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El sonido la arrancó del sueño con una violencia que le costó entender. Un zumbido insistente: breve, otro más, y luego un silencio que apenas duraba un segundo antes de empezar de nuevo. Patricia abrió los ojos y lo primero que distinguió fue la pantalla encendida sobre la mesilla: el móvil vibrando, iluminando la habitación a intervalos.
Tardó unos segundos en orientarse. El reloj digital marcaba las 4:03. El aire estaba frío; su cuerpo, pesado. Estiró el brazo, cogió el teléfono y, antes siquiera de mirar las notificaciones, tuvo la certeza de que algo iba mal. Una llamada a esas horas nunca era buena. «¿Quién ha muerto?», pensó.
Lo que vio al desbloquear la pantalla fue aún peor. Cientos de alertas, mensajes, llamadas perdidas. Twitter, WhatsApp, Instagram, incluso el correo institucional. Y un remitente común en casi todas las notificaciones: Emilio.
La más reciente decía: Eres tendencia en Twitter.
Durante un instante, el cuerpo le reaccionó antes que la mente. Esa tensión vieja, de quien había vivido ya demasiadas crisis como para confiar en la calma nocturna. Patricia se incorporó en la cama y encendió la luz del aplique.
Medio segundo después, ya estaba viéndolo con sus propios ojos.
Primero su nombre, en mayúsculas, encabezando una lista de tendencias. Su dedo lo presionó y llegaron los mensajes: etiquetas, insultos, memes, teorías. Y, al deslizar un poco, la foto.
Su foto.
Suya y de Néstor. Aquella tarde en la sala de pediatría, con el bendito helado del infierno en la mano, lo único que parecía estar separando las bocas de ambos. Los ojos de ella en Néstor, los de él en su boca.
Una foto simple, completamente sacada de contexto. Inocente y culpable al mismo tiempo.
Debajo, miles de comentarios: que si al final todo había sido un montaje, que si él estaba tan bueno que cualquiera traicionaría su ideología, que si no habría sido él quien la ayudó a inventarse un cáncer para dar lástima y ganar las elecciones…
La presidenta de la Generalitat y el líder sindical.
La paciente y su médico.
Tenía que admitirlo: incluso ella le veía el morbo.
El pulso le dio un vuelco. Amplió la foto y la miró con precisión casi quirúrgica, buscando cualquier detalle que la salvase: la posición de los cuerpos, la dirección de la luz, un gesto que lo explicara todo. Recordaba ese instante con nitidez: la conversación sobre la mujer de Néstor, su pregunta sobre si había estado con alguien después, él diciéndole que usaría sus informes, ella enfadándose por lo que le pareció una traición, acercándose para desafiarle.
Fue un segundo apenas, nada más.
Pero el encuadre no entendía de segundos.
Otra vibración. Emilio de nuevo.
Patricia negó con la cabeza. Dejó el móvil sobre la mesilla y se pasó las manos por la cara. El aire de la habitación parecía haberse vuelto más espeso de repente.
Miró por la ventana: la ciudad seguía dormida, los faroles anaranjados, un perro que ladraba a lo lejos. Todo parecía en orden, salvo su vida.
El móvil volvió a sonar y, por reflejo, esa vez contestó.
—¿Qué pasa, Emilio? —la voz le salió ronca, con ese filo bajo de quien aún no había asimilado nada.
—¿Estás viendo esto, Patricia? —Del otro lado hubo un silencio cargado de respiración, y luego la voz acelerada de siempre, pero multiplicada por diez—: ¡Estás en todos lados!
Ella cerró los ojos.
—Ya lo he visto —respondió con una calma que claramente no sentía.
—¿Qué estabais haciendo? ¿Quién ha hecho esa foto? ¿Desde cuándo…?
—No lo sé, Emilio. —Patricia lo interrumpió, soltando un suspiro, exasperada. Era demasiado temprano para escuchar las mil preguntas como si fuera su madre—. Y bájale un poco al tono.
Él siguió hablando, atropellado, nombrando canales, titulares, ministros, posibles daños, todo en un solo hilo, pero ella solo escuchaba apenas un murmullo lejano, como si la voz viniera desde otra habitación.
Colgó sin decir nada.
El silencio que siguió fue brutal.
Apoyó el móvil y, antes de que pudiera vibrar de nuevo, lo apagó. Respiró un par de veces, pero el aire no entraba bien. Se levantó y caminó descalza hasta la cocina, donde abrió el grifo para servirse un vaso de agua que bebió de un trago. Lo dejó abierto, permitiendo que el chorro corriera por unos segundos. El sonido del agua la anclaba.
Lo cerró y caminó de regreso hasta su habitación, la casa a oscuras obligándola a reconocer los muebles de memoria. En la sala, la luz del router parpadeaba como un ojo que la espiaba.
Sintió una punzada de rabia más que de miedo: rabia por la facilidad con la que todo podía desmoronarse, por el modo en que una simple foto podía arruinar años de disciplina, de distancia cuidadosamente construida, de una reputación y respeto que se había tenido que armar desde cero, sola.
Y de repente, pensó en Néstor.
No quería hacerlo, pero lo hizo. Pensó en cuándo vería él la foto. Si estaba de guardia y ya la habría visto, si estaba durmiendo y la vería en unas horas… Algo le decía que ese hombre no miraba mucho las redes sociales, ¿se la mandaría alguien de su familia? ¿Algún amigo, tal vez?
