Chapter Text
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Las piedras revoloteaban bajo sus pies, golpeando el metal de los rieles o las paredes de aquel túnel que dividía la profunda y húmeda oscuridad del resplandeciente y cálido sol que le esperaba al final. Conforme la distancia se acortaba, pestañeaba reiteradamente para acostumbrarse a la luz.
Cerró sus ojos, dando un fuerte respiro al aire fresco -aunque no lo suficiente tratándose de Los Carriles- y permitiendo que el sol acariciara su rostro, eso hasta que una sombra alta le cubrió casi por completo.
―¿Listo? ―saludó el corpulento hombre con una sonrisa furtiva, aunque para él era imposible no saber que estaba allí gracias a las cejas, expresivas y pobladas, de su compañero.
Silco rio sutilmente entre su mascarilla; palmeó los grandes guantes sobre el overol a la altura de sus piernas para dispersar la tierra y retirar, sin peligro, el filtro que protegía sus pulmones del denso y polvoso ambiente de las minas.
―¿Para qué? ―jugó, cargando su casco bajo su brazo, como su amigo, mientras caminaban por el sendero para volver a la parte más desarrollada de Zaun.
Vander negó divertido, apretando su mano libre sobre el delgado hombro y sacudiéndole.
―La cita ―entrecerró sus ojos―, sé que no lo olvidaste.
“Y como podría”, pensó Silco al golpear el ancho brazo de su acompañante para sacárselo de encima.
Desde hace una semana tenía esa extraña sensación en el estómago gracias a cierto zaunita de ojos grises con quién compartía gran parte de sus días: mañanas y tardes rodeados de grandes paredes de rocas y minerales, picando y volando cosas por allí; noches de paseos silenciosos por aquellos desolados y sucios carriles que se convertían en metal pulido conforme se acercaban a la ciudad; e incluso, algunas madrugadas dentro de bares vivos y vibrantes, disfrutando de buenas bebidas y algunos experimentos hechos detrás de la barra a manos de Vander, posiblemente sin autorización de los dueños del lugar.
Su vida había dado un vuelco desde que aquel fortachón se presentó en la mina como nuevo picador. Claro que ese era su propósito, es decir, nadie dentro de toda sus facultades podría ignorar el inmenso porte del hombre: tan grande, desde los músculos de sus brazos hasta aquellos que rodeaban la espalda. Incluso Silco, en su primera impresión, tuvo la sensación de que la cabeza del tipo era de mayor -“diferente” en voz alta, para no ser grosero- escala a la que alguna vez habría visto. Y qué decir de aquel rostro tan varonil de facciones cortas, duras, cejas prominentes, y la diminuta barba que se asomaba por todo su mentón y surco superior.
“Todo un hombre”, fue su primer pensamiento, después de todo, él era todo lo opuesto a esa presencia. Debilucho, pequeño, eran cosas que escuchaba diariamente dentro de las minas, pero, a pesar de estar acostumbrado a ellas, tener un ejemplar claro de lo que nunca podría ser por sus limitantes genéticas fue un golpe duro. Fue infantil para un adulto de veinticuatro años como él volverse antipático hacia el nuevo compañero, cuyo puesto, por la poca suerte que tenía, se encontraba en la misma brigada. Vander tampoco era el hombre más amistoso y conversador de los túneles. Apenas le veía saludar a los demás antes de entrar de lleno a su trabajo, pero sentía las insistentes miradas de aquellos orbes grisáceos sobre su cuerpo, buscando una razón al comportamiento tan borde y seco que recibía.
―¿Qué quieres? ―bufó de cuclillas, rellenando los cargamentos de pólvora, uno de sus trabajos esporádicos dentro de los nuevas galerías. Era una de sus actividades favoritas: dejar el trabajo físico de lado para usar su mente y conocimientos sobre la geología de las cuevas, analizar y decidir los mejores puntos para colocar los explosivos, fundando nuevos caminos repletos de vetas. Adoraba esos días donde, a expensas de la salud de otros -lesiones corporales, padecimientos respiratorios, o incluso la muerte: situaciones normales en una mina-, tenía la oportunidad de ocupar el puesto por unos días antes de que alguien más “calificado” llenara el lugar.
