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El pasillo olía a desinfectante y a café. Patricia caminaba rápido, sabiendo perfectamente su destino. A estas alturas podía llegar hasta con los ojos cerrados.
A través del cristal vio su silueta. Néstor estaba solo en su despacho, de pie, con las manos apoyadas sobre el escritorio y la mirada fija en algún punto del suelo. El gesto duro, la mandíbula apretada.
La luz de la tarde entraba sesgada por la persiana a medio cerrar, partiéndole el cuerpo en franjas de sombra y de luz.
Patricia se quedó inmóvil delante de la puerta, con la respiración entrecortada y el pulso aun golpeándole en la garganta.
Tragó una bocanada de aire.
No tocó.
Simplemente, giró el picaporte y entró.
La puerta se cerró tras ella con un clic suave, y el ruido del pasillo quedó fuera.
Néstor no se dio la vuelta enseguida, pero ella supo que había notado su presencia. La tensión en sus hombros lo delataba.
Durante unos segundos, nadie dijo nada. Se escuchaba el murmullo de un carrito rodando por el pasillo, el timbre de un ascensor, el pitido de alguna máquina lejana.
Y entre ellos, un silencio espeso, casi físico.
—Tú y yo no hemos terminado de hablar —dijo Patricia finalmente, intentando que su voz no temblara.
Néstor se giró despacio. La miró. Y en sus ojos vio algo más que enfado. Vio decepción. Dolor. Y debajo, el temblor de algo que seguía ahí, aguantando, tercamente vivo. Esperando el más mínimo descuido para salir.
—¿Y de qué quieres hablar? —preguntó con una calma que no era calma, sino un intento desesperado por no dejarse llevar—. ¿De que has vendido el hospital a cambio de tu tratamiento? ¿O de que has decidido arrastrarlo todo contigo?
Patricia suspiró, dejando caer su peso contra la puerta.
—De cómo me hablas —respondió ella.
Se miraron en silencio, midiéndose con los ojos.
Ella dio un paso en su dirección.
—De cómo me miras, como si hubiera cometido un crimen.
Néstor apretó la mandíbula con fuerza; el enfado que sentía en ese momento era evidente hasta en la manera en la que pronunció las siguientes palabras:
—Has cometido un error, Patricia. Y no lo estás viendo.
—¿Y tú sí? —replicó—. ¿Tú, que lo ves todo desde tu pedestal de principios?
La soberbia en su voz la sorprendió incluso a ella misma. Néstor soltó una risa corta, seca, y caminó hasta la ventana, dándole la espalda nuevamente.
Sabía que estaba haciendo lo que fuera con tal de no mirarla.
—No se trata de principios —murmuró—. Se trata de ti. De que has cruzado un límite ético.
Patricia sintió que algo le ardía en el pecho. Rabia, indignación ante el descaro de ese hombre.
Caminó hacia él, parándose a su lado, aunque a una distancia prudencial.
El reflejo de los dos se fundía en el cristal delante de ella: su figura más baja, los hombros de él tensos, sus rostros cerca, aunque sin mirarse.
—¿De verdad vas a hablarme de límites, Néstor? —soltó, con una media sonrisa de quien sabe justamente lo que sus palabras pueden ocasionar, y se sintió victoriosa al lograr que la mirara—. ¿Tú, justamente?
Néstor cerró los ojos un segundo, y pudo verlo respirar hondo, aunque el aire parecía costarle.
El silencio que siguió fue distinto, denso, con un filo que ninguno de los dos se atrevió a tocar.
Patricia lo vio tensarse, los dedos crispados sobre el marco de la ventana, y sintió el mismo vértigo en el estómago de aquel instante suspendido que los había dejado sin palabras una vez y que ahora regresaba, más peligroso que nunca.
Cuando volvió a mirarla, había perdido parte de esa dureza, y quedaba solo el cansancio, el miedo.
—Es peligroso, Patricia —dijo, y había una preocupación honesta en su voz que no estaba antes—. No sabemos cómo administra el tratamiento esta mujer, ni qué margen se toma con las dosis, ni si está siguiendo el protocolo al pie de la letra.