«¿Te estás tirando a la presidenta?». Podía escuchar la voz burlona de algún compañero gilipollas preguntándole.
Estaba segura de que Néstor no dejaría que nadie hablara así de ella.
Volvió a la habitación y entró al baño, deteniéndose frente al espejo. Vio su reflejo bajo la luz cálida: el rostro hinchado por el sueño interrumpido, los ojos enrojecidos. La camiseta suelta y tres tallas más grande que usaba ahora de pijama para evitar verse la cicatriz del pecho.
Desde que vivía sola dormía desnuda; siempre se había sentido cómoda con su cuerpo.
Ahora no lo reconocía como propio.
Patricia suspiró. Ese no era el tema de la noche.
Le dio la espalda al espejo y se quitó la camiseta, abriendo la ducha y dejando correr el agua hasta que salió caliente. Se metió bajo el chorro sin medir el tiempo, sintiendo cómo el vapor empañaba los azulejos y le borraba el pensamiento.
Podría haberse quedado así horas, pero no tenía ese lujo.
Se secó el cuerpo con una toalla y se puso la bata rosa de seda que usaba para estar en casa. Después, cogió el móvil y volvió a la cocina para prepararse un café fuerte sin mirar el reloj.
Sabía que ya no iba a dormir.
Una vez que tuvo la taza llena, se sentó en la mesa de la sala y encendió el móvil, esperando el diluvio.
Tardó menos de diez segundos en empezar a sonar y ella apenas había podido darle un sorbo al café cuando un nombre apareció en pantalla.
Emilio.
Patricia suspiró, como si tuviera que reunir fuerzas para enfrentarse a algo que no es nuevo, pero esta vez dolía más.
Contestó.
—Dime.
—¿Pero dónde estabas? —la voz del otro lado sonaba alterada, nasal, rápida—. Llevo horas intentando hablar contigo, Patricia. Horas.
—No han pasado ni cuarenta minu…
—Esto es una locura —Emilio estaba totalmente colapsado, como en trance. Hablaba sin parar—, hay titulares por todas partes, se están inventando cosas, he tenido que borrar tres tuits porque no sabía si nos comprometían o no…
Patricia cerró los ojos y apoya el codo en la encimera.
—No grites —pidió apenas su asesor se tomó medio segundo para respirar.
—¡No estoy gritando! —lo escuchó tomar una bocanada de aire, como si eso bastara para calmarlo. Luego, unos decibelios más bajo, siguió—. ¿Te das cuenta de lo que significa esto? La oposición ya lo está usando, Patricia. Están diciendo que la presidenta «negocia en la intimidad» con el líder sindical, que hay un pacto secreto, que…
—Basta.
La palabra le salió seca, la voz fuerte, clara. Lo suficiente para que Emilio guardara silencio un segundo. Patricia respiró despacio, sosteniendo la taza con ambas manos, como si el calor pudiera anclarla al suelo.
¿Y si esto era el fin de su carrera política?
—No hay nada que explicar —dijo finalmente. Se negaba a ser tan pesimista. No era la primera vez que le inventaban un rumor y tampoco sería la última—. Es una foto, Emilio. Un mal encuadre. Estábamos hablando y ese puto heladero disparó con su puta cámara. —Se escuchó a sí misma en ese momento; sus palabras tenían tan poco sentido que hubiese entendido si Emilio no le creía. Pero era la verdad—. No hay más historia.
—Ya, pero la historia la están escribiendo ellos. Y no te imaginas cómo suena desde fuera. La están vendiendo muy bien. En dos días tenemos a Netflix golpeándonos la puerta diciendo que quieren hacer un documental sobre vosotros.
Lo escuchó golpear las teclas del ordenador, probablemente respondiendo miles de mensajes mientras hablaba con ella.
—Llevas meses enfrentándote a ese hombre en público. Todo el mundo sabe que no os soportáis. Joder, que habéis discutido en un debate en televisión, Patricia, y de repente… —Emilio hizo una pausa, como si se hubiera dado cuenta de algo. Por alguna razón que no pudo explicar, el corazón de Patricia dio un vuelco—. ¿Qué hacíais tan cerca, Patricia?
Ella sintió la punzada. La pregunta tenía filo, aunque viniera disfrazada de preocupación profesional. Tragó con fuerza, tratando de mantener la voz calma.
—Lo que hacíamos era discutir, como siempre. —Se apartó un mechón húmedo del rostro y siguió, más convencida—. Que tenía el cable con la quimio metido en el pecho, Emilio. Que no hay nada de romántico en ese momento de mierda.
Sabía que estaba siendo injusta al usar la enfermedad para incomodar a Emilio y que dejara de insistir. Pero era su enfermedad. Si para algo podía aprovecharla, por supuesto que lo haría.
—Tienes que salir a desmentirlo. —La voz de él sonó más tranquila, más empática. Al menos había dejado de regañarla—. Ya. Ahora mismo.
—¿Y decir qué? ¿Que no es lo que parece? ¿Que el ángulo es malo? —Patricia resopló—. Es un clásico, Emilio. Cuanto más lo neguemos, más lo creerán. Solo le estaríamos dando más oxígeno.