Hoy era uno de esos días, pero su humor se torció ante la presencia del otro. Incluso estando de espaldas, la mirada escarbaba en el fondo de su cuello, casi como un pico. ¿Por qué no dejaba de pensar en ese sujeto?
Vander rascó su nuca al obtener tal respuesta.
―Hablar contigo ―dijo cortamente.
Silco se levantó y giró instintivamente, gruñendo en el instante que se percató de la diferencia de alturas que le obligaba a mirar ligeramente hacia arriba.
―Estoy ocupado ―sentenció, dando la vuelta para recoger los dispositivos de pólvora dentro de un bolso y colgarlo sobre su hombro, dejando solo al hombre detrás suyo.
Esa distancia duró unas cuantas horas hasta que, saliendo de la jornada, pudo divisar la corpulenta sombra esperándole en la boca de la mina. La ignoraría, como era costumbre, pero aquel agarre en su brazo erizó sus sentidos. Los dedos cubrían la circunferencia de su bíceps, acomplejándolo y haciéndolo hervir; no lo pensó, respondió con un golpe acertado en la mejilla. No uso tanta fuerza ya que no solía tenerla, y aun así aseguró mentalmente que, de haberlo hecho con “todo lo que tenía”, el hombre no se hubiera movido ni un milímetro. Justo como en ese momento.
Vander gruñó, sobando su rostro con el dorso de su mano. Silco tragó seco, pensando por un segundo que saldría ileso de allí por la actitud tan indiferente del otro, sin embargo, lo siguiente que vio fue el muro exterior de la cueva chocar con su nariz. El tipo tenía una fuerza brutal para que fuera incapaz de percatarse como su cuerpo se elevaba y era lanzado al suelo macizo. Jadeó con el dolor y sangre recorriendo sus fosas nasales, levantándose para encarar al hombre. Pudo esquivar de los puños que apuntaba a su sien, terminando sobre su trasero y con las manos enterradas en la tierra. La recogió entre sus dedos para lanzar un movimiento tramposo hacia Vander. Para él, ya no importaba tener orgullo cuando eso significaba terminar machacado por esos nudillos regordetes. Obstruiría su vista para largarse corriendo de allí y esperar que mañana no le buscara para finalizar las cosas.
Estaba decidido a jugar sucio, lo único que no predijo fue ver la mano robusta entrar al chaleco de cuero que Vander solía usar. Silco sintió el sudor enfriarse sobre su frente, intuyendo lo peor cuando el hombre sacó su puño del escondite, cogiendo algo. Los ojos verdes reflejaron arrepentimiento por causar su propio final de una forma tan absurda como una riña con alguien de quién apenas conocía el nombre. Frunció el rostro, ocultándose debajo de sus párpados. Contrario a todos sus pronósticos, el golpe en su pecho no dejó un aroma a pólvora, más bien, solo un sonido de una tapa dura y un manojo de hojas. Al mirar nuevamente, encontró en su regazo un cuaderno que conocía como la palma de su mano, ya que, claro, la había usado para escribir cada una de esas páginas rellenas de su sentir e ilusiones.
Tomó el diario en sus brazos, mirando con sorpresa al más alto. Vander chistó, dándose media vuelta y caminando fuera de los carriles. La vergüenza en Silco recorrió sus orejas, sin poder pronunciar una palabra ante el semblante serio que carcomió sus sueños hasta la mañana siguiente.
―¿Qué? ―respondió Vander, exasperado.
Ni él mismo comprendía porque había estado tan interesado en el asocial y pálido hombre: ni siquiera esperaba hacer amigos en el trabajo ya que lo consideraba irrelevante, y su único enfoque era romper y picar lo que tuviera entre las manos. Aun así, mantuvo aquella vigilancia hacía -había escuchado su nombre entre cotilleos de los barrenadores, ya que el “flacucho” se dignaba a mirarle y, obviamente, dirigirle la palabra siquiera para presentarse- Silco. Aspecto, personalidad, o temperamento, ninguna de esas cosas eran impresionantes en el pequeño hombre, mas allí se encontraba, pisándole los talones desde el primer día que pisó esa cueva de hierro.
