Chapter Text
— ¡Juanjo! ¡Mi chico!
El grito le hizo reaccionar y levantó la vista de los papeles que estaba rellenando sobre el mostrador de la planta. La rubia, que se acercaba a él con una sonrisa de oreja a oreja, era inconfundible. No pudo evitar que una sonrisa apareciera también en su propio rostro. Se lanzó a sus brazos en cuanto lo tuvo delante y él la estrechó contra su cuerpo.
— Hombre, ya era hora de que volvieras — le dijo nada más separarse.
— Gracias, yo también te he echado de menos, idiota — su sonrisa delataba que no le molestaba en absoluto ese comentario de su compañero.
— Anda, ve a cambiarte antes de que te digan algo. Hablamos luego, rubia.
— Quien me va a decir nada si eres tú quien lleva la planta, listillo.
Soltó una pequeña risa y dejó un casto beso en su mejilla antes de que la chica desapareciera por el pasillo.
Denna era su compañera de trabajo, su mejor amiga y su mano derecha en todo lo relacionado con el hospital. Así la consideraba él al menos, esperaba que por parte de la rubia también fuera así, aunque fuera el médico de planta y ella una de sus enfermeras. Fue la primera persona a la que le presentaron cuando empezó a trabajar en ese hospital y, desde ese entonces, había sido su mejor amiga y la persona a la que recurría siempre que lo necesitaba. La adoraba y la envidiaba a la vez. En ese momento eran tan solo las seis de la mañana y rebosaba alegría por todos lados, aunque hacía poco más de dos años que se conocían, todavía no había logrado entender cómo es que podía tener tanta energía durante todo el día, parecía que nunca se quedaba sin ella y él algunos días desearía ser un poco más como su amiga. Puede que un poco más risueño, más resolutivo en ciertos aspectos de su vida, menos testarudo y más libre. Denna era así. Un alma libre que vivía cada día como si fuera el último de su mera existencia y, a su misma vez, disfrutaba de su trabajo como nadie.
El aragonés volvió a centrarse en acabar de rellenar los papeles que tenía a medias tras la interrupción de la chica. Cuando acabó, les dio un rápido repaso antes de devolverlos a la recepcionista y volver a su despacho. El tiempo pasaba relativamente lento aunque estaba siendo una mañana tranquila, demasiado para lo que estaba acostumbrado, y la vuelta de las vacaciones de la rubia le había alegrado la mañana —y aligerado un poco la cantidad de trabajo acumulada— pues tenía demasiadas cosas de las que hablar con ella.
— ¿Comemos juntos? — le preguntó la enfermera en uno de sus encuentros por los pasillos.
— ¿Acaso lo dudabas? — la chica negó con una pequeña sonrisa. — Salgo a las dos.
— Yo también. Nos vemos en el vestuario, entonces — Juanjo asintió devolviéndole la sonrisa y esta se despidió con la mano, antes de entrar a una de las habitaciones.
Juanjo hizo su ronda de pacientes, a los que tenía que informar de ciertas cosas sobre su ingreso en el hospital y en cuanto terminó, tan solo le quedaba una hora de turno antes de acabar por ese día. Volvió a su despacho donde había dejado cosas que revisar para antes de finalizar ese día, siempre le había gustado más dejar el papeleo para lo último, e intentó avanzar lo máximo posible entre suspiros de cansancio y manos desordenando su cabello, todo por intentar disminuir su trabajo del día siguiente.
Le encantaba su trabajo. Había querido ser médico desde que tenía uso de razón y siempre supo que lo acabaría consiguiendo. Era un chico muy extrovertido, nunca le había costado hacer amigos aunque también era muy suyo, muy reservado con aquello que creía que no debía ser contado y que solo debía vivirlo él. Pero eso no quitaba que había días en los que estaba demasiado cansado como para disfrutar como le gustaría de su trabajo. Sobre todo esos días en los que le tocaba dar malas noticias a pacientes a los que llevaba tratando mucho tiempo pues los tratamientos no estaban logrando aquello que se propuso en un inicio. En esos días era cuando la frustración hacía acto de presencia en su cuerpo, odiaba no conseguir su propósito pero no siempre sale todo bien y la medicina suele ser un interrogante en esos casos. Sin lugar a duda esa era la peor parte de ser médico.