—Pero si no dices nada, se lo das igual. Ya hay memes, titulares, columnistas opinando. Yo he hablado con prensa del partido y están furiosos, dicen que esto puede hundir la campaña.
Patricia apoyó la taza con un golpe suave, que sonó más fuerte de lo que pretendía. Estaba cansada, mal dormida, estresada y nerviosa.
—¿Y tú qué quieres que haga a las cinco de la mañana? ¿Dar una rueda de prensa en bata?
Emilio guardó silencio. Ella sabía que no era con él con quien estaba enfadada, pero no podía evitarlo. El agotamiento se le mezclaba con la rabia y el miedo, y todo salía por el mismo sitio.
—Escucha —continuó, más serena—. Lo que hay que hacer es gestionar el daño, no ampliarlo. Habla con los jefes de redacción, con quien tengas que hablar. Que bajen el tono, que dejen de repetir lo mismo. Si consigues que al menos los digitales lo retiren de portada, ganamos tiempo.
—Ya lo he intentado. Está en todos lados. —Emilio se escuchaba agotado, y esto acababa de empezar—. Los de El País lo han puesto en el banner principal, El Mundo ya ha publicado tres notas diferentes. Y en redes es un incendio, Patricia. No se puede apagar…
Mientras él hablaba, Patricia encendió el ordenador. Necesitaba empezar a hacer un análisis del alcance de este escándalo. Todavía era temprano, tenían un par de horas de ventaja hasta que la gente empezara a despertarse y leer todo.
—Esto no es solo una polémica más. Si el comité nacional lo ve como un escándalo moral, pueden apartarte.
Ella sonrió, sin humor, a pesar de que él no pudiera verla.
—Ah, moral. Qué palabra tan oportuna para un partido que quiso usar mi cáncer para hacerme a un lado.
Emilio se quedó en silencio un segundo.
—No es momento de sarcasmos —dijo, suave.
—Tampoco de pánicos.
Durante unos segundos ninguno habló. Patricia puso su nombre en Google y empezaron a saltar los artículos. Por primera vez en años, se sintió expuesta de verdad. No por lo que había hecho, porque no había hecho nada, sino por lo fácil que resultaba fabricar una historia a su costa.
—Emilio —dijo al fin, con voz baja—. Haz lo que puedas con los medios. A primera hora me reuniré con prensa. Que preparen una nota oficial si hace falta. Pero ahora necesito pensar.
Patricia pudo escuchar la duda en su voz al responder:
—¿Quieres que vaya?
Sonrió. Sabía que, además de su asesor, Emilio era su amigo más cercano.
—No. De verdad. Intenta dormir un poco, si puedes.
—No voy a dormir, Patricia. Y tú tampoco deberías quedarte sola con esto.
Patricia suspiró. Le vendría bien la compañía para distraerse un poco, la verdad. Pero en ese momento lo único que le apetecía era estar sola.
—Luego hablamos, Emilio.
Colgó antes de que él insistiera.
El silencio volvió, pero distinto: ya no era vacío, sino denso, lleno de ecos. Patricia dejó el móvil boca abajo, se sirvió más café y se quedó mirando por la ventana. El cielo empezaba a palidecer por el este.
No sabía si la madrugada estaba terminando o si el día acababa de empezar a arruinarse.
Para las seis ya no quedaba rastro de la noche. Patricia no había dormido un minuto. Había pasado la última hora delante del portátil, abriendo ventanas, leyendo titulares, redactando borradores de comunicados que borraba enseguida. Todo sonaba falso, calculado, o peor aún: desesperado.
No hay nada que aclarar porque no hay nada que ocultar. Lo leyó dos veces, frunció el ceño y lo borró. Sonaba altivo.
Probó de nuevo: Cada foto cuenta una historia. No siempre la verdadera. Tampoco. Demasiado literario.
Tecleó: Mi vida privada no forma parte del debate público. Y soltó un suspiro. Era cierto, pero sonaba a rendición. Pulsó la tecla de borrar hasta dejar la pantalla en blanco.
Se pasó una mano por el pelo, volvió a intentarlo: He aprendido que el silencio también puede ser una forma de dignidad. Parpadeó. Por un instante casi le pareció bien, pero enseguida imaginó los titulares: «La presidenta se refugia en el silencio». No. Tampoco eso. Dio un golpe seco a la mesa y se frotó la frente. No había frase posible que no pareciera una excusa.
El cursor parpadeaba en la pantalla del comunicado vacío, impaciente, como si también la juzgara. Antes de escribir nada, abrió los titulares otra vez. No debía hacerlo, lo sabía, pero era como rascarse una herida.
«Polémica en la Generalitat: la presidenta y el líder sindical, unidos en la foto que nadie esperaba».
«Ella defiende la privatización, él la denuncia. ¿De enemigos declarados a algo más que aliados?».
«La presidenta Segura, víctima de una trampa mediática orquestada por la izquierda».
«Privatiza hospitales, pero comparte confidencias con quien los quiere públicos».
Patricia soltó una carcajada seca.
—Fantástico. Ni necesitan guionistas —murmuró, pasando al siguiente.
«Cuando la derecha se rinde a la izquierda: la foto que incendia el país».
«Cuando la tensión política se vuelve química».
