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Diciembre llegó y con ello las vacaciones, las luces, los dulces, la nieve y los regalos. Pero sobre todo, el viaje de vuelta a casa. Estas serían las primeras navidades de Tara sin su madre, aunque Sam aún esperaba poder convencerla para acudir al menos un día a Woodsboro; ella ya había perdido a su madre, no quería que Tara pasara por lo mismo cuando no había necesidad alguna. Así que, sin perspectiva de volver al hogar que las vio crecer, su viaje de “vuelta a casa” por Navidad era a la residencia Macher-Loomis en Santa Mónica, California. Al menos esta vez no tendrían que hacerle viaje en coche porque Billy y Stu les habían comprado dos billetes de avión, en clase premium para que estuvieran más cómodas en esas 6 horas.
Sam lo negaría si cualquiera le preguntase, pero Tara sabía que estaba muerta de nervios. Una cosa era pasar una noche en casa de su recién encontrado padre biológico y esposo, y otra cosa era pasar todas las vacaciones de Navidad, lo que hacía un total de 12 días. Sam había pasado semanas buscando el regalo perfecto para la pareja, ya que defendía que era de mala educación presentarse allí sin ningún regalo para ellos, más aún cuando seguramente ellos sí tendrían regalos para ellas. Tara estaba de acuerdo pero no sabía que la búsqueda de regalos podía ser tan estresante, hasta que un día decidió unirse a Sam en su búsqueda y descubrió la dificultad de regalarle algo a unas personas que no conoces, que no sabes qué poseen y qué no, y que según su nivel económico, probablemente puedan comprarse cualquier cosa que deseen en el mundo.
El avión aterrizó a su hora y en pocos minutos estuvieron en la entrada del aeropuerto, donde cientos de personas esperaban a sus seres queridos por las festividades, fundiéndose en abrazos y otras intensas muestras de amor. Puede que en verdad los aeropuertos fueran el sitio donde más se podía disfrutar del amor verdadero. Sam miró a su alrededor, con tantísima gente debido a las festividades era difícil encontrar su objetivo, pero los encontró.
Estaban junto a una columna, hablaban entre ellos de forma animada, Stu sostenía un par de correas que estaban unidas a una pareja de american bully color plateado, Billy sostenía un cartel y un par de ramos de flores. El hombre miró su reloj en aquel instante y luego alzó la cabeza hacia la puerta de acceso, habiéndose percatado de que las chicas ya debían estar allí, sus ojos dieron entonces con Sam y su rostro se iluminó de una forma especial. Sí, Sam podía ver lo que Stu, Sidney y su madre habían visto en Billy Loomis.
Se acercaron casi corriendo a través de la gente, los perros a la cabeza, emocionados. Sam vio que el cartel ponía "Bienvenidas a casa por Navidad" y estaba decorado con caricaturas de ambas con gorros navideños, sin duda obra de Stu. Tara se sorprendió al verlos.
-Sabía que vendrían a recogernos pero nunca he visto a nadie tan emocionado por verme, ni siquiera a mamá
-¡Hijitas! -se escuchó gritar a Stu
-Supongo que es la emoción de alguien que ha ganado 2 hijas después de 26 años
La pareja al fin estuvo frente a ellas y pronto se encontraron con los brazos llenos de flores.
-¿Cómo ha sido el vuelo? -preguntó Billy abrazándolas simultáneamente
-Muy cómodo, papá -respondió Sam pasando su brazo por el cuello de Billy, retornando el abrazo -No hacía falta que nos pagaseis los billetes, fue demasiado
-Pues agradece que convencí a Stu de que no hacía falta ir en primera clase
Stu apartó a Billy con suavidad y las abrazó en su lugar.
-Si tengo el dinero, ¿por qué mis hijas no pueden ir en primera clase? Ellas merecen lo mejor
Tara, en cuanto fue liberada del abrazo, se agachó para acariciar a ambos perros. Los cánidos habían permanecido sentados y en silencio durante todo el saludo, mirando emocionados a las desconocidas pero demasiado educados como para desobedecer a sus dueños. Eran hermosos, con un pelaje brillante y profundos ojos azules, rostros amables que parecían estar sonriendo, y una lengua rosada que no paraba de lamer su hocico en señal de felicidad ante las caricias de Tara.
-Supongo que estos son nuestros hermanitos de cuatro patas
-Son gemelos así que usamos los collares para distinguirlos -explicó Billy -El de azul es Jack y el de rojo es Freddie
-Son demasiado adorables como para tener nombres de personajes de terror -comentó Sam mientras se agachaba para saludarles también -Pero os pega demasiado a vosotros dos como dueños, así que menos mal que no escogisteis mi nombre o habría sido…. Annabelle, por ejemplo
-¡Ay, ese me gusta! -exclamó Stu
Billy tomó las maletas de ambas, su mítico gesto de sonrisa ladina y ojos rodando apareció de nuevo, pero Sam lo escuchó reír. Stu dejó que Tara llevase a Freddie, que según él era el mejor portado para pasear con extraños. Salieron del aeropuerto y Sam disfrutó del sol de invierno de California, lo había extrañado, Nueva York era demasiado gris. Billy se dirigió a un Mercedes SUV negro.
-¿Ese… ese es vuestro coche?
-El familiar sí -respondió Billy cargando las maletas - Es el que usamos cuando vamos los cuatro juntos, y luego, cada uno tiene uno propio
-¿Sois asquerosamente ricos, no?
Billy abrió la puerta para Sam.
-No como para tener un aeropuerto en casa, pero sí como para no tener que preocuparnos por nada
-Y trabajáis porque…
-¿Acaso lo ideal no es trabajar porque uno quiere y no porque lo necesite?
