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La casa estaba inmóvil. Los participantes habían quedado congelados en medio del bullicio del juego, como si el tiempo hubiera decidido detenerse al instante que la pequeña alarma sonó. Mario Bezares estaba sentado en el sofá, con una sonrisa que apenas disimulaba la carga emocional de su corazón con la pequeña Briggitte a su lado. En ese momento, la puerta principal se abrió.
Ahí estaba Paco Stanley. Como un eco del pasado que regresaba con una energía inconfundible. Había envejecido, claro, pero su porte y su voz seguían siendo los mismos que habían marcado una era en la televisión mexicana. Su mirada se suavizó al posarse sobre Mario.
—¡Ay, mi querido Mayito! —dijo con ese tono que tanto lo caracterizaba—. Tanto tiempo sin verte así, en tu elemento.
Mario, aunque congelado por las reglas del juego, parecía vibrar con las palabras de Paco. Paco se acercó, sus pasos llenos de intención, mientras el resto de los participantes permanecían inmóviles, como testigos silenciosos de un momento único.
Cuando pasó junto a Arath de la Torre, Paco se detuvo un instante. Lo miró de pies a cabeza, como quien reconoce a alguien a lo lejos. Sonrió y murmuró:
—Cuida de él, Arath. Es un buen hombre, aunque a veces sea un poco cascarrabias.
Arath, congelado como el resto, parecía casi consciente de esas palabras. Tal vez en otro momento las recordaría, como un consejo grabado en su subconsciente.
Finalmente, Paco llegó hasta Mario. Se inclinó ligeramente, apoyando una mano firme y cariñosa en su hombro.
—Mario, hay algo que siempre quise decirte, pero nunca encontré el momento. Estoy tan orgulloso de ti. Lo que has hecho, lo que has construido, demuestra lo que siempre supe: eres un guerrero. No importa lo que haya pasado entre nosotros o lo que diga la gente. Eres familia para mí, y siempre lo serás.
Paco lo abrazó con fuerza, un gesto cargado de todas las emociones que las palabras no podían transmitir. Luego, con un ademán fraternal, besó la frente de Mario, quien se veía afectado con ojos llorosos. Se quedó unos segundos más, como si quisiera grabar ese momento en su memoria.
Cuando se separó, volvió a mirar a Arath y, con una última sonrisa, caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, volvió a girarse y lanzó una última frase al aire:
—Échale ganas, Mayito. Te quiero.
Días después, Paco estaba en su casa viendo la transmisión final del programa. Cuando anunciaron a Mario como el ganador, Paco sonrió con una expresión de orgullo puro. Levantó su vaso como si brindara por él.
—Sabía que lo lograrías, viejo amigo —dijo en voz baja, lleno de alegría.
La pantalla mostraba a Mario alzando el maletín, radiante. Para Paco, ese momento no solo era una victoria en un reality show; era el reflejo de la fuerza y el carácter de un hombre que siempre había sido mucho más de lo que las cámaras mostraban.
