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Habían pasado unas cuatro horas desde que Néstor había querido ingresarla y al menos treinta minutos desde que le había dicho a Emilio que la dejara sola. Después de revisar varios comunicados de prensa y dar mil vueltas a posibles planes de crisis, Patricia había necesitado un rato para descansar.
Recostada en la cama, había apagado todas las luces, pero nada lograba calmar su ansiedad. Entre el nuevo diagnóstico y la tormenta que caía afuera, no había manera de que se durmiera. Al mirarse en el espejo del compacto de maquillaje, le costaba creer lo desmejorada que estaba. Despeinada, sin una pizca de maquillaje y con ese jersey que no le favorecía en absoluto, además de los pantalones incómodos y demasiado grandes que le habían dado en el hospital, Patricia se sentía la mujer menos atractiva del mundo.
Echaba de menos la versión de ella misma que existía antes del cáncer.
Escuchó la puerta abrirse y pudo adivinar quién era antes de oír su voz:
—¿Dónde está Emilio? —preguntó Néstor desde la entrada, cerrando la puerta tras él y acercándose.
Sin mirarlo, respondió:
—Estaba refunfuñando y lo he mandado al pasillo.
De reojo, pudo verlo acercarse, rodeando su cama para detenerse justo a su lado antes de sentarse en el borde.
En ese momento, Patricia finalmente encontró sus ojos.
—Parezco un monstruo.
A esas alturas, ya no le sorprendía lo cómoda que se sentía haciendo ese tipo de confesiones a Néstor. Siempre estaba atento, abierto a escucharla y con una respuesta que ofrecerle, aunque muchas veces a ella no le gustaran.
Odiaba estar en ese hospital, odiaba que la hubieran ingresado cuando se encontraba perfectamente, y odiaba la ropa horrible e incómoda que siempre le hacían ponerse.
Odiaba todo lo que le recordase que estaba enferma.
Néstor soltó una risa suave al escucharla, y Patricia lo miró, convencida de que había un brillo en sus ojos que no sabía cómo definir. Parecía admiración, tal vez.
—A mí me pareces una tía cojonuda —respondió él, certero, y ella no pudo evitar que una sonrisa tonta apareciera en su rostro—. El cáncer suele sacar lo peor y también lo mejor de las personas —continuó, fijando intensamente sus ojos en ella, las emociones creciendo a medida que hablaba—: Y me gusta lo que está saliendo de ti.
La forma en que la miraba no le dejaba dudas de que estaba siendo sincero, aunque la aclaración que hizo unos segundos después aceleró su corazón hasta el punto de que creyó que se saldría de su pecho:
—Mucho.
Con esas palabras, Patricia intentó contener la enorme sonrisa que deseaba llenar su rostro, pero le costaba entenderlo. No porque no sintiera que era genuino, sino porque no comprendía cómo podía verla de esa manera.
—Así no le puedo gustar a nadie.
En otro momento de su vida, se habría detestado a sí misma, no solo por no aceptar el halago, sino por mostrarse tan insegura, mucho más estando frente a un hombre. Nunca le había gustado que la viesen débil, y jamás se había considerado el tipo de mujer que fingía humildad ante los elogios. Consideraba que eso no denotaba confianza en sí misma, y si había algo que Patricia siempre había intentado mostrar al mundo exterior, era su seguridad.
Sin embargo, en ese momento de su vida, esos pensamientos y emociones parecían lejanos.
—Bueno —la voz de Néstor la devolvió al presente, y lo vio suspirar, sonriéndole algo avergonzado mientras bajaba la mirada un segundo, volviendo a clavarla en ella al aclarar—, soy de gustos raros.
Ninguno de los dos parecía capaz de despegar sus ojos del otro, y Patricia se tomó un momento para analizar lo que acababa de decirle. De una extraña manera, acababa de confesarle que le gustaba. Como cuando tenía doce años y un compañero de clase le había dejado en la mochila un papel que decía «Me gustas. ¿Yo te gusto?», junto a dos cuadros pequeños para que ella indicara «sí» o «no». Treinta años después, estaba sintiendo la misma adrenalina que aquel día.
«Deberíamos ser más valientes».
«Me gusta lo que está saliendo de ti. Mucho».
«Soy de gustos raros».
Se lo había dicho varias veces y de muchas formas, y aunque le creía, una parte de ella todavía no podía entenderlo.
Pero en ese momento se permitió disfrutarlo. Ya tendría tiempo de quemarse la cabeza dándole vueltas a todo cuando volviera a estar sola.
Negando con la cabeza, sonrió antes de murmurar:
—Qué tonto eres.
Sin embargo, su expresión se tornó seria unos segundos después. A pesar de las declaraciones de él y de lo mucho que la emocionaban, le resultaba demasiado fácil recordar quién era Néstor, quién era ella y por qué estaba allí, justo en ese momento.
El miedo opacó cualquier otra emoción que pudiera estar invadiéndola en ese instante.
—No quiero operarme —confesó, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a arderle en los ojos.
