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Language:
Español
Series:
Part 7 of Médico y paciente
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Published:
2026-02-03
Words:
4,421
Chapters:
1/1
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4
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18
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301

Lo que pasa en el despacho

Summary:

Patricia y Néstor y una cena compartida.

Notes:

Mención especial a Patricia y Elena que tuvieron esta idea, yo solo aporté el menú.

Mención muy especial a mi país que tiene las mejores empanadas del mundo y si no fuera vegetariana viviría a base de empanadas fritas de carne.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

El edificio entero de la Generalitat parecía haberse recogido sobre sí mismo, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. A las diez de la noche, no quedaban pasos en los pasillos, ni voces amortiguadas detrás de las puertas, ni el murmullo constante de la actividad administrativa que durante el día lo llenaba todo. Solo el zumbido bajo y persistente del aire acondicionado y la luz blanca cayendo en vertical sobre la mesa de Patricia, aislándola en un círculo de claridad artificial.

La chaqueta llevaba horas colgada en el respaldo de la silla. Las mangas de la camisa, remangadas sin cuidado, como si se las hubiera subido sin pensar. El pelo, recogido en un moño que ya no era un moño sino una concesión práctica al cansancio, sostenido más por inercia que por firmeza. Frente a ella, una carpeta abierta, subrayada en tres colores distintos, con post-its sobresaliendo como pequeñas banderas de alerta. Un problema de la Conselleria de Sanidad que nadie había querido tocar en serio: un contrato mal adjudicado, un proveedor amenazando con judicializarlo todo, una cadena de decisiones grises tomadas por gente que ya no estaba allí para responder por ellas.

Patricia sí estaba.

Le dolían los ojos de fijarlos demasiado tiempo en el mismo párrafo, pero no levantaba la vista. Cada frase la leía dos veces, a veces tres. No por inseguridad, sino por control. A esa hora, cuando el cansancio empezaba a empujar desde dentro, era cuando más fácil resultaba cometer errores. Y ella no podía permitírselo. No ahora. No con ese tema. No con esa sensación persistente e incómoda de que todo estaba sostenido con alfileres y que cualquier descuido podía hacerlo caer.

Se pasó la mano por la cara, despacio, arrastrando los dedos desde la frente hasta la barbilla, como si intentara desperezarse por dentro. Pensó, sin querer, que llevaba horas sin mirar el móvil. Lo había dejado boca abajo, a la izquierda del ordenador, como si así pudiera neutralizarlo. Como si al no verlo pudiera evitar lo que contenía. No quería ver mensajes. No quería comprobar si había alguno de él.

El día anterior seguía ahí, incrustado, como una astilla.

El cuerpo de Ximo recién sacado de la morgue. La imagen del TAC en la pantalla, impasible, objetiva. El cuerpo de Néstor, tenso, demasiado quieto, al lado del suyo, esperando un resultado que no fue el que habían pensado.

Sophie no había mentido. El tratamiento había funcionado en Ximo; las metástasis casi habían desaparecido. Como las de Patricia.

Pero Ximo había muerto, y ella ni siquiera tenía un efecto secundario.

Entonces Néstor explotó.

No había gritado al principio. Eso fue lo peor. Ese silencio previo, la rigidez en la mandíbula, esa forma suya de quedarse inmóvil cuando algo no encajaba con lo que él había asumido como cierto. Luego sí: la voz elevándose contra Sophie, contra su propio error, contra la idea misma de haberse equivocado. Insistiendo en que aquel resultado no podía ser posible, como si repetirlo pudiera hacerlo desaparecer.

Patricia recordó su propia voz, más alta de lo que pretendía, cortando en seco, sin espacio para matices:

—Néstor. Basta ya.

La cara de decepción de él se le había quedado grabada. No había podido olvidarla.

No habían hablado después. Ni esa noche ni durante todo el día siguiente. Ella se había refugiado en el trabajo con una disciplina casi militar, llenando cada minuto para no pensar. Él había desaparecido en un silencio que no era estratégico ni prudente: era herido. Y eso, más que cualquier reproche, le había pesado.

