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La frase “podés estar rodeado de gente y aún así sentirte solo” siempre había acompañado a Ulises de alguna manera. Desde que era un adolescente que sabía que algo en sus vínculos no terminaba de cerrarse del todo. Siempre un poco separado, siempre un poco distante, siempre un poco diferente.
No estaba seguro de qué lo motivó a ingresar a la casa de Gran Hermano, pero desde que le dieron la noticia de que entraría a esa casa que en un momento le pareció tan distante, se prometió a sí mismo que dejaría sus inseguridades en la puerta. Nadie quiere ver un show para ver a un tipo triste porque no se siente parte, después de todo.
Quizás eso era lo que más le daba bronca de toda la situación. Apenas llevaba allí dos semanas y sentía que estaba traicionando las reglas de juego que él mismo se había impuesto. Luego de la sorpresiva eliminación de Renato hace apenas un día, sentía que tenía toda la casa en contra.
No estaba seguro de qué tanto era su propia imaginación que le estaba jugando en contra, pero tampoco podía estar todo en su cabeza, de eso estaba seguro. Podía escuchar cómo su nombre pululaba por conversaciones a lo largo de la casa, el mismo grupo que sentía que estaba formando desmoronándose frente a sus ojos, y no tenía ni las más puta idea de qué hacer para cambiar algo de toda la situación.
Muchas veces le dijeron que llorar no le solucionaría nada. Y quizás es cierto, pero en sus momentos de angustia era imposible que unas lágrimas no cayeran. Sin embargo, no iba a darle a nadie —bueno, más que a los televidentes, suponía— el gusto de ver cómo se derrumbaba, cómo se desarmaba a pedazos y cada pequeña inseguridad que alguna vez tuvo salía a flote.
Parte del juego era no saber la hora, pero Ulises se quedó acostado mirando el techo varias horas, hasta que se aseguró de que sus compañeros estaban dormidos, así nadie escucharía cómo se levanta. Pasos sigilosos y ligeros lo llevaron al baño, y quizás no era el mejor plan de todos encerrarse a llorar allí —después de todo, cualquiera de sus compañeros que decidiera levantarse e ir se encontraría con él— pero en ese momento simplemente necesitaba una distracción.
Se sentó en el piso abrazando sus piernas y casi sin darse cuenta, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Cada gota de agua salada era una frustración, cada una de ellas era una escena del pasado que lo acomplejaba y que se reeditaba en su presente. Cada leve sollozo era un recordatorio de todas las dificultades que tuvo siempre para conectar con otros.
Se sentía un boludo. Llevaba ahí adentro dos semanas. DOS. Y sin embargo ya estaba triste por perder un grupo que jamás llegó a consolidarse del todo. Era ridículo. Totalmente irrisorio, y no hacía más que sumar al mal momento.
No estaba seguro de cuánto tiempo pasó, pero las lágrimas se fueron secando en su cara y el dolor de cabeza empezaba a invadirlo, cuando escuchó la puerta abrirse.
Intentando mantener toda la dignidad posible, se giró para darle la espalda a quien sea que haya entrado, esperando que lo dejara en paz. Todos en esa casa podían sacar una ventaja de verlo en su estado más vulnerable, así que sabía que la probabilidad de que esto pasara eran pocas.
—¿Ulises?
Reconoció la voz al instante. ¿Cómo no iba a hacerlo? Era la persona que hace poco más de 24 horas había dicho que quería ver fuera de la casa, y que estaba seguro de que se iba por voto del público. La razón de que el frágil grupo ahora hablara de él como si no pudiera escucharlos.
La sangre le hervía. Prefería a cualquiera de las personas de la casa, menos a Santiago. No respondió, pensando que quizás el uruguayo lo dejaría tranquilo.
Pero claro, era Santiago. ¿Por qué esperaría que haga algo que le sirva a su favor? El otro parecía totalmente incapaz de hacer algo que no lo sacara de sus casillas, así que, como todo buen pelotudo pesado, insistió—¿Estás bien, Ulises?
—¿Qué te importa? —escupió, aunque probablemente la malicia que intentó poner en la frase quedó completamente anulada por el quiebre de su voz. Pero la puta madre, por si le faltaba algo más.