—¿Por qué? —preguntó él, con suavidad, casi en un suspiro, con una mirada cálida que la hacía sentir acompañada.
Los ojos de Patricia descendieron hacia un punto en el suelo, jugueteando con el colorete que seguía teniendo en la mano. Frunció los labios un par de veces, como si estuviera decidiendo si valía la pena pronunciar aquellas palabras que llevaba repitiendo en su cabeza desde hacía tiempo.
Volvió a mirarlo.
—Si me quedan seis meses de vida, prefiero no estar sufriendo, la verdad. —Su voz se quebró hacia el final, y lo dijo con rapidez, como si la velocidad pudiera hacer que aquella declaración doliera un poco menos.
Pero nada funcionaba.
Néstor se tomó su tiempo para responder y Patricia observó cómo su mente procesaba la información, notando lo difícil que parecía asumir aquella posibilidad.
—No te puedes rendir ahora, Patricia…
—Ya… —lo interrumpió, incapaz de contener las lágrimas.
Era la primera vez que lloraba abiertamente delante de él. La había visto con los ojos aguados, la había escuchado desesperada, angustiada, preocupada. Pero nunca se había permitido mostrarle las lágrimas que ahora caían libremente por su rostro.
—De verdad que tienes posibilidades ¿Me oyes? —agregó Néstor, sus ojos fijos en ella con una intensidad que parecía rogarle que creyera en él y en sus palabras—. Y lo vamos a conseguir.
Patricia era un torbellino de emociones: tristeza, ilusión, miedo… Pero no podía evitar sorprenderse al darse cuenta de que era Néstor quien siempre estaba a su lado, apoyándola e impulsándola a seguir adelante, dándole el valor que necesitaba y la motivación que cada día le costaba más encontrar.
Con eso en mente, se incorporó y se acercó a él, sin poder contener el pensamiento que tenía en la punta de la lengua.
—Es que… —lo miró fijamente, ladeando la cabeza mientras lo analizaba con atención. Fue como si por primera vez lo estuviera viendo con otros ojos al notar lo contradictoria que era la situación—. Bueno, qué raro, ¿no?
Las lágrimas caían sin control; con la cabeza baja, podía sentir cómo se deslizaban por su nariz, demasiado consciente de lo vulnerable que se estaba mostrando ante Néstor.
Algo en la oscuridad de la habitación y el ruido de la lluvia afuera parecía reconfortarla de alguna manera, haciéndola sentir segura al estar así de expuesta.
O tal vez era simplemente la presencia de él.
—Es irónico que un hombre sano como tú intente convencer a una moribunda…
Se acercó sin pensarlo, tan cerca que dejó caer su mentón en el hombro de Néstor. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, que tardó unos segundos en procesar lo que acababa de hacer; era como si su inconsciente hubiera actuado de forma automática, como si supiera que allí encontraría el soporte que necesitaba en ese momento. Apoyada sobre él, aunque sin mirarlo, volvió a susurrar:
—Tú que parece que no quieres vivir.
Sabía lo fuerte que sonaban esas palabras, pero sentía que debía decírselo. No lo hacía desde un lugar de maldad y estaba segura de que él tampoco lo comprendería así. Pero quería que lo supiera, tal vez para despertarlo de alguna forma.
Néstor tardó unos segundos en responder y, a pesar de no estar viéndole la cara, le era fácil imaginarse su expresión de sorpresa.
—¿Y por qué dices que parece que no quiero vivir? —preguntó finalmente, girando la cabeza para mirarla, dejando su cara a centímetros de la suya.
Patricia podía sentir cada exhalación de Néstor contra su mejilla.
—Porque tu mujer murió hace cinco años, ¿no? —Él dejó de mirarla en ese momento, alejando ligeramente su cara de la de ella, como si necesitara esa distancia. Y moría por saber por qué—. Y desde entonces no has estado con nadie.
—Bueno… —Patricia lo escuchó tragar con fuerza, y su corazón dio un vuelco cuando él agregó—: Que no haya estado con nadie no quiere decir que no haya sentido nada por nadie.
Los ojos de Néstor volvieron a mirarla al terminar de enunciar esas palabras y, aunque ella no pudiera verlo, sí que podía sentirlo.
—¿Sí? —Decidida a llegar al fondo de la conversación, Patricia giró la cabeza, dejándola apoyada en su hombro, observándolo desde una cercanía que nunca antes habían tenido—. ¿Y por quién?
Durante lo que pareció una eternidad, solo se miraron, intercambiando un prolongado silencio que no la incomodó en absoluto. Patricia podía sentir el aliento de Néstor acariciando su rostro, mientras sus ojos mantenían una conversación que aún no se atrevían a verbalizar.
—Por ti.
Esa confesión se clavó en lo más profundo de su ser. Aunque Néstor se lo había dicho varias veces, sentía que aquella era la declaración más clara y decidida que había escuchado hasta el momento. Sorbiéndose la nariz, Patricia apretó los ojos con fuerza, intentando disipar las lágrimas que quedaban, y frunció el ceño, algo incrédula, a pesar de la media sonrisa que le había invadido el rostro.