Era la sinopsis de una telenovela barata. Y ella, la protagonista.
Suspiró, dejándose caer contra el respaldo de la silla. Masajeó sus sienes intentando contener la migraña que se avecinaba. Era demasiado con lo que lidiar tan temprano.
Cada tanto anotaba algo en una libreta, más por costumbre que por utilidad:
Negar relación personal.
Evitar ataque a N.
Mantener tono institucional.
Ese último lo subrayó dos veces.
El móvil vibró, y el nombre volvió a aparecer: Emilio. Lo ignoró. Luego otro número, desconocido. Ignoró también. Después, una llamada de su equipo de Comunicación. Cogió aire, contestó, escuchó, prometió reunirse más tarde. Habló con voz firme, profesional, como si no llevara toda la noche sosteniendo la cordura con las uñas.
Cuando colgó, volvió el silencio doméstico, ese que solo se rompía con los ruidos más pequeños: el goteo de la cafetera, algún ruido de la calle, el pitido breve de una notificación. Patricia lo percibía todo con una claridad excesiva, como si su cuerpo aún no hubiera decidido en qué modo estar: defensa o rendición.
A las siete y cuarto, cuando por fin parecía que el teléfono se había calmado, sonó una vez más.
Néstor.
Le bastó ver las letras en la pantalla para sentir un vuelco en el pecho. No contestó.
Dejó que sonara, que se cortara, que volviera a sonar. Una, dos, tres veces. Al final lo puso en silencio. No quería escucharlo. No ahora. No cuando todo su entorno estaba diseccionando esa maldita foto como si fuera una prueba de Estado.
Caminó por la sala, móvil en mano, sin saber si lo que sentía era rabia o miedo. O las dos cosas. Le costaba incluso ordenar lo que pensaba de él en ese momento. Sabía que Néstor no había buscado esto, pero también sabía que no iba a callarse. No era de los que dejaban que una versión se instalara sin responder. Y cualquier palabra que dijera, incluso para defenderla, podía hundirla más.
El móvil vibró otra vez, ahora con un mensaje: Tenemos que hablar.
Breve, sin adornos, como todo lo que él escribía. Patricia lo leyó dos veces y no respondió. Borró la notificación, apagó la pantalla.
Empezó a redactar un comunicado, solo una línea, algo neutro:
La presidenta de la Comunitat lamenta la difusión de imágenes descontextualizadas y reitera su compromiso con la transparencia institucional.
Lo releyó. Era aséptico, inútil. Sabía que nadie iba a creer una frase tan perfecta. Pero también sabía que no podía decir más. Que si entraba en el terreno personal, estaba perdida.
El móvil volvió a encenderse solo, vibrando sobre la mesa. Otra llamada de Néstor.
Patricia lo observó sonar sin moverse. Podía contestar, pedirle que se mantuviera al margen, que no dijera nada. Pero la sola idea de oír su voz ahora la descolocaba.
No confiaba en sí misma para no sonar alterada.
No confiaba en él para no provocarla.
El timbre de la puerta la sobresaltó. No esperaba a nadie. Se asomó por la mirilla y tardó un segundo en reaccionar.
Era él.
De pie en el porche, con esa mezcla de cansancio y desafío que le conocía bien. Llevaba la misma cazadora que le había visto el día anterior colgando de la silla de su despacho, el pelo despeinado, el gesto firme. No había cámaras, al menos no a la vista, pero Patricia sintió el impulso inmediato de fingir que no estaba en su casa.
Sabía que jamás se lo creería. Además, peor sería que los medios lo vieran esperando en su puerta.
La abrió apenas unos centímetros al pensar en eso.
—No deberías estar aquí —dijo, seca.
Él la miró con una calma que la irritaba.
—Tampoco deberías estar sola con todo esto.
Patricia puso los ojos en blanco.
—No necesito compañía.
—No he venido a hacerte compañía.
Silencio. Patricia se dio cuenta de que seguía en bata, con el pelo ahora rizado por la humedad, y eso la incomodó más que toda la prensa junta.
—Vete, Néstor. En serio. —Intentó cerrar, pero él apoyó la mano en el marco sin forzar, solo lo suficiente para frenar el gesto.
—Necesitamos hablar —dijo, insistente—. Si no es ahora, volveré luego. Pero tiene que ser antes de que hablen otros por nosotros.
Sabía que tenía razón, aunque odiara admitírselo incluso a ella misma. La frase la tocó justo donde dolía. Lo miró, cansada, sin decir nada.
—Cinco minutos —añadió él, más suave—. Si después quieres que me vaya, me voy.
Ella suspiró, cansada. Abrió la puerta del todo para dejarlo pasar.
—Cinco minutos —repitió.
Al entrar, pudo ver los ojos de él mirándola de arriba abajo por un segundo. Descalza, Néstor era al menos una cabeza más alto. Y con esa bata de seda rodeándole el cuerpo desnudo se sentía demasiado expuesta.
Tampoco era como si no la hubiera visto entera ya.
Bajaron las escaleras sin decir nada. Patricia iba delante, él detrás, a un par de pasos, pero su presencia llenaba todo el espacio. En la sala, ella se dejó caer en la silla frente al ordenador, donde aún tenía abierto el borrador del comunicado. El cursor parpadeaba sobre la palabra transparencia, como si se burlara de ella.
