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Encadenada al abismo

Summary:

Bloom pensó que había superado la oscuridad de Dakar, pero Valtor descubre el rastro que quedó en su interior. Aprovechando su vulnerabilidad, comienza a invadir sus sueños, alejándola de quienes ama y acercándola a su propia sombra.

Atrapada entre la luz y la oscuridad, Bloom deberá enfrentar una verdad que cambiará su destino para siempre.

Notes:

No sigue del todo el Canon este fanfic, los personajes y derechos no me pertenece.

Chapter 1: Prólogo

Chapter Text

El eco de su respiración era lo único que llenaba el espacio. La mente de Bloom no era un lugar físico, pero ahora se sentía como una prisión de paredes opresivas. Allí estaba Valtor, sentado en un trono de sombras, observándola con una mezcla de diversión y triunfo.

—Déjala ir —suplicó, su voz rota por el cansancio y la desesperación—. Dafne no es tu enemiga.

Valtor inclinó la cabeza, como si estuviera considerando sus palabras. Después de un momento, se levantó, acercándose a ella con pasos tranquilos.

—¿Y qué ganarías tú con eso, mi querida Bloom? —preguntó, levantando su barbilla con un gesto suave pero lleno de control—. No olvides que ahora somos uno. Lo que quiero, tú también lo deseas.

Bloom intentó protestar, pero las palabras murieron en su garganta. La oscuridad que él había sembrado en su alma crecía con cada segundo, y ella ya no sabía si sus pensamientos eran suyos o de él.

Sus rodillas flaquean ante el tan abrumador sentimiento de impotencia. Siente el peso de la culpa, sabe que esto nunca hubiera ocurrido de no ser porque esa atracción que siente hacia él. Su cabeza se apoya sobre sus piernas, y Valtor suelta una carcajada llena de suficiencia.

Ambos saben que ella no puede resistirse, sabe que no puede pelear, no tiene las fuerzas o la voluntad para hacerlo. Lo que él desee es primordial, y ella aunque intente luchar contra eso, siempre cae ante él.

—Te lo suplico Valtor —pide en un tono lastimero, algo impensable de ella—. Deja ir a Dafne, haré lo que sea necesario.

A pesar de encontrarse dentro de la mente de Bloom, Valtor había logrado incrustar sus propias ideas con total éxito, un ejemplo de ello era el espacio donde discutían ahora sobre el futuro de su hermana.

La habitación parecía sacada de una pesadilla, un castillo desgastado y lúgubre que destilaba una atmósfera gótica-romántica. Las paredes de piedra oscura estaban cubiertas de musgo en algunos rincones, como si el lugar hubiera sido olvidado por el tiempo, y, sin embargo, cada detalle hablaba de un diseño calculado. Los cuadros colgaban en una disposición casi ceremonial, sus marcos aparentemente bañados en oro, brillando débilmente bajo la luz mortecina de los candelabros. Las imágenes representaban escenas de poder y destrucción, momentos de triunfo que parecían aludir a las ambiciones de su creador.

Los candelabros, decorados con intrincadas joyas rojas, eran la única fuente de iluminación. Su fuego, lejos de ser cálido y acogedor, ardía con una luz opaca, fría y débil, como si la misma oscuridad del lugar drenara su vitalidad. Las sombras que proyectaban no solo cubrían los rincones del salón, sino que parecían moverse como si tuvieran vida propia, envolviendo todo en una inquietante danza.

El ambiente era opresivo y denso, diseñado para inspirar temor y sumisión. Cada elemento, desde la grandiosidad dorada de los cuadros hasta las joyas ensangrentadas de los candelabros, gritaba superioridad. Este no era solo un espacio; era una manifestación física del poder de Valtor, un lugar donde él era juez, jurado y verdugo.

No era algo que la pelirroja pudiera imaginar o siquiera recrear, por mucho que lo intentara. Este lugar no pertenecía a su mente, ni a sus recuerdos, ni siquiera a sus pesadillas más oscuras. Era una creación diseñada con meticulosa precisión, un reflejo de la concentración y la ambición desmesurada de quien la apresaba. Cada detalle, desde las sombras inquietas hasta los candelabros de fuego apagado, llevaba la firma inconfundible de Valtor.