—Me vas a decir que no lo sabías —murmuró él, entre divertido y algo preocupado, formulando más una afirmación que una pregunta.
—No lo sabía, no —respondió ella, con sarcasmo. Aunque le costaba creer que pudiera gustarle a alguien como él, nunca había dudado de su sinceridad—. Si no se te nota nada.
Patricia soltó una suave risa al ver la expresión ofendida de él.
—Bueno, tú tampoco pareces seguir odiándome mucho, que digamos —murmuró Néstor, mirándola de una manera que nunca antes había hecho.
Ella resopló, entre divertida y emocionada, sintiéndose algo avergonzada por comportarse como una adolescente.
No recordaba la última vez que se había permitido sentir algo así.
—Y… —despacio, como si sus movimientos pudieran darle énfasis a sus palabras, Patricia se acercó al cuello de él, respirándolo antes de comenzar a incorporarse ligeramente. Sin embargo, la mano de Néstor subió hacia su cara, evitando que se alejara más que un par de centímetros, quedando frente a frente—, ¿qué vamos a hacer?
Lo miró fijo, capaz de ver todas las emociones que pasaban por los ojos de él en ese momento, aunque su atención se centraba únicamente en el roce del pulgar de Néstor contra su mejilla y la forma en que ese toque tan sutil despertaba cada centímetro de su piel.
—¿Qué quieres que hagamos? —susurró él, tan cerca que Patricia podía casi tragarse sus palabras.
Los ojos de Néstor no se apartaban del camino que su pulgar seguía sobre su mandíbula, hasta que, unos segundos después, volvió a encontrar su mirada y la sonrisa de Patricia se ensanchó. Sin poder evitarlo, la mirada de ella se desvió hacia la boca de él sin ninguna sutileza, enviando un mensaje claro.
Esa pareció ser la única respuesta que Néstor necesitó para deslizar su mano hacia la nuca de ella y atraerla hacia él.
Rozó sus labios con lentitud, como si estuviese probando el terreno, dándole tiempo de alejarse si eso era lo que deseaba, aunque Patricia jamás hubiese considerado esa posibilidad. El momento pareció suspenderse en el tiempo, desvaneciendo el entorno clínico y las preocupaciones que los rodeaban.
Llevaba esperando ese beso demasiado tiempo, aunque le había costado admitirlo incluso a sí misma.
Después de unos segundos de timidez, ambos abrieron ligeramente sus bocas a la vez, la necesidad de profundizar el contacto haciéndose presente en los dos. Una de las manos de Patricia se aferró a la muñeca de Néstor, junto a su rostro, intensificando el agarre en su nuca y atrayéndola aún más hacia él.
Suspiró al sentir cómo él exploraba su boca. Ese sonido pareció motivarlo aún más, causando que la mano libre de Néstor se dirigiera a su pelo, acercándola lo más posible. Patricia estaba segura de que había desarmado ligeramente el recogido que llevaba.
La posición en la que estaban le resultaba incómoda, especialmente teniendo en cuenta que se encontraban sentados sobre una cama de hospital, pero nada podía preocuparle menos. Sin embargo, Néstor parecía tener una opinión distinta y, con una sonrisa cómplice que sintió contra sus labios, sus manos bajaron hasta la cintura de Patricia, rodeándola con sus brazos para acercarla aún más. Ella entendió el mensaje y, girándose ligeramente, colocó sus piernas sobre el regazo de Néstor, abrazándose a su cuello mientras él le envolvía la espalda.
No le sorprendía descubrir que detrás de esa fachada de médico serio y reservado se escondía un hombre que no tenía reparos en ir tras lo que deseaba.
Y le gustaba sentir que lo que quería en ese momento era a ella.
El beso se prolongó durante unos segundos más, el roce de sus labios, el calor de sus cuerpos y la intensidad del momento creando una conexión casi palpable. Patricia sentía que el tiempo se detenía mientras Néstor la mantenía cerca, como si no hubiera nada más importante en aquel instante.
Sin embargo, el bullicio del exterior pronto interrumpió aquella burbuja de intimidad. Los ecos de voces y los movimientos del personal médico que corría por los pasillos les hicieron reaccionar, y se separaron abruptamente, girándose rápidamente hacia los ruidos, dándose cuenta de que la luz del hospital se había ido.
—Mierda —murmuró él, mirándola de nuevo mientras le apartaba con cuidado las piernas de su regazo—. Tengo que ir a…
—Ve, claro —interrumpió Patricia, odiando que tuviera que irse en ese momento, pero consciente de que lo necesitaban.
Néstor se puso de pie y, aunque solo podía ver su silueta, sostuvieron un contacto visual antes de escucharle preguntar:
—¿Te veo luego?
Sonriendo, Patricia asintió, viéndolo irse de la habitación mientras iluminaba su camino con la linterna del móvil, aunque la sensación de su barba y su boca, así como la liviandad que aquel beso le había dejado en el pecho, se quedaron con ella un rato más.