Dos días posterior a la pelea, quiso darse por rendido con la manía hacia el ojiverde gracias al indudable pavor que vio tras sus pupilas. Esperó cualquier cosa: alguna reprenda de sus superiores por comportamiento violento, un ajuste de cuentas con alguna banda a sueldo, o una amenaza. Pero tener a Silco tras su espalda, bastante cohibido y con una mirada invasiva durante todas las desviaciones a las galerías era algo que claramente no imaginó.
Silco aclaró su garganta al ser atrapado, haciendo un ademán con su muñeca para llamar al hombre y que fuera tras de él. Vander se quejó, soltando sus herramientas con poca delicadeza y siguiendo al hombrecillo hacía uno de los descansos del túnel, atrapándolo varias veces mirando hacia atrás, casi asegurándose que estuviera allí. Una vez se establecieron lejos de los ojos curiosos, Silco se recostó sobre la pared y le vio bajo su flequillo.
―¿Cuándo lo encontraste? ―atinó en un murmuro. Vander casi se arrepiente de haberle seguido.
―Deberías cuidar más tus cosas ―resopló, mirando de mala gana al pelinegro. Estaba decidido a irse de allí y evitar a su compañero justo como él estuvo haciendo durante esos tres meses, pero un ruido de frustración inundó el silencio de sus presencias. Giró, observando con las cejas fruncidas a Silco, quién ciñó sus labios en una mueca indescriptible.
―Yo no…, ni siquiera sabía que se había caído―refunfuñó de nuevo, abriendo y empuñando sus manos para apaciguar el veneno de su lengua. Sacudió la cabeza, estrechando sus facciones―. Lo que quiero decir es…, gracias.
“Supongo”, añadió.
Vander eludió una respuesta. Silco tampoco buscaba una observación positiva ante la pobreza de su agradecimiento, que sonaba casi a un intento forzado de evitar que le rompieran la cara si seguía siendo un cabrón infantil. En parte buscaba evitar problemas, ya tenía suficiente con los demás mineros y no quería añadir al grandote en su lista, pero también algo dentro de él buscaba asegurarse que el hombre no había fisgoneado entre sus escritos, y si, desgraciadamente era el caso, esperaba hacerlo callar con la tregua que estaba dispuesto a decretar.
Pasaron unos largos, aunque relativamente pocos, minutos donde ninguno dirigía su mirada o palabra al otro. Dejaron que el repicar de los vagones y las herramientas de excavación se asentaran en cada rincón del extenso túnel que los rodeaba. Casi por un instante, Silco deseaba que algún tipo tonto hiciera estallar las piedras sobre él y sepultara todos los secretos -y a su compañero-.
―Pierdes el tiempo ―interrumpió Vander, ajustándose la chaqueta para retirarse. Silco le miró con duda y algo de irritación, ya que no solía ser una persona de disculpas, y esperaba que mínimamente le fuera acreditado. Abrió su boca, listo para replicar. El más alto prosiguió―. No soy un hombre muy listo, de ciencias ―admitió con énfasis, encogiendo de hombros y buscando sinceridad -sin brutalidad- en su discurso―; leí tus notas.
Los trapecios del más bajo se tensaron junto con la presión de sus uñas sobre los guantes. Su respiración se volvió pesada por más que intentó ocultarlo. Siempre había sido cuidadoso con sus apuntes; no contenían algo como el magno secreto delictivo del fondo de Las Fisuras o alguna basura emocional que se esperaría en un diario. Eran sus bitácoras, sus estudios, sus metas las que había plasmado en papel: la única forma en que podía hacerlos tangibles. Que alguien desconocido haya escabullido su nariz dentro de su espacio sagrado y personal, fue un puente que nunca pensó que sería construido y derribado al mismo tiempo.