Patricia cerró la carpeta con un gesto seco, como si al hacerlo pudiera cerrar también ese recuerdo. Miró el reloj de la pared. Las diez y diez.

Pensó que debería irse.

Pensó también que no lo haría.

Estar allí, sola, con un problema concreto que podía desmenuzar y ordenar, le resultaba infinitamente más soportable que estar en casa con pensamientos sin forma, con preguntas sin respuesta.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

Un golpe breve. No insistente. Casi educado.

Patricia levantó la cabeza de golpe. El corazón le dio un salto absurdo, infantil. Durante una décima de segundo pensó que se lo había imaginado. Nadie llamaba a esa hora. Nadie debía quedar ya en el edificio.

—¿Sí? —dijo, con la voz un poco más tensa de lo normal.

Otro golpe. Igual de contenido.

Se incorporó despacio, apoyando las manos sobre la mesa, notando cómo el cuerpo reaccionaba antes que la cabeza. Miró alrededor, como si el despacho pudiera darle una pista, como si las paredes fueran a advertirle de algo.

—Adelante —dijo al fin.

La puerta se abrió despacio, sin prisa, como si quien estuviera del otro lado supiera exactamente lo que hacía. Patricia sintió primero una cosa física: un nudo en el estómago, una tensión inmediata en los hombros. Incluso antes de verlo, lo supo.

Era él.

Néstor entró sin decir nada.

Llevaba el abrigo puesto y una bolsa de papel en la mano, de esas de comida para llevar, ligeramente arrugada por un costado. El despacho se llenó de golpe de su presencia, de algo distinto al silencio que ella había estado respirando durante horas. Algo más cálido. Más humano. Y peligrosamente cercano.

—¿Qué haces aquí?

La pregunta le salió más seca de lo que pretendía. No era reproche, pero tampoco bienvenida. Era, sobre todo, defensa.

Néstor cerró la puerta con cuidado, como si el edificio pudiera escucharles. No se quitó el abrigo. Se quedó ahí, a unos pasos del escritorio, con la bolsa colgándole de la mano, mirándola sin esquivarla, sin esa distancia profesional que solía interponer.

—No vengo a discutir —dijo—. De verdad.

Patricia entrecerró los ojos, incrédula. No sonrió. No se relajó. Lo observó como se observa algo que no encaja con el contexto: fuera de lugar, improbable.

—Emilio me ha dicho que seguías aquí —continuó él—. He pensado… bueno. Que podrías tener hambre. Imaginé que no habías cenado.

No añadió nada más. No justificó su presencia, no habló del día anterior, no intentó reconducir la conversación antes de que empezara. Eso fue, precisamente, lo que la descolocó.

Patricia notó una presión extraña en el pecho. En las últimas semanas se había acostumbrado a su presencia, a la complicidad que habían construido a partir de la desconfianza compartida hacia Sophie. Y el día anterior todo eso se había caído.

O eso había pensado.

Néstor dio un par de pasos hacia ella y alzó ligeramente la bolsa, como si acabara de recordar que la llevaba.

Patricia arqueó una ceja, automática, sin poder evitarlo.

—¿Qué es?

—Adivina —dijo él, apoyando la bolsa en el escritorio para poder quitarse el abrigo y dejarlo sobre una silla.

El aroma de la comida le inundó la nariz y Patricia exageró un olfateo, teatral.

—Empanadas argentinas. De ese sitio que te gusta.

Lo miró fijamente. No disimuló la sorpresa. No pudo.

—¿Te acuerdas de eso?

Néstor asintió, casi con timidez.

—Me lo contaste una vez. Dijiste que eran fritas, de carne, y que te parecían infinitamente mejores que las empanadillas de aquí.

La memoria le cayó encima de golpe.

Se vio a sí misma semanas atrás, en otra conversación mucho más ligera, sentados en su terraza mientras hablaban de comidas absurdas y viajes y cosas que no importaban. Recordó habérselo dicho casi como una anécdota sin peso, sin intención de que quedara. Y, sin embargo, había quedado.

