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El sonido del agua cayendo en el baño cesa, la puerta se abre. Dean sale con una toalla colgada sobre sus hombros, moviendo los músculos de su cuello para aliviar la tensión. Aunque las heridas de la última cacería han sido superficiales, siente algo molesto en la espalda. Frunciendo el ceño, estira sus brazos a su espalda para llegar a la molestia, pero no logra alcanzarlo, bufa molesto.
Cada vez que gira o estira el brazo, la molestia vuelve, como un pinchazo de aguja. Vuelve a fruncir el ceño y se dirige al espejo, levantando la camisa para inspeccionarse. A pesar de buscar con cuidado, no encuentra nada.
—Típico…— murmura para sí mismo. Sacude la cabeza y decide ignorarlo como suele hacerlo saliendo del baño.
Sin embargo, mientras camina hacia la cama, mueve ligeramente los hombros para intentar aliviar la incomodidad, pero siente que la camisa rosa el punto insistentemente irritante en su espalda y se tensa molesto. El gesto no pasa desapercibido para Sam, quien levanta la vista de su computadora portátil y lo observa con una ceja levantada.
—¿Estás bien, Dean?.— pregunta, su tono indica que no se tragará ninguna excusa.
—Estoy bien, Sammy.— Dean agita una mano como si no fuera nada, pero el ligero estirón de su espalda y la mueca de su rostro dicen lo contrario.
Sam lo mira directamente, no creyéndolo ni por un segundo. Cierra la laptop y se levanta cruzando los brazos mientras mira a su hermano con firmeza —Dean... Déjame ver.—
Dean bufa, rodando los ojos con una exageración teatral —Ya lo revisé, Sam. No hay nada.— suspira, pero Sam conoce muy bien a su hermano como para dejarlo pasar.
—Levanta la camisa y acuéstate.— Le insiste sin darle opción, señalando la cama con un movimiento de la cabeza.
—Por Dios Sam… — gruñe, pero obedece. Se acuesta boca abajo en la cama irritada y levanta la camisa con un movimiento brusco.
—Ya te lo dije, no hay nada.—
Óscar está en el suelo explorando, un buen entretenimiento para sacarse el nerviosismo después de la pelea. Está guardando en su bolso una moneda que encontró cuando escucha el intercambio y levanta la cabeza. La preocupación en la voz de Sam lo alerta. Cierra su bolso y se pone en marcha hacia el borde de la cama en dirección donde están las botas de Sam. El edredón le roza la cabeza, da un salto ágil y entrelaza los dedos en la tela, trepa con cuidado hasta la cima de la cama para observar desde un lado.
Sam se inclina sobre su hermano, inspeccionando la espalda con atención —¿Dónde te molesta?.—
—En el medio, en la columna.— dice Dean con desgano.
Sam pasa los dedos sobre la zona que Dean indicó —No veo nada… pero… —
El contacto hace que Dean se tensara automáticamente, sus músculos contrayéndose con una reacción involuntaria —¡Por Dios, Sam! ¿Es que no podés ser más suave?.— se queja, girando ligeramente la cabeza hacia su hermano.
—Algo te está molestando.— dice Sam con calma —Pero no puedo verlo.—
Óscar, observando todo desde el borde de la colcha, se endereza y camina unos pasos hacia Dean —Yo… Yo podría intentarlo.— gira la cabeza hacia Sam
Ambos hermanos lo miran, y Sam duda por un momento antes de asentir —Está bien. Pero ten cuidado.—
Óscar le sonríe tímidamente —Lo tendré.— vuelve a mirar hacia el costado de Dean y se dirige hacia ahí manteniendo el equilibrio, trepa con agilidad a nivel de las costillas, aferrándose a la tela de su camisa arrugada. A medida que sube, siente el calor de la piel de Dean y cómo cada respiración sube y bajaba la amplia espalda bajo sus pies.
—¿Está subiendo por mí?.— pregunta Dean al sentir los pequeños pies cosquilleantes, levanta la cabeza ligeramente.
—Sí, quédate quieto.— responde Sam, manteniendo la mirada en Óscar mientras el pequeño avanza con cuidado.
Óscar llega al lugar indicado, moviéndose con cautela para no causar más molestias. Sus ojos, mucho más atentos a los detalles, divisan algo que Sam no podría ver a menos que tuviese una lupa: una astilla diminuta clavada profundamente en la piel, justo entre dos vértebras.
—Tiene una astilla… es muy fina, pero está clavada.— afirma Óscar con su voz tímida, señalando el lugar.
—¿Crees que puedes sacarla?.— Pregunta Sam frunciendo el ceño.
Oscar mira detenidamente la atilla y levanta la mirada a Sam —Puedo intentarlo.— Asiente con decisión
Dean deja escapar un suspiro exasperado, su voz vibrando bajo los pies de Óscar —Claro, deja que el pequeño cirujano haga su magia.— se burla
Óscar se inclina hacia la astilla con cuidado, evaluando la mejor manera de agarrarla sin causar demasiada molestia. Con dos dedos pequeños, empieza a envolverlo con delicadeza, pero en cuanto lo roza, siente cómo los músculos de Dean se tensaban bajo él, levantando ligeramente su plataforma viviente.