Jack y Freddie se sentaron en el sitio intermedio, tenían sus propios cinturones allí colocados, y Tara tomó el otro extremo.
-Espero que no os molesten pero ya están acostumbrados a viajar ahí, pensarían que hicieron algo malo si los echamos al maletero -dijo Stu subiendo tras el volante, Billy se sentó a su lado y empezó a tocar la radio -Tu padre es una princess passenger
-Ey, imbécil -gruñó Billy golpeando leve su brazo -Tú eres mi chófer, que es muy distinto
-Por supuesto, cielo, cómo tú digas
Sam se mordió el labio para intentar aguantar la risa. Parecían una pareja de comedia. Sintió de repente un peso en sus muslos, cuando miró, descubrió que Jack se había tumbado sobre su regazo y la miraba con ojos angelicales, Sam no se resistió a acariciar sus adorables orejitas. A su lado, Freddie se había subido sobre Tara para poder sacar la cabeza por la ventanilla. Al alzar la vista, la chica se encontró con la mirada de su padre a través del espejo del retrovisor, estaba sonriendo, feliz. Ella le devolvió la sonrisa.
Samantha esperaba que la casa de la pareja estuviera decorada de forma llamativa, no por decisión de Billy, sino porque Stu tenía una personalidad demasiado arrolladora y estridente como para no decorar la casa de forma acorde en unas fechas tan señaladas. Tenía razón. El jardín estaba lleno de figuras luminosas de renos, duendes, muñecos de nieve y, un gran trineo con Papá Noel justo al lado; además, había bastones de caramelo hincados en el suelo, varios carteles de “Feliz Navidad”, “Bienvenidos al Polo Norte” y “Ho-Ho-Ho”, todo rematado por las luces que cubría cada palmera y matorral de la propiedad. La casa también se encontraba completamente enmarcada por luces, desde el tejado hasta las ventanas, cada esquina brillaba. La puerta estaba rodeada por una gran guirnalda de abeto que también tenía luces incorporadas junto a rojos lazos de terciopelo y, por supuesto, en el mismísimo centro una gran corona navideña.
-A mí no me miréis -gruñó Billy cargando de nuevo con las maletas -Este vómito navideño es cosa suya exclusivamente
-¿Así es cada año?
-Bueno, creo que el 20% es nuevo, quería impresionaros con “la mejor casa navideña de la historia” o algo así
Los perros corrieron entre sus pies mientras cruzaban el jardín hasta la puerta, la cual se abrió mostrando a un emocionado Stu, quien había aparcado el SUV en la cochera que había en la parte posterior de la propiedad, la cual también estaba equipada con piscina y una gran área de barbacoa. Sam se preguntó cuántas cosas no había descubierto aquella noche sobre la casa.
-¿Qué os parece? Soy el mejor, ¿verdad?
Tanto Sam como Tara sonrieron tratando de aguantar la risa, una cariñosa, por supuesto.
-Desde luego es impresionante
-El interior es mejor -comentó Billy cruzando la puerta por debajo del brazo de su esposo -Gracias a que puse límites, por supuesto. Me negaba a vivir en un cuento de navidad Disney
-Yo no me quejo de tu decoración de Halloween
Billy dejó las maletas a los pies de la escalera, volvió al lado de Stu y rodeó su cintura con un brazo, metiendo su mano en el bolsillo trasero de su vaquero. Sam notó como estrujó su nalga.
-Eso es porque te encanta, imbécil -sonrió ladino
-Es cierto, me encanta decorar, realmente me da igual la razón
El interior de la casa también se encontraba decorado al milímetro pero era mucho menos estridente y más armonioso. Había guirnaldas de abeto en las lámparas del techo, coronas en los puntos de acceso a otras solas, el sofá estaba cubierto por una manta roja de crochet, la mesa de café tenía un bote de galletas en forma de muñeco de nieve, maceteros de flores de Pascua decoraban las esquinas y unas suaves luces envolvía la gran estantería central. Lo más destacable era el gran abeto de 2 metros que se encontraba entre el salón y la cocina. Decorado con guirnaldas rojas de terciopelo, cascabeles y campanas doradas, algunos ángeles de cristal y luces blancas.
-Es de concurso -murmuró Tara con ojos impresionados
-Todos los años acogemos la cena de Navidad de la empresa de Stu, así que nos gusta ponerla elegante, y con vuestra visita, teníamos aún más ganas
-Vamos, tesoro, confiesa que me has hecho cargar con un árbol de 2 metros porque el de 80cm que ponemos todos los años te parecía de repente pequeño -se burló Stuart con un brillo malicioso en los ojos -Y que tú mismo has hecho los calcetines de las chicas para que fueran a juego con los demás
Billy se apartó de un empujón y apuntó a Stu con un dedo amenazador.
-Stuart Macher, más te vale cerrar ese hocico insolente o te echo a dormir al jardín
Pero Stu simplemente sonrió aún más y se inclinó por encima del dedo de Billy.
-Me encanta cuando te enfadas, te ves tan lindo
-Ya está, voy a matarte -bufó Billy apartándose, aunque no logró evitar que se notase el leve sonrojo en la punta de sus orejas -Desde esta Navidad soy viudo, me borro tu apellido y me voy a ir por ahí a buscarme un nuevo marido
Stuart se rió feliz.
-Vale, pero acuérdate de desenterrarme en Halloween para ver nuestro maratón, y déjame mirar cuando te tires al nuevo
Nadie sabe cómo Billy llegó tan rápido al sofá cuando estaban aún casi al lado de la puerta, pero un cojín voló directo a la cabeza de Stu, dándole de lleno en la cara.