—No me puedo creer que te acuerdes —murmuró.

—Me acuerdo de más cosas de las que parece.

No lo dijo como reproche. Tampoco como promesa. Solo como un hecho.

Patricia respiró hondo y, por primera vez desde que había entrado, se movió. Rodeó el escritorio y señaló el pequeño sofá, ese que casi nadie usaba y que ella reservaba para reuniones incómodas o conversaciones que necesitaban tiempo.

—Ven. Aquí estaremos mejor.

Néstor agarró la bolsa y la apoyó sobre la mesa baja mientras Patricia sacaba unas cervezas de la pequeña nevera que tenía en el despacho. Al volverse, dudó un segundo y luego, sin pensarlo demasiado, se sentó directamente en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá.

—¿En serio? —preguntó él.

—Son muy jugosas —dijo ella—. Si me siento arriba, acabaré manchándolo todo.

Le ofreció una cerveza mientras él abría la bolsa y el olor la golpeó de inmediato: carne especiada, masa frita, algo familiar y completamente fuera de lugar en un despacho institucional a las diez y pico de la noche.

Agarró una sin esperar. Le dio un mordisco y cerró los ojos un segundo, casi con alivio.

—Vale —dijo—. Sí. Son estas.

Néstor sonrió, por fin.

Comieron unos segundos en silencio. Un silencio compartido, cómodo. No era tenso: era de boca llena y pensamientos suspendidos.

—Siempre me hace gracia el lío con los nombres —dijo ella, limpiándose los dedos con una servilleta—. En Argentina llaman empanadas a lo que aquí serían empanadillas. Y lo que aquí llamamos empanada, allí es una tarta.

—¿Y a la tarta cómo le dicen?

—Torta.

Lo dijo con una media sonrisa.

Y por primera vez en toda la noche, Patricia pensó que quizá no todo estaba roto.

Se miraron y sonrieron al mismo tiempo, una sonrisa breve, inesperada, que rompió algo que llevaba acumulándose desde el día anterior. No fue grande ni consciente, pero bastó. Después, Patricia lo vio entrecerrar los ojos, todavía divertido, observándola con atención, como si algo no terminara de encajarle.

—¿Y tú cómo sabes tanto de Argentina?

Patricia dudó apenas un segundo. Lo justo para decidir no entrar en detalles. Luego se encogió de hombros.

—Salí un tiempo con un argentino, hace años.

—Claro —dijo él, con una media sonrisa—. Eso explica muchas cosas.

—Era insoportable —añadió ella—. Corrigiéndome todo el tiempo.

—¿Y aun así saliste con él?

Patricia lo miró. No iba a decirle que lo único que la había mantenido ahí era lo bien que follaban, aunque ahora Néstor fuese una especie de… ¿amigo?

Daba igual. Se le hacía rarísimo siquiera pensarlo en esos términos delante de él, aunque no supiera explicar por qué.

Néstor alzó las cejas, como si siguiera esperando una respuesta. Patricia sonrió, negando con la cabeza, esquivando el tema. En ese momento, él soltó una risa breve y ella lo miró.

Sentada en el suelo de su despacho, con una empanada a medio comer en la mano, pensó que aquella escena no debería estar pasando… y, sin embargo, estaba pasando. Y que, contra todo pronóstico, no quería que terminara todavía.

Néstor se inclinó para agarrar otra empanada y, al hacerlo, la bolsa crujió.

—Mis sobrinas se habrían comido esto en treinta segundos —dijo—. Sin exagerar.

Patricia alzó la vista, con la empanada aún en la mano.

—¿Cuál de todas?

Recordaba las veces que Néstor las había mencionado. Sofía, Martina, Clara, Luna, Salma, Amina… Estaba segura de que se estaba dejando alguna, pero es que eran tantas.

—Aplica a todas, creo —respondió él, sonriendo—. Bueno, menos Salma, una de las mellizas. Esa todavía se comporta como un ser humano decente.

Eso la hizo sonreír. Se apoyó mejor contra el sofá y estiró las piernas.

—A ver. Explícate.