—¡Ah, maldición!.— gruñe Dean, cerrando los ojos.
Óscar jadea de sorpresa y se tambalea, levanta los brazos para mantener el equilibrio y espera a que los movimientos se calmen. —Lo… lo siento… Dean. —
—Adelante, pequeño. Hazlo rápido.— dice Dean, sus palabras reverberan con un leve tono de resignación.
Óscar respira hondo y, con calculada precisión, agarra la astilla de nuevo y rápidamente. Con un tirón firme y decidido, la saca de un golpe.
La reacción es instantánea. Los músculos de Dean se contraen de nuevo, y el movimiento repentino hace que Óscar perdiera el equilibrio y caiga hacia atrás con un jadeo, pero antes de que pudiera tocar la piel de Dean, Sam, ya preparado, lo atrapa con ambas manos.
Óscar levanta la astilla en el aire, sus ojos abiertos por la sorpresa —La saqué… —
Sam examina la astilla, una pieza delgada como un alfiler pero tan larga como el antebrazo de Óscar —No me sorprende que te molestara tanto, Dean. Esto es enorme para una simple astilla.—
Dean se incorpora lentamente, estirando los hombros con cuidado mientras se asoma.
—¿Qué demonios?, ¿De dónde salió eso?.— Mira la astilla con una mezcla de frustración y alivio antes de lanzarle una mirada acusadora —Tú y yo vamos a tener problemas, maldita cosa.—
Sam deja a Oscar cuidadosamente en la cama. El pequeño todavía está algo tembloroso, pero la sonrisa tímida en su rostro muestra orgullo por haber ayudado.
Dean, quien ahora puede mover los hombros sin la incomodidad constante, deja escapar un largo suspiro de alivio —Bien hecho, niño. Sos un maldito héroe.—
Óscar baja la cabeza, tímido ante el cumplido —No fue nada…— murmura jugando nerviosamente con sus manos.
Dean levanta una ceja y le lanza una sonrisa burlona mientras se recuesta en la cama.
—¿Nada?. Acabas de sacar un trozo de madera que nadie más podría haberlo visto. ¿Y decís que no fue nada?. Déjame decirte algo, niño: si no fuera por ti, yo seguiría gruñendo como un idiota todo el maldito día.—
Sam sonríe con sorna, observando a su hermano mayor interactuar con el niño. Pero antes de que pudiera decir algo más, Dean extiende su brazo y pasa por encima de Óscar para agarrar el control remoto que descansa en la mesita de noche.
El movimiento fue lo suficientemente rápido como para que Óscar se quedara inmóvil por un momento, viendo cómo el brazo de Dean pasaba justo sobre su cabeza. Cuando Dean vuelve a recostarse, enciende el televisor con un clic y mira a Óscar con una sonrisa.
—Muy bien, doctor Oz. Como recompensa por salvarme de esa maldita astilla, podés elegir ver lo que quieras.—
Óscar lo mira con ojos grandes, sorprendido por el gesto —¿De verdad?.—
Dean se encoge de hombros, sosteniendo el control como si fuera una ofrenda
—Claro. Pero no elijas nada demasiado cursi o raro. Tengo un límite, ¿Bien?.—
Óscar suelta una pequeña risita y comienza a trepar por la remera de Dean, usando los pliegues como apoyo hasta llegar a su pecho. El peso es ligero, apenas perceptible para Dean, quien lo observa con una mezcla de diversión y ternura.
El pequeño finalmente se acomoda en el pecho de Dean como si fuera su propia almohada personal. La calidez y el ritmo constante de la respiración del cazador lo hacen relajar al instante.
Dean resopla al ver al niño acomodarse con tanta confianza —¿Estás cómodo ahí? — pregunta con una sonrisa torcida, levantando una mano para acariciar suavemente la cabeza de Óscar con un dedo, despeinando su pelo castaño y esponjoso, disfrutando de la textura fina y suave.
Óscar se acomoda el pelo con un resoplido resignado mientras levanta la vista desde su posición, algo en la pantalla le llama la atención y señala el televisor —Podemos ver eso?.—
Dean mira al televisor y enarca una ceja al ver lo que Óscar eligió: un documental de animales salvajes —Bueno… no es "Rápido y furiosos", pero está bien.—
Con un clic, cambia al canal y deja el documental, bajando el volumen para los oídos sensibles del pequeño. Mientras las imágenes de leones y jirafas llenan la pantalla, Dean apoya una mano cerca de Óscar, ofreciéndole apoyo adicional si lo necesitaba.
Sam los observa desde su cama, sonriendo para sí mismo al ver cómo Dean, el hombre más sarcástico y duro que conoce, tiene un lado tan protector y cariñoso con Óscar.
—Te estás ablandando, Dean.— dice Sam con una sonrisa burlona.
Dean le lanza una mirada de advertencia, aunque la mueca en su rostro es más juguetona que seria —Cállate, Sammy. No arruines el momento.—
Óscar, ignorando las bromas de los hermanos, deja escapar un pequeño suspiro de alivio.
Mientras el documental sigue, los Winchester disfrutan de un raro momento de calma.