Vio en los ojos de Néstor algo que no sabía cómo describir. Como si cada uno de los pensamientos que pasaba por su cabeza le causara un dolor casi físico, insoportable.
Estaba tan perdido en sus teorías, en sus conspiraciones…
—Y si no revisa los valores con cuidado, si no está pendiente de cómo reacciona tu cuerpo… —Se interrumpió, tragando saliva, dando un paso hacia ella, de manera inconsciente, tal vez—. No todos se detienen a mirar eso.
Patricia sostuvo su mirada.
—Y tú sí lo harías —comentó, casi en un susurro.
Néstor parpadeó. No era pregunta, pero él respondió de todas formas.
—Tú sabes que sí.
Ella asintió, despacio. Como si le costara procesar la idea de que Néstor, realmente, se preocupaba por ella.
—Ya… —respondió Patricia, clavando los dientes en su labio inferior—. La decisión de traerla no ha sido mía, Néstor. Ya te lo he dicho.
Patricia vio cómo sus hombros se tensaban, cómo apretaba la mandíbula antes de volver a hablar.
—Lo sé, Patricia. Pero si para ella solo eres una paciente más del ensayo… —La voz se le quebró por un instante, apenas perceptible—. No quiero ver cómo te juegas la vida.
Ella lo miró fijamente.
Podía sentir el peso de sus palabras, pero también algo más debajo: el miedo, la impotencia.
—Y yo no quiero verte odiándome por intentar salvarla.
Hubo un silencio largo, en el que solo se escuchaban sus respiraciones.
La de él, entrecortada.
La de ella, contenida.
El aire en el despacho se volvió espeso, casi inmóvil.
Patricia dio un paso más.
Podía oler su jabón y la leve colonia que debió usar ese día, y debajo, ese olor suyo, inconfundible, que parecía incrustado en su memoria.
Él no se movió. Ni siquiera retrocedió. Solo la siguió con la mirada, como si temiera que cualquier palabra pudiera romper el frágil equilibrio que los sostenía.
Patricia tragó saliva. Sentía el corazón en la garganta, el pulso latiéndole en las sienes. Lo tenía tan cerca que podía distinguir la aspereza en su barba, el leve temblor en la comisura de su boca.
Estaba segura de que, detrás de esa quietud, se estaba conteniendo.
—Tú fuiste quien me dijo que no me rindiera. Que siguiera peleando. Que tenía posibilidades. —Su voz sonó baja, casi un susurro, pero con filo.
Néstor cerró los ojos un instante, como si cada palabra le doliera en algún lugar profundo.
Dio un paso hacia él, lo bastante cerca para que pudiera sentir cómo respiraba, y le sorprendió que él se quedara quieto, su cuerpo totalmente inmóvil.
—Y ahora que intento hacerlo… ¿Me juzgas por eso?
Néstor no respondió. Solo la miró, con esa mezcla de rabia y tristeza que dolía más que cualquier palabra.
Por un instante, ella creyó que iba a decir algo, pero lo único que se movió fue su respiración: más honda, más pesada.
Patricia soltó una risa mínima, rota.
Un sonido breve que pareció dolerle tanto a ella como a él.
—No te juzgo, Patricia.
Su voz era baja, ronca. El nombre se le escapó como un suspiro.
—¿Y entonces? —preguntó, sosteniéndole la mirada—. No puedes decirme que luche y luego culparme por no quedarme quieta mientras todo se me cae encima. No es justo, Néstor. No lo es.
Él exhaló despacio, como si esa verdad lo atravesara.
No respondió.
Solo la miró.
Y en ese cruce de miradas se mezclaron todas las cosas que ninguno se atrevía a poner en palabras.
—No es solo eso —dijo, después de unos segundos—. Es cómo lo hiciste.
En ese momento, Néstor dio un paso atrás, como si necesitara tomar distancia para procesar lo que estaba pensando.
Se giró hacia el escritorio, los dedos temblándole sutilmente al apoyar las manos contra la madera, como si necesitara aferrarse a algo.