—Lucía, por ejemplo, es un pozo sin fondo. Está en esa fase en la que come como si el mundo fuera a acabarse mañana. Clara… —hizo una mueca— porque si algo le gusta, lo devora. Y si no le gusta, ni lo prueba. Es intensísima.

Patricia rio por lo bajo.

—O sea que ya viene con carácter.

—Muchísimo. El otro día me dijo que no pensaba ponerse el abrigo «por principios» —añadió, marcando las comillas con los dedos.

Patricia alzó las cejas, divertida.

—¿Por principios?

—Por principios —repitió él—. Según ella, si no hacía frío de verdad, ponerse abrigo era mentirle al cuerpo.

Patricia soltó una carcajada abierta, sin intentar contenerla. Hacía tiempo que no se reía así, sin medir el gesto, sin preguntarse cómo sonaba.

—Me cae bien —dijo—. Esa niña me cae muy bien.

Néstor la miró con una mezcla de orgullo y cansancio amable.

—Es agotadora. Pero luego te suelta cosas que te desmontan —dijo, apoyando el codo en la rodilla—. El domingo pasado estábamos paseando y me preguntó si yo era feliz.

La risa de Patricia se apagó un poco. No del todo, pero lo suficiente como para que Néstor la mirara un segundo de más. Ella levantó la vista y se encontró con sus ojos, atentos, abiertos, sin esa barrera profesional que él solía levantar casi sin darse cuenta.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó, bajando la voz.

—Que sí —respondió él sin dudar—. Que lo era.

Bebió un sorbo de cerveza antes de continuar.

—Y me miró con esa cara suya… —hizo un gesto impreciso con la mano— como si estuviera corrigiendo un examen. Como si estuviera comprobando si la respuesta tenía sentido.

Patricia sonrió despacio, escuchándolo con una atención que la sorprendió a sí misma. Le gustaba oírle hablar de sus sobrinas. Le gustaba ese tono distinto: menos médico, menos contenido, menos hombre adulto acostumbrado a sostenerlo todo sin quejarse. Pensó que no solía verle así. Que, en realidad, él mismo no se lo permitía casi nunca.

—¿Y aprobaste? —preguntó.

—Más o menos —dijo él—. Me dijo: «Vale. Pero podrías serlo más si no trabajases tanto».

Patricia tragó saliva. El comentario le llegó con una precisión incómoda. Notó ese pinchazo suave y conocido, esa punzada breve que aparecía cuando alguien ponía en palabras algo que ella llevaba años bordeando sin querer mirar de frente.

Sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Son unas sabias —dijo Patricia al final—. Crueles, pero sabias.

Néstor soltó una risa corta, resignada.

—No le falta razón. Pero claro, díselo tú a alguien de siete años cuando tienes guardias, consultas y media vida metida en el hospital.

Patricia apoyó la cabeza un poco mejor contra el sofá, ladeándola para mirarlo. Pensó en lo extraño que era escucharle hablar así: no desde la responsabilidad, no desde el cansancio heroico, sino desde una ternura sin épica.

—Igual por eso te preguntó —dijo ella después de unos segundos—. Los niños no preguntan por cortesía. Preguntan cuando algo les importa de verdad.

Se sorprendió a sí misma al oírse. No solía hablar así. O, mejor dicho, no solía darse cuenta de que hablaba así. Lo dijo sin levantar la voz, sin énfasis, como si fuera una obviedad, pero notó cómo a Néstor se le aflojaban un poco los hombros al escucharla.

La observó con atención, como antes, pero ahora sin diversión. Con algo más hondo. Más quieto.

—Tú también dices esas cosas —comentó él, como si de repente le estuviera hablando del clima.

Patricia alzó la vista a mitad de bocado.

—¿Qué cosas?

—Las que descolocan.

Ella frunció el ceño, incómoda. No le gustaba que la miraran así, como si estuviera siendo vista desde un lugar al que no había dado permiso.

—No es verdad.

Lo dijo rápido, casi automático. Una negación aprendida.

Néstor negó despacio, sin discutirle.