Tal y como habían acordado, a las dos se encontró con Denna en el vestuario. Entre risas y comentarios, se cambiaron de ropa y se arreglaron para salir.
— Estoy cansadísima — se quejó la chica mientras se rehacía la coleta en el espejo.
— Has perdido la práctica después de las vacaciones, tendrás que volver a acostumbrarte — colgó su mochila al hombro y se apoyó en la pared para esperarla.
— Ojalá haberme quedado de vacaciones más tiempo, no sabes lo bien que he estado en la playa — se acercó de nuevo a su taquilla para coger su mochila y dirigirse hacia la puerta donde estaba Juanjo.
— Cualquiera querría quedarse de vacaciones, cabrona. Pero nos toca trabajar, así que ya puedes ir volviendo a la rutina que últimamente estamos hasta arriba — respondió mientras salía de allí, caminando con la rubia al lado.
— ¿Sabes que te odio? — la ironía en la pregunta hizo que Juanjo soltara una carcajada. — No me recuerdes que ya se me han acabado las vacaciones.
— Nunca podrías odiarme — le dedicó una mueca a su amiga y está rodó los ojos.
Caminaron entre las calles de Madrid hasta llegar al restaurante en el que quedaban siempre. Lo descubrieron juntos pocos días después de conocerse. Tras un largo turno en el hospital en el que todo había sido un caos y se les habían acumulado los pacientes por todos lados decidieron que necesitaban desahogarse, así que quedaron para comer y encontraron el sitio al que ahora iban siempre que querían comer juntos. Se acomodaron en una de las mesas al lado de la cristalera, uno frente al otro y pidieron la comida en cuanto la camarera apareció por la mesa.
— Bueno ¿vas a contarme ya que has hecho en tus vacaciones o voy a tener que seguir esperando? — habló el chico haciendo sonreír a su compañera.
Y así fue como pasaron la comida entre risas y preguntas curiosas sobre lo que la chica contaba. Las historias de la rubia en sus vacaciones por Grecia eran la dosis perfecta para olvidarse, por un rato, de todo lo que rondaba su cabeza y, por supuesto, del trabajo. Entre ambos siempre estaba ese pacto silencioso de intentar hablar lo menos posible de cosas que tuvieran que ver con el hospital fuera de este, pues sabían que también necesitaban olvidarse un poco de todo lo que pasaba entre aquellas paredes blancas si no querían acabar volviéndose completamente locos. Para Juanjo, Denna siempre había sido una persona vitamina. Esas que siempre estaban ahí a pesar de que ella pudiera tener un mal día, esas que conseguían hacerte creer que realmente vales la pena y esas que nunca dejarían que te sintieras solo. Pues eso era Denna para Juanjo y cada día se lo demostraba un poquito más.
— ¿Y no encontraste a ningún hombre que te sacara de pobre? — bromeó Juanjo con una sonrisa ladeada en el rostro.
— Eres idiota — puso los ojos en blanco y le señaló el anillo en su mano. — ¿Te tengo que recordar que estoy prometida?
Juanjo intentó reprimir una carcajada ante la indignación reflejada en el rostro de la chica, pues sabía cómo iba a reaccionar debido a que le encantaba vacilarla siempre que podía.
— Eh, que a mí Álex me cae muy bien y todo eso pero ya podrías haberte buscado alguno que nos mantuviera.
— Algún día entenderé porque te aguanto, pero hasta que ese día llegué seguiré diciendo que te odio — rodó los ojos. — Además, como si no supieras que he estado todo el viaje con él.
