella salieron y se despidieron al irse en la camioneta por el camino de terracería. Antes de entrar a casa revisó el buzón. Entre todas las cartas, se encontró con una, la única que le importaba.

Eric Theodore Cartman .

Leyó el nombre del remitente. Entonces, sonrió y volvió a entrar a casa.