Néstor se quedó de pie, observándola unos segundos, hasta que ella habló sin levantar la vista:
—Si has venido a decirme que esto es una locura, ya lo sé. Si has venido a pedirme que dé explicaciones, no pienso hacerlo.
Lo escuchó respirar hondo, como si estuviera midiendo las palabras.
—He venido a saber qué vas a hacer.
La voz de él era grave, contenida. No había reproche, pero sí algo de cansancio.
—Nada que tenga que ver contigo. —Tecleó una frase, la borró, volvió a teclear otra—. Y te agradecería que no dijeras nada. Ni a la prensa, ni al sindicato, ni a nadie.
De reojo, pudo verlo pasarse una mano por la nuca y clavar la mirada en la pantalla del portátil antes de volverla hacia ella.
—Patricia…
Ella levantó la vista despacio, sin girar del todo el cuerpo. Sus ojos, cansados, parecían un aviso.
—No, en serio. Cuanto menos digas, mejor para los dos.
Mientras hablaba, empezó a rascarse el pecho con los dedos, justo en la apertura de la bata. Al principio, apenas un gesto nervioso; luego, con más insistencia, casi sin darse cuenta.
Néstor frunció el ceño, dando un paso más cerca.
—¿Qué haces?
—Nada —respondió, devolviendo la vista a la pantalla. —¿Escribir?
Él se acercó y le tomó la muñeca con suavidad. El contacto fue breve, pero bastó para que ella se tensara.
—Para.
Patricia se quedó quieta, sorprendida, sus ojos fijos en Néstor mientras él apartaba con cuidado la tela y miraba. La piel estaba enrojecida, salpicada de manchas irregulares que subían hacia el cuello.
—Te ha salido un brote.
—Ya lo sé. —Retiró la mano, incómoda—. Me pasa cuando me estreso.
—Pues no te rasques, que es peor.
Ella lo fulminó con la mirada, con una mezcla de vergüenza y fastidio.
—No estás aquí como mi médico, ¿vale? —soltó, cortante—. Así que no me jodas con eso.
Él suspiró, bajó la mirada un segundo y dio media vuelta hacia la cocina. Patricia lo siguió con los ojos, entre irritada y agotada, mientras él desaparecía por el marco de la puerta.
—¿Qué haces ahora?
—Buscarte algo para que se te pase un poco, hasta que vayamos al hospital y te doy una crema con corticoides.
Su voz venía desde dentro, acompañada del sonido de cajones abriéndose.
—No necesito nada.
—Ya. —Escuchó un armario, después otro, como si estuviera revisando sin prisa—. Pero te lo voy a traer igual.
Patricia giró la silla hacia él, cruzando los brazos. No podía verlo directamente, pero el reflejo de su sombra moviéndose por la cocina le dejaba adivinar fácilmente lo que hacía. Lo imaginaba moviéndose con naturalidad, abriendo cajones, apartando cosas, como si conociera el espacio de siempre.
—¿Te puedes creer esto? —murmuró—. Entra en mi casa, se pasea por mi cocina como si viviera aquí, y encima me da órdenes.
—Tienes hielo —respondió él desde lejos, ignorando el comentario—. Perfecto.
Cuando volvió, llevaba un paño de cocina y dentro un puñado de cubitos envueltos. Se acercó con calma, sin mirarla directamente.
—Póntelo aquí —dijo, extendiéndoselo hacia el pecho.
—No pienso ponerme eso.
—Es un truco, funciona.
—Lo que funciona es que te vayas antes de que lleguen los periodistas a mi puerta.
Néstor la miró, serio, sin moverse. Su expresión no era de enfado, sino de terquedad tranquila.
Patricia soltó un suspiro, agotada. Se frotó la frente, intentando contener la marea de nervios.
—De verdad, Néstor, como venga la prensa y te vea aquí, nos hacen un documental de Netflix antes del desayuno.
Él sonrió apenas, con un gesto que no llegó a ser burla, y siguió ahí, tendiéndole el paño. Esperando.
Ella lo miró unos segundos, indecisa, antes de cogerlo con brusquedad y colocárselo sobre el pecho.
El frío la hizo estremecerse, una punzada que le devolvió el aire.
—¿Ves? —dijo él, bajando la voz—. Te dije que funcionaba.
—Eres insoportable —murmuró ella, apretando el hielo contra la piel.
—Y tú muy mala paciente.
Patricia no respondió. Mantuvo el hielo contra la piel, mirando la pantalla del ordenador como si pudiera seguir trabajando, aunque ya no leía nada. Néstor seguía allí, de pie, a su lado, y el silencio que se instaló entre los dos ya no era incómodo. Era otra cosa: denso, cargado, casi familiar.
—¿Vas a negarlo todo? —preguntó él al fin, con voz baja, sentándose en la silla a su lado.
Patricia no levantó la vista. Llevaba un buen rato tecleando, borrando, volviendo a escribir. Frases que sonaban falsas, comunicados que no decían nada.
—Sí —respondió, seca—. Diré que no hay nada. Que la foto está sacada de contexto. Algo neutro, que suene a institución y no a novela.
Dejó el hielo a un lado y volvió a mirar la pantalla. Tecleó una línea, la dejó, la miró con desdén y la borró. Repitió el gesto dos veces más.