La comida terminó mientras continuaban contándose cosas, dos semanas separados y solo intercambiando unos pocos mensajes daban para mucho. Ambos caminaron juntos de vuelta a sus respectivas casas. Se despidieron en el portal de Juanjo con un abrazo, sabiendo que se verían al día siguiente en el trabajo antes de que este subiera hasta su piso. Al entrar dejó la chaqueta en el colgador de la entrada, la mochila en una de las sillas del salón y se sentó en el sofá con un suspiro escapándose de sus labios. El agotamiento cada día era más palpable y no podía relajarse, últimamente los pacientes aumentaban demasiado rápido y les faltaban horas en el día para poder atenderlos.
En los últimos seis meses, Juanjo había aprendido que ser médico de planta era un trabajo mucho más agotador de lo que creía. Informes, tratamientos, consultas, historiales y el largo etcétera de cosas que incluía ese puesto lo estaban llevando al borde del colapso. Lo único que conseguía sacarlo un poco de ese bucle infinito en el que él creía haberse metido era redactar aquellas publicaciones para la revista de medicina más conocida del país. Esas que escribía cada semana y que le servían para, de alguna manera, acercarlo más a la sociedad.
Claro está que el día que Juanjo aceptó ser uno de los médicos que publicara en esa revista no creyó que fuera posible que uno de esos médicos que vivían amargados y parecía que le molestara que el mundo existiera, tuviera que rebatir todo lo que llevaría su firma al final. Evidentemente, también estaba claro que, en cuanto él vio esa situación, decidió hacer exactamente lo mismo con todo lo que llevaría aquella firma al final que en tan solo un vistazo había conseguido detestar. Había comprobado que ambos tenían que publicar una vez a la semana aunque en días distintos, se acabó aprendiendo de memoria los días que le tocaba publicar al contrario, solo para poder leer si había hablado sobre su artículo.
Hacía exactamente setenta y siete días. Setenta y siete días desde el día en el que firmó ese papel que le daría un giro completo a su vida. De veras, que intentó no darle importancia la primera vez que leyó lo que aquel hombre había escrito en contra de su investigación pero se pasó toda la noche leyendo y releyendo la publicación, tanto la parte en la que rebatió su información como la parte en la que él exponía una de sus investigaciones nuevas nada más acabar de echar por tierra su trabajo. Le molestaba de malas maneras que alguien que no conocía de nada quisiera llevarle la contraria a su trabajo, a ese algo que él mismo había comprobado hasta la saciedad y que, bajo su punto de vista, no tenía error alguno. La cabezonería era una de sus grandes virtudes y de ninguna manera dejaría que ese desconocido lo ridiculizara ante todos los lectores de esa revista. No pudo evitarlo y esa misma mañana, tras haber releído el artículo —nunca admitiría que se pasó horas leyéndolo para comprobar que de verdad eso estaba pasando— de esa persona con la que compartía estudios, ya estaba escribiendo su próxima publicación rebatiendo esa nueva información publicada por el hombre además de haber incluido parte de una de sus nuevas investigaciones.
Un tira y afloja que se había mantenido hasta ese día. Tan solo eran dos completos desconocidos que no habían tenido la suerte de coincidir ni una sola vez en sus vidas y ya se detestaban. Lo único que conocían del otro eran las iniciales con las que ambos firmaban los artículos. Denna le había preguntado demasiadas veces a Juanjo sobre ese desconocido, sobre si conocía algo de él como para que siempre estuviera detrás de todo lo que escribía en esa revista y sobre si sospechaba quién era, pero nunca lograba obtener una respuesta en claro pues el chico tampoco sabía nada y tenía claro qué era lo que sospechaba su mejor amiga aunque no hiciera más que negarlo día tras día.
— Sé lo mismo que tú, prácticamente nada. Y ya sé que es lo que piensas, que está ligando conmigo o algo por el estilo y no, estoy seguro de que es un viejo de esos a los que todo el mundo detesta y nadie soporta. No ligaría con él ni aunque por ello me tocará la lotería — se pasó las manos por la cara en un gesto de desesperación bastante común en él.
