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Sae ha vivido muchos siglos en los que acepta que su trabajo como ángel guardián ha sido fácil; de los trece humanos a los que se le ha encargado cuidar, absolutamente todos han tenido una muerte natural. Tal vez se deba a que él si se tomaba sus deberes en serio, no como los demonios que yacían en el hombro izquierdo de sus protegidos. Esos tipos eran unos completos vagos que solo estaban de brazos cruzados. Eso, obviamente, le beneficia, pues no debe estar tan atento a lo que le sucede o decide su humano asignado.
Ahora está de pie frente a la oficina de su jefe, esperando el nombre de su nuevo protegido. Solo hace unas horas murió la mujer a la que cuidó durante ciento dos años. Ella murió debido a su avanzada edad, lo que significaba que, una vez más, Sae había hecho un excelente trabajo, pero no debe llevarse todo el crédito, pues en parte fue gracias al demonio que la anciana vivió tanto. Nagi, así se llamaba ese ser perezoso que nunca hizo nada para poner en riesgo la vida de la fémina, y las veces que lo intentó fue con actos mediocres. Es más, se escapaba constantemente de sus trabajos para fugarse con otro demonio, uno de cabello morado, del cual no sabe su nombre ni le importa.
Sae suspira, recordando a ese demonio albino por última vez, y luego vuelve su mirada hacia su jefe, quien busca incansablemente en uno de los muchos estantes de la oficina el “expediente” del nuevo humano al que debe cuidar. Pasan unos segundos y su paciencia está por agotarse cuando el arcángel, por fin, parece encontrar lo que buscaba.
—¡Lo encontré!.—celebra el bicolor mientras levantaba el libro dorado a modo de celebración.
Sonriente, Aiku se acerca a su escritorio y vuelve a tomar asiento para después darle el libro que recientemente ha encontrado a Sae, mientras murmura las clásicas felicitaciones por su buen trabajo. El ángel solo las ignorantes, pues gracias a otras doce veces anteriores ya las ha memorizado, y toma el libro. El pelirrojo lee inmediatamente el nombre que está escrito en la portada con letras plateadas: ahora debe guiar y proteger a un hombre llamado Charles Chevalier.
—Él debe morir por un paro cardíaco a los noventa y dos años.—dice el arcángel con voz seria, que le recalca a Sae su obligación.
—Cuenta con eso.—se limita a responder, ni siquiera abre el libro, pues Aiku ya se adelantó a decirle qué destino debe hacer que sufra ese humano.
—Ya puedes retirarte, Charles está a punto de nacer.—El pelirrojo asiente y se da media vuelta para comenzar a caminar hacia la salida. Escucha otras felicitaciones mientras cruza la puerta, pero solo las agradece con un leve asentimiento de cabeza.
[...]
El cielo de París está nublado y Sae lo observa desde la ventana. La habitación de hospital en la que está se ha llena de alegría por el bebé que una mujer rubia tiene en brazos. Ese niño no es ni más ni menos que su protegido.
En unos minutos, Sae debe reducir su tamaño y acomodarse en el hombro derecho del recién nacido para comenzar su deber, pero antes quiere conocer a quién ocupará el otro hombro del bebé. No espera mucho, para ser sincero; Está completamente seguro de que, al igual que sus anteriores contrapartes, se tratará de un demonio igual de despreocupado por sus obligaciones, o tal vez sea Nagi otra vez. Eso sería beneficioso, pues no tendría mucho de lo que preocuparse.
—Una muerte por electrocución va con él.
La voz que acababa de escuchar no pertenecía a ninguno de los familiares de su protegido, así que Sae dejó de lado el paisaje y se dio vuelta.
Frente a la cama estaba el que sería su “compañero”: un demonio de piel morena que observaba a Charles con su mano sosteniendo su mentón. Se notaba pensativo. Sae lo observar de pies a cabeza; no tenía pinta de ser alguien comprometido con sus deberes. Su cabello era como un pico, rubio y de puntas rosas; sus cuernos negros estaban decorados por cadenas de oro que, a su vez, sostenían varios diamantes rosas que combinaban con sus ojos. Su túnica negra (clásica de su especie) está desordenada y abierta en el pecho, dejando expuesta, a opinión de Sae, demasiada piel, y sus alas tenían leves toques fucsias en sus plumas.
—Un golpe en la cabeza tampoco estaría mal. ¿Qué opinas, angelito?.
El demonio gira la cabeza y fija su mirada en Sae. Sus ojos parecen analizarlo y eso lo hace fruncir el ceño, fastidiado. Aquel tipo le resulta peculiar, pero también un dolor de cabeza. ¿Por qué? Es la primera vez que oye a uno de los de su especie planear o pensar en la muerte de uno de sus protegidos tan expectante e interesado.
