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Siempre juntos

Summary:

Historia alternativa en la que Coco sobrevive y en el 2023 presencia la proyección de la película La sociedad de la nieve junto a sus amigos de la montaña y familiares.

Work Text:

Coco Nicolich sintió que los sonidos de aquel lugar eran demasiado fuertes. Su cuerpo se aflojó y escurrió del abrazo de Roy y el suelo se acercaba a toda velocidad…

—Coco, ¿qué tenés? —gritó Roy.

El aludido intentó moverse, pero no podía, y escuchó que sus amigos se llamaban entre sí para correr a auxiliarlo.

—¡Coco, decí algo! —rogó Carlitos.

—Algo —murmuró el veterinario.

—Te creés muy chistosito...

Coco sintió que el aire estaba cargado de perfume, sus sensaciones eran en realidad una mezcla de colores, fragancias y voces. Las luces, que al comienzo eran tenues, se encendieron poco a poco, cegándolo. Roberto gritaba órdenes para hacerse oír entre la multitud mientras que sus amigos Roy y Carlitos, lo sostenían entre sus brazos a la vez que lo acostaban suavemente en el suelo alfombrado. Marcelo se quitó el saco para hacerle a su amigo una especie de almohada para que estuviera cómodo, mientras Numa seguía las instrucciones de Roberto, aflojándole la corbata y guardando su reloj y anteojos.

Había demasiada gente; la mayoría eran curiosos que en nada podían ayudar. A lo lejos Nando, que no se había enterado de nada, estaba distraído con su teléfono móvil. Roberto se le acercó a zancadas.

—Nando, tu teléfono.

—¿Perdón?

—Necesito el tuyo, el mío no tiene señal.

—¿Por qué?

—No hagás preguntas, y seguime. ¡Ya dejá de tomarte selfies!

Numa se dirigió a Roberto.

—¿No sería mejor llamar una ambulancia?

—Eso intento —repuso el médico mientras deslizaba los dedos por la pantalla del móvil de Nando—, pero este lugar está demasiado lleno de gente, y allá afuera también. Si la ambulancia demora, tendremos que llevarlo nosotros mismos al hospital.

—¿Pero qué tiene Coco? —preguntó Rafael Echavarren.

—Se descompensó. Sospecho que fue un infarto, pero podría ser también algo neurológico. Y eso tenemos que descartarlo pronto. Todo esto fue muy emotivo para nosotros, pero especialmente para él.

Gustavo, que estaba inclinado auscultando a Coco, se levantó y miró a Roberto con ojos de preocupación, mostrándole el pequeño tensiómetro de pulsera perteneciente a Bobby que acababa de utilizar.

—¿Cuánto? —preguntó Roberto.

—170/90 —respondió Gustavo.— Debemos darnos prisa.

—Le voy a administrar una píldora, felizmente siempre la tengo conmigo para imprevistos.

Coco entraba y salía de la inconsciencia y sentía que el pecho le dolía demasiado, mientras que el lado izquierdo de su cuerpo se adormecía.

Se suponía que al día siguiente debía estar listo para sus clases en la Facultad de Veterinaria. También debía recoger a su hermano Alex del instituto. En cambio, aquí estaba, lleno de gente desconocida, y los nombres que mencionaban lo confundían más. Esto no era lo que él había calculado.

Luego se le aclararon las ideas y asumió que quizá era una actividad en el colegio Stella Maris, y que quienes veía eran los padres de sus amigos, todos con smoking. Por supuesto, ahí estaba don Walter, padre de Roy, pero se le veía diferente. De igual manera, cuando escuchó que alguien llamaba al señor Parrado, creyó que encontraría a don Seler, pero vio a un hombre distinto que, sin embargo, se parecía mucho al mencionado Seler; bien podría ser un tío de Nando, pensó.

Coco se tocó la cabeza como siempre hacía cuando estaba preocupado, pero ya no encontró sus rizos. Frente a él se inclinó un señor vestido de gala, barbado y con acento de España. Al comienzo, no pudo entender muy bien qué le decía, pero sí le conmovió la expresión dulce y compasiva de aquel hombre, a quien Coco identificó como alguien mayor, sin saber que él mismo y sus amigos le doblaban la edad.

—Coco, no sé si me recuerdas. Soy Juan Antonio Bayona, pero todos me llaman Jota.

—¿Usted es uno de mis profesores de la facultad?

— No, yo me dedico al cine. —respondió suavemente el español.

—¿Quién es, entonces?

—Soy un amigo de vosotros.

Coco suspiró —Quiero ir a mi casa, mis padres deben estar preocupados.

—Tu madre vendrá pronto, no te preocupes. ¿Reconoces a las personas que están aquí?

Coco lo llamó con la mano para que se acercara y le dijo al oído:

—No sé quiénes son estos viejitos panzones.

Coco buscaba a sus amigos del Old Christians, pero adonde miraba veía cabelleras canosas o ralas, anteojos y manos con alianzas matrimoniales.

—Coco, soy yo, tu amigo Carlitos Páez.

Coco primero pensó que se trataba de Carlos Páez Vilaró, pero el famoso pintor era incluso más joven que quién tenía al frente; este señor que le hablaba bien podría ser el abuelo de Carlitos.

Nuevamente abrió los ojos, pero lo que veía no coincidía con lo que recordaba. Las voces de sus amigos también habían cambiado.

—¡Denle espacio, carajo! —volvió a gritar Roberto—. Coco, te prometo que vos estarás bien.

Por fin llegó la ambulancia, y evacuaron el teatro, pero el chofer, demasiado nervioso, inexperto y joven, conducía a toda velocidad, dando tumbos. El pobre Coco y Roberto que lo acompañaba rebotaban dentro de la ambulancia.

—Doctor, me siento mareado, quiero vomitar.

—Tranquilo, amigo, pronto llegaremos al hospital para que te estabilicen —le respondió con extrema dulzura, mientras que un segundo después le gritaba improperios al chofer por ser tan descuidado.

Llegaron y le aplicaron un suero a Coco.

No era el hospital en el que habitualmente trabajaba Roberto, pero llegó con toda la autoridad que su profesión y trayectoria le otorgaban. Por supuesto, el resto del equipo médico se dejó conducir por el famoso y enérgico doctor Roberto Canessa, cuya intervención en cada caso era garantía de éxito.

—Por favor, un electrocardiograma, un electroencefalograma, análisis de glucosa, perfil lipídico, un eco Doppler y una resonancia magnética.

—Quiero ver a mi novia —rogó Coco.

Roberto sonrió, acariciándole el cabello.

—A Rosina la verás muy pronto, viene en el auto de Numa y Susy, ellos la traen. Ya deben estar cerca.

Los demás amigos llegaron en sus propios autos; algunos primero dejaron a sus familias en casa luego de la proyección de la película que contaba la odisea que atravesaron, recordando que prometieron hace 50 años que los 22 que volvieron de la montaña nunca estarían separados y lo cumplieron siempre.

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