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Jihoon había nacido una tarde de noviembre en los cálidos brazos de su madre, que no tenía ni veinte años pero que se había visto obligada a casarse con un hombre violento y robusto que le triplicaba la edad y la había embarazado a tan temprana edad, prometiéndole una vida llena de comodidades y lujos para ella y su hijo por nacer. Pero que resultó con los tres viviendo en la pobreza, siendo cobijados por una habitación diminuta, infestada de insectos, con las inmensas manchas de humedad colándose por las paredes y que casi nunca tenía agua caliente ni electricidad, ya que su padre prefería gastarse su corto sueldo en sus vicios y no permitía a su joven esposa conseguirse un trabajo, debido a que las mujeres están hechas para complacer a sus maridos y para el cuidado del hogar y los hijos.
Había crecido en un círculo lleno de hambre, abusos, golpes y adicciones. Los abrazos protectores de su mamá se esfumaron cuando su padre pronto la arrastró a ese mundo tan oscuro. La cantidad de veces que los había visto al borde de la muerte y pelearse por las pastillas eran incontables.
Jihoon había crecido igual de descuidado, presentadose a la escuela con su ropa rota y remendada múltiples veces, acompañado por el único par de zapatos que tenía y por el cual se asomaban la punta de los dedos. Yendo de un colegio a otro, ya que su padre huía de las deudas al no pagar nunca el alquiler de los diversos departamentos que habitaban.
Nunca pudo conocer una vida estable. Sus padres nunca dejaron las drogas o las peleas de lado, y los moretones y golpes de su niñez jamás dejaron de acompañar su cuerpo ni su psiquis.
Se sentía molesto y ahogado. El peso de mantenerse a sí mismo cayó sobre los hombros de un Jihoon de dieciséis años que empezó a trabajar a medio tiempo en una cafetería al decidir abandonar sus estudios y simplemente trabajar de lo que pueda, luchando por mantener su dinero a salvo de irse en drogas y alcohol.
Fue en ese mismo lugar que lo conoció. Jeonghan era un joven alto y de actitud relajada que siempre visitaba el local. A simple vista se notaba que era de una posición económica bastante buena, por la ropa exageradamente cara que vestía y por los distintos autos que lo transportaban. Y con quien, sin querer, terminó enredado en una especie de relación secreta.
Supo que Jeonghan estaba igual de roto que él. Habían crecido en entornos muy similares; los padres del más alto se la vivían peleando y tratando a su hijo como un pedazo de basura que se interponía en sus vidas. Jihoon lo comprendía tanto, y se sentía validado y amado; algo que nunca pudo experimentar desde que llegó al mundo.
Por eso, no lo pensó dos veces cuando el mayor comenzó a hablarle de escaparse juntos, que él podría darle la vida que merecía y que estarían felices lejos de sus familias. Empacó sus pocas pertenencias y las guardó en una mochila, dejando su vida atrás y tomando la delgada mano de Jeonghan.
Ahora, cuando mira hacia atrás, desearía no haber sido tan ingenuo y pensar más las cosas, ya que había terminado igual que su madre, encerrado y sin escapatoria; atrapado en una telaraña de mentiras que él mismo ayudó a crear.
Se levantó con sumo cuidado de la cama, caminando en puntas de pie hacia el baño de la habitación, abriendo la puerta lo más despacio posible para que las bisagras oxidadas no emitan el horrible ruido de siempre. Se adentró y se miró al espejo, era como ver a otra persona. No sabía exactamente cuánto peso había perdido, pero sus clavículas se notaban exageradamente por debajo de la camiseta de Jeonghan que llevaba puesta. Tenía el cabello bastante largo y ya le molestaba, tendría que pedirle a su pareja que se lo corte o buscar las tijeras y hacerlo el mismo.
No sabía que hora era, el reloj digital de Jeonghan estaba apagado y su teléfono no estaba en la mesa de luz junto a su cama compartida. Él no tenía permitido tener un celular y no podía fijarse a través de la ventana ya que para eso tendría que abrir las horribles y ruidosas persianas que su novio instaló cuando intentó escapar por ahí y que le dejó una cicatriz en el codo.
Suspiró. Se inclinó hacia el lavabo y se mojó el rostro con el agua que se mezclaba con las lágrimas que salían de sus ojos y que también le empapaba el flequillo.
Fue estúpido al creer la fantasía que le había creado. Cuando menos lo esperó ya no tenía a nadie más que a su novio. Estaba aislado, prisionero en esa casa antigua que estaba en medio del campo, sin vecinos ni nada más que terrenos vacíos. No conoce cómo llegar hasta la ciudad y tampoco tiene forma de comunicarse o incluso de intentar escapar, ya que cuando Jeonghan se va, cierra las puertas y las ventanas con llave y se la lleva con él, dejándolo en completa soledad.