—Usaste tu posición, tu influencia… incluso tu propia enfermedad para conseguir un beneficio personal —murmuró, alzando los ojos pero todavía sin mirarla—. Es prevaricación, Patricia. No está bien.
El silencio que siguió fue denso, y Patricia sintió que el aire en el despacho desaparecía poco a poco.
Tragó con fuerza, intentando no temblar. Sabía que el precio más caro que tendría que pagar por lo que había hecho no era monetario ni reputacional.
Era arriesgarse a perderlo a él.
—Privatizaste el hospital —continuó Néstor, girándose para mirarla finalmente—. Convertiste tu caso en moneda de cambio para esa gente, y dejaste que lo transformaran en negocio.
El tono era bajo, pero cada sílaba sonaba afilada. Tenía los hombros tensos, las manos apoyadas sobre el escritorio, los nudillos blancos. Parecía contener algo más que rabia: una decepción que le dolía físicamente.
—Y lo peor es que…
Hizo una pausa, respirando hondo. Por un segundo, pareció perdido en sus propios pensamientos, pero la tensión seguía allí, visible en su mandíbula.
Patricia lo observó con el ceño apenas fruncido.
—¿Es qué…? —insistió, intrigada por lo que diría.
Néstor la miró de repente, y ella vio en sus ojos una especie de sorpresa sutil. Como si se hubiese dado cuenta de algo a medida que hablaban.
Hasta que él soltó una risa sin gracia, seca, incrédula, y dejó caer la cabeza, negando sutilmente.
—No me digas que no ves la contradicción enorme en todo esto.
Ella sostuvo su mirada, sin retroceder.
No entendía de qué le estaba hablando.
—No la veo, no.
Néstor apretó la mandíbula. Por un momento pareció que iba a decir algo más, pero solo exhaló, largo, agotado. Se apartó del escritorio y comenzó a caminar despacio, como si necesitara moverse para relajarse un poco.
Patricia lo siguió con la vista, quieta, pero con el pulso latiéndole en el cuello, rápido, insistente.
Estaba nerviosa, y no tenía idea de a dónde iba a llegar la conversación.
Después de lo que pareció una eternidad, Néstor rompió el silencio.
—He pasado media vida defendiendo este hospital, creyendo en lo que representaba.
Patricia puso los ojos en blanco. Ya se sabía ese discurso de memoria: el hospital, los valores, la lucha. Siempre la lucha. Las asambleas, las huelgas, esos principios que repetía una y otra vez como si fueran su personalidad entera. Podía recitarlo ella misma, palabra por palabra.
Ya conocía de sobra esa rigidez suya, esa manía de aferrarse a algo más grande que él, aunque se le estuviera cayendo encima.
Le daban ganas de decirle que, por una vez, aceptara que no todo era blanco y negro.
—Y ahora resulta que la única forma de no perderte es entregar justo aquello por lo que he peleado siempre.
La miró un instante, con los hombros tensos, como si decirlo le costara físicamente.
Patricia se quedó helada. No lo esperaba. Ni el tono, ni las palabras. Durante un segundo no supo qué decir; sintió que algo en el pecho se le encogía, como si el suelo se moviera un poco bajo los pies.
Sin aviso, Néstor dio un paso hacia ella, tan leve que el aire entre ambos pareció comprimirse.
—Una parte de mí entiende lo que haces —dijo al fin—. Lo entiende, y lo haría contigo si pudiera. Pero la otra… —hizo una pausa breve, áspera— la otra no puede aceptarlo.
Néstor respiró hondo, como si buscara algo que no encontraba desde hacía tiempo.
—Porque aceptarlo sería traicionar todo en lo que he creído, y poner en duda todo lo que me ha definido hasta ahora.
La frase se quedó flotando entre los dos. Él bajó la mirada, los hombros tensos, como si le pesara más de lo que quería admitir.
—Me lo estás poniendo muy difícil —añadió, apenas audible.
Patricia lo miró.