Tal vez, solo tal vez, su trabajo se incrementa y deba dejar de lado sus horas leyendo libros despreocupadamente.
[...]
Solo han pasado ocho meses; Para los ángeles eso no es mucho tiempo, pero para Sae han sido eternos. El ángel nunca pensó que el demonio ese, Shidou, así decía llamarse, fuera de alguien que se tomara tan en serio su trabajo. Por lo general, siempre tuve tiempo para leer un poco, pero esta vez no ha tocado sus libros ni una sola vez. Se ha mantenido las veinticuatro horas del día en el hombro de Charles, pues no sabe en qué momento el demonio puede aparecer para intentar terminar con la vida del niño.
Se supone que el demonio debe tentar desde el hombro izquierdo, pero Shidou casi nunca está allí; solo aparece cuando hay una oportunidad de oro, lo que lo vuelve impredecible. Esa es la misma razón por la que no han hablado casi nada, pero eso no le importa mucho al ángel.
Sae ha logrado hacer que el pequeño Charles tome decisiones que lo han salvado ya en casos donde Shidou tentó inesperado pero también meticulosamente.
Ahora Sae está atento, observando el lado izquierdo del enano para así saber en qué instante aparece el demonio para hacer de las suyas. Arrepentidamente, siente cómo Charles comienza a gatear y eso le roba su atención. Se alarma cuando nota que el rubio logra abrir la puerta de su corral y se dirige al balcón de la habitación.
—«Maldición».—piensa al ver que al borde de las barras metálicas del balcón hay un oso de felpa, el favorito de Charles, mismo que su padre dejó allí para que secara luego de ser lavado.
—Vamos, Charles, ve por él.—dice un tercero. Sae vuelve su mirada al hombro izquierdo y ve que el demonio se ha presentado.
Charles gatea sin detenerse y Sae sabe que debe hacer algo, pues los más de cinco metros que separan el suelo del balcón son sinónimo de muerte si el niño cae.
Mientras el ángel piensa, el rubio ríe sin dejar de verlo. A Sae le parece que está anticipando su victoria y eso lo impulsa más a salvar al pequeño, eso y que si no logra que Charles viva sus noventa y dos años, será castigado.
Cada segundo que pasa, el rubio se acerca más al balcón y Sae no logra hacer nada. Escucha cómo Shidou ríe sin dejar de mirarlo.
Bien, tal vez nunca supo valorar a Nagi.
Solo quedan unos metros de distancia a lo que podría ser el fin, pero el ángel no se da por vencido. Es entonces que una idea llega a su mente. Sin perder tiempo, Sae hace que, con su energía angelical, el peluche caiga del balcón justo cuando Charles estaba por alcanzarlo. El bebé se asoma por el espacio que hay entre las barras del balcón y observa el juguete en el suelo; la risa de Shidou se ha detenido, al igual que los movimientos del niño.
Sae espera que el rubio sea consciente de que le pasará lo mismo que al oso si se asoma más, y así es: Charles frunce la nariz y suelta un hipido algo triste, pero no avanza; solo se da vuelta y regresa a su corral para continuar jugando con sus demás juguetes. El ángel suspira aliviado y se gira para ver la reacción de Shidou, pero este ya no estaba.
Por el momento, se ha salvado.
[...]
El pelirrojo ha regresado a su altura normal y observa a su protegido dormír en su cuna, mientras está apoyado sobre la pared de la habitación. Luego de casi fallar en su trabajo, no pudo darse cuenta ni un suspiro, pues tuvo que estar atento cada segundo que pasaba. Afortunadamente, ni Shidou apareció ni situaciones peligrosas se volvieron a presentar.
—Fuiste astuto, angelito.—halaga con algo de burla. Sae sabe de quién se trata y solo rueda los ojos.
—Celebraste antes de tiempo.—el otro ríe divertido.
—Soy así.—dice. El demonio también se recarga en la pared, al lado izquierdo de Sae.—La próxima lograré que el mocoso...—no termina su frase; solo simula un corte con su dedo índice en el cuello.
—Eres el primer demonio al que conozco que se toma en serio su trabajo.—el pelirrojo voltea hacia el moreno, por fin.
—Es la única manera que tengo de divertirme un poco.—el rubio se encoge de hombros.—Aunque a veces también me la paso sin hacer nada. Después de todo, a diferencia de ustedes, a nosotros no se nos castiga si no logramos nada.—añade.
—¿Cómo sabes del castigo?.—pregunta de inmediato. Se supone que eso es un secreto para los de la especie demoníaca.