— Nada, a ti te hace falta salir un día de fiesta conmigo y se te quitan todos los males esos que llevas encima por culpa de esa persona. — Juanjo negó con la cabeza con una sonrisa ladeada en los labios.
— Pues no sé con qué tiempo pretendes que salgamos si no vivo en el hospital de milagro.
— Haces demasiadas horas extras, tienes que descansar. Cógete un día libre y salimos por ahí con estos — Juanjo volvió a negar con la cabeza. — Venga, no me seas un amargado. A ver si vas a acabar siendo igual de amargado que ese médico que te molesta tanto.
— Oye, a mi no me compares con ese — la señaló acusadoramente con el dedo índice. — Nunca seré como ese idiota insoportable. ¿Entendido?
— ¿Me vas a despedir si te digo que lo acabarás siendo como no me hagas caso? — Elevó una de sus cejas con una sonrisa vacilona en los labios.
— Quién sabe, me puedo inventar cualquier cosa para poner en la hoja de despido y me creerían — se encogió de hombros de manera desinteresada con una pequeña sonrisa asomando en sus labios.
— Cabrón. Entendido, nunca serás tan — hizo énfasis en esa última palabra — amargado como ese pero hazme caso y salgamos un día de estos, venga — volvió a pedirle, casi sonó como una súplica.
El suspiro que se escapó de los labios del chico le hizo saber a la rubia que ya había ganado esa batalla, ese plan saldría adelante.
— Como si pudiera negarte algo alguna vez — se resignó a aceptar.
No sabía cómo lo haría pero le haría caso a su mejor amiga.
Comprobó su agenda, ya acomodado en su sofá, intentando encontrar ese día que se pudiera tomar libre para contentar a su amiga y ver si, de esa manera, conseguía salir un poco de las cuatro paredes blancas que lo tenían completamente absorbido. Esa misma semana, tenía diversas reuniones programadas además de la gran cantidad de papeleo que debía realizar y el seguimiento de todos los pacientes a los que llevaba. Adoraba su trabajo sin ninguna duda pero esas semanas tan ajetreadas siempre solían hacérsele cuesta arriba y, realmente, pensaba que podría haber escogido otra profesión, una de esas que no le ocupan prácticamente todo el día, de esas que el trabajo solo se realiza en su puesto y no tienes que llevarte nada a casa. Pero, evidentemente, él quería ser médico y era su primera y única opción.
La mañana siguiente en el hospital fue de todo menos tranquila, el papeleo había aumentado y, con ello, sus niveles de paciencia habían caído en picado. Era uno de esos días en los que era mejor que nadie se acercará a Juanjo si no pretendía solucionarle todo lo que tenía por hacer. Para su suerte, sus compañeros ya lo conocían lo suficiente y, por ese mismo motivo, ni siquiera quisieron decirle que ya se sabían las fechas en las que se haría el Congreso Real de Medicina. Ese al que todos a los que les apasionaba la medicina querían asistir y tan solo unos pocos tenían el privilegio de ser invitados.
Se dirigió hacia la última paciente que debía atender antes de su descanso para la comida. La gran suerte de Juanjo siempre había sido la facilidad de enredar a todo aquel ser humano que hablara con él, sobre todo a todas las señoras mayores que se encontraba por el camino. Eran su gran debilidad y parecía que nunca dejarían de serlo.
La señora Ana era una de esas a las que había enredado con una facilidad asombrosa. El primer día que la ingresaron ya se había convertido en su médico favorito y el único que dejaba que le cambiará los medicamentos. Tras tocar la puerta se asomó y Ana le dedicó una radiante sonrisa.
— ¿Ya vienes a cambiarme los cacharros estos?
— No es nada que no sepa, siempre vengo a la misma hora — habló con una sonrisa mientras hacía el cambio de medicamentos.
— Hoy estaba esperándote.
Juanjo frunció ligeramente el ceño al escucharla.