No obtuvo una respuesta, y mientras que sus ojos se mantenían fijos en los azulejos que tenía enfrente, escuchó cómo la puerta se cerraba. Pasos sonaban cada vez más cerca, hasta que escuchó un “plop” y sintió una presencia a su lado. Santiago se había sentado a su lado, como indiecito.
No entendía lo que estaba pasando, así que optó por no decir nada. Duró así todo lo que pudo, que fueron aproximadamente 3 minutos. La paciencia nunca había sido su virtud.
—Tato… —su voz sonó algo débil, así que carraspeó para aclararla.— Tato, ¿qué haces?
Santiago no respondió. Simplemente seguía con su mirada al frente, como si no lo hubiera escuchado. Ulises apoyó su cabeza sobre sus brazos, recostándola de manera tal que quedó observando la dirección contraria al otro chico.
Tras lo que el cordobés sintió como años, pero de manera realista fueron apenas minutos, Santiago dijo—Me parece que no está bueno estar solo. Nadie en esta casa debería estarlo. Pensé que capaz querrías algo de compañía, pero si querés me voy…
—No dije eso… —acotó antes de poder frenar su propia lengua. Siempre fue de hablar primero, y pensar después. Giró su cabeza, y se encontró con una imagen que jamás esperaba encontrar, y menos sentir confort al ver la misma: Santiago sonriéndole.
No era una de esas sonrisas gastadoras que había brindado a la casa en más de una oportunidad. Apenas una leve curvatura de sus labios, y aún así decía mucho más que cualquier gesto que existiera en esa casa hasta ese momento.
—No te lo tomes a mal, —dijo Santiago, en voz baja, pasados unos instantes— pero me parece que te convendría reevaluar tu grupo.
—¿Qué grupo? —respondió, riéndose con algo de amargura.
—Bueno, por eso. Ustedes estaban convencidos de que Renato se quedaba, y mirá lo que pasó…
—Creen que soy boludo. Creen que si hablan de mí no los escucho. —añadió, con la voz baja, débil, vulnerable. Todo lo que no quería ser, y lo estaba mostrando con su peor enemigo de la casa. Sabía que dentro del juego era probablemente la peor jugada, pero no podía detenerse.
—Creo que piensan que sos mucho más tonto de lo que sos. —ante esto, Ulises se le quedó viendo, sorprendido por lo que acaba de escuchar.—Veo cómo se mueven los engranajes en tu cabecita, no sos ningún boludo. Yo creo que cuando saliste vos de placa, ya sabías que yo me quedaba.
No pensaba jamás admitirlo, pero sabía que Santiago tenía razón. Después del papel lamentable de Renato, le era difícil ver que el público le apoyara. Para él, Renato salía de los primeros, o se iba en esa placa.
Aunque no lo admitiera, algo de su rostro debió dar a entender su proceso de pensamiento, porque Santiago soltó una leve carcajada. Ulises no se dignó a darle respuesta.
—Pero te lo digo en serio, —siguió Santiago—a mí me coparía que vengas con nosotros. Yo, Lu, Andre, Luz. Creo que podemos jugar, y jugar mucho. Podemos ir adelante, y todos estamos de acuerdo en que te sumes, si querés. Luciana dice que le gustó mucho el momento que compartieron.
La sonrisa que en ese momento pintó los labios de Santiago era una vez más gentil, y a pesar de todo el show que habían generado con su pelea en los días anteriores, Ulises no pudo evitar imaginarse un futuro donde tenía un grupo de juego fuerte, y unido. Había visto cómo se daban confort, y no lo admitiría pero tenía algo de envidia.
—Puede ser…
—Bueno, te dejo para que lo pienses, Uli. Yo me voy che, muy linda charla pero capaz que el piso no es el mejor lugar.
Ulises rió, por primera vez en varias horas. Fue recompensando una vez más por una sonrisa de Santiago, y si sintió sus propias mejillas tomando algo de color… bueno, siempre podía ocultarlas entre sus brazos.
—Buenas noches, Tato.
—Buenas noches.
Y tras oír los pasos alejarse, la puerta abrirse y cerrarse, y quedar nuevamente rodeado de silencio, no pudo evitar que sus pensamientos se dirigieran a escenas de fantasía. Se levantó del suelo, se lavó la cara y se dirigió hacia su cama.
No había resuelto todos sus problemas, pero ya tenía un pequeño plan a corto plazo. Y quién sabe, quizás algunos amigos en el horizonte.