La voluntad del hechicero era palpable, como si la misma atmósfera estuviera impregnada de su esencia. Y ese castillo, con su opulencia lúgubre y su aire de decadencia majestuosa, era una clara demostración de que Bloom ya no tenía el control de su mente, de sus ideas, ni de sus sentimientos. Todo, absolutamente todo, era obra de Valtor, creado para su propio deleite y diseñado para reafirmar su dominio absoluto sobre ella.

Podía sentir el seco y frío piso bajo sus rodillas, un recordatorio constante de su vulnerabilidad. Cada roce de la áspera piedra contra su piel parecía burlarse de su caída, de la guerrera que alguna vez había sido. Con la cabeza apoyada entre sus piernas y los brazos aferrándose a estas, su postura era la misma de alguien derrotado. No necesitaba cadenas físicas; su mente era su prisión, y la jerarquía de poder entre ella y su carcelero era clara como el hielo que parecía envolverla.

“No debí desconfiar de la directora Faragonda”, se recrimina internamente, aunque las palabras resonaban huecas. La desconfianza había arraigado tan profundamente dentro de ella que ahora parecía parte de quien era. Todo había comenzado como pequeñas insinuaciones, casi inocentes, que Valtor había sembrado con paciencia: secretos sobre sus amigas revelados en momentos de debilidad, fragmentos de conversaciones fuera de contexto que la habían llevado a cuestionar la lealtad de quienes más la querían.

Al principio, Bloom se había resistido, aferrándose a la idea de que sus amigas nunca la traicionarían. Pero la constante exposición a esas medias verdades, combinada con las emociones que Valtor manipulaba tan hábilmente, comenzó a desgastar esa certeza. Pronto, las dudas se convirtieron en aislamiento, y el aislamiento en una ruptura. Las Winx seguían juntas, fuertes y unidas, pero sin Bloom. Ella había sido empujada a los márgenes de su propia vida, una observadora desde las sombras de lo que alguna vez fue.

El golpe final había llegado cuando Sky confirmó lo que Valtor había insinuado con tanta meticulosidad. Su compromiso con Diáspora no era solo una alianza estratégica, sino una unión sellada por sentimientos que, según Valtor, ya no podían romperse. Sky había asimilado el hechizo que lo ataba a Diáspora como si fuera parte de sí mismo, y sus palabras lo dejaron claro: no había vuelta atrás. Bloom, enfrentada a esa verdad, se había quebrado aún más, permitiendo que las cadenas invisibles de Valtor se apretaran alrededor de su corazón.

Una fría mano se posó sobre su cabeza, interrumpiendo sus pensamientos. El tacto helado, que debería haberla hecho estremecer, en cambio le provocó una extraña sensación de consuelo. Era un consuelo envenenado, un reflejo de lo desesperada que estaba por sentir algo, cualquier cosa, que llenara el vacío que Sky había dejado. Sin darse cuenta, esa simple caricia le arrancó un destello de felicidad que la aterrorizaba reconocer.

—Oh, pequeña Bloom —murmuró Valtor, su voz acariciándola como el tacto de su mano, llena de un afecto que no era más que una cruel parodia—. Dafne se mantendrá bajo mis cadenas hasta que pueda garantizar tu lealtad hacia mí.

Sus palabras eran suaves, casi tiernas, pero el peso de su amenaza era ineludible. Bloom no levantó la mirada. No podía. Porque en el fondo sabía que esa lealtad ya no era algo que pudiera prometer o negar. Era algo que él ya poseía.

—He perdido todo para demostrar mi valor ante ti —murmuró Bloom, su voz rota en un sonido ahogado, como si cada palabra le costara una parte de su alma. Sus manos temblaban mientras se aferraba desesperadamente a la pierna de Valtor, buscando algo de la estabilidad que él representaba, aunque fuera una ilusión cruel—. Déjala ir, ella no va a hacer nada que pueda oponerse a tu régimen, yo puedo garantizarlo.