Néstor había dejado de hablar, pero su respiración seguía allí, irregular, tan cerca que parecía invadirle la piel.
Durante un segundo ninguno se movió.
Néstor se llevó una mano al pelo, como si buscara una salida que no encontraba, y al bajarla rozó con el dorso de los dedos el borde de su brazo. Fue apenas un contacto, casi involuntario, pero a Patricia le recorrió una corriente por todo el cuerpo.
Él volvió a mirarla entonces, con una mezcla de desesperación y rendición que la dejó sin aire.
—No quiero que no me odies —susurró ella.
Néstor dio un paso más. Estaban tan cerca que el aliento de uno rozaba la piel del otro.
El aire entre ellos se volvió pesado, casi eléctrico.
—No te odio —dijo él—. Ese es el problema.
Esa vez, el movimiento de Néstor fue intencionado, y Patricia cerró los ojos al verlo levantar una mano para recorrer con los dedos un mechón de pelo que caía sobre su frente.
El gesto fue leve, pero en él cabía todo: la ternura, el reproche, la nostalgia.
Patricia sintió cómo el corazón se le desbordaba.
Hubo un segundo de quietud, un segundo suspendido.
Cuando volvió a abrirlos, la expresión de Néstor había cambiado: ya no era el médico, ni el hombre racional, ni el que se protegía tras los principios. Era solo él. El que, unas noches atrás, la había besado con urgencia, como si en ese instante todo lo demás hubiese dejado de importar.
El recuerdo se impuso sin aviso. De pronto estaba allí otra vez, en aquella noche, en el pasillo vacío del hospital. Patricia había salido inquieta de una reunión sobre la privatización; Néstor acababa de terminar una guardia complicada. Se cruzaron, y él la acompañó hasta el coche. Dijeron algo que ya ninguno recordaba y, sin pensarlo, sin permiso, se buscaron. No fue un beso largo ni torpe, solo el impulso urgente de dos personas que temían no tener otra oportunidad.
Y por un instante lo sintió todo otra vez: el sabor de su boca, el metal frío de la puerta del coche contra su espalda, el cuerpo de él pegado al de ella…
Desde entonces, ninguno lo había mencionado, pero cada vez que la miraba, Patricia sentía que ese beso seguía ahí, suspendido entre los dos, esperando repetirse.
—No deberías estar aquí —dijo Néstor en un susurro. Pero no se movió.
Estaba claro que él también había viajado en el tiempo. Sus ojos clavándose en los labios de ella fue prueba suficiente.
—Lo sé. —Patricia lo miró, deseando que acabara con los centímetros que los separaban; consciente de que era una pésima idea—. Pero no podía irme así.
Tampoco era justo que ahora todas sus discusiones acabaran igual, con la espalda de ella contra alguna superficie y la confirmación de que ninguno sabía detenerse.
¿O sí?
Néstor inspiró hondo, intentando ganar distancia, pero ella lo detuvo con un gesto.
Una mano que se posó sobre su brazo.
El contacto fue suficiente para desordenarlo todo.
No sabía por qué lo había hecho, ni de dónde había sacado el valor. Podía sentir el eco de ese beso a todo su alrededor, pidiéndole por favor que lo repitiera.
Sintió el músculo tenso bajo la bata y sus ojos siguieron los de él, justo en el lugar donde estaba su mano. Después, la miró. Por un momento, toda la rabia se transformó en otra cosa. En deseo, en necesidad, en esa urgencia de acercarse aunque supiera que no debía.
El silencio se volvió insoportable.
Pudo ver por el rabillo del ojo que Néstor alzó una mano, como si fuera a tocarle la mejilla. Pero la dejó suspendida a un centímetro de su piel, sus dedos temblando.
Por un instante, ninguno se movió.
Después, él la retiró despacio, como si fuera lo único que podía hacer para no cruzar una línea que ya no sabían ni dónde estaba.
Néstor se apartó medio paso, no por decisión, sino por reflejo, como si el aire entre ellos se hubiera vuelto demasiado pesado para respirarlo.
Pero Patricia no se movió. No hubiese podido ni aunque quisiera.