—Pero estoy jodida —admitió después de unos segundos, en voz baja—. Si hablo, alimento el rumor; si me callo, parezco culpable. No hay forma de ganar esto; solo tratar de que muera cuanto antes.
Él asintió, la mirada fija en la pantalla como si pudiera adivinarle las estrategias. Se quedó sentado, tan cerca que Patricia sentía el calor de su hombro. Por un momento los dos se conformaron con el ruido del ventilador del portátil.
Patricia se frotó el cuello con la mano libre. La piel del pecho se le había enrojecido otra vez, y sin darse cuenta empezó a rascarse con insistencia. Néstor, al verla, le sujetó suavemente la muñeca.
—No te rasques, que es peor.
Su tono era más suave ahora, casi un ruego.
Ella lo miró con fastidio, aunque no apartó la mano.
—Ponte el hielo.
Patricia resopló, pero obedeció. El frío le arrancó un escalofrío y cerró los ojos un instante.
—Me pasa desde siempre —murmuró—. Cuando me estreso, la piel se me pone así.
—Pues intenta no empeorarlo —dijo él despacio, bajando la voz, como si temiera romper algo frágil.
Ella sonrió apenas, cansada.
Durante unos segundos ninguno habló. Patricia se centró en el cursor parpadeante, en el sonido tenue de su propia respiración. Luego, sin mirarlo, preguntó:
—¿Cómo te has enterado?
Todavía podía sentir el calor de la mano de Néstor alrededor de su muñeca. Tenerlo tan cerca no ayudaba para nada.
—Me lo mandó Pedro, el de radiología, a las seis de la mañana. Ya estaba por todos los grupos del hospital para cuando vi su mensaje. —Hizo una pausa, como si tuviera que pensar si era buena idea seguir o no—. Y sí, he leído algunos titulares. Muy inspirados.
Patricia soltó un resoplido, apoyando el codo en la mesa.
—Los periodistas se superan. «La presidenta en buenas manos», «la política que se rinde ante su médico»… Me están montando una telenovela.
—A mí me ha tocado lo de «el sindicalista que rompe corazones» —respondió él con media sonrisa, ladeando la cabeza—. Cuando mis hermanas se enteren no se callarán más.
Ella no pudo evitar reír.
La risa le salió limpia, desprevenida, y durante un instante Néstor pareció quedarse quieto, mirándola como si no esperara verla así.
Cuando sus miradas se cruzaron, el aire pareció volverse más pesado de repente.
Él sonrió apenas, una sonrisa breve, contenida, y negó despacio con la cabeza, como si intentara disipar lo que acababa de sentir.
—En fin, me han jodido la reputación científica para siempre.
Ella puso los ojos en blanco, sin mirarlo. El momento claramente había acabado antes de empezar.
—Tampoco la tenías tan limpia.
—Bueno, la tuya ha quedado peor —replicó él, medio en broma, medio en serio.
Patricia se echó hacia atrás, riendo otra vez. Le había gustado ver cómo la miraba cuando lo hacía.
—Dios, qué desastre —dijo, llevándose una mano a la frente.
Néstor no dejaba de sonreír.
—Menudo espectáculo —soltó.
Durante un instante el ambiente se aflojó. La risa se coló entre ellos como una tregua breve. Pero en cuanto el silencio volvió, todo cambió de peso. La distancia entre sus sillas parecía haberse encogido; el aire se volvió denso, eléctrico.
Él la miró un momento, ahora más serio, antes de hablar:
—¿Y qué vas a hacer, en serio?
Patricia se encogió de hombros, exhalando despacio.
—Lo que pueda. Callar, esperar. Fingir que no me afecta.
—Pero te afecta —dijo él, sin tono de reproche, solo constatando.
Ella no respondió. Se mordió el labio, bajando la vista.
Claro que le afectaba. Incluso más de lo que admitiría frente al espejo. A veces sentía que toda su vida era una representación continua: el gesto medido, la frase precisa, la sonrisa ensayada. Todo para no dejar grietas por donde pudieran colarse los demás.
Porque en su mundo, las grietas no se perdonaban.
Y, sin embargo, con Néstor parecía que la fachada se resquebrajaba sin esfuerzo.
No tenía que sostener el personaje. No hacía falta fingir calma ni parecer invulnerable. Podía callarse, podía enfadarse, podía ser simplemente eso: una mujer cansada intentando mantenerlo todo en pie.
Con él delante, dejar de fingir resultaba casi un alivio.
—Tú te quedas callado —añadió después, tratando de alejar ese descubrimiento que acababa de hacer. Era demasiado como para lidiar con eso también ahora—. No publiques nada, no hables con nadie…
La frase le salió seca, sin aire. Se dio cuenta de que tenía las manos tensas sobre el teclado, los nudillos blancos.
Estaba nerviosa, y ya no solo por las fotos filtradas.
—No pienso hacerlo.
Él lo dijo con calma, sin levantar la voz, pero con esa firmeza que no admitía réplica. Había en sus ojos algo parecido a la comprensión… y eso la desarmó.
—Bien —se limitó a decir.
No confiaba en su voz en ese momento.
El silencio volvió a caer, espeso, casi físico. Patricia sintió cómo el aire de la sala se volvía más denso, como si cada respiración costara un esfuerzo.