―Tú… ―tragó seco, juntando sus cejas en una mueca de rabia y preocupación pura. Estaba a nada de soltar una bomba a través de sus labios, pero Vander levantó uno de sus brazos a su dirección para hacerle callar.
―No pude comprenderlas todas ―continuó, acercando su cuerpo al de Silco, cubriéndole con su ancha espalda de la inmensa soledad que les envolvía en ese espacio―, aunque sí entendí algo―se relamió los labios e inhaló con fuerza como si las palabras no quisieran dejar su garganta―: tienes potencial en lo que sea que estás haciendo ―“pierdes el tiempo aquí”, repitió―. Tus notas…, son información valiosa que esos pomposos de arriba no podrían aceptar por nuestro estatus, por nuestra sangre.
Silco lo sabía, claro que lo hacía: ser zaunita y estar bajo el mando de Piltover era una de las peores combinaciones en la que mucha gente se encontraba. Perder la voz, la presencia, incluso el valor humano, era algo común con un gobierno que tenía el mínimo interés en el bienestar de la población de abajo. Era difícil, proviniendo de Zaun, escalar a un lugar dentro de la Ciudad del Progreso, y aunque se hiciera posible, las miradas desaprobatorias y la esquematización hacían inalcanzable el valerse dentro del sistema: ni teniendo montones de patrocinios -que raramente llegaban a los “de su clase”- o logros, podrían hacer reconocible el nombre de nacimiento de un zaunita.
El ojiverde agachó la cabeza, consciente de todo lo que ya sabía, aunque escucharlo de alguien externo era un golpe más acertado a sus ilusiones.
Vander recostó su ancha espalda en el muro, acompañando al otro en su desaliento. Pronto las bocinas de la mina resonaron, marcando el final de la jornada. El más grande miró a Silco, aun desanimado por la cruda realidad de sus palabras. Suspiró, reincorporándose.
»―Es hora de irnos.
Silco apenas hizo un sonido audible, sin fuerzas de levantarse de su lugar.
¿A dónde había ido todo su coraje? Esperaba que solo fuera uno de esos días donde la vida parece tan desesperanzadora para continuar, justamente como los hombres de arriba querían que fuera: Piltover los mantenía dentro de un sumidero, ahogándoles con fuerza y disgusto para cortas las alas de liberación.
El simple concepto de permitir ser subyugados, aceptando y llamando “vivir” a las miserias que el gobierno les permitía para subsistir, era algo inaceptable para el hombre cuya sangre hervía como el aceite más pesado. Sabía que podían ser algo más, que podrían llegar más lejos si todos uniesen sus mentes y fortalezas para tomar las riendas de su independencia; la gente lo necesitaba, requerían justicia para tener las dignidades básicas que les correspondían por el simple hecho de tener un corazón latiente. Lo único que realmente les pertenece es su nombre, y no se conformaría con tan poco.
Presionó sus puños, empujando su cuerpo con rabia para erguirse. Giró hacia Vander, quién ya le miraba con los ojos entrecerrados, casi como si percibir su propia determinación.
―Algún día, todo cambiará ―espetó con el pecho cargado de valentía y orgullo. No rompió el contacto visual, y concluyó―: haré que pase. Eso, y más.
Esa fue la primera vez que admiró la comisura del fortachón inclinarse hacia arriba, esbozando una sonrisa. Vander dio la vuelta, haciendo un ademán con su mano como el hombre hizo en su encuentro de ese día.
―Vamos, la jornada terminó.
Silco permaneció en su lugar, decepcionado al esperar otra respuesta después de confesar su pasión y aspiración; tal vez había sido muy eufórico y exagerado al buscar una liberación de un inmenso pueblo hundido en la oscuridad y vapor. Eso pensó hasta que Vander, con una simple frase, declaró en silencio que no solo había leído sus notas de petrología, sino que rebuscó en lo más profundo de su ser.
»―Cuando necesites una mano derecha para la revolución, ya sabrás donde encontrarme.
Ese fue el punto de partida de una nueva -primera para Silco- amistad entre dos hombres que compartían el apoyo incondicional y mutuo a una causa mayor que el cielo sobre sus cabezas.