—Sí lo es —dijo—. Solo que tú lo haces con frases largas y cara de que no estás diciendo nada importante.

Patricia sintió ese pequeño vuelco interno, el que le venía cuando alguien acertaba demasiado. Bajó la vista a la empanada, ya casi terminada, como si allí hubiera algo que ordenar. Pensó que nadie le decía cosas así. Pensó que, en general, la gente la escuchaba para responder, no para entenderla. 

Pensó que Néstor no debería estar viéndola así, tan clara, tan sin esfuerzo.

—Truco de supervivencia —dijo al fin, encogiéndose de hombros.

Era verdad. Decir las cosas importantes como si no lo fueran. Disfrazarlas. Quitarles peso antes de que alguien pudiera usarlo en su contra.

Néstor sonrió apenas. No insistió. No la empujó.

Compartieron una risa suave, de esas que no rompen nada, pero aflojan.

Y pensó, con una mezcla incómoda de lucidez y miedo, que él no le hablaba así por casualidad. Que nadie decía ese tipo de cosas sin estar mirando de verdad. Y que quizá eso era lo verdaderamente peligroso.

Patricia dio el último mordisco y se limpió los dedos con cuidado, consciente de su propia calma. Del cuerpo apoyado contra el sofá. De él, sentado arriba, inclinado hacia delante, ocupando más espacio del que necesitaba sin parecer darse cuenta.

—Tus sobrinas tienen suerte contigo —dijo, sin pensarlo demasiado.

Néstor negó despacio, sin ironía.

—No lo sé. A veces siento que llego tarde a todo.

Ella alzó la vista.

—Llegas —dijo—. Eso ya es mucho más de lo que creen los adultos.

Él no respondió enseguida. La miró como si fuera a decir algo y se detuvo. Como si esa frase hubiera tocado un lugar que no esperaba. O como si, de algún modo, hubiera intuido lo que a ella se le había cruzado por la cabeza en ese instante: que en su infancia solo había sido su tío Vicent quien se había preocupado por llegar. Por estar. Por no desaparecer. El único que le había enseñado algo verdaderamente valioso, mientras sus propios padres parecían preferirlo siempre un poco lejos.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero no pesaba. No apretaba. Patricia notó ese tirón familiar en el estómago. Esa sensación precisa de estar en el borde de algo.

Pensó, otra vez, que no debería estar pasando.

Pensó, también, que estaba pasando igual.

Y no se movió.

Patricia dobló la servilleta con cuidado y dejó la botella vacía sobre la mesa baja. El despacho estaba en calma, como si el edificio entero hubiera aceptado aquella tregua improbable. Ninguno parecía tener prisa por llenar el silencio.

Fue Néstor quien habló de nuevo, con la voz un poco más baja.

—Las niñas querían mucho a… a mi mujer —dijo—. A veces aún preguntan. Sobre todo las pequeñas. Hay cosas que no terminan de entender.

Patricia levantó la vista con cuidado, como si no quisiera invadir ese espacio.

—¿Qué cosas?

—La ausencia —respondió él—. Que alguien deje de estar. Martina, la mayor, lo entiende mejor. Pero las otras… a veces me preguntan cuándo va a volver. O por qué no viene a verlas.

Hizo una pausa breve, casi imperceptible.

—Y una vez me preguntaron cuándo iba a traerles una tía nueva.

Patricia arqueó las cejas.

—¿Así, tal cual?

—Tal cual —dijo él, con una sonrisa cansada—. Como si se consiguieran en el supermercado. Me dijeron: «Bueno, tío, alguna vez tendrás que traer otra».

A Patricia se le escapó una risa suave, más triste que divertida.

—Qué edad tan rara —dijo, girándose hasta apoyar el codo en el sofá, la cabeza descansando en la palma de la mano—. Y tan envidiable a la vez.

Néstor la miró.

—¿Envidiable?

Patricia se encogió de hombros y desvió la mirada hacia la pared detrás de él. Pensó en esas niñas. En esa familia enorme. En que ella había pasado toda su infancia sola, convencida de que al crecer todo eso cambiaría. Que conocería a alguien. Que tendría hijos. Que construiría, por fin, esa familia grande que siempre había imaginado.