— ¿Tantas ganas tenía de verme? — intentó bromear, aunque al notar la mano de Ana sobre la suya y su seriedad supo que algo pasaba.
— Ha pasado por aquí antes la chica rubia, esa que tan bien se lleva contigo, no recuerdo como se llama.
— Almudena — la ayudó el chico.
— Eso, Almudena. Pues ha pasado por aquí y me ha dicho que hoy estabas muy raro, decía que no se te podía ni hablar y que llevabas todo el día prácticamente encerrado en ese despacho tuyo — Juanjo rodó los ojos, era evidente que todo tenía que ver con Almudena, esa chica no podía mantener la boca cerrada ni aunque le pagaran por ello y Juanjo lo sabía mejor que nadie. — ¿Ha pasado algo? — la preocupación en su voz era evidente y Juanjo no pudo evitar sujetar su mano suavemente antes de responder.
— Ana, estoy bien. Te lo prometo. Solo es esta gente que hay días que me sacan de quicio. Ya sabes cómo soy. Cuando las cosas no salen como tienen que salir todo me parece que está mal. Pero todo está bien — le dedicó una pequeña sonrisa que la señora mayor le devolvió.
Unos minutos más tarde salió de la habitación 443 y volvió a su despacho para dejar sus cosas antes del descanso. Ana se había quedado mucho más tranquila al saber que Juanjo estaba bien y que solo estaba teniendo uno de esos días en los que todo te molestaba. Juanjo, por su parte, iba ya camino al comedor sin poder evitar escuchar a varios compañeros hablar sobre el congreso, rodando los ojos al instante.
Juanjo no había sido nunca un gran apasionado de los congresos, solía decir que le parecían demasiado fríos, demasiado extravagantes en su totalidad para lo que realmente eran. Para él, eran demasiado en general y, por eso mismo, era bastante reacio a asistir a ellos. Y odiaba tener que entablar conversaciones con aquellos que se creían con la potestad de corregir a cualquiera que no opinara exactamente lo mismo que ellos, esos que creían tener la razón absoluta de la medicina y de cómo utilizarla. Le habían invitado a muchos de ellos y tan solo había asistido a unos pocos —y porque creía que debía dar la cara públicamente cada cierto tiempo sino los habría rechazado como al resto—, por eso mismo, cuando a la hora de la comida escuchó a sus compañeros hablar sobre ese tan aclamado congreso no le pilló por sorpresa pues ya se venía haciendo a la idea de que se realizaría en breves.
— Es en un mes — fue Chiara la que respondió su pregunta sobre la fecha, con una sonrisa inocente en sus labios.
Se mantuvo de pie cerca de la mesa en la que se encontraban, con la mirada paseándose entre los que consideraba más sus amigos que compañeros en ese punto. Ante su pregunta sobre la fecha del CRM —Congreso Real de Medicina— la pelinegra fue la única que con su dulzura e inocencia se atrevió a responder sin problema pues los demás llevaban todo el día evitando intercambiar alguna palabra con él, a no ser que fuera extremadamente necesario, debido a su mal humor.
— No sé porque os interesa tanto — habló mientras se sentaba en el hueco que le habían dejado libre.
— ¿No será por qué es el congreso más importante del país? — la ironía se notaba en la voz de la pelirroja.
Juanjo rodó los ojos. De verdad no le encontraba sentido a la gran expectación de todo el mundo sobre dicho evento. El año anterior ya tuvo la oportunidad de asistir, todos lo felicitaron por ello pues como se sabe solo convocan a aquellos que creen con mejores capacidades en el ámbito. Se podría decir que Juanjo se lo pasó suficientemente bien —intentó librarse de establecer conversaciones con todas aquellas personas que creían ser el centro del universo, aprovechó para beber todo lo que quiso sin ser demasiado evidente, aprendió que no le gustaba asistir a ese tipo de cosas y le regalaron un par de cosas que le vinieron bien— y aunque fue de los primeros congresos a los que asistió ese no fue el que le hizo odiar asistir a ellos.
