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Julián Álvarez no era un santo, y él lo sabía mejor que nadie. Tenía bien claras las cosas que había hecho, pero una cosa era hacerse cargo de sus errores y otra muy distinta era bancarse a la trola desesperada de João Félix y a su ex marido esquizofrénico. Porque sí, todo el mundo sabía cómo era João y su historial de roba maridos, siempre metido como el tercero en discordia, arruinando relaciones ajenas con esa carita de pendejo bueno que ya nadie se fumaba.
Pero Julián era Julián Álvarez, y si alguien pensaba que lo iba a destruir así de fácil, estaba muy equivocado. Lo que sí, entre el escándalo mediático que se había armado y los delirios de su exmarido —que parecían intensificarse cada día más—, Julián ya no sabía si reír o llorar.
Con el agua todavía corriendo y envuelto apenas en una toalla, agarró su celular del estante y desbloqueó la pantalla. Había notificaciones nuevas. Mensajes. Un par de estados que claramente eran indirectas para él, escritos con esa mezcla de veneno y despecho que solo su exmarido podía lograr.
—Dios, ¿hasta cuándo? este infumable—murmuró para sí mismo, con una mezcla de fastidio y resignación.
Y mientras revisaba los chats, Julián no pudo evitar pensar que, por más que intentara jamás tendria paz.
@enzojfernandez: Así te quiero poner y cojerte todo 🤤
@enzojfernandez: cómo te gusta!!
@enzojfernandez: Y yo sé que te moris de ganas también de cogerme de chuparme y de tosoo
@enzojfernandez: Todooo
@enzojfernandez: ¡Pero te haces el loquito! ¡Te haces el ofendido!
@enzojfernandez: Te haces el malo conmigo!!!
@enzojfernandez: Nos das una oportunidad?? Que quiero cogerte y llenarte toda de leche la 🍔
@enzojfernandez: Me dejas???
@enzojfernandez: Me dejas???
@enzojfernandez: 🙄
@enzojfernandez: Me dejas???
Enzo estaba mal de la cabeza. Julián no podía creer lo insistente que podía llegar a ser su exmarido. Pasaban los días y el pesado seguía ahí, mandándole mensajes como si no tuviera nada mejor que hacer.
Claro, Julián tampoco se animaba a bloquearlo. Capaz eran los sentimientos ocultos que todavía mantenía hacia el morocho, o simplemente le divertía verlo tan desesperado. Le encantaba que le rompiera las bolas, total, todo esto tarde o temprano iba a terminar en manos de Ángel de Brito.
Ya se lo imaginaba: los mensajes filtrados, los titulares explosivos, los análisis detallados en LAM. Julián sabía jugar este juego y, si Enzo quería seguir cayendo tan bajo, él no iba a ser quien le impidiera hacerse pedazos solo.
@enzojfernandez: ¡Esto es vos y yo!
@enzojfernandez: Y podemos hacerlo🙏🏻
@enzojfernandez: ¿Podés permitirlo?
@enzojfernandez: Y hagamoslo realidad!!!
@enzojfernandez: ¿Me decís gordi?
@julianalvarezz: Que hagas terapia
@enzojfernandez: Te dije que está bien. ¿Pero podemos arreglar esto y estar juntos?
@julianalvarezz: Cuando un psicólogo me diga
@julianalvarezz: Que no me vas a volver a tratar mal
@enzojfernandez: No te va a decir nada un psicólogo.. mira si te van a decir eso a vos
@enzojfernandez: 🤣
@enzojfernandez: ¡Quiero estar así!
@enzojfernandez: ¿Me explicas porque no me contestas?
@enzojfernandez: ¿Que te pasa ahora?
Julián puso los ojos en blanco. Qué tipo más pelotudo el que se vino a enganchar, pensó, con una mezcla de fastidio y resignación. No tenía ni una neurona viva.
Era otro día más, y Enzo seguía con lo mismo: ahora le había mandado fotos de leones. ¡Qué pesado este chabón! ¿Una obsesión loca tenía o qué? Si no eran fotos, era algún comentario pajero. Como si no fuera suficiente con los cinco tatuajes de leones que tenía repartidos por el cuerpo, incluido ese supuesto león en el pectoral derecho que, siendo honestos, parecía más un lobo marino más que otra cosa.
Julián suspiro, deslizó el dedo sobre la pantalla y dejó el celular boca abajo sobre la mesa. Definitivamente este pibe no está bien.
Julián intentó ignorar el celular por un rato. Lo dejó boca abajo sobre la mesa, cruzó los brazos y miró fija la pared como si ahí fuera a encontrar la solución a todos sus problemas. Pero no. La pantalla vibró una, dos, tres veces más, hasta que el sonido de las notificaciones se le metió en la cabeza.
—¡Qué pesado este pibe, por Dios! —bufó, agarrando el celular con fuerza.
Desbloqueó la pantalla con el ceño fruncido, listo para clavarlo con algún comentario hiriente, pero lo que vio lo dejó mudo. Siete fotos. Siete fotos de ellos juntos. Algunas en fiestas, otras abrazadas después de algún partido, una que claramente era una selfie en una habitación de hotel en Arabia.
El piso se le movió. Porque ahí estaban ellos: sonrientes, despreocupados, con esa complicidad que nadie más entendía. Enzo y sus ojos oscuros clavados en la cámara, y Julián al lado, con esa sonrisa que solo él le sacaba.
Enzo envió 7 fotos .
@enzojfernandez: Quiero todo eso de nuevo y mejor!!
@enzojfernandez: Nuestros viajes, nuestros safaris, nuestras islas paradisíacas
@enzojfernandez: Todas las cosas lindas que hicimos y conseguimos hacer y mejor!!!
Julián dejó escapar un suspiro pesado y volvió a agarrar el celular. Miró las fotos una vez más, esa sonrisa de Enzo, esos ojos clavados en él como si fuera lo único que importaba en el mundo.
—¡Qué tipo de enfermo! —murmuró, apoyando la frente en su mano.
Durante unos segundos, pensó en responderle. Algo ácido, algo hiriente, algo que dejara claro que no lo había movido ni un pelo. Pero no podía. No podía porque, aunque intentara convencerse de lo contrario, algo dentro suyo todavía se removía con cada foto.
Finalmente, puso los ojos en blanco, abrió WhatsApp y descargó las fotos. Después, con la rapidez de alguien que ya tenía experiencia en el asunto, abrió Instagram y le envió todo a Ángel de Brito con un simple: “Te dejo material, Ángel. Después no digas que no te aviso se ve que ni la nueva niñera lo atiende bien.”
Dejó el celular sobre la mesa, cruzó los brazos y sonriendo para sí mismo. Porque si Enzo quería jugar, bueno… Julián sabía jugar mucho mejor.