Valtor la miró desde su altura, como un monarca que observa a una súbdita implorando clemencia. Su sonrisa era fría, calculadora, un recordatorio de que cualquier decisión que tomara no era producto de su bondad, sino de su voluntad de poder.

—Eso no es posible —respondió con una calma que parecía arañar el corazón de Bloom—. No con las Winx dando vueltas, queriendo eliminarnos a ambos.

Ella alzó la mirada, llena de súplica, pero él continuó, su tono ahora teñido de cruel burla:
—¿O acaso has olvidado cómo para ellas ya no vales nada? ¿No fue Stella quien sugirió que debían sellarte para garantizar que no escapes, a pesar de que le habías salvado la vida a su padre?

Las palabras se clavaron en el pecho de Bloom como dagas, su respiración se volvió errática y sus ojos comenzaron a arder con una mezcla de furia y dolor. Era imposible ignorar los recuerdos que Valtor acababa de evocar.

Había sido solo unos días atrás cuando ella había usado la llama del dragón para estabilizar el segundo sol de Solaria, un esfuerzo titánico para garantizar la vida del Rey Radius. A pesar de sus sacrificios, había sido recibida con una mirada de sospecha y una acusación devastadora.

Stella, su amiga, su hermana de corazón, había apuntado con su cetro hacia ella, acusándola de intentar asesinar a su propio padre. Las palabras habían sido un golpe seco, un eco que aún resonaba en su mente. Tecna había intervenido, aportando pruebas de que Bloom no tenía culpa alguna, pero el daño ya estaba hecho. La traición de Stella, aunque involuntaria, había sembrado una grieta irreparable en su confianza.

Una lágrima rodó por la mejilla de Bloom mientras esos recuerdos la consumían. Había dado todo por ellas, por ese grupo de chicas mágicas que alguna vez había considerado su familia. Y, aun así, su lugar entre ellas siempre había parecido frágil, como si fuera una pieza intercambiable en un mecanismo que funcionaría igual sin ella.

Valtor, como siempre, aprovechó la oportunidad para reforzar su control sobre ella. Se inclinó ligeramente, su presencia imponente llenando el espacio entre ambos.

—Nunca valoraron lo que hiciste por ellas. Pero yo sí. Yo veo lo que eres, Bloom, lo que puedes llegar a ser.

Tal vez fue entonces, en esos primeros momentos de duda, cuando comenzó su dependencia hacia él. Cuando el apoyo de las Winx se volvió incierto, y Valtor fue el único que la escuchó, el único que la consoló. Fue él quien le habló en susurros venenosos sobre lo fácil que era reemplazarla, sobre lo insignificante que era su lugar en un grupo tan perfecto y único.

Y cuando Sky confirmó que los sentimientos que lo unían a Diáspora eran reales, aunque artificialmente implantados, Bloom sintió que su mundo se desmoronaba por completo. Fue Valtor quien estuvo allí, ofreciéndole un refugio, aunque ese refugio estaba hecho de cadenas invisibles.

—No tengo a nadie más que a ti —admitió Bloom con un tono lastimero, sin sorpresa en su voz. Sus palabras eran una declaración de derrota, un reconocimiento de que su vida ya no le pertenecía—. No te pido nada, pero necesito que ella esté bien.

La sonrisa de Valtor se ensanchó, complacido por la sumisión de Bloom. Su mano fría y firme se posó sobre su cabeza, en un gesto que se sentía a la vez reconfortante y humillante.

—¿Piensas que no cuidaré bien de tu hermana estando en mi prisión especial? —interrogó con burla, sus palabras impregnadas de un sarcasmo que hacía eco en la habitación—. La diseñé con total encanto para vos.

Bloom no respondió. No podía. Cada palabra de él era un recordatorio de su dependencia, de su impotencia. Y aunque una parte de ella aún luchaba por liberarse, otra, más profunda, más rota, ya había aceptado su lugar a sus pies.