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Dos aves de blanco y negro semejando el yin y yang, revoloteaban entusiastas como si fuera algún juego divertido entre ellas; una pequeña niña abandonó la mirada de su lectura y se centró en aquellos pájaros, ella los analizó hasta que se marcharon, Raven bajó la cabeza sumida en aflicción, pensaba en lo sola que estaba, podía sentir su corazón estrujarse al recordar como los otros niños de su edad la ignoraban, en peores casos la humillaban y discriminaban, sólo por el hecho de ser diferente, era "la niña rarita" en Azarath y a pesar de tener la compañía de su madre, ansiaba más.
Quería jugar a las escondidas como los demás, quería dar y recibir regalos como los demás, y sobre todo, quería compañía y festejos en sus cumpleaños como los demás.
Pensaba en lo interesante y bonito que sería tener una amistad así como las bellas aves del cielo; pero también se cuestionaba si llegaría a la altura, si sería suficiente para que alguien más le abra los brazos y la acepte sin prejuicio.
El futuro heredero de La liga de Asesinos se encontraba leyendo absorto en el libro que halló en la biblioteca de su madre, este trataba de ambición y traición, su boca se torció al momento que uno de los personajes que era el "amigo" del protagonista lo traicionó para intentar arrebatarle el poder, el protagonista hizo oídos sordos ante las súplicas del traidor y acabó cortándole la cabeza como castigo. Damian esbozó una sonrisa de lado, aprendiendo que no podía confiar en nadie, cualquier descuido podría condenarlo al fin.
Miraba con hastío las relaciones amistosas, para el menor eran todos unos corderos que caerían directo a la boca del lobo en cualquier instante; y él no estaba dispuesto a ser la oveja.
Los años pasaron y las cosas cambiaron para Damian y Raven. Ahora ella había conocido a un grupo que sin pensarlo dos veces le abrieron las puertas y la acogieron en su nido, pudo sentir ese cálido abrazo que ninguna otra persona le entregó a excepción de su madre.
Por parte de Robin, su apatía por el mundo fue gradualmente desapareciendo, para que la compasión y benevolencia florecieran en su ser.
Todo comenzó cuando ambos hicieron una conexión mental e indagaron en los recuerdos del otro, formando un vínculo del que no tenían consciencia de que crecería y se fortalecería; si bien aunque al inicio ambas aves eran recelosas el uno con el otro, el lazo impedía que se separaran por siempre, empezando a compartir y conocer más de ellos mismos, eventualmente tornando la relación única y especial.
Era un lazo fuerte en el que ambos decidieron apoyarse, cuidarse, protegerse y la mejor parte: ayudarse a crecer como persona.
Raven era la cura para reducir el temperamento y ego de Damian, cuando percibía sus desenfrenadas emociones, ella con sólo musitar su nombre causaba cambio en su comportamiento errático.
Damian ayudaba a llenar el vacío en el corazón de Raven, cuando la percataba abatida, cuando su baja autoestima la atrapaba y la hundía hasta el fondo, el petirrojo se encargaba de ser la luz de fortaleza, la animaba diciéndole lo fuerte que era; cada vez que salía victoriosa en una misión, esos preciosos esmeraldas la penetraban con admiración. Raven podía leerlo, siempre emanando satisfacción y fascinación hacia ella, provocando que una afable sensación apareciera en su corazón y la obligara a sonreír.
La noche cayó y la pequeña bruja meditaba en posición de loto, siendo contemplada a la distancia por el menor de los Wayne, ella pudo presentirlo y llamo su nombre, causando que se sobresaltara y quedara petrificado, sintiendo una extraña verguenza por haber sido descubierto.
—Sé que sigues ahí, Damian. —su voz fue serena, sin rastro de molestia ante su atrevimiento.
—Pensé que dormías. —dijo sin importancia. Encogiéndose de hombros, intentando no exteriorizar las emociones.
Se acercó y ella abrió los parpados buscando su rostro.
—Lo mismo puedo decir de ti. —le dedicó una mirada inquisitiva.
Damian se limitó a exclamar un "TT" y decidió hacerle compañía su lado, cruzando las piernas al igual que ella.
El silencio fue cómodo, como si fuera un abrazo aterciopelado para los dos adolescentes.
Robin apartó la vista de Raven y la trasladó en el precioso astro pintado del cielo. Un recuerdo se cruzó por su mente y suspiró con pesar.
—Mi...—inició, capturando su atención. —Mi madre me decía de niño que las estrellas eran nuestra descendencia, es decir, cuando muriera iba a estar inmortalizado como una estrella, como una clase de Dios, pero sólo podía serlo si lograba cumplir con sus objetivos...al crecer supe que era un cuento estúpido que ella usaba para manipularme a cometer atrocidades por el honor de la liga, el honor de Ra's Al Ghul. —culminó refunfuñando.