— ¿Y qué importa eso? Todos son igual de aburridos al final.
— Es que tú has estado en muchos ya, normal que te parezcan aburridos — habló de nuevo Ruslana. — No sé si todavía no te has enterado de que aquí no todos somos Juanjo Bona y por ello no nos invitan a una mierda.
— Eso no es culpa mía, yo que sé, quejaros al que se dedica a decidir a quién invitar y a quién no — se encogió de hombros con desinterés. — Yo solo digo que son todos igual de aburridos y la gran mayoría de personas son todas igual de idiotas.
Se enzarzaron en una charla sobre el tema del congreso. Mientras Juanjo se dedicó a comer sin prestar ni un mínimo de interés en lo que se hablaba en aquella mesa los demás estuvieron especulando sobre el tema principal del que se hablaría y de las personas que serían invitadas este año. Estaba completamente metido en su cabeza hasta que sintió un golpe en su brazo, en cuanto giró su cabeza y vio la sonrisa en la cara de su mejor amiga frunció el ceño.
— ¿Qué es esa cara? — preguntó levantando una ceja.
No solía ser raro que Denna sonriera pues era una chica demasiado risueña durante todo el día pero si era raro que sonriera específicamente de esa manera. Juanjo sabía que lo que tuviera que decirle no podía ser nada bueno.
— Ah, nada. Solo quería saber si ya te han invitado como el año pasado.
Juanjo puso los ojos en blanco.
— Aún no sé nada, y aunque lo supiera todavía no sé ni si voy a aceptar — devolvió al frente, llevándose otro bocado de su comida a la boca.
— Pues yo creo que deberías ir si te invitan — el aragonés volvió a mirarla con el ceño fruncido. — No me mires así, solo creo que te vendrá bien para despejarte.
— ¿Te recuerdo que sigue siendo un congreso sobre medicina?
— Ya lo sé, idiota. Pero no es solo un día, son varios días que sales de aquí y te da el aire aunque sea. Además, como si no fuera obvio que no vas a hablar con casi nadie y te vas a dedicar a meterte una copa tras otra gracias a la barra libre — lo acusó la rubia.
— No me apetece ni eso.
— Está vez si que me da igual lo que digas, si te invitan vas a aceptar esa maldita invitación y vas a salir de aquí durante los días que dure el congreso. Y como yo me entere que decides no ir, te faltará mundo para correr, ¿lo pillas? — presionó su pecho con el dedo índice y lo miró con los ojos entrecerrados.
— Te he dicho que no me apetece, son todos unos amargados, Almu. Como si no supieras ya… — hablaba mientras volvió a llevarse un bocado de comida a la boca.
— ¿Lo pillas? — lo interrumpió aumentando un poco su tono de voz antes de que pudiera acabar de hablar.
— Lo pillo, lo pillo — suspiró levantando las manos en señal de derrota, la rubia le dedicó una dulce sonrisa. — Joder, ya no puedo ni vivir tranquilo — se quejó en voz baja.
— Promételo, Juanjo.
— Que sí, que te lo prometo — se resignó el mayor. — Y deja de darme órdenes, soy tu jefe — le recordó a la chica.
— Como si me importara mucho, si me echas dejaría de verte la cara todos los días, solo puedo ganar.
Juanjo solo pudo rodar los ojos antes de volver a centrar su atención en su comida. Realmente, le parecía más interesante en ese momento que prestar atención a la conversación que mantenían los demás sobre el maldito congreso.
Ni que no existieran temas en el mundo de los que hablar que siempre hablan de lo más aburrido.
Tal y como esperaba al día siguiente abrió su correo y se encontró con lo que suponía que le llegaría tarde o temprano.