Intentó devolver su atención a la pantalla del ordenador, pero lo único que podía era sentir la mirada de él, quieto, observándola con esa paciencia que la confundía, como si esperara que ella dijera algo más.
De repente, el murmullo de Néstor pareció absorber el poco aire que quedaba.
—Pero contigo tampoco voy a fingir que no pasa nada.
Ella levantó la vista despacio, los párpados pesados. Durante un segundo no supo si lo había escuchado bien.
—No pasa nada —repitió, intentando sonar convincente, su voz terminando la frase con un dejo de interrogación.
El reloj marcó un segundo, luego otro. Afuera, el ruido del tráfico parecía más lejano que nunca. Patricia bajó la vista, fingiendo revisar algo en la pantalla, aunque no veía las letras. Las manos le temblaban sobre el teclado, pequeñas vibraciones que trató de disimular entre los clics.
Néstor se inclinó hacia atrás en la silla, cruzándose de brazos. Pero su mirada seguía fija, anclada en ella.
—Tal vez podríamos aprovechar el momento para hablar de esto —dijo, tan bajo que, por un segundo, Patricia consideró fingir que no lo había escuchado.
En su lugar, alzó los ojos, frunciendo apenas el ceño.
—¿Esto? —preguntó, sabiendo que lo peor que podía hacer era seguirle el juego, intrigada por saber hasta dónde llegaría.
—Sí —dijo él, sin apartarle la vista—. Lo que pasa aquí. —Hizo un leve gesto con la cabeza, señalando entre los dos.
Patricia soltó una risa corta, seca, que sonó más nerviosa que divertida.
—No pasa nada… —Imitó el gesto del dedo, exagerándolo con ironía—, aquí, Néstor. Ya lo sabes.
—¿Y tú te lo crees?
Ella parpadeó, sintiendo un calor incómodo subirle por el cuello. ¿De dónde venía este interrogatorio?
—Claro que me lo creo —respondió, como si fuese una obviedad.
Néstor la observó un segundo más, con esa calma que a ella le resultaba insoportable, como si pudiese ver a través de ella con mucha facilidad.
—Yo no —dijo, con una convicción que la sorprendió.
Patricia alzó las cejas, más irritada con ella misma que con él.
—Pues es tu problema. —Hizo un ademán vago de teclear algo en el ordenador—. Bastante tengo con lo que dicen fuera como para que también tú…
—No estoy diciendo nada que no sintamos los dos —interrumpió, con una voz cansada, como si estuviera harto de escuchar sus excusas.
A pesar de que su tono fue suave, la frase la atravesó.
Dejó el teclado, pero sin mirarlo.
—No hables por mí —murmuró.
No era el momento para esa conversación, y no entendía cómo eso no le parecía evidente a Néstor. El caos que se les venía encima bastaba por sí solo: su reputación, su carrera, la de él. En tres días podían estar los dos desempleados, pensando qué emprendimiento montar juntos.
Ninguno, claro. Jamás se pondrían de acuerdo en nada.
—No hace falta —replicó él, en voz baja, devolviéndola al presente—. Se nota.
Patricia soltó el aire lentamente y miró hacia otro lado, pero la tensión siguió ahí, flotando. Podía sentir los ojos de Néstor pegados a ella, observándola con atención, analizándola. Como si no quisiera perderse ni un mínimo detalle.
El silencio se volvió tan espeso que podía oír su propia respiración.
—Deja de mirarme así —pidió Patricia de repente.
En ese momento, volvió a girarse hacia él, solo para comprobar sus sospechas.
Los ojos de Néstor estaban fijos en su cara.
—¿Así cómo? —preguntó él, inclinándose hacia adelante, la voz cargada de algo que no llegaba a decir.
La distancia se acortó apenas, lo suficiente para que ella sintiera el calor de su cuerpo mezclarse con el suyo. No la tocó, pero su presencia la envolvía, densa, casi física.
—Néstor —intentó detenerlo, pero su voz temblaba más de lo que lo hacían sus manos—. No sigas.
Lo vio asentir despacio, aunque sin apartar la vista.
—Vale. No sigo —respondió.
Pero no se movió. Ella lo sintió aún ahí, su respiración tranquila, el calor de su cuerpo cerca.
Patricia suspiró, rendida.
—Esto —señaló el espacio entre ambos, tal como había hecho él unos minutos antes—, no puede pasar —dijo casi en un susurro, más para sí misma que para él.
—No está pasando. —La voz de él fue baja, contenida, como si estuvieran compartiendo un secreto que nadie más debía escuchar—. Solo estamos hablando.
Ella asintió, solo por hacer algo.
—Ya. —Tragó saliva, intentando recomponerse—. Pero no parece una conversación.
Néstor ladeó la cabeza, y el gesto, tan leve, la desarmó.
—¿Y qué parece entonces? —preguntó, con una inocencia que no le encajaba para nada.
Patricia suspiró. Debería estar enfocada en el comunicado, en planear lo que iba a decir o no decir, en lo que los medios estuvieran hablando.
Pero toda su atención se la estaba llevando el hombre que tenía delante.
—Parece —dijo ella, despacio, como midiendo cada palabra— que estás intentando que diga cosas que no son.