Raven ofreció un gesto compasivo. Considerando por unos segundos si era seguro abrirse y también relatar sus experiencias, sin embargo, este era su compañero, su amigo, confiaba que podía ser un buen oyente y tener sus labios cellados.
—Cuando estaba con mi padre en Azarath, yo...—se tomó un momento antes de proseguir. —Creí que si cumplía con sus deseos iba a amarme...sé que es el asesino de mi madre, pero era una niña confundida, creyendo ingenuamente que debía pertenecerle por ser su hija; me usó, cada vez que necesitara más poder para conquistar mundos, él decía que los seres vivos eran escorias que merecían ser diezmados y yo sólo me sentía sucia con él y su infierno. Antes de atraparlo en el cristal, tuve un sueño, presencié a mi madre devastada, ella me advirtió de sus manipulaciones, dijo que todo lo que hiciera por él sería en vano porque no sería capaz de devolverme afecto, me aconsejó escapar y empezar una nueva vida lejos...por su ayuda estoy aquí.
—confesó afligida.
Damian descansó su palma en su hombro y rayos de luz eliminaron las nubes negras que flotaron por su cabeza, todo gracias al sosiego que el petirrojo proporcionaba.
Ambos permanecieron sentados en la cima de la torre, abriendo sus corazones y confesando sus más íntimos secretos.
Como cualquier amistad, no eran inmunes a las discusiones o tensiones por más fuerte que era su vínculo. Generalmente la hechicera era quien se molestaba con él, debido a ese lado cáustico que aún no aprendía a controlar; casi siempre terminaba con él disculpándose a su manera, o con sólo verlo arrepentido como un cachorro triste bastaba para perdonarlo.
Una vez la sorprendió al regalarle ese libro que tanto quería, su expresión pudo no delatar su entusiasmo pero sus amatistas lo hicieron, Damian intentaba cambiar, detestaba verla darle una mirada apagada y frustrada cada vez que hacía algo malo, amaba verla felíz, era su mejor amiga, pero no se daba cuenta de que otros sentimientos surgían por la muchacha.
Unos meses después Raven caminaba por las calles de Jump City, distraída en los pensamientos de como Terra los había traicionado, de como Damian cayó en la trampa de piedras y fue torturado vilmente por la rubia y Slade; hundida en el arrepentimiento de no haberse precipitado antes de que hirieran a su mejor amigo, no se dio cuenta cuando un ser pequeño y peludo se restregó en su pierna de forma cariñosa y lloriqueando suplicante, la adolescente bajó la cabeza y pudo ver un cachorro callejero pidiendo su atención.
Alzó las cejas con sorpresa, el perro de color carbón agitaba enérgica su cola, enterneciendo a la semidemonio que sin dudar lo acogió en sus brazos, pudo percatarse que necesitaba un hogar y el pequeñín la había elegido, sin querer que lo dejara atrás, en su cabeza se proyectó la imagen de cierto muchacho que estaba segura que lo cuidaría muy bien.
Raven lo halló en el tejado de la torre y se aproximó, no sin antes esconder al cachorro hajo su capa; Damian estaba ensimismado en el pedazo de tela que representaba la caída de su archienemigo, finalmente había terminado una etapa de su oscuro pasado y su mejor amiga estaba a punto de darle una nueva.
Sin más, retiró su capa para mostrarle el pequeño regalo, el corazón de Damian se derritió como mantequilla al presenciar al perrito, tenía una debilidad por los animales que muy pocos conocían, diría que sólo Talia y Raven. El ojiverde siempre deseó tener animales de todo tipo: perros, gatos, incluso vacas, y quizá alguna especie exótica; pero la mujer que le dio la vida no se lo permitía, para ella eran pérdidas de tiempo que no podía darse el lujo de permitirse, resignado había renunciado a esa ilusión, hasta que todo cambió gracias a Raven.
—Es tuyo ahora. —la hechicera le extendió el perrito. El Wayne lo aceptó confundido y este no apartaba sus grandes y tiernos ojos del chico. —Te irás a Gotham Y quizás necesites compañía. —aclaró suave.
Raven vio la rápida conexión y se conmovió.
El auto arrancó su viaje hacia la maldita y corrupta ciudad llamada Gotham. Dick se encontraba siendo el conductor mientras que Damian se hacía sentado en el asiento de copiloto, tenía sus esmeraldas fijos en el cachorro que lamía su mano, comenzó a acariciarlo, causando que lo relajara como si fuera una canción de cuna y el can se dejó vencer por el sueño, durmiendo plácidamente en su regazo. Damian esbozó una dulce sonrisa, el reflejo de Raven pasó repentinamente por su mente y la línea curva en sus labios se amplió más.
Pensó en lo afortunado que era por conocerla y murmuró para sus adentros:
'ant mumayaz.
ant mumayaz: eres especial.