Hoy eso ni siquiera le importaba. O quizá sí, pero de una forma cansada. Apenas tenía energía para sostener una pareja.

—La inocencia. Esa edad en la que todo parecía fácil —murmuró—. En la que creías que el amor era algo tan simple como salir a la calle, cruzarte con alguien, enamorarte… y ya está.

Se apoyó mejor contra el sofá, con la mirada perdida en un punto indefinido del despacho.

—Supongo que pensábamos que era una especie de lógica natural. Que si hacías las cosas bien, si querías lo suficiente, el final tenía que ser bueno.

Néstor guardó silencio, escuchándola sin interrumpirla.

—Luego la vida se encarga de demostrarte que no es así —continuó ella—. Que las personas solo son… momentos. Etapas. Gente que se queda un rato y luego se va.

Lo dijo sin dramatismo, casi con serenidad. Como una conclusión aprendida a fuerza de años.

Pensó que debía sonar muy negativa, quizá incluso resentida. Pero la voz de Néstor, cuando habló, fue suave, tranquila, como si estuviera escuchando algo que ya conocía.

—Sí —dijo—. Supongo que uno aprende a ser feliz viviendo con eso.

Patricia lo miró entonces. No con tristeza. Con una lucidez tranquila que no siempre se permitía.

Había algo en la forma en que Néstor la observaba, sin prisa, sin necesidad de resolver nada, que la obligaba a quedarse donde estaba. Pensó que, en aquel despacho silencioso, con el eco lejano de risas infantiles que no eran suyas y la certeza compartida de que la vida nunca había sido tan simple como les prometieron, había algo extrañamente honesto. Y que, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de huir.

El silencio se quedó entre los dos, asentándose con naturalidad. No había urgencia por llenarlo.

Patricia acomodó la cabeza sobre la palma de su mano. El cuello le dolía un poco por la postura, pero el malestar pasó a un segundo plano cuando sintió la mirada de Néstor fija en ella como una presión suave en la piel.

Un mechón de pelo se le había soltado del recogido y le caía por la mejilla, rozándole la comisura de la boca. A ella no le importó.

A él sí.

De reojo, lo vio incorporarse un poco en el sofá. El cuero crujió apenas bajo su peso. Néstor alzó la mano con una duda mínima, un segundo suspendido en el aire, como si todavía pudiera echarse atrás. Luego le apartó el mechón con los dedos, despacio, con un cuidado casi excesivo, llevándolo detrás de la oreja.

El contacto fue leve. Inofensivo.

Y, aun así, Patricia se quedó inmóvil.

Se le cruzó, fugaz, la conciencia de ese límite invisible que casi nadie tocaba ya.

Levantó la vista entonces.

Estaban tan cerca que podía notar su respiración.

Su primer impulso fue no pensar.

Solo necesitaba inclinarse apenas. Nada más. Un gesto mínimo, igual de discreto que el suyo. Sería muy fácil. 

El después sería lo complicado. 

Néstor no se apartó. Tampoco avanzó. La miraba con una concentración absoluta, como si estuviera esperando una señal que no se atrevía a pedir. Como si supiera que ese gesto no podía hacerlo él.

Ella tragó saliva. El espacio era tan pequeño que daba vértigo. Un espacio en el que cabía todo lo que no habían dicho y todo lo que llevaban semanas conteniendo.

Patricia cerró los ojos un segundo. Solo uno. Lo suficiente para ordenar el caos.

Las razones para no hacerlo eran demasiadas, pero ninguna más fuerte que las ganas que la inundaban. Pensó en todo lo que podía perder si cruzaban esa línea. 

Pensó en todo lo que ya estaba perdiendo por no hacerlo.

Solo unos pocos centímetros la separaban de acabar con esa tensión. Y nadie lo vería. No habría testigos. El mundo seguiría girando igual. 

Menos el suyo.

Patricia notó su respiración un poco más profunda cuando Néstor bajó la mirada a su boca. Fue un gesto mínimo. Suficiente.