—Una vez, cuando uno de mis objetivos estaba por morir, el ángel me rogó que dejara de tentarlo porque no quería ser castigado y, entre sollozos, me contó sobre el rayo divino y cómo puede acabar incluso con la existencia de uno de ustedes. —cuenta sin desviar la mirada del pelirrojo.
—Te detuviste?.—Shidou niega.
—No, el chico murió y al instante el ángel desapareció.
Sae es consciente de lo fuerte que es el castigo divino si no logran cuidar y guiar correctamente a su protegido; Incluso algunos ángeles se han desvanecido, y para ser sinceros, él no quiere llegar a experimentar eso. También le parece algo injusto que solo los suyos sufran una consecuencia si no logran su propósito, pero que más puede esperarse del libertinaje del infierno.
—Angelito.—llama,Sae hace un gesto con la cabeza para que continuar.—Si logro que el chico caiga, será mi logro número cien; por ello, no permitiré que tú te interpongas.
—«¡¿Tantas veces has logrado hacer que muera un humano?!».—Sae no puede ocultar su sorpresa; Aquel demonio sin duda era diferente. Era alguien muy persistente en su trabajo, a pesar de solo tomarlo como diversión.
—Aunque no me perdonaría que, por mi culpa, una belleza como tú sufriera.—el pelirrojo arquea una ceja.
—¿Qué quieres decir?.
—Seamos sinceros, Sae, sabes que no podrás evitar que yo logre mis objetivos.—sus palabras hacen reír al otro.
—Alardeas demasiado.—el otro vuelve a reír, pero ignora sus palabras y continúa hablando.
—Por ello, quiero proponerte un trato.
—¿Trato?.—Sae ladea la cabeza y frunce el ceño.
—No haré nada durante los noventa y dos años que se supone debe vivir Charles.—el pelirrojo se interesa en el tema.
—Quieres algo a cambio, ¿verdad?.
—Sí que nos entendemos, angelito.
—¿Qué quieres?.—Shidou no lo piensa tanto y responde.
—Un beso cada día durante los noventa y dos años.
El silencio llega y Shidou no deja de sonreír, mientras el ángel lo ve con notoria molestia. Sus ojos esmeralda parecieran fulminarlo, pero la sensación le gusta.
—De ninguna manera.—responde por fin. El ángel se cruza de brazos, supuestamente decidido, pero Shidou sigue intentándolo.
—Piensa en los beneficios.—Sae niega, pero el otro persiste.—Ademas, solo vendré por mi beso y me iré; no me volverás a ver en todo el día.
El pelirrojo suspira y lo piensa. No sabe si es porque sus anteriores contrapartes lo volvieron tan vago o si es el miedo a ser castigado la razón por la que considera aceptar la propuesta.
Solo es un beso, ¿Qué puede salir mal? Además, después de lo de hoy y las otras once veces, sabe que Shidou habla en serio cuando dice que logrará sus objetivos; Ese demonio es persistente, demasiado para su gusto, pero eso le llama la atención viniendo de su especie.
—Solo un beso, cada tres días.—responde por fin. El silencio que recibe por parte del otro lo hace suponer que sus palabras tomadas por sorpresa al rubio.
—¿En serio?.—pregunta por instinto e incrédulo.
—¿Eres sordo?.—el otro niega.
—¡Genial!.—el demonio levanta sus manos emocionado.—¡No romperé el trato nunca, angelito!.
—Eso espe...—fue interrumpido de la manera más inesperada de su vida.
Nunca esperó que los labios de un demonio fueran tan suaves y mucho menos que su manera de besar fuera tan... inesperada. Shidou ha rodeado su cintura con ambos brazos mientras lo devora de una manera lenta y apasionada. El ángel se queda estático un momento, intentando procesar lo que sucede, pero seguir el ritmo es inevitable y termina haciéndolo. Nunca pensé que sentirme acorralado en una situación así fuera tan complaciente. Las manos del pelirrojo viajan a la cabellera ajena, rozando sus alas en el proceso. De un momento a otro, siente cómo la lengua ajena le pide protagonismo y él abre un poco su boca; pronto se ve invadido por ella.
Aquel beso se vuelve desenfrenado, sin un toque de dulzura; un frenesí para Shidou y una experiencia nunca antes vivida para Sae, pero que igualmente disfruta. El otro pareciera un experto en besar, o tal vez piensa eso porque Sae nunca ha besado a alguien.
Aunque deseen continuar, deben separarse. Sus labios abandonan los ajenos lentamente y, en el proceso, Shidou jala con sus dientes el labio inferior del ángel, haciendo que un poco de su sangre dorada brotara. Sus ojos se fijan y, muy en el fondo, notan que el otro está satisfecho con la intensidad desmedida del beso compartido.
Si todos los besos son así, Sae cree que puede soportar los siguientes noventa y dos años.