Néstor esbozó una sonrisa leve, apenas una sombra, pero pudo verla claramente.
Todo era una pésima idea.
—¿Y tú de verdad crees que no son? —Las palabras de él le golpearon el rostro; así de cerca estaban.
Patricia bajó la vista. El pulso le latía en el cuello con fuerza. Quiso responder, pero no encontró una frase que no la delatara.
Néstor se inclinó un poco hacia ella, lento, dándole margen para apartarse si lo deseaba.
—No deberías… —empezó a decir ella, sin moverse, limitándose a alzar la mirada y encontrar sus ojos.
—Ya lo sé. —La voz de él fue un murmullo, tan bajo que casi se confundía con el aire.
Levantó una mano, con una torpeza que lo humanizaba, y le apartó un mechón de pelo de la mejilla, sus dedos rozándole la piel apenas un instante. Suficiente para que ella cerrara los ojos.
El silencio los envolvió. Patricia sintió el calor de su aliento, la aspereza de la mano de Néstor en su cara, el corazón marcando un ritmo que no podía controlar.
—Patricia… —susurró él.
—Mmh? —respondió ella, apenas un hilo de voz.
Y justo cuando él se inclinó un poco más, cuando sus labios estuvieron a punto de respirar sobre los de ella, el móvil de Patricia empezó a sonar. Un zumbido breve, después insistente, vibrando sobre la mesa como una alarma.
Ambos se quedaron inmóviles. Néstor, aún inclinado; ella, con los labios entreabiertos, sin saber si respirar o hablar.
El tono seguía sonando, perforando el aire. Patricia parpadeó, como si despertara de un sueño.
—Tengo que cogerlo —dijo al fin, los ojos fijos en su boca.
Néstor asintió despacio.
—Claro.
Ella buscó el móvil a tientas, sin apartar del todo la mirada de él. Le temblaban las manos.
—Sí —contestó, forzando una voz neutra.
Del otro lado, la de Emilio sonaba entrecortada, nerviosa:
—Vamos para tu casa con el equipo de prensa. Llegamos en cinco minutos, como mucho.
Patricia se enderezó de golpe.
—¿Cinco minutos? —repitió, como si no lo hubiera entendido bien.
—Sí, cinco. Tenemos que preparar la declaración, hay cámaras ya en la puerta del hospital y… —La voz de Emilio se aceleraba, atropellada—. No apagues el móvil, ¿vale? No lo apagues.
Ella se levantó de golpe, empujando la silla para atrás.
—Vale, vale, aquí os espero —interrumpió, intentando sonar firme.
Colgó antes de que él siguiera hablando.
Se quedó quieta un segundo, mirando el teléfono en su mano, luego alzó la vista hacia Néstor.
—Tienes que irte —dijo, casi sin aire.
Él frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Emilio viene con el equipo de prensa. En cinco minutos están aquí.
Néstor asintió, comprendiendo.
—Vale.
—No, en serio, tienes que irte ya —repitió ella, acercándose para levantarlo de la manga y empezando a empujarlo suavemente hacia las escaleras—. No puedo tenerte aquí cuando lleguen, sería ridículo.
Él se dejó guiar, sin resistirse, con esa media sonrisa que aparecía justo cuando ella menos la necesitaba.
—Ridículo para quién —preguntó, en voz baja—, ¿para ti o para ellos?
—Para todos —replicó, sin mirarlo, concentrada en que avanzara—. Vamos, muévete.
Néstor subió un escalón más despacio de lo necesario.
—Te llamo luego —dijo, sin apartar los ojos de ella.
—No me llames —contestó, casi sin pensarlo.
Él arqueó una ceja.
—¿Ni para confirmar que sigues entera después de todo esto?
—Ni para eso —murmuró, empujándolo un poco más, con una mano firme en su brazo.
—Patricia… —Su voz bajó un tono, más tranquila, más cercana—. Dime cómo puedo ayudarte.
—No puedes. —Ella le sostuvo la mirada apenas un segundo antes de apartarla—. Solo no estés aquí.
—Voy a estar pendiente —insistió él, ya en el recibidor—. Si pasa algo, si necesitas que hable con alguien…
—No —lo cortó, abriendo el pestillo—. De verdad, vete.
Néstor apoyó una mano sobre la puerta, sin abrirla todavía.
—Esta conversación no está terminada.
Patricia levantó el mentón, firme.
—Claro, la retomamos cuando no seamos el culebrón nacional —respondió, con la ironía evidente en su voz.
Él dio un paso en su dirección y, bajando la mirada hacia ella, agregó:
—Y ya de paso les damos la segunda temporada.
Patricia no pudo evitar sonreír, apenas.
Cuatro minutos.
—Fuera —repitió, empujándolo de nuevo hacia la puerta.
—Voy —contestó Néstor, retrocediendo un paso, no sin girarse una última vez—. Me llamas si necesitas algo.
Esa vez, Patricia asintió.
Le gustaba sentir que le importaba.
Cuando Néstor cerró la puerta, el silencio fue casi un alivio.
Patricia apoyó la frente contra la madera, respiró hondo y contó hasta tres.
Tenía que pensar en Emilio, en la prensa, en el comunicado.
Tenía que.
Pero no lo hizo.
Solo pensó en él, y en cómo iba a desmentir lo que claramente ya era cierto.