Él la miró un largo rato antes de hablar. Cuando lo hizo, su voz ya no tenía filo, solo cansancio.
—¿Cuándo empieza el tratamiento? —preguntó, apenas un murmullo.
Ella soltó el aire que, sin darse cuenta, estaba conteniendo.
El momento se había roto.
—El lunes —respondió—. A primera hora.
Néstor asintió, con un movimiento lento, casi resignado. Después, se giró hacia el escritorio, apilando algunos informes que tenía ahí arriba en un ridículo intento de mantenerse ocupado con algo.
—Ya no soy tu médico —dijo, suave pero certero—, no puedo estar ahí oficialmente.
Patricia sintió cómo algo dentro suyo se rompía. No podía demostrárselo, claro. No después de todo lo que habían hablado. Pero la decepción la atravesó hasta la última célula de su cuerpo.
Hasta que Néstor volvió a hablar.
—Pero encontraré la manera.
Patricia lo observó, intentando sostener la calma. El corazón le golpeaba contra el pecho a una velocidad galopante; estaba segura de que incluso él podía escucharlo.
—No hace falta —murmuró, deseando que ignorara sus palabras.
Lo que más quería era poder tenerlo a su lado en ese momento.
—Sí —respondió él, apenas audible, mirándola como si todas las contradicciones de las que le había hablado hubiesen pasado a un segundo plano—. Hace falta.
Patricia lo miró en silencio. Había algo en su voz, o quizá en la forma en que evitaba mirarla del todo, que le hizo entenderlo sin necesidad de más palabras.
No estaba de acuerdo con lo que ella había hecho. Lo sabía.
Pero también sabía que ya no podía apartarse, que por mucho que intentara mantener la distancia, lo que sentía pesaba más que cualquier principio.
El silencio que siguió fue tan largo que se escuchaba el tráfico fuera, el sonido distante de una puerta que se abría, una voz en el pasillo.
Pero dentro del despacho, el tiempo seguía detenido.
Ella sonrió brevemente, sin confiar en su voz para responder.
Néstor la miró apenas un segundo más de lo necesario, con esa mezcla de frustración y deseo que le tensaba la mandíbula.
—No sé ni cómo voy a hacer para estar cerca sin cruzar otra línea —dijo él, con una voz más baja de lo habitual, casi en un susurro.
Patricia lo miró sin saber qué decir. No esperaba tanta claridad, ni que él lo dijera así, sin protegerse detrás de su tono profesional.
Sintió un vuelco seco en el pecho, un segundo de desorden. Fue como si la habitación se contrajera, como si el aire se quedara atrapado entre ellos.
Él apartó la mirada, apenas, pero ya era tarde.
Ella lo había visto: ese gesto de rendición, de alguien que intentaba poner límites sabiendo que no iba a cumplirlos.
Le temblaron los dedos sin que se notara; se moría de ganas de tocarlo de nuevo.
Pero se contuvo. En su lugar, sonrió, más por reflejo que por humor, tratando de recuperar el aire.
—A ver cuánto nos dura, ¿no?
Él soltó una risa mínima, seca, como si también supiera que estaban condenados a repetir aquel beso una y otra vez.
Sus miradas se quedaron enganchadas un instante más, demasiado.
Había algo casi físico en ese silencio, una atracción que parecía tensar el aire entre los dos.
Patricia sintió el impulso de decir algo, cualquier cosa que le diera una excusa para quedarse un poco más. Pero no lo hizo.
Sabía que si no se iba en ese momento, ya no lo haría.
Así que respiró hondo y dio un paso atrás.
Asintió con la cabeza en un intento de gesto breve, casi profesional, y se giró hacia la puerta.
Cada paso fue un esfuerzo, como si el cuerpo se negara a obedecer.
Cuando la cerró detrás de sí, el corazón le golpeaba contra las costillas; todavía sentía el calor de su mirada pegado a la piel.
Y supo, con la misma certeza con la que sabía que eso estaba mal, que la próxima vez no habría línea que valiera para hacerlos parar.