Jihoon quiere creer que en algún momento lo amó, o que ahora lo ama, en una manera extraña y sombría. Se convence de que quiere protegerlo de los peligros que rodean el mundo. Que las marcas que decoran su cuerpo y sus labios completamente lastimados por los besos y las mordidas estaban bien. Que él estaba bien alejado de la sociedad.
Sabe bien en qué momento comenzó la pesadilla, pero no está seguro hasta que punto puede llegar el comportamiento duro y violento que lo lastima más internamente que por fuera.
Para él, Jeonghan era un enigma, aún después de tantos años de estar juntos. Nunca paraba de descubrir nuevas formas de él y trataba de comprenderlo, pero era difícil. Se confundía con la rapidez que cambiaba de ser el novio amoroso de siempre a ser más frío y tosco con él.
Se miró una vez más el espejo, odiando como el flequillo ya llegaba a sus ojos y le molestaba, pinchándole los párpados cada que los cerraba. Suspiró lleno de rabia y salió sin hacer ruido de la habitación, decidido a hacerse cargo él mismo. Bajó las escaleras y se dirigió hacia la cocina, buscando las tijeras que su pareja tenía escondidas entre las ollas y que había encontrado accidentalmente cuando intentaba prepararse una sopa instantánea.
Jeonghan abrió los ojos con lentitud, la confusión creciendo dentro de él al ver el lado de la cama de Jihoon completamente vacío y frío. Extendió la mano hacia la mesa de luz, tanteando entre la oscuridad en busca de su celular, recién encontrándolo cuando se asomó y lo vio tirado en el suelo. Lo recogió y se fijó la hora: cuatro y media de la madrugada. La incertidumbre lo golpeó una vez más, Jihoon nunca estaba despierto a esa hora.
La luz del baño estaba encendida, golpeó pero no estaba ahí. Entonces, miró la puerta entreabierta de la habitación y supo que estaba en la planta baja, porque no podía dormir si esta no estaba cerrada. Así que salió y bajó las rechinantes escaleras, pasando por las paredes manchadas y dañadas por las crisis de Jihoon, donde rompía cosas y se lastimaba a sí mismo, se lesionaba tanto que tuvo que esconder cualquier objeto punzante y poner trabas en todos lados luego de las incontables heridas que se hizo al romper los vidrios de estás.
Las secuelas de la vida en un entorno abusivo y lleno de adicciones lo habían marcado completamente y había quedado fuera de sí, causando que se escapara de su casa a los quince años y empezara a vivir en las calles y a consumir todo tipo de sustancia nociva para él, siguiendo el mismo camino que siempre presenció pero que tanto miedo tenía de caer en él. Inevitablemente convirtiéndose en una viva imagen de su padre al que tanto terror le tiene; un hombre violento, que hace lo que sea por conseguir una mínima cantidad de droga y que se terminó alejando de todo.
El error que cometió Jeonghan fue enamorarse de él al conocerlo en el centro para drogadictos que les brindaba cobijo de forma gratuita. Él también provenía de un entorno abusivo y se dispuso a ayudar al menor a superar sus obstáculos, por más difíciles que sean. Con la diferencia de que el más alto si pudo permanecer limpio sin problemas adjuntos, pero Jihoon terminó consumido en un círculo de oscuridad a pesar de ya no doparse; como una flor que se desprende del árbol y cae lentamente al suelo.
Sabía que él tampoco era una buena persona. Jihoon no lo necesitaba a él, precisaba ayuda profesional que él no podía brindarle ni alentarlo a tomarla sin terminar con arañazos y golpes por todo su cuerpo. Aislarlo de la ciudad fue una acción errónea que terminó enterrándolo cada vez más en su idea de una vida paralela dónde estaba sometido por él y alejado de la sociedad, haciéndole casi imposible el distinguir la vida real de los sucesos de su mente.
Llegó al final de la escalera y dobló hacia el pasillo, encendiendo el interruptor de luz en el camino, iluminando la cocina tenuemente.
Inmediatamente, una sensación de frío le recorrió la columna vertebral, los pies se le pegaron al suelo y su piel se erizó, se acercó torpemente y se arrodilló, manchando el pantalón de su pijama con la sangre que yacía en el suelo.
Su novio estaba tirado en el piso, en medio de una mezcla de sangre y cabello cortado, con las tijeras en la mano y la sangre brotando de sus muñecas sin parar. Se veía tan pacífico, como si estuviera durmiendo, pero cuando Jeonghan acercó la mano hacia su cuello, la frialdad de la piel ajena y su pulso quieto le dieron la bienvenida.
Jihoon al fin había escapado. No de la persona que él creía lo tenía retenido, sino de su cabeza y de un pasado oscuro que lo habían empujado al final del abismo.