“Estimado Dr. Bona,
Nos complace invitarte por segundo año consecutivo al Congreso Real de Medicina. Estaríamos completamente agradecidos de recibirle durante la fecha prevista de realización. Como hasta ahora, todo gasto corre a cargo de la organización. Este año queremos contar con usted para una de las exposiciones que se realizan en el congreso, nos gustaría que expusiera uno de sus trabajos aquí. Contará con una hora y media para realizarla, si realmente quiere hacerlo tan solo debe respondernos a este correo que le enviaremos el horario en el que hará la exposición. A continuación, le dejo la dirección y los días en los que disfrutaremos del CRM.
No olvide confirmar asistencia.
Saludos cordiales.”
Perdió la cuenta de los minutos que pasó frente a su portátil releyendo ese mensaje. Su primera reacción fue querer rechazar la invitación en su totalidad pues él era todo lo contrario a las personas que asistían a esos eventos, odiaba ser el centro de atención y mucho más en sitios en los que sí le iban a prestar atención porque trataba sobre lo que tanto le apasionaba. Pero recordó que le había prometido a Almudena que no rechazaría la invitación y que asistiría, aunque eso ahora conllevará también tener que realizar una exposición frente a todos los asistentes.
Suspiró cansado, dejándose caer hacia atrás en la silla en la que se encontraba sentado. Ese día su turno comenzaba un poco más tarde de lo habitual y tenía tiempo suficiente como para asimilar aquello que le estaba sucediendo. No supo en qué momento todo había empezado a salirse de su control pero allí estaba, confirmando la asistencia a su segundo Congreso Real de Medicina en el que expondría uno de sus trabajos.
A mí me dicen esto hace una semana y no me lo creo.
Pulso el botón de enviar. Ya no había marcha atrás, debía empezar a organizar su exposición. Tenía un mes y cuatro días para demostrar que merecía el prestigio que estaba ganando. Que merecía todo lo que estaba consiguiendo con su propio esfuerzo.
La cuenta atrás acababa de empezar.
El primer día en el que Juanjo se sentó frente a su ordenador para preparar su trabajo fue tres días después de recibir la invitación y aceptarla, y no supo ni por dónde empezar. Pasó una larga tarde allí sentado con una hoja en blanco abierta en la pantalla y con tan solo el título del documento escrito. Ni una palabra pudo escribir. A las nueve de la noche decidió que lo dejaría para el día siguiente pues no le estaba saliendo nada y empezaba a frustrarse en demasía. Ahora tan solo le quedaba un mes y un día para la presentación.
Eso le pasó el primer día, el segundo y toda la primera semana que intentó empezar a escribir. Se estaba desesperando pues sentía que se le acababa el tiempo para prepararlo y no había escrito ni una sola palabra en ese documento. Todo lo que escribía en las tardes que pasaba frente al portátil acababa borrándolo al final del día porque creía que no era lo suficientemente bueno como para exponer en un congreso de esa magnitud. Nada estaba saliendo como él quería y eso le agobiaba. Esa semana para Juanjo se resumió en levantarse, ir a trabajar —algunos días hasta antes de la comida otros algunas horas más—, volver a su piso, sentarse en su silla frente al ordenador y en acabar el día con la hoja en blanco y maldiciendo a su mera existencia por no conseguir sacar nada para exponer. Ni siquiera había salido ninguna tarde con sus amigos a que le diera el aire. Esa última tarde, decidió que necesitaba despejarse, sentía que podía asfixiarse con tal solo pasar un minuto más entre esas paredes.
Juanjo [17:48h]
Sácame de casa
Almu [17:50h]
Que raro que tú me pidas que te saque de tu guarida
Ha pasado algo??
Juanjo [17:51h]
Vamos a tomar algo y te cuento
Pero sácame de mi casa o me voy a volver loco aquí encerrado, tú misma
Almu [17:52h]
Estoy con Violeta
En 15 minutos en la cafetería de la plaza??
Juanjo [17:53h]
Que venga también
Allí nos vemos, rubia
Guardó su teléfono mientras se levantaba de la silla. Esperaba, de verdad, que esa salida lo ayudará a encontrar algo de inspiración para su trabajo sino no sabía cómo llegaría a acabarlo para la fecha de exposición.