Ella no se movió.

Tampoco se apartó.

El aire entre los dos se volvió espeso, casi denso. Sintió ese cosquilleo antiguo y reconocible, peligrosamente vivo, recorriéndole la piel con una precisión que la desarmaba. 

Néstor se detuvo a un suspiro de distancia.

—Patricia… —dijo, muy bajo.

No fue la cercanía lo que la hizo reaccionar.

Fue el tono.

Esa forma suya de decir su nombre, sin urgencia, sin exigencia, como si se lo estuviera confiando.

Patricia exhaló despacio. Aflojó el brazo y dejó que la cabeza se apoyara contra el borde del sofá, girándola hacia la tapicería, como una niña que se tapa la cara para no ver lo que sabe que está ahí. Cerró los ojos y negó con la cabeza, un gesto pequeño, obstinado, más de rendición que de negativa.

Después giró el rostro, sin despegarse del sofá, y lo miró.

—Es tarde —dijo.

No añadió nada más.

Néstor sostuvo la mirada un segundo. Patricia vio pasar la decepción por su expresión, limpia, sin reproche. Luego él asintió despacio, aceptándolo como se aceptan las cosas importantes. Las que no se discuten.

Se incorporó y empezó a recoger las botellas y las servilletas casi por inercia, como si el cuerpo necesitara hacer algo para no quedarse quieto. El sonido del vidrio al chocar le pareció demasiado alto, fuera de lugar en aquel silencio tan cuidado.

Patricia lo observó desde el suelo, con esa presión extraña en el pecho que no sabía si era alivio o arrepentimiento. Habló antes de que terminara, antes de que ese gesto suyo se convirtiera en una despedida definitiva.

—Luego limpio.

Néstor se detuvo. No de golpe, pero sí lo suficiente como para que ella supiera que la había escuchado. La miró. Dudó un segundo. Al final, dejó las cosas donde estaban, como si aceptara que no era el momento de ordenar nada.

—Gracias por la cena —añadió ella, con una voz que le sonó demasiado normal para lo que estaba pasando.

—Cuando quieras —respondió él.

No sonó a cortesía. Sonó a posibilidad. Y eso fue, quizá, lo más injusto de todo.

Se quedaron ahí unos segundos más, él de pie, ella todavía sentada en el suelo, separados por una distancia absurda que ya habían estado a punto de cruzar. Patricia pensó que cualquiera de los dos podía decir algo. Cualquier cosa. Que bastaría una frase mal colocada para deshacer lo poco que habían logrado sostener.

Ninguno lo hizo.

Hubo una última mirada, larga, sostenida, cargada de todo lo que no había ocurrido y de todo lo que, ahora, tendría que esperar. De todo lo que no se iban a permitir nombrar.

Néstor se giró, caminando hasta la silla donde había dejado el abrigo. Al ponérselo, Patricia tuvo la sensación absurda de que ese gesto sí era definitivo. Como si hasta entonces todavía hubiera habido una grieta por la que colarse.

Se quedaron unos segundos más, él ya con el abrigo puesto, ella aún sentada en el suelo. La distancia entre ambos no había cambiado, pero ahora pesaba distinto. Más consciente. Más irreversible.

Néstor se acercó a la puerta, apoyó la mano en el picaporte y se detuvo.

No se giró del todo cuando habló:

—Buenas noches, Patricia.

Después, Néstor salió del despacho sin mirar atrás.

Patricia se quedó sola.

El silencio volvió a ocupar el espacio, pero ya no era el mismo. Permaneció unos segundos en el suelo, apoyada contra el sofá, mirando la mesa baja desordenada, las botellas vacías, el mechón de pelo aún colocado detrás de la oreja.

Pensó que había hecho lo correcto.

Pensó también que eso no lo hacía más fácil.

Al final, se incorporó, volvió al escritorio y retomó los papeles, sabiendo que esa noche, aunque nada hubiera pasado, algo había cambiado.

Notes:

Nunca jamás se van a dar un beso lo lamento.

